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miércoles, 17 de enero de 2007

BABELIA (Cuento)


Por Jairo Hernán Uribe Márquez
No fue un ángel. Fue Pachito, el babieca, mi serafín de todos los mandados, quien me trajo la mala noticia. “Va a tener que escribir una rectificación, mi don”. Yo lo miré, sin embargo, con la misma desconfianza que siempre me provocaron los becerros tímidos, aparentemente inofensivos, que en más de una ocasión me revolcaron cuando niño.
-“Babosadas”, le respondí.
Rumbo al “Astor” me agarró la risa. “Doña Frígida de Infante Solís, marchó de estos tristes riscos hacia los valles festivos del cielo…”. Una babosa be, una simple be, que es una babosa encopetada también. La vieja se llamaba Brígida y en ese pequeño gazapo, creía yo, se agazapaba la ruina de mis casi treinta y cuatro años de corrector. Claro está que me quedaba, como aliciente fraternal, la tertulia vespertina. Sólo que mis interlocutores de todos los días no estaban de humor.
- Esas cosas no se le hacen ni al peor enemigo...- sentenció Sergio, el “Peludo”, en un tono que presagiaba la bebdez inminente.
- Por lo visto este ya no es el diablillo de la imprenta sino el Belcebú- me defendí.
-A mí me hacen una bufonada de esas y mato y como del muerto – remató Zuluaga, empeñado en doblar las páginas centrales de un pasquín que, a la altura de su pecho, semejaba un burdo babero de palabras.
El asunto era babélico y yo no reconocía en aquellos señores torvos a mis socios de toda la vida. Me daba cuenta, eso sí, que en vez del bebistrajo tradicional se estaban aplicando unos tragos sueltos de ron. Levanté la mano y le indique a la mesera que me trajera lo mismo. Pero el ambiente era más que brumoso y la mesa estaba electrizada.
-Tiene usted muy mal carácter, don Rubén- babeó de nuevo Sergio y se fue de largo, como la bestia que era, acusándome de no sé que bribonadas y deslealtades.
En ese mismo instante llegó la babosuela que nos atendía y resultó que no había servido ron sino brandy, un mal brandy que olía a funeraria.
-Una cosa es la solidaridad y otra la alcahuetería- dije, al tiempo que me levantaba de la mesa, dejaba unos pesos para saldar el equívoco trago y me largaba para la casa.
Mi mujer, que con las gafas parecía una beata zonza, leía algo en un papelucho arrugado.
-Triglicéridos- espantó.
-Ojalá ese diagnóstico no esconda la baboquía del cáncer- le dije.
-Primero te mata ese amigo tuyo, el poeta.
Y entonces me pasó el periódico donde, con salsa de tomate, resaltaba mi pequeña columna de reseñas literarias. Y esto era lo que enfurecía a mis amigos. En vez de la nota que debía favorecer el pésimo poemario de un compañero de trabajo, aparecía este texto:
BED BIL BADULAQUE BACIANDO BURDAS BAZOFIAS. BULGAR BEDETTE, BACUA, BENÁTICA. BICHO BERZOTA, BODRIO, BOTARATE. BALDRAGAS BERBORREANTE. BISOÑO BA, BURREANDO, BALADÍES BASCOSIDADES. BASURA, BALDO, BULTO BOCINGLERO.
No fueron los diablillos de marras. Apenas esos días en los que uno parece destinado a estar en babia. Recordé que días atrás, tratando de adaptarme al computador y a la odiosa obligación del intranet, había escrito esta versión grotesca, pero sincera, del texto que debía acompañar la fotografía de mi jefe recibiendo una condecoración comercial. Recordé también que no había podido escribir nada bueno sobre el libraco de poemas y que si lo trocado estaba bien trocado, como era habitual en el periódico, lo que escribí al respecto debía aparecer como pie de foto de nuestro flamante director. Y, en efecto, pasé varias hojas y caí de lleno sobre la página social donde el boato de mi jefe se exponía sin pudor y donde mi reseña crítica berreaba:
BAH….BEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE…..BÚ.
Con disimulada seriedad le devolví el periódico a mi mujer, señalándole de paso la nítida embarrada.
-Y ahora, de qué vamos a vivir, ¡ carajo ! – se lamentó.
Yo solté una risotada y pensé, satisfecho, que vienen a ser lo mismo VIVIR y BIBIR, como tan acertadamente lo recetó Baudelaire.

Julio de 2005.

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