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lunes, 19 de diciembre de 2011

PEQUEÑO BESTIARIO de Horacio Benavides



TAUROMAQUIA

El toro
construye al torero

despojándole
en cada pase
de sus adherencias

lamiéndole
en toda la extensión
de su piel

comprimiéndole
a golpe de nervios

Hasta dejarlo solo
lavado
brillando
en el aire transparente
de la plaza


EL CABALLO

De la tormenta de tu galope
desciendes
a la caricia áspera del belfo
al más leve soplo de terciopelo

Salido de la leyenda
llegas en la noche
a tocar en nuestra puerta

Y en la ciudad
perdido
acompañas con tu cuerda tensa
una música cruel


EL CERDO

El cerdo entra en el poema
como una ofensa
pero nadie sabe
que el cerdo también reza

Al final del verano
cuando las golondrinas
arrastran el paracaídas
de la lluvia
el cerdo se sale de sí:

da vueltas salta grita
aplaude al universo


EL GATO

El gato duerme
     es otro gato
porque a las once
    es sólo sombra
El que a las tres
   de la mañana cae
como sombrero lento
es porque ya no ondula
           en el agua
           en el desierto
El que a las seis
          busca la leche
es porque guardó
         su oscuro sobretodo



LA RANA

Cuando Nadie
llama a la puerta
es Ulises el que llega

Muchacha
entre las ranas de la charca
una canta para tí
Es tu principe



PEQUEÑO SAURIO

Este pequeño saurio
pintado con los colores
del amor
zapote y negro
fósforo
en la oscuridad del diablo
mínima sombra
de un paraíso subterráneo
anda entre los ladrillos de mi casa
Como si tener cien millones de años
fuera poco
como si ser un inmenso lagarto enano
fuera nada


TORCAZA

Minuciosa recoge
la poca abundancia
granos de maíz
de millo
huellas de otro pájaro

Y en la alta cofa de la mañana
con el vacío
entre pecho y espalda
como una capa
mínima quilla sobre el mar
tilde la más pura
en esta telegrafía



MARIPOSA NOCTURNA

Fuera de tí
errando
entre tanta noche dispersa
caes de pronto
en la órbita
de la lámpara

Como en el amor
su luz es tu ceguera

El fuego te consume



LA CHICHARRA

Tensa al mediodía
su arco de dicha

estalla de música

se ofrece al verano


GRILLO

Como un zapatero remendón
en cualquier rincón de la noche
instalas tu mínimo taller

Y con qué desvelado ardor
afilas tu lúcido metal
tu tensa cuerda disparada

Cruel muchacho
al oído de tu madre rayas
el negro pizarrón de tu tarea



EL PEZ

Hondo
vive el pez
en el olvido

Pez y agua
en uno
confundidos

espejo
en el espejo
siempre ciegos

Y cuando
el dorado anzuelo
de la muerte llama

nace el pez
para la muerte

primer dolor
última pena



EL LEÓN


En un lejano país
en tiempos en que bastaba
desear algo
para que el deseo se cumpliera
existió un rey


.......................................

Horacio Benavides nació en Bolívar, Cauca, Colombia, en 1949. Cursó estudios de pintura en el Instituto Departamental de Bellas Artes en Cali. Ha sido profesor y coordinador de talleres de literatura. Dirigió el Taller de Literatura con niños Viento Sur; coeditó la revista de Poesía Deriva y coordinó la Ruta de la Literatura, un proyecto de talleres de Literatura de la Gerencia Cultural y la Secretaría de Educación del Valle.
.
Ha publicado, entre otros, los libros de poemas: Orígenes, 1979; Las cosas perdidas, 1986; Agua de la Orilla, 1989; Sombra de Agua (1994); La aldea desvelada (1998);Sin razón florecer (2002), Premio Nacional de Poesía Instituto Distrital de Cultura de Bogotá (2001); Todo lugar para el desencuentro (2006), Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus 2005; "De una a otra montaña" (2008), en la colección de poesía "Obra reunida" de la Universidad Nacional de Colombia, el cual fue presentado en la reciente 21 Fería Interancional del libro de Bogotá, Abril-Mayo 2008.
Ha publicado también: un "Agua pasó por aquí", adivinazas, y "En la carpa de un circo", cuentos para niños.
.
Sus poemas han sido incluidos, entre otras, en las siguientes antologías: Tambor en la sombra, Poesía colombiana del siglo XX, México, Editorial Verdehalago; Para conocernos mejor, Poetas colombianos y brasileros, Editorial Universidad de Antioquia y Universidad Estadual de Sao Paulo; Antología de la Poesía Colombiana. Colcultura y Ancora Editores. Hace parte del libro de cuentos "EL QUINTETO DE VERSALLES" . http://ntc-eventos.blogspot.com/2008/05/el-quinteto-de-versalles.html (2003) ( Ver además: "El quinteto de Versalles" ) ..
Actualmente realiza en Cali talleres de poesía con niños y jovénes y dirige la colección de poesía Escala de Jacob de la Universidad del Valle.
Fuentes: http://www.festivaldepoesiademedellin.org/pub.php/es/Revista/ultimas_ediciones/68_69/benavides.html , solapa del libro "De una montaña a otra" ,2008, y archivos de NTC … . )

viernes, 18 de noviembre de 2011

DANIEL PADILLA, PREMIO NAL. DE POESÍA "UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA"



Daniel Padilla Serrato. Sicólogo y escritor.

0.

En las aguas de la noche nos dijeron los mendigos que veríamos
la cara de la soledad más ciega y definitiva.

Apareció como una sirena que soñaba.
Aseguró morir de sed y yacía desnuda
sobre el cielo congelado.

Desde entonces su piel se refleja en el fondo de nuestras escudillas.
No hemos podido apartar la vista de su vértigo.

En los plenilunios
esta pálida cazadora se baña
con agua de nieve.

