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domingo, 6 de diciembre de 2009

MEMORIA Y OLVIDO ALREDEDOR DEL POEMA


Por Gabriel Arturo Castro Morales*

Cuando la poesía sigue siendo capaz de convocar espíritus y seres oficiosos alrededor de la palabra y su infinita posibilidad, estamos ceñidos a un cordel de buen augurio. Es que una de las fuerzas extrañas de la poesía, aquella que nos lleva a comulgar y reflexionar conjuntamente, es la de su ausencia ritual que reconcilia lo disperso, lo disgregado por la violencia y la costumbre, reuniendo los objetos, haciéndolos confluir en un punto de encuentro.

“Sólo los poetas fundan lo permanente”, expresaba Holderlein, ya que la poesía verdadera totaliza, reintegra lo fragmentado, cohesiona lo que la muerte desintegra, ausenta y aleja. La unidad perdida se da a través de la palabra que asombra y extraña, que indica al tiempo un continuo drama y un incesante movimiento. y es que no hay una sola palabra. Ya desde la antigüedad Pitágoras nos dejó la certeza sobre las variedades de la palabra: la hay simple, la jeroglífica y la simbólica. En otros términos, el verbo que expresa, el que oculta y el que significa.

Pero el poeta, que maneja todas las variantes de Pitágoras, va más allá de todas ellas, pues logra expresar una especie de verbo supremo que es en realidad la palabra en sus tres dimensiones de expresividad, ocultamiento y signo.

El verbo se hace así portavoz e intérprete de fuerzas interiores, se torna magia y subversión del mundo. Y el poema se incuba, se fecunda a distancia o en lugares o tiempos remotos o sobre la realidad próxima e inmediata. Pero si posee la suficiente intensidad se dotará él mismo de vida propia. Su existencia es de motivo doble, por un lado actúa la imagen externa y por otro la manifestación del específico mundo interior.

Allí el espíritu se mueve en mundos extraños y posibles, viaje y drama, conmoción de la palabra que transita del sigilo a la voz plena. Sólo tras el silencio se puede explicar el camino del poema. Si existe la sonoridad ella brotó de la pausa, de la discreción del origen, del principio que intuimos, nacimiento del verbo, su raíz y causa, construcción del tiempo silencioso, dispersos murmullos atacando una soledad, el último lugar del espíritu, la identidad secreta del misterio o del alma que según Yeats: “Se convierte en su propio delator, en su propio partero, en la actividad única, en el espejo que se vuelve luz”.

Luz que no describe no bosqueja sino irradia chispas a su alrededor, creando una llama que desata los párpados, fuego—ventana a través de la cual vemos una sospecha del mundo.
Claro, la hoguera es el vestigio de otra edad, un ardor que todo lo modifica, anima al inanimado, ingresa en la ruta y se vuelve candil, principio seminal, ojo que imagina, resplandor primordial.

Visto así el poema, su cuerpo escrito lo instauramos dentro de la idea de la poesía como pasión: exploración de sendas, tensión  necesaria, la palabra que inflama su pira, rueda del carruaje, huella candente, carbón activo, despedida de la flora roja y su pigmento que anuncia un paisaje a lo lejos.

El ojo del poeta siempre está recorriendo las formas y las sustancias, operación mágica que reconoce el misterio y suscita en él una resonancia afectiva, una evocación que conmueve el sueño y lo lleva a la superficie, no sin antes estremecernos para luego darnos sus choques y los ecos de la memoria. “Heterocosmos” del poema donde hay una autorrevelación alterada del creador, expresándose y ocultándose a la vez.

El poema es escenario del afecto que toma distancia suficiente de la emoción inicial y se trueca en evocación de la experiencia, llegando al asombro, al acento, a la significación, a la aventura espiritual que va más allá del puro virtuosismo, al dilentantismo o el esteticismo, trampas posibles y no acatadas al asumir la poesía como arte trascendente, la poesía como catarsis, purificación y afecto que suscita vivencias encontradas, la poesía que no sólo agrada sino que conmueve e interesa, sobra arrojada que se enciende, fervor de un espíritu desbordado por las fuerzas, la poesía siendo, como lo dijo Byron: “La lava de la imaginación cuya erupción proviene de un terremoto”.

Es el privilegio de la poesía,  crear y hacer,  dar vida y movimiento, esfuerzo y dignidad a la creación, ya que ella construye un nuevo universo luego de la ruina, de la aniquilación.
Su deber es mejorar al mundo, ser armazón y alabanza, herida y milagro, “fuga sin fin”, un “yo” que se lanza a la travesía entre el sueño y la vigilia. La nostalgia y el drama personal pierden sus pulsiones íntimas y se convierten en destinos universales, la pasión de todo hombre por lo maravilloso, la naturaleza, la leyenda, la desnudez, la raíz de la sensibilidad, la inocencia y el desengaño, memoria emancipada, el poder viviente de la poesía. Acordémonos de las palabras de Eliot:

El poeta no debe expresar su personalidad sino su médium, es decir, los medios y la sustancia de su arte. La poesía no es el grito del corazón, sino drama: una estructura de la voz y de gestos, una dialéctica de actitudes y de formas.

A propósito de lo anterior, algunas leí que Kafka señalaba con sorpresa, con un placer encantado, que se inició en la literatura cuando pudo reemplazar el “yo” por “el”, momento donde el yo férreo individual es capaz de trascender hacia los demás sujetos de la enunciación  para volverse colectivo: el tan nombrado “yo es otro” de Rimbaud o el “yo soy el otro” de Nerval, se desdobla constituyendo una exterioridad que se refleja en los otros.

Este yo paralítico (figurativizado desde el antirromanticismo de Eduard Buchner y su expresión de la alineación del hombre en tonos de profundo escepticismo; sumándose Heinrich von Kleist, el escritor alemán de existencia azarosa; Holderlein y su preocupación espiritual; August Strindberg con sus dramas naturalistas que inspiraron al expresionismo; Samuel Becket, de la mano de un lenguaje desarticulado y desnudo; o Eugene Ionesco enfrentado a la angustia del absurdo de la condición humana) crea sus propias representaciones y proyecciones fantasmagóricas o espectrales en oposición a las ideas de la razón práctica que desembocaron en el juicio del sujeto absoluto.

