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viernes, 3 de julio de 2009

SOLIDARIDAD CON MITO INCLUIDO/ CARTA ABIERTA



El computador de Raúl Reyes ya parece ser la memoria de un país desmemoriado al que acuden, como a un oráculo, los poderosos de un lugar llamado Macondo.

Parece sin duda una fusión de Google y Wikipedia donde los malos alumnos del gobierno pueden encontrar sus más oscuros deseos.

Por algo hubo durante unos pocos días en un muro medianero de la carrera séptima una pintada que decía: “cambio computador de Reyes por lámpara de Aladino”.

Duró poco esa leyenda. Hay una verdadera brigada de borradores de pintadas callejeras, ordenada por quienes quieren desaparecer todo rastro de protesta frente al régimen.

Pero más que la lámpara del cuento oriental, el computador de Reyes parece la Caja de Pandora.

Si hacemos el ejercicio de recordar que Pandora fue fabricada con barro por los dioses para seducir al ladrón del fuego; que le dieron una misteriosa caja (aún no se había inventado el computador), que al abrirla dejó salir todos los males de la humanidad, pero al cerrarla dejó atrapada la esperanza, la analogía resulta más que un simple juego.

A cada tanto el gobierno actual acude al computador de Reyes como si en él pudiera encontrar la prueba reina que justifique la satanización de sus opositores.

Hace un año o más que el mencionado computador en manos del gobierno sirve para perseguir, para desprestigiar, para enlodar a personas intachables como el senador Jorge Enrique Robledo, alguien que por lo demás ha sido desde siempre refractario, precisamente, a la lucha armada, su claro opositor.

Resulta en exceso coincidencial que tras el paso de Robledo por Canadá argumentando por qué el tratado de libre comercio resulta lesivo para Colombia, tras sus denuncias en torno a los negocios de los hijos del presidente, tras señalar espurias maniobras para modificar la Constitución en busca de una nueva reelección, y luego de rechazar para el cargo de Procurador General de la República al doctor Alejandro Ordóñez Maldonado, resulte registrado en la caja de Pandora de Reyes y por tanto sea sujeto de una investigación a todas luces manipulada.

Por fortuna, incluidas algunas personalidades que no son del partido al que pertenece el senador Robledo, como muchos de los que firmamos este texto, al igual que algunos medios de comunicación en los que no cabe idea tan peregrina, no somos pocos los que vemos en el deseo de enlodar su figura política una obvia y errática maniobra no solo contra él sino contra todo disenso.

Que lo vinculen a una investigación preliminar por supuestos vínculos con “organizaciones armadas al margen de la ley”, resulta tan arbitrario y en contravía del pensamiento de Jorge Enrique Robledo que, sin duda terminará por enlodar a sus acuciosos enlodadores.
Valga recordarle al Procurador un aserto del constitucionalista norteamericano Stephen Holmes: “para que sobreviva la democracia debe prohibirse constitucionalmente el lenguaje de “enemigos del Estado”. Este lenguaje envenena la democracia porque saca a la oposición del campo político”.

Precisamente hechos tan aberrantes como el secuestro a nombre de la liberación o como la barbarie paramilitar, hechos de autoritarismo como los falsos positivos, se siguen dando por fuera de ese “campo político”.

Quiera el azar que el profesor Holmes no aparezca ahora en la caja de Pandora de Raúl Reyes.

Rechazamos la sindicación y el hostigamiento que desde el gobierno y desde su Procuraduría General se viene haciendo tanto de Jorge Enrique Robledo como de otras personalidades de la vida política colombiana, por el solo hecho de ser opositores.

