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jueves, 15 de julio de 2010

PRAGMATISMO Y POESÍA EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA


Por Julio César Correa

Docente, poeta y dibujante

Una profesión tiene un discurso que le es propio, una configuración epistemológica, unas prácticas determinadas, un campo de acción y unas competencias de desempeño (para decirlo en términos contemporáneos). Al profesional –todavía- le pueden abrir espacios en empresas del sector público o privado. Allí hay espacios para poder desarrollar y poner en práctica sus saberes y competencias. Incluso, dicen algunos, trabajar es tan malo que le pagan a uno por hacerlo. El profesional recibe un salario mensual o quincenal, con sus respectivas obligaciones de ley. Por supuesto, cambia su preciado tiempo libre por un salario que le obliga a estar día tras día al servicio de la empresa que lo contrató.

“Lo normal” en sociedades pragmáticas como la nuestra es considerar el trabajo como una obligación, un derecho, un deber, incluso “un derecho natural”. Muchos de los tratados de la modernidad enfatizan en el desarrollo y evolución humana gracias al trabajo (Engels, Marx, ¿el psicoanálisis? y muchas de las teorías pragmáticas). El famoso Papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, pareciera más bien una bula papal que el documento producto de la reflexión de uno de los teóricos que más influencia tendría en el desarrollo de las teorías marxistas.

Quizás por ello, y en medio de la atmósfera pesada de la época, le corresponde a las expresiones culturales y del espíritu del hombre, empezar a manifestar y expresar todo aquello que escapa justo al predominio de la racionalidad; esa esfera se va haciendo cada vez más extensa y va copando todos los espacios en la vida de los hombres. Luego, les corresponde a manifestaciones “culturales” como el arte, la música, la poesía, la novela, el teatro y la danza, empezar a contar precisamente “eso” que la racionalidad quiso obliterar; esa suerte de irracionalidad busca abrirse espacios en los que fuese posible su manifestación. Jean-Francois Lyotard la denomina anamnesis, la dimensión que se expande y se dilata hasta transformarse, pero que hace parte de la misma modernidad, por eso igualmente la llama posmodernidad, sin la t de posterior, después o más allá.

En medio de todo este asunto, uno se pregunta por el lugar que ocupa el poeta en las sociedades contemporáneas. La respuesta puede ser evidente. Sin embargo, resultaría fácil incurrir en la idea de desconocer y borrar al poeta de la sociedad del trabajo. Hasta hace muy poco tiempo se educaba todavía pensando en las consecuencias y necesidades de la sociedad regida por la Revolución Industrial; aún se sigue educando siguiendo estos cánones y de espaldas a las transformaciones más recientes. Pero, la sociedad de la información y del conocimiento igual o quizás con más énfasis ha ignorado por completo la presencia del poeta. En la sociedad de la información tiene más importancia aquello que se puede hacer con la información y el conocimiento, las competencias, las destrezas y habilidades, que el “enciclopedismo” propio de la sociedad industrial.

El énfasis en el hacer, en los desempeños, se ponen en la escena educativa pensando igualmente en el trabajo o, como dicen ahora, en la posibilidad de abrir empresa, en el emprendimiento. Igualmente, el énfasis sigue siendo pragmático. Esta tendencia se fue apoderando de todos los espacios de la vida de los seres humanos en la sociedad globalizada. Es así que importa más un desfile de modas que la imagen del poeta contrito y conmovido por la belleza de una imagen determinada. Importa más la estética de una jugada en un partido de fútbol que la estética de una frase, el poema bien logrado, el libro bien concebido. Los nuevos ídolos, aquellos que arrastran masas, son los futbolistas, los dueños de la atención mediática. Lo mismo podría decirse de los cantantes populares a la manera de los nuestros que triunfan en el mundo. Un informativo televisivo ocupa su tiempo en noticias sobre orden público, la política, la corrupción y los crímenes cada vez más frecuentes; los nuestros, además, aderezan el final de los mismos con una franja larga dedicada a lo que antes, y sin sonrojarse, uno podría llamar banalidades. Durante el año, los doce meses que lo conforman, quizás el tema de la poesía ocupe el noticiero una o dos veces, y no es una exageración. La poesía, en particular, queda relegada a la falta de material que la empresa y sus editores puedan denominar importante, y en ese caso podría ir de relleno.