Temblamos bajo sus cabellos cristalinos. 
Por espejos de niebla cambia nuestros huesos.



I.

En el comienzo era un cráter:

Su vacío recorría el espejo
y nada se interponía entre la superficie y el fondo
salvo una música
poblada de agujeros luminosos.

Acostumbrado a mirarse con cautela
y desnudo de la cintura para abajo
poco a poco el cielo
fue dándose cuenta de su condición
                           de eslabón perdido.




II.

Un espejo vaga dormido en las ruinas del tiempo.
Hecho de arcilla, entra con sus huesos lacrados en los templos de la noche.

A ojo cerrado avanza por un sendero de ceniza rumbo al mar,
nocturno abismo donde se refleja el vértigo.

Siempre vuelve a encontrarse con la nada:
Un hombre erguido ante los astros
imagina que construye en sueños lechos de cristal.




V.

Aquí en las entrañas de la tierra estamos
nadando en los espejismos del antiguo jardín.
Toca con la noche nuestro despertar,
para abrir los ojos en el barro y hacia el cielo ver las estrellas
que duermen en Tu nombre.

Dichosa la constelación que te vio nacer
con esa herida en el costado,
donde bebimos los mares de un caos muy antiguo.

Aquí en el centro del agua
los muy olvidados besamos esponjas de sangre.
Con siete clavos en la lengua
y otros siete en los ojos
dormimos en el tiempo
el silencio de una eternidad que nos sueña.



X.

Dormimos en el alma de un fantasma
sueños invisibles.

Flotamos en el fragor de un mundo que desaparece
sin ruido. La herrumbrosa espada de la muerte pende sobre nuestro cuello de polvo.

La destrucción es otro sueño que se asemeja al agua cuando lo circunda todo.







ACTA DEL JURADO CALIFICADOR
DEL XXIV CONCURSO UNIVERSITARIO NACIONAL DE POESÍA
UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA


En la ciudad de Bogotá, a los once (11) días del mes de noviembre de dos mil once (2011), se reunieron en las instalaciones de la Universidad Externado de Colombia, los integrantes del jurado del XXIV Concurso Nacional Universitario de Poesía Universidad Externado de Colombia, María Clara Ospina, Luz Helena Cordero y Gonzalo Mallarino.

Después de leer y analizar los 53 libros presentados al concurso estuvieron de acuerdo por unanimidad en otorgar el premio a la obra bajo el título “El espejo dormido” presentado con el seudónimo: “Sebun”, que corresponde a Daniel Padilla Serrato con cédula de ciudadanía N° 80000683 de Bogotá, de la Facultad de Humanidades de la Universidad Tecnológica de Pereira, sede Ibagué. De este trabajo, dice el jurado: Los espejos y las reflexiones sobre el universo y la existencia humana dan unidad a este libro en el que el lenguaje poético construye y propone formas de ver y sentir. La otra realidad, la que muestra el espejo en su papel deformante y constructor, surge para fundar múltiples imágenes, con un lenguaje depurado y carente de lugares comunes.

Así mismo, el jurado quiere destacar el libro bajo el título “Desnudo, bajando una escalera” presentado con el seudónimo “Jack Lamotta” que corresponde a Andrés Camilo Torres Estrada con cédula de ciudadanía N° 1020717813 de Bogotá, estudiante de Humanidades de la Universidad de los Andes.


La presente acta se firma en Bogotá, D.C., a los once (11) días del mes de noviembre de dos mil once (2011).



María Clara Ospina               Luz Helena Cordero             Gonzalo Mallarino
CC N° 41.516.709 Bogotá     CC N° 63.291.342 Bogotá     CC N° 19.345.689 Bogotá
Firmado                                Firmado                                    Firmado










NOTA DEL POETA ALIRIO QUIMBAYO


Apreciado,Daniel Padilla Serrato, considero que este reconocimiento a nivel nacional a tu trabajo poético El espejo dormido”, llega con la certeza de la madurez de los frutos que tú has cultivado en silencio, con esmero y paciencia. Me alegro porque tu escritura pulsa otras líneas invisibles de nuestra existencia; pues, he tenido el grato placer de saborear la luz de algunos textos poéticos tuyos en verso y en prosa. Me alegro también porque tu Premio obtenido en XXIV Concurso Nacional Universitario de Poesía Universidad Externado de Colombia 2011, es en gran medida el justo reconocimiento a la Universidad Tecnológica de Pereira y a la Universidad del Tolima que nos abrieron este espacio académico; de modo especial, a la labor pedagógica y literaria de quienes fueron nuestros maestros en los seminarios de la Maestría en Literatura. 

De nuevo, buenas noticias para quienes amamos y reescribimos estas cordilleras y este cielo tolimense; que buena noticia para su gente laboriosa. Por eso, estoy compartiendo con mis amigos tu logro. 

Daniel, deseo que culmines lo que empezaste con la misma tenacidad del insecto devorando el tiempo. FELICITACIONES y un ABRAZO INMENSO con muchas bendiciones del Eterno.


Alirio Quimbayo Durán



viernes, 21 de octubre de 2011

¿PRISIONEROS DE DUROS ESPEJISMOS? / Víctor López Rache



Por: VICTOR LOPEZ RACHE

La poesía carece de época y edad, lugar y género… ¿cómo opinar sobre la generación de la porción de tiempo en que uno ha nacido? Sin embargo, nos hermanan circunstancias externas a la poesía. Violencias simultáneas, travesías por los altibajos de una realidad alterada; en fin, debemos crear en una época de veloz transición tecnológica, cultural y visual que, día a día, genera cambios en la forma de abordar lo inaprensible de nosotros mismos.

