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martes, 4 de marzo de 2008

ENSAYO SOBRE LA METÁFORA: OTRA VISIÓN



Por: Gabriel Arturo Castro


La problemática o complejidad de la metáfora se ha reducido a ordenamientos analíticos, una atención monótona en trabajos inventariados que dejan de lado su vitalidad en la aplicación creativa y crítica del lenguaje. Dimensión si tenida en cuenta por pocos avisados teóricos que incorporan su poder evocador, hacedor de mundos (y de lenguaje, por supuesto), un movimiento entre la realidad y la irrealidad cargado de tensión, sugestión y condensación para crear un efecto conciso, abreviado y elíptico.
La idea de semejanza, al interior de un acto metafórico novedoso y original, se ocupa de una nueva visión de la realidad que alcance expresiones de trascendencia, de carácter sensorial, en el proceso mismo de concebir o vivenciar dicha realidad. Más allá de todo tipo de estereotipo rígido e intelectual, la metáfora es un fenómeno ligado con el pensamiento divergente y creador, radical y visionario, inédito y auténtico, más no la expresión desgastada con el tiempo, lugar donde podemos hallar las metáforas tradicionales (“cabellos de oro” ó “la boca de la cueva”, por ejemplo).
Margarita Baz habla del desconocimiento de la metáfora por parte de los teóricos puros, eruditos e intelectuales, “porque creen saber y no saben, o saben poco, de las fuerzas que constituyen la dinámica subjetiva, que para el psicoanálisis, son el deseo inconsciente y sus problemas”. Es decir, la metáfora como revelación de la existencia humana, de su fantasmagoría y subjetividad. La abstracción de lo misterioso, su incógnita, se enfrenta a la simulación, a la mimesis. Ilusión contra representación-objetivización-racionalización del mundo. La metáfora, recreación de “sensibilidad perversa”, el extrañamiento, el silencio y la profecía propia de lo inefable, de una metáfora que contiene el universo entero, espacio introvertido y revelado.
Acordémonos de metáforas tan vitales como las de García Lorca: “Tu niñez, ya fábula de fuentes” ó “Tu vientre es una lucha de raíces”. O las de Juan Rulfo al escribir: “La luz enciende gotas de sudor en sus labios”; ó Mujica Lainez cuando expresó: “La voz del muchacho naufragaba en la gangosa respuesta de los negros”, o el decir de Emilio Adolfo Westphalen:
Y los mares hundidos hasta verse tras los ojos
En lo más profundo de tu atisbar sorprendida
Cuando la ternura más clara enhebrándose en silencio
Ajustando pequeños siglos a tu gracia sonriente de plata
Formaba de pétalos siglos cristalinos la alta rosa
Con agua recogida de orvallos y relentes el invencible esplendor.
Cómo no recordar la voz abundante y plural de Octavio Paz en su poema Tus ojos, del libro Libertad bajo palabra, donde la metáfora es suma de originalidad y precisión:
Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
otoño en un claro del bosque en donde la luz canta en el
hombro de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea, páramo.
Vínculo con lo estrictamente personal y la memoria colectiva, la metáfora humaniza a toda criatura desde sus tensiones, retos, batallas y luchas. Es, en suma primordial, testimonio, síntesis del diálogo intersubjetivo, experiencia intensa, evocación. Es movimiento perpetuo, construcción-constitución incesante, camino implicado, sobresalto, riesgo que cuestiona profundamente la existencia resquebrajada, imperfecta, fracturada, precaria y perecedera. Impertinente fractura de la visión, posee, de acuerdo con Rovatti, un trazo inseguro, inestable, “siempre amenazada de su propio desgaste y consagrada a la muerte”. En otras palabras: alteración de la palabra, ruptura en un escenario contradictorio.
De tal dinámica no pueden dar cuenta las descripciones estáticas, juego trivial, conceptual y terminológico, porque a la metáfora la caracteriza el verbo animado, la acción carnal, ilusión, vivencia de la transformación.
