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jueves, 13 de diciembre de 2007

Poemas de León Darío Gil Ramírez


LA HORA DE LLEGADA

A Caramanta
Con las escobas amarraron mi caballo de palo,
mi triciclo con los chécheres de la cocina,
en la caja con los zapatos echaron mi maletín de la escuela,
el espejo del corredor sin su mirada mirando la entrada de la sala
entre todos los santos y santas lo metieron.
Mis zancos de tarros, el palomar con las palomas,
la escalera de barrotes con que me subía al cielo, se quedaron,
sin barcos de papel las aguas dóciles del lavadero,
y huérfana de pasos las 5 escalas que empezaban
los rumbos sin cifras de adentro de la casa.
Apenas con su sombra en las paredes se quedaron las puntillas,
las señales de las patas de las camas, en el piso,
vagando a su antojo, sin quien los espante, los espantos de las piezas
ni quien por mayo al jardín le huela el perfume de claveles y azucenas
ni a la batatilla quien le admire sus encendidas certidumbres azules.
Del solar no pudieron meter el sol, las lluvias del invierno,
la luna derramada en sus noches como un chilquete de plata,
los laberintos de manzanos, los trinos de colores,
como un escapulario a la intemperie dejaron el columpio del cedro,
sin en que se enfieste el viento dejaron los alambres del patio,
dejaron el zarzo con sus secretos, solo,
sin mí mis cuatro abuelos, el surtidor cantaletoso de la plaza,
mi salón, mi pupitre y el recreo,
los veniales ojos de una niña de segundo buscándose en los míos.
Como para una noche sin amanecer
atrancaron las ventanas, aseguraron bien las puertas.
Con Maula mi gato en la cumbre del techo, creo que llorando,
se quedó mi casa.
La mancha blanca del cementerio, al final del pueblo,
se la tragó una curva,
la torre de la Iglesia con su cruz encima se la tragó las montañas,
todo, después, se lo tragó la distancia.
Pasamos, al albedrío de la lejanía, por caseríos tristes,
por caminos huidos, calvarios y vírgenes,
por veranos implacables y efímeros,
por abismos de miedo y horizontes de nieblas,
por puentes sobre pedazos de ríos como senderos mansos.
Desde eso hace que alma adentro me vive un forastero
que sale en las noches a buscar en las estrellas
donde es que queda un pueblo. Yo salgo con él. Yo lo acompaño.




VIENE DE LA PÁGINA ANTERIOR

Los años estilando meses, días. Los días horas.
Las horas trizándose en instantes que vuelan o se arrastran.
Rebotando de esperanza en esperanza, lidiando tempestades.
Sin anclajes, de tumbos por una ciudad
envuelta en vaharadas de niebla y chocolate
que no acaba de ser y no sabe de piedades.
Las ilusiones hundiéndolas en los riesgos,
de carambolas y errancias el tiempo de la vida
de ceros y fallas el tiempo del colegio,
de malhadados presagios el curso de la casa.
Seis amigos.
No sé cuantas cicatrices en la piel
y cuantos arañazos en el alma.
Sí, cuatro dentelladas en el corazón.
La rosa viva que me mostró Claudina enseñándome a sumar: una.
Dos: la de la puta lánguida que me enzurulló entre sus grandezas y
con sus ciencias se comió mi adolescencia en un cuarto penumbroso
de un cisne rojo troceado en una puerta,
una veladora en un nochero alumbrando un santo ahumado
y, currucuteando, en una jaula una paloma sola.
Tres: en el vestier del aula máxima, antes de una izada de bandera,
las manos de Gloria hacia sus humedades llevándose las mías.
Me resta la cuarta, la tuya que me apesadumbra todavía
en la vigilia no tanto, amor,
como en las turbias emboscadas que me tiendes en el sueño.
Haciendo cuentas, en claro, me queda,
la felicidad sin ser capaz jamás de ser,
la concreta tristeza, la tajante nostalgia,
la melancolía
y los días del almanaque que a los míos, sin remedio,
los van acomodando al final.






