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miércoles, 21 de noviembre de 2007

INSINUACION MARGINAL / Gabriel Arturo Castro



Por Gabriel Arturo Castro

"Si yo estuviera seguro no ensayaría. Montaigne"

El ensayo no es solamente un género literario o una forma literaria adecuada a la expresión de las preocupaciones intelectuales y artísticas, si no que es el estado adulto de la palabra, la madurez del pensamiento.
De constitución esencialmente libre, el ensayo despliega el espíritu crítico y subjetivo del autor, de una manera ágil, fluyente, espontánea y abierta, contraponiéndose a las posiciones rígidas, inequívocas y absolutas del tratado científico, del estudio y la disertación académica, donde se presentan conceptos categóricos, definitivos, autoritarios y despóticos. De ahí la confusión de algunos academicistas al presentar al ensayo como “una estrategia discursiva para exponer ideas de forma sistemática”.
Al respecto, Jorge Cadavid Mora, comentando un vital libro de Jaime Alberto Vélez, sostiene que “el medio académico tiende a privilegiar, por encima del aporte del individuo, el pensamiento oficial; es decir, aquello que posee un carácter indiscutible y un respaldo bibliográfico respetable”.
El ensayo, por el contrario, no pretende descubrir nada, ni sustentar una tesis. Busca sondear, pulsar la capacidad de una expresión, por lo que no procura detallar minuciosamente las pruebas que fundamentan las afirmaciones críticas. El tema únicamente sirve de disculpa para extraviarse en otros necesarios a la voz del creador. Su libertad de desarrollo y tono rehuye todo precepto literario extremo, incluso el tipo de rigurosidad (mejor, rigidez que se torna inflexibilidad, estrechez mental e intransigencia) que aniquila la imaginación, la vital digresión, la polémica o el debate mismo (tampoco se trata de realizar un escrito arbitrario, pues el ensayo necesita de precisión estética).
Aunque la tarea del ensayista es eminentemente escéptica, al poner en duda todo, el dogmático – que en últimas es un ingenuo incondicional a ciertas doctrinas- no ensaya, ya que su adhesión acrítica le impide sobrepasar la autoridad y la creencia, tal como lo afirma Fernando Savater:

El ensayo es un género particularmente apto para la divagación y la crítica, es decir, para perderse en los temas y para denunciar que otros se han perdido, creyendo mantenerse en el camino conveniente.