Francoise Dolto plantea que la metáfora es huella de ese sostén constructor de la existencia que es la mirada y el deseo de la imaginación, del anhelo de otro estado del mundo. De esta manera, la creación y lectura de la metáfora, deja de ser un acto puramente literario para transformarse en un medio de explorar los mundos y dar lugar a uno de ellos, mediante una fuerza fundante propia. La metáfora viene a ser una respuesta de la revelación, así hubiese sido llamada por Nietzsche “error óptico”, falta, inexactitud, error y errancia que inventa realidades y las hace creíbles, hasta el punto de lograr que por la fe de los hombre tomen cuerpo.
Para un autor tan vital como José Lezama Lima, la metáfora tiene carnalidad y eficacia filosófica. Su fuerza conectiva avanza a través de infinitas analogías, hasta donde se encuentra la imagen, entidad de poderosa fuerza regresiva. La metáfora es el inicio de la realidad del mundo invisible. “De la misma manera que el hombre ha creado la orquesta, la batalla, los soldados durmiendo a la sombra de las empalizadas, la gran armada, el caserío del estómago de la ballena, ha creado también un cuerpo artificial que resulta acariciable y resistente, como la misma naturaleza escondiéndose y regalándose al tacto”, expresa Lezama, quien alguna vez escribió:
En la desenvoltura de una palma,
sacude la lluvia breve y atardece.
Sacude la lluvia al gallo intempestivo
y muestra el maíz como un ojo de venganza.
Los dioses en el atardecer cosen su manto
y el paño de cocina tendido en su espera
es intocable. Aún está húmedo
y ondean las arrugas momentáneas
de la mano sobre el gallo.
Telón de fondo:
la humedad en el paño de cocina.
Primer plano:
el gallo desprecia la aurora.
El hombre, según nuestro autor cubano, por habitar el mundo de la caridad, de creerlo todo, llega a poblar un mundo sobrenatural pleno de gravitaciones y manifiesta una de las condiciones de la metáfora: lo imposible es creíble y lo máximo se entiende incomprensiblemente. Luego, apoyándose en una frase de Pascal, afirma que como la verdadera naturaleza se ha perdido, todo puede ser naturaleza, o sobre naturaleza, o sobre realidad, como la metáfora, en la medida en que se trata de otorgar una nueva visión del mundo, un conocimiento inédito, el espacio de lo imprevisible, de lo improbable, de la invención.
La metáfora para Lezama tiene razón en sí misma. Es un misterio su relación con la fuerza conectiva que avanza creando un territorio substantivo. Es en esos términos, una sustancia vigorosa, progresiva e infinita, que afronta el tiempo, las contradicciones. La metáfora como conjuro, doble devorador de la realidad, desplazador del origen, substancia o resistencia territorial. La tensión, desde la visión de Lezama Lima, se da cuando el segundo término devora al objeto.
Heidegger, según el ensayista Eduardo Milán, afirma que la metáfora induce a un conocimiento paradójico: a medida que se acerca al mundo, se aleja del “decir originario”. Cuanto mayor conocimiento del mundo, menor capacidad para nombrarlo, momento tensional, fractura, espacio medio, falla donde se sitúa el lenguaje, en esa abertura entre la palabra y el objeto que nombra. Sólo al habitar la distancia, el intersticio, “la palabra es llevada íntegra y segura al origen de la esencia”, de acuerdo con Heidegger.
Se trata de una dimensión de la experiencia que es el regreso, cambio y vuelta, el valor evocativo de la memoria y el tiempo. Su creación capta el instante, algo que dura toda la eternidad, su pasión o su pulsión que interroga al tiempo y al mundo.
Al respecto Milán afirma que “le han quitado a la metáfora su función original y crítica: el desenmascaramiento del mundo de la apariencia, inventando a la vez una realidad distinta, más cercana al origen fundacional de las palabras”. Vieja pugna entre el espíritu y el poder, decía José Ángel Valente, porque la libertad de la metáfora se opone al poder absoluto de la razón y se vale para tal fin de las sensaciones, las emociones, las asociaciones, atracción, fascinación, despertar de la visión, sueño imposible, utopía, persuasión y fuerza. Su infinito y su metamorfosis reunifican al hombre, lo reconcilia con el mundo y lo humaniza
No existe, por lo tanto, la metáfora total, pues ella siempre será parcial, así sea fruto de una escritura rigurosa. Siguiendo a Blanchot, el sentido del lenguaje en la literatura es incierto, porque hay una fuerza que imposibilita la pura utilización de las palabras, que corroe el sentido. La metáfora, desde este punto de vista, no sería el artificio verbal, sino una realidad perturbadora, la cual estremece las palabras y desestabiliza cualquier sentido último.
