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miércoles, 5 de diciembre de 2012

HUYENDO DE LAS FIGURAS LITERARIAS/Víctor López R.


                 
“Otra de las fantasías del alba del milenio,
será la desaparición del intelectual".
               

Por VÍCTOR LÓPEZ RACHE

1.                FANTASÍAS OFICIALES

Hay una regla sin excepción. Las estrellas de la inteligencia impiden ver las actividades, la obra y las aventuras del creador auténtico. Su dicha es tan plena que anulan la existencia de los semejantes y han alterado la realidad convirtiéndola en un mosaico de fantasías. Las figuras anulan la capacidad de pensar e irradian un magnetismo que deja a la comunidad satisfecha noche y día.

Les encanta la idea de acumulación individual, la ayudan a propagar y les parece magnífico no hablar de intelectual, sino de productos del conocimiento. Su presencia le otorga legitimidad a la red de fantasías que ha llevado a ponerle fin a la vieja noción de sentido común. Ya no se pregunta de qué se trata un libro, sino qué multinacional lo ha publicado. Los demás debemos fingirnos escépticos prehistóricos e ignorar el impacto del Tratado de Libre Comercio, donde no sólo la semilla de las plantas tendrá un sello extranjero, sino el fruto de la imaginación. Un pequeño artefacto absorberá las ideas del auditorio atento o del transeúnte desprevenido, y el experto en recolectar ideas ajenas gestionará las patentes y será su propietario. El argumento será: la vivencia es tuya; pero la versión es mía y, como tal, la obra me pertenece. Si hay demandas, el juez concluirá que no hubo plagio ni apropiación, sino una inspiración colateral en bruto.

Para hacer menos tensa la regla sin excepción, es necesario observar las opciones que le quedan a las criaturas que nacieron en las décadas precedentes a semejante avance de la humanidad. Además, el lugar, la formación y la capacidad de resistencia, quizá, nos pueda ayudar a entender porqué confiamos en fantasías que, finalmente, nos dejan tranquilos bajo el paraguas de las confusiones. Por ejemplo, yo nací en un país cuyos habitantes hablan el mejor español, exaltan los símbolos nacionales y triunfan donde vayan. Crecí en una democracia nunca interrumpida y de valores respetuosos de la diferencia.

Tuve la dicha de entrar a la adultez aplaudiendo el fruto de ello: un premio Nobel dispuesto a decir siempre: el único deber del escritor es escribir bien. Dejé atrás la edad de la razón bajo la guía de un gobernante descendiente de Cristo. Y comienzo la ancianidad en medio de la gente más feliz del mundo. Además, he gozado los dones superiores de la inspiración gracias a la abundancia de bellezas tan fascinantes que sólo son aptas para valientes dedicados a negocios de alto riesgo… En fin, moriré en el mejor vividero del mundo.


2.      SENSATEZ ARTIFICIAL

A los sensatos les queda difícil liberarse de tan nobles ventajas y sólo aquellos que no han eliminado el necio interior, arriesgan el futuro mirando otras posibilidades. Los ilusos ignoran que triunfar es adaptarse al oscurantismo de las fantasías y han terminado en la confusión y, como es lógico, los gestores culturales se ven en la obligación de consagrarlos como expertos en cerrarse puertas. Son amigos de las trasgresiones, avanzan en sentido opuesto a la velocidad de los procesos de creación, e irrespetan los buenos modales; pues adular al famoso es deber de todos; pero cuestionarlo es una opción digna de alguien más famoso; o sea, para refutar la actuación de un Nobel, el atrevido debe tener dos Premios Nobel. A ello le llaman autoridad intelectual.

Pero gracias a la confusión he logrado informarme que Colombia se parece a otros países del continente. Por ejemplo, México también tuvo un premio Nobel que, todavía, celebramos aunque nunca le concedió media línea al nuestro. Tienen un pintor que le dijo al nuestro que dejara de admirar esas obras alargadas hasta la flaqueza y se pusiera a pintar gordos. Estas son influencias secundarias. Es bueno resaltar lo dinámico y sugestivo, emprendedor y divertido. La democracia de nuestro país es semejante a la de allí, apenas interrumpida por un partido, sagazmente, llamado PAN. Lo ratifican los científicos de la comunicación de los distintos medios de la misma multinacional. Allá, como aquí, la obra importante no es la del Nobel, los pintores y, menos, la de un pensador. No. Es la obra de aquellos conocidos en boca de la gente mal hablada, como mafiosos, cuando los analistas los han llamado hombres dedicados a negocios de alto riesgo.

Con otros países las semejanzas se estrechan. A pesar de la ascendencia racial y literaria de Argentina, Colombia al fin la superó. Hace años logramos los 30 mil desaparecidos y, según el mismo gobierno, vamos en 61.404. Entre más grande la cifra más profundas las ideas de los burócratas de alma, preparados en instituciones de prestigio universal. Ellos asesoran y los gobiernos violan los convenios internacionales sin sufrir sanciones de las Naciones Unidas. El principal tutor de la gama de delitos es un expresidente, cuya ira arroja un sinnúmero de manicomios en cada frase. En distintos escenarios del continente repite el mismo monólogo, y como su cosmovisión avergüenza, incluso, a sus fieles, el Nobel Vargas Llosa, lo llama líder de la democracia y la libertad, paradoja que también usa para exaltar a Piñera, quien logró su fortuna gracias a Pinochet.

