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viernes, 6 de septiembre de 2013

EL TIEMPO SECRETO DE LA IMAGINACION/Daniel Padilla Serrato






Por Daniel Padilla Serrato
 
En 1996, Henry Luque Muñoz decía del libro Alquimia de la media luna de Gabriel Arturo Castro, que “las palabras hablan desde mitologías dormidas, desde metáforas paleolíticas. No cabe duda que el poeta halló en sus estudios de antropología y en la energía inspiradora de la generación precedente, el auxilio animador para ahondar en la tradición lírica colombiana, entre cuyas voces es deudor eficaz del espléndido Aurelio Arturo.”
Por supuesto. Gabriel Arturo, como un aplicado y silencioso alquimista ha venido trabajando en la sombra, sin ruido, en la soledad de su juicioso oficio, para configurar una voz poética que se nutre tanto de los maestros, como de los mitos de los más diversos pueblos, asimilando una memoria colectiva que, en su atanor de poeta, es reinterpretada y se resignifica con cada lectura. En ese tránsito, desde un lenguaje primordial verificado en Alquimia de la media luna, Castro Morales, pacientemente, de la mano de esa memoria ancestral y de su vocación lúcida y esforzada, ha enriquecido la poesía nacional con una obra que, en palabras de Santiago Espinosa, “aunque no es demasiado extensa, la aleación de sus materiales conforma ya una alquimia original, que se defiende por sí sola en libros profundos y decantados”.
Así también lo entiende Víctor López Rache, cuando afirma: “Gabriel Arturo Castro nos recuerda la vieja pregunta, ¿has visto algo perfecto sin la paciencia? Desde el Libro de alquimia y soledad, que le publicara el concurso de poesía Ciudad de Bogotá, en 1992, permanecía estudiando y comentando a otros autores e iluminando con sus agudezas críticas. Tras los versos de Job es su segundo libro y se publica gracias a que ha obtenido el premio nacional de poesía Porfirio Barba Jacob 2009. Es una enseñanza estética y una actitud ante la vida que, ahora, no existen si no están en exhibición permanente”.
Tras los versos de Job —continúa López Rache—, “revela con angustiosa claridad la experiencia humana. Logra expresar el dolor del hombre en un tono que no se puede describir ni comparar. Es un tono que trastorna la sensibilidad y el alma del lector sin acudir a armonías que se logran con ciertas combinaciones de palabras o trasponiendo en la página oralidades cuyos acentos perturban o encantan el oído. Es un tono que convoca experiencias innombrables; pero vividas por cualquier doliente de la historia y la sinrazón”.
La obra poética de Gabriel Arturo Castro se nos aparece de esta manera como un cuerpo que vive, respira y siente; como un todo dialogante y orgánico, cuyo denominador constante es la convicción en el oficio de la escritura como posibilidad ontológica y realidad espiritual. 
Así, su más reciente libro, el que ahora nos ocupa, Día antes del tiempo es el intento de configurar un tiempo propio, extraño, ajeno al ritmo vital ordinario. Pugna aquí el poeta por transmutar ese cauce lineal de todos los días en un instante donde la memoria y el presagio sean a la vez contemplación y conocimiento interior: Las campanas de la vieja noche forman un círculo / Dentro de él un largo crujir de fantasma / el no apaleado / ángel desleído que sufre por el espesor de su piel / suerte en blanco de quien pierde su nombre / y está por fuera del tiempo y de la brújula.
En la primera parte del libro, que lleva por título La astilla, palabra tardía el poeta traza un círculo, planta un hueso en la tierra para que el mundo retorne a su antigua forma, porque sabe que “la imaginación siempre regresa”. Ya el ensalmo se prepara, la figura arcana abre las compuertas de otra realidad y brota una selva de imágenes de cuño nocturnal, febriles, impregnadas con el desgarramiento y la desdicha natural de quien se sabe atado a las contingencias del mundo y de la existencia, y a la vez obligado a consumirse en el fuego del verbo y de las piedras ardientes para habitar esa dimensión paralela. Y es que son sus propios huesos los que Gabriel Arturo Castro va sembrando en estos poemas que celebran la palabra como ritual, como creadora de orbes donde la música del lenguaje es reverberación mágica, salmodia, imprecación y hechizo del retorno. 
La memoria cruje en estas palabras tardías, astillas punzantes que el poeta ha recogido con la piel abierta a través de caminos arduos y bosques que se ensanchan al conjuro del verso. Entonces es posible mirar por el hueco de la cerradura y asistir al paso de animales fantasmales, animales-palabra, animales-recuerdo, presencias del ensueño en las hogueras de la noche que “afila los dientes y saliva”, pues “la palabra devora caminos”. Gabriel Arturo sabe muy bien, por oficio y convicción, que “hay que enrojecer por la palabra”.
A lo largo de este paisaje endurecido por el tiempo y las fulguraciones lunares, se nos hace presente la noción de sacrificio, de inmolación en el ara de la escritura. La escritura no sólo ritual, no sólo magia, no sólo calcinación en el abismo, sino arma blanca para dibujar con sangre el espacio interno y el propio cuerpo, “palabra-cuchillo, palabra-armazón”, altar y herida.