La metáfora, fruto de la imaginación pura, no de la simple percepción, abre ante nosotros el horizonte de lo posible. Al superar los límites, la causalidad aristotélica, anula el contraste entre las dos realidades trasladadas y logra la unidad. Esta unidad es viable porque la metáfora presenta una doble condición: es representación del mundo visible, pero también es representación del mundo invisible, ya que el hombre es forjador de lo irreal y posee la capacidad de modificar su vivencia del tiempo, deteniéndolo, explayándolo, modificándolo: expansión de la profundidad, realce de la distancia.
La acción de enlace, transportación y traslación de la metáfora es movimiento, es devenir. Hablamos de una criatura viva, no de un objeto de museo, listo a ser disecado o expuesto como un ente momificado. Nos referimos a un ser fecundo que cambia, varía y conmociona, altera, evoluciona y muda a través de los tiempos. Lo anterior implica que el hombre ha actuado sobre la metáfora para transformarla y recrearla. Pero la metáfora es también fusión de opuestos. Muchas tradiciones orientales sostienen que los opuestos aparecieron cuando la única realidad verdadera se fragmentó en una aparente desunión para crear al mundo de las formas: cada fragmento es incompleto en sí mismo y aspira a unirse de nuevo con el todo que procede. Los opuestos y el mundo material que constituyen son una realidad subjetiva.
La metáfora puede ver más allá de las cosas antagónicas la unidad que es su auténtica naturaleza, porque los opuestos nacen de la misma fuente y la totalidad de la creación sigue siendo verdaderamente una.
Para André Breton los opuestos se unen en algún punto del espíritu, luego de dialogar, alternar y confraternizar. La metáfora dispone de un mundo donde las contradicciones irreconciliables encuentran una forma de coexistencia.
De distintas maneras y procederes, la metáfora se mueve dentro de la reflexión, oposición y enlace, momentos de su creación. En su interior se esconde una acción potencial, un verbo listo a ser desplegado. Igual existen unas fuerzas o voluntades que pugnan y ayudan a la intensificación del lenguaje, de la emoción y la vibración interior de las palabras. Vibración que permite a la metáfora auténtica presentarse viva, encendida, animada, actual. Todo lo contrario a las metáforas frías y anodinas, simuladas, herederas de la gramática, la palabrería literaria, la mala retórica, estéril, nomenclatura en lugar de palabra.
Porque pareciera que el academicismo y el cientificismo fueran los adversarios de lo imaginario, potestad éste del misterio individual, persistencia del origen del hombre. Es inaudito que pese a los progresos teóricos, opongan todavía lo imaginario y la realidad. Lo imaginario como el campo de lo falso y lo real el campo de lo verdadero. Han tratado de eliminar toda intervención de lo imaginario en el conocimiento. Desde la formalidad lógica han querido estudiar la metáfora, sus componentes elementales, procurando domesticarla y vincularla a “disciplinas muertas, como si se tratara de una figura accesoria del discurso”.
Sólo movimientos revolucionarios como el surrealismo rescataron la sensibilidad, lo maravilloso, los mundos oníricos y el retorno de la imaginación. André Breton afirmaba que “lo imaginario es lo que tiende a volverse real”. O como lo argumenta Maurice Blanchot:
Lo que hemos llamado las dos versiones de lo imaginario, ese hecho por el que la imagen puede ayudarnos a recuperar idealmente la cosa y es entonces su negación vivificante; puede al mismo tiempo, al nivel al que nos arrastra la pesadez que le es propia, remitirnos constantemente, no ya a la cosa ausente, sino a la ausencia como presencia, a la neutralidad doble del objeto en la cual la pertenencia al mundo se ha disipado: esta duplicidad no es tal que se le pueda pacificar por un “o esto o lo otro”, capaz de autorizar una elección y suprimir en la elección la ambigüedad que la hace posible. Esta duplicidad misma remite a un doble sentido cada vez más inicial.