En los países ricos en miserias es más fácil ocultar la verdad que cambiar de fantasía. En 1982 García Márquez recibió el Nobel y en el 2012 todavía no hemos podido recuperarnos. El impacto fue tan hondo que el presidente Betancur canceló el mundial de futbol afirmando: con Gabito –así le dicen los cultos del poder–, basta para que Colombia sea conocida en los países decentes y las lenguas civilizadas. Este presidente es poeta, ha sido jurado de poesía, lidera una fundación cultural, y toleró el Holocausto del Palacio de Justicia que propició la izquierda y consumó la ultraderecha. Y como existe el temor que deba responder penalmente, ha recibido la nacionalidad española; pues sería de mal gusto que un poeta e intelectual pasara sus últimos días en las mismas condiciones que Fujimori. Después de dicho Holocausto, con raras terminologías, los magos del derecho han afianzado el concepto jurídico Homicidio Justificable.

Por su parte, el padre de la antropología colombiana expresó especial afecto por las diezmadas minorías indígenas y, según un profesor e investigador, fue miembro activo de los campos de concentración de Hitler. Al respecto el joven decano de una facultad de sociología, sonriente, explicó: ello acaba de enriquecer su obra; fue un intelectual integral.

Hay bocas todavía más directas. Sin importar que un autor sea anciano, los jóvenes editores le aconsejan: muchacho, elimina tus originales; una época no resiste más que un hombre de letras. Son el eco de aquellos que aseguran que, en nuestra lengua, sólo se salvan El Quijote y Cien años de soledad. Y los nuevos sabios en poesía consideran lejano a César Vallejo y del Siglo de Oro ni siquiera rescatan un poema. La razón la dio décadas atrás otro de los grandes: el español es inepto para la poesía.

No sobra reseñar una moda repetida año tras año. Existe un círculo experto en ganar premios y para superar el calificativo de Parroquianos Globales decidieron leer a Kafka. En la siguiente sesión renunciaron porque los personajes eran ambiguos, las atmósferas deprimentes, el lenguaje no emulaba la amena calidad del periodismo; en fin, las novelas kafkianas no se ajustaban a la línea editorial de las multinacionales en que ellos publicaban. El juicioso hojeó con menos afán El Proceso y, además de capítulos invertidos e inconclusos, descubrió que algunos episodios se repetían en sus cuentos, y los cuentos se parecían a las parábolas de una pesadilla.


3.      PREGUNTAS MOLESTAS

Las figuras cumplen su labor cuando estimulan las fantasías colectivas y, ahora, nadie piensa que una obra auténtica es fruto de sufrimientos, insomnios, soledades. Nadie piensan que existen creadores inéditos, marginales, depresivos, exiliados y, sobre todo, ajenos a las fórmulas vigentes. Son creadores que, en el aislamiento, todavía se preguntan:

~¿Las figuras son tan ajenas a la realidad como para que se conviertan en fuente de fantasías?
~¿Por qué los artistas de fama absolutista no les importa sacrificar su obra y la de los demás?
~¿El libro de un talento sincero puede cambiar el alma de una comunidad manipulada?
~¿Exaltar las distintas variables de la violencia es la única opción que nos ofrece la época?
~¿Nos sentimos mal siendo útiles al sistema; pero, también, agitando las banderas opuestas?
~¿El éxito es tan peligroso que trasforma a los creadores en publicistas cuando no en políticos?
~¿Se debe sacrificar la imaginación y el lenguaje a cambio del reconocimiento instantáneo?
~¿Las figuras del saber y la creación, en verdad, son técnicamente inmortales?

Pero como las preguntas son molestas, ellos ni siquiera renacerán en la biblioteca de los fracasos, porque las figuras también llenan sus anaqueles con los libros que les preparan los asistentes mientras reciben homenajes y premios. Quienes no son totalmente anónimos se han refugiado en el imposible arte de saber callar. Si cometen la necedad de expresar sus dudas, también se consagrarán como expertos en cerrarse puertas. Sus libros no serán parte de catálogos y, mucho menos, recibirán el favor de los burócratas de la cultura. No correrán la dicha que sigue corriendo el menor del Boom.

En cuarto de bachillerato leímos la admirable Casa Verde; nuestros hijos en noveno leyeron Los cuadernos de Don Rigoberto; en noveno nuestros nietos están leyendo Travesuras de la niña mala; y en noveno nuestros bisnietos leerán alguna novela póstuma de Vargas Llosa, así no haya sido escrita por él.

La suerte de Sábato y Lezama Lima es opuesta y, sin exagerar, ya nadie recuerda a Gutiérrez Girardot y, menos, a Rojas Herazo. Quienes enseñan a transgredir la escritura de los notarios  de los crueles, a amar la palabra, a leer los clásicos, a revelar los misterios de la realidad oculta en las fantasías, corren peor suerte. Para impedirles coger vuelo, les aumentan la carga académica y son el punto crítico de alumnos y colegas. Y sinceramente es loco mencionar a los creadores que carecen de apoyo público y privado. En cambio, la publicidad se ha vuelto sinónimo de creativo, y la estadística, de inteligencia. No puede ser de otra manera. Autoridades de los  números y las finanzas diseñaron una fórmula que permite salir de la pobreza con 90 dólares al mes. En consecuencia, en lo que demora un clic, Colombia pasó de 33 millones de pobres a 28; el gobierno subió en las encuestas y los líderes del conocimiento, en concreto, pudieron demostrar su función social.

Esta ligera paradoja apenas vislumbra una época sumisa a las facultades de la distorsión y, desde luego, apta para venerar a los modelos que perfeccionan los gobiernos y las multinacionales y, agradecidos, ellos contribuyen a volver espuma la realidad. Un autor logra reconocimiento súbito si en la primera página es capaz de acomodar una frase que evoque la más aguda de las violencias. Si pasa la prueba tendrá micrófonos, televisión y espacios impresos y virtuales. Todos los medios, todos, se disputaron la visita del hijo de Pablo Escobar que, ahora, ostenta un apellido de proyección presidencial: Marroquín. El venía de Argentina a exaltar la obra de su padre y los medios lo presentaron como el documentalista y director nunca visto. Los hijos de las víctimas famosas fueron los primeros en darle el abrazo de bienvenida. La puesta en escena no sólo ponía en ridículo el perdón cristiano, sino privilegiaba el crimen sobre la imaginación.


