Páginas

viernes, 5 de enero de 2007

CITAS CITABLES DE ROBERTO JUARROZ





1
Entre muchos recursos, hay dos que para mí son relevantes: el primero es el formidable poder de imaginación humana y su gran producto que es la imagen. La imagen que nos pone delante, como diría Paul Eluard, que nos da a ver la realidad. Y junto a la imagen el poder de la plenitud del pensamiento, de todo lo que significa profundidad, inteligencia, sutileza. Todo lo que el hombre lleva en sí, aunque a veces no lo confiese.
2
La poesía es una forma de despertar. Es una forma de volver a abrir los ojos, de empalmarnos con lo que todas las corrientes de filosofía y sabiduría han dicho a través de los siglos: no basta con nacer una vez, es preciso volver a abrir los ojos; es preciso nacer de nuevo.
3
Nacer de nuevo a qué y de qué. Nacer de nuevo de todo lo que la costumbre, el hábito, la falsa cultura y los estereotipos han estancado dentro nuestro y no han dejado que se transforme en fuerzas realmente creadoras.
4
Nacer de nuevo, despertar de nuevo, abrir los ojos. Porque la poesía no puede hacer otra cosa en su búsqueda de la realidad, que es su principal sentido inasible e inexplicable que convertir en presencias que de alguna manera acompañen más la soledad del hombre. Y la poesía no puede hacer otra cosa que una simple ruptura, una triple ruptura para eso. Una triple ruptura que es, quizás, el gran aporte de la poesía moderna.
5
Ruptura en primer lugar de una visión consuetudinaria y estancada de la realidad. Apertura de la visión de la realidad, de la visión del mundo. Esa apertura que supone entender y percibir aquello que dijo William Blake y que algún novelista importante utilizó como epígrafe de su libro: si se limpian las puertas de la percepción, todas las cosas aparecen tal cual son, es decir, infinitas, todas las cosas aparecen tal cual son dándonos la prueba y la verificación de que la realidad no tiene límites. Como dijo Paul Klee, lo visible es solo un ejemplo de lo real.
6
La tercera ruptura, la más difícil, es la que provoca aquel miedo que mencionaba Albert Beguin. Cuando le preguntaron por qué la gente no lee mucha poesía, él contestó simplemente: porque le tienen miedo, porque la poesía debe abrir las cosas, debe ponerlas al desnudo, debe ponerlas a la intemperie ¿y quién resiste esos climas de alta tensión y de alta presión?, ¿quién resiste que la muerte sea tan natural como la vida?, ¿quién resiste que el amor puede ser ascenso o caída?, ¿quién resiste que nuestra vida esté llena de todas las cosas que pueblan nuestros mundos, los árboles, los ríos, los cielos, la lluvia, pero no como decorado sino como algo que forma parte de nosotros?. Entonces, todo esto asusta, es lo que constituye esta tercera ruptura que es transformar nuestro propio modo de vida, transformar y convertir la vida en algo más activo, más potente, más intenso y por utilizar la palabra de hace un momento, más despierto.
7
Para ello recurre a la imagen, el giro nuevo, diferente, insólito, el giro imprevisto del pensamiento. Aquello que se presenta en el pórtico de la poesía moderna en "Las flores del Mal", estoy hablando del poema "Correspondencias". Allí podemos sentir que si el hombre despierta a la realidad y cambia la escala de lo real, entendiendo que la poesía es un ejercicio de realismo y no de evasión, el universo es un conjunto de correspondencia, de relaciones que se corresponden entre sí, y que el artista o el poeta o el ser que despierta pueden recoger, plasmar, transmitir.
8
La tradición de la ruptura que deja de lado la anécdota, lo pintoresco, el mero adorno, el mero juego, para alcanzar a través de la polisemia y a través de la imagen una trascendencia que no consiste necesariamente en proyectarnos a ningún mundo ultraterreno, sino aquella que consiste en decimos que cada cosa es otra cosa y que hay que buscarla. Que cada elemento es, como diría Antonio Machado la otredad, la profunda otredad que invade y domina la vida y todo lo que la vida percibe. Esa trascendencia, sería una trascendencia vacua, sin un objeto definido, que sin embargo tiene la plenitud de este pequeño poema de Rimbaud: "Tiré cuerdas entere todos los campanarios,/ vinculé con lazos todas las ventanas, uní con un collar de oro las estrellas, el cielo./ Ahora yo danzo."
9
Hay una hermosa expresión de un autor alemán, Henrich Berger, el novelista. En alguna parte escribió que el poeta no necesita la libertad. Toda la poesía moderna es una aventura detrás de una libertad, de la libertad expresiva que hay encerrada en el hombre, de la libertad de la comunicación con lo real, de la libertad contra todos los poderes infaustos que tratan de dominar al ser humano. El poeta no necesita la libertad, porque es la libertad. La poesía, sobre todo en su forma moderna, en su actitud moderna, en su indagación eterna, en su búsqueda eterna, es la libertad.
10
Pero yo creo que aquí, en relación con el silencio y su expresión, hay algo por recordar: NO HAY POESÍA SIN SILENCIO. No hay poesía sin que el poeta haya tomado en su plenitud el hecho de que cada palabra es, además de una carga de sonido, una carga de silencio. En poesía (y en cualquier poema) es tan importante lo que se dice, como lo que no se dice. Como dijo una vez un poeta: un poema no son estos dibujitos sueltos como clavos sobre una página, sino el blanco que los rodea.
11
El profano, el que no sabe, pero que cree que sabe, escribe con palabras, el poeta escribe con silencios.
12
La "inspiración" es palabra que está desprestigiada por los impostores. Un poeta se "inspira". El problema es que hay poetas que sólo se "expiran" y nunca se "inspiran".
13
"Para ver un mundo en un grano de arena / y un cielo en una flor silvestre, / sostén el Infinito en la palma de la mano / y la Eternidad en una hora". W. Blake