Un paneo rápido por las vitrinas de las escasas librerías de la ciudad me llevó, hace algunos meses, a encontrar reunidos en un solo estante toda la publicación editorial de los rehenes liberados por las FARC. En ese entonces, el bestseller era el libro del héroe nacional Jhon Frank Pinchao. Quien pasó de ser un policía humilde –diría que iletrado- a una celebridad de las letras nacionales. Así lo presenta la Enciclopedia Libre Wikipedia:

“Jhon Frank Pinchao Blanco, nacido el 11 de junio de 1973, es un Policía Colombiano, quien ostentaba el grado de Subintendente cuando fue secuestrado por las Fuerzas Armandas Revolucionarias de Colombia (FARC)1 luego de la toma de las FARC en la ciudad de Mitú, Departamento del Vaupés.2 3 4 Pinchao fue coautor de un libro titulado Mi fuga hacia la libertad en el que relata sus días de cautiverio y su fuga.”1
Entre las ideas que enfatizan la noción de trabajo, de todo lo que es útil y necesario, de aquello que produce beneficios económicos, la imagen del poeta puede ser vista con algo de conmiseración, y en el peor de los casos, con algo de risa; incluso, para las jóvenes generaciones, el poeta es aquel que no tiene más de dieciocho años, lampiño, cabellos aplastados, cayendo sobre la frente, vestido de yines de marca y zapatillas de igual costo, y se pinta las uñas de negro. El poeta niño de la sociedad globalizada no escribe poesía, no es rebelde; se droga porque esa es la moda; se viste de acuerdo con las normas mediáticas y aprovecha los encuentros sociales para mostrar su inclinación por algún tipo de música. Y sin que sea una sorpresa, el poeta niño de la sociedad globalizada no lee ni cree en las bondades liberadoras de la lectura. Se inclina más por los beneficios del I-phone, gadget que maneja a la perfección. Su postura ambigua, un poco meliflua, quizás pueda representarse en esa suerte de tribu urbana denominada EMOS. Jóvenes tiernos, lúgubres, maquillados, peinados muy a la manera de las señoritas que le acompañan, rigurosamente vestidos de negro, casi a punto de soltar un quejido; a punto del desmayo y el suicidio. La semejanza con nuestra tradición tardo-romántica no es una caricatura, ni una exageración.

¿Un poeta en tiempos de globalización? No es una pregunta de investigación, ni el enunciado que pueda propiciar un juicio epistémico y que denote honduras filosóficas o manejo de la disciplina. Se trata más bien de revisar esto que parece un contrasentido. La globalización, desigual y heterogénea, es ese proceso que nos ubicó sobre el panorama del mundo y nos mostró cuán parroquianos seguimos siendo. No reconocerlo es justamente el problema: no sabemos que no sabemos, ignoramos que ignoramos, por eso seguimos creyendo que sabemos.

En un escrito fechado el 22 de julio de 2001, Eduardo García Aguilar, (Diatriba contra la poesía colombiana) escritor caldense radicado en Francia, afirma:

Antes los poetas eran necesarios y tenían esperanza. Eran protegidos en las cortes, adorados, se les nombraba embajadores, se volvían voces de naciones o de continentes. Ahora los poetas son menos que desechables. Nadie los escucha. Ni siquiera ellos mismos se escuchan. En tiempos de auge asqueante de la novela, cuando los novelistas tienen que volverse empleadillos sin sueldo de las editoriales multinacionales, la poesía es el único refugio de la experimentación y la soledad. En cada poeta de hoy hay una Madre Teresa. Los que se dedican a la poesía en Colombia son los huérfanos de la Madre Teresa. Pero cuando la novela colombiana y la latinoamericana se ha vuelto un asco de mercaderes, cuando la novela sólo se basa en el escándalo azufroso, la actualidad periodística y la frivolidad narco-sicarial, la poesía es como en toda América Latina, el último refugio de la literatura. Refugio al fin y al cabo, aunque por el momento sea un refugio precario y menor (...).2
No faltará quien acuse a García Aguilar de resentido, frustrado o de cualquier otro problema que surja de manera inmediata en la mente del lector. Sin embargo, es preferible asumir el escrito del caldense con el estoicismo necesario de quien sabe que para poder crecer es necesario reconocerse en aquello que dicen las imágenes que los otros nos devuelven, por lo general, imágenes cargadas del veneno consabido de la crítica, del cinismo, de la descalificación, de la arrogancia y, sobre todo, de mucha ignorancia confundida con autoestima.