4.      EQUIVOCACIONES CON FUTURO

El montaje de las fantasías oficiales es tan perfecto que a los bien pensados les brinda la dicha de refugiarse en las confusiones para evitar referirse a las tragedias ocultas por la distorsión.

Muchas veces asistí a conferencias de nacionales e internacionales y, siempre, ponían los mismos ejemplos de Borges, García Márquez, Octavio Paz. Sin mencionar a Proust, los menos regionalistas citaban a los franceses. Los pedantes a Musil y Hermann Broch. Y aquellos intelectualmente insoportables elogiaron a Tolstoi y Joyce cuando un astro de las letras había calificado a Guerra y Paz como un hermoso ladrillo imposible de leer y, otro, a Ulises como un fracaso literario. Pero siempre oí los mismos ejemplos. Y los saberes no literarios, dignos de feria, también exhibían figuras incubadas en el mismo tubo de ensayo.

Los extranjeros no salían del asombro y consideraron a Bogotá como la ciudad más posmoderna del mundo: en avenidas parecidas a autopistas virtuales niños descalzos arrastraban carritos de reciclaje e interrumpían la velocidad de autos de extraditables y, seguramente, de generales y banqueros. Nuestro aspirante a Nobel de medicina llama filántropo de la ciencia a un banquero que, la envidia asegura, hizo su fantástica fortuna guardando el dinero de los colombianos dedicados a negocios de alto riesgo. La arquitectura reúne distintas ramas del conocimiento, la imaginación, la belleza y la sensibilidad. E ingeniosos arquitectos han logrado diseñar penthouses de encanto para el hampa oficial, fugitivos de Venezuela, gerentes de multinacionales y sanguinarios de bien. Sin exagerar, cierta inteligencia y creatividad están al servicio del poder, sea oficial o clandestino. En Colombia no hay una sola investigación a los constructores de las maravillas de los homicidas. La utilidad del conocimiento, dirán los defensores de la propiedad ilimitada y del homicidio justificable.

Ante este arcoíris de oscuridades, los intelectuales críticos pensaban en su futuro y, en voz baja, culpaban a las confusiones propias de todo fin de milenio. Tanto escuché las mismas citas, las mismas evasivas, que puedo afirmar que la contribución de los expertos, de paso por Bogotá, fue haber revelado la existencia de la Equivocología. Con tanta solvencia los Equivocólogos repetían las distintas versiones del mismo contenido que me expulsaron de los sagrados pabellones del saber internacional; sin embargo, logré recobrar mi adicción al engaño y volví a la siguiente Feria. Una multinacional de la publicación invitaba a descifrar los misterios estéticos de la obra de Roberto Bolaño y los panelistas no habían alcanzado a preparar la charla en el avión y el hotel les había resultado poco inspirador; pero ya estábamos en la era en que se publican libros con fecha de vencimiento y, desde luego, les bastó proyectar el espíritu de un triunfador de las letras.

Eran sobresalientes de la quinta ola postboom, los apuraba el itinerario de promoción por la aldea latinoamericana y, como es lógico, debían adaptar sus impresiones a la medida de los auditorios de cada capital, y todo tiempo les era escaso. Representaron su papel, los aplausos anularon toda posibilidad de reflexión y la falta de preguntas acabó de confirmar la altura excluyente del acto. En las últimas promociones del Hay Festival, algunos de ellos, han visto todo maravilloso y, como si la Tecnociencia permitiese las viejas plumas, los periodistas afirman que los vieron recibir la pluma de Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa. Si estos elegidos contagian de optimismo a los gestores de los países donde vayan, confirmarán la regla sin excepción y serán adornos vitalicios en los podios del mundo. Y una estrella carece de responsabilidad distinta a multiplicar la admiración de las sociedades adictas a consolar sus carencias celebrando los triunfos de aquellos símbolos que los desdeñan.
Por todo lo anterior, y para no arruinar también el lugar común, me atrevo a decir que, otra de las fantasías del alba del milenio, será la desaparición del intelectual.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Fallo del II Concurso de Poesía en Tiempos de Penuria


FALLO DEL “II CONCURSO DE POESÍA EN TIEMPOS DE PENURIA 2012” – Para Caldas, Quindío y Risaralda-

El acta

Reunidos en la ciudad de Ibagué el día 17 de noviembre de 2012, los jurados del Concurso de Poesía "En Tiempos de Penuria", luego de leída la totalidad de las obras presentadas, decidieron por unanimidad otorgar el primer premio al trabajo titulado PALABRAS SORDAS firmado por HORACIO OLIVEIRA, por ser este un conjunto de poemas que sostiene de principio a fin un ritmo de lectura de la imagen sencilla que registra las pulsaciones interiores y desveladoras del mundo. Es laboriosa la forma como el autor teje las palabras, línea a línea, conformando una atmósfera de ausencias, desvelos y vacíos, sílabas sordas ante un universo donde la existencia del hombre es difícil y asfixiante.


Por otra parte, el jurado decidió otorgar mención de honor a los trabajos: a- SOY SHOWMAN EL ZAMBOMBO firmado por SHOWMAN EL ZAMBOMBO, al percibir una riqueza del lenguaje que narra situaciones de viajes interiores y territoriales , que dan cuenta de la literatura misma, la música y varias geografías, con una enorme capacidad de burla e ironía; y b- SIN TÍTULO, firmado por PIZARNIK, porque devela una intensidad rica a partir de la recreación de la vida de la poetisa argentina, tomando sus pulsiones e interioridad.
Felicitamos a los organizadores por la calidad de los participantes, por el esfuerzo material y espiritual de cada convocatoria, y les expresamos los mejores augurios en sus propósitos de extender y cualificar la presencia del Concurso.