¿Hubo la reacción que toda generación debe tener con sus predecesores? Fue tímida en la concepción del mundo y notoria en la construcción de la frase, el tono y el manejo de la palabra. A movimientos anteriores el despliegue de sus hazañas humorísticas les permitió el triunfo gracias a la seductora espontaneidad que, irremediablemente, con el paso de los eventos se hunde en la nada. Esta experiencia aconsejaba aproximarnos a la poesía de manera individual y discreta. La gama de lecturas a nuestro alcance nos salvó de ser imitadores fanáticos de figuras internacionales de culto. En la juventud ya habíamos comprendido que es mejor ser un poeta –sencillamente poeta– con una voz propia que un famoso con visiones y sonoridades prestadas. Siendo sinceros, no alcanzamos el ostentoso título de relevo generacional.

Leímos, no para ver nuestros poemas como los únicos, sino para entender que antes de nosotros en Colombia existía la poesía, algo grave de aceptar en un poeta joven. Nos habían precedido Roca, José Manuel Arango, Quessep, Obregón, Cote Lamus, Mutis, Aurelio Arturo, autores fundamentales y, si la poesía se pudiera medir en años, bastante cerca a nosotros. Tan cerca que en pocas décadas se sabrá quienes, del siglo XX, fuimos poetas y quienes fuimos tenidos en cuenta porque teníamos acceso a editoriales, universidades, amigos, influencias. ¿Será que no se salva ningún poeta de los nacidos en el lapso propuesto por Luna Nueva?

La incursión de la poesía escrita por mujeres logró consolidarse gracias a su visión del mundo, a su autenticidad, a su preparación intelectual. Se expresan con libertad y no acuden a sensibilidades adquiridas en la subasta de las glorias de la poesía; lo confirma la obra de Piedad Bonnett, Amparo Inés Osorio, Orieta Lozano, Mery Yolanda Sánchez. Claro, en antologías y selecciones, a cambio de ciertas famas, uno quisiera ver más, por ejemplo, a Clemencia Tariffa, Nana Rodríguez.

Alrededor del dos mil alguien calificó a los poetas nacidos a partir de los 50, como la Generación Trasparente, creo. Hasta ahora no se sabe si se refería a que eran poetas sin un espacio visible o profesaban una ética. De afán se podría decir que predominaría un comportamiento ético. No tenemos profesionales del exilio, lo cual nos habría dado notoriedad. Carecemos de anarquistas oficiales, lo cual nos habría concedido el derecho a la irreverencia aplaudida por los risueños del poder. Nos faltó un loco oficial, lo cual nos habría permitido autoproclamarnos minoría normal con derechos a ser reconocida y aceptada. Fuimos poco audaces para crear nuestra nómina de aduladores. Y carecimos de temperamento para convertir nuestros poemas en una marca y, tal vez, ningún publicista no lo habría propuesto; pues en todas las épocas la poesía ha carecido de amplias clientelas.

Descifrando las realidades de nuestra alterada realidad, me atrevo a aventurar lo siguiente: a falta de leer nuestros libros, nos consideraron invisibles porque nos correspondió transitar impensables y veloces cambios. La imaginación nos decía que el mundo estaba incompleto mientras un oído escuchaba que la inspiración no existía y el otro que la poesía había muerto; un dedo ardía en las teclas de la finada máquina y el otro se paralizaba en el computador; un pie fatigaba el pavimento y otro retrocedía en el mundo virtual; el papel nos decía adiós y las pantallas táctiles, sin tocarlas, nos enceguecían; las violencias importaban armas capaces de eliminar el alma y a la vez ponía de moda el sicario, palabra y sujeto de épocas precristianas. Esta simultaneidad de mutaciones nos ha negado la fortuna de mantener nuestro ser concreto en un lugar de dimensiones visibles para ojos enseñados a ignorar lo impalpable de la vida y los mundos ocultos de la poesía. Están enseñados a vernos tan poco que, a nosotros mismos, nos ha correspondido preguntarnos si estamos vivos. Y no puede, ni podrá ser, de otra manera. Debimos vivir una época en que no se puede vivir y, sin embargo, somos tan persistentes que, todavía, intentamos reafirmar nuestra existencia escribiendo poesía.

A falta de leer nuestros libros, también, nos pudieron considerar Trasparentes porque fuimos ajenos a la tradición que todo lo oficializó. A pesar de las condiciones peligrosas para la libertad de sentir, vivir e imaginar, permanecemos lejos de la fantasía oficial (cero inspiración en figuras de la pantalla); alérgicos a la clandestinidad oficial (nada de aduladores de la subversión); reacios a glorificar la delincuencia oficial (ni un versito a burócratas y políticos); adversos a los dogmas espiritistas (ninguna plegaria de justificación a los desmanes de Dios); enemigos de la miseria oficial (no pedimos ningún espacio de rodillas), aunque editoriales y recitaderos sugerían que entregásemos nuestra dignidad vendiendo como Gran Poeta, ya a una profesional de la limpieza del calzado, ya una actriz de televisión.

La falta de reverencia a los distintos tentáculos de la oficialidad cada día nos dejaba sin opción y, para completar, nos desligamos de mitos ancestrales y parroquialismos urbanos. Tampoco imitamos tonos declamatorios ni humorísticos; el enojo del poeta de negro llorón nos arrebató una sonrisa y nos causó honda pena la pose satisfecha del versista de la diplomacia; las músicas cansadas y los espejos ciegos no fueron nuestras guías; aún nos cuesta aceptar que las metáforas son eternas y su número inmutable; comprendimos que a un creador le es mejor tener hijos literarios y no padres, cuyas herencias los lectores cobrarán sin consideración. Cuánta angustia nos causaría que señalaran a un compañero de generación como el mejor poeta colombiano del siglo XVIII porque escribe como escribió aquel poeta en el siglo XVIII.

