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sábado, 23 de diciembre de 2006

LA POESÍA COMO ACONTECIMIENTO



Por Julio César Correa
Formular lo inefable, comunicar lo esencial, lo incomunicable, lo intransmisible, es una imposibilidad que la poesía substituye con bellas e inquietantes metáforas.
Eduardo Azcuy
La poesía es un verdadero acontecimiento. Acontecimiento es aquello que emerge y se hace presente al tiempo que está dejando de serlo, pues ya se ha deslizado hacia ese pasado efímero en el que caen los segundos como gotas de agua sobre el océano. Lo cierto y lo real es aquello que se reconoce en la fugacidad, en la temporalidad, como condición suprema de todo lo que cobra significado, como todo lo que es humano; sobre el horizonte de la temporalidad el hombre adquiere sentido.
El acontecimiento se opone a lo que está dado, a lo prefabricado; a aquello que se ha ido momificando a la luz de las costumbres y de las tradiciones. Se opone y se contradice con todo lo que se pueda anticipar y modelar desde las premisas de la racionalidad instrumental. El determinismo, el conformismo y la estaticidad son maneras de ver el mundo según los criterios de las agencias de poder y de los mecanismos de control. Por ello, la poesía es ruptura, deslumbramiento y oposición. Ruptura con las realidades devenidas clichés, esas maneras de ver el mundo desde las consignas mediáticas; deslumbramiento porque obliga a asomarnos a otras realidades que anuncian, a su vez, mundos más humanos, donde se reflejan quizás todas las miserias de los hombres. Es oposición porque quien transita los senderos de la imaginación, debe necesariamente ubicarse en las márgenes y no en los centros de poder. Es oposición, porque desde la capacidad anamnésica de las imágenes se puede llegar a tocar el corazón de los hombres, porque la poesía y sus imágenes nos impelen a percibir el mundo con otros ojos, de otra manera. Mediado por las imágenes de la poesía el mundo se abre, a manera de pliegues, en otros mundos, en otras realidades que no se dejan fabricar, tal y como ocurre hoy bajo el imperio de la industria del entretenimiento.
Lejos de la tradición que hunde sus raíces en la comodidad y en la vejez de los lenguajes, la poesía se levanta para interpelar el comercio a que se somete la palabra en la comunicación. De allí que su predilección por la metáfora haga que el lector-autor se comprometa en la interpretación del texto, cerrando/abriendo nodos y haces de comprensiones para proponer, transitoriamente, otras interpretaciones, lejos de los consensos oficiales. La imagen hará que el lenguaje de la poesía se repliegue/despliegue en miríadas de mundos, desterrando la tranquilidad a que somete la educación y los exegetas oficiales los horizontes de sentido. Por eso, la frase obvia y el lenguaje preconcebido de ciertas tendencias poéticas fenecerán bajo el peso inexorable de la primera lectura.
Acontecimiento es todo aquello que huye de la posibilidad de ser predeterminado o sobredeterminado. Por ello se torna autoorganizado como si fuera un sistema complejo. Lo incierto y lo indeterminado acompañarán el tránsito que hace el poeta, el creador, hacia universos que sólo son puertas hacia otros universos de manera casi infinita. Lo poético como lo creativo lleva esa impronta. Aquí no hay unas causas primeras que desemboquen en unos efectos posteriores. El acausalismo es una suerte de milagro, de acontecimiento, de azar. Es un cierto nivel de correspondencias y de sincronicidades que ocurren en el universo y que no se pueden explicar de la misma manera en que se acostumbra a pensar dentro de los parámetros de la cultura silogística. No hay un antes seguido de un después, como en la visión tradicional que ha imperado en occidente y en nuestra cultura. Esa visión lineal y causalística se rompe para ingresar en otras dimensiones, en otras realidades que el poeta es capaz de construir/develar.
Como lo dijera Pablo de Tarso: “El mundo tal y como lo vemos está sucediendo”. En esa capacidad para poder percibir el mundo como algo que es y no es estamos quizás comprendiendo eso que los físicos encontraron al interrogarse sobre la realidad última de la materia. Esa paradoja que puede llegar a paralizar el pensamiento y la acción, es la que capta, en su esencia, el poeta. El poeta, a diferencia de los otros mortales, es capaz de caminar descalzo sobre el borde filoso de la realidad: sin disecarla como los científicos y sin idealizarla como los humanistas.
El poeta sabe que la realidad debe ser reinventada, que aquello que le han entregado, como legado de la humanidad, es insuficiente, que no es más que una versión mínima de la realidad total. Como dijera Paul Klee “lo visible es sólo un ejemplo de lo real”. Eso significa que lo visible, lo real, es tan solo un punto de partida, un posible comienzo, pero igualmente significa que es necesario encontrar/construir otras realidades. El poeta sabe que lo que tiene ante sus ojos es apariencia; no porque no sea real, sino porque sabe que es una epifanía. Una manifestación de otros posibles mundos, y no se conforma con lo que le entregan las agencias de poder.