NELSON ROMERO GUZMAN
C.C. No. 5.852.637
GABRIEL ARTURO CASTRO MORALES
C.C. No. 79269423
*
Apertura de los sobres
Abiertos los sobres estos fueron los resultados.

Primer puesto: Felipe Andrés Rendón Roncancio.


Menciónes de honor: Juan Felipe López Giraldo y Jury Vanessa Marulanda Cardona.
*
¡Felicitaciones!
Y abrazotes de todos para todos: organizadores, donantes, colaboradores, jurados, cómplices, difusores y participantes. ¡Vive la poesía!
*
Manizales, martes 20 de noviembre del 2012.


viernes, 19 de octubre de 2012

PEQUEÑO MITO DEL BOSQUE/Libro de Gabriel Arturo Castro



DEL MITO DEL BOSQUE AL MITO DEL FUEGO
(Sobre el libro Pequeño mito del bosque de Gabriel Arturo Castro)
Si el fuego se extiende, ¿dónde se levantará el arco iris? Gabriel A. Castro M.

Este libro que se abre de manera mágica ante los ojos del lector es también una forma de bucear en medio de las profundas aguas de lo misterioso. Entre esas zonas oscuras surge todo aquello que ha permanecido oculto, como antiguos secretos, que se revelan sólo cuando es posible mirar de frente a los ojos del animal en el que ahora nos reconocemos. Esta suerte de anagnórisis la hace posible el poeta mediante un viaje singular que le permite, a través de su particular alquimia, ir convirtiendo el detritus de la cultura occidental, luego de una larga y dolorosa anamnesis, en una celebrada realidad, distinta a eso que nos venden los medios de comunicación.
Contraviniendo todo tipo de manuales, en particular aquellos que validan el éxito y el marketing editorial, el poeta prefiere el tono, cada vez más personal, que lo irá acercando a la construcción de atmósferas y ambientes llenos de sugerencias, voces y matices, por lo general, más cercanos a lo nocturno, pero, igual, de manera antitética, a  la luz. La figura del fuego se irá extendiendo como un vasto incendio a lo largo de todo el libro, el que por suerte no termina devorado por sus propias llamas.
Un cierto dejo romántico, un sesgo hecho de manera intencional, que le permitirá al poeta hundir su daga justo en la hendidura que se abre entre la modernidad y todo aquello dejado con descuido por el incontenible avance de las locomotoras y las fábricas con sus chimeneas humeantes, es el que marca el libro en su atmósfera más íntima. Allí, en esa herida abierta, arrojará no solo luz y sal, sino todo ese piélago de animales para que empiecen a mortificar la llana tranquilidad, el confort y el arrellanado aburguesamiento de esas otras criaturas que se niegan a la animalidad sólo por arrogancia o porque viven en la creencia, muy occidental, de que vivir conectados a un Smartphone nos hace más inteligentes y capaces.
Aquí, el poeta es asumido como el chamán de las sociedades contemporáneas, acaso ante la incapacidad de esa misma sociedad para asimilar el vertiginoso paso del progreso, la idea de desarrollo y civilización. A manera de respuesta, Gabriel Arturo Castro, decide convocar las deidades del presente para sumergirse en los pliegues más recónditos del tiempo, hasta encontrar el fuego prometido, el fuego ahora capturado por los modernos prometeos, esos que se niegan a mirarse en el espejo por miedo a reconocer en el rostro de la Medusa, el rostro del animal, la propia mirada, quizás llena de terror.
La pregunta del poeta no es en vano: “Si el fuego se extiende, ¿dónde se levantará el arco iris?” No le falta razón, además, al lanzar la llama de la inquietud: “Sólo le basta lanzar las astillas de la palma para cazar los pájaros nocturnos”. Si todo es prosa moriremos aniquilados de física llanura; si todo es parte de esa conspiración moderna para convertir, hasta lo más sensible, en prótesis y extensión de los sentidos, gadgets que crecen como extensiones de la vista, de los oídos o de la memoria, ¿entonces no habremos llegado al final de la utopía, del arco iris que se oculta y ya no es promesa? ¿No es acaso el teléfono móvil una extensión, una prótesis, de la lengua, de los ojos, de los oídos y de la memoria?
En el poema Embriaguez el autor deja entrever esa mutación que ha vivido la sociedad contemporánea:
El hombre del bosque cortó la sombra del viejo árbol,
aquel espeso ramaje que sostenía la embriaguez de los
pájaros de diablos y lunas, y al mono aullador fijando
su voz ebria sobre la copa o la corteza.
De la tala surgió un misterioso árbol, segunda reunión
de espigas, madura sombra, extensa y cierta.
Ahora la flor seca huele a vino rancio.
La embriaguez del hombre moderno, el que se cree soberano y autónomo a pesar de Freud y Jung, a pesar de las sombras que van quedando en medio de la automatización de la vida, incluso la más espiritual, es puesta en evidencia; es la embriaguez y la borrachera que produce la tecnificación de la vida, la exclusión de eso que Husserl llamó “el mundo de la vida” para darle paso a la instrumentalización propia de las sociedades contemporáneas, del pensamiento tecno-científico, por encima de cualquier asomo de lo humano y del humanismo; es la embriaguez que produce el saberse soberano porque se tala el árbol  (El hombre del bosque cortó la sombra del viejo árbol) y desnuda su existencia y de paso corta el aire, el oxígeno, la tierra, el cielo, los pájaros y su maravilloso canto. Es la borrachera del hombre que saluda “la flor seca”, la flor artificial, la flor de plástico que remplaza la natural, incapaz ya de diferenciar entre una y otra, entre el mapa y el territorio, envuelto quizás en la pesadez que deja “el vino rancio”.
Si el fuego se extiende, la demasiada luz no permitirá ver el arco iris. Asistiremos entonces a la costumbre de la luz y, en ese sentido, a la ceremonia cotidiana de los que  no saben (pueden) ver o de los que ven demasiado. Ya ciegos, por la costumbre de la luz, nos convertiremos en animales escleroftálmicos, incapaces de cerrar los ojos, porque los párpados han sido eliminados para darle rienda suelta al homo videns, al hombre que lo quiere ver todo, que quiere presenciarlo todo o que es incapaz de dejar de ver. Es el castigo mítico del hombre contemporáneo, una suerte de voyeur, muy a su pesar, que va por las calles de las grandes ciudades registrando con su mirada todo cuanto ve. Intoxicado de imágenes, finalmente, decide hundirse por completo en las sombras: “el miedo del sol habita su rostro” y “Clavan candelas en los ojos de los dioses”:
En el Pequeño mito del bosque, Gabriel Arturo Castro, nos muestra otro mundo, la más desnuda de las realidades, y ese hecho puede ser una fuerte interpelación a la sensibilidad del lector distraído. Para ello nos presta y nos facilita los ojos de animal, de salamandra,  para aprender a ver el mundo de nuevo, con otros ojos, con esa mirada que, salvada del fuego, nos prepara para aprehender la realidad “real” ¿la verdadera realidad? Convertidos en salamandras podremos ir por el mundo inaugurando formas a partir del fuego, de la luz, porque, como se sabe, es la luz la que nos permite percibir las cosas al darles cuerpo y sacarlas de entre las sombras: “de las llamas/ saldrán pájaros de colores y de sus plumas harán sus/ vestidos los muertos”. ¿Serán los poetas los únicos seres capaces de convertir, como taumaturgos, la nada o la oscuridad en destellos y relámpagos oníricos, paisajes donde: de las llamas/ saldrán pájaros de colores y de sus plumas harán sus/vestidos los muertos?
A la manera de Rilke, y siguiendo el epígrafe del libro, habrá que decir: “Lo que está fuera, lo percibimos tan sólo/ por el rostro del animal. ¿Y qué es lo que está fuera? La pregunta es no solo inquietante. Lo que está fuera es igual a lo que está dentro? O algo creado, prolongación de la mirada, y que para poderlo percibir hace falta esa suerte de conmoción sensorial de la que hablara Rimbaud en su Cartas del vidente: El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos."  
Sólo la salamandra escaparía al sol fuerte que quema
los huertos.  El ardor le subiría al rostro y su cuerpo se
tornaría opaco, opuesto a la luz, pero jamás tendría ella
lugar al lado de la cavidad de la llaga, su abismo abierto,
sangradura de río, honda  acequia que dibujó la piedra roja.
La salamandra siempre habitó en el fuego.
Lo que está fuera incluye al animal mismo con su rostro metamorfoseado. ¿Habrá aquí una suerte de fenomenología primera? Una manera de ver desde la cavidad de los ojos, desde la no mirada, porque al fin y al cabo uno no ve con los ojos, sino con el cerebro y con todo el cuerpo. O porque, después de todo, habrá que terminar confesando, como Merlau-Ponty, que “toda mirada es un pensamiento condicionado”.
El hombre contemporáneo se comporta como ciego, producto de su soberbia y arrogancia. Camina aturdido, en medio de la bulla y del ruido propio de la moderna sociedad que le apuesta a la exacerbación de los sentidos, al disturbio sonoro y visual, para huir de sí mismo, del silencio y de la capacidad para conectarse con su dimensión sagrada. De allí que sea incapaz de ver las columnas de humo que se elevan en la distancia, del incendio que se extiende y que va consumiéndolo todo:
Al final, extinta la llama, únicamente podía ver un
puñado de líneas delgadas sobre la ceniza.
Como sé que al autor pocas cosas se le pueden pasar sin que fije su ojo crítico y de inmediato devele su presencia, no me atrevería a sentenciar que algunos elementos reiterados a lo largo del libro permanecen todavía inconscientes y, en ese sentido, mi lectura estaría, en cierta forma, mostrándolos para su sorpresa. Hago referencia a la presencia del fuego, ya sea como elemento, simplemente, o como el hecho simbólico que el autor es capaz de ir creando al mismo tiempo que su particular fauna mítica. Lo mismo podría suceder con la noche y con esa extraña dama que con frecuencia invoca el autor (Obstinada dama de la noche), que bien podría ser una alusión a la poesía misma, a la poíesis, más que a una mujer de extraviadas costumbres. De la misma manera, habría que decir que recurriendo a una gran habilidad, la del escritor que sabe su oficio, construye una atmósfera llena de imágenes celebradas desde esa navaja de doble filo que es la adjetivación. De esta manera el texto se va tornando nocturno, antiguo, cenagoso, rancio, negro, enfermo, estancado, inflamado, amargo, silvestre, corto, etc.
Es justamente, en medio de esas evocaciones, donde aparece el mago, el brujo, que hay en Gabriel Arturo Castro, como en todo poeta, para lanzar provocadoramente rezos, letanías, imprecaciones, conjuros, sin que uno pueda diferenciar entre un sortilegio y un Ars Poética. Habrá que estar atentos y reconsiderar la posibilidad, en adelante, de mirar al poeta directamente a los ojos, porque podría correrse el riesgo de terminar convertido en piedra o estatua de sal, en el peor de los casos, en una bestia propia de la extraña y rica fauna registrada En el Pequeño mito del bosque.
¿Cómo perpetuar la noche  señora?
Un chasquido molesto responde y golpea:
extienda un pañuelo de seda oscuro ,
deposite sobre él una porción de antiguo tabaco ,
alas de aves cebadas,
humo de hojas secas, calabaza rancia ,
tierra cenagosa  y jugo de adormideras.
Cierre el pañuelo, déselo al apagador de velas,
él recorrerá el mundo provisto de la seda
y su capuchón de ángel negro.
Que la lengua nos salve de la quema final y que el humo que trepa en forma de señales cifradas sea el silencio, el oscuro pájaro que canta sobre el alfeizar de los ojos.
Julio César Correa
Poeta, docente y dibujante
Manizales, 26 de febrero de 2012

jueves, 2 de agosto de 2012

LECTURAS URGENTES DE POESÍA/Fundación Fellini


Julio César Correa en la lectura del libro Días Aciagos

El pasado 28 de julio, por iniciativa e invitación del poeta Flobert Zapata, se realizó la segunda lectura de poesía, en la denominada LECTURAS URGENTES DE POESÍA, en la sede de la Fundación Fellini. Bella ocasión para el encuentro y la posibilidad de encontrar un espacio para compartir, leer y departir poesía.

