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lunes, 1 de enero de 2007

BAJO EL SOL DE MARZO, prólogo de Orlando Mejía Rivera



PRÓLOGO

“Uno nunca sabe qué engendra qué: una experiencia
un lenguaje, o un lenguaje una experiencia”
Joseph Brodsky. Marca de agua.
Imagino al poeta Julio César Correa caminando por la ciudad como el Flaneur que descubrió Walter Benjamin al interpretar el París que poetizó Baudelaire: una ciudad recorrida por un buscador sin brújula, atento a los detalles de las arquitecturas, de la basura tirada en un rincón de una avenida, de un olor proveniente de una pastelería de nostalgias. El flaneur, esa especie en vías de extinción, sale a caminar por la ciudad sin objetivo alguno, dispuesto a detenerse ante un hecho cotidiano que es transformado, por su mirada, en un episodio maravilloso, irrepetible, sagrado.
En este poemario Bajo el sol de marzo se reafirma Correa como un poeta de predominio visual. No en vano su libro anterior, Auto-retrato con girasoles, fue un homenaje a las extrañas naturalezas de Van Gogh, a los colores de la paleta de Chagall, a los artefactos de Duchamp, al arte Pop de Warhol. Sin embargo, ahora el poeta ya no se inspira en las representaciones de sus pintores favoritos, sino que él mismo nos pinta con las palabras sus propios cuadros: la tarde, ese momento en que luces y sombras se equilibran, bañando la ciudad. De ahí la variedad y los matices de su serie temática: la tarde como un gato que ronronea en los tejados, como “una pipa que fuma”, como “un aguacero y sin paraguas”, como “un animal que envejece y huye de su propia sombra”.
En esas tardes del poeta la ciudad se reconcilia con el paisaje, o mejor, el paisaje se funde con la ciudad. Se revela entonces un “paisaje urbano” en donde los balcones, los árboles, las esquinas, el aliento de los borrachos, están penetrados por los colores y las sombras de las tardes, pero cada tarde es distinta y por ello a cada instante la ciudad es otra. En estos cuadros-poemas Correa logra unir el espacio y el tiempo, pues una misma calle, dependiendo de la hora, se convierte en muchas otras cuando hace lluvia, o sol, o las nubes amenazan aguacero. Cualquier esquina de la ciudad es diferente a las tres de la tarde o a las seis. A las tres el barrio Chipre, por ejemplo, es el reino de los niños y la esperanza tiene forma de helado. Pero a las seis de la tarde, cuando la niebla asciende del valle de La Francia, es la zona en la que todos los poetas, al igual que el peruano César Vallejo en París, se están muriendo de angustia y de tedio.
Bajo el sol de marzo me hace recordar una bella idea escrita por Tanizaki en su Elogio de la sombra: el claro-oscuro sobre las cosas es su mayor realidad. Las tardes, con sus instantes luminosos o sombreados, son los que inventan las realidades de la ciudad del poeta. Correa, Flaneur de colores y de momentos atrapados con su mirada en los distintos espacios citadinos, nos invita como lectores a detener el flujo acelerado de nuestras visiones, y aprender a mirar a la ciudad con los ojos perezosos y poéticos del que sabe “ver la tarde que se deshace/ sobre los lugares que la palabra inventa”.
Orlando Mejía Rivera
Manizales, noviembre de 2002.

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