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sábado, 15 de septiembre de 2007

FEDERICO GARCÍA LORCA Y EL PARAÍSO PERDIDO


Por Gabriel Arturo Castro

La impresión de que aquel inmenso mundo no tiene raíz os capta a los pocos días de llegar y comprendéis de manera perfecta cómo el vidente Edgar Poe tuvo que abrazarse a lo misterioso y al hervor cordial de la embriaguez en aquel mundo.

Federico García Lorca.
Antes de Poeta en New York, la difusión de García Lorca hundía sus raíces a causa de su compromiso con la tradición española, en cuyo suelo encontraba su esencia.
En sus primeros libros el poeta entra en contacto con motivos muy antiguos y sabe captar el latido, el pulso de una savia casi desaparecida.
Ángel Álvarez de Miranda (1953) mostró la presencia de temas y motivos de las religiones naturalistas: la relación sangre - fecundidad – muerte; los valores de la muerte y el toro; la fascinación ritual del cuchillo; la sacralidad de la vida.
Este primitivismo es enigmático y perturbador, y a la vez fresco y espontáneo, hermético y secreto, actitudes tomadas del mejor arte popular. Sus imágenes milenarias se alimentan de obsesiones y claves constantes, formas y tonalidades como la frustración, el amor, el sexo, la esterilidad, la infancia, la muerte, el desamor.
De ahí que su discurso de lo concreto esté basado en la formulación de la realidad en términos sensoriales.
Por ello el relieve de todas las formas de animación y personificación y la trascendencia de la metáfora.
El primitivismo lorquiano vive tras este utillaje expresivo, un entramado que presagiaba otros sedimentos. Poeta en New York, se nutre de su clasicismo de fondo, de su tono gongorino (lectura difícil, impresionante renovación lingüística, acumulación de metáforas, transposiciones, imágenes satíricas y festivas, dicción poética distintiva, lo más alejada posible del lenguaje diario), de sus construcciones alegóricas, pero al tiempo va a marcar la quiebra definitiva de una poética folklórica, popular y simbolista, alimentada de motivos, entre ellos el telurismo panteísta, el cuadro eglógico-pastoral – arcádico y el animismo de ciertas formas elementales. Gustavo Correa sostiene que Poeta en New York, por el contrario, es el reino de la confusión y de la muerte, el laberíntico encierro en un mundo atormentado, angustioso y agónico. “Norma estética y paraíso azul no era lo que tenía delante de los ojos”, exclamaba Lorca.
Vuelco completo de un andaluz que desciende al infierno o a la supuesta civilización que se protege de la anarquía, de las raíces atávicas, del fogonazo del creador, del impulso de quien presencia el Apocalipsis, su visión del mundo, la ciudad que se revela en los “últimos días”. Allí la tensión del poeta, su tono radical, su “simpatía por el abismo”, su poder de negación, rebelión, crítica, trasgresión en una sociedad propensa a la retórica, a la ceremonia repetitiva y mecánica. Recordemos que la Andalucía de Lorca es la de olivos y vides, la de paisajes de campiña, más no la de una aldea en progresiva decadencia por la pobreza y la emigración, y con ellas la neurosis y la muerte, la ira y la caída. New York es el asombro, la extrañeza, la sorpresa ante algo raro e inusitado, interacción fuerte entre el hombre y la gran urbe. Así lo manifiesta desde la poesía:
Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.
Cuenta Guides Delta-Flamarion que New York se vio afectada por la puesta en servicio de los barcos de vapor en el siglo XIX. Ellos permitieron el transporte de millones de inmigrantes europeos, que buscaban un refugio contra las dictaduras y persecuciones. A partir de 1830 comenzaron las grandes oleadas de inmigrantes que llegaron desde Europa durante más de un siglo. Los recién llegados, pobres, la mayoría, se instalaban en los superpoblados barrios bajos de la ciudad, agrupándose por etnias y ghettos. El extranjero, es decir, García Lorca, entra en un estado de temor y de angustia pero en lugar de sumergirse entre la maraña, la aleja, la separa, la distancia. El terror cede a la aparición de una nueva sensibilidad, la resistencia del arte que muestra otros caminos. Es preferible el escándalo de la palabra, su algarabía, a la legitimización de la barbarie; la imaginación demoníaca antepuesta a los afanes criminales del capital, la magia enfrentada al desencantamiento del mundo: “Lo impresionante, por frío, por cruel, es Wall Street. Llega el oro en ríos de todas partes de la tierra y la muerte llega con él. En ningún sitio se siente como allí la ausencia del espíritu”, rezan los apuntes finales del poema Iglesia abandonada o Balada de la Gran Guerra.