 Las conexiones anteriores a un ensayista o a un crítico no les serviría como sustento para llamarnos Trasparentes, menos cuando a ninguno de los poetas del 50 (según estadísticas, pasan de los cien) se le ocurrió, siquiera, proponer un manifiesto que, luego, permitiría ponerles calificativos. Fue otro de nuestros aciertos; pues encerrar a unos autores en un membrete es decir que no hubo ninguno, así se mencionen tres o cuatro como nombres sobresalientes.

Los gestores culturales sufrieron una mutación súbita en sus inexplicables emociones y, mientras caía hasta el Muro de Berlín, ellos levantaban duras fronteras alrededor de la poesía. Pálidos vimos llenar plazas de toros con poetas sin un verso. Parques enteros con auditorios prestos a aplaudir sin oír, sentir, entender. Supimos de concursos temporales en que llegaban decenas de miles de trabajos remitidos por personas que jamás habían leído a un poeta. Para los creadores raras veces ha habido un instante en los medios masivos de distorsión. Festivales y encuentros nos dieron la oportunidad de asistir, en vivo, a aquello que los expertos llaman literaturas comparadas. Pero si exceptuamos a los poetas de obra incomparable con las conocidas en lo largo del siglo, sobre todo, sirvieron para comprobar que los poetas colombianos, con trabajos muy superiores, carecen del espacio y la fama de sus pares extranjeros; basta leer las memorias sin la encendida pasión que profesamos a todo lo extraño a nuestra integridad.

Algunas de esas sorpresas literarias del turismo internacional, incluso, han sido alquiladas como jurados del único concurso –más generador de envidias que de poesía– que el ministerio de cultura celebra cada dos años en un país de casi 50 millones de habitantes. Siendo tan usureros con los estímulos a la creación, ¿por qué, más bien, no editarán poemarios para que pueda haber una valoración y un diálogo entre lectores, poetas y críticos? Tamañas ocurrencias, a algunos, nos hicieron comprender que el arte de la palabra también es de los vencedores. Y mientras el capricho de los vencedores sea el criterio, las antologías serán manipuladas, las colecciones vergonzosas, los premios capciosos. Y lo grave: mientras el arte de la palabra también sea de los vencedores, a la imaginación sincera le será imposible expresarse y la poesía seguirá despojada de sus misterios. Y lo más grave: mientras el arte de la palabra también sea de los vencedores, en otros ámbitos, el pavor será elevado a ideología sagrada.

En un mundo de normas sujetas a los humores de lo vigente, es ridiculizada la belleza que inventan los creadores atemorizados en su encierro. Por ello comprendimos que la voz personal, la hondura, la revelación, la vitalidad de un verso, normalmente, están divorciadas de los escenarios del presente. Mucho más cuando los espacios cada día se cierran en detrimento del desarrollo de los talentos. Se cierran aunque la globalización brinda la esperanza de acceder a los dones de la ubicuidad; pero brillar, al mismo tiempo, en Bogotá, México, Buenos Aires, Madrid, torna la apertura de las fronteras geográficas en barreras espirituales para actores distintos a los amos del comercio, la delincuencia y la frivolidad.

Así mismo comprendimos que el sello definitivo de un autor también puede ocurrir en sus últimos intentos y, confiando en esta posibilidad, en un anonimato superior al de nuestras publicaciones iniciales, no dejaremos de buscar la poesía en el mundo invisible, en las violencias, en objetos, en experiencias cotidianas, en las distintas variables del amor. De lo contrario, nuestra falta de terquedad le ocasionaría un rompimiento a la tradición de siglos, y ello nos concedería el rotulo de Trasparentes; pero no de poetas. Para tener plena certeza debemos esperar a que cesen los espejismos que todo lo nublan. O los fingidos espejismos.

Los desplazamientos que, sin movernos, hemos sufrido a lo largo de la vida han sido pocos para anularnos la capacidad de dudar y, entonces, antes que el vértigo le cause otra alteración a nuestra conciencia, es justo preguntarnos:

~¿Corremos el riesgo que conlleva la creatividad o, nos acomodamos a los moldes de épocas superadas?
~¿Nuestros poemas poseen niveles de complejidad mental y emocional, estilística y temática?
~¿Tenemos la dicha de leer escritores universales en contra del gusto, la comodidad, el prestigio, la familia?
~¿Nos amparamos en alguna institución, privada u oficial, para ostentar la poesía como adorno de nuestra personalidad ávida de culto?
~¿Descubrimos nuevos misterios para no agotarnos en los que han hecho posible la poesía vigente?
~¿Inventamos un mundo y somos fieles a él sin importarnos sus abismos?
~¿Cultivamos la humana memoria como resistencia a la supermemoria de internet cuyo fin es estimular el olvido?
~¿Tomamos la palabra para enfrentarnos, solos, contra la moda, la tradición y, en especial, contra la poesía y nosotros mismos?
~¿Convertimos en poesía las alteraciones ocasionadas al espíritu y la realidad o poetizamos como dicta el decoro de la academia que no causa ni percibe molestias?
~¿Intentamos la necesaria violencia de lenguaje, trasgresión a la gramática, trastornos a los significados y recursos literarios?
~¿Nuestros poemas parecen escritos por un pulso correctamente formado en talleres, facultades de literatura y recetas al alcance de un clic?
~¿Si el ambiente y la época determinan la poesía, entonces, VILLON y VALLEJO, por ejemplo, poetizaron en un tiempo y un entorno más propensos a la poesía que los nuestros?
~¿Somos autocríticos hasta el punto de eliminar lo que nuestra seguridad intelectual considera superior a la poesía consagrada?
~¿La sensibilidad insumisa, inherente a los poetas auténticos, nos ha llevado a sentir la felicidad de liberarnos de condicionamientos visibles e invisibles?

