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viernes, 18 de noviembre de 2011

DANIEL PADILLA, PREMIO NAL. DE POESÍA "UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA"



Daniel Padilla Serrato. Sicólogo y escritor.

0.

En las aguas de la noche nos dijeron los mendigos que veríamos
la cara de la soledad más ciega y definitiva.

Apareció como una sirena que soñaba.
Aseguró morir de sed y yacía desnuda
sobre el cielo congelado.

Desde entonces su piel se refleja en el fondo de nuestras escudillas.
No hemos podido apartar la vista de su vértigo.

En los plenilunios
esta pálida cazadora se baña
con agua de nieve.

Temblamos bajo sus cabellos cristalinos. 
Por espejos de niebla cambia nuestros huesos.



I.

En el comienzo era un cráter:

Su vacío recorría el espejo
y nada se interponía entre la superficie y el fondo
salvo una música
poblada de agujeros luminosos.

Acostumbrado a mirarse con cautela
y desnudo de la cintura para abajo
poco a poco el cielo
fue dándose cuenta de su condición
                           de eslabón perdido.




II.

Un espejo vaga dormido en las ruinas del tiempo.
Hecho de arcilla, entra con sus huesos lacrados en los templos de la noche.

A ojo cerrado avanza por un sendero de ceniza rumbo al mar,
nocturno abismo donde se refleja el vértigo.

Siempre vuelve a encontrarse con la nada:
Un hombre erguido ante los astros
imagina que construye en sueños lechos de cristal.




V.

Aquí en las entrañas de la tierra estamos
nadando en los espejismos del antiguo jardín.
Toca con la noche nuestro despertar,
para abrir los ojos en el barro y hacia el cielo ver las estrellas
que duermen en Tu nombre.

Dichosa la constelación que te vio nacer
con esa herida en el costado,
donde bebimos los mares de un caos muy antiguo.

Aquí en el centro del agua
los muy olvidados besamos esponjas de sangre.
Con siete clavos en la lengua
y otros siete en los ojos
dormimos en el tiempo
el silencio de una eternidad que nos sueña.



X.

Dormimos en el alma de un fantasma
sueños invisibles.

Flotamos en el fragor de un mundo que desaparece
sin ruido. La herrumbrosa espada de la muerte pende sobre nuestro cuello de polvo.

La destrucción es otro sueño que se asemeja al agua cuando lo circunda todo.







ACTA DEL JURADO CALIFICADOR
DEL XXIV CONCURSO UNIVERSITARIO NACIONAL DE POESÍA
UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA


En la ciudad de Bogotá, a los once (11) días del mes de noviembre de dos mil once (2011), se reunieron en las instalaciones de la Universidad Externado de Colombia, los integrantes del jurado del XXIV Concurso Nacional Universitario de Poesía Universidad Externado de Colombia, María Clara Ospina, Luz Helena Cordero y Gonzalo Mallarino.

Después de leer y analizar los 53 libros presentados al concurso estuvieron de acuerdo por unanimidad en otorgar el premio a la obra bajo el título “El espejo dormido” presentado con el seudónimo: “Sebun”, que corresponde a Daniel Padilla Serrato con cédula de ciudadanía N° 80000683 de Bogotá, de la Facultad de Humanidades de la Universidad Tecnológica de Pereira, sede Ibagué. De este trabajo, dice el jurado: Los espejos y las reflexiones sobre el universo y la existencia humana dan unidad a este libro en el que el lenguaje poético construye y propone formas de ver y sentir. La otra realidad, la que muestra el espejo en su papel deformante y constructor, surge para fundar múltiples imágenes, con un lenguaje depurado y carente de lugares comunes.

Así mismo, el jurado quiere destacar el libro bajo el título “Desnudo, bajando una escalera” presentado con el seudónimo “Jack Lamotta” que corresponde a Andrés Camilo Torres Estrada con cédula de ciudadanía N° 1020717813 de Bogotá, estudiante de Humanidades de la Universidad de los Andes.


La presente acta se firma en Bogotá, D.C., a los once (11) días del mes de noviembre de dos mil once (2011).



