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martes, 2 de junio de 2009

LA ESPIRAL DE JOB/ Víctor López Rache


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Gabriel Arturo Castro nos recuerda la vieja pregunta, ¿has visto algo perfecto sin la paciencia? Desde el Libro de alquimia y soledad, que le publicara el concurso de poesía Ciudad de Bogotá, en 1992, permanecía, estudiando y comentando a otros autores e iluminando con sus agudezas críticas. Tras los versos de Job es su segundo libro y se pública gracias a que ha obtenido el premio nacional de poesía Porfirio Barba Jacob 2009. Es una enseñanza estética y una actitud ante la vida que, ahora, no existen sino están en exhibición permanente.
Tras los versos de Job revela con angustiosa claridad la experiencia humana. Logra expresar el dolor del hombre en un tono que no se puede describir ni comparar. Es un tono que trastorna la sensibilidad y el alma del lector sin acudir a armonías que se logran con ciertas combinaciones de palabras o trasponiendo en la página oralidades cuyos acentos perturban o encantan el oído. Es un tono que convoca experiencias innombrables; pero vividas por cualquier doliente de la historia y la sinrazón.
Página a página va perfeccionando una espiral que cruza el último poema diciendo: La memoria de la suciedad nos indica que el polvo tiene cicatrices y una gruesa costra. Cómo si ya no hubiese otra oportunidad para el sufrimiento, como si esa costra fuera el sello definitivo, como si salvara a la cicatriz de sufrir una nueva herida. Es una costra donde ni siquiera le bastara el carisma de Dios para darle cabida a la sensibilidad que permitirá que alguien la agreda para producirle dolor y cicatriz.
En este libro de Gabriel Arturo Castro hay una intensidad emocional en expansión y es inútil buscarle influencias. Ha encontrado lo que, los entendidos en literatura, llaman su propia voz.
No cesa de deslumbrarnos y confrontarnos. Se vive pendiendo de clavos al rojo vivo. Las piedras gozan la tranquilidad que debía sobrarle a los hombres. Los llantos prefieren morir anónimos. Y no puede ser de otra manera en una sociedad que no se expresa o prefiere salvarse contando los eslabones del silencio.
El siguiente verso compendia el destino del hombre, la casa de vez en cuando se incendia. Sí, se incendia de cuando en vez: cuando la imaginación es sustituida por fantasías enfermizas; cuando se borran mitos con un simple flash; cuando el pan ha sido prohibido al hogar; cuando se somete a un país; cuando en menos de 50 años se asiste al festín cruel de dos guerras mundiales; cuando las víctimas del nazismo son victimarios de los palestinos. Sí, de cuando en vez los hombres se convierten en ceniza porque han sido escupidos por bocas que de tanto miedo estaban llenas de pólvora.
De esta manera se va elevando la espiral que le da forma a Tras los versos de Job; sin embargo, para la distorsión oficial, apenas se tala el bosque de los cuentos. En la transparencia de los versos de Gabriel Arturo Castro no sólo asoma la rabia, sino salta la ironía.
En la espiral llamada Tras los versos de Job, encontramos uno de los mejores y más sentidos poemas escrito por poeta alguno:
Me ratifico en la blasfemia:
después de la purificación un sacrilegio,
un soliloquio por las fuentes desiertas.
El escriba no deja de llorar por su paraíso,
el que habla de un Dios enjaulado
y la iglesia custodiada por las calaveras.
Todo está en el libro de los engaños,
donde el nombre exacto es la palabra sarna,
las sobras de la última cena,
sus despojos robados por las uñas y dientes
de los harapientos,
cena de cenizas, sueños de peregrino
y de quien hace señales con sus pañuelos sucios.
Y tu Cristo, todo enlodado,
¿acaso no ves que la turba y los desmanes
de los mutilados escupen su rabia y su asco,
y duermen al pie de nuestra cama?
Es lamento rabioso y despojado de preciosismos estériles y precisiones forzadas. Es el lamento poético de un tiempo. Es el lamento que deja una historia escrita, libre de palabras plenas que, obvio, no pueden usar los seres destrozados que han elegido expresar los vaivenes de su alma con palabras rotas.
Víctor López Rache