Precisamente, ese provincianismo inocultable es el que nos impide ver que la imagen del poeta en la sociedad globalizada ya ni es la del marginado, la del excluido, la del incomprendido o la del solitario que se oculta en el desgreño, el alcohol y las tabernas. El que se suicida porque el mundo no le comprende. Imagen cursi, por supuesto, que ya no conmueve a nadie, ni a las abuelas que se deslizan en patines porque saben que a los 70 años es necesaria una vuelta a la adolescencia. Es que en la sociedad globalizada, (la de los flujos y autopistas de información, la misma que avanza o crece sin que en ella cuente o importe lo más mínimo la imagen del poeta, quien a lo sumo existe como un micro-dato registrado en el ciberespacio a manera de bitácoras, blogs o páginas digitales), difícilmente el humanismo, aunque sea el de nuevo tipo a la manera de las propuestas derridianas, tiene cabida alguna, a no ser para respaldar y convalidar el acentuado pragmatismo de la sociedad contemporánea, imbuida en esa suerte de religión moderna que algunos despistados llaman ciencia y se ufanan de tener en su haber la verdad.

Pero, en medio de semejante blindaje de paredes recubiertas con teflón hay, sin embargo, fisuras, resquicios, grietas por donde aún es indispensable el hálito vital de las corrientes humanistas. De allí que aun siendo un negocio que mueve millones, la industria editorial mueve también cantidades significativas de literatura. La novela se sigue vendiendo quizás porque se sigue leyendo. Quizás porque en medio de las impenetrables cabezas de hombres y mujeres que marchan cada mañana al trabajo, hay, a pesar de todo, una vocecilla que va recitando los himnos propios de quienes se reconocen en los opacos espejos de lo específicamente humano.

Como en una novela de ciencia ficción, el personaje principal de una sociedad futura, donde los libros no existen, despierta con el corazón agitado porque en medio de los sueños de la noche anterior pudo comprender que la poesía fue alguna vez el bálsamo que les permitió a los hombres antiguos reconocer la magia y el don de la palabra. Por el claro de la ventana, al tiempo que entran los primeros rayos de sol, igual entra una brisa refrescante y el presentimiento de que la poesía fue la razón de ser de épocas innombrables. Recordará entonces, uno a uno, los versos de Hölderlin: “Es por la poesía y no por sus méritos como el hombre hace de esta tierra su morada”.

1. http://es.wikipedia.org/wiki/Jhon_Frank_Pinchao

2. http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-442299

martes, 13 de julio de 2010

TRES POEMAS DE URIEL GIRALDO ALVAREZ




Uriel Giraldo Álvarez

I
No tengo signo zodiacal (ni falta que me hace) o lo desconozco (desconozco tantas cosas). Me rige un agujero negro con ascendencia de una estrella fugaz. Chinescamente hablando creo que me rige una gallina en lo temperamental y un macho cabrío en lo sexual.

II
Las imágenes que me lega el siglo XX
Los senos de Sofía Loren en  Los Girasoles en Rusia
Un alarido de no sé qué cantante
Un pedazo de oreja entre los dientes de Tyson
Un hongo de humo y fuego sobre una ciudad japonesa
Un tren que no termina de pasar en el aire malva de la madrugada atestado de hombres desnudos y rapados
Un fuego de artificios durante cien días sobre el Golfo Pérsico que se repite a la misma hora en todos los 980.743.280 televisores del mundo
Una cometa perdida en la infancia que remonta los cielos de la inocencia

III

Quiero ver zarpar los barcos en el puerto
sentir que se alejan con miles de gentes
que yo no conozco pero que igual lloro su ausencia
Sentir que me inunda la angustia del que se queda
del que musita un adiós entrecortado
y bolea la mano como borrando la distancia
en que va quedando
Sentir tantas cosas que se agolpan al pecho
con los recuerdos de aquellos momentos
que un día se vivieron
y que apenas ahora se recuerdan
y saber que entre la rutina  y a pesar de ella
que marcan nuestros pasos en la arena
hemos vivido con bemoles y silencios
con naufragios y logros
Ver que las aguas devoran al amigo a la amante
al camarada a la esposa al hijo al padre
sin poderlos llorar como a los muertos
o echar al olvido como a los prófugos
Sentir de vuelta a casa
que se ha de seguir la vida
con un vacío en las manos
en los ojos  en los oídos  en el pecho
Porque casi nunca se sienten
tantas cosas juntas en tan corto tiempo
quiero ver zarpar los barcos en el puerto





*Uriel Giraldo Alvarez, más que ingeniero es un ser humano profundamente comprometido con su oficio de poeta, cultor de la palabra hablada y escrita. Docente, poeta, ensayista y conferenciante; dedica buena parte de su tiempo a la difusión y promoción de la poesía y de la palabra poética. Con alguna frecuencia se le escucha desafiar, con cierto tono irónico, la tradición grecoquimbaya, de la que algunos aún no han podido desprenderse, a pesar de decirse "modernos".