El yo cartesiano–kantiano se diluye hacia un phatos subjetivista gracias al extrañamiento, aquella capacidad de identificarse con el yo que crea pero al unísono saberlo exiliado y así rehusarlo, rechazarlo, sentirlo transitorio (se torna un tú, en él y un nosotros, la obra parte de mí pero se colectiviza perdiendo la propiedad  yoica, su dominio egocéntrico) y eterno al mismo tiempo (el yo invisible que enunció la obra será un elemento imperecedero y su presencia tendrá una ilusión secreta).

El yo está presente y ausente simultáneamente, lo reconocemos pero debemos extrañarlo a través del distanciamiento necesario.

“Escribir es romper el vínculo que une la palabra a mí mismo”, expresa Maurice Blanchot. La palabra plasmada, vertida, ya no me pertenece, deja de ser realidad primera para hacerse a otra realidad mediante la fascinación, la magia que crea fantasmas y un deseo que convierte la vida en literatura. Aspiración lograda porque tomamos posición frente al otro cuya ubicua presencia impregna la esencia de lo real. Detrás de la escritura sospechamos al otro, la presencia del otro, lo que hace factible finalmente que la realidad se convierta en poesía y ficción de un mundo ajeno y exterior a mí. Dicha ficcionalización se lleva a cabo en favor de un sujeto, o lo que es lo mismo, toda escritura particular debe orientarse en función del otro, sabiendo de antemano que cada uno de nosotros no somos una totalidad cerrada y excluyente, y que alrededor existen otros mundos diversos como totalidades de sentido.

Mi experiencia puede ser evocada por otros y compartida de tal forma que mi particularidad se fragmente para ser reorganizada por destinatarios o recreadores de mi hecho comunicativo.

Es el lector en potencia que se incuba e interioriza desde el inicio de la obra, rompiendo su invisibilidad, su pretendida condición ajena al evento creador.

Memoria, comunión, ritualidad, magia, misterio, características de una poesía que han sido sustituidas por una literatura que de la desesperación, sin fuerza crítica, lejos de la contención, el silencio y la reflexión, contrariando lo que alguna vez anunciara Walter Benjamín: “El valor único de la auténtica obra de arte se basa en el rito, el lugar original de su valor de uso”

El mismo Benjamín, tiempo después, aseguró que esa ritualidad fue reemplazada por la práctica de la política, lugar donde la poesía y la Cultura han descendido al nivel del espectáculo, la producción del simulacro, una cultura sin referentes históricos, filosóficos o religiosos, o lo que es lo mismo, la limitación del arte a manifestaciones artificiales de consumo, luego una pérdida del sentido interior, ético y estético, crisis que alcanza a la poesía escrita confundida con los actos publicitarios que llaman el confort, al facilismo y la irrelevancia de la creación. Salvo honrosas excepciones de creadores lúcidos y comprometidos con su oficio, la mayor parte de la poesía ha caído en la banalidad y la simulación. Allí se cambia la experiencia y la memoria, conceptos ontológicos y sustanciales, por la noción de exhibición, sustitución alienada de la existencia.

¿Qué contiene el espectáculo?: cadáveres que nunca llegarán a ser lenguaje, moldes vacíos, espejos deformes, símbolos superficiales, decoraciones, imitaciones, homenajes y contemplaciones domésticas, parroquialismos, extravagancias, parodias y engaño, tal como lo sentenció Paul Valery: “La literatura está llena de gentes que no saben en realidad qué decir, pero empeñadas en que necesitan hacerlo por escrito”.

Quizás se ha abandonado el ejercicio de la memoria que perdura, aquella experiencia que se interioriza y se aloja en el ser como huella duradera o profunda, siendo posible su  evocación como signo de la vida activa.

La memoria poética ordena los objetos, hace visible lo invisible, permite que los espectros del tiempo tomen vida propia, desmomificando al hombre, haciéndolo verbo de adentro hacia fuera. De esta manera el poeta no sería un ser inerme ni pasivo, menos un individuo neutral.

El rostro pasado se interioriza, toma vida tras la rememorización del tiempo. Tras un mundo espontáneo aparecen las imágenes que el poeta escoge, aprecia, valora y reúne tras el corpus del poema.

La memoria ayuda a escoger gracias al júbilo y no a la indiferencia, la alternancia de las imágenes depende primero del azar y del enigma, de la fascinación, de la agitación.

Quien busca en la memoria intuye un trazado de esencias espirituales: revela lo que estaba oculto y demasiado extraño, desafía a las sombras, a la máscara del tiempo, a la profunda raíz que empieza a conocer.

La memoria cohesiona la realidad, intenta su unidad para luego expandirla y después, en mitad de su camino, punza al lector, esto gracias a que la memoria es involuntaria y sus elementos se evocan sin intención, sin premeditación alguna. Sólo un elemento generador no planeado puede provocar un acto de remembranza, acto que puede subyugar aunque sea innombrable: una explosión, un grito, un fogonazo que sirve de fecundación.

La memoria restituye lo abolido por el tiempo y la distancia, nos saca de la indiferencia y nos lleva como creadores–lectores a una nueva experiencia, emocionante y más intensa.
El poema es así un espacio sentido e interiorizado desde la purificación y la catarsis, donde el tiempo se moviliza hacia el conocimiento del drama, no hacia la detención – estática de la inactualidad. Leamos a Antonio Tabucchi:

La voz de la poesía tiene el poder de establecer un diálogo con los fantasmas, y una vez el fantasma ha sido evocado y convocado por su médium, ambos pueden perfectamente hacer abstracción de todos estos elementos sensoriales a las cuales se hizo alusión para reunirse: se hace abstracción de la voz, del tacto, de la vista, del olfato y del gusto. Porque lo que encuentra, una vez la convocación ha tenido lugar, es la pura presencia del fantasma. Ésta puede manifestarse en el más perfecto silencio, en la inmanencia fantasmagórica, con la cual la relación que se instaura no tiene necesidad de nada más.

El poeta, decía Walter Benjamín, puede ser el sujeto adecuado para llevar a cabo la experiencia de la memoria que perdura. Pero como afirmaba antes, en un buen volumen de la poesía actual sólo encontramos la alusión al olvido, la repetición de una información de acontecimientos, anécdotas, la mención, la remembranza, la reminiscencia de una vida contemplativa y superficial.

Esta transportación es pobre y limitada, pues el pasado no se comunica con el tiempo presente, conservándose las sensaciones fortuitas y pasivas; las atmósferas de facetas llanas, la epidermis de relatos literales.