La falta de distribución ha impedido leer, siquiera, un libro de cada autor de la larga centena; sin embargo, el respeto incondicional a los poetas, la irrevocable confianza en la poesía y el egoísmo generacional, me dicen, sí, claro, sí. Y como una opinión no pretende emular a las laureadas Tesis con mínimo 199 bibliografías, de comienzos de la década propuesta por Luna nueva, se podría citar a Samuel Jaramillo, 50; Omar Ortiz, 50; Santiago Mutis, 51; Julio Cesar Arciniegas, 1951; Guillermo Martínez, 52; su forma de poetizar nos recuerda que el poema, como el helecho, no necesita de flores para ser bello. Estos poetas están más cerca a los de la década precedente que a los poetas de los umbrales del 60 como Flobert Zapata, 58; Robinson Quintero, 59. Por ello es absurdo hablar de generaciones y fronteras temporales cuando se trata de aproximarnos a los cultivadores de la poesía. Julián Malatesta, 55; Felipe Agudelo, 55; y Armando Rodríguez, 56, serían el punto de equilibrio junto con Rómulo Bustos, 54, cuya obra es reconocida dentro y fuera del país, y a quien debemos agradecerle versos como los siguientes:

Has construido un buen vacío
Ponlo ahora sobre tu corazón y aguarda
confiando en el paso de los años.

Además del resultado del buen vacío que por fin certificará nuestro paso por la tierra, mi fe irrestricta se basa en lo siguiente: La poesía ha existido sin poetas, sin territorios, sin alfabetos oficiales e, incluso, sin lengua; en cambio, los espejismos pueden nublarlo todo de acuerdo a las dinámicas del equipo interdisciplinario de mercadeo y publicidad. Y mientras este dinamismo alcanza el máximo punto de la curva en que desaparecen espejismos y novelones, ojalá exista algún aventurero del lenguaje, la imaginación y la paciencia que, a falta de editoriales, tenga sus libros invernando en los archivos del silencio. Sería un acto de dignidad con el oficio del poeta: prolongar la esencia de la poesía en el anonimato, como sucedió con Aurelio Arturo, Carlos Obregón, Silva y, como ha sucedido, con poetas inevitables del resto del mundo. Esta tradición milenaria debe prolongarse para sonrojar la espectacularidad, los aplausos carnavalescos y las tiernas cadenas del afecto perverso que, a través de internet, convierten las neuronas en plastilina. Si ello no está sucediendo, no tendríamos poetas importantes para la historia de la poesía; pero con lo poco que nos ha concedido leer la nula distribución de las reducidas publicaciones, sin duda, tenemos poemas indispensables para la memoria. Y, ay, Señor de los Vacíos, la insobornable lectura que hacen los años, elimina las colecciones de finas pastas y con un par de poemas consagra a aquel poeta que las alucinaciones del presente habían refundido en las injusticias del aislamiento y la marginalidad.

viernes, 14 de octubre de 2011

LA POSMODERNIDAD, JUEGO DE ESPEJOS Y SIMULACIÓN


 Por Gabriel Arturo Castro M.

A veces uno se pregunta cuál es el fundamento de un tipo de narrativa posmoderna. ¿Es especulativa, totalmente empírica? ¿Hay más razones prácticas que filosóficas en la interpretación de los acontecimientos que se narran?

Lo cierto es que subsiste el realismo (describir se ha vuelto más importante que buscar la esencia y el sentido de las cosas narradas), un testimonio contemplativo e hipnotizado del presente, aunque lo importante es la novedad del ejercicio narrativo. De esta manera es claro que puede haber innovación a partir de la creación de un texto, ingenio,  imaginación diferente, autenticidad, fuerza de libertad inventiva, parodia (en cuanto el oficio de la escritura se desacraliza, el protagonista ya no es el héroe y su mundo puede ser cuestionado), reescritura de un género, tras la combinación ecléctica de elementos provenientes de diversos estilos y expresiones que intenta la obtención de un conjunto armónico.

Hay obras posmodernas que  apelan a los elementos de comunicación directa con el lector, en forma disyuntiva y abierta, proponiendo una especie de juego de perfomance, donde la escritura se vuelve “ejecución” de un texto que se traduce a experiencias existenciales, cuyo lenguaje puede ser interpretado por el lector en términos de sus propias situaciones privadas o, peligrosamente, desde otra óptica, es posible que lo entienda de modo literal. Es menester apuntar el alejamiento total que hace esta narrativa de la metáfora y su acercamiento a la metonimia, lo cual implica la expresión de una palabra de sentido lógico, sobreentendida, explícita y denotativa.  La lectura se da en la orientación estricta del contenido del texto. Podemos hablar, entonces, de la hibridación de los lenguajes, de la existencia de una palabra funcional de distintos orígenes.

Según características del quehacer posmoderno, el texto se asume desde la dispersión, fenómeno que hace de la tensión algo secundario, pues no importa si la historia suscite emoción o intensidad en el lector (las leyes de la causalidad están por encima de la intuición, la irrupción de lo inesperado, el asombro y la extrañeza). Asistimos a una crónica donde sucesiones, personajes y destinos se llevan a cabo a través de un movimiento lento, pausado y cinematográfico. Hay un gusto por el episodio, por la elaboración de flujos inconexos de acontecimientos, por el cambio incesante que da una sensación de provisionalidad de lo narrado.

 La tarea de interpretación, de este modo, es bastante sencilla, ya que el narrador expone pero no cifra, haciendo de la escritura una suma de informaciones, impresiones y noticias. Un tiempo abierto al pasado en forma de percepciones y crónicas, pero asumido de forma racional y controlada, sin asomo de su dimensión dramática. Ausencia que deja un vacío en esta especie de relatos, de retratos verosímiles,  alrededor del juego de espejos, similitudes e identidades.