TENTACIONADORA
A la única que se le ocurre ir así por el mundo, es a usted. ¡Qué falta de consideración!
Y no crea que se lo digo por el pelo, es lo de menos; ni por sus ojos; ni por sus pestañas y como se las encrespa que parece que de aposta lo hace para maliciar su mirada; ni por su nombre que en vez de pronunciarse se saborea; ni por sus labios que más que brotes palpitantes de un embrujo son la suprema definición de la dicha: ahí están sus besos, los hechos y los que va a hacer, por ahí habla lo que habla, suspira, reza y canta; ni por su nariz, que además para oler, a usted le sirve para aprestigiar la maldadosa hermosura de su faz hermosa.
Quienes la conocemos, desde cuando usted no se imagina, decíamos que usted iba a ser como es: una descarada. Dicho y hecho.
Fíjese y verá. Como una desaprobada irse de escote, mostrando, sin nada que las contenga, enhiestas por entre el jardín de sus blusitas florecidas, las punticas en la cumbre de sus alturas temblorosas. Esa es usted: un pecado andando con ese andar que es como si una música por dentro le avivara un vaivén de lujuria. Pública, a la intemperie, el tramo sin igual de su entallada y extasiada cintura, que es también el domicilio donde quieren pasarse a vivir las manos de todos a embobarse de caricias. Su cintura es el comienzo de la perdición donde nace y más abajo se explaya lo que a todos nos atormenta como una redonda y frutal y prohibida codicia.
Para que los que van por las calles no sucumban a la tentación y no se extravíen por las deliciosas fantasías de los malos pensamientos, y de ese modo, Dios, que todo lo ve y todo lo anota, a nuestra lista no nos apunte otro pecado, es mejor que usted no salga.
Aunque, pensándolo mejor, salga... Que gracia tiene un día sin usted; es como si el sol no hubiese salido. Salga, llegado el caso, Señor, nos confesamos.



 

LEA EN ESTA EDICIÓN

Miles de aves oscurecen el cielo; buscan el verano del sur.
Veladora que causó el incendio concedió el milagro.
Es un misterio el ladrón de bicicletas; recompensa.
Cometas no cumplen estándares de calidad; investigación.
Mujeres piden equidad de género; más muñecos que muñecas; argumentan.
Canto de cucaracheros tonifica el espíritu.
No más mesas cojas en los cafés; multas.
No es amoral el beso en la vía pública; sentencia la Corte.
Semáforo loco ocasiona congestión; alerta.
Cargamento de fantasía legalizado por la Aduana; joyeros se pronuncian.
Extravíos del tiempo pasaron para abril las chicharras de marzo.
La Catedral declarada santuario de murmullos; complacencia.
Policía recupera saxofón en céntrica frutería; detenido fontanero.
Veedor para los relojes públicos; todos al mismo paso.
Llama de fotógrafo ambulante a chequeo veterinario.
Embrujos y magias de la palabra certidumbre; hablan académicos.
El 23 escogen atardecer para estampilla; 1.045 seleccionados.
Un único indicio de la sospechosa: huele a ella.
Patrimonio Cultural por cuenta del comején.
Fin de las campanas: la basura y el gas se anunciarán con armónicas; 2° debate.
Un gol de pintura, Palogrande el lienzo; fotos.
Botero esculpirá sueño ganador en Copenhague.
Las libélulas y las luciérnagas son hadas; concluye congreso de teólogos.





 

ENTRE USTED Y YO

Que tiene usted para que de tales modos
me estruje el corazón;
contra las paredes, a veces, me arrincone;
como un signo equivocado
me abandone en sus esquinas a pensarla;
me descuartice en tristezas la vida
o me subleve hasta la sinrazón la rabia.
Costillar de monstruo desperdigado
entre faldas y cimas, entre nieblas.
Con qué permisos ocupó, uno a uno,
los nichos de mi historia;
quién licencias le dio
para volverse inolvidable en mi memoria.
Mala mujer,
por qué artificiosas magias
me pones el odio o me lo quitas,
me agregas el amor o me lo restas,
me jodes la calma o me la aquietas.
Con qué libertad –cuando la libertad me sobra-
me dejas vagar, casi feliz, por tus confines y cuadras.
Con tus torres y puntas, con tus filos,
idéntica, a lo lejos, a un puerco espín al acecho,
a una promesa en paz y a un paso de ser cierta.
Virginal o puta lujuriosa: no es mentira;
corral de tontos, lar de genios,
andurrial de desquiciados, recodo de godos;
asquerosa o del más alto encanto
cuando, sin reproches, se ajusta a mis ensueños.
Sin proporciones hecha de lo que por dentro me abruma
o de lo que, sin medidas, me aplasta sin piedad por fuera.
Serás por siempre, ciudad mía,
una pregunta mal hecha, ambigua y tendenciosa
que por donde voy vas
como un lastre bienhechor;
bienhechor o insoportable