Aquí la experiencia se atrofia, se detiene, no sale del exclusivo dominio del emisor, sin augurar ni estimular una apropiación por parte del lector.

Si hubiese memoria existiría una relación del pasado individual con la memoria del pasado colectivo, sin que la práctica tan particular del sujeto se tornas tan privada, tan ajena a una tradición, motivo por el cual se convierte, finalmente, en sumatoria de informaciones y percepciones deshilvanadas e inconexas.

Al no apoderarse de lo esencial y al no poseer una mirada interior, el escritor se le impedirá el descubrimiento del arte en el pulso, brevedad, movimiento y ejercicio de la memoria. Para él todo tiempo estará inevitablemente perdido.

Al recordar —labor caprichosa de ordenar recuerdos— se repite el mismo discurso, se reproduce idéntica actitud, se imita el mismo vicio de insistir en una retrospectiva nostálgica, fútil y pasajera. Como lo afirma Ignacio Gómez de Liaño:

Para muchos, ciertamente, la memoria no es más que eso: un almacén, incluso perfectamente clasificado, de recuerdos, tan planos como las paredes que los encierran tan superficiales y homogéneos como una colección de instantáneas o de tarjetas postales.
                                                              
La palabra, de esta manera enunciada, no tiene la cualidad de permanecer en el tiempo, sencillamente porque carece de toda consistencia de memoria poética.

Cómo quisiéramos, entonces, que la poesía saliera de la cárcel que algunos le han asignado y retornara a la esencia, a su morada o a su patio original, a los predios de quienes, parodiando a Guillermo Apollinaire: buscan por doquier la aventura y combaten en las fronteras de los sin límites y del porvenir.

                                                   
*Poeta, docente y ensayista colombiano.


martes, 10 de noviembre de 2009

LA LECTURA COMO CONSTRUCCIÓN DE LA SUBJETIVIDAD



Por Julio César Correa

Este espacio creado por la lectura no es una ilusión. Es un espacio psíquico, que puede ser el sitio mismo de la elaboración o la reconquista de una posición de sujeto.
Michel Petit
A Claudia Margarita Castaño
1



Leer es un acto individual que compromete la posibilidad del lector para construir su propia subjetividad. Es la posibilidad y el derecho que tiene todo lector de elaborar un mundo propio a partir del contacto con el texto escrito. Por lo mismo, ya no se trata de reproducir-traducir el mundo implícito del libro, sino de trascenderlo para conquistar un universo en el que prevalecen las improntas del lector. Al lector le asiste el derecho mágico de proponer la creación de un mundo que no replique el del autor. La lectura no es una copia ni un acto pasivo, tampoco es la acción que se ejerce sobre la humanidad del lector para que diga lo que el texto obliga. La lectura, lejos del control social, es la búsqueda de la soberanía intelectual. Se lee entonces para cimentar maneras propias de asumir la vida y de decir el mundo; se lee porque es necesario desobedecer las tradiciones y las costumbres o porque se sospecha de que el mundo, la realidad, sea algo más que los ladrillos que sostienen los altos edificios de las grandes ciudades; se lee porque es necesario fortalecer los nichos subjetivos, apenas esbozados en los primeros años de vida, quizás por ausencia de calidez afectiva en su entorno más cercano.

2

El sujeto que lee se sabe no leído. Pero ningún psicoanálisis hará lo que puede lograr una buena lectura. Habrá lecturas reparadoras, generalmente, por fuera de su inscripción en las instancias del deber. Serán aquellas, por el contrario, que se harán lejos de la tutela paterna o del control social, a lo mejor, porque son las que se eligen en medio de las circunstancias que la vida y sus avatares proponen. Dice Estanislao Zuleta que se lee siempre desde una pregunta abierta o desde un problema sin resolver. Pues bien, el modo de lectura que se sugiere en esta reflexión se ubica precisamente allí, en medio de la inquietante circunstancia del existir. En esa tensión irresuelta la lectura surge como una posibilidad de autonocimiento, de construcción de un sí mismo, ese que le ha sido negado porque los objetos amados le han sido generalmente esquivos. Al no haber encontrado calidez en el encuentro con el otro, el sujeto se repliega en sensaciones y emociones que se congelan mientras busca por todos los medios el momento en que pueda desplegar su Yo más íntimo. Y ese momento ocurre a solas, entre grandes silencios, entre ausencias y apariciones rizomáticas, entre libros y páginas donde busca inconscientemente respuestas a sus inquietudes. No saberse leído es quizás no saberse amado primigeniamente.

3

Los libros serán los sustitutos de ese otro objeto amado. La literatura será inicialmente el mejor refugio. Allí, entre personajes elevados a la categoría de héroes, iniciará una larga marcha por entre mundos laberínticos, valles, montañas y ríos. Bajará a los infiernos para reconocer entre los muchos rostros de los demonios el suyo propio, sus miedos y tensiones; revivirá emocionalmente la historia de su infancia, marchará junto a sus héroes más amados y en ellos encontrará el refugio y la calidez afectiva que le fue negada. El mundo exterior le será menos amenazante y más agradable; de allí que decida descender de los profundos pliegues de su retiro interior para hallar entre los otros algunos rostros amables, serenos o, simplemente, frías máscaras que se seguirán interponiendo en el camino de su construcción personal. La literatura le mostrará la senda de la autocuración, el camino hacia los otros, hacia el mundo que ahora puede ser cálido como el abrazo de una madre que es capaz de reconocer y superar sus propias tensiones. En brazos de Raskolnikov, de Ana Karenina o de Edmundo Dantés, el lector ávido se arriesgará a salir de su inseguridad existencial para empezar a pisar el suelo cierto de los hombres y de las mujeres que le miran sin que medie la visión introyectada de la madre indolente. Ya no es el sujeto que se mira a sí mismos desde la mirada enquistada de su madre cuando los otros se fijan en él. Ya no hay tanto dolor ni miedo, ni tensiones inconscientes. El lector ha decidido asumirse como sujeto, cada vez menos dependiente, cada vez más autónomo.