Más que demostración, prueba y análisis, al ensayo le interesa la duda, desmitificar un sistema de creencias impuestas, es decir, la confrontación de mitologías arraigadas y asumidas o interiorizadas desde tiempo atrás. Se trata de cuestionar todo posible engaño, ilusión y absoluta certidumbre, lo irrefutable en apariencia. El ensayista sabe manifestar su desconfianza, instaurar la sospecha sobre opiniones, juicios, creencias y razones lógicas. Incluso, parte del oficio del ensayista, dentro de su duda creadora, es la posibilidad de cometer errores o creer equivocarse. Entre la duda y el error está la encrucijada, la convicción del escritor. El ensayo expresa, enuncia, sin que ello implique la verdad irrefutable de dicha afirmación. Más que la certeza y la validación importa la convicción fundamental de lo dicho, el riesgo que lleva implícito.
Adorno, por su parte, señala que el ensayo en vez de producir algo científico, su esfuerzo queda reflejado en lo lúdico, alrededor del juego transformador, el rito, la creación, la experiencia sentida.
Ya lo recordó Richard Schchner, al afirmar que tanto la reflexividad como el fluir caracterizan el juego, junto a las funciones del aprendizaje, la indagación, la creatividad y la comunicación.
Así hay en el ensayo un ánimo de juego, pero no del juego en su acepción popular, vinculada a lo volátil, como algo despreocupado, simulado o poco serio. Todo lo contrario, el juego por encima del desinterés y muy cerca del compromiso con respecto al mundo y al ser.
El juego puede apartarse de lo inmediato, de la gratuitidad y el facilismo.
Parodiando a Schutz, el ensayo es un compartimiento infinito de significados, cuya cualidad es su poder de transformación y de conmoción de la experiencia hacedora del escritor y del lector.
Labor del ensayista es hacer un mundo, crear un universo extraído del caos. Ahí radica su poder artístico: “Crear algo que no existía antes; y posteriormente, transformar algo que existía en otra cosa que en realidad no existía”.
Ensayar es crear continuamente desde la estética y el movimiento, una dinámica donde se reconoce que todo es provisional, nada se da por seguro ni por verdadero.
El ensayo es indagación de relaciones, transformación y permuta de elementos; permeabilidad, flexibilidad, riesgo, provisionalidad, temeridad, en otras palabras, es creación que nunca termina y que se realiza a través de una actividad permanente e incesante.
A diferencia de la elaboración científica -del tratado o de la tesis -, el ensayo es menos rígido, menos domesticado y distante de los cánones lógicos, epistemológicos y metodológicos propios de la ciencia. En estos términos la expresión “ensayo científico” es un contrasentido y un despropósito, porque el verdadero ensayo hace predominar la subjetividad del autor, creando sus propias fronteras y terrenos permeables de realidades múltiples.
El ensayo se halla más próximo a lo que Gorgias llamó “el arte de la palabra” o a lo que Sócrates denominó “el arte de la persuasión”, el cual expone una creencia para convencer a través de la sugestión, la emoción, la creatividad, sin depender del razonamiento formal aristotélico, propio del lenguaje científico.
El ensayo está más cerca de la experiencia que de la inanidad del cálculo y de la lógica, quienes son, por definición, impersonales.
Henry Luque Muñoz argumentaba: “Lo que me seduce del ensayo es su canibalismo, su aptitud para nutrirse de todos los géneros, invadiendo terrenos, desafiando monumentos, encumbrando voces anónimas. Su naturaleza es la osadía. Irrespetuoso por naturaleza, el ensayo se salva de caer confinado en el apolillado reino de las elocuencias consagradas. El inmenso espacio que tiene ante sí ofrece una tentación para aventurarse en insospechados caminos. Es ahí cuando conviene el ejercicio de una libertad responsable”.
Para Jaime Alberto Vélez “ni la obsesión de la verdad, ni la manía de las conclusiones forman parte del ensayo. Rechaza todo espíritu dogmático y arrogante. La inteligencia se impone sobre todo método formal. El ensayo, fruto del humanismo escéptico, siempre será punzante y vivaz”.
Lo importante es lograr percepciones agudas, nuevas aperturas, flexibilidad, plasticidad, atención disociada, desvíos con respecto al camino recto, nuevas configuraciones y ordenamientos de las ideas y prácticas.
El ensayo no posee punto final (es una obra abierta e inconclusa), por lo que se constituye tan sólo en un punto de partida, tras su continuo peregrinar y dar vueltas alrededor de sus preocupaciones fundamentales.
Por lo tanto, su fuerza es el desequilibrio y la alteración que produce, pues se construye, reconstruye y deconstruye dentro de un sistema dinámico que carece de centro fijo, de punto estático o referente absoluto.
El ensayo se rebela contra toda restricción y subordinación de la imaginación y el conocimiento, convirtiéndose, entonces, en una síntesis de realidades esenciales que responde a una demanda honda e intensa. Escapa el ensayo a la mentalidad planificadora, a la fría racionalidad y al concepto caduco.
El ensayo sería ese espacio abierto al ejercicio de lo imaginario, de la disensión, la diversidad, la desemejanza, la diferencia, en contra vía de la homogeneidad que pregonan otros.
Su flujo no deja intacto al mundo, al cual reinterpreta y transgrede como insinuación marginal, divergencia y errancia, porque el hombre mismo es, según Paúl Valéry, intento, jugada, tentativa, posibilidad, es decir, ensayo.