Si continuamos invadidos por esta literatura, ¿cuál será, entonces, el  futuro de la imaginación, la escritura y la creación en los próximos años? La respuesta puede estar situada dentro del reto de pensar en los peligros de la cultura masificada. Noción inquietante. La cultura de masas (efectos del capitalismo y de la posmodernidad)  es una degradación-comercialización de la cultura, una fuerza alienadora, una expresión segregada por los medios de aglomeración y su sistema de valores que someten al individuo a una fuerte y amplia presión de seducciones.

Entre ellas es posible citar la legitimación del hedonismo y el individualismo; la incorporación triunfante de la realidad virtual; la limitación de las libertades sustantivas; el reemplazo del Estado por las transnacionales; el dominio, mando y señorío de la noticia y la rapidez de los eventos; la coexistencia pacífica entre las modas, la imposición vertical de la eficiencia y del éxito, la profundización de las desigualdades, la vida cultural al ritmo dictado por el neoliberalismo, la quiebra del concepto de historia universal, el hábito de lo desechable, la informática como el reemplazo de las cosmovisiones religiosas y filosóficas; la desconfianza en el poder de las ideas, la pérdida de la solidaridad humanista y del sentido colectivo de la existencia; la banalización de la información de los medios, la dicotomía entre lo público y lo privado, la abolición de la reflexión social y filosófica, el imperio de lo económico y lo burocrático, el divorcio entre racionalidad y libertad, la vuelta a la retrógrada  tradición del provincianismo, el ahondamiento de la crisis cultural,  la entrada a una nueva Edad Media y su orden feudal (complejas redes de dependencia, vasallaje, absolutismo, distribución de feudos, el oscurantismo y la nueva Inquisición), tal como lo advirtiera Umberto Eco; y como consecuencia, el nefasto abordaje del postmodernismo, la otra cara del neoliberalismo, un difuso movimiento que se define por adoptar posturas eclécticas, individualistas, pragmáticas, facilistas, carentes de compromiso social, bajo los esquemas decadentes de la antiforma, la casualidad, anarquía, descreación, antítesis, performance, diferencia, combinación, dispersión, inmanencia, antinarración e indeterminación. 

Es una nueva época que desea uniformarlo todo en beneficio de un individualismo anárquico, “al paso que tiende a destrozar toda universalidad en el orden espiritual”, según sabias y visionarias  palabras de Igor Stravinsky, quien afirmaba que ciertos artistas contemporáneos y lectores ingenuos, hacen  parte de esta infernal maquinación cosmopolita. Dicho compositor hacía la diferencia entre lo universal y el cosmopolitismo. Lo universal supone la fecundidad de una cultura esparcida y comunicada por doquier, mientras que el cosmopolitismo no prevé acción ni doctrina y entraña la pasividad indiferente de un eclecticismo  estéril.

¿Cuál es el peligro de esta moda, producto de la cultura de masas, de las nuevas formas que toma el capitalismo?: caer en el simulacro o la simplicidad; reducir todo a la ironía (a su versión empobrecida); aceptar el ocaso de la profundidad por la superficialidad de las obras; la limitación del concepto de lo lúdico, de la intensidad y lo visual; la abolición del sentido crítico; la expansión de maneras televisivas, la telenovela y el espectáculo, como el centro de la producción “artística”; acatar con docilidad la extinción de los límites entre arte y vida cotidiana, y aprobar una arbitraria promiscuidad estilística general. Tal aberración sólo lleva al pragmatismo y al  preferente utilitarismo, donde las ideas de comodidad, escape, contraimaginación, decoración, liviandad, simplicidad, esquematización, reducción, estilización, vaguedad, palabrería superflua (el arte como desecho y relleno, o lo que es lo mismo: ripio), consumismo, docilidad y conveniencia, se imponen.

Pero el verdadero Arte puede retar la cultura de masas y sus tendencias actuales, sin importar el disfraz que ellas asuman o los rimbombantes nombres, bajo los cuales ocultan sus intenciones.

 Si es así, entonces, ¿será capaz de restituir la cohesión, la correspondencia entre las condiciones de existencia del hombre y de la sociedad, con el universo simbólico que lo interpreta, recrea y transforma?

En la medida que el Arte se resista a ser sustituido por nuevos o viejos fetiches de la sociedad capitalista, la respuesta a la anterior pregunta será positiva y el arte no morirá, ni el lenguaje artístico y sus contornos van a desaparecer hasta límites fantasmales. La sobrevivencia de los cimientos antropológicos y estéticos del arte actual se colocará por delante de las sensaciones y pronósticos apocalípticos. Como lo escribe Antonio García Berrío: “El arte continuará siendo reconocible como ficción literaria, como exhortación lírica de la imaginación y el sentimiento o como la tecnología narrativa de la memoria”.

Las bases humanas, éticas y estéticas del arte, aunque sean variadas o transfiguradas, resurgirán entre las necesidades del hombre. El arte cambiará sustancialmente si se transforma la medida de la imaginación antropológica sobre las estructuras espacio-temporales de la sensibilidad y la simbolización. Mientras tanto deberá convivir con las presiones de una sociedad que ha separado la tecnología de la humanística, relegándola al puro asunto mecánico, a la exclusiva idea de productividad material, sin reparar  en su dimensión social e intelectual.

Claro que la constancia del arte se halla junto a su variación, dinámica y modificación, pero todas sus expresiones seguirán con su influencia y continuarán enunciando, como lo pensó Kant, las intuiciones del individuo mediante formas inventadas por éste, siendo capaz, una y otra vez, de comunicar, conmover y de dar goce universalmente.

Ese extraño progreso tecnológico que ha hecho infeliz al hombre, no puede asfixiar al arte, pues según Walter Benjamín, la actividad artística es una anticipación utópica. Es más, la utopía coincide con el origen. Este no es un pasado histórico, sino un presente eterno, “un tiempo del ahora”.