Este extrañamiento niega el valor de la razón como captadora de esencias y se lo confiere a la intuición, a la sensibilidad de un sujeto que capta la cualidad de las cosas.
Donde vive no es el pueblo de pastores ni la ciudad alegre y dichosa. Tampoco va a encontrar los diálogos amorosos de Garcilaso, de Teócrito o de Virgilio. No, un yo propio del modo capitalista, vacío y expoliado, desposeído injustamente de sus bienes materiales y espirituales, cae ante las contradicciones que vulneran la armonía original, su concepción del paraíso singular. Dicho capitalismo sufrió su primera crisis en 1929, coincidiendo con la llegada de García Lorca a New York, una especie de recesión que tuvo como reflejo político el surgimiento del fascismo, tributario en lo material de las contradicciones económicas y caracterizado por su carácter autoritario, antiliberal y antihumanista. García Lorca sería víctima siete años después de una forma del fascismo: el franquismo español que alentó la guerra civil, orientó una represión sumamente efectiva que acabó con toda clase de libertades y consintió un desaforado y a veces ridículo culto a la personalidad. Lorca sería el más cantado de los muertos de la guerra civil: su asesinato fue el asesinato del artista, el segundo asesinato de la libertad.
New York era a principios del siglo XX el principal mercado monetario del mundo, sobrepasando a Londres. Pero un 24 de octubre de 1929, el jueves negro, las cotizaciones se hundieron, miles de personas se arruinaron y quebraron. Era la mayor catástrofe bursátil de la historia y el comienzo de la depresión. Dicha catástrofe le concedió una nueva experiencia, una inédita visión de la civilización. Con el paso de los años, recuerda Chistopher Maurer, la memoria de la gran ciudad se torna desagradable. Como Walt Whitman, García Lorca se convierte en el protagonista oculto, desdoblado y entre velos de sus poemas. El andaluz describió este caos de la siguiente manera:
Yo tuve la suerte de ver por mis ojos el último crack en que se perdieron varios billones de dólares, un verdadero tumulto de dinero muerto que se precipitaba al mar, y jamás, entre varios suicidas, gentes histéricas y grupos de desmayados, he sentido la impresión de la muerte real, la muerte sin esperanza, la muerte que es podredumbre y nada más, como en aquel instante, porque era un espectáculo terrible pero sin grandeza.
El universo de Lorca en New York estará bajo el tinte de una subjetividad infeliz y de su conciencia desdichada, al ser testigo de aquella expoliación y violencia. Lorca se anticipó desde la escritura a la comprensión del terror, tal como lo hicieron Kafka, Camus, Ionesco o Beckett, quienes habían previsto un mundo injusto, con sus dispositivos de tortura y los hombres despojados de su espíritu y de su voluntad. Ante la calamidad la pronunciación de una Utopía, frente a la crisis espiritual un ideal trascendente ligado a la religión. La escritura vendría a ser la resurrección de la fe por la salvación del hombre y la preocupación por los otros que viven entre el drama y la tragedia. “Pero hay que salir a la ciudad y hay que vencerla, no se puede entregar uno a las reacciones líricas sin haberse rozado con las personas de las avenidas y con la baraja de sombras de todo el mundo”, nos diría García Lorca.
Miguel Arteche afirma que la crisis vivida por Lorca en la gran ciudad es la crisis profunda de Occidente: “Lo que Lorca denuncia es una civilización que destruye y transforma los símbolos de la poesía en productos de fábrica (...) Lo que ofrece New York es lo autoritario y al mismo tiempo lo jerárquico, en el peor sentido; lo cruel y la destrucción de la naturaleza”:
Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Este es el mundo, amigo, agonía, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados
y la vida no es buena ni noble ni sagrada.
Robert Graves, citado por Arteche, sentenció que “la actual es una civilización en la que son deshonrados los principales emblemas de la poesía. En la que la serpiente, el león y el águila corresponden al circo; el buey, el salmón y el jabalí, a la fábrica de conservas; el caballo de carrera y el lebrel, a las pistas de apuestas, y el bosque sagrado al aserradero”. De semejante lucha proviene el onirismo lorquiano de tono surrealista, sus alucinaciones que obnubilan la conciencia; la imaginación de corte visionario y profético (la palabra predice, interpreta el futuro), el anticipo de las manos heridas, la sangre de los alfileres blancos, los periódicos abandonados, los paños rotos, las venas huecas, la huella dormida, el paisaje pulverizado o las aguas podridas de la aurora.
