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sábado 31 de diciembre de 2011

EL QUEHACER DEL POETA/ Oscar Robledo Hoyos


EL QUEHACER DEL POETA;
CON OCASIÓN DE UN LIBRO,
Oscar Robledo Hoyos.

Con el ultimo libro de Héctor Abad Faciolince  (Testamento Involuntario) tiene uno que caer en la certidumbre de la ubicuidad de lo poético y el difícil arte de ubicar (dar sitio preciso) a la poesía. Siempre nos han convencido de su verdad inconmovible, de su sitial en la historia de las sensaciones estéticas y su maestría en el arte de mostrar el camino como el Dante conducido por Virgilio entre los sofocantes círculos del infierno. Pero todos los que han hablado de la poesía lo han hecho de manera propia a la poesía, suelta, irresponsablemente haciendo aquí y allá las mas intrigantes  afirmaciones de tal manera que siempre estamos en babia y como empezando su real conocimiento. O,  ¿será acaso que su esencia es indefinible y será por ello que cada acercamiento nos deja más lejos de su “Quidditas”?.

Todo lo puede expresar la poesía, tanto el desamparo como el goce de la llegada, la dicha de un beso como el olor primero de la muchacha que vino con sus bucles de oro a sacarnos de nuestro ensimismamiento para llevarnos de mano a las estancias de lo etéreo y por anticipado hacernos partícipes de la visión beatifica. Todo en ella es emoción primera, el canto siniestro de los acantilados, la profecía de la muerte, la sensación de la instantaneidad de la, la simple felicidad por el retorno del agua o las golondrinas, el  vuelo de un pájaro o el recuerdo de un aroma vinculado a un abrazo entrañable.

¿El poeta? “Alguien que ve más, siente más, y es capaz de traducir al lenguaje esa experiencia exacerbada”, nos expresa en la entrevista de Gaceta. ¿La poesía? “situaciones agradables o posible presencia de espinas”. Los poemas los escribió durante años, “en cuadernos y papeles dispersos”. Los escribió con miedo, “como quien sufre de vértigo y se asoma al vacío de un acantilado”. Muy niño, a los trece años empezó a escribir poesía a escondidas junto con su mejor amigo, Daniel Echavarría, “desconociendo el peligro al que nos exponíamos.  Hasta que Daniel, atribulado por desamores y palabras y poemas propios, no aguantó más esta vida y se pegó un tiro en el paladar”.

Me acerqué al poeta argentino Juan Gelman para interrogar a través de sus palabras la esencia de ése ser tentacular que es la poesía, a veces peligroso y otras suave como el agua de un arroyuelo  y me he quedado igualmente en tabula rasa. ¿Será que por ser ella ser alado y nocturno no deja rastro de su paso entre los hombres? ¡Tal vez los confunde a todos, para que la sigan buscando!

Creo que los poetas han hablado demasiado de su arte y que va siendo tiempo que preguntemos a los ignorantes, a aquellos seres anodinos que se entusiasman al leer un soneto o arden espiritualmente con la recitación de una endecha o un madrigal. De aquellos que no han acercado sus manos a ése circulo de fuego que es la poesía pero que a la hora de la verdad son sus destinatarios primeros, como decir, sus usuarios inmediatos.

Los poetas se han demostrado incapaces de definir la poesía. Se pierden en sus hazañas subjetivas y sus hallazgos de aprendices. Es preciso ir a la prosa para entender la poesía.

Desconsolado fui a ayudarme con el Primer Nocturno de José Asunción pero me dejó igualmente en babia pues deduje de manera alegórica una reprimenda del poeta a sus congéneres en declaraciones triunfales sobre su quehacer literario, que he querido compartir con Ustedes amable lector:

“¡Poeta!, di paso los furtivos besos, los íntimos besos, el último beso”.

Manizales, Diciembre 30 de 2011.

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