María Clara Ospina               Luz Helena Cordero             Gonzalo Mallarino
CC N° 41.516.709 Bogotá     CC N° 63.291.342 Bogotá     CC N° 19.345.689 Bogotá
Firmado                                Firmado                                    Firmado










NOTA DEL POETA ALIRIO QUIMBAYO


Apreciado,Daniel Padilla Serrato, considero que este reconocimiento a nivel nacional a tu trabajo poético El espejo dormido”, llega con la certeza de la madurez de los frutos que tú has cultivado en silencio, con esmero y paciencia. Me alegro porque tu escritura pulsa otras líneas invisibles de nuestra existencia; pues, he tenido el grato placer de saborear la luz de algunos textos poéticos tuyos en verso y en prosa. Me alegro también porque tu Premio obtenido en XXIV Concurso Nacional Universitario de Poesía Universidad Externado de Colombia 2011, es en gran medida el justo reconocimiento a la Universidad Tecnológica de Pereira y a la Universidad del Tolima que nos abrieron este espacio académico; de modo especial, a la labor pedagógica y literaria de quienes fueron nuestros maestros en los seminarios de la Maestría en Literatura. 

De nuevo, buenas noticias para quienes amamos y reescribimos estas cordilleras y este cielo tolimense; que buena noticia para su gente laboriosa. Por eso, estoy compartiendo con mis amigos tu logro. 

Daniel, deseo que culmines lo que empezaste con la misma tenacidad del insecto devorando el tiempo. FELICITACIONES y un ABRAZO INMENSO con muchas bendiciones del Eterno.


Alirio Quimbayo Durán



jueves, 23 de junio de 2011

ALGODONES EN LA NARIZ / Daniel Padilla Serrato

Daniel Padilla Serrato
Prefiero las rarezas de los dormidos a las hazañas de los despiertos.
(Víctor López Rache)

Perdido en los meandros de la inconsciencia me arrastro a oscuras en el musgo del silencio hasta encontrar un sueño bajo los párpados. Una vez allí alimento la esperanza de libar el sudor negro de un árbol oculto en las grietas del no-ser. Tendido a la sombra de los muslos de la noche me vuelvo agua, soy infinito.

El sueño es una rosa —dicen los persas—, una fuente, un bosque, una filigrana de cenizas transparentes. Es el misterio de un alma que acaricia los espejos de la eternidad con una sed comparable a la de unos labios resecos por el desierto del día.

Visitamos un paraíso donde las cosas naufragan en armonía bajo la lluvia del tiempo, o se embriagan con abismos hasta que la materia se desmaya. Nos es dado probar tal manzana en esas horas nocturnas de incertidumbre y perfección. No hay arcángeles ni espadas de fuego. Todo es un profuso río.

Súbitamente, los reflejos líquidos de su caudal nos advierten de nuestra verdadera naturaleza: somos deidades de barro que la misma corriente en su incesante fluir deshace, condenados a despertar como castigo por haber probado El Fruto. Un primer haz de luz deja en la frente la marca del proscrito.   

En el destierro respiramos los infiernos del olvido.


Daniel Padilla Serrato, poeta y cuentista
  

miércoles, 3 de noviembre de 2010

POEMAS INÉDITOS DE DANIEL PADILLA


PARAÍSO

La serpiente cambió de piel:
fue relámpago
árbol
río de sangre.

La serpiente guardó tu corazón en su pecho
como una luna rota
tirada al trasto del olvido.

La serpiente mordió tu sombra
y desapareciste de la tierra como por ensalmo.

El eco agrietado de su prematura
fingida muerte
nos recuerda que todo amor
es un cráter violento y humeante.


ESPEJO DE MANO

Agarre un cuchillo afilado y corte la yema de su pulgar izquierdo a medio centímetro de profundidad. Luego, con ayuda de la otra mano abra la incisión, sumérjala en un platico lleno de alcohol y presione con fuerza contra el fondo, provocando que los extremos de la herida se abran un poco más, que su piel se desgarre y el tejido interno, poroso y palpitante, se impregne de la escandalosa abrasión en carne viva producida por el contacto con el líquido.

