Páginas

sábado, 13 de enero de 2007

HERNAN VARGASCARREÑO Y LOS POETAS AL EXILIO




Por ANTONIO ACEVEDO LINARES *

El poeta santandereano Hernán Vargascarreño nació en Zapatoca en 1960. Licenciado en Idiomas de la Universidad Industrial de Santander, vive desde hace tres lustros en Santa Marta donde lidera una labor regional y nacional por la difusión de la poesía y de la lectura. Creó en 1991 el grupo Poetas al Exilio, y desde entonces mantiene el programa Poesía Mar Abierto, lo que ha permitido la presencia en la ciudad de Santa Marta de más de cien poetas de Colombia y del mundo. Durante cinco años mantuvo la Biblioteca de Poesía Oscar Delgado, proyecto personal que lideró la formación de muchos lectores. Su poesía, entre otros temas, es el canto a la casa de la infancia, los trenes, la poesía, la vida, la hermana, el hermano, el padre, la abuela, la evocación de Emily y una diatriba contra un pequeño diccionario Larousse. El poeta viene a vivir y en su poesía lo escribe.

A la vida vine a vivir
pero no me la hagan tan difícil
que tengo pocas fuerzas
y estos tiempos son realmente precarios.
Abran paso. No estorben, no malquisten.
Déjenme alucinar con el horizonte de los sueños
y no metan zancadilla solo por envidia,
que soy yo quien debo gozar
mis propias alegrías y mis intimas tristezas.
Miren que la vida regala poco
y todo lo cobra generalmente por adelantado
Abran paso. No estorben. No jodan.
A la vida vine a vivir.
(Fragmento del poema A la vida vine a vivir)

El oficio de poeta y traductor, la actividad cultural y la docencia son sus campos de acción y ha publicado los siguientes libros de poesía: Plural, 1993. País íntimo, Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos, 2000. Almenas del tiempo, traducción de noventa y nueve poemas de Edgar Lee Masters, 2003. Autor de la célebre Antología de Spoon River, publicado en 1915. Entre sus libros inéditos se cuentan: Un sol negro para Antínoo, escrito a partir de la lectura de la novela Memorias de Adriano, de Yourcenar. Esta entrevista se realizó vía internet con el poeta desde Santa Marta frente al mar.

¿Cómo se inició en la poesía?

Creo, ahora que acudo a la memoria, esa mujer avezada en olvidos, que el inicio en la poesía fue algo tardío y supremamente asombroso; tardío para mí porque fue a inicios de la década de los ochenta, y asombroso porque lo hice a través de unos textos de Emily Dickinson; es más, recuerdo el lugar: el tercer piso de la biblioteca de la Universidad Industrial de Santander, de donde egresé. Ese asombro con los textos de Emily, extrañamente, aparece cada vez que acudo a sus poemas. Nunca han dejado de vulnerarme. Pero se necesitaron unos diez años más para empezar a estructurar mi primer libro, Plural, el cual salió finalmente en 1993. Desde entonces la poesía y yo no nos hemos abandonado.

¿Qué representa en su vida la poesía?

¿Qué representa para usted la tierra? ¿Y para usted el trigo? ¿Y para usted los árboles? Serían preguntas que fácilmente nos podrían responder un campesino, un panadero y un carpintero, respectivamente. Pero ocurre algo que desestabiliza a un poeta cuando lo interrogan sobre la poesía. Pues bien, yo diría como esos hombres trabajadores cada uno en una profesión humana y esencial, que la poesía es para mí mi oficio. Oficio con el que no se sobrevive, pero por el cual se vive. Es la poesía la que invade al poeta, y lo elige como su intermediario, por lo tanto uno es su obrero, su oficiante. Por la poesía veo y siento el mundo de una forma e interactúo con la vida de acuerdo a esa relación que establezco con ella. Guerreo y amo, observo y sueño siguiendo los senderos de la poesía. Creo incluso que es un estado de inconsciencia plena el hecho de asumir la vida a través de la poesía.

¿Cómo es su método creador para escribir un poema?

Simplemente, no hay método. Ese es el método. A veces uno logra recordar cómo escribió tal poema, recuerda su proceso, la fuerza que lo impulsó, el tiempo que le tomó darle cuerpo y alma, el afecto que le guarda y la forma como lo asumen los lectores. Pero ese método solo funcionó para un poema, para ese poema específico. Así que cada vez que se escribe un poema, el método, su proceso, cambia. Y el primer sorprendido es su creador.