Luis Fayad (Escritor)
Juan Manuel Roca (Escritor)
Pepe Sánchez (Actor)
Carlos Vidales (Historiador)
Santiago Mutis (Escritor)
Roberto Burgos Cantor (Escritor)
Alfredo Molano Bravo (Periodista)
Lasse Söderberg (Poeta)
Daniel Samper Pizano (Periodista)
David Jiménez (Escritor)
Carmen Escobar (Cedetrabajo)
Ugo Barti (Caricaturista)
Alberto Salcedo Ramos (Periodista)
Iván Darío Álvarez (Titiritero)
Samuel Vásquez (Dramaturgo)
Augusto Rendón (Pintor)
Hollman Morris (Periodista)
Lucía González (Directora Museo de Antioquia)
Francisco Zumaqué (Compositor)
Felipe Agudelo Tenorio (Escritor)
Jorge Mario Múnera (Fotógrafo)
Antonio Morales (Periodista)
Lisandro Duque Naranjo (Cineasta)
Jaime Echeverri (Escritor)
Ángela García (Escritora)
Pablo Montoya (Escritor)
Santiago Espinosa (Escritor)
Omar Ortiz (Escritor)
Bruno Díaz (Actor)
Enrique Santos Molano (Periodista)
Joe Broderick (Escritor)
Héctor Buitrago (Músico)
Carolina Sanin (Escritora)
Jineth Ardila (Escritora)
José Alejandro Restrepo (Artista)
Rodolfo Arango (Filósofo)
Abdu Eljaiek (Fotógrafo)
Azriel Bibliowicz (Escritor)
Julián Malatesta (Escritor)
Federico Suárez (Abogado)
Robert Max Steenkist (Escritor)
Kike Lalinde (Pintor)
Lucía Estrada (Escritora)
Gabriel Arturo Castro (Escritor)
Sebastián Ospina (Actor)
Lina María Pérez (Escritora)
María Matilde Rodríguez (Abogada)
Rocío Romero (Historiadora)
Víctor López Rache (Escritor)
Hernán Darío Correa (Sociólogo)
Guillermo Alberto Arévalo (Escritor)
Carmen María Jaramillo (Curadora)
Pedro Arturo Estrada (Escritor)
Olga Naranjo (Literata)
Héctor Álvarez (Músico)
Billy (Músico)
Ivonne Wilches (Psicóloga)
Eleonora Mutis (Diseño Interior)
Juan Gaviria (Ambientalista)
Orlando Mejía Rivera (Escritor)
Helena Villamizar (Economista)
Sergio de Zubiría Samper (Filósofo)
Belén del Rocío Moreno Cardozo (Psicoanalista)
Darío Villegas (Pintor)
Diana C. Rey (Gestora Cultural)
Milcíades Arévalo (Editor)
Héctor Fabio Torres Cardona (Compositor)
Clemencia Plazas (Antropóloga)
Rafael Colmenares (Ambientalista)
Franco Lolli (Director de cine)
Gustavo Vasco Ruiz (Antropólogo y cineasta)
Leticia Gómez Paz (Abogada)
Marina González Bustamante (Pianista)
Catalina Toro (Politóloga)
Luis Fernando Victoria (Comunicador Social)
Carolina Urbano (Filósofa)
Consuelo Gaitán (Filósofa)
Iván Ospina (Cheff)
Jaime Londoño (Escritor)
Alberto Saldarriaga (Arquitecto)
Adriana Henao (Joyera)
Carlos Naranjo (Arquitecto)
Carlos Eduardo Romero (Arquitecto)
María Clemencia Sánchez (Escritora)
Carlos Flaminio Rivera (Escritor)
Yamel López (Biólogo)
Víctor Rojas (Escritor)
Robinson Quintero (Escritor)
Celedonio Orjuela (Escritor)
Anabel Torres (Escritora)
Juliana López (Psicóloga)
Diego Arango (Ambientalista)
Catalina Rey Quiñónez (Gestora Cultural)
Natalia Arroyave (Ingeniera)
Alba Nidian Acevedo Montoya (Investigadora)
Héctor Bayona (Actor)
Henry Posada (Periodista)
Julio Olaciregui (Escritor)
Eduardo García Aguilar (Escritor)
Luís Roca Lynn (Editor)
Gustavo Mauricio García (Editor)
Claudia Antonia Arcila (Periodista)
Clara Arango (Docente)
Lucía Moncada (Médica)
Antonio Correa Losada (Escritor)
Yorlady Ruiz (Escritora)
Fabio Martínez (Escritor)
Pio Fernando Gaona (Editor)
Mery Yolanda Sánchez (Escritora)
Ricardo Rodríguez (Editor)
Alejandro Burgos (Curador)
Nicolás Escalante (Artista)
Juana Méndez (Artista)
Natalia Sánchez (Actriz)
Amalia Lu Posso (Escritora)
Diver Higuita (Tenor lírico)
Efraín Barbosa (Físico)
María Elvira Escobar (Antropóloga)
Carl Langebaek (Antropólogo)
Santiago Rivas Camargo (Artista plástico)
Óscar Calvo (Historiador)
Tatiana Roa (Ambientalista)
Jimena González Posso (Ambientalista)
Jairo Puente (Químico)
Camilo Arévalo (Artista)
Jorge Ronderos Valderrama (Sociólogo)
Aurelio Suárez (Ingeniero)
Maria Elena Bernal Vera (Ingeniera)
Tracy Russell (Música)
Bernardo Useche (Psicólogo)
Raúl Fernández (Economista)
Camilo Arévalo (Arquitecto)
Luisa Maria Navas (Editora)
María Inés Rodríguez (Curadora)
Gustavo Martinez Arias (Músico)
Jorge Parra (Arquitecto)
Jacobo Arango Mejía (Investigador)
María Lorena Calderón (Educadora)
William George Spirito (Educador)
Flavio Restrepo Gómez (Médico)
Oscar Eduardo Gutiérrez Reyes (Coord Liga de Usuarios)
Marta Isabel Serna (Lingüista)
Jorge Enrique Esguerra (Arquitecto)
Luisa Fernanda Trujillo (Periodista)
Rodrigo Saldarriaga (Director Teatral)
Eduardo Cárdenas (Actor)
Cristina Toro (Actriz)
Carlos Mario Aguirre (Actor)
Omaira Rodríguez (Actriz)
Andres Moure (Actor)
Alejandra Fernández (Psicologa)
María Figueroa (Psicoanalista)
Fabio Martinez (Escritor)
Reinaldo Spitaleta (Periodista)
Ricardo Aricapa (Periodista)
Pío Sanmiguel (Psicoanalista)
Jesús Anibal Suárez (Editor)
Jairo Serna (Periodista)
Elizabeth Beaufort (Politóloga).
Hernán Quiñones (Abogado)
Maria Eulalia Busquets (Publicista)
Gilbert Gómez (Ingeniero industrial)
Patricia Meisel (Antropóloga)
Carlos Alberto Robledo (Médico)
Karen Biswell (Fotógrafa)
Jackelin Palacios (Odontóloga)
Ana María Nieto Villegas (Arquitecta)
Luis Fernando Herrera (Arquitecto)
Gustavo Barco Ruiz (Antropólogo)
Beatriz Suárez (Enfermera)
Elvira Cantillo (Pintora)
Eduardo Esguerra (Publicista)
Mauricio Esguerra (Periodista)
Catalina Jimenez Jiménez (Historiadora)
Eduardo Romero Barragán (Arquitecto)
Alfonso Castro (Antropólogo)
Monica Fernandez (Abogada)
Alejandro Cárdenas (Músico)
Luz Amanda Salazar Hurtado (Ingeniera civil )
Antonio Tamayo (Pintor)
Liliana Salcedo (Socióloga)
María Eugenia Villamizar (Antropóloga)
Martha Baquero (Economista)
Myriam Villamizar (Psicóloga)
Álvaro Gómez (Ingeniero)
Efraín Fierro (Economista )
Hernán Medina (Economista)
Raúl González Torres (Economista)
Cesar Giraldo (Economista)

