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jueves, 2 de abril de 2009

TRAS LOS VERSOS DE JOB/Premio Nal de Poesía "Porfirio Barba Jacob"-2009




I.
Quiero decir la palabra hambre para soportar su apéndice inserto
en el último hueso de mi brazo.
El hambre, la semilla ahogada, la sílaba pálida alimenta a la piedra,
jamás a los cuerpos, piel de la carencia.
Dueño de la tierra doblegada,
del viejo pan íntegro
y del lugar de la pertenencia y el de la justa verdad,
me protejo de las garras del sol que me persigue por las calles
y sierras lejanas,
un sol arqueológico,
seco y lacónico por el mundo.
Una tierra. El lugar, el pan, el sol.
El sol entre los dientes inunda las calles donde verdea la terrible
cerrazón de la garganta.
Se le hace trampa a la sed, al desquicio de un saco de nueces,
a la crueldad de nuestra señora de la carne.
Un colmillo duerme en medio de una apetencia prolongada,
el rey de los despojos
viene por los huesos que guardamos al amparo de la noche,
la médula del gigante o del raquítico,
los olvidados,
los hermanos del desierto.
El sabor de los huesos es más fuerte que el manjar de la carne ajena.
Deber de sobrevivencia: comer del caldero un poco de pan,
una taza de agua,
escupir de la garganta el miedo
y todo el espectro de la casa.



II.

Cuando llega la oscuridad roja del nogal, vemos a lo lejos una tierra
de saliva y de ceniza, asolada por utopías y palpitaciones de sal, la
lenta destrucción del tiempo.
No hay vestido para disfrazar el horror de la mujer de vientre
saqueado. ¿A qué mundo pertenece la tragedia que rompe el rostro, la
piel seca y los dedos oxidados?
Magos de sangre oscura le ajustan al cuerpo puros andrajos.
La luna hiena ve degradarse el bálsamo de tantas flores, vasta flor
sangrienta en lo alto de su tallo.
¿Quién se traga las lágrimas de piedra y el agua del ojo abierto?
Dios escupe insultos y derrama lágrimas entre las heces de un mundo
perdido.
De vez en cuando miro por las rendijas
(entre cuatro paredes terrosas, postigos cerrados),
cómo bajan los crujidos
de millares de pequeñas miserias,
miserias ínfimas de muescas, migas,
desnudas encías,
sonajeros y espejos rotos,
la miseria por un pedazo de cobre.
Mi ojo inspecciona una ciudad en ruinas
donde se incuban las pestes
y se limpian los huesos que perforan
la dolorosa materia de los sueños.
Quienes temen y se excusan alumbrar al mundo,
los que hieren con sus formas angulares,
empuñaduras de cuchillos,
marcas de uña.
Aquellos de pupila agazapada
nos siguen con su ojo grande,
el ojo arrogante que adora la caída,
la oscuridad de la letra,
el agujero profundo.
Dios es para ellos un ojo resplandeciente,
de obsesiva luz,
artificial e implacable,
no la forma y saber de un iris antiguo,
la eternidad en el ojo del hombre.
El aguijón ya está muerto en nuestro costado más precario.
Los ojos abiertos, desvelados, enrojecidos,
pertenecen a su mundo.
Continuamos y los ojos caen al abismo.
Los cabellos, los dientes, las uñas
y el blanco del ojo, el de ellos,
traspasa la piel de todos.
Todos los hombres se pudren
por los corredores de una tierra irrespirable.
Allá un hombre justo,
más acá, un hombre equivocado,
muertos en ya olvidadas sequías de plomo y cobre.


III.

La historia no dice que “entre estruendosas matanzas el mundo fue
conquistado y reducido”. Elude el asco, el baño de misa negra, el
sabor amargo de la enfermedad, el color de un antiguo destino.
Es el lugar de la simulación: siempre de soslayo el sueño de los
pobres, el humo entre las estatuas de arcilla húmeda.
Alguien golpea el cemento antiguo, se sienta y se olvida del tiempo.
El cielo se llena de signos, vestigios y tormentas de injurias. Ya no
hay habitantes sobre esta colina. Excavemos el mundo de las vidas
suspendidas, comamos tierra, abramos cuartos olvidados y más
puertas para satisfacer los caprichos de los muertos.

