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jueves, 9 de septiembre de 2010

ACERCA DEL ARTE DE LA BREVEDAD


Por Gabriel Arturo Castro M.
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Iniciemos por lo que no es brevedad poética: las imágenes iniciáticas o fugitivas; el lenguaje que se encierra con deficiencia o carencia en pocas palabras; las frases que se reprimen para salir, articularse, actuar o participar en el poema; el afán implícito de la enunciación; la moderación de un modo de decir; la simple “economía de recursos”; la eliminación de “afeites innecesarios”; la circunspección; el esquema veloz; la temporalidad encarcelada; el ascetismo controlado o la creación silvestre, espontánea, automática, sin aptitud ni talento. La brevedad no es la enunciación corta, pequeña, sucinta o instantánea por sí sola, ni la frase limitada, lacónica, reducida, apretada o transitoria, configurada de tal manera con toda premeditación.

 ¿Cómo aparece la brevedad y la síntesis como atributos de la expresión poética?

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Es de nuestro conocimiento que la poesía es movimiento, devenir. La fecundidad se da por el cambio, la variación, que al tiempo es conmoción, alteración, evolución y mudanza. Lo anterior implica que el hombre actúa sobre los objetos y el mundo para transformarlos o recrearlos. Todas las grandes fuerzas de la naturaleza y las emociones humanas tienen sus opuestos, por los cuales se definen en parte. Muchas tradiciones orientales sostienen que los opuestos aparecieron cuando la única realidad verdadera se fragmentó en una aparente desunión para crear al mundo de las formas: cada fragmento es incompleto en sí mismo y aspira a unirse de nuevo con el todo que procede. Los opuestos, y el mundo material que constituyen, son una realidad subjetiva. La poesía puede ver más allá de ellos la  unidad que es su auténtica naturaleza, porque  los opuestos nacen de la misma fuente y la totalidad de la creación sigue siendo verdaderamente una. Para Breton los opuestos se unen en algún punto del espíritu. Conciliación que no existe para creadores como Luis Cardoza y Aragón, según nos manifiesta Jorge Bocannera. La “divergencia unitaria” constituye uno de los núcleos de la obra del centroamericano, “apoyada en una constelación de paradojas, antítesis, contrastes, aceptaciones que a la vez operan como refutaciones”. Cardoza dice que “las imágenes contradictorias entre sí configuran la imagen exacta”. “Los opuestos dialogan, se alternan, se mimetizan y confraternizan”, pero jamás se unen. He ahí otra vía de creación partiendo del mismo principio. Para uno existe identificación de contrarios, para el otro simultaneidad de ellos.  Lo cierto es que el mundo del poema, es aquel en que las contradicciones irreconciliables encuentran una forma de coexistencia. Dichas contradicciones se resuelven en el tiempo y el espacio.

De distintas maneras y procederes, la  poesía se mueve dentro de la reflexión, oposición y enlace, momentos de la creación poética. La reflexión es el modo en que es ejercida la acción, el hacer del sujeto y del verbo. La oposición es la confrontación de las fuerzas o voluntades que se dan al interior del poema y que son posibles por su  diferenciación mutua. Los elementos que pugnan se expanden o contraen durante el enfrentamiento (caos- armonía, vida-muerte, luz-oscuridad, y tantos otros), todo ello gracias a que la poesía es posible mediante el drama, la tensión y la pulsión. La intensidad (fuerza, afán, ilusión y pasión) se une a los tres elementos mencionados. Las contradicciones pueden originarse dentro del inconsciente del creador o en su relación con el mundo externo, pero deben ser tratadas al interior de la obra. Aunque el poema es una “estructura verbal autónoma”, no es ajeno totalmente a las referencias alrededor de ella, es decir, no es un coto cerrado que sólo mire al interior de sí mismo, pues la reflexión opera dentro y fuera del  universo relacionado con el hecho creativo.

