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viernes, 3 de junio de 2011

EL ARTE DE ESCRIBIR / Alberto Lauro



Por Alberto Lauro
escribir 
Desde que se inventó la imprenta la palabra ha sido para el ser humano una tabla de salvación en el naufragio final que es toda existencia. Y sobre escribir, ya sea como un arte o como un oficio se ha escrito mucho. Hay quien diferencia entre un poeta y escritor. Los dos no usan lo mismo: palabras.

Es Marguerite Duras una de las últimos autores que acabo de leer, o mejor dicho de releer, sobre la escritura, algo que me acompaña creo que antes de que tuviera memoria. Según ella: “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo”.

Todo lo contrario a la vanidad de que habla Juan Cruz en su bello libro Egos revueltos. He visto desde dentro –porque he trabajado en diarios y hasta en una agencia literaria- cómo los escritores “se fabrican”. Y es todo lo contrario a lo que yo creía. O a lo que un día creí. Vuelvo a mis años de adolescente en que la palabra escrita era lo único que me daba un poco de paz, de conocimiento y de sabiduría. Ahí estaba La Biblia –el libro de los libros- que nos ha precedido y que habrá de sucedernos en su inmensidad, como muchos creen, como palabra de Dios.

Tampoco ponderemos al escritor por encima de otras ocupaciones igualmente importantes. ¿Acaso es menos importante un jardinero, un  panadero, una costurera, un pastelero o un sastre? El pastelero y el panadero trabajan con la masa de harina como materia prima. El sastre y la costurera con retales de telas. El jardinero con las plantas. Cada uno tiene su espacio. El escritor con la palabra. Antes dije que era tabla de salvación para náufragos. Pero también es un arma arrojadiza. Contusionan, cortan como navajas, hieren. Y a veces matan. ¿De dónde viene el silencio de autores que como Rimbaud o –una experiencia a mi cercana- Dulce Maria Loynaz, llegados a un término de su existencia, dejan de escribir?

La palabra es también polisémica, o como decía en broma, poliédrica. No se lee igual bajo una prohibición que en total libertad. Bajo una dictadura o una tiranía las palabras para un escritor son también objetos peligrosos. Aunque estas prohibiciones tienen para Borges su  beneficio y su lado positivo. Según su agudeza a la que nos habituó, hasta el punto que ya no podía dejar de ser Borges, “la censura es madre de la metáfora”. Habría que preguntarle: ¿y la autocensura, la madrastra de qué?

Ray Bradbury, y eso que no me considero lector de ciencia ficción,  nos ha dejado un bello legado: “Zen en el arte de escribir” (Ed, Minotauro, Barcelona, 2002). Fina García-Marrúz me decía en La Habana que el único consejo que le había dado a ella Gabriela Mistral, siendo una bella muchacha enamorada como hasta hoy de la Poesía, fue esto: “escriba por urgencia y sólo por urgencia”. Si la urgencia no existe, que es lo único que justifica el uso de las palabras en la escritura, ¿para qué agregar nada a las miles de ellas que ya existen impresas?

En una memorable tarde de noche de paseo por Madrid, con los poetas Caballero Bonald y su esposa, Ángel González, Pablo Armando Fernández, Benjamín Prado, el editor Chus Visor, presididos por el cantante Joaquín Sabina y su bella peruana Ximena, haciendo yo de coctelero experto en Dry Martini –con la anuencia de los camareros de El bar “El brillante” de Madrid, le escribí al gran poeta y amigo de Oviedo, que tal vez resuman para lo que sirve el arte de la escritura, a lo que Antonio Acevedo Linares también se aferra como sobreviviente solo en alta mar:

PALABRAS
                          Para Ángel González

Mientras fornican, se bañan
Comen, bostezan, frivolizan
Se drogan, se emborrachan
O duermen como yo
poco importan.
¿Pero a qué teléfono llamo
-todavía peor si es madrugada-
En caso de urgencia?
¿A qué hospital acudo
Cuando son heridas,
Agonizan o mueren?
¿Dónde las entierro?
¿Con quién las velo?
¿Con qué fina aguja e hilo de seda
Las suturo para que no sangren?
Lo mismo que si fueran tuyas.
¿Por qué morimos?
Tú no que eres un Ángel
Y los ángeles ni nacen.
Ni se reproducen. Ni mueren.
Más frágil que todo son las palabras.
Y es lo dejamos. 