martes, 2 de enero de 2007

LA POESÍA, LOS IMBÉCILES Y EL PODER


 Por:Alfredo Medrano R.


Sería ideal que quienes asumen las riendas del poder, con pequeñas o grandes cuotas, busquen la fórmula, que ha de ser mágica, de conciliar el ejercicio rutinario y prosaico de manejar las estructuras administrativas y políticas con una buena dosis de imaginación poética.
A no ser que aceptemos que es definitivo el divorcio entre el poder y la poesía, y que el postulado de los estudiantes anarquistas de París, en los años 60, “la imaginación al poder”, no tiene ningún asidero.
Ha sido Aldo Pellegrini el que planteó reflexiones inquietantes, y al mismo tiempo poéticas, sobre el carácter irreconciliable de la imbecilidad humana con la poesía, al escribir: “La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes.
No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que por más esfuerzos que hagan los imbéciles no puede abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes”.
Desde la óptica de Pellegrini, “es el pueblo el poseedor potencial de la suprema actitud poética: la inocencia. Es el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. El inocente, concientemente o no, se mueve en un mundo de valores (el amor, el primer término), el imbécil se mueve en un mundo en el cual el único valor está dado por el ejercicio del poder”.
Los imbéciles, a quienes podemos llamar “pragmáticos” en la jerga neoliberal, reptan o se arrastran pero no vuelan como las aves. Reptiloides, cucaracháceos y cocodrílicos, buscan el poder en cualquier forma de autoridad.
El dinero es su principal motivación, pero también controlar toda la estructura del Estado, “desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro de los burócratas; desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo; desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes. Toda esa suma de poder está organizada contra la poesía”.
¿Y para qué quieren poesía los imbéciles si les basta con satisfacer sus expectativas y necesidades más viscerales? Pellegrini no se plantea esta pregunta, pero remarca que la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse y tiene, sin duda, cierto prestigio ante los imbéciles.
“En ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinados, bibelots, joyería y algo así como la poesía. En esa poesía que ellos usan, la palabra y la imagen se convierten en elementos decorativos, y de ese modo se destruye su poder de incandescencia. Así se crea la llamada “poesía oficial”, poesía de lentejuelas, poesía que suena hueco”.
Con esta misma lógica, Mario Benedetti observó que ahora, en los tiempos del pandemonium neoliberalista y su cortejo del más rampante y grosero materialismo, los poderosos buscan salir en las fotos junto a artistas y escritores de prestigio.
No les interesa fomentar el arte y la cultura, pero sí darse el pisto de “cultos” e “inteligentes”, como si por ósmosis o rebote se convirtieran en tales con solo estrechar la mano de celebridades. Y a muchos famosos del arte y la cultura, por supuesto, también les gusta aproximarse al poder. Sin embargo, los poetas de sangre y médula siempre miran al poder con sospecha y a la defensiva.
Los imbéciles, puesto que viven en un mundo artificial y falso, basados en un poder que no pueden ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, mientras los poetas son portavoces de esa realidad que pretenden ignorar o negar. Los poetas procuran no alejarse de esa realidad, y al mismo tiempo idealizan con transformarla.
Parece que, en nuestro país, el nuevo presidente indígena conserva una coraza de inocencia que lo puede proteger de las tentaciones perversas del poder. Sería una magnífica iniciativa que, además de que su equipo de colaboradores adquiera el hábito de madrugar a las cinco de la mañana para iniciar su trabajo, como él lo hacía en las jornadas de campo cuando se levantaba con los primeros clarines de gallo, todo su entorno ejecutivo y legislativo se empape con algo de poesía.
Desde la percepción de los anarquistas del siglo XIX y las primeras décadas del XX, el contacto con el poder corrompe de manera inevitable, y la poesía puede actuar como un antídoto, pero también como un prisma para enriquecer y humanizar la política y la visión del país y del mundo. Etica y estética deben ir siempre de la mano, ahora que tanto se critica que la política ha perdido todo sentido moral y de solidaridad humana y social.
La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo y se defiende sólo por su calidad de incandescencia. Aldo Pellegrini insiste en que sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen los dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad. Por eso la poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.
Algún autor decía que “la poesía existe para que la muerte no tenga la última palabra”. Esto puede sugerir que los imbéciles no tengan la decisión final sobre el destino de los inocentes. Y Edmundo Camargo postulaba que “poesía es todo lo que evita los derrumbes internos”. La poesía apuntala, pues, los andamiajes no del poder sino de la supervivencia humana en medio de la marejada y los sismos.