A la poesía le importa su raíz utópica, su hogar espiritual, pero igual le concierne la historia y el mundo que la rodea, los cuales, juntos, van a dispensar al sujeto de las tensiones propias de la creación. Es el paso continuo, de ida y vuelta que va de lo interno a lo externo y viceversa. La poesía es una forma de conocer la realidad y a la vez se comporta como un “sueño utópico colectivo” que ha proseguido a través de la historia. Según Luis Beltrán Almería, la utopía restituye la diversidad y sus valores: “Basta con un repaso a la historia de las utopías para ver que utopías alegres y serias; utopías que persiguen la satisfacción material y otras que se orientan en la satisfacción espiritual; utopías de libertad y utopías de orden”. Obvio que ese repaso inclina a la poesía por la utopía de la alegría, el anhelo espiritual y la libertad. La poesía pertenece a la extensión utópica de la fundación de lo imposible  (unión del emplazamiento imaginativo y de la demanda interior), que a su vez es un  espacio potencial de inagotables posibilidades creativas.

De acuerdo con Jean Cohen, la poeticidad es una intensificación del lenguaje que es lo contrario de la neutralidad del sentido. El sentido se transforma favorablemente para el acrecentamiento de la emoción y así las palabras parecen animadas por una vibración interior. Vibración que permite a las palabras presentarse vivas, encendidas y animadas, “signos en pie”, desde la perspectiva de Barthes. Todo lo contrario a las expresiones frías y anodinas de la poesía simulada, heredera de la gramática, la palabrería literaria, la retórica, los vocablos aislados, estériles, nomenclatura en lugar de palabra.

Subrayamos: primero se da la negación, mediante la lucha interna de los elementos. Inmediatamente se verificará la afirmación o aserción. Es lo que va de la disyunción a la conjunción. El resultado se da a través del acto poético, el encargado de encadenar y reunir uno a uno los elementos mediante una síntesis, donde el logro de la coherencia interna es fundamental.

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Una poética es relativa en cierto sentido; está destinada a superarse y a transformarse. Superación no significa supresión, pues la anterior etapa subsistirá en su sitio, en su grado de precisión. La obra es el resultado de las fases y los períodos del escritor, de sus ciclos y momentos creativos. Como la poesía es un conjunto vivo, un movimiento total, debe ser un organismo que se conserva en sí, renovado. Toda poética posterior implica, verifica y complementa a la poética anterior, la sitúa en su verdad.

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Con destino al hacer poético no bastan la percepción y la sensación. “Lo que piensas y sientes, aún no es poesía”, exclama Carlos Drummond de Andrade, en uno de sus más bellos poemas sobre la esencia y el origen de la poesía. Advierte que ésta no debe ser buscada en los acontecimientos o en los incidentes personales. La confesión inmediata de los sentimientos todavía no es poesía, lo que rebate la idea tradicional del poeta “natural”, sentimental y confidencialista, propio del modo de actuar realista. El realismo oculta la naturaleza construida del lenguaje y confirma que éste existe bajo una forma “ordinaria”. Los realistas no deforman la realidad para darle contornos subjetivos, sino que representan al mundo como es, escueto, directo, neutro e incoloro. El signo realista es para Barthes algo fundamentalmente enfermizo, quizás aberrante, dado que niega el carácter creador-hacedor de lenguaje.

El realismo es pasivo, contempla sin actuar, no cambia al mundo. Por ejemplo, la llamada “poesía de lo cotidiano”, jamás desrealiza el lenguaje que se torna estereotipo poco convincente. Porque más que decir lo real, el lenguaje poético debe expresar el alumbramiento de lo verdadero, el desenmascaramiento de la falsa ilusión, del espejismo de lo inmediato. 

Entonces es preciso buscar la creación de un objeto desconocido hasta el momento, el cual, sin embargo, desde ya, posee una realidad y una verdad interior, cuya búsqueda la poesía procura, es decir, la supresión de lo desconocido, un límite lejano al que nos aproximamos y que se realiza a través de los descubrimientos parciales. La poesía pretende la soberanía sobre el mundo de cada creador, gracias a su vocación espiritual y a sus posibilidades infinitas. Ya lo había dicho Hugo Friedrich: “El poeta es el aventurero que se lanza a territorios del lenguaje todavía no hallados”.
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Los rasgos espirituales se hallan alojados al interior del hombre, conjunto de la experiencia entrañable que trasciende, se hace obra. Entonces la poesía se concibe como sustancia consciente que se aloja en el interior (primero es una sustancia extraña y desconocida, pero luego se torna conocida, debido a su aprehensión, discernimiento e interiorización profunda), gracias al proceso de exteriorización. Lo que era sustancia potencial, de esta manera se vuelve actividad, acción, logro, realización, es decir, hecho poético. La actividad consiste en imprimir su huella, su forma sobre los objetos y su contenido. Es que la poesía se torna acto, verbo, poder, y el poder no se define fuera de las cosas sino a partir de las obras y de los desarrollos o transcursos creadores. Definir la poesía desde los objetos o intereses extra poéticos, ajenos al quehacer  de la escritura artística, parece un contrasentido.