Leamos al respecto un fragmento del poema Danza de la muerte:
Pero no son los muertos los que bailan,
estoy seguro.
Los muertos están embebidos, devorando sus propias manos.
Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela;
son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos,
los que crecen en el cruce de los muslos y llamas duras,
los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras,
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta
o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.
La gran ciudad está poblada de cosas y los sujetos son tratados como cosas, carentes de entidad. Los seres humanos son condenados a la esclavitud a través de la explotación del trabajo, las máquinas toman el lugar del hombre y éste se robotiza en una sociedad de dominadores y dominados, cuya reconciliación es imposible. Un pasaje al poema Oda al rey de Harlem, dice así:
Tenía la noche una hendidura
y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre,
y los muchachos se desmayaban
en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata
junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón,
por las heladas montañas del oso.
Lorca asume el drama del ser fragmentado, la agonía del otro semejante (el gitano, el negro, el vagabundo, el homosexual) pero le da terror el otro distinto, contrario a su naturaleza espiritual, a quien confronta, a quien denuncia. Leamos unas líneas de una carta enviada a sus padres, espacio colmado de un desengaño evidente y duro:
Yo solo y errante, agotado por el ritmo de los inmensos letreros luminosos de Times Square, huía en este pequeño poema (“Asesinado por el cielo”) del inmenso ejército de ventanas donde ni una sola persona tiene tiempo de mirar una nube o dialogar con una de esas delicadas brisas que tercamente envía el mar sin tener jamás una respuesta.
El yo individual del poeta se fortalece, la realidad es su creación, su territorio fértil aunque agredido y usurpado por una instancia psíquica de fuertes pulsiones: el otro que lo habita lo supera, su voz interior lo trasciende al interior de un espacio urbano idiotizado, carcomido por un lastre mercantilista y extremado por los sujetos que comen su propia carne o practican su feroz antropofagia en una atmósfera de barbarie, la cruel realidad del capitalismo. “New York, con su estrépito de nueva Babilonia a los gemidos de su propia angustia, una vez enfrentado con esta terrible verdad: Y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada (...) el poeta no duda en buscar su poesía sobrenadando la turbia pestilencia de las cloacas. Nunca su voz fue más trágica, tampoco más pura”, argumenta el ensayista Eduardo López Jaramillo.
Crueldad que inaugura en Lorca una mitología de lo fúnebre, donde dibuja el satanismo de una sociedad perversa. Frente a ello anuncia el Apocalipsis (igual narra la revelación de un destino humano bajo imágenes simbólicas, misteriosas y herméticas), a través de la abstracción del sufrimiento de carácter penitencial, flagelante, un rito de sacrificio que desea en últimas la aniquilación de la sociedad capitalista. Presagio mesiánico, excitación escatológica que tendría una válida lectura en recientes hechos y que una estrofa, entre tantas otras, parece vaticinar:
Que las cobras silbarán por los últimos pisos,
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,
que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay, Wall Street!
Poeta en New York es, de esta manera, la revelación de una providencia bajo imágenes secretas que invoca el fin del mundo de la ceguedad y la brutalidad, visión eticista de naturaleza mítica que siempre brinda arquetipos, una mitopoética del tremendismo que responde al motivo hegeliano del arte como conciencia de necesidad. Las imágenes nos muestran una espiritualización ubicada dentro de una atmósfera de ferocidad, crudeza e intensa violencia. La poesía se complace en desarrollar la oposición y la diferencia, creando la pulsión necesaria para erigir una verdad interior, una verdad bajo la forma de imágenes, en cuyo interior sospechamos un dolor infligido y a la vez una razón de fuerza y resistencia ante un mundo que invoca constantemente a la muerte.
Por ello su poesía es una protesta diaria al ver “a los muchachitos negros degollados”; “toda la carne robada al paraíso, manejada por judíos de nariz gélida y alma secante”; o la sordera de los americanos rubios, “gentes que aman los muros porque detienen la mirada, un reloj en cada casa y un Dios a quien solo atisba la planta de los pies.”