Acto seguido pinte dos puntos negros sobre el corte, simulando un par de ojos. Mire el tajo, abierto y rosáceo como una boca a punto de besar. Separe los labios. Deslice entre ellos de un lado para otro una hoja de papel, o pique justo en el centro con una aguja. Acérquese a esa nueva boca, introduzca la punta de la lengua en la ranura, recorra sus bordes. Succione con fuerza, sienta el gusto a sangre, hágase la idea de estar besando a una prostituta ebria o al fantasma de un niño degollado.

Al terminar lave con abundante agua y ate una venda alrededor de su rostro.


ZOOANTROPO

La estrella de la mañana desnuda su cara
cientos de soles negros tatúan con luto su piel
anuncian la muerte
imposible ignorar su furioso llamado.

Rugen las células en llamas
y el día se estremece salvajemente
cuando afuera de las ciudades
aúllan bestias atormentadas por el hambre y la sed.



PANGEA

Bajo la estela de un astro que atraviesa sin aviso el cielo de Pangea una niña se detiene frente a una estrecha caverna. Primero entra ella, a gatas, arrastrando el cabello lacio y largo que deja tras de sí finos cauces en el piso. Luego su madre, su padre y su hermana y después una pareja de ancianos. Sorteados uno o dos metros de rodillas el pequeño túnel se abre en un vasto salón donde caben todos de pie. El viejo le ofrece a la niña un largo sorbo de un licor rojizo y tibio endulzado con miel que guarda en un lustroso odre, y tras una breve invocación lo comparte con el resto. Están hambrientos y cansados. Vienen de lejos a venerar la torva imagen de una cabra que los observa desde una de las paredes. Una víctima de cuernos pequeños y pelaje feroz cuelga bocabajo, sumergida hasta la mitad en una gran olla de barro curada con cal y llena con el zumo de hierbas amargas. Se retuerce inútilmente mientras una soga gruesa y pegajosa lastima sus patas, hasta que por fin deja de moverse.

El volcán que sobresale no muy lejos en la planicie dispara hacia todas las direcciones escupitajos que iluminan el horizonte como un cerco de antorchas. Grandes paneles de granito yacen esparcidos, chorreando lava pura, cada uno como un santuario de roca viva dedicado al fuego. La mujer y la niña reptan hacia el exterior tras una brusca señal del hombre, que luego de arrancar el licor de las manos del brujo se apresura a su vez a salir. Humo de mineral quemado lastima sus ojos. Adentro los ancianos maldicen al unísono, en un dialecto procaz. Un tapiz de ceniza cubre el cielo calcinado.

El firmamento es una temblorosa mortaja de azufre que envuelve la tierra. Desde el interior las maldiciones alcanzan la cadencia de un canto fúnebre, al tiempo que la caverna colapsa, sucumbiendo todo bajo una bóveda de cuarzo. Los fugitivos son alcanzados por incontables proyectiles de piedra carbonizada, templada en el corazón del mundo. 

La niña se levanta emitiendo un gemido ronco, camina con los brazos abiertos y se detiene en la orilla de un inmenso cráter. Incrustada en medio de sus pechos, una gema del tamaño de un puño cerrado despide un haz de luz que descuartiza el cuerpo erosionado de Pangea, e ilumina el curso de las grietas por las que, con saltos ligeros y elegantes, ella se adentra sin prisa en un blanco crepúsculo.    

XIII.
¿De la mano de qué mendicante hemos llegado hasta esta montaña de vacío? ¿Qué oscura semilla de insomnio nos obligó a tapiar todos los abismos? Estelas de luz guiarán la ruina al lugar donde ahora el más estúpido del pueblo se interroga con violencia:         — ¿Habrá en el horizonte un corazón que incline su pecho para mirar la boca abierta de la noche? — ¿Serán voraces las estrellas que afilan la punta de sus colmillos en los ojos de los ciegos?

Despertamos a la mitad del sueño de un sol febril, sobre la húmeda llanura del delirio. Invadimos el silencio. Una horda de niños dementes borró con cal el sendero del nómada. Hombre, la llama en la noche, la piedra en la tierra era tu condición. 