En el mundo comprimido de La astilla, palabra tardía el instante se sirve de la posibilidad creadora, de la orilla circular del lenguaje poético, del pulso forjado a fuego y cincel. El tiempo se ensancha y recorre calles, estancias, párpados durmientes, puertas, ventanas, fábulas infantiles donde el alma y la lengua ruda de todos los árboles / se precipitan en el agua interior y “La sed hace infinito el sueño”. Será por aquella mordida primigenia de la experiencia onírica que el poeta acepta la maravilla del misterio y el olvido: El hombre está al servicio de su noche / huésped que sueña / niebla de extraño / ¿Y si mi cara estuviera plomiza y mis ojos blancos? (…) ¿Soy la criatura que pregunta con los ojos encendidos? / Al día siguiente volveré a nacer.
Es un tiempo que conduce pausadamente hacia el retorno, hacia el incierto destino del origen y es atravesado por la fragilidad y la incertidumbre. El tiempo se mira en el contradictorio espejo del no tiempo, se busca en los rincones, en solares y escaleras, en las ruedas y pasos del viajero, en la ambigua flora del corazón que canta, siempre a la espera de la belleza. La astilla apunta hacia el primer jardín e inevitablemente señala la ruta del destierro.
La segunda parte de este libro, titulada La urdimbre, el hilo oculto es el regreso a la vieja casa, a la casa de la memoria y de la infancia. Para ello, el poeta se sirve, como Teseo, de una madeja —esta vez hecha de palabras— para no perder el camino, ni olvidar el significado de los viejos símbolos. En uno de sus ensayos, Laberinto extremo el propio Castro señala: “El hilo salvador puede ser la escritura, la palabra, la mejor literatura (no la dirigida a las masas dóciles y amedrentadas), aquella que nos sirve de faro, hilo y señal de vida”.
La memoria colectiva y la memoria personal, juntas en ese laberinto donde a cada recodo acecha el minotauro, acuden al lenguaje para trasladar la existencia a un espacio mágico cuyo arquitecto es el tiempo poético, “un tiempo ajeno al quehacer de los relojes”. Este viaje circular se lleva a cabo bajo la potencia de la Noche atávica, Mnemosine, Circe, Proserpina: La noche, arca funeraria, cofre mágico, maza / de hierro, es la misma, inmovilizada en el / tiempo. Noche primordial, eterna, inmutable, poblada de secretos y presencias ásperas, severas, en ocasiones mensajeras de la muerte, ante cuyo poder se rebela el poeta. Pero también la noche es un templo, un camino, el viaje mismo, la palabra ardua que el peregrinaje se encargará de desentrañar si se permanece atento a su respiración, a sus gestos: La luz eterna suspira, se estremece y muere / El guardián, portando un pálido farol / vigila el lenguaje de la noche.  Poeta trashumante, nómada de geografías físicas y mentales, Gabriel Arturo ha sentido la redondez de todos los senderos. Para él, entonces, la ruta noctámbula de la poesía es “Una sombra lunar (que) se fija por siempre en el talón”.  
Se advierte en la huella del viajero el signo/sino de ouroboros, el cíclico movimiento de persecución en la fractura del día que violenta la noche, el temblor del hombre tocado por el sueño, el rasgado esplendor y los ojos voraces devorados nuevamente por el alba, huérfanos de asombro. Para dar cuenta de esa orfandad o de la maravilla que la propicia, nunca nos alcanzan las palabras. Hay que ganar la revelación a punta de úlceras y muescas en la piel, con cicatrices que el rigor en carne viva esté dispuesto a dibujar en la ceniza de la que estamos hechos. Así lo confirma este poema, cuyo título es precisamente Revelación: Lejos de los faroles están los elegidos / el sello, la luz amortiguada / el trazo oblicuo e infatigable / no el pedante ornamento de los señores agotados / sepulcros de las letras, la legión equivocada / de batallas y muertes pictóricas / oscuro poder bajo el castillo y la soberbia / Penosa es la revelación de la palabra.
En eso parece insistir Gabriel Arturo cuando dice que “la geometría es un trabajo de cincel y de eterno arpón”. Porque si Otros venden epigramas / el mapa confuso de su frente / su caligrafía veloz al margen de la hoja / letanías y sus letras mínimas, para él la poesía es pulimento interior, pesca hacia adentro, vigilia alucinada, espera, labor de quietud y silencio, artesanía de huesos, semillas y piedras.
Día antes del tiempo es un libro hecho de sensibilidad y ceñida belleza, escrito con la tintura del silencio. López Rache diría que es como el helecho, que no necesita de flores para ser bello. Geografía de sueño e imaginación, en sus páginas se comprueba la sentencia del pueblo Maya que reza: El tiempo es arte. Con este libro, Gabriel Arturo Castro nos invita a participar del trayecto de la infancia y la escritura, los soles verdaderos del amor, el hastío, el reclamo por la barbarie estéril y la decadencia. También la necesaria fe está presente, y estancias en las que ojos y manos son tragados mientras surgen las palabras tardías y ocultas, aquellas que nos fueron dadas frágiles y esquivas para señalar el espejo y el agujero por donde “el lenguaje absorbe todo el espacio”. Basta recordar este santo y seña para salir por ese mismo agujero transformados, a caminar en ascuas, a recorrer el mundo en busca de esa “estación interior”, a sabiendas de que la realidad, el espíritu, el sueño y sus tempestades, siempre serán los bordes de una inestable herida, esa de imaginación y coraje, permanentemente cultivada y habitada por el poeta.
Allí sin duda existe el reverso del mundo, donde el tiempo secreto —el de la voz interior— se sienta en el sótano redondo de la memoria, a la lumbre del hogar, con la vista fija en una anciana vendedora de aves, que tal vez sea la misma abuela llorando en el jardín.

                                                              







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