¿Los poetas de las generaciones anteriores han influido en su poesía? ¿Quiénes? 

Si decir quienes son mis poetas preferidos es aceptar que son únicamente ellos los que han influido en mi poesía, sería un despropósito y una descortesía. Y como no he perdido esa calidad de crudeza y sinceridad que marca a la raza de mi pueblo santandereano, quiero ser claro en mi respuesta, ante todo para no ser injusto. Hace apenas una semana, ahora a mis cuarenta y cinco años, descubrí quién era el autor de un mínimo poema que conservo vivísimo en mi memoria, y el cual leí tal vez cuando tenía unos diez años: “Por el río Paraná/ viene navegando un piojo/ con un lunar en el ojo/ y una flor en el ojal.” 

Y recuerdo también el gracioso dibujo que lo acompañaba en ese libro que hace parte de una enciclopedia para niños, enciclopedia que mi hermano Carlos Arturo, el lector de la casa, solo pudo comprar hasta su tercer tomo. Antes de salir de la adolescencia, mi hermano, que es un hombre mucho más bueno de lo que yo puedo ser, le obsequió a un sobrinito los tres tomos, y a mí me quedó un sabor acre de envidia que nunca pude entender. Después la poesía me lo aclaró todo. Era mi gusto inconsciente por ella lo que me llevó a sentirme desplazado e ignorado por mi hermano al haberle obsequiado a mi pequeño sobrino esos libros que yo tanto quería. Nunca me volví a tropezar con esa enciclopedia, nunca hasta hace un mes, cuando la vi arrumada y destartalada en un estante de una sicóloga. Sin permiso de su dueña tomé los libros y los acaricié, retorné a mi niñez, y con cierta paciencia temerosa me di a la tarea de buscar el dibujo del piojo. Cual fue mi sorpresa al ver que el autor de esos cuatro versos era nada menos y nada más que el humanista de América, el mexicano Alfonso Reyes. 

Treinta y cinco años después vengo a entender por qué ese libro me atrapó tanto en la niñez. Y no solo está Alfonso Reyes, hay poemas y canciones de otros autores como García Lorca, Lope de Vega, Rafael Alberti, Machado, Gloria Fuertes, entre muchos otros. Así que mi respuesta es muy amplia: todos los poetas que he leído en mi vida han influido en mi propia obra poética; y no solo los poetas, también los narradores, los pintores y directores de cine, los dramaturgos, todos ellos han ido moldeando con sus obras al poeta que se asiló en mí ser. Ahora bien, si me preguntan cuáles son mis poetas preferidos, puedo hacer una pequeña lista. Colombianos: Silva, Giovanni Quessep, Meira Delmar. Latinoamericanos: Eugenio Montejo, Antón Arrufat, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Alejandra Pizarnik. Norteamericanos: Emily Dickinson y Edgar Lee Masters. Europeos: Kavafis, Cernuda y Reverdy. De otros lares: Kabir y Khayyam y los pocos poetas chinos que conocemos al castellano. En cuanto a narradores hay tres que marcaron mi rumbo: Virginia Wolf, Alejo Carpentier y Marguerite Yourcenar. Y si me piden que elija un libro, uno solo, me quedo fervorosamente con La Ilíada. Y si me dan permiso de elegir un segundo, le echo mano al Quijote y que me perdone Cervantes por elegir primero a Homero.

¿Qué piensa de las vanguardias poéticas?

Que han sido esenciales para renovar la manera de ver y asumir el arte, pero no han sido indispensables para hacer crecer la poesía, la que siempre ha existido con o sin vanguardias. Ese tema prefiero dejárselo a los críticos literarios, que saben enredar y destrozarlo todo inteligentemente. 

¿Cuáles son los temas más recurrentes en su poesía?
Creo que tal vez el tiempo, la evocación de lo perdido, un poco el amor y mucho
más la muerte.

¿Cree que vale la pena escribir poesía en estos tiempos de miseria y
asesinos?