Judith Villamizar (Médica)
Ana María Nieto (Antropóloga)
Cecilia Chávez (Psicóloga)
Fernando Arellano Ortiz (Periodista)
Teresa Chávez (Abogada )
Jorge Rangel (Ingeniero civil)
Fanny de Raymond (Pianista)
Leonardo Rosero (Administrador de empresas)
Oscar Arbeláez G. (Docente)
Nancy Cardona Gómez (Administradora de Empresas)
Fred Alberto Moreno Chávez (Ingeniero)
Luz Mary Gallego Mejía (Profesional en Desarrollo Familiar)
Luz Dinora Vega. Ingeniera ambientalista)
Hernán Pérez Zapata (Ingenieros Agrónomo)
Maribel Jiménez Yuste (Pintora y pianista)
Alejandro Rodríguez (Científico)
Gregorio Saldarriaga (Historiador)
Emmanuel Rozental (Medico)
Luis Fernandez-Castro Trabajador social)
Carlos Álvarez (Mimo)
Rafik Neme (Pintor/poeta)
Gloria Mercedes Escobar (Enfermera)
Lina Gutierrez (Profesora universitaria)
María Eugenia Martínez Delgado (Arquitecta)
Gustavo Fernandez V. (Documentalista)
Nathan Jaccard (Periodista)
Julio César Correa Díaz (Escritor, profesor Universitario)

Y cerca de 71 firmas más.