*Alberto Lauro nació en Holguín (Cuba) en 1959. Poeta, escritor y periodista. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana y la Autónoma de Madrid, dirigió el Taller Literario “Pablo de la Torriente” en Holguín desde 1981 a 1986. Ha trabajado como guionista de radio y televisión, en el Archivo Nacional de Cuba y en el Museo de La Ciudad. Ha obtenido numerosos premios y menciones en concursos literarios de Cuba, entre ellos el David, el Caimán Barbudo, el Mirta Aguirre, Literatura 86, La Edad de Oro y el Premio de la Ciudad de Holguín. Autor del poemario Con la misma furia de la primavera (1987) y de los libros para niños  Los tesoros del duende (1987) y Acuarelas (1990), todos premiados en Cuba. Además de los poemarios Parábolas y otros poemas (Ed. Rondas, 1977), El errante (Ed. Jábega, 1994),Cuaderno de Antinoo (Ed. Betania, 1994) y de varias plaquettes y libros de arte, aparece en numerosas antologías en Cuba: Como jamás tan vivo (1987), Andará Nicaragua (1987), Mi madre teje el humo de los días (1990). Y fuera de Cuba en: Un grupo avanza silencioso (UNAM, México, 1990), Poesía cubana: la isla entera (Betania, Madrid, 1995) y Poemas cubanos del siglo XX (Hiperión, Madrid, 2002). En el año 2004 fue galardonado en España con el VI Premio Odisea de Literatura por su novela En brazos de Caín. Obtiene en 2011 el XVI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza por su poemario Hijo de mortalesColabora con crítica literaria, ensayos de arte, reseñas y notas en distintas revistas literarias de España. Vive exiliado en España desde 1993. Es articulista del diario La Razón.

domingo, 3 de octubre de 2010

El Oficio de Escribir / Antonio Acevedo



Por Antonio Acevedo Linares

Yo escribo por la pasión de no dejarme morir.


Juan Calzadilla.

Escribir es prolongarse en la existencia y se escribe para permanecer porque lo que permanece lo fundan los poetas dijo Horderlin. El oficio de escribir se origina cuando el hombre descubre que es un ser destinado a la muerte. Héctor Rojas Herazo dijo que cuando el hombre descubre que se va a morir, ya tiene asegurada una vocación poética porque ser poeta es tener una alta conciencia del paso inexorable del tiempo.


Al final de la década de los años setenta cuando me inicié en el ejercicio de la lectura y la escritura de la poesía no lo hice no obstante por el descubrimiento de esa conciencia de la muerte, sino porque me había enamorado, pero no me había enamorado de una mujer, sino me había enamorado de las palabras, me había alucinado y maravillado con las metáforas y las imágenes y de la belleza que se podía crear con las palabras ensambladas para la creación poética, y ese enamoramiento permanece intacto treinta años después desde la mañana remota en la que empecé a escribir poesía. En un poema reciente lo dejé consignado.


ARTE POETICA


Antes de que me hubiera
enamorado
de mujer alguna de carne y hueso
me enamoré primero
de las palabras que me alucinaron
como años después el amor de una mujer.
Yo amé las palabras como
a una mujer desnuda
como años después descubrí la poesía
en ese cuerpo desnudo de mujer
y desde entonces mi poesía
vive y canta en estrechos besos
caricias y abrazos
entre el cuerpo y la palabra.

Sin embargo no fue la poesía lo primero que intenté escribir sino aforismos, estaba fascinado por escribir aforismos tal vez por la influencia de Nietzsche que por ese entonces ya leía. Las primeras lecturas son muy importantes en la formación de un individuo porque son las que pueden determinar y definir el descubrimiento de una vocación literaria o intelectual. Los poetas nadaistas, los poetas malditos, los surrealistas, los poetas de la época de larevolución cubana y los poetas latinoamericanos fueron mis primeras lecturas que me hicieron despertar esta vocación o pasión por la poesía. Pero sin saberlo otras lecturas mealimentaban, la lectura de filósofos y pensadores contemporáneos (Marx, Freud, Erich From, Marcuse etc) que me hicieron seguir años más tarde estudios de sociologia y filosofía.


La biblioteca pública fue el espacio donde todas las tardes a comienzo de la década de los ochenta me dio refugio como lector infatigable. La poesía fue mi primer amor a primera leída. Alucinado y maravillado por la belleza y la lucidez de la poesía un día me encontré escribiéndola y desde entonces empecé a vivir la vida poéticamente aunque la vida no fuera color de rosa pero a través de la poesía se la trasciende con sus desengaños, sus miserias, sus conflictos o su dura realidad. H. M, Enzensberger ha dicho que escribir poesía es el mayor grado de libertad que un hombre pueda tener pues para escribir un poema no se necesitan partidos y es una ocupación donde no hay jefes ni subornidados. Cómo no acordarme entonces de aquella frase que siempre he escuchado; hierba mala nunca muere, los poetas son hierba mala porque nunca mueren, se van a vivir, cuando mueren, a las páginas de los libros o en la memoria o sentimiento de los pueblos.


