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jueves, 20 de junio de 2019

STONER de John Williams





Stoner de John Williams

Quizá sea la historia de un hombre que decide romper con lo que sería su destino y lo hace mediante el hallazgo asombroso de la literatura. Quizá sea la historia de un hijo que decide desobedecer los deseos de sus padres y busca su propio camino a partir de sus propias decisiones. Pero, el camino que decide empezar pareciera igualmente estar señalado por cierta sombra -lazos emocionales- que lo convertirá en un marido adocenado, en un padre apocado y en un profesor sin demasiadas ambiciones. Quizá sea la historia de cómo la literatura puede convertir una vida trivial en una vida menos grosera, pero atrapada en una especie de forcejeo espiritual, típico de la época, y de la que no es capaz de salir. Es como vivir en una burbuja existencial construida por los otros, manejada y demarcada por los otros y por las circunstancias, haciendo que ésta se vaya comprimiendo poco a poco hasta provocar la extinción final. Stoner es ese alguien que, habiendo tomado una decisión inicial, basada en la desobediencia de los deseos paternos, no es capaz y no puede tomar una segunda decisión: romper con una relación de pareja enfermiza y dañina, con una relación laboral igualmente basada en mantener ciertas apariencias y seguir lineamientos jerárquicos indeseables. Stoner es un personaje gris, que lleva una vida gris, llena de lugares y personas absolutamente reales y calcadas de la vida de cualquiera que lea el libro y sienta que es la vida misma la que se cuenta de manera magistral.  ¿Stoner es un Bartleby?

jueves, 21 de marzo de 2019

LA POESÍA Y LOS IMBECILES/ de Aldo Pellegrini



por Aldo Pellegrini [20 de diciembre 1903 - 30 de marzo 1973]

La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática de cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.

Por supuesto, es el pueblo el poseedor potencial de la suprema actitud poética: la inocencia. Y en el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. El inocente, conscientemente o no, se mueve en un mundo de valores (el amor, en primer término), el imbécil se mueve en un mundo en el cual el único valor está dado por el ejercicio del poder.

Los imbéciles buscan el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes. Toda esa suma de poder está organizada contra la poesía.

Como la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse, indudablemente tiene cierto prestigio ante los imbéciles. Es ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinados, bibelots, joyería, y algo así como la poesía. En esa poesía que ellos usan, la palabra y la imagen se convierten en elementos decorativos, y de ese modo se destruye su poder de incandescencia. Así se crea la llamada "poesía oficial", poesía de lentejuelas, poesía que suena a hueco.

La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar su ser que impulsa al hombre. Se opone a la voluntad de no ser que guía a las multitudes domesticadas, y se opone a la voluntad de ser en los otros que se manifiesta en quienes ejercen el poder.

Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso: basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad sino participa de ella misma.

La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tiene el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad.

La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.

[Revista Poesía Nº 9, agosto de 1961]