XXIII.
Tras miles de años de letargo podremos ver en el cuenco de tu mano
la superficie del Mar de la Tranquilidad.

Con el tiempo finalmente será posible aprender el sagrado arte de morir
luego de penar con los ojos llenos de veneno
y transitar despiertos los cauces de la suerte sin negar el dominio de la noche.

Un trono se quema en el poniente:
Hacia ese lugar nos dirigimos
con los huesos calcinados por la pesadilla de la luz.

Nunca será más dichosa la ruta que alumbre nuestro paso
la mirada como un tapiz de flores blancas para cernir todas las cenizas del sol
y contemplar sin agonía la música de tu fuego azul.

APÓCRIFOS

Así los hombres olvidaron que todas las deidades residen en el corazón humano.
William Blake

I.
Antes del primer día hubo tres torbellinos:
Uno separó las cosas sin nombre
otro infundió su aliento a lo perecedero
el último edificó los límites de lo increado.

Luego
una hoguera fue encendida para despertar el verbo.

La calma se convirtió en un carnaval de sombras
que juraron sumisión a la mujer de la montaña
sus voces resonaron en las llamas hasta moldear el mundo
donde los charcos fueron puertas
cascarones de realidad
testigos de la confusión.

De estos emergió Elom
El Triple
El Tuerto
El Bocabajo
El Anónimo Perfecto en ascensión constante
para solazarse con la lengua de Ghora
El Eterno Encapuchado.

Ambos fueron proclamados reyes
por los pájaros y la lluvia.
Ambos ahogaron a la mujer de la montaña
con escupitajos de luz.

II.
El primer día se sentaron en un trono de plumas
a estudiar las escrituras y los astros
y todas las cosas que no existían
mientras el mundo levitaba entre agujeros de fe.

Ellos dijeron al unísono:

                                       Sea la materia un juramento de muerte
                                       Sea el tiempo una sala de espera
                                       Sea la vida el holocausto de las células
                                       Sea la carne una herida abierta
                                       Sean las plegarias escarabajos de cara al cielo
                                       Sea la mente un muladar de oro
                                       Sea el alma una esperanza envenenada.
Esto pronunciaron pero las aves no inclinaron la cabeza
sino que extendieron sus alas sobre los nueve puntos cardinales.

Presagios afilados salieron de las fosas para invadir el sueño de los profetas.

III.
Mil generaciones han atravesado los desiertos
de la ira y la costumbre.
Ghora está en el lado izquierdo de su trono
hablando del mundo sin conocerlo.
Elom a su derecha escucha pero no entiende
ocupado en purificar los delirios de su hermano
con el humo del paraíso encerrado en un espejo.

Ha nacido un niño
de cartílago y ceniza
mago de sombrero alado
animal de cuernos invertidos 
se pasea por el mundo cargando la cifra que propició la danza
del fuego y los huracanes y las alimañas
escondidas bajo las piedras del sacrificio
en el interior de los templos
en la piel de los ofidios.
                           
Este Heredero hace milagros en la misma lengua de su padre
sus palabras brillan como trompetas de sangre
recorren las aldeas esparciendo la magia de los puercos
incineran  el esplendor de las ballenas…

IV.  
Heredero:
príncipe sin ojos que reclamas el descenso.

Para recordar la sombra de la mujer de la montaña
deberás exponer el torso a la lujuria del viento
a las garras de la sangre
al cristal del amanecer.

Tres niños yacen tendidos en el lodo:
son frutos a punto de latir.

Un peregrino se redime noche a noche
con zumo de retinas fermentadas. 

V.

Al tercer día el Hombre y el Heredero se postraron ante los viejos reyes.
Éstos les ordenaron morir aplastados por el prisma de la Ley.

Cuando cayó el sol Kúbat acarició la limpia frente de Adam y cuidó su sueño
y vio que éste era bueno.

Desde la punta de un árbol de godra siguen naciendo tres torbellinos
que serán los pilares del presente
la voz de la Mujer
y la tentación de los soberanos.
De sus hojas secas surgirá una hoguera
para convocar nuevamente el bullicio de la creación.


DANIEL PADILLA SERRATO: Psicólogo egresado de la Universidad Surcolombiana (2004). Escritor y lector.

(Foto de Julio César Correa)




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