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viernes, 9 de septiembre de 2011

CENIZA INCONCLUSA/ Gabriel Arturo Castro


                                          
                             Gabriel Arturo Castro


Hubiera bastado un nombre luminoso para prolongar y levantar indefinidamente nuestros dedos sobre la extensión y sobre las cosas.

René Char



Según las exigencias de su inefable sensibilidad interior, Char inaugura un diálogo, una aventura espiritual donde la acción y la reflexión están estrechamente unidas. “Tiende a depositar su experiencia bajo la forma más densa y más explosiva”. Char define a la poesía como “una mezcla de vida, aproximación de la pena, elección exhortada y beso en el momento mismo”. Puede más la intuición que el discurso, el alcanzar una realidad más profunda, la íntima y elemental disposición de las cosas. El espíritu siente por la imaginación y conoce únicamente por la esencia de las verdades primeras, el origen que viene a ser lo oscuro, el silencio, el principio, el manojo del preambular sol.
La palabra comienzo para Char es el misterio que se exalta a una alta dignidad:

En el poema, cada palabra casi debe ser empleada en su sentido original. Algunas palabras, separándose, se hacen plurivalentes. Las hay amnésicas.

La palabra predestinada al poema que funda una realidad, autónoma y diferente, entraña de una oscuridad de la obra que se instituye como confección del espíritu, punto de partida, interioridad empeñada en el mundo, génesis que indaga sobre el ser, su amanecer y presencia, su fatiga, sus esfuerzos para sobrevivir, su situación indómita y libre, pero igual su extravío, su exilio y migración, "las palabras que surgen de esa silueta terrestre de ángel rojo son palabras esenciales, palabras que traen inmediatamente auxilio".


Char se coloca adentro del pensamiento viviente, en el ser, afirma sin excluir y asume los opuestos, el choque, el conflicto. Hace una síntesis primitiva donde el ser no pierde su unidad interior, lugar de encuentro del relámpago y la rosa, de las cosas fugaces, que escapan o huyen, pero que pese a su condición efímera se unen para nuestro cumplimiento. “Para René Char, el arte está hecho de opresión, de tragedia, cribados discontinuamente por la irrupción de la dicha que inunda su sitio y luego parte”.


Es una poesía profética que pugna por hacer un proyecto de mundo, de un hombre que vuelve hacia sí mismo mediante la voluntad y la tensión. No sólo ve, sino siente que ve, verificando el hecho de ver, porque más allá de la sensación, de la emoción, está el ejercicio, el ánimo de la reflexión de un ser en el abismo, pero que al tiempo intenta habitar ese mundo mediante la eterna búsqueda del enigma, del poder revelador de la palabra: "Las ruedas - esos escombros - de nuestro molino petrificado se animan, rastrillando aguas bajas y difíciles".


Sumérgete en el enigma que cava, dice Char, devuélvete al interior del espejo, al duro enigma que se encuentra en el centro de la voz humanística del poeta, de su hermetismo, claro - oscuro y denso acto de retornar a la pregunta, al ojo exculpado, al escombro, a lo petrificado, al azar, a la cosecha y al fuego, "al fuego no visto, indescomponible", a la noche desgarrada con relámpagos, a la bordeante ingratitud:

Diré las Madonas sagaces. No las confundamos con las codornices, bestias de la desolación. ¿Cuándo aprenderemos a vivir conversando contigo, rojo sol demasiado filial, en esta hora tan baja cuando gimes sin expresar nada ante el sol ciego? Aquí algunas gotas de sangre sobre la flor del agua gris que supone al borde de su mañana y la nuestra.

Entonces el poeta será ladrón y dador de fuego, quizás su descubridor, pero que no lo retendrá, como Prometeo dispuesto al peligro, al riesgo perpetuo de la iluminación o al castigo de la cadena y el hambre del águila.


La eternidad viene a ser el relámpago, el faro arisco del cedro, la alondra, llama sedentaria, hoguera desvelada del cielo: "El hombre tiene dentro de sí a la tormenta".


Y el poeta está en el centro de esa tormenta, palabra, hielo y sangre, cuerpo nutrido por el rayo, pero listo a desecarlo, a tramar selvas y jardines antes que la felicidad sea destruida, igual que el pájaro, el aliento, la mariposa, la ortiga, la caléndula, la nuez, el girasol, el almendro, el olivo, la alfalfa, la rueda y el ciprés. Porque la poesía es la "única subida de los hombres, que el sol de los muertos no puede ensombrecer en el infinito perfecto y burlesco". La poesía será para Char, durante su ascenso prometeico, el río donde culmina el relámpago e inicia la casa, el sueño sobre la llaga, un contrasepulcro, el amor realizado del deseo, el espejo de todos los ojos, el espíritu de la vehemente ave, la rebeldía del hombre inmolado que se ramifica, el fruto maduro del árbol que se toma con entusiasmo a pesar de su úlcera, la poesía, el ámbito difícil, la tierra arable y pródiga hasta la sangre, la poesía, "siempre entre nuestro corazón trizado y la cascada aparecida".