Michael Ende nos enseñó que el acto creativo siempre se produce en el instante actual y es, por naturaleza, acausal, libre, indemostrable. Indica el autor alemán que en los diarios de Kafka hay una extraña anotación: “Cristo: el instante”. “Suena como una paradoja: sólo en el aquí y ahora aparece lo no-temporal, lo eterno-creador, lo único que libera verdaderamente al hombre”.

Ello distingue el “presente”, de la repetición postiza en la que se halla inmerso el gesto artístico. En la reproducción (llámese inmovilidad, yugo, ceguera, mutilación o cautividad) y reiteración mecánica, el arte pierde su autenticidad.

viernes, 9 de septiembre de 2011

CENIZA INCONCLUSA/ Gabriel Arturo Castro


                                          
                             Gabriel Arturo Castro


Hubiera bastado un nombre luminoso para prolongar y levantar indefinidamente nuestros dedos sobre la extensión y sobre las cosas.

René Char



Según las exigencias de su inefable sensibilidad interior, Char inaugura un diálogo, una aventura espiritual donde la acción y la reflexión están estrechamente unidas. “Tiende a depositar su experiencia bajo la forma más densa y más explosiva”. Char define a la poesía como “una mezcla de vida, aproximación de la pena, elección exhortada y beso en el momento mismo”. Puede más la intuición que el discurso, el alcanzar una realidad más profunda, la íntima y elemental disposición de las cosas. El espíritu siente por la imaginación y conoce únicamente por la esencia de las verdades primeras, el origen que viene a ser lo oscuro, el silencio, el principio, el manojo del preambular sol.
La palabra comienzo para Char es el misterio que se exalta a una alta dignidad:

En el poema, cada palabra casi debe ser empleada en su sentido original. Algunas palabras, separándose, se hacen plurivalentes. Las hay amnésicas.

La palabra predestinada al poema que funda una realidad, autónoma y diferente, entraña de una oscuridad de la obra que se instituye como confección del espíritu, punto de partida, interioridad empeñada en el mundo, génesis que indaga sobre el ser, su amanecer y presencia, su fatiga, sus esfuerzos para sobrevivir, su situación indómita y libre, pero igual su extravío, su exilio y migración, "las palabras que surgen de esa silueta terrestre de ángel rojo son palabras esenciales, palabras que traen inmediatamente auxilio".


Char se coloca adentro del pensamiento viviente, en el ser, afirma sin excluir y asume los opuestos, el choque, el conflicto. Hace una síntesis primitiva donde el ser no pierde su unidad interior, lugar de encuentro del relámpago y la rosa, de las cosas fugaces, que escapan o huyen, pero que pese a su condición efímera se unen para nuestro cumplimiento. “Para René Char, el arte está hecho de opresión, de tragedia, cribados discontinuamente por la irrupción de la dicha que inunda su sitio y luego parte”.


Es una poesía profética que pugna por hacer un proyecto de mundo, de un hombre que vuelve hacia sí mismo mediante la voluntad y la tensión. No sólo ve, sino siente que ve, verificando el hecho de ver, porque más allá de la sensación, de la emoción, está el ejercicio, el ánimo de la reflexión de un ser en el abismo, pero que al tiempo intenta habitar ese mundo mediante la eterna búsqueda del enigma, del poder revelador de la palabra: "Las ruedas - esos escombros - de nuestro molino petrificado se animan, rastrillando aguas bajas y difíciles".


Sumérgete en el enigma que cava, dice Char, devuélvete al interior del espejo, al duro enigma que se encuentra en el centro de la voz humanística del poeta, de su hermetismo, claro - oscuro y denso acto de retornar a la pregunta, al ojo exculpado, al escombro, a lo petrificado, al azar, a la cosecha y al fuego, "al fuego no visto, indescomponible", a la noche desgarrada con relámpagos, a la bordeante ingratitud:

Diré las Madonas sagaces. No las confundamos con las codornices, bestias de la desolación. ¿Cuándo aprenderemos a vivir conversando contigo, rojo sol demasiado filial, en esta hora tan baja cuando gimes sin expresar nada ante el sol ciego? Aquí algunas gotas de sangre sobre la flor del agua gris que supone al borde de su mañana y la nuestra.

Entonces el poeta será ladrón y dador de fuego, quizás su descubridor, pero que no lo retendrá, como Prometeo dispuesto al peligro, al riesgo perpetuo de la iluminación o al castigo de la cadena y el hambre del águila.


La eternidad viene a ser el relámpago, el faro arisco del cedro, la alondra, llama sedentaria, hoguera desvelada del cielo: "El hombre tiene dentro de sí a la tormenta".


Y el poeta está en el centro de esa tormenta, palabra, hielo y sangre, cuerpo nutrido por el rayo, pero listo a desecarlo, a tramar selvas y jardines antes que la felicidad sea destruida, igual que el pájaro, el aliento, la mariposa, la ortiga, la caléndula, la nuez, el girasol, el almendro, el olivo, la alfalfa, la rueda y el ciprés. Porque la poesía es la "única subida de los hombres, que el sol de los muertos no puede ensombrecer en el infinito perfecto y burlesco". La poesía será para Char, durante su ascenso prometeico, el río donde culmina el relámpago e inicia la casa, el sueño sobre la llaga, un contrasepulcro, el amor realizado del deseo, el espejo de todos los ojos, el espíritu de la vehemente ave, la rebeldía del hombre inmolado que se ramifica, el fruto maduro del árbol que se toma con entusiasmo a pesar de su úlcera, la poesía, el ámbito difícil, la tierra arable y pródiga hasta la sangre, la poesía, "siempre entre nuestro corazón trizado y la cascada aparecida".


Con el poema, flecha de sol, cardo descubierto, “elección exhortada”, combate entre el vacío y la comunión, fuego nuevo, llama que aventaja su suerte, se atraviesa toda composición desértica, la noche vieja, su llaga de pirata, la noche de las palabras y un "corazón soberano dispersado en conquistas pronto reducidas a cenizas".