En tiempos de escasez, es necesaria y urgente la poesía. Ya lo dijo Edgar Morin, "En tiempos de hiperprosa es necesaria la hiperpoesía". Creo que son tiempos donde la prosa, y no la prosa literaria, sino la prosa de la violencia, de la estupidez, de los relities, de las penurias y del abandono se toman el mundo y lo convierten en la única forma de la realidad. Por eso son urgentes estas otras formas de la realidad, esas otras lecturas que nos permiten asumir la vida, más allá de la imperiosa inmediatez que nos imponen los noticieros y los telediarios.


domingo, 8 de julio de 2012

Vargascarreño sobre Días Aciagos




Julio César:

He leído esta madrugada de domingo tus Días aciagos, recibido de las manos de tu hermano en mi reciente visita a Bucaramanga. Poética del dolor, del desgarramiento y de la herida que lentamente nos tasajea sin dejarnos morir del todo para que este asunto que llamamos patria nos siga convirtiendo en sus víctimas eternas. A lo largo de sus poemas la temática logra implantarse con belleza ante una realidad del horror, difícil oficio para el poeta que vive, ve y muestra sin ambages el terror de los días aciagos, que son todos los días que nos ha correspondido vivir en estas tierras sin dios. Dolor de hombre, desesperanza, desolación, grito callado ante la impotencia que engañosamente se serena un poco con el peso de las palabras hilvanadas por el poeta para elevar el canto de la elegía en que se han convertido nuestros días. Palabras que erigen sus gritos de sangre, muerte lenta devenida en poesía, así esta poesía nos vulnere tanto como el silencio de los poderosos. Pero para eso está la voz del poeta, bandera transparente erigida a los vientos celebrando el día con la palabra que redime.

Hernán Vargascarreño

domingo, 3 de junio de 2012

Premio de Poesía Café Con-verso Ciudad de Bucaramanga


Los cafés literarios tuvieron su origen en el París del siglo XVII, los que rápidamente se extendieron por las principales ciudades europeas.

En América muchos de los refugiados políticos europeos, ante todo escritores y artistas, tuvieron que ver con la apertura de cafés literarios en grandes ciudades como México, Buenos Aires, Santiago de Chile y Bogotá, y si no tuvieron que ver con su apertura, su presencia en esos espacios fue motivo suficiente para acrecentar la fama de estos cafés, ya que mucha gente quería acercarse y al menos conocer o estrechar la mano del artista de sus preferencias.

Hace tres décadas los tertuliaderos culturales empezaron a desaparecer en Colombia para darle paso a cafeterías totalmente comerciales y romas en las que la palabra ya no era el personaje ni las ideas libertarias podrían alzar allí su vuelo.

En un intento por recuperar esos espacios maravillosos en los que todos caben sin pisotear los ideales de los demás, últimamente han ido apareciendo galerías-café, libro-cafés, cafés-culturales -aunque en realidad son pocos los que se han mantenido- y tras estos cafés siempre hay un artista en potencia o un quijote o un mecenas o un libertario que requiere de su propio espacio para compartirlo con aquellos que tienen tanto para dar como para recibir.

La existencia de cafés-tertulias en una ciudad son sinónimo de apuestas culturales alejadas del asistencialismo gubernamental y garante de ideas renovadoras en torno a la vida artística y al pulso de una comunidad que reta sus propios atrasos en medio de un mundo neoliberal y consumista, y bien valdría la pena desde este concurso proponer un directorio colombiano de cafés-culturales, lo que permitiría incluso un intercambio entre artistas de las regiones que componen nuestro país.

viernes, 1 de junio de 2012

GABRIEL ARTURO CASTRO Y SU CENIZA INCONCLUSA



Por Jaime García Pulido


Hay poetas que son diplomáticos o abogados, empresarios o publicistas, periodistas o vendedores de arte. Hay poetas que no son más que poetas. No les alcanza la vida para más. Viven en tono menor. Tal es el caso de Gabriel Arturo Castro. Nacido en Bogotá en 1962, irrumpió por los lados de la Casa Silva y la Universidad Nacional a fines de los años 80. Luego desapareció para volver a aparecer con su lira intacta en Ibagué, donde hoy reside ganándose la vida como profesor.


Primero nos sorprendió a los lectores con Libro de Alquimia y Soledad (1992). Un texto que es como las entrañas de una manada de unicornios pudriéndose en un aljibe de vino blanco.  Después vinieron Alquimia de La Media Luna (1996)  y Tras Los Versos de Job (2009). En estos últimos viene a confirmar una tesis que al propio Gabriel no le disgusta para nada: es un antropólogo poeta, o quizás un poeta antropólogo. Uno de tres.


Hoy, en plena Feria del Libro de Bogotá, el poeta nos sorprende con Ceniza Inconclusa, editado por la Universidad del Tolima en el 2012. Un mural que en todo caso ya se veía venir. Es una compilación de notas, comentarios, críticas y mil cosas más, arrancadas al vacío de los magazines dominicales, de las revistas literarias y los periódicos clausurados a destiempo. Se trata del mundo propio de un lector exquisito. Aquí abandona con noble gesto la zona de sol, para entrar con su pincel en la de sombra. Casi uno lo puede ver leyendo, anotando, sopesando cada palabra de este impresionante libro, lleno de erudición viva, no de academia o protocolo de medicina legal.