Lorca inauguraba una ruptura con su anterior universo mediante la defunción simbólica de unos arquetipos y la interiorización de otros. Quería que ese mundo se renovara y para ello ofrecía el compromiso y el sacrificio como forma propiciatoria: su descenso a la tierra del infierno posee el antiguo significado de combatir las fuerzas del mal; el viaje a la gran ciudad es un viaje espiritual que simboliza una progresión hacia la iluminación, de la cercanía de la muerte al renacimiento ulterior; la ruptura irrevocable con su mundo anterior; la necesidad del poder mágico que transformen las cosas; el atravesar las calles de la extraña ciudad, baluarte de formas hostiles contra el hombre.
El esfuerzo unitivo que significa escribir un libro tal vez, pensaría él, lo pondría a salvo de la radical soledad, de la angustia, sin llegar afirmar, claro está, que Poeta en New York tenga un exclusivo carácter autobiográfico, error muy común de quienes desconocen la autonomía de la obra de arte, su capacidad de crear universos propios. Lorca posee, por el contrario, la creencia muy honda de que la naturaleza podría ser influida por el ritual de la palabra a quien le augura una eficacia, el poder de intervenir sobre la realidad. Realidad que cuestiona y explora a partir de sus sombras engañosas, pero que también inventa y enriquece. Todo para crear la iluminación de la cual nos provee la poesía, su viaje y camino benéfico, purificador. La poesía, mediante su hacer creador, fundante, da la cara a la destrucción, a la fragmentación de la unidad del ser.
El arte lorquiano se opone, desde esta concepción ética y estética, a una actitud burguesa de violación y prostitución, a su visión racionalista, empírica y pragmática. Lorca se vale de su espíritu heroico y trágico, de su sensibilidad sin restricciones ante la falsa moral. Recordemos que en 1930 y de una manera análoga a Lorca, André Breton propuso que las torres de Notre Dame fueran reemplazadas por enormes cubetas de vidrio, una de ellas llena de sangre y la otra de esperma. García Lorca, por su parte, afirmaría que “el cielo ha triunfado sobre el rascacielos, pero ahora, la arquitectura de Nueva York se me aparece como algo prodigioso, algo que descartada la intención, llega a conmover como un espectáculo natural de montaña o desierto. El Chrysler Building se defiende del sol como un enorme pico de plata, y puentes, barcos, ferrocarriles y hombres los veo encadenados por un sistema económico cruel al que pronto habrá que cortar el cuello, y sordos por sobra de disciplina y falta de la imprescindible dosis de locura”.
¿Será un socialismo utópico, una locura profética al augurar que la sangre vaya por los tejados, “para quemar la clorofila de las mujeres rubias”; al desear la liberación del deseo, de la voz que lame las manos y anunciar en medio de una “aurora de tabaco y bajo amarillo” y a través de un niño negro, el arribo del “reino de la espiga”? :
Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aun andando por un paisaje de esponjas grises
y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar de rosas nuestra lengua.
El mundo de New York, el de ayer y el hoy de cualquier ciudad, su arquitectura extrahumana y ritmo furioso, geografía y angustia, errancia y soledad, trágica ansia vacía, ciegas torres, frías enemigas del misterio, esclavitud dolorosa de hombre y máquina juntos:
Las aristas suben al cielo sin voluntad de nube, ni voluntad de gloria. Las aristas góticas manan del corazón de los viejos muertos enterrados, éstas ascienden frías con una belleza sin raíces, ni ansia final (...) Nada más poético y terrible que la lucha de los rascacielos con el cielo que los cubre.
Federico García Lorca, su tiempo poético, la poesía “amarga pero viva”, la protesta contra la salvaje negación del ser, la delación de la “muerte bárbara y primitiva”, propiciada por los que “no han luchado ni lucharán por el cielo”; la denuncia de la agobiante condición humana, su alteridad al reconocer el dolor de los demás, la invocación sacralizada, la añoranza de restitución, su catarsis de sacrificio, su trascendencia misteriosa, su testamento y su profecía se confirman hoy: la poesía, la creación y la conciencia creadora tienen, además de su función ontológica y crítica, un papel de anticipación histórica.



Gabriel Arturo Castro: poeta y ensayista colombiano. Recientemente obtuvo el segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía "Carlos Héctor Trejos". Reconocido nacionalmente, con una excelente vocación para el ensayo y el pensamiento propio expresado a partir del género de Montaigne. Sus comentarios y reseñas también aparecen en revistas y periódicos de circulación nacional.