4

Es urgente entonces arriesgar hipótesis sobre lo que uno se ha resistido a aceptar como realidad última. El mundo exterior no puede erigirse en amenaza y el mundo interior no puede ser el último refugio. De ese vivir en medio de la incertidumbre total busca pasar a un estado en el que ésta sea menos abrumadora. Por eso se arriesga a las hipótesis y juega con las posibilidades que el mundo le ofrece. Sabe que la incertidumbre paraliza y que las hipótesis, por más provisionales que sean, permiten el movimiento y la acción. Leer es la mejor apuesta. La mejor hipótesis. Y como la información que llega a través de los sentidos es precaria, resulta necesario caminar sobre los bordes filosos de las realidades emergentes, esas que se deben construir para ampliar el sentido y los horizontes que amenazan con angostar la vida. La literatura le ofrece una información mucho más rica y llena de matices, más vívida; por eso, decide meterse en los universos emocionales e imaginarios que la cultura dispone sobre su mesa, a la manera del diván de un terapeuta. Ese sujeto que se busca a sí mismo y halla ecos de su propia voz en los diálogos y narraciones de los escritores, es el lector que se sabe no leído. Es el mismo que desborda sus propios límites al pasar horas enteras en silencio, conversando con los libros, en el retiro cómodo de un sillón o sobre el natural verde de la hierba que crece a sus espaldas; es el que apaga la lámpara cuando el sol amenaza con sus rayos de luz las nubes grises de la madrugada. Es el sujeto que sospecha de su propia cordura y por ello se hunde cada tarde como un barco sobre las aguas profundas del conocimiento o de la fantasía literaria. El lector ávido es una suerte de huérfano, un ser desvalido, alguien dejado al azar de las circunstancias de la vida, abandonado y sin los afectos de los seres más significativos, por eso, se obliga a construir un mundo personal donde pueda reconocerse y hallar su identidad. Su conciencia, su subjetivad, pende apenas de un ligero murmullo como el que se escucha cuando decide cerrar el libro y dejarse ir entre imágenes y divagaciones. Cuánta felicidad hay en ese sólo hecho.

5

Como sospecha del mundo, necesita comprobar que éste no se evapore en medio de las dudas. Es así que decide adelantar toda clase de hipótesis acerca de las cosas, de los hombres y del mundo o, de lo contrario terminará atrapado en el mismo túnel en el que se extraviara finalmente Juan Pablo Castel. A diferencia de Castel, asumirá la lectura como el medio más apropiado para elaborar sus teorías provisionales, sus hipótesis; y en ese forcejeo gozoso con las palabras, con los libros, hallará momentáneamente la templanza necesaria para erigir las murallas en las que se resguardará mientras el invierno de su alma arrecia. Entre libros – poesía, novelas, biografías, etc.- podrá encontrar conversaciones llenas de imaginación y de sentido, esas que se niega a entablar con sus más cercanos o que le son negadas por ellos mismos. Los libros serán el lenitivo indispensable para continuar viviendo. Esa será la mejor hipótesis. Seguir viviendo para apostar por las teorías provisionales, las mismas que insisten en seguir sosteniendo la verdad del mundo como si fuera algo absoluto.

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El lector que decide elaborar sus propias teorías porque necesita hacerse a sí mismo, en vista de que ha sido extrañado de su nicho afectivo, es el que terminará convertido en un artista; su temple de ánimo lo conducirá irremediablemente por el mundo como si fuera el artista de la cuerda floja en un circo: la mayor hipótesis será aquella que lo obligue a considerar el mundo como un holograma. Para él no habrá certezas ni absolutos. El mundo será la réplica del título del libro de Marshall Berman: todo lo sólido se evapora en el aire. Por eso, deberá estar constatando con frecuencia la solidez del mundo, de ese mundo que le han vendido como la prueba irrefutable de que la realidad existe y no es un puro reflejo de su conciencia. Destinado a sospechar de la consistencia de los muros, se sumergirá en la lectura de los cuánticos y la microfísica le comprobará que su sospecha era cierta, que el último sillar de la realidad es apenas una cifra negativa y no el ladrillo de Demócrito. Finalmente entenderá que el mundo tiene la misma consistencia que sus sueños más personales.

7

Una página en blanco resbala en medio de la noche, pero nadie escucha el ruido noble del papel sobre el piso. Ese ruido es música para los oídos de un lector gozoso. Como se sabe, los lectores hedónicos no duermen, leen mientras sueñan que el mundo está hecho de páginas en blanco y eso los atemoriza, pues no hay nada que leer. En el mundo de Orwell los libros podrían estar hechos de páginas en blanco. Pensarlo, más que una probabilidad es una sospecha, una teoría que requiere ser comprobada, Castel. Una simple hipótesis, una conjetura. Sólo eso.



Manizales, 30 de mayo de 2004
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viernes, 6 de noviembre de 2009

LA LECTURA Y SU FUNCIÓN REPARADORA




Julio César Correa
La Pipa de Magritte

La lectura, más allá de los incrédulos, tiene una función reparadora. Mejora el malestar más que un alkalsetzer, restituye el ánimo mejor que el viagra, permite viajar a otras galaxias sin haberse enchufado un porro de marihuana; mejora la concentración igual que el tonificante café negro, (que nosotros llamamos tinto); revierte los males que aquejan a las personas por aquello de la edad, permitiendo recuerdos más frescos y lozanos. Cura la desmemoria, el dolor de cabeza, la impotencia sexual, la rigidez mental; cura el insomnio, mejora el apetito, combate la gripa, nos hace sudar y hasta nos permite adicionar unas cuantas palabras nuevas en el léxico personal.


Leer es tan estimulante como diez tazas de café, tan emocionante como un viaje a la luna, tan excitante como una sesión de streap tease con Demmy Moore jugando en la barra. Leer es una suerte de masaje directo sobre las neuronas. Eleva el nivel de las endorfinas, por eso nos permite creer que podemos igualar a los tarahumara en su capacidad para correr la maratón, sin apenas agotarnos.