Resulta imposible reseñar un libro así en pocas líneas. Tiene un solo defecto: el reloj de sus páginas supera y arrasa con mucho al reloj interno del lector. Uno termina abrumado, sin aire, con rubor en las mejillas. Uno no sabe si empezar a leer tantos autores o quemar este catecismo pagano de una vez por todas. Y es que son muchos los años de intensas y jugosas lecturas decantadas en unas cuantas páginas. Baste decir lo que ya se dice en los bares y tabernas bogotanas por los lados del barrio La Candelaria: Gabriel Arturo Castro es hoy por hoy el mejor crítico joven de literatura con que cuenta Colombia. ¡Y ya pisa los cincuenta! ¡Y bien podría llegar a los cien años, rodando sobre sus eternas botas universitarias de suela de goma!


Pero él sigue siendo ese gran poeta menor, sin mucha repercusión, ni mayor visibilidad. Y con esa proverbial mirada de fraile fugado de un cuadro de Zurbarán, con esos pasos de gnomo extraviado en este tiempo. A nadie podrá engañar. Ni aquí ni allá se puede quitar el tricornio de poeta. Muy a pesar de sus anuladores o detractores, este profesor sigue siendo el poeta in vitro de siempre: habita ese lugar entre la página en blanco y el café del desayuno de mañana.  Está hecho por dentro y por fuera de ceniza, para bien o para mal, inconclusa. Pero también enamorada del legado de Quevedo. Sólo le resta el favor de los muchos lectores que acaso lleva dentro y lo persiguen, y aún no lo encuentran por los caminos... 

Y también de eso se trata, en su fatum, desde sus propias palabras:


El perseguidor de la montaña no necesita de lazo,
 ni la trampa, ni el dulce metal fundido de una
 ballesta. No. Sólo le basta lanzar las astillas de la
 palma para cazar los pájaros nocturnos.

sábado, 26 de mayo de 2012

MILAGROS DEL HUMOR/ Víctor López Rache


Por VICTOR LOPEZ RACHE
La poesía de Omar Ortiz ayuda a preservar el milagro. El milagro de la palabra como la usa el ser natural. Es imposible encontrar un verso con pretensiones poéticas, sin embargo, podemos decir que los 30 textos de este libro son poesía; inquietante poesía. Página tras página vamos descubriendo sorpresas conforme suceden los azares de la vida. Pues  cuando Omar Ortiz habla de vida, la asume como algo parecido a una máxima cargada de humor, especialmente en aquellos poemas que evocan las aventuras de los personajes ajenos a las tragedias de la época. 
Entre líneas el poeta nos dice, que quienes han elegido la seriedad como destino, la vida se les ríe y han terminado en malas relaciones con ella. Lo pueden confirmar los poemas de Las muchachas del circo, en cuyas apariciones el enano no es la viñeta de un adulto, ni una caricatura infantil; más bien, es el maestro de la ironía, o un dios perverso.
El poeta también nos recuerda que escribir poesía no implica divorciarse de la realidad y de los placeres y desencantos del trascurrir, la poesía no esquiva ninguna etapa de la edad. De manera sutil nos dice lo que siempre ha hecho el hombre, pero al contrario. El ser tradicional celebra el nacer y llora el morir, mas en el mundo de Omar, la palabra abre un nuevo camino y, para recorrerlo, es necesario desatenderse del nacimiento para poder establecer “las minucias de la muerte”.
En dicho trasegar un hombre puede someterse a la costumbre irresponsablemente. Sin embargo,  como es sensato,  ya sin enojos, debe entender el silencio de los vecinos; otros,  menos tímidos se casan para poder seguir siendo fieles a las delicias de los bajos fondos. 
La poesía de Ortiz eleva el amor proscrito a un nivel en que, un experto en bares, lo podría describir con una pluma de ángel. Es tal el manejo de sus situaciones y personajes (no pocos poemas son titulados con nombres propios) que, en sus páginas, no es raro encontrar circo, alambique, matrona, alcantarilla; palabras que en un poeta distinto simplemente causarían escozor. También es capaz de hazañas que ni siquiera ocurrieron en las épocas que soportaban los héroes: atravesar montañas y valles por un puñado de sal.
 Esto no significa que Ortiz sea un poeta de misterios invisibles. Nuestro tiempo es nuestro principal bien, y lo único a salvo de embargos. Es un tiempo intransferible al ritmo de nuestros contemporáneos. No es el tiempo de los inmortales y menos de lo inaprensible, de lo metafísico. De tamaña trascendencia nos podría dar un testimonio menos etéreo “el gato que sabe de memoria la huella de sus dedos”.
Los poemas de Omar Ortiz no ignoran aquella premisa que dice que el poeta verdadero poetiza las experiencias de su tierra: “Ahora soy una desteñida foto que mi madre lleva a cuestas en plazas y desfiles”. Es innecesario saber la historia para observar que su trabajo se adentra en la memoria de los desaparecidos. Entre bromas y furias, Omar es un poeta con poemas afortunados acerca de la violencia. A través de su poesía conocemos una época de hechos perversos: temeroso de lo que ven sus ojos hasta los cuervos huyen. Bajo esos mismos cielos, eliminan a un hombre cuando querían asesinar a la mujer que encarna la palabra de un pueblo. La sobreviviente es Aída Quilcué y, refiriéndose al presidente encubridor, ella dice:
“Mentiroso, mentiroso, mentiroso”.
Difícilmente la palabra mentiroso podrá oírse tan estremecedora en un poema distinto al de Omar Ortiz. Su grito es el susurro de una indígena, herida, huérfana y viuda. Evoca distintos gritos de desespero e indignación. Leyendo el poema, incluso, podemos oír el eco del gallo que cantó tres veces para cumplir la sentencia capciosa de Dios. Nada de alma en tiempos de despiadados en que las religiones son más avaras que los banqueros. El espejo es incapaz de dejar ciego al asesino cuando se peina. El alma sería, apenas, uno de los licores de la lengua insaciable de Dios. 
Dentro de estas mismas fronteras hay quienes ensayan el suicidio por diversión. No para asustar a deudos ni para burlar las cartillas de los especialistas en la mente humana. No. El suicida de este libro le “gusta observar el rostro culposo de Dios”. Poética manera de ponerle a Dios defectos y responsabilidades del hombre.
La poesía de Omar Ortiz oscila entre la broma y el milagro.

lunes, 7 de mayo de 2012

Una mirada al siglo XX, según Roca./ Víctor López R.