La poesía como acontecimiento es la reivindicación de la imaginación y de la sustancia que ésta secreta, la imagen. La poesía que cifra su fundamento expresivo en la imagen, es capaz de arrinconar el lenguaje fosilizado del hábito y de la costumbre. Roberto Juarroz dice al respecto:
No se puede seguir recurriendo para transmitir esta apertura hacia una realidad más amplia al lenguaje convencional, pragmático, que es ya una moneda de intercambio demasiado gastada entre los hombres. Es imprescindible encontrar otros recursos y entender que no hay gramática, retórica o análisis discursivo que pueda servir para este objetivo fundamental de la poesía. Es preciso encontrar otro lenguaje. Roland Barthes dijo no hace mucho: La poesía es el lenguaje de todas las transgresiones del lenguaje, de todas las excepciones del lenguaje, de todas las otras posibilidades del lenguaje. En una entrevista, no mucho antes de morir, Borges dijo que el lenguaje común, convencional, el lenguaje estancado por las necesidades del comercio, la rutina, la política y todos los dobles discursos que pueblan este mundo, es poesía fósil.”[1]
Se trata de acercarnos a la poesía como a la realidad de una manera distinta; en todo caso, lo que se busca es estremecer los estratos más profundos de la psique humana, quizás para producir no revoluciones, sino conmociones emocionales, las únicas capaces de transformar a los hombres. El hombre que es capaz de conmoverse con el lenguaje de las imágenes, es igualmente capaz de descorrer el velo de Maya para encontrarse con las voces y las palabras de los poetas que han sabido erigir universos abiertos y desplegados hacia otras realidades, mucho más inciertas e inquietantes que la realidad inmediata que emerge ante sus ojos. Por eso decide bucear entre las metáforas. Sabe, mejor que los astronautas, que el mundo visible no es otra cosa que la manifestación de otros mundos, esos que subyacen en la piel de los poemas como en la piel de la imaginación. Georges Jean comenta a propósito de lo antes afirmado:
“La buena imaginación es aquella capaz de organizar el mundo de las imágenes que produce, incluso hasta el delirio, y con las que, sin embargo, no se ciega; aquella que se encuentra alerta para despertar y que es capaz de desgarrar por un tiempo el velo con el que envuelve la visión que tenemos de las cosas y del mundo.”[2]
La radical novedad en la poesía, el acontecimiento, es quizás una búsqueda de original existencia. Obedece al declive del pensamiento y a la supremacía de la imaginación y la sensibilidad. Se trata de superar los dualismos y las antítesis en que se ha venido debatiendo el conocimiento occidental. Se trata de superar o de profundizar aún más la escisión del pensamiento, tal y como lo hizo Antonin Artaud. La enfermedad puede ser una manera de expresar el mundo, sin pretender reducir la creación estética a lo patológico. Pues la “enfermedad” es de las pocas formas en que una sociedad controladora y represiva permite a sus miembros expresarse de manera auténtica. Cuando lo espontáneo es reprimido, la locura, la embriaguez y la poesía permiten y hacen posible que se abran de nuevo esas compuertas aparentemente clausuradas.
Existe, entonces, una relación entre la poesía y la vida misma. No se puede pretender hacer poesía asumiendo la vida como pasatismo, viviendo de manera inauténtica. La radical novedad en la poesía exige una vida de compromiso con la vida misma, con la poesía. Es necesario asumir los riesgos, pues cuando se busca, más allá del logro estético, el aplauso fácil y el reconocimiento social, creo que se está renunciando a la poesía como acontecimiento. Sectores y corrientes poéticas llevaron este hecho al extremo, llegando a entrever ligazones entre la poesía y el compromiso político.
Finalmente, hay que decir que la radical novedad debe diferenciarse del espontaneísmo, del descuido y de cierto facilismo con que algunos asumen el acto mismo de la escritura. El acontecimiento no niega la necesidad de trasegar con la palabra como materia prima de la poesía. Igualmente, es importante apartarse de la idea de genialidad o de culto al genio; en este orden de cosas, el poeta no se concibe como alguien alejado del contacto con la cultura, con el conocimiento y con la sociedad. El malditismo en la poesía, es sólo eso, una manera anacrónica de asumir la vida y la poesía.
Manizales, 22 de julio de 2004.



[1] Conferencia dictada el 8 de septiembre en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires y editada en “El Jabalí”, Revista ilustrada de poesía, número 3.
[2] Jean, Georges. Los senderos de la imaginación infantil. Primera reimpresión. Fondo de Cultura Económica. México: 1994. Pág. 211.

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