Leer, señoras y señores, rejuvenece, es el elixir de la eterna juventud; si no me creen piensen en un hombre que siendo mayor parecía un joven: Julio Cortázar. Otro ejemplo: Álvaro Mútis, Henry Miller. Leer es la dicha más hijueputa que uno se pueda imaginar.

viernes, 30 de octubre de 2009

POESÍA Y NEGOCIO


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Julio César Correa
La Pipa de Magritte
LOS LUGARES COMUNES del lenguaje se apropian de la palabra poética; su abuso permite que lo poético devenga justificación más que razón. La poesía entonces habla el lenguaje de la prosa y de lo prosaico. Se mercantiliza lo innegociable. El espíritu del hombre, su espacio más íntimo de libertad, termina convertido en jaula desde la cual se pretende decir. Pero no hay libertad para expresar lo que es auténtico en el hombre, su propio duelo, sus más preciadas alegrías y conquistas. Quizás, por ello, y renunciando a un lenguaje auténtico, se incurra en la palabra gastada y enquistada en la negociabilidad que le propone el consumo y la sociedad de consumo. La poesía pierde su más preciado lenguaje y termina confundida con la palabra que negocia, que oprime, que constriñe. Luego, antes que liberar y hacer estallar los automatismos que genera el comercio lingüístico, se potencia la banalidad propia de la sociedad del pret a porter, la del fast think y del fast food. Nos da miedo mirarnos en el espejo de la poesía, porque quizás nos ocurra como a los vampiros: no nos podemos reconocer. Invisibles, parados apenas en la sombra que la noche del lenguaje abre como un abismo, nos hundimos y nos extraviamos en la algazara, en el ruido anunciado por Baudelaire, en la promesa y en la necesidad de seguridad que nos hurta la condición más preciada, la de ser irremediablemente libres en la imaginación y en la capacidad de poder seguir poetizando el mundo, porque como en Hölderlin: “no es por sus méritos, sino por la poesía como el hombre hace de esta tierra su morada”.

miércoles, 28 de octubre de 2009

LA CREACIÓN...O...LA DICHA DE PARTIR A NINGUNA PARTE / Víctor López Rache


La Creación…o…la dicha de partir a ninguna parte.
15 Feria del Libro Pacífico organizada por la Universidad del Valle.

Por VICTOR LOPEZ RACHE


Summa:

El exceso de claridad impuso el discurso de Los Fines e impide el ejercicio sincero del escritor en la creación literaria. La tecnociencia y los medios de comunicación han transmutado el lenguaje y han reducido el principio de realidad en favor de la expansión de fantasías tan extremas que sociedades, con vocación futurista, han retrocedido a estadios primitivos del miedo y la religiosidad. Como si fuera poco ha surgido el AutorClic, cuya virtud consiste en redactar para consumidores de publicaciones que no saben leer y, gracias a la indiferencia de la crítica, se ha apoderado de las emociones y del imaginario. Si el escritor no quiere convertirse en un notario de distorsiones, debe descubrir el misterio para, luego, contribuir a hallar la realidad; sólo entonces, las generaciones del futuro leerán obras, de esta época, en cuyas páginas fluirá el alma y la vida de una comunidad. Para lograrlo, puede encontrar la llave en la experiencia de los grandes escritores del ayer…



Tener fe en el arte de la creación es desobedecer en silencio y partir con la esperanza de llegar a ninguna parte. Debe ser un viaje desinteresado y no esperar como premios ulteriores el aura que irradia los complejos de Adán y de Cristo. Con un creador nada comienza. Partir de la nada, invita a quedarse en la nada, para terminar en la nada. La obra tampoco tiene la obligación de dividir el tiempo en Antes y Después como consecuencia de una vida de sufrimiento, renunciación y entrega a un espejismo estético.

El talento y la inspiración no son constantes; pero si el autor está dispuesto a morir invocando en su obra el misterio de la palabra, convierte la terquedad en una especie de genialidad indefinida. Dormido y despierto persiste en su error, sin importarle si está dentro o fuera. Morir y renacer en cada intento es ir en la dirección correcta y la sed y el insomnio sirven de estimulantes a la página, siempre, a punto de iniciar.

El feliz sacrificio del creador auténtico anima a sus seguidores a poner las capacidades en la balanza. El punto de equilibrio es indolente y deja la obra en una oscilación perpetua y su autor, pálido, intuye que, en el arte, la certeza mata tanto como la duda. Pero si su imaginación ha tenido movimiento propio se reconocerá único e individual y, sólo entonces, comprenderá que ningún resultado estético depende de los caprichos de una simple balanza, llámese antología nacional, colección de obras maestras de la lengua, o compilación de las joyas inmortales de la aldea.



Crear es sentirse un ser libre, no un cubo de materia al vaivén de los caprichos de mentes autoritarias. Lograr una obra tranquiliza al autor y perfecciona el espíritu de la comunidad.

Pero, ¿un creador puede sobrevivir al margen de las distorsiones de su tiempo y su lugar?

En épocas como esta, sería un prodigio. A finales del siglo XX La Muerte de la Poesía fue anunciada y con ella vino el auge de la claridad. Todo estaba tan claro que la historia, las ideologías, la utopía, habían llegado a su fin. El discurso de Los Fines se tornó en el seductor de las mentes futuristas y allí dirigieron la mirada sin advertir los agujeros insondables ocultos en el esplendor de la claridad. Miles de luminarias inundan el mundo cuando intereses poderosos quieren pasar por alto aquello que avergüenza la razón y mancha la esencia de la criatura humana. El conocimiento predominante aseguró haber descubierto el secreto de lo más pequeño y lo más grande del universo. La inspiración nunca había existido y la noción de misterio había sido un equívoco de creadores temerosos de lo desconocido, afirmaron, incluso, poetas inspirados que escribían poemas misteriosos. Como si las posibilidades creativas careciesen de matices, ignoraron que el arte se adelanta o regresa en el tiempo e insistieron, de nuevo, en el fin de las grandes historias y, entonces, la creación promovida pasó a ser subsidiaria de las redes subliminales de la publicidad.

Los propagadores de Los Fines consideraban resueltas las incógnitas humanas y hablaron de nuevos paradigmas; tan nuevos que la mente no tenía preocupaciones distintas a recibir información. Todo era tan diáfano que nadie entendía nada y, conscientes de su capacidad de persuasión, los medios se metieron en las alcobas a repetir que El Fin de Milenio debía celebrarse de la mano divina para evitar que los males pasados se multiplicarán en los tiempos venideros. Se retrocedió a los estadios primitivos de la religiosidad y comunidades enteras se entregaron a venerar a los pontífices del miedo. La falta de pensadores apocalípticos en Latinoamérica impidió promocionar El Fin de la Magia y, tal vez, ello le permitió al Realismo Mágico prolongar su adiós sobre otras manifestaciones literarias de nuestra lengua. Pero quienes se sentían incómodos en tan hermoso ataúd de fantasías, percibieron que los soplos mágicos de la distracción, ocultaban trampas inversas a aquellos prodigios que revelan los practicantes de la magia no comercial. Los viajes espaciales dejaron dudas acerca de la vecindad del cielo; pero los elegidos del más allá miraron noticias y tuvieron certeza de la existencia de El Diablo. Infantilizaron el imaginario, el terror exacerbó los instintos de conservación y se impuso como justicia la ignominia del salvaje. Esta iluminación capciosa redujo la pluralidad del pensamiento; pero dejó un beneficio literario. Durante siglos se había dicho que la poesía era pariente de la religión. Los entendidos citaban como actos poéticos la creación del mundo en siete días y Dios hecho a imagen y semejanza del hombre. Pero no eran actos poéticos; eran mentiras incansablemente repetidas. Y si bien la poesía transciende los límites de la verdad, no puede entenderse como un gesto de aproximación a las habilidades innegables de la mentira. Poesía y religión son opuestas. La religión es local y envejece; la poesía perdura y es universal. La religión es dogma; la poesía es sugerencia. Distintos pasajes de La Biblia se semejan infinitamente a manuales de terrorismo y esa misma distancia los separa de la poesía.