Los poetas auténticos y verdaderos viven a la enemiga, como dijera Fernando González, que no es más que no conciliar con el poder, el establecimiento o los dogmas. En las prisiones, en las trincheras o en el exilio los poetas han escrito poesía como lo corroboran; Hikmet, Roque Daltòn, Ungaretti, Juan Gelman etc. La poesía es un acto de resistencia espiritual del hombre contra todas las adversidades o condenas de la vida, contra el olvido o la muerte.Las palabras son alhajas de oro en la poesía que el poeta moderno hace brillar. La experiencia de escribir es la más solitaria y solidaria del que ha sentido la sensibilidad del lenguaje que lo ha convertido en poeta. La primera condición para llegar a escribir es amar las palabras y dejarlas encantadas, porque la poesía es el ejercicio de encantar las palabras, su valor estético y ético depende de esa primera condición.




DADIVA


Acaso la poesía es ese
don que te fue dado en la tierra
aunque un hermoso poema sigas
intentando escribir
sabes que en una sola línea
de un poema hay muchos años
de oscura experiencia interior
que urdir un verso que te
redima en el mundo es un arduo
ejercicio de la lucidez
como saber que la belleza
es ese cielo a donde también
van los mortales como Safo
en el antiguo cielo de Lesbos.

El que escribe de último escribe mejor, porque la poesía es a veces un sarampión en los jóvenes, como lo fue soñar la revolución en muchos que hoy se convirtieron en burócratas. En algún momento de nuestras adolescencias o terminando esa etapa, que adolece, como su nombre lo indica, de muchas cosas, se escribió pero se abandonó la poesía. El que logré quedarse con esa primera emoción temprana será poeta en su madurez y escribirá poesía, mientras no se le sequé el corazón y la imaginación. Rimbaud abandonó la poesía después de la adolescencia, pero ya había escrito una obra genial. La poesía es más importante que nunca, dijo Allen Ginsberg, porque es la forma más humana de expresión. En medio del caos de la comunicación y el exceso de información, la poesía es la voz individual que expresa la experiencia única y excéntrica de un individuo separado y solitario.

En la era de la Internet la poesía viaja por las autopistas de la red, lo que ha permitido salir de la invisibilidad en la que ahora se vive por la carencia de espacios literarios como los magazines o suplementos literarios en los periódicos, con la excepción de los festivales multitudinarios de la poesía. Ahora se dice que el que no está en Internet no existe, pero como la existencia no la definen los satélites ni los medios de comunicación, prefiero quedarme con la existencia en la definición clásica de la filosofía cartesiana del pienso, luego existo o tal vez seria mejor ahora del escribo, luego existo.

La experiencia de escribir es resultado de la experiencia de vivir, esto es, y para decirlo en palabras de Julio Ramón Ribeyro, escribir, es quizás una forma de conocimiento. En efecto, escribir es una forma de conocerse a sí mismo, de examinarse, de descargar sus delirios sus obsesiones sus fantasías sobre una página en blanco. La poesía es una defensa de lo más puro y bello del ser humano y por eso escribe el poeta con el hombre o la mujer que lleva por dentro. El origen de la escritura es una necesidad interna de comunicarse e inventarse a sí mismo. Creo que leer y viajar son dos de las cosas, entre tantas otras cosas como amar y vivir intensamente, que alimentan el ejercicio de escribir, pero hay quienes viajan con la imaginación sin salir nunca de su ciudad o país, me acuerdo ahora de Lezama Lima que apenas salió dos veces de su casa de viaje en toda su vida.

El filósofo que con mayor lucidez nos reflexiona sobre el ejercicio de escribir es Cioran, para quien escribir es una provocación, y para quien las fuentes de inspiración de un escritor son sus vergüenzas y quien no las descubra en si mismo o las eluda está condenado al plagio o la critica. El poeta, dice Cioran, se toma el lenguaje en serio, crea uno a su manera. Escribir es deshacerse de nuestros remordimientos y de nuestros rencores, es vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado que utiliza esas ficciones que son las palabras para curarse. La expresión es alivio, venganza indirecta de quien no pudiendo digerir una afrenta se rebela en palabras contra sus semejantes y contra si mismo.

