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viernes, 3 de junio de 2011

EL ARTE DE ESCRIBIR / Alberto Lauro



Por Alberto Lauro
escribir 
Desde que se inventó la imprenta la palabra ha sido para el ser humano una tabla de salvación en el naufragio final que es toda existencia. Y sobre escribir, ya sea como un arte o como un oficio se ha escrito mucho. Hay quien diferencia entre un poeta y escritor. Los dos no usan lo mismo: palabras.

Es Marguerite Duras una de las últimos autores que acabo de leer, o mejor dicho de releer, sobre la escritura, algo que me acompaña creo que antes de que tuviera memoria. Según ella: “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo”.

Todo lo contrario a la vanidad de que habla Juan Cruz en su bello libro Egos revueltos. He visto desde dentro –porque he trabajado en diarios y hasta en una agencia literaria- cómo los escritores “se fabrican”. Y es todo lo contrario a lo que yo creía. O a lo que un día creí. Vuelvo a mis años de adolescente en que la palabra escrita era lo único que me daba un poco de paz, de conocimiento y de sabiduría. Ahí estaba La Biblia –el libro de los libros- que nos ha precedido y que habrá de sucedernos en su inmensidad, como muchos creen, como palabra de Dios.

Tampoco ponderemos al escritor por encima de otras ocupaciones igualmente importantes. ¿Acaso es menos importante un jardinero, un  panadero, una costurera, un pastelero o un sastre? El pastelero y el panadero trabajan con la masa de harina como materia prima. El sastre y la costurera con retales de telas. El jardinero con las plantas. Cada uno tiene su espacio. El escritor con la palabra. Antes dije que era tabla de salvación para náufragos. Pero también es un arma arrojadiza. Contusionan, cortan como navajas, hieren. Y a veces matan. ¿De dónde viene el silencio de autores que como Rimbaud o –una experiencia a mi cercana- Dulce Maria Loynaz, llegados a un término de su existencia, dejan de escribir?

La palabra es también polisémica, o como decía en broma, poliédrica. No se lee igual bajo una prohibición que en total libertad. Bajo una dictadura o una tiranía las palabras para un escritor son también objetos peligrosos. Aunque estas prohibiciones tienen para Borges su  beneficio y su lado positivo. Según su agudeza a la que nos habituó, hasta el punto que ya no podía dejar de ser Borges, “la censura es madre de la metáfora”. Habría que preguntarle: ¿y la autocensura, la madrastra de qué?

Ray Bradbury, y eso que no me considero lector de ciencia ficción,  nos ha dejado un bello legado: “Zen en el arte de escribir” (Ed, Minotauro, Barcelona, 2002). Fina García-Marrúz me decía en La Habana que el único consejo que le había dado a ella Gabriela Mistral, siendo una bella muchacha enamorada como hasta hoy de la Poesía, fue esto: “escriba por urgencia y sólo por urgencia”. Si la urgencia no existe, que es lo único que justifica el uso de las palabras en la escritura, ¿para qué agregar nada a las miles de ellas que ya existen impresas?

En una memorable tarde de noche de paseo por Madrid, con los poetas Caballero Bonald y su esposa, Ángel González, Pablo Armando Fernández, Benjamín Prado, el editor Chus Visor, presididos por el cantante Joaquín Sabina y su bella peruana Ximena, haciendo yo de coctelero experto en Dry Martini –con la anuencia de los camareros de El bar “El brillante” de Madrid, le escribí al gran poeta y amigo de Oviedo, que tal vez resuman para lo que sirve el arte de la escritura, a lo que Antonio Acevedo Linares también se aferra como sobreviviente solo en alta mar:

PALABRAS
                          Para Ángel González

Mientras fornican, se bañan
Comen, bostezan, frivolizan
Se drogan, se emborrachan
O duermen como yo
poco importan.
¿Pero a qué teléfono llamo
-todavía peor si es madrugada-
En caso de urgencia?
¿A qué hospital acudo
Cuando son heridas,
Agonizan o mueren?
¿Dónde las entierro?
¿Con quién las velo?
¿Con qué fina aguja e hilo de seda
Las suturo para que no sangren?
Lo mismo que si fueran tuyas.
¿Por qué morimos?
Tú no que eres un Ángel
Y los ángeles ni nacen.
Ni se reproducen. Ni mueren.
Más frágil que todo son las palabras.
Y es lo dejamos. 

*Alberto Lauro nació en Holguín (Cuba) en 1959. Poeta, escritor y periodista. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana y la Autónoma de Madrid, dirigió el Taller Literario “Pablo de la Torriente” en Holguín desde 1981 a 1986. Ha trabajado como guionista de radio y televisión, en el Archivo Nacional de Cuba y en el Museo de La Ciudad. Ha obtenido numerosos premios y menciones en concursos literarios de Cuba, entre ellos el David, el Caimán Barbudo, el Mirta Aguirre, Literatura 86, La Edad de Oro y el Premio de la Ciudad de Holguín. Autor del poemario Con la misma furia de la primavera (1987) y de los libros para niños  Los tesoros del duende (1987) y Acuarelas (1990), todos premiados en Cuba. Además de los poemarios Parábolas y otros poemas (Ed. Rondas, 1977), El errante (Ed. Jábega, 1994),Cuaderno de Antinoo (Ed. Betania, 1994) y de varias plaquettes y libros de arte, aparece en numerosas antologías en Cuba: Como jamás tan vivo (1987), Andará Nicaragua (1987), Mi madre teje el humo de los días (1990). Y fuera de Cuba en: Un grupo avanza silencioso (UNAM, México, 1990), Poesía cubana: la isla entera (Betania, Madrid, 1995) y Poemas cubanos del siglo XX (Hiperión, Madrid, 2002). En el año 2004 fue galardonado en España con el VI Premio Odisea de Literatura por su novela En brazos de Caín. Obtiene en 2011 el XVI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza por su poemario Hijo de mortalesColabora con crítica literaria, ensayos de arte, reseñas y notas en distintas revistas literarias de España. Vive exiliado en España desde 1993. Es articulista del diario La Razón.