Cuando todo ha llegado a su fin y una farsa planificada ilumina lo existente e inexistente, la única opción es crear. Pero si la creación literaria es hija de la imaginación sincera y prefiere moverse en rutas libres de señales arcaicas y barreras impalpables, ¿cómo continuar el viaje para llegar a ninguna parte?

La naturaleza se transforma sin temerle a los rigores del tiempo y el hombre tiene la necesidad latente de inventar. Entonces, los poetas y escritores, ahora, tenían la posibilidad de inventar el misterio para, luego, hallar la realidad. Y hallar la realidad debía ser un imperativo universal. Manos intocables la tienen refundida en superficies programadas en estudios de televisión, estaciones espaciales y laboratorios subterráneos. La inteligencia y la sensibilidad fueron contaminadas de fantasías extremas.

Las nuevas tecnologías tenían necesidad de ser nombradas y la falta de imaginación de sus inventores los llevó a apropiarse del lenguaje y, sin pudor, le infligieron mutaciones irremediables a las palabras. Los poderes establecidos repitieron el código y lograron invertir los significados. Desde entonces, Paz significa eliminar a un hombre, una comunidad, una etnia. Libertad implica cárceles, torturas y vejámenes de lesa humanidad. Soberanía, invadir a un país pequeño o el país pequeño entregar su dignidad. Prensa Libre equivale a transmitir, impunemente, las suciedades subliminales entretejidas en las mesas estratégicas de las multinacionales de la comunicación. La palabra, ahora, padece la represión de la Academia de la Lengua y el rediseño en las guillotinas de la tecnociencia y la publicidad.

A través de la imagen vaporosa y el lenguaje transmutado han reducido el principio de realidad y, para desmentirlo, institucionalizaron como sentencia invulnerable, la realidad supera a la imaginación, figura imposible, pero útil para exaltar los hechos atroces que suceden cuando la arbitrariedad es guía humana y espiritual.

En momentos en que el artificio maneja el imaginario colectivo, es justo mirar el pasado. En el primer milenio las sirenas dejaron de cantar; callaron a lo largo del segundo, y en el tercero reaparecieron repitiendo distracciones enfermizas con ínfulas de universalidad. En la antigüedad los oídos con cera se cuidaban de sus cantos; su posterior silencio planteó, seguramente, desconfianza; pero su reaparición alienada en la era de la globalización causa pánico. Su repetición incesante guarda intereses pavorosos y, en medio de barrotes invisibles o atados a redes virtuales, los navegantes de la iluminación planetaria debemos escucharlas con el suspenso de futuros náufragos. El subconsciente depende, quizá, de alguna deidad artificial, cuyo fin es controlar la criatura humana y vigilar las fronteras de la galaxia. Una creación tan admirable como perversa.

La tecnociencia es de principios autoritarios, pone todo a su servicio y declara caduco a quien le oponga resistencia. La máquina de escribir, en menos de 20 años, pasó a hacer parte del mito. La palabra página no remite a una cuartilla material y de dimensiones proporcionales a las medidas de la criatura humana. Página, hoy, es una apariencia ajena a materia, volumen y peso. Es un espejismo que obedece a un Clic y allí debe escribirse poesía, cuando el poeta debe conservar algo de la inocencia del hombre en su estado natural. Carta, ventana, ratón, de su tradición milenaria, nada le transmiten a un joven de estos días. La prueba esencial de la existencia de la memoria y la imaginación era el libro; pero los usurpadores de los bienes intangibles ya cogieron la palabra libro para expresar todo lo opuesto a un libro. Los paraísos virtuales ocupan el espíritu y, la falta de una realidad objetiva, ha llevado a los corazones inocentes a buscar en los mundos ilusorios su amor concreto. El hombre, ni siquiera, será necesario para el monótono vicio de la reproducción. Un científico, sonriente, afirmó, si la humanidad desaparece en una catástrofe atómica, nada le pasará a la naturaleza. Una década atrás, otro pensador había dicho que el hombre era tan optimista que creía que estaba a punto de desaparecer. Se intensifica el sarcasmo hacia el humanismo y las ideologías mueren de acuerdo a engaños planificados en centros de pensamiento de avanzada o en agencias de publicidad. Es una mutación dinámica y quienes eligieron la literatura como forma de vida sólo tienen a su disposición una palabra manipulada y unos sueños a punto de ser condicionados por programadores de necesidades tan seductoras como inexistentes.

¿Cómo crear con el humanismo herido y la conciencia individual difuminada en alucinaciones electrónicas?