ESCRIBIR AL BORDE DEL CIELO




Por Gabriel Arturo Castro M.



Jorge Cadavid
Tratado de cielo para jóvenes poetas
Universidad de Antioquia, Medellìn, 2008
106 pàginas.


Jorge Cadavid ha insistido a lo largo de su fructìfera obra, inteligente y lùcida, en juntar las cenizas de las palabras y la aparente liviandad de la arena y con ello construir un mundo sin apariencias, desnudo, transparente, lugar donde llega la palabra limpia, la palabra justa que aparece de sùbito y se encarna tras su declaraciòn de inocencia. Es su capacidad luminosa de caer en el vacìo y levantarse con dignidad en la poesìa, homenaje al silencio, al devenir esencial de la brevedad, lecciòn, tratado, enseñanza. crìtica a la opulencia y sus fuegos fatuos. “Tratado de cielo para jóvenes poetas”, reciente Premio Nacional de Poesìa Universidad de Antioquia, va en busca de la palabra original, el fundamento de la necesaria purificación del lenguaje poètico. Purificar: una labor de limpieza y de síntesis que busca la perfecciòn, lo vital, la mèdula, tal como lo pretende el poema titulado: “Aguada”:



Dibujo el perfìl de Buda
Agrego agua a la tinta
Lo que no pienso no se deja ver
Lo que veo no se deja pensar
Su mirada es continua
Sólo mi trazo es intermitente.


Precisiòn, justeza del decir, cercanìa al borde o al abismo de completud que sugiere, el presente libro nos hace preguntar por el lìmite de la poesìa, su libertad y transgresiòn, luego de merodear por una escritura reflexiva, convertida en espejo de sì misma. Aquì dicha reflexiòn alcanza un nivel de encarnadura, pues el lenguaje (el lenguaje de las nubes) tiene suficiente densidad y espesor. Ideas y palabras van juntas porque las une el pensamiento. El poeta es tambièn un pensador, la poesìa vuelve a pensarse a sì misma en cuanto a su rigor y su conciencia, màs cuando se escribe en el lìmite de la nada, junto a la expectativa blanca del cielo, el cielo como metàfora del lugar de la escritura, territorio de la experiencia.


En esta “pequeña teorìa de visible”, “palabras simples para armar un cielo”, las nubes simbolizan el paso de la visibilidad a la invisibilidad, pues “èstas se encuentran esparcidas en el interior del poeta”. Las imàgenes, lo sabemos, nacen por la alteración de la visiòn normal, permitiendo divisar otros mundos y son posibles por la experiencia de superaciòn de los lìmites, aboliendo los contrastes y logrando la unidad. Tal unidad es factible porque la imagen es representación del mundo visible, pero tambièn es visualizaciòn de lo invisible, de lo irreal. “Todas las apariencias tienen la naturaleza de las nubes”, nos dice el poeta, anunciando la metamorfosis. “Hay un espacio entre la lluvia que te advierte que lo invisible existe”. Una nube puede ser una ballena o un mirlo, un cìrculo en el cielo pintado, un Espejismo constante y renovado:


¿Cuánto perdura
la imagen de un àrbol
en el agua?
¿Cuánto perdura
la imagen de un ave
antes de ablandar su imagen
en el agua
y convertirse en pez?



Sobre este inquieto mundo el pàjaro, el ave, es el habitante del cielo, de las nubes, el mensajero, la voz, pero gracias a la mirada desborda su inicial naturaleza y entra al reino de la confusiòn y la ambigüedad: “Poner la frase despacio para que la tòrtola no se aleje volando”·. O cuando afirma: “Sospecho que un pàjaro vuelve al libro vacìo para quedarse en èl”.



“Tratado de cielo para jóvenes poetas” es un ejemplo, siguiendo el concepto de Busil Bunting, del decir como una forma de la condensación de la experiencia y una manera de hacer justicia verbal con el mundo, gracias a la cautela, a la visiòn profunda, intuición, revelaciòn de una instancia epifànica, es decir, aprehensiòn de lo momentàneo, lo constante y lo eterno.