En mi primer libro publicado, una colección de poesía erótica que titulé Arte Erótica (1988) tenía tres epígrafes: falo el pensar y vulva la palabra (Octavio Paz) menos tu vientre, todo es oscuro (Miguel Hernández) la poesía se hace en el lecho como el amor (Andrè Bretón) En su prólogo había escrito: Quiero decir que la poesía no es aquí el encuentro de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección (Lautrèamont) sino que la poesía es el encuentro de los cuerpos bajo palabra y también viceversa. El cuerpo como extensión de la palabra y la palabra como extensión del cuerpo. El cuerpo y la palabra recreados por el arte y el deseo, para una poética del cuerpo que haga memoria en la palabra, en intento de una poética de la palabra, que haga memoria en el cuerpo. Una poética del cuerpo y la palabra como la expresión más genuina de una poesía erótica y amorosa.

ARTE ERÓTICA II


Al celebrar el arte
del cuerpo y la palabra
y perpetuar en la
palabra tu cuerpo
y en tu cuerpo
la palabra
a la luz de tu cuerpo
como a la luz
de este atardecer
te vivo en toda la
extensión de la palabra.

Allí con ese libro había comenzado mi experiencia de escribir con esos temas y otros como la ciudad, el amor y la poesía etc. Eran los temas del surrealismo que entonces leía. El ejercicio de escribir como vicio como droga como provocacióncomo pasión como destino, que quizá uno elige, o que quizá la escritura lo elige a uno, es una constante en quien escribe, porque escribir es sentir y tener un profundo sentido de pertenencia con la especie humana, con la sociedad, con el mundo y consigo mismo. No obstante a veces consagrarse al oficio de escribir, a la literatura, a la poesía es un acto suicida en una sociedad que te quiere convertido en un honorable ciudadano, en padre de familia, con profesión y estabilidad económica definida, si tienes éxito eres un escritor de prestigio, si no, eres un fracasado, un paria, un desadaptado o un solitario frustrado, porque escribir implica muchas veces ser un desertor de las buenas costumbres, de la moral dominante, del establecimiento, del poder porque el único compromiso del escritor es con su propia obra y consigo mismo. El oficio de escribir responde a las necesidades básicas del ser humano y a sus derechos fundamentales. Apollinaire dijo que el mundo sólo se renueva por la poesía.

En su brillante y lúcido manual Método fácil y rápido para ser poeta,(2001, texto originado en el Taller de Poesía en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín) Jaime Jaramillo Escobar, nos presenta lecciones fundamentales en torno a la condición de ser poeta y su vocación, a la relación entre el poeta y la poesía, a la dignidad del poeta, a la relación entre ocio y poesía, la soledad del poeta, la educación de la sensibilidad, la imaginación y la fantasía, religión y misticismo, a la utilidad de la poesía, cuando leer poesía, el lector de poesía, la lectura de poemas, la compresión de la lectura, el propósito literario, el poeta como pensador, el escritor y la libertad, la poesía en tiempos de violencia, la diferencia entre escribir y redactar, la formación del estilo, los secretos para escribir, por qué es necesaria la buena puntuación, verso y poesía, por qué es importante conocer métrica y rima, verso medido y verso libre, el poema como forma y la poesía amorfa, los temas en la poesía, la poesía autobiográfica, el poeta y su infancia, la aclaración sobre “literatura urbana,”la inspiración, el sueño y la poesía, vanguardia y experimentalismo, efectos de la poesía en el tratamiento de los estados depresivos y en la adicción a narcóticos y alucinógenos, revistas y publicaciones literarias, critica y autocrítica, método para evaluación de un poema, los concursos literarios, el libro de poemas, el arte de titular, citas y epígrafes, las dedicatorias, los prólogos, los seudónimos, declamación y lecturas pública, el dinero y los poetas, las traducciones poéticas, el poeta como ensayista.

Son cincuenta capítulos seguidos en su orden de frases bellas y lucidas de escritores y poetas con referencia puntual a los temas tratados. Su lectura y estudioserá de mucha utilidad y pertinencia para quienes se quieran iniciar en el difícil arte de escribir (que es fundamentalmente creación, que requiere inventiva, imaginación, fantasía, originalidad, elocuencia y genialidad como lo señala el poeta, a diferencia de redactar que es redacción de una carta o un informe) y como manual para trabajar en los talleres literarios de lectura y escritura como se deberían llamar y no de escritores, que sólo se forman en el trabajo arduo y persistente con la palabra.







































































































































miércoles, 26 de noviembre de 2008

EL INTELECTUAL Y LA SOCIEDAD/ Antonio Acevedo


Por Antonio Acevedo Linares
Ponencia leída en el II encuentro de Escritores y Poetas en Santander
Nov de 2008.