El tiempo de los asesinos y de las miserias ha sido siempre; esa es la condición natural del ser humano. No veo muchas diferencias entre la época que nos tocó vivir y las pasadas. Dice Ciorán que en lo único en que la humanidad ha avanzado es en la higiene. Es decir, que ahora matamos con más pulcritud. Los artistas siempre han tenido que crear en medio del caos, ya sean estas angustias terrenales o individuales. Y como el arte no precisa pedir permiso a nada ni a nadie para ser, seguimos creando en medio del infierno. El arte, a diferencia de las políticas predadoras, siempre ha tenido su razón transparente de ser: develar el espíritu de nosotros los mortales. Y eso lo seguiremos haciendo tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz. Alguien tiene que señalar a los asesinos.

¿Qué opinión le merece la frase de Adorno, de que después de Auschwitz es inmoral escribir poesía?

La capacidad que tenemos los seres humanos para olvidarnos pronto de las grandes desgracias terrenales, como Auschwitz, nos permite continuar a pesar de todo. Es un mecanismo de defensa del ser humano. No estoy de acuerdo con Adorno. De ser así, el arte se habría detenido mucho antes de Auschwitz, siglos, siglos antes.

¿Se siente usted feliz por lo que ha escrito hasta ahora como poeta?

Partamos de que la felicidad no existe. Existen pequeños momentos, ínfimos momentos de felicidad. El dolor de vivir y sentir el universo no nos deja ser felices, y mucho menos a los artistas. Son felices los imbéciles, los que no pueden razonar. Más que feliz, me siento agradecido con los dioses buenos y malos que me han permitido escribir unos buenos poemas. Y por lo único que quisiera alcanzar la vejez, sería para poder escribir mejor, para ver consolidada una obra en torno a mis expectativas, casi todas aterradoras, para alcanzar la muerte sabiendo que hube saboreado la vida.

¿Qué significa para usted ser poeta?

Ser poeta es simplemente ser un hombre que puede ver más allá de donde todos ven. Por lo demás, somos iguales a la gran masa: muchos defectos, pocas cualidades, temerosos, infelices, míseros, caníbales, y afortunadamente, mortales.

Al poeta Hernán Vargascarreño se le puede ver a la orilla del mar caminando bajo las palmeras en la ciudad samaria del Caribe y a la consagración de su oficio literario ha obtenido los siguientes premios: Segundo puesto en el Concurso de relatos infantiles en Lengua Castellana Moscú, 1991. Premio Nacional Literatura del Caribe, modalidad poesía, 1993. Beca de Creación Literaria del Ministerio de Cultura, 1999. Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos, Cali, 2000. Segundo finalista en el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá IDCT, 2002. Premio Nacional de Poesía sin banderas de la Casa de Poesía Silva de Bogotá, 2003. Su obra ha sido parcialmente traducida y publicada en inglés. Es editor de la revista de poesía Exilio, una publicación de la Fundación Poetas al Exilio, donde ha publicado poetas de las distintas regiones del país como Omar Ortiz, Rómulo Bustos, Tallulah Flores, Nora Carbonell, Luis Mizar, Herbert Protzkar, Julián Malatesta, y poetas cubanos como Jorge Iglesias y Noelia Frómeta, y también la poesía de los poetas wayúu como Vito Apushana.

ASUNTOS DE CASA

Por HERNÁN VARGASCARREÑO

1
Primero fue una luz. La luz era un sueño.
El sueño una mujer y un hombre que se amaban.
Así, creció la casa.
2
Un día hubo humo en su chimenea.
Y niños iluminados de algarabías.
Un perro y un gato que siempre se peleaban.
Y un hombre sudoroso que llegaba a la seis
todos los viernes por la noche.
Había que oler entonces el amor
emanando por sus ventanas.
3
La casa acostumbró a sus habitantes.
Poco gustaba de visitas, a no ser que fueran
pájaros o aguaceros.
Nunca conoció otra semejante. Lo más cercano
siempre fue la casa del perro o el establo de
las vacas. Por eso era perdonable cierta
altivez que lucia en las mañanas
cuando alardeaban sus contornos.
4
Tuvo enfermedades como todo el mundo
pero siempre hubo alguien atento a sus dolencias:
ajustarle una puerta, cambiarle unas tejas,
remozarle sus colores, obsequiarle macetas nuevas,
esos cuidados menores que uno necesita
para poder volverse viejo.
5
Los muchachos crecieron y buscaron su destino.
Así la casa se acomodó sus primeras canas.
Madre y padre lucieron sus canas
y desgarraban el silencio en sus mecedoras.
Arriba, las estrellas y la luna, puntuales,
atestiguaban la reciedumbre de la casa
plateando sus testaduras paredes.
6
Un día ya no hubo más padre ni madre.
Y en la colina, se cavó para los muertos otra casa,
esa pariente subterránea avezada en olvidos.
7
De eso ya hace muchos años
cuando la casa vivía y aún no se había tendido
en su propio sueño.
Aquí pueden ver sus huesos a ras de tierra.
Su esqueleto demarcado entre yerbas y malvas,
nada más que pobre señales de un monstruo abatido
resistiendo a duras penas las ultimas cicatrices
de su memoria.