lunes, 1 de enero de 2007

BAJO EL SOL DE MARZO, prólogo de Orlando Mejía Rivera



PRÓLOGO

“Uno nunca sabe qué engendra qué: una experiencia
un lenguaje, o un lenguaje una experiencia”
Joseph Brodsky. Marca de agua.
Imagino al poeta Julio César Correa caminando por la ciudad como el Flaneur que descubrió Walter Benjamin al interpretar el París que poetizó Baudelaire: una ciudad recorrida por un buscador sin brújula, atento a los detalles de las arquitecturas, de la basura tirada en un rincón de una avenida, de un olor proveniente de una pastelería de nostalgias. El flaneur, esa especie en vías de extinción, sale a caminar por la ciudad sin objetivo alguno, dispuesto a detenerse ante un hecho cotidiano que es transformado, por su mirada, en un episodio maravilloso, irrepetible, sagrado.
En este poemario Bajo el sol de marzo se reafirma Correa como un poeta de predominio visual. No en vano su libro anterior, Auto-retrato con girasoles, fue un homenaje a las extrañas naturalezas de Van Gogh, a los colores de la paleta de Chagall, a los artefactos de Duchamp, al arte Pop de Warhol. Sin embargo, ahora el poeta ya no se inspira en las representaciones de sus pintores favoritos, sino que él mismo nos pinta con las palabras sus propios cuadros: la tarde, ese momento en que luces y sombras se equilibran, bañando la ciudad. De ahí la variedad y los matices de su serie temática: la tarde como un gato que ronronea en los tejados, como “una pipa que fuma”, como “un aguacero y sin paraguas”, como “un animal que envejece y huye de su propia sombra”.
En esas tardes del poeta la ciudad se reconcilia con el paisaje, o mejor, el paisaje se funde con la ciudad. Se revela entonces un “paisaje urbano” en donde los balcones, los árboles, las esquinas, el aliento de los borrachos, están penetrados por los colores y las sombras de las tardes, pero cada tarde es distinta y por ello a cada instante la ciudad es otra. En estos cuadros-poemas Correa logra unir el espacio y el tiempo, pues una misma calle, dependiendo de la hora, se convierte en muchas otras cuando hace lluvia, o sol, o las nubes amenazan aguacero. Cualquier esquina de la ciudad es diferente a las tres de la tarde o a las seis. A las tres el barrio Chipre, por ejemplo, es el reino de los niños y la esperanza tiene forma de helado. Pero a las seis de la tarde, cuando la niebla asciende del valle de La Francia, es la zona en la que todos los poetas, al igual que el peruano César Vallejo en París, se están muriendo de angustia y de tedio.
Bajo el sol de marzo me hace recordar una bella idea escrita por Tanizaki en su Elogio de la sombra: el claro-oscuro sobre las cosas es su mayor realidad. Las tardes, con sus instantes luminosos o sombreados, son los que inventan las realidades de la ciudad del poeta. Correa, Flaneur de colores y de momentos atrapados con su mirada en los distintos espacios citadinos, nos invita como lectores a detener el flujo acelerado de nuestras visiones, y aprender a mirar a la ciudad con los ojos perezosos y poéticos del que sabe “ver la tarde que se deshace/ sobre los lugares que la palabra inventa”.
Orlando Mejía Rivera
Manizales, noviembre de 2002.