El intelectual y la sociedad, esto es, el papel del intelectual en la transformación de la sociedad es un viejo debate de los años setenta, reunidos en la Habana en 1969 los poetas e intelectuales latinoamericanos, Roque Daltòn, Rene Depestre, Edmundo Desnoes, Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet y Carlos Maria Gutiérrez, debatieron el tema una noche en la casa del pintor Mariano en Cuba 1. Son célebres igualmente los debates de Oscar Collazos con Julio Cortazar y Mario Vargas Llosa 2. Pero en la Colombia actual parece recobrar vigencia ese viejo debate por las condiciones políticas y la relación entre el intelectual y la sociedad, como quiera que ya se viene señalando por parte de algunos intelectuales que no han perdido su postura critica, es decir, que mantienen en firme esa vieja idea del papel critico del intelectual o el artista en la sociedad, el intelectual o el artista como la conciencia critica de la sociedad, que la autocensura intelectual hace parte componente de la impunidad porque la intelectualidad critica ha desaparecido en los medios.

En la antigua Grecia eran los filósofos quienes ejercieron una postura critica en el marco de lo que de denominó la Paideia. En la Edad Media fueron los monjes y los sacerdotes que ejercieron el rol de celosos guardianes de la sabiduría y la verdad 3. El intelectual o el artista contemporáneo es un crítico de la barbarie, de la estupidez o de la ceguera del poder, aunque muchos intelectuales y artistas se hallan autocensurado en esta función social que les corresponde. El verdadero intelectual comprometido, viejo término que hizo parte de la polémica de los años setenta, su compromiso fundamental era pensado en términos políticos, esto es, un compromiso con el pueblo o con la ideología política que pretendía su reivindicación social, pero el verdadero compromiso era en realidad con su obra, el deber revolucionario de un escritor es escribir bien, dijo García Márquez. La obra tiene que ser una obra literaria antes que una obra política, es decir, una obra donde se resalte más la belleza estética que la ideología política, sin dejar el escritor o el poeta de tener una postura critica pero que sin que convierta en un panfleto su obra literaria.

En su dimensión crítica de la sociedad el intelectual está creando una concepción del mundo y de la vida, que será una nueva concepción de la nueva sociedad que quiere construir sobre los escombros de la sociedad vieja que quiere minar con su obra. La conciencia critica es el resultado de la inteligencia ilustrada, aunque para los años setenta esta idea era insuficiente, se hacia necesario un compromiso político del escritor porque estaba en juego era la revolución, pero las revoluciones algunas triunfaron, otras abortaron y las mas nos quedamos todos a la espera y su fracaso histórico hoy es evidente. La obra de arte no cambia la sociedad pero puede ser testigo de la transformación de una sociedad o de su estado de descomposición y sus síndromes de violencia y el intelectual no puede ser ajeno a las condiciones sociales y políticas de la sociedad de su tiempo.

“Dónde están los intelectuales en América Latina? Nuestra América actual sigue víctima de la carencia de unas voces propias, personales, testigos verdaderos y válidos, que denuncien una vez y otra vez y otra vez, la condición de masa muda, amorfa, acrítica e inconsciente, en que ha permanecido durante muchos siglos, sin que parezca posible que los llamados portavoces de la intelectualidad, quieran y sean capaces de rescatarla de ese estado. El continente sigue flagelado, anómico, aterido a complejos tercermundistas. Nuestros países siguen con la rodilla hincada en la tierra, entregando pleitesías a los viejos amos. Nuestra apoplejía tiene el tamaño de nuestra tristeza.

Continuamos engañados con espejos y sonajeros para impúberes. Los paraísos prometidos se han infartado por la deuda externa, la corrupción política y la violencia, sin posibilidades de redención. La expoliación e imposición del salvajismo tributario a favor de la banca mundial, nos está dejando sin agua, sin minerales, sin aire... Por momentos, la poesía y la lírica popular parecen una mueca trágica y fétida para los apátridas y guardianes del poder. El robo descarado de los recursos naturales de los indígenas, el hambre de los negros de Haití, la miseria de los mineros de Bolivia, la tragedia financiera de Argentina, el atraso del Perú, el caos y la carrera armamentista de Venezuela, las favelas y el sida del Brasil, la contaminación de Chile y México, la violencia de Colombia y la ignorancia de la clase dirigente de Panamá, no le importan a nadie. Menos interesan la inestabilidad política de Nicaragua, la pobreza de El Salvador y la ilegitimidad de los gobiernos.