Del libro País intimo, 2003.

* Poeta y Sociólogo. Ha publicado los libros de poesía: Arte erótica, 1988.Los girasoles de Van Gogh, (Antología poética, 1980-1999) Vol 1, 1999. Atlántica, (Antología poética, 1980-2004) Vol 2, 2004. Su próxima publicación; En el país de las mariposas, (Antología Poética 1980-2005) Vol 3.

lunes, 8 de enero de 2007

POESÍA HERMÉTICA Y SURREALISMO


.Por Raúl Antelo
«Rechazar todas las cualidades de mi yo, que llevan con demasiada evidencia su carácter de circunstancial. Sólo en lo no perceptible y en lo no concebible veo yo cualidades eternas del ser. En el extremo último de este camino encuentro la única cualidad no transitoria de mi ser que es INEXISTENCIA.
El fondo real de mi ser es inexistencia.
Yo persisto como inexistencia.”[1]
Tal la definición del primer Pellegrini en el sentido de alcanzar la esencia del ser covaciado a cero. Cabría, sin embargo, a esta altura del análisis demandarse en qué reside la diferencia entre la inexistencia inoperante de los surrealistas y la nadería de la personalidad borgeana, elaborada en simultaneidad a la de aquellos. Diríamos que, en oposición a románticos y nacionalistas, Borges cree que “no hay tal yo de conjunto”, es decir, no existe sujeto unificado ni existe la noción misma de conjunto autónomo. Por consiguiente, nación y literatura no son exactamente ilusorias e insensatas sino tan sólo ficcionales, auténticos dispositivos de lenguaje. Borges no niega la conciencia de ser, ni la certeza inmediata de la visión. Niega en cambio que las representaciones deban perentoriamente ajustarse a la antítesis entre el yo y el no-yo y, más aún, que esa antítesis sea una constante. La naderia no es negativa sino afirmativa. No dialectiza el ser sino que deja acéfala la totalidad. Así el tamaño de la esperanza borgeana no consiste en negar la verdad democrática de que el otro sea un yo y de que yo para él sea un otro, o mejor, un ojalá no fuera. La fórmula de la nadería es la de la pura contingencia, el quidquid potest non fieri de Leibnitz. Como voluntad de poder, la naderia de la personalidad es voluntad de voluntad, acto eternamente repetido pero no menos revocado y así infinitamente potencializado.
Para los surrealistas, sin embargo, la voluntad de poder es voluntad de suerte, apuesta aparentemente no voluntarista en lo aleatorio. Hay allí por un lado una crítica institucional del arte y una búsqueda nihilista del valor aunque, al mismo tiempo, su refugio neo-romántico en la positividad agonística de la vida los vuelva materialistas e incrédulos del nominalismo. Julio Llinás proclama en su revista Boa que el cero es rey pero para ello argumenta que
“Al amparo de la fórmula del "libre-pensamiento" y sirvién­dose de ella en una gama infinita de interpretaciones, los mayores devaneos están permitidos. El hombre juzga para tranquilizarse y su juicio es arbitrario. Y como fundamentalmente, arbitrariedad es la negación de juicio, las consecuencias no se hacen esperar. La confusión se entroniza. El cero es rey. Y el verdadero Ser, debilitado y disminuído, confinado en el corazón de esa madeja de lodo, ve cómo sus poderes de comprensión y de conocimiento se adormecen progresivamente en su seno. EI juicio, mata.
................................................................................................................................
Cambiar la vida es una fórmula, probablemente, la más válida que haya anotado concretamente la poesía en su trayecto hasta el presente, pero es también el peligroso juguete de la arbitrariedad humana, en su defensa inagotable de ese triste mendrugo que es su propia miseria.
A pesar de ciertas interpretaciones posibles, pero erróneas de esa fórmula, su esencia no consiste tan sólo en obturar parcial o totalmente los numerosos rumbos de la nave social en cualquiera de sus aspectos ni en la planificación científica de un nuevo sistema de organización.
