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martes, 16 de septiembre de 2008

VIDA FICTICIA, NOVELA REAL


Por Claudio Anaya

No puedo resistirme a recomendar la lectura de las novelas de William Somerset Maugham (Inglaterra 1874-1965) veterano narrador del mundo contemporáneo, que sigue vigente, pues las condiciones estructurales del mundo socioeconómico prácticamente no han cambiado de sus tiempos hacia acá; en sus novelas como La Carta, La Caída de Eduardo Barnard, El Rojo, Lluvia, Servidumbre Humana, o su célebre Al Filo de la Navaja, la vida de sus personajes oscila en la cuerda floja, en el umbral donde cualquier ser humano tambalea en el filo de la navaja, entre los condicionamientos sociales y los más recónditos deseos de una instintiva y total libertad. Ante el fracaso de todos los sistemas económicos y políticos para solucionar las necesidades de la humanidad, surge el deseo de abandonar esas asfixiantes condiciones impuestas por un sistema, en el cual las relaciones están absolutamente determinadas por el factor económico. La total obediencia del hombre a la producción y acumulación de capital, y la aceptación de las modificaciones en las condiciones de vida introducidas por la tecnología, además de los condicionamientos morales que desde la antigüedad lo determinan y planifican, le hacen vivir un silencioso y desgarrado drama.

Pero en algunos individuos, estas fuerzas del pasado remoto afloran, haciéndolos tomar determinaciones que plantean cambios fundamentales en su vida. Abandonan la sociedad esquematizada y rígida, para ir en búsqueda y a veces encontrar ese lugar cuasiprimitivo y tal vez paradisíaco, donde se puede vivir de manera natural, en armonía con los elementos cósmicos que son los únicos factores que les permiten el encuentro consigo mismos, y permiten también una evolución espiritual hacia lo trascendental, hacia la verdadera vida.

Maughan ejerció su oficio principalmente hacia la primera mitad del Siglo XX. En sus relatos y novelas cortas podemos conocer que las angustias que afligían a los hombres y mujeres de ese tiempo, se encuentran vigentes hoy en día, con la gran diferencia de que en ese entonces todavía se podía soñar con escapar del sistema para ir en busca de ese rincón apartado, olvidado o hasta inaccesible donde se pudiera hallar la tranquilidad y la libertad; hoy sólo tenemos los días de descanso en fincas de veraneo, en clubes con naturaleza domesticada, o playas descuidadas y hasta virtuales; ya no quedan lugares vírgenes o incontaminados, los tiempos de Maughan tal vez fueron los últimos tiempos cuando ese ideal formó parte del imaginario universal. Había sitios donde el hombre no había llegado y eso permitía el sueño de lo ignoto. El Siglo XIX con sus grandes exploraciones encogió el planeta, y el Siglo XX con el desarrollo de las comunicaciones lo convirtió, como lo expresó Marshall Mclujan, en una aldea global.

Uno de los aspectos que más llama la atención en sus narraciones, es la magistral precisión para personificar y sin retóricas ni hojarasca verbal, hacer unos retratos psicológicos que definen el espíritu de sus protagonistas; a veces por la descripción que de ellos hace el narrador, a veces por la voz y los diálogos de ellos mismos. Así, no solamente se escenifican los lugares en los cuales transcurre la historia, sino que también se ven las vastas praderas de lo oculto, instintivo o atávico que siempre acompañará al hombre como ese malestar en la cultura por la libertad perdida.

De las conveniencias o inconveniencias que ofrece la vida en sociedad, y de esas fuerzas ocultas que pugnan por salir al galope, surge una lucha despiadada en toda la frontera de estas dos tendencias. Es el umbral en el cual, después de cien años transcurridos, continuamos viviendo los personajes de Maughan.
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Texto publicado en el periódico EL FRENTE, página 4 A, Opinión, el jueves 21 de febrero de 2008, Bucaramanga.

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