 

 

 

 

 

 

Ni les va ni les viene, ¿para qué?,

este poema

A LAS VACAS

Por las tardes, como santurronas jubiladas y monumentales,
se echan en manada a rumiar presentimientos,
como idas a divisar horizontes o a adivinar porvenires.
Parcas.
Hablan, alargada y lastimera, una mera sílaba infantil.
Por donde pasan escriben el alfabeto arcano de sus huellas.
Resignadas madres del mundo desheredadas de la risa
pero con el gesto indulgente del ser abundante de bondad.
Sus vergüenzas al aire tienen el magro socorro de una cola sucia
y su vanidad de hembras
la fiereza anodina de un par de cachos endiablando su inocencia.
Inquilinas del descampado, sin líos con la lluvia.
Si el sol las agobia del sol se resguardan, en junta,
en umbrosas querencias vegetales.
Aún tomando en cuenta su promiscuidad
cualquiera que las mire en sus ojos ve, encimado, a Dios.
Literalmente valen en pesos lo que pesan
y nunca, por un designio humano, mueren de muerte natural.
La de mi cartilla de leer, sola, no tenía lejanías
con pintas blancas era una mancha negra, borronada,
más una ruina que una vaca de tanto ser calcada
y menos cierta que la certeza, casi viva,
de la uva de la página opuesta.

 

EVANGÉLICA

Su credo, que le tiene hasta los tobillos
alargada la bata y hasta la cintura el pelo,
hasta la exageración le tiene subrayada la lujuria.
Siento por momentos que Yahvé la desampara
que la deja por cuenta del mundo y sus señuelos
que la encarta
de pérfidas insinuaciones y crecidos pecados.
Inútil. Aunque lo trate, no es capaz de restarse
los brotes endiablados de sus labios
la maldad azul de sus ojos en fiesta
el dadivoso anchor de sus caderas
y su humano destino de enrabiar la caricia
de alebrestar la imaginación
y de agrietar los abismos del deseo.
Si entre el pecho y las manos entibia, con fervor,
el Libro de la Palabra, ni el Libro ni las manos
estropearán la enhiesta voluptuosidad de sus cumbres
ni vencerán su tarea de proas abriéndose camino
ni apabullarán la jauría de ojos que insisten
en regodearse con su par milagros, altos,
o con el otro milagro que, magnífico,
se le desgaja de la mitad del cuerpo.
Le agrega que no se pinte
un hálito de inocencia,
arrebatador, dulce y tenue.
...
La esperé
y a una cuadra de salir del Culto,
con devoción, le dije:
tanta hermosura junta es un pecado.
Gloria al Señor, me respondió,
con empinada coquetería
un tanto más efusiva que cristiana.

 

 

 

 

 

 