IV.
Ya es hora. Ya es hora.
La hora del cínico se abre en la espesura de las máscaras:
la silenciosa procesión de encapuchados, el bufón de la cara tiznada,
el rey de burlas.
La mujer de la venda en los ojos enseña sus dientes alambrados.
La calavera está de posada en posada,
de círculo en círculo.
Los hombres groseros se visten de gris.
Todo alrededor de números y fantoches, y sin embargo el cínico
prefiere un mascarón: el Dios de la guerra, el de la lengua roja y su vestido de gasa.
No mires el reloj del impúdico hasta que paren las furias del mundo.
Los bordes rojos insinúan la herida abierta
y astillada,
la angustia en el fondo del cuerpo.
Quien señala,
el señor del índice,
precipita el incendio que corre por las yemas.
Todo huele a piel
y a poder cuando los hombres pierden la sangre
de las manos y de los píes.
Las luces se apagan, estalla una oscuridad sucia y un estrépito que
llega a los oídos del hombre muerto:
blasfemias y aleluyas, humo de incienso y hedor de sangre.
Las formas se abren a la penumbra, los cuerpos naufragan
en residuos.
En la noche hueca nadie cierra las heridas.
Nos desplazamos hacia corredores, senderos hostiles,
veredas hundidas en la ceniza y paredes oscuras sin salida.
La peste camina en la sombra con su malicia y su ardid.
Las luces se prenden, se escucha la hora oficial.
Triunfamos sobre la noche, pero la muerte infame, de acento extraño,
se hunde más y más en nuestra carne.
Con los píes descalzos entre el aserrín y los clavos sueltos, nos
quejamos de la luz rasante, de la noche feroz que nos ordena huir
o soportar un ultraje.
La memoria de la suciedad nos indica que el polvo tiene cicatrices y
una gruesa costra.
Escapamos a la señal de ofensa, a los impulsos de nuestra antigua
hambre,
a la fuerza que arranca un crujido de falanges, un molino de huesos.
Sin embargo el gusto por el pan áspero y seco persiste en la garganta.


V.
Traigo a la memoria el pasado de cuatro inviernos, un mundo blando
pero fatigoso a la vez, patria densa acostumbrada al barro y al
arbitrario alimento, un país de sombra que nos empuja sin tregua
contra el cielo bajo.
Sobre las tablas húmedas crujen los odios, el olvido, el amarillo de
sus márgenes.
“Balbucea, retrocede y huye”.Huir, fugarse, eludir, evitar sin tardanza:
el éxodo comienza.
No podemos deshacernos de esta crónica sorda,
de túmulos funerarios, viejas sepulturas,
amargas moradas del exilio,
el desierto donde la memoria es un suplicio
y los caminos (divergentes, precarios, abiertos)
descienden hasta la ruina.
Calla el bastón, calla la piedra y la huella, un hueco se incrusta entre
las palabras, mordidas y despedazadas palabras.
Las preguntas mueren, sin reconciliación, sin lugar.
Sólo una mano pasa sobre la espalda empalada, los zapatos dispersos
y la piel que cuelga de un sol a cuestas.
Jamás quisiéramos morir en este cerrado horizonte, no, en ningún tiempo.
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La Pipa de Magritte
Gabriel Arturo Castro es poeta y ensayista. Ganador de los premios nacionales “Aurelio Arturo” 1990 y “Ciro Mendía” 2006. Fue colaborador habitual del "Magazín Dominical" de El Espectador. Actualmente escribe en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República y en otros importantes medios nacionales. Ha publicado: Libro de alquimia y soledad (1992) y Alquimia de la media luna (1996).

1 comentario:

CARLOS ARTURO GAMBOA dijo...

El premio Porfirio Barba Jacob demuestra una vez más que se ha convertido en un buen escenario de juicio para la poesía colombiana, con la premiación de este poemario, demuestra que está mepeñado en resaltar el trabajo estético de calidad y la poesía como ejericio de reflexión.

Un felicitación a Gabriel Arturo y esperamos pornto contar con la obra publicada en su totalidad para enriquecer nuestars lecturas de las nueva poesía colombiana.

Y un saludo a la Pipa, por esyar siempre al tanto de estas noticias literarias...