Entonces el yo se opaca, se atenùa, a favor del sentido que favorece la comprensión y la interpretación universal. Al respecto leamos el poema: “Todos los poetas son mortales”:



El poeta ya no está
en el poema
Su voz se deshace en un coro
Ya no es necesario que firme
ni que lea, ni cuente sus proezas
Las nubes pasan por el cielo
su prodigio es deshacerse
sin que nos demos cuenta
Los pájaros y el viento enmudecen
y esa dicha no la explica nadie
La vejez es el último verso del poema
Después de él empieza la calma.


Importa màs la insinuación, la sugerencia que la explicación del silogismo o el axioma, porque gracias a la sencillez, el asombro, la hondura, cada poema posee una conciencia interna y vibrante, un diàlogo, un trato, un acuerdo dirigido a despertar a los jóvenes poetas frente a la majestuosidad y extrañeza de la poesìa, su mundo interno. Todo ello es posible porque el poeta muestra el nervio esencial, la aproximación inteligente y sensible a la pasiòn y a la vez captura la pequeña vida de las cosas, las evoca y anima como un milagro verbal. Brevedad y contundencia, meditaciòn, interiorización, excitación momentànea.



La epifanìa aquì es manifestación, sùbita revelaciòn, voz en acciòn, “consagración del instante”, “relàmpago de la certeza”. Experiencia ùnica, irrepetible y fugaz, las semillas, los caminos, las nubes, la luz, el cielo, un mundo hundido en la memoria, un “Mìnimo figurado”:



Creo que unos àrboles
unas nubes protectoras
un mirlo esquivo
es todo lo que necesito
en espíritu
para armar un mundo.

martes, 30 de junio de 2009

MONÓLOGO DEL PEATÓN



Por Julio Cortázar

A esta altura de mi vida en una gran ciudad, lo mejor que le encuentro a un automóvil es que no sea mío. Desgraciadamente ellos no parecen compartir este rechazo, y me basta salir a la calle para ingresar en un sistema y un código en los que solo la vigilancia más atenta puede evitar el rápido paso de la integridad a la papilla.

No todos tienen conciencia de la diferencia aterradora entre las aceras y las calzadas, allí donde un simple descuido significa la pérdida de todos los derechos del peatón; nada más ominoso que ese zigzag municipal a que nos obligan para que crucemos la calle en las esquinas, siguiendo como blandas ovejas los bretes dibujados por la doble hilera de clavos metálicos.

La ciudad se vuelve así un decurso rectilíneo capaz de enloquecer a todo espíritu amante de las curvas, la inspiración del instante, el atractivo de la vitrina de enfrente, el perfil de la chica que jamás alcanzaremos a ver de cerca a menos de apostarle la vida, lo que acaso es demasiado para un perfil.

Supongo que en la campaña los autos son más neutralizables, pero es un territorio que poco frecuento; urbano, en plena aglomeración de casas y cosas fascinantes, los sufro como un ejército de ocupación, una enfermedad de la tierra, un estrépito y un tufo que me agreden con su amenaza permanente, sus arietes prontos a abrirse paso entre peleles lanzados en todas direcciones.

Tal vez por eso no me desagrada recorrer la ciudad en auto, cuando es un taxi o me lleva un amigo; es el único lugar donde me siento a salvo, así como hay edificios tan horribles que lo único posible es entrar en ellos y contemplar desde alguna de sus ventanas la ciudad momentáneamente libre de su silueta. (Tal vez por cosas así nos soportamos a nosotros mismos, puesto que solo nos vemos desde adentro).

A alguien podrá sorprenderle que escriba esto después de un libro como Los autonautas de la cosmopista, en el que se cuenta la forma en que mi compañera Carol y yo pasamos más de un mes en un auto y rodeados de autos, en una carretera enhebrada por millones de ellos en sus más variadas y vehementes manifestaciones.

Pero el lector de ese libro sabe que nuestro viaje era precisamente un desafío a la costumbre, y que entre sus muchos lados patafísicos el más visible era el de buscar las excepciones en las reglas, el silencio en el estrépito, la calma en el fragor. Si una autopista vacía cesa de tener sentido, lo que contaba para nosotros era mostrar cómo el vacío sigue presente en lo lleno si se lo busca con las armas de la poesía, el azar y por qué no la locura.