Otros autores como Gilbert Durand y Roger Caillois se interesaron por todas las manifestaciones de lo imaginario, a manera de conector obligado por el cual se constituye toda representación humana. Derrida argumentó que el uso de la metáfora nos proporciona una entidad intelectual o mental que opera como “centro organizador” tanto como “punto ciego”. Para el autor referido la filosofía es intrínsicamente metafórica y la metáfora intrínsicamente trascendental. Rubén Sierra recordaba a Francis Bradley, quien tuvo que reconocer que no podía prescindir de la metáfora: “Consciente de que su pericia para manejar la palabra y lograr la exactitud del lenguaje le era insuficiente, se ve forzado a echar mano de todos los recursos creadores del idioma que le permitieran expresar los más sutiles matices del pensamiento metafísico que estaba elaborando”.
La metáfora es la lucha del sujeto por hacer suyo lo extraño, de apropiarse del mundo, “un intento de hacer conocido lo desconocido”, en palabras de White.
La metáfora es una violencia hecha al lenguaje, ya que tiene el poder efectivo de aislar, de separar del inmenso devenir del mundo, de la totalidad, ciertos fragmentos y objetos. Discrimina, separa, abstrae, suprime momentáneamente en un acto de negación dialéctica. Al escoger dos realidades con el fin de trasladarlas y fusionarlas, las reduce, las arranca y luego las vuelve a juntar de una manera distinta a su estado original, les devuelve el mismo (igual o mejor) misterio y enigma.
Tal reflexión creativa conlleva a la abstracción, a la acción y efecto de separar los elementos generales o universales a partir de las imágenes sensibles, procedentes de los entes singulares. La reflexión penetra en el objeto, sin embargo en la abstracción lo concreto se recupera, se aprehende una metáfora esencial, total, orgánica, coherente, provista de una razón interna, autónoma. Los dos objetos o las dos realidades lejanas aproximadas mediante la traslación ya están cerca. La metáfora logra abarcar la totalidad de lo existente. Lo separado se une y mezcla, lo ilusorio y lo fugitivo, lo inmediato y lo fugaz, se convertirán en plenitud interior. La metáfora se torna síntesis proveniente de una pregunta y de una búsqueda, de un ser frente al enigma, dispuesto a transformarse, a enfrentar una metamorfosis, un renacimiento. Porque la metáfora señala una ausencia fantasmal y dramática, aquello que quiere ser hablado. Se convierte en vínculo con nuestra realidad, vivencia y actualización de ella, con su entramado afectivo, valorativo, histórico y cultural. Criatura prometeica, animada y móvil, camino establecido con retorno, abierta apetencia contra toda cerrazón conceptual, la metáfora es encarnación e inserción del hombre en la existencia.
La metáfora determina objetos lejanos de distinta naturaleza estética, los separa, y de algún modo los destruye. La metáfora inicia con tal gesto aniquilante, propio de su concepción y percepción, ese algo disolvente, destructor (descompone y desintegra la existencia del mundo). Crea otra realidad, o sea, la irrealidad, que conquista una presencia propia. Pero ello es tan sólo su primer movimiento. Después vendrá la negación de ese poder, lo que constituye su fuerza positiva. En otras palabras, la metáfora resulta victoriosa sobre su poder negativo, ya que reúne lo disperso con más fuerza y lucidez. La mejor metáfora es la que une el sujeto y el objeto, los asocia, concilia y resuelve las contradicciones y se torna un acto diferente, imaginativo, audaz, espontáneo y libre. La potencia de la metáfora a través de la expresión del lenguaje la convierte en acto intencional, donde interesan los efectos sugeridos y evocados.
La revelación metafórica, sostiene Julio Requema, “certifica que no hay un mundo afuera ni un mundo adentro, sino un mutuo sucederse de ambos sin fronteras limítrofes.
La metáfora viva nos devuelve la confianza en la palabra.
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