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La poesía es una violencia hecha al lenguaje, quien es sometido a su tensión máxima”, de acuerdo con Juan Ferrate. La poesía tiene un poder efectivo de aislar, de separar del inmenso devenir del mundo, de la totalidad, ciertos fragmentos y objetos. Discrimina, separa, abstrae, suprime momentáneamente en un acto de negación dialéctica. Tal reducción se da a través de símbolos, figuras e imágenes, es decir, de la abstracción. Arranca los elementos de la naturaleza y, luego, al volver a juntarlos de una manera distinta a su estado original, les devuelve el mismo (igual o mejor) misterio y enigma. 

De acuerdo, el entendimiento poético determina objetos distintos, los separa y aísla, y de algún modo los destruye. La poesía inicia con ese gesto aniquilante, propio de su concepción y percepción, ese algo disolvente, destructor (descompone y desintegra la existencia del mundo).  Crea otra realidad, o sea, la irrealidad, que conquista una presencia propia.

La poesía inicia con el poder negativo, pero ello es tan sólo su primer movimiento. Después vendrá la negación de ese poder, lo que constituye su fuerza positiva. En otras palabras, la poesía resulta victoriosa sobre su poder negativo, ya que reúne lo disperso con más fuerza y lucidez. Así, cuando un acto no es poético, separa definitivamente el sujeto del objeto, disocia, no concilia las contradicciones, ni las resuelve, y por lo tanto se torna acto contemplativo, pasivo, neutro, muerto, exánime, indiferente, anulado.

Caso distinto es el de la vida del espíritu, es decir, de la verdadera poesía, que se sostiene y mantiene reanimada, sobreviviente, colmada de aliento y respiración propia, allí, dentro de la muerte. Sobrevivencia, cualidad y esencia que podríamos designar también como”misterio”, según Valéry; “una perdurable sorpresa”, desde la óptica de Baudelaire; un “desconcierto”, denominación de los surrealistas; la posibilidad infinita de la “resurrección”, bajo el lente de Lezama Lima o como la continua presencia de lo  “insólito”, expresión de Saint-John Perse. 

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La intuición es otra forma de conocimiento, directo, inmediato, la cual se da mediante sensaciones, iluminaciones y revelaciones íntimas. Es el momento excepcional, el éxtasis, lo súbito e inexplicable que se prolonga en el pensamiento deseoso y vigilante. El poema partirá de este momento excepcional hacia un camino colmado de misterio, invención, lucidez y rigor; un proceso alternado de esfuerzo y técnica.

”Hay experiencia poética e intuición poética dentro del alma”, observa Jacques Maritain, indicando que la intuición es el elemento que va a impedir la esterilidad. Al respecto Valéry sentencia: “En verdad, existe en el poeta una especie de energía espiritual de naturaleza especial; se manifiesta en él y le revela a sí mismo en ciertos instantes de valor infinito”.

El mismo escritor francés escribiría que “por otro lado, quiéralo o no, el artista no puede en absoluto desligarse del sentimiento de lo arbitrario. Avanza desde lo arbitrario hacia cierta necesidad, y desde cierto desorden hacia cierto orden”.

Lo inmediato es la sensación, luego viene la percepción que es una actividad práctica. Igual se puede dar al contrario. La sensación se convierte en un momento interno, un elemento de la percepción tomada como un todo.

Pero no se puede reducir lo anterior al empirismo que somete el universo a las sensaciones de la experiencia. Las formas y los conceptos no le interesan. No saben que penetrar en lo real es aventajar lo inmediato (lo sensible) y que lo inmediato  no superado es siempre lo más pobre, lo banal, lo evidente. (El otro vicio es el pragmatismo que ha invadido incluso al arte y que según Peirce, sólo le interesan las consecuencias prácticas de los conceptos, el aceptar el recorte de las ideas para evitar tensiones o rupturas con fuerzas opuestas ).