Tan sólo devolviendo el Ser al Ser, reintegrándolo a sus poderes, a su ingenuidad natural —único vehículo de sinceridad constante —, desmontando la máquina arbitraria de defensa y aniquilamiento, desvaneciendo las patrañas históricas y culturales, será posible desterrar la hiena hambrienta de la agresión y abrir los ojos a la Vida, que aguarda un paso más allá, detrás de la muralla, como una madre temporaria enloquecida y sola. El ejercicio sano, profundo y sincero de la poesía, si bien no siempre tiene por consecuencia la obra definitivamente reveladora, posibilita los pasos sucesivos de transgresión y de conocimiento, de aproximación a una existencia verdadera y total” [2]
Estas diferencias conceptuales se traducen en diversas teorías de la imagen y el enigma. Breton, retomando las ideas de Reverdy, sostenía, ya en el primer manifiesto surrealista, que la imagen poética más poderosa era la de más irrestricta arbitrariedad, aquella en que los términos de comparación eran más distantes.[3]
Con la mirada culturalista que le facilita la teoria del juego de Huizinga, el mismo Breton extrae una suerte de regla general de esa coincidencia de opuestos, a través de la fórmula de lo uno en lo otro[4], gracias a la cual lo propio de la imagen es ser, en verdad, inimaginable. Aunque apoyada en una supuesta liberación sensitiva, al ser construída, no obstante, a partir de lo circunstancial, esa concepción de la imagen se sostiene en una teoría de la ruptura que colinda con el antojo y el terror.
Por otro lado, tendríamos la teoría de la imagen borgiana. Su naturaleza es enigmática no ya por la materia sino por el modo que la constituye. Su exposición se recoge en Historia de la eternidad en la forma de las kenningar; pero hay también una demostración de su lógica en “La busca de Averroes”.Un personaje del relato insiste en la necesidad de renovar las antiguas imágenes que estarían desgastadas y anémicas. Averroes no comparte esa opinión y argumenta, en reparo a la teoría (surrealista) de la sorpresa varias cosas:
“La primera, que si el fin del poema fuera el asombro, su tiempo no se mediría por siglos, sino por días y por horas y tal vez por minutos. La segunda, que un famoso poeta es menos inventor que descubridor. Para alabar a Ibn-Sháraf de Berja, se ha repetido que sólo él pudo imaginar que las estrellas en el alba caen lentamente, como las hojas caen de los árboles; ello, si fuera cierto, evidenciaría que la imagen es baladí. La imagen que un solo hombre puede formar es la que no toca a ninguno. Infinitas cosas hay en la tierra; cualquiera puede equipararse a cualquiera. Equiparar estrellas con hojas no es menos arbitrario que equipararlas con peces o con pájaros. En cambio, nadie no sintió alguna vez que el destino es fuerte y es torpe, que es inocente y es también inhumano. Para esa convicción, que puede ser pasajera o continua, pero que nadie elude, fue escrito el verso de Zuhair. No se dirá mejor lo que allí se dijo. Además (y esto es acaso lo esencial de mis reflecciones), el tiempo, que despoja los alcázares, enriquece los versos”[5]
Borges, como vemos, contrapone, al terror inusitado de la imagen surrealista, el uso recurrente del thesaurus, gracias al cual institucionaliza su retórica. Se trata, en suma, menos de una visión que de una dicción. En esa diferencia, podríamos decir, uno se define moderno; los otros, vanguardistas. A juicio de uno de éstos, Enrique Molina, Borges practicó “una poesía como la visión de montañas en el horizonte, casi astral, no el brazo insaciable ni la boca suntuosa que invita al desastre, sino una línea de navaja negada a toda confusión, lejos del hechizo donde los cuerpos y el sol se enardecen con los sentidos y la campana de los muertos”[6]. Es ese llamado angustioso de lo sensorial y lo inmemorial que le confiere, en última instancia, a la imagen surrealista su carácter denso, cuando no hermético.