Mientras la Comunidad Económica Europea edifica una sola Constitución, como expresión inequívoca de unidad, América Latina acrecienta su debilidad como si estuviera pagando una condena. No hay muchos progresos desde nuestra declaratoria de independencia. La desesperanza, el suicidio, el analfabetismo, la falta de oportunidades, el exilio interno y externo, la pobreza absoluta, el genocidio indígena y el terror impuesto a los campesinos, estructuran un eje ontológico en América Latina. Seguidos desplazados de todo, de lo mínimo. Nuestra mirada sigue absorta en los espejos de la ilusión. Estados Unidos sigue como un pavo real y nuestros gobiernos se arrodillan cada vez más, mientras en el interior de sus países preconizan, como filipichines, la defensa de la soberanía. El último acto de la tragedia de cinco largos siglos, es la firma del Tratado de Libre Comercio. América Latina necesita y merece un destino de grandeza y no de abyección. Nuestros intelectuales se han mantenido en cómodas dispensas burocráticas, esperando jubilaciones y canonjías del poder. No han querido asumir su papel, su condición, su ethos. Nunca se han articulado con los conflictos sociales y económicos de las mayorías. Han jugado con las cartas de la traición. Pareciera que la indigencia en las calles no existiera, que el desplazamiento campesino fuera una fábula, que la emigración y exilio por hambre y falta de oportunidades a Europa fuera un filosofema; que la marginalidad y la podredumbre que alimentan la literatura urbana fueran una elucubración metafísica y epistemológica.

Sin etiquetamientos nihilistas ni existencialistas, sin ahondar en contenidos políticos y filosóficos de la antigua Grecia o la Europa de Voltaire, Lamartine, Henry Lévy y Émile Zolá; sin recordar el caso Dreyfus, creo en el concepto de intelectual, creo en los intelectuales. La presencia de un humanismo entre nosotros es real, pero ha sido opacada por la indiferencia y la irresponsabilidad histórica y social de nuestros intelectuales. Tenemos intelectuales como Gerardo Molina, José Martí y Juan Montalvo, entre otros defensores de nuestra identidad. Pero la apatía general es abrumadora, paralizante. Prima el interés particular y no el general. La mirada egoísta sobre la mirada social. Ese silencio cómplice es parte de la colonización que nos aflige. Prometeo sigue encadenado a su propia tragedia. La intelectualidad del continente tiene la obligación de integrarse a la historia, y de asumir su responsabilidad frente al mundo, como lo escribió Jean Paul Sartre: "El intelectual no puede aislarse de la sociedad, ni la sociedad podrá explicarse sin él". Debe ser un testimonio de su tiempo y, más que eso, debe ser una aportación al progreso de la democracia y la libertad. No es desde una posición de empleómano donde se generan los grandes debates sobre el humanismo y el compromiso del intelectual. No es en la postración por décadas esperando una mesada jubilatoria como se les rinde homenaje a los episodios determinantes de la historia. No se puede renunciar al poder contestatario, no se puede claudicar en el ejercicio de las ideas.

El intelectual debe ser un productor de sociedad, un ser independiente, un testigo excepcional. Nuestra intelectualidad sufre esclerosis, catalepsia, desmemoria crónica. Basta observar el papel de nuestras universidades. Sus profesores se limitaron, como intelectuales reaccionarios, a dictar clases fementidas, en espera de una jubilación y otros privilegios hijos del sindicalismo educativo. Su contribución social y política se quedó en los pasillos de las rectorías y las elecciones universitarias a cargos directivos. La presencia de "esa intelectualidad", mucha de ella formada en el extranjero, con los recursos sabáticos del Estado, no supera las cafeterías claustrales. Esa actitud mediocre es parte esencial del derrumbe total de América Latina. No hay simposios y congresos que aglutinen pensamiento y generen controversias nacionales y continentales, no hay producción seriada de revistas, libros y periódicos que inciten la reflexión literaria y filosófica; no hay presencia de la inteligencia en los grandes medios de comunicación hablados y escritos, no hay concurrencia de pensadores europeos y norteamericanos en sus aulas. En síntesis, sólo medra la reproducción de un sistema acrítico, como profundización del malestar en la cultura. Nuestras universidades se convirtieron en multiplicadoras de tecnocracia, apuntaladas en lo económico y financiero por diplomados, algunos de los cuales enseñan la importancia del aire en la respiración. Es la indigencia elevada a categoría educativa y cognoscitiva. La garrulería. La conciencia comprada.