En cambio, la reflexión conlleva a la abstracción, a la acción y efecto de separar los elementos generales o universales a partir de las imágenes sensibles, procedentes de los entes singulares, concretos. La reflexión penetra en el objeto, pues su cometido es opuesto a toda contemplación y descripción pasiva. (El movimiento incesante y la pugna pueden más que la serenidad, el reposo y la frivolidad, ya que la poesía emerge de las tensiones, de la búsqueda, expansión y emancipación de un mundo legítimo, y no de la aparición gratuita de palabras almibaradas para el oído).

Sin embargo, en la abstracción lo concreto se recupera. Aquel  poder de abstracción define la inteligencia poética. Sin ella no se aprehende nada esencial y se queda en lo aparente, lo superficial y lo contingente. Por lo tanto, un objeto o un ser, sólo se comprende verdaderamente si se descubren sus singularidades y sus rasgos más generales. Si lo particular está comprendido dentro de lo universal se llega a lo que se denomina Totalidad. Según Michael Ende, lo orgánico se caracteriza porque en cada detalle está contenida otra vez la totalidad. Todo lo que sucede en lo grande ha de realizarse igualmente en cada una de las partes de la totalidad y en la parte de la parte, en razón de las correspondencias, no de la causalidad (por la cual las mismas causas, en las mismas condiciones, producen los mismos efectos). Causalidad o principio mecánico o maquinal, y por lo tanto irreflexivo, artificial y autómata, donde “se ensamblan partes completamente heterogéneas para formar un todo lógico-causal”, de acuerdo con el escritor alemán.  Así el poema se trunca bajo una apariencia de texto- armatoste, ajustado a partir de maniobras ingeniosas que reemplazan las herramientas propias de la escritura por las trazas de un complot.

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En la entraña del poema (objeto literario-artístico) se asaltan las contradicciones desde la razón interna y la coherencia. Su vida profunda es el contenido que se refleja en la forma; está compuesta de relaciones, hilos internos, conexiones de todos los elementos. “Tenso el arco de la contradicción en toda la velocidad de lo posible”, manifestaba Gonzalo Rojas.

La forma es concepto, es decir, racionalidad, mientras que el contenido es la materia proteica de lo sensible imaginativo. Si la poesía es coherencia, el poeta da forma orgánica al caos. 

Tal ligazón de fuerzas y tendencias da por resultado la Unidad, hecho posible gracias a la síntesis que reconstruye el todo y establece lo positivo, la vida, la afirmación, luego de aquella primera fragmentación. La brevedad o la Summa  (virtud de la síntesis) es la operación de la inteligencia poética que, según José Lezama Lima, puede hacer ver lo imposible creíble, lo increíble cierto y entender lo máximo desde una comprensión propia de la poesía, su logos secreto que es diferente a la lógica y causalidad aristotélica. En el poema “lo lejano está próximo y todos los opuestos se resuelven en forma de cercanía”, o como lo enfatiza Johannes Pfeeiffer : “La poesía logra abarcar de un aletazo la totalidad de lo existente, conjurar de un golpe lo más cercano y lo más lejano. Aquello que para nuestra experiencia está y permanecerá siempre rígidamente separado se une y mezcla en virtud del hechizo poético”. El tiempo de la poesía es propio también de las demás manifestaciones artísticas, en cuanto tratan de recuperar la totalidad de lo real que es ilusoria y fugitiva. Es decir, los instantes, lo inmediato, lo fugaz, se transforman en una aspiración de plenitud a partir del ejercicio de un hombre interior. La brevedad sitúa al momento generador poético en el Todo, en movimiento, en su sitio, en el conjunto de relaciones.

La poesía posee un hondo respeto por la verdad dramática y la eliminación de todo lo accesorio. Sólo así surge su carácter de “tormenta e ímpetu”. Roberto Juarroz expresaba que su tarea era “la de recoger de las situaciones extremas eso que llevamos escondido en nuestro silencio. Para ello se necesita de un lenguaje diferente, que deje de lado lo que las palabras tienen de ornamento, de euforia. Buscar formas de síntesis poética, que no es la síntesis intelectual, donde confluyen emoción, sensibilidad e inteligencia”.

Por alguna razón Lezama Lima afirmaba que “la fuerza de un poeta está en la fuerza de sus contradicciones”.