Como siempre se hizo y siempre se hará. Más en el borde de la soledad que en el centro de la multitud. Más confiado en el milagro del inconsciente que en el gas pragmático que visualizó La Muerte de la Poesía como el acontecimiento del Siglo XX. Más en las experiencias de la vida que en las prebendas de instituciones que necesitan enaltecer y falsear. Los creadores que sobrevivieron a Los Fines de la Claridad deben seguir persistiendo en su error. En su error empezaron y en su error concluirán; pues el creador no debe someterse a las exigencias que van surgiendo de necesidades exteriores a la integridad de su ser. Poca creación literaria dejará, por ejemplo, poner el talento al servicio de conmemoraciones históricas, si ello no proviene de una motivación interior. Lejos del ruido alucinante de la moda estética, trabajará con la pasión de la primera vez y disfrutará la compañía de sus autores favoritos. Con ellos dormirá y en sueños establecerá diálogo de igual a igual e, incluso, los cuestionará. Si en ellos encuentra superadas las carencias del entorno, habrá pasado la prueba en que renuncian los aficionados. Son su consuelo insustituible a sabiendas que debe huirles. A medida que crezca su admiración, debe ubicarlos donde su mano no los alcance. Ellos, los maestros, los dignificados, son capaces de acabar con el mejor de los talentos. Es preferible ser un escritor con su mundo personal, suspendido en el signo de interrogación, que un famoso debiendo deudas impagables que el lector cobrará. En su seguro anonimato él descubre el autor insincero e, irónico, señala la procedencia de ese verso tan celebrado; en qué atmosfera tomó vuelo tan admirable cuento; de qué episodio surgió tal novela; de qué tono prestó el maravilloso eco de su voz. El lector a solas recorre la primera etapa de esa ruta quebradiza y malgeniada que el libro debe superar para comenzar a vivir. Figuras de fama absolutista han muerto apenas el lector descubre en sus libros las luces de estrellas ajenas. Después de siglos, autores proscritos han recobrado vida gracias a su propia luz mantenida bajo el brillo de simples parpadeos de neón.

El creador sobreviviente de las distorsiones de la claridad debe defender su independencia. De lo contrario, puede ser usado como objeto político por esos usurpadores del poder que encuentran en los nacionalismos el refugio a sus inclinaciones macabras. También debe cuidarse de las impertinencias económicas. La necesidad, o la abundancia, le impone a los artistas condiciones imposibles de eludir. Las apuestas pragmáticas, la riqueza y la fama han llevado tantos talentos a la desolación estética como la cárcel, la locura y la miseria.

Los obstáculos aparecen durante la escritura y después de ella. Los de talento los agradecen; los elegidos de la vanidad reaccionan enfurecidos. Sin el silencio, la negación, las envidias vengativas y demás métodos de exclusión, el escritor no tendría cómo saber si lo es. Fuera de las arbitrariedades convencionales de la sociedad, el tiempo es el principal. Todo tiempo es breve para un creador y, sin embargo, su trabajo debe ser lento, respetuoso de los abismos invisibles y de las pausas necesarias. El pasado, presente y futuro lucharán por no dejarse someter a las libertades de su obra. El tiempo del autor es el intemporal y, por eso, logra alejarse de las dinámicas de grupos, escuelas o manifiestos, artífices de buenos propósitos que terminan impidiendo el desarrollo de personajes autónomos que le permitirán identificar su obra con el ser esencial de los demás.

Es una opción dura de sostener. Pues los manipuladores de la época creyeron pocas las alteraciones ocasionadas a la realidad y moldearon el AutorClic, cuya característica esencial es desempeñar oficios ajenos a la literatura y seguir a su agente, y su agente se mueve con la agilidad del mouse para terminar, siempre, donde hay mayor rentabilidad. Si se adapta a las habilidades ratonescas, alcanzará la gloria instantánea. En cambio, si un escritor quiere seguir siendo un hombre de letras será eliminado de ferias, editoriales, traducciones y premios. Si sus libros son editados, serán pedestal de autores de visiones extremas. Los creadores de ayer no se ajustan al modelo impuesto y, por ello, se cuestiona su existencia. Se duda que Shakespeare sea el autor de su obra. Nerviosos académicos tratan de demostrar que, al menos, los párrafos no vulgares fueron escritos por un aristócrata de pensamiento refinado y virtuoso en el Arte de Comer y de Vestir. Cervantes tampoco se ajusta al modelo actual y, por eso, en los homenajes exaltan los episodios de su obra que invitan a la carcajada e ignoran la vida dolorosa que le diseñó el poder de su época. Intelectuales menos angustiados por las finezas de los creadores de genio, dictan conferencias explicando por qué no han leído a Shakespeare, Cervantes y otros de suerte similar.

El AutorClic no es un novicio sometido a los despropósitos seductores de agentes y editoriales. Sabedor de sus dones capciosos acomoda su personalidad a las exigencias de los poderes públicos y privados, cita frases efectistas de los inmortales, carece de humor y un chiste de tinte transnacional le basta para sorprender a otro escenario cosmopolita donde, al saludar y despedirse, repetirá, nada enaltece tanto a un poeta como el fracaso. No tiene ninguna preocupación distinta al éxito, depende de la admiración ajena y sus producciones van dirigidas a consumidores de papel impreso que no saben leer y viven ansiosos de aventuras, parábolas y perversiones. Es tan adorable que puede publicar engaños vacíos de contenido y de forma. Un editor aseguró que estaba en capacidad de volver best seller un cubo de páginas sin una letra. ¿Para qué inventar la llave que revelará nuevos misterios si el arte, también, es de vencedores e inescrupulosos?

Un blindaje hipnotizante protege al AutorClic. No le inquieta saber que la publicidad es el horno crematorio de la creación. Extrae sus engaños de la religión, la historia, el arte, el crimen, o de sus aventuras como turista de las letras. Simplemente el olfato ratonesco del agente propone, un equipo recolecta la información, otro redacta y el AutorClic interrumpe sus empleos antiliterarios, revisa de afán en la pantalla, pone su fotografía y la logística de las editoriales se encarga de exhibirlo en las nebulosas de la fantasía comercial. La publicación de finas pastas se venderá como la obra de un creador y si no encaja en género esotérico, documental, sociológico, ni periodístico, se le impondrá la fascinante marca de Novela. Si le acusan de plagio, los comentaristas de la red internacional de los nuevos saberes le admiraran su extraordinario talento para actualizar; actualizar; siempre actualizar. El dinamismo de la época permite todo. La poesía no será editada, siquiera, para obsequiarla por la compra del engaño de finas pastas; no insista en regalarlos, señor, encarecen el traslado de las bodegas a las librerías, le dijeron a un poeta días antes de la feria del libro en Bogotá. Claro, si a un AutorClic se le ocurriese exaltar en líneas desiguales las atrocidades de un personaje del horror, el producto recibirá la chispa mágica de los medios, obtendrá el aura de inmensa aceptación y no pocos comentaristas hablarían de la resurrección de la poesía. De paso salvaría de la quiebra a muchas editoriales como lo siguen haciendo las publicaciones que, año tras año, provoca la figura de Hitler, deidad de millones de admiradores secretos que se acostumbraron a consumirlo gracias a los detractores que encontraron en su huella macabra motivaciones históricas, estéticas, políticas y de pensamiento.