Hablar, por ejemplo, de los periódicos y diarios nacionales, es ahondar el abismo intelectual. Carecemos de magazines literarios y filosóficos. Ya no hay ejercicio del pensamiento. Las grandes crónicas, lo más cercano del periodismo a la buena literatura, desaparecieron. Las recetas de cocina reemplazaron a la intelligentsia; la etiqueta y el glamour, a los géneros literarios. Todo se convirtió en una simple reproducción de la estructura del establecimiento. Por su parte, las grandes cadenas de radio y televisión se dedicaron al dopaje, al más infame intento de estupidización colectiva, a partir, sobre todo, de comentaristas de circo y novelones. La intelectualidad continental no tiene radio ni televisión. Es otra de sus grandes carencias.

Un continente donde abundan las organizaciones cristianas dirigidas en su mayoría por estafadores y malabaristas, donde en cada provincia se impone la teoría crística de la resignación y el perdón, debe preocupar a los intelectuales. La multiplicación de hermenéuticas religiosas y sectas en América Latina, significa que caminamos hacia un mayor oscurantismo, hacia una mayor opresión. Tanto silencio no es ético. El resurgimiento de la Europa de las dos postguerras estuvo estrechamente ligado al trabajo de los intelectuales. La reforma, la ilustración y la revolución francesa fueron también obra de la intelectualidad. La independencia americana, la de 1810, fue otro logro de la intelligentsia. Hoy, esa intelligentsia, esa intelectualidad, es muda; y lo más preocupante, alguna de ella es parte activa, a través de revistas y medios de comunicación, de la opresión social y política de nuestros pueblos. El ejercicio del pensamiento, de las ideas, de la filosofía, de la literatura, no puede claudicar en un continente, menos en países como Colombia, donde la pretendida izquierda, la insurreccional, confundió la ideología del humanismo, del homo humanus, con el terrorismo y el acto criminal. Su carácter es absolutamente disolvente, fundamentado en la acción directa cuyo principal motor es la violencia, como en cualquier fascismo. Desde luego que "esa izquierda" tiene también sus intelectuales, fascistas por supuesto, de la misma manera que el fascismo alemán tuvo a Ernst Jünger, destacado precursor, autor del ensayo El trabajador, publicado en 1932.

El movimiento insurreccional colombiano está tratando de hacer una revolución sin doctrina, sin ideología, imponiendo la propaganda sobre la verdad, la mentira sobre la realidad, los negocios ilícitos sobre las reivindicaciones sociales, políticas, culturales y económicas. De manera que en esta nueva era de la globalización, en esta "ausencia de patria", como dijo en otro momento histórico Martín Heidegger, los intelectuales tendrán que reivindicar la existencia del continente americano. ¿Soy un intelectual? Desde luego que sí. Si el intelectual se define como el hombre académicamente educado y que trabaja en profesiones liberales, soy un intelectual y asumo de manera responsable el deber de no callar, de no ser cómplice, de alejarme de protoconceptos suprasensibles, para estar en el acá y no en el "más allá".

El Tratado de Libre Comercio en los términos planteados por Estados Unidos nos hará perder aun más la memoria, las ciudades incas y los avances astronómicos y desarrollos científicos de los aztecas. Quedaremos convertidos en un mercado cautivo para productos agrícolas y artículos a bajo precio, sin conciencia histórica, sin memoria colectiva. La intelectualidad tiene una alta cuota de responsabilidad. El interés público y la verdad no están en su dossier. Lo que importa es el olvido del ser, la negación de sí mismo, el vacío absoluto, la tartamudez y, en conclusión, la complicidad con el subdesarrollo, la dependencia, el desarraigo y la vida sin patria.

Nuestros intelectuales no se arriesgan, no proponen, no apuestan a la vida. Permanecen anestesiados por el aroma de la vida muelle y sin luchas. América reclama la presencia de los intelectuales, no de idiotas útiles como los Vargas Llosa, Apuleyo y Montaner. América pide a gritos hombres libres que digan la verdad, que orienten, que reinventen nuestra realidad desde nuestra historia. No necesitamos intelectuales que se arrodillen, que callen sus crímenes y encarcelamientos masivos por delitos de opinión, que camuflen su aterradora dictadura con propaganda de izquierda. América no puede seguir con una interpretación mitopoiética de la realidad cubana. El intelectual tiene que decir la verdad sobre Cuba, defender a su pueblo, como tiene que decir la verdad sobre la violencia colombiana: la que aturde, la que alimenta desesperanzas.