La tormenta es la cercana obra de la poesía.




POEMAS DE RENÉ CHAR

                                                       En las alturas
                                                      Espera aún a que yo venga
                                                     A romper el frío que nos retiene.
                                                     Nube, en tu vida tan amenazada como la mía.
                                                     (Había un precipicio en nuestra casa.
                                                     Por eso hemos partido y nos hemos establecido aquí).

Basta de cavar
Basta de cavar, basta de minar la parte próxima. Lo peor está en cada uno, como cazador, en su flanco. Tú que no eres aquí más que una pala que el tiempo levanta, vuélvete sobre lo que yo amo, que solloza a mi costado, y rómpenos, te lo suplico, para que yo muera de una buena vez.


         Recepción de orión
     ¿Abejas pardas, a quién buscan
     en la lavanda que despierta?
     Su rey y servidor pasa.
     Está ciego y se esparce.
     Es el cazador que huye
     de las flores que lo persiguen.
     Tiende su arco y brillan todas bestias.
     La noche es alta; flechas, arriesguen su suerte.
     Un meteoro toma la tierra por miel.

Bajo palabra

Hay llamas
Más vistosas que las manos que hacen rodar las pesadillas
Sobre la memoria
Se llega al sol por encantamiento
El amor tiene un acentuado sabor a vidrio
Es el coral que surge del mar
Es el perfume desaparecido que vuelve al bosque
Es la transparencia que paga su deuda
Es siempre esa cabeza
De labios deliciosamente entreabiertos
De este lado del muro
Y del otro lado quizás en la punta de una pica


Cuatro edades
I
El otoño para la hoja
El agua hirviendo para el cangrejo
Y el favorito el zorro
Ebrio sobre los hombros luminosos de la Actriz
Adherido al balcón naranja
Un ventisquero de rizos
Acampa en la ansiedad de mi corazón.
II
He estrangulado a mi hermano
Porque no gustaba de dormir
Con la ventana abierta
Hermana mía
Dijo antes de morir
Pasé noches enteras
Mirándote dormir
Inclinado sobre tu brillo en el cristal.
III
Apretados los puños
Rotos los dientes
Con lágrimas en los ojos
La vida
Apostrofándome empujándome y riendo a medias
Yo espiga anticipada de las siegas de agosto
Distingo en la corola del Sol
Una yegua
Me abrevo en su orina.
IV
Mi amor es triste
Porque es fiel
No interpela el olvido de los demás
No cae de la boca como un diario del bolsillo
No es flexible en la angustia que en común se arremolina
No se aísla en las rompientes de la península simulando
pesimismo
Mi amor es triste
Pues está en la naturaleza turbada del amor ser triste
Como la luz es triste
La dicha triste
No has pasado libertad tus correas de arena.




Curso de las arcillas

Mira, portero agudo, de la mañana a la mañana,
Largas, adujando su chorro, a las zarzas frenéticas,
Cómo la tierra nos acucia con su mirada ausente,
Cómo el dolor se embota, grillo de canto parejo,
Y cómo un dios no brota sino para aumentar la sed
De aquellos cuya palabra se dirige a las aguas vivas.
Por tanto alégrate, querida, del destino siguiente:
No clausura esta muerte la memoria amorosa.


El molino
           
Un ruido largo sale por el techo
golondrinas siempre blancas
agua que salta, agua que brilla
el grano salta, el agua muele
y el recinto donde el amor se arriesga
centellea y marca el paso.


Remanencia

¿Qué te hace sufrir? Como si se despertara en la casa sin ruido
el ascendiente de un rostro al que parecía haber fijado un agri0 espejo. Como si, bajadas la alta lámpara y su resplandor encima
de un plato ciego, levantaras hacia tu garganta oprimida la mesa antigua con sus frutos. Como si revivieras tus fugas entre la bruma matinal al encuentro de la rebelión tan querida, que supo socorrerte y alzarte mejor que cualquier ternura. Como si condenases, mientras tu amor está dormido, el pórtico soberano y el camino que lleva a él.
¿Qué te hace sufrir?
Lo irreal intacto en lo real devastado. Sus rodeos aventurados
cercados de llamadas y de sangre. Lo que fue elegido y no fue tocado,
la orilla del salto hasta la ribera alcanzada, el presente irreflexivo que desaparece. Una estrella que se ha acercado, la muy loca, y va a morir antes que yo.



Dyne

Dejando atrás al hombre extensible y al hombre traspasado
llegué ante la puerta de todos los júbilos, la del Verbo desellado
de sus restos mortales, formando lo nuevo, creando fuego
a partir de la verdad, y fortalecido por mi verde fe llamé.
Así llegarás tú al país lavado y desierto de tu desafío. Hasta
entonces, sin fechas fijas, lo irás edificando. ¡Severa vanidad!
¿Pero quién hubiera apostado y optado por ti, desde los parajes
inmemoriales hasta la lira fugitiva del padre?


Los soles canoros


Las desapariciones inexplicables
los accidentes imprevisibles
los infortunios quizás excesivos
las catástrofes de todo orden
los cataclismos que ahogan y carbonizan
el suicidio considerado crimen
los degenerados intratables
los que se enrollan en la cabeza un delantal de herrero
los ingenuos de primera magnitud
los que colocan el féretro de su madre en el fondo de un pozo
los cerebros incultos
los sesos de cuero
los que invernan en el hospital y conservan la embriaguez de
las ropas desgarradas
la malva de las prisiones
la ortiga de las prisiones
la higuera nodriza de ruinas
los silenciosos incurables
los que canalizan la espuma del mundo subterráneo
los poetas excavadores
los que asesinan a los huérfanos tocando el clarín
los magos de la espiga
imperan temperatura benigna alrededor de los sudorosos
embalsamadores del trabajo.