"Y ojalá así sea, porque los colombianos no tenemos, todavía, un Rubén Darío, un Vallejo. Apenas tenemos grandes poemas y, sobre todo, ver­sos".

Una mirada al siglo XX, según Roca*

VICTOR LOPEZ RACHE

Solo quien conoce a fondo el oficio, puede convertir lo raro en tema de interés general. Y en un país de poetas, la poesía es rara en extremo. Por ello se nece­sita una luz que no se pierda en los intere­ses de los fabricantes de espejismos. Galería de Espejos (una mirada a la poesía del siglo XX) será, por este motivo, un libro de importancia para la formación poé­tica colombiana. Además abrirá el debate sobre la historia nacional vista desde la perspectiva de sus poetas. Basta abrirlo para que la primera página le tienda al lec­tor un hijo que lo llevará hasta la última línea sin pausas ni saltos de capítulos y de autores. No es el trabajo riguroso de un juez; es el de un lector y cultivador de la palabra en sus distintas manifestaciones. 
En relación con la herencia literaria del mundo, la nuestra apenas llega a la infan­cia. Pero para no dejarnos sin un punto de apoyo, Roca menciona las voces que inauguraron nuestra sensibilidad e imagi­nación: parte de las indígenas (un ejem­plar y bello canto de solidaridad), pasa por Sor Josefa del Castillo, y llega a 1896, año en que muere Silva, de quien el establecimiento cultural del momento escribi­ría, "dicen que hacía Versos".
Con estos antecedentes se ocupa de la galería de poetas del siglo XX. De ellos hay análisis, poemas, anécdotas y una definición personal según palabras del propio poeta. Pombo diría, "no sirvo para nada sino para hacer versos". Vidales, "la poesía nueva no entra en cerebros viejos". Luis Aguilera, "eludir el convencionalis­mo del espejismo poético".
Las voces sobresalientes no se ocultan en penthouses inalcanzables ni se alimentan de ideas ajenas a nuestro tiempo. Ellas viven su propia paradoja; quien se autode­nomina monarquista puede poseer un espí­ritu anarquista; y un anarquista puede tener un cerebro oficialista. No puede ser de otra manera. Son seres humanos que sufren presidentes, dictadores, periodos de vio­lencia, miseria y riquezas, y tienen sus pro­pios intereses. Y cómo ignorarlo, un país donde la burocracia ha dado más versistas que el talento poetas, resulta imposible liberarse de la sociedad y sus matices.
Según este libro, ¿qué nos dejo el siglo XX? Se creería que escuelas, movimien­tos, grupos, obvio, muy importantes para la historia de la poesía. Pero a través de la lectura se van imponiendo las voces suge­rentes, reveladoras, con sello propio, como ha sido y será. El lector, ahora, podrá identificarse con las voces de las almas solitarias: Arturo, Charry, Oscar Hernández. Rojas Herazo. De los olvida­dos tenemos el grandioso ejemplo de Carlos Obregón. Son poetas que, de cual­quier manera, se han sobrepuesto a la dia­ria nube de espejismos y, acudiendo ape­nas a su vocación, han dejado la marca del espíritu de una colectividad. Hay melan­cólicos, soñadores, silenciosos e irónicos. Tampoco ignora a los poetas que están revelando su oficio. Podremos encontrar un bello poema de William Ospina; uno doloroso de Mery Yolanda Sánchez; uno esperanzador de Orietta Lozano; uno inquietante de Fernando Afanador. En fin, cierra el ciclo con los poetas nacidos en 1959. La obra de ellos todavía de no ha entrado a la balanza ajena de la vida, la única imparcial.
Leyendo con atención, podemos compro­bar que la poesía es un asunto del cuerpo y del espíritu. Y quienes llegan a ella traicionando otra vocación, deberían recor­dar la sentencia de la sobrina de Don Quijote, "la poesía es enfermedad incura­ble y pegadiza". En nuestro caso, lo con­firmaría Raúl Henao. Él dejó la pintura y tuvo que tratar, seguramente de por vida, con la “canalla literaria".
En diálogo constante con sus fantasmas, Juan Manuel Roca ha escrito un libro que nos enseñará lo mejor de cada poeta. Estimulará a los lectores desprevenidos a adentrarse en la retadora pasión de la poesía, ¡en la auténtica poesía! para liberarmos del estigma de país de poetas. Y ojalá así sea, porque los colombianos no tenemos, todavía, un Rubén Darío, un Vallejo. Apenas tenemos grandes poemas y, sobre todo, ver­sos. José Umaña Bernal nos heredó uno mejor que los de Borges: "El tigre lleva en la piel los barrotes de su jaula". Estamos en la infancia de nuestra tradi­ción literaria, es verdad; pero como la poesía es asunto de perpetua niñez, es hora que aparezca un poeta con una obra. Ojalá lo propicie Galería de espe­jos (una mirada de poesía del siglo XX). Pues es un libro para quienes se inician; mas no para ingenuos.
*Reseña publicada en el suplemento Generación, de El Colombiano, domingo 29 de abril de 2012.