¿Dónde están los intelectuales en América Latina? La retórica colombiana se quedó hablando de Baldomero Sanín Cano, el profesor Luis López de Mesa y Hernando Valencia Goelkel. ¿Cuántas universidades tiene Colombia? ¿Cuántas facultades de filosofía, sociología, antropología, artes y literatura? ¿Dejaremos sacar todos nuestros recursos naturales para Europa y Estados Unidos? ¿Entregaremos a las futuras generaciones un desierto de hambre y desarraigo? ¿Cuántas facultades hay de medio ambiente? ¿Dónde están los intelectuales? ¿Cuáles son las propuestas de los intelectuales que formaron estas universidades frente a nuestra tragedia? Habrá que escribir una nueva "Carta sobre el humanismo" en América Latina, volviendo a Heidegger. Los intereses de nuestra realidad son opuestos a los de nuestra intelectualidad; sin duda, existe un conflicto de intereses. Los falsos intelectuales, los "perros guardianes" de que habla Paul Nizan, los enemigos del intelectual auténtico, ameritan un juicio de alcance histórico. Un verdadero intelectual fue Jean Paul Sartre, hay que reconocerlo. Su grandeza intelectual estuvo en su independencia, en su posición de izquierdista crítico y en su distanciamiento de ortodoxias como la del Partido Comunista Francés con su Iglesia y su biblia. Lo que tuvo valor para Sartre fue el interés público, la sociedad de la segunda posguerra, nunca un partido político como causa única y excluyente de otras formas del pensamiento.

La caída del Muro de Berlín, el derrumbe de la URSS, el fin por corrupción del sistema comunista albanés, el fracaso del sandinismo que insiste en imponer como caudillo a Daniel Ortega y los tanques chinos disparando contra los universitarios congregados en la Plaza de Tiananmen, indican que la democracia como participación social, inclusión, justicia y libertad, es nuestro destino. Hasta ahora, sólo hemos conocido sistemas maquiavélicos, dictaduras militares horrorosas como las del Cono Sur, democracias platónicas y estructuras excluyentes dinamizadas por la corrupción. América Latina no sabe aún qué es Democracia. Afirma Sartre: "Los intelectuales no son solamente el resultado de una decisión, sino un producto histórico y social, en el sentido en que surgen ante aquellas realidades desgarradoras que vive una sociedad y que expresan sus contradicciones. El papel activo que debe jugar el intelectual consiste, así, en no ser solamente producto de la sociedad, sino también, en ser productor de sociedad. El intelectual tiene la misión de referirse a la totalidad de lo que ha visto desde su particular punto de vista, que corresponde a su lugar de inserción en el mundo".

No se trata, pues, de clasificaciones: intelectual clásico, intelectual nuevo, intelectual reaccionario, intelectual orgánico. Se trata solamente de ser un testigo de su tiempo, como participación en la desgarradora realidad de América Latina. Asumir esa condición no significa el anhelo de la implantación en América Latina de un modelo, de un paradigma. Tomo de Sartre sus apreciaciones sobre el intelectual, de la misma manera que podría hacerlo de Umberto Eco, el francés Luis Althusser o el italiano Antonio Gramsci. Sartre pensaba que "su deber como intelectual era pensar sin ninguna restricción, incluso a riesgo de cometer errores". ¿Cuál es el papel del intelectual en América Latina en la era de la globalización? Derribar estatuas, quitar máscaras, estar al servicio del interés público, decir la verdad, vivir una práxica política de la honestidad con nuestros pueblos. El intelectual debe articularse hoy más que nunca a la actividad política, a los partidos políticos; pero en un acompañamiento altamente crítico y autocrítico. La pasividad ya no es posible. Lo posible es la participación, la construcción social y societal. En una América Latina sin liderazgos, el intelectual tiene que asumirse en una práctica política real. Controvertir el Tratado de Libre Comercio, por ejemplo, conlleva una seria participación y una juiciosa actitud intelectual. El escritor, el poeta, el filósofo, el sociólogo, el humanista, tienen que afrontar su condición de intelectual a favor de la sociedad. No es ni será jamás una equivocación filosófica ni política asumirse, apropiarse como intelectual en la sociedad. Lo detestable es renunciar a la capacidad contestataria, al ejercicio de las ideas, aceptando la propia indigencia mental y trasvasando la anomia social. La utopía no ha sido posible, sigue siendo el sueño inalcanzable de nuestros precursores. ¿Dónde están los intelectuales en América Latina en la era de la globalización?” 4.

REFERENCIAS
1. El intelectual y la sociedad. Autores varios. Siglo XXI, México, 1969.
2. Macelo Villamarin. El rol de los intelectuales en la sociedad moderna. Quito, 2004.
3. Literatura en la revolución y revolución en la literatura, Siglo XXI, España, 1975.
4. Germàn López Velásquez. El papel del intelectual en América Latina en la era de la globalización. Perú, 2008.

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