HECHO PECADO

Por la repisa de vidrio para poner
dos elefantes de jade y tres gatos de carey, que le di,
ella me fue dando su desnudez.
Primero, los zapatos; se los quite despacio.
Las medias después por un cariño niño que le dije.
Dos veces los sumé y dos veces me dieron diez los dedos de sus pies;
hasta los tobillos avanzaron mis anhelos.
Un búho ella se lo quitó,
el de la oreja izquierda yo, y le encimé un secreto.
El primer botón de la blusa fue iniciativa suya,
era el segundo y el tercero y el último asunto de paciencia.
De la sirena que pasó y de la luna, hablamos,
de la luna que adentro, más pecaminosa que afuera, era sólo nuestra,
del martes que era hoy, del miércoles que era puente sin estudio,
de cuando no éramos nada
y de cuando fuimos, de una a otra acera, una sola mirada: fatal, junta y excesiva.
Se levantó,
se quitó y sobre el nochero puso tres sortijas y el caimán del pelo.
Volvió con el cabello desgajado, con el botón del cierre suelto
y con el cierre comenzado.
Con un guiño perverso con certeza escrito en su cara de ángel descarriado
me convidó a entrar al cielo;
entramos y en sus pasadizos lujuriosos nos perdimos.
Quién te hizo así,
así, esos modos, quién te puso,
tanto hechizo cuándo juntaron en tu boca,
en qué cosechas tanta deliciosa sabiduría recogieron tus manos,
para triplicar la eternidad en qué paraísos tempranos te perdieron,
que pródigas experiencias y a qué horas te enseñaron tantas muertes y tan resucitadas,
en qué aguas sacias tu sed que alcanzan para saciar las sedes mías,
con qué barro moldearon tus linderos de sirena,
dónde fuiste a encontrar lo que das en abundancias llenas.
Loca bachiller de mis afanes adultos, anda despacio,
de dos en dos no subas las escalas,
que en tu jardín florezca como es debido,
que seas muchacha todavía y no mujer,
-muchacha de uniforme y de tareas-
no las apures, que crezcan a su ritmo tus alturas, las cosas de tu vida,
píntala pero no embadurnes tu hermosura,
no la dejes escapar, vuelve la inocencia a sus linderos,
deja que amanezca, que llegue siquiera el medio día.
Tengo por cierta y la llevo, como una insignia, bien abierta en mi historia, una herida:
tú la abriste.
Déjame ser en la tuya lo que sea:
una aventura anónima para ostentar en tus conversas,
un pérfido secreto,
una ilusión batiéndose con el olvido
o un simple capricho, tonto y pasajero.


 

 

 

 

LEGADO

A todos les dejo mi muerte.
Mis ojos a las flores que los vieron.
A vos aquel poema bobo del 72 ¿recuerdas?
Ya le dejé a mi abuelo mis olvidos.
La cuadra remota de mi infancia
con sus charcos
con sus nieblas
con sus lunas
con mis malicias furtivas,
me la llevo.
Nada a mi madre le dejo,
me dio todo.
Esta desesperanza perdurable que me queda todavía,
me la llevo también,
será en la eternidad mi eterna compañía.
A mi hermano menor
un único consejo –ya lo sabe-
que sea bueno.
A quien le sirvan, mis gafas.
A mis 4 amigos
mi pocillo lleno de lapiceros.
Mi candelabro al chatarrero.
A no ser mi soledad
nadie se merece mis penas,
a mi soledad se las entrego.
Mi colección de piedras, a mi río.
Al fuego mis escritos.
A los caminos que caminé, mis huellas.
Mis rabias, mis calmas y mis dudas,
enteramente mías,
a nadie se las dejo, conmigo me las llevo,
se van conmigo mis anhelos.
A la tierra, de donde son, mis huesos,
la carga de huesos que me soportaron.
Al viento lo que oí
con sus silencios, trinos, campanas y truenos.
Las tres caricias que me quedan
y un beso, eso, y este abrazo
a mi hijo.
A la jura mi nítida pobreza.
A mi padre, por último,
que ya voy,
que me espere.

EL INQUILINO

El semblante desmemoriado de un espejo, un Cristo,
con colores cansados
la foto de un hecho en un atrio ya lejano y triste,
sin canciones una guitarra sin cuerdas,
nieblas entre montañas en un cuadro de nadie,
de un año anónimo la hoja de un agosto,
vestigios de pasados inquilinos,
nidos de arañas
en los rotos desmerecidos de puntillas,
de un día o de una noche
las 11 y 8 varadas en un reloj de péndulo,
en un gancho de palo una muda arrugada,
el suiche mugroso de un bombillo
y el bombillo que sabe sus desvelos.
En cualquier lado, sin querencias, tiznado,
un candelabro de barro.
La cama,
a su diestra, como su retoño, un nochero,
aplastada entre papeles y libros una mesa,
donde se sienta un asiento con la horma de sus huesos.
La ventana y una puerta,
una puerta mala: mala para abrir, mala para cerrar.
No hay luz y no titila la vela.
El inquilino no está,
quizás pueda volver ahora
volver más tarde
o no volver nunca.

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