El ritmo ratonesco no está solo perfeccionando las condiciones para poner en cuidados intensivos la creación literaria. Después de pasearse en laboratorios de última generación una científica americana concluyó que la naturaleza del hombre no está hecha para leer. La carcajada enemiga de la lectura de Hipno resonó desde la época de los dioses griegos y, a la vez, las multinacionales de la comunicación publicitaron el descubrimiento como una verdad maravillosa y la conspiración en contra de la lectura se aproximó a su nivel óptimo. Es tan dura la conspiración que a los mismos escritores les impide leer en la vigilia para releer en sueños. Les ha abreviado el tiempo necesario para enterarse de sus pares, de los predecesores y, algunos, no alcanzan a llegar a los clásicos a quienes, no sólo se les debe aprender, sino enriquecer hallándoles nuevas posibilidades de interpretación.

En este ambiente, controlado en todas las direcciones, poetas y escritores deben crear a pulso. Los críticos esperan una obra capaz de brindarles la oportunidad de descubrir personajes que les permita aventurar hipótesis para ayudar a descubrir la realidad refundida en los diferentes planos de la fantasía, paso previo para liberar a los ciudadanos del imperio de la claridad. Tal vez les asista la razón. Pero en siglos anteriores las dos actividades marchaban juntas. Los críticos sentaban posiciones literarias e iluminaban a los escritores en formación. Los críticos no dejaron en el olvido a Kafka, Proust y, después de seis siglos, rescataron de la biblioteca a la Divina Comedia. Los críticos aventuraban con la misma pasión que los creadores y, sin temor, establecían conexiones entre situaciones reales e imaginarias. En la obra de escritores y poetas, excluidos de su tiempo, críticos y académicos descubrieron los monstruos ocultos en la normalidad y profetizaron las posiciones autoritarias y las calamidades que hoy tienen al mundo pendiendo de la sonrisa de la tragedia.

Pero el exceso de claridad también afectó a los críticos y han optado por la indiferencia. Si bien la indiferencia es menos nociva que el elogio, sin crítica, escritores y lectores tendrán menos posibilidades de descubrir los misterios de su entorno. La autocritica es insuficiente para perfeccionar una obra llamada a perdurar.

Ante la alteración de la realidad, la indiferencia crítica y el hambre multinacional del AutorClic, el creador debe hacer de su obra una experiencia espiritual, como lo dejó escrito el ejemplo de los grandes del ayer. Se hace necesario reescribir incansables veces la frase esquiva. Recobrar la paciencia para hacerlo de rodillas. Experimentar la equivocación creativa de ver el sol en plena noche. Un Clic no puede desaparecer el miedo seductor de enfrentarse a aquello que durante generaciones se llamó la angustia ante la página blanca. La criatura que le confía la vida a la poesía lo hace porque ha encontrado en el arte la posibilidad para sugerir, preguntar, descubrir monstruos y encantos que habitan el alma. Si el cultivador de la palabra es sincero, las generaciones del futuro sabrán de un escritor, de esta época, que murió gritando a sus personajes; de un poeta que murió dándose consejos sobre cómo mejorar el verso que le avergonzó. Los lectores volverán a leer páginas en cuyas líneas fluye el espíritu y la sangre de una comunidad lingüística. Volverán a saber, en fin, de autores de esta época que, antes de llegar a ninguna parte, perfeccionaron su obra hasta cuando les permitió la agonía del breve viaje de la vida. Y, entonces, sólo entonces, quedará escrito que La Muerte de la Poesía no pasó de ser el gas de una intoxicación cerebral que sufrió un Nopoeta en momentos previos al surgimiento de Los Fines de la Claridad.

sábado, 3 de octubre de 2009

Cuatro Poemas Traducidos (Brasil)





Yo no te pido que me bajes
una estrella azul
solo te pido que mi espacio
llenes con tu luz.

Mario Benedetti. Yo no te pido.


.................1.
................."verso del reencontro"

........................................cuando partió,
........................................(en la luna minguante)
........................................mi fidelidad amante
........................................se puso a la prueba.

.................los días que se siguieron,
.................en las lágrimas que partieron
.................te esperé renascer,
.................en la luna nueva.


.................2.
................."ausencia (tuya)"

..........................................................liviana moldura,
..........................................................soplo,
..........................................................palabras deshechas,
..........................................................disociación.
..........................................................abismo, nada.

.................en sueños surges y me sorprende.


.................3.
................."a recordarte en las madrugadas"

.................mi rodilla en tus muslos
.................tiene algo de súplica muda,
.................una exclamación
.................que se funde a las llamas de tus ojos
.................y acaricia el contorno de tus labios...

.................fin de tarde,
.................amanece el sol en tu habitación,
.................te echas sobre mi cuerpo
.................y desacatas mi seguridad.

...............................................sonrío.

...............................................tu cuerpo desliza
.................por las palmas de mis manos.


.................4.
................."mis pensamientos de cada mañana”

.................desperté yo mismo,
...............................................quería haber
...............................................despertado
...............................................en medio
...............................................la carreteras planas,
...............................................en pautas de música,
...............................................y asceta,
.................espiar el fondo del fin de la noche
.................mientras ese mi corazón soturno
...............................................lúcidamente
...............................................escribiría
...............................................en el horizonte,
...............................................fecundado
...............................................de frescor y rocío,
.................mis pensamientos de cada mañana.


.................daufen bach.
.................Obs: Os poemas 2 e 3 foram gentimente traduzidos para
.................o espanhol pela minha querida amiga Patricia Lara.


ver: http://eraparasercancao.blogspot.com

domingo, 27 de septiembre de 2009

ESCRIBIR UN CUENTO, de Raymond Carver

Raymond Carver
(1939-1988)

Escribir un cuento
      Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.


      Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.



      Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.



      Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la UNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.



      Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar,. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.



      Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes:No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Solo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.



      Hace unos meses, en el New York Times Books Review John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar —y maltratar, incluso— a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá solo resulte interesante par un puñado de especializadísimos científicos.



      Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas —Barthelme, por ejemplo— no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.



      Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.



      En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento —si las palabras resultan oscuras, enrevesadas— los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.



      Tengo amigos que me cuentan que debe acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.



      En un ensayo titulado Writing Short Stories, Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:


Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable.

      Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.


      Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.



      Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.



      Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma ene l cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.



      La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.