Si los autos hubieran sido para nosotros lo que son para el que se suma a esa horda desatada de la que hay que cuidarse a cada segundo sin por eso dejar de ser parte de ella, el viaje hubiera perdido no solo su razón de ser sino el ser de su razón, y esa razón era precisamente el reto supremo, afirmar frente a los autos que podíamos verlos sin verlos, que podíamos aparearnos a ellos desde otra dimensión, que los neutralizábamos con las armas del juego, y que ese juego era uno de los rumbos de una vida más bella, menos atada a las rutinas y a los códigos. Y eso sin ninguna jactancia ni sentimiento de superioridad, simplemente porque éramos un lobo y una osita y ya se sabe que eso cambia las perspectivas, las ópticas y no solamente el pelaje.

Desde luego que ese viaje lo hicimos en un auto, pero nuestro rojo dragón Fafner se hubiera ofendido al escuchar semejante calificación. Mi larga intimidad con él no provino de la relación usual auto-conductor, sino que sólo me decidí a ir a buscarlo a su caverna (un garage de Bourg-la-Reine) cuando estuve seguro de que Fafner era por encima de todo una casa que, como la alfombra mágica, podía llevarme a cualquier lado sin privarme de su techo, su cocina, su cama y su salón de estar.

A partir de eso, el motor y las cuatro ruedas perdían esa insolente primacía que distingue a los autos comunes; tan es así que los fabricantes mismos, sin duda poco dados a la poesía, no se decidieron nunca a llamarlo auto o camión o camioneta, aunque de todo tenía un poco, y optaron por denominarlo “combi” que hasta hoy no he buscado entender demasiado.

Por cosas así no sentimos jamás que ese viaje lo hacíamos en un auto, primero porque gran parte del tiempo lo pasamos fuera de él explorando los paraderos, y después porque apenas nos metíamos dentro nos ganaba un sentimiento doméstico, la alegría de volver a casa y encontrar todo lo que necesitábamos, desde el trago reparador hasta la música y los libros, sin hablar de la nevera debidamente surtida de buenas cosas.

Cuando los autos se detenían cerca de nosotros en los altos del atardecer o a lo largo de la noche, no nos sentíamos ligados a ellos por ese sentimiento ambivalente que mueve a los automovilistas a intercambiar impresiones sobre sus respectivos vehículos apenas llevan un rato de conversación.

Todo nuestro interés estaba concentrado en los viajeros, en esa gente que subía y bajaba de sus vehículos en etapas casi siempre fugaces (claro que no tenían como nosotros más de un mes para hacer un viaje de diez horas), y los niños o los perros nos atraían mucho más que los Mercedes o los Renault.

Pienso ahora que en un viejo cuento, La autopista del sur, mi punto de vista fue exactamente el mismo aunque las condiciones variaran en todo sentido; también allí los autos solo sirvieron como telón de fondo, limitándose a transmitir sus nombres a sus ocupantes, a la vez que la inmovilidad forzosa les quitaba eso que podríamos llamar la “autidad” y que es lo único capaz de darles un sentido; poco a poco se fueron convirtiendo en malos hoteles para una interminable pesadilla, cosa que por lo demás también puede suceder cuando corren a toda máquina por las autopistas.

¿Me reconciliaré alguna vez con los autos? Tal vez, pero para ello tendrían que ser muy diferentes de lo que son, y cuando hablo de autos hablo sobre todo de sus dueños y conductores. Los aceptaría si la ciudad estuviera llena de formas insólitas y coloreadas, de pinturas y dibujos en movimiento, de burbujas o de paralelepípedos que prismaran las luces al moverse, de una individualidad que cada vez falta más en nuestra civilización; los aceptaría si sus conductores, tantas veces solos en el volante mientras la gente sale de sus trabajos y busca ansiosamente un autobús ya lleno o ausente, invitaran a aquellos que coincidieran con su itinerario, los acercaran a sus casas y charlaran un poco con ellos.

Ya sé que es mucho pedir, y que casi siempre el que se compra un auto no lo hace para acercarse sino para separarse, para reinar como un pequeño déspota dentro de su triste escarabajo reluciente. De manera que hasta nueva orden sigo andando a pie o tomando el metro; siento la brisa en la cara y el suelo bajo mis zapatos, me rozo con la gente y cuando puedo hablo con ella. Retrógrado, sin duda, pero mucho más feliz.


Texto publicado en Papeles inesperados, volumen editado en el aniversario número 25 de la muerte de Julio Cortázar. Editorial Alfaguara, 2009.