Con el poema, flecha de sol, cardo descubierto, “elección exhortada”, combate entre el vacío y la comunión, fuego nuevo, llama que aventaja su suerte, se atraviesa toda composición desértica, la noche vieja, su llaga de pirata, la noche de las palabras y un "corazón soberano dispersado en conquistas pronto reducidas a cenizas".


La tormenta es la cercana obra de la poesía.




POEMAS DE RENÉ CHAR

                                                       En las alturas
                                                      Espera aún a que yo venga
                                                     A romper el frío que nos retiene.
                                                     Nube, en tu vida tan amenazada como la mía.
                                                     (Había un precipicio en nuestra casa.
                                                     Por eso hemos partido y nos hemos establecido aquí).

Basta de cavar
Basta de cavar, basta de minar la parte próxima. Lo peor está en cada uno, como cazador, en su flanco. Tú que no eres aquí más que una pala que el tiempo levanta, vuélvete sobre lo que yo amo, que solloza a mi costado, y rómpenos, te lo suplico, para que yo muera de una buena vez.


         Recepción de orión
     ¿Abejas pardas, a quién buscan
     en la lavanda que despierta?
     Su rey y servidor pasa.
     Está ciego y se esparce.
     Es el cazador que huye
     de las flores que lo persiguen.
     Tiende su arco y brillan todas bestias.
     La noche es alta; flechas, arriesguen su suerte.
     Un meteoro toma la tierra por miel.

Bajo palabra

Hay llamas
Más vistosas que las manos que hacen rodar las pesadillas
Sobre la memoria
Se llega al sol por encantamiento
El amor tiene un acentuado sabor a vidrio
Es el coral que surge del mar
Es el perfume desaparecido que vuelve al bosque
Es la transparencia que paga su deuda
Es siempre esa cabeza
De labios deliciosamente entreabiertos
De este lado del muro
Y del otro lado quizás en la punta de una pica


Cuatro edades
I
El otoño para la hoja
El agua hirviendo para el cangrejo
Y el favorito el zorro
Ebrio sobre los hombros luminosos de la Actriz
Adherido al balcón naranja
Un ventisquero de rizos
Acampa en la ansiedad de mi corazón.
II
He estrangulado a mi hermano
Porque no gustaba de dormir
Con la ventana abierta
Hermana mía
Dijo antes de morir
Pasé noches enteras
Mirándote dormir
Inclinado sobre tu brillo en el cristal.
III
Apretados los puños
Rotos los dientes
Con lágrimas en los ojos
La vida
Apostrofándome empujándome y riendo a medias
Yo espiga anticipada de las siegas de agosto
Distingo en la corola del Sol
Una yegua
Me abrevo en su orina.
IV
Mi amor es triste
Porque es fiel
No interpela el olvido de los demás
No cae de la boca como un diario del bolsillo
No es flexible en la angustia que en común se arremolina
No se aísla en las rompientes de la península simulando
pesimismo
Mi amor es triste
Pues está en la naturaleza turbada del amor ser triste
Como la luz es triste
La dicha triste
No has pasado libertad tus correas de arena.




Curso de las arcillas

Mira, portero agudo, de la mañana a la mañana,
Largas, adujando su chorro, a las zarzas frenéticas,
Cómo la tierra nos acucia con su mirada ausente,
Cómo el dolor se embota, grillo de canto parejo,
Y cómo un dios no brota sino para aumentar la sed
De aquellos cuya palabra se dirige a las aguas vivas.
Por tanto alégrate, querida, del destino siguiente:
No clausura esta muerte la memoria amorosa.


El molino
           
Un ruido largo sale por el techo
golondrinas siempre blancas
agua que salta, agua que brilla
el grano salta, el agua muele
y el recinto donde el amor se arriesga
centellea y marca el paso.


Remanencia

¿Qué te hace sufrir? Como si se despertara en la casa sin ruido
el ascendiente de un rostro al que parecía haber fijado un agri0 espejo. Como si, bajadas la alta lámpara y su resplandor encima
de un plato ciego, levantaras hacia tu garganta oprimida la mesa antigua con sus frutos. Como si revivieras tus fugas entre la bruma matinal al encuentro de la rebelión tan querida, que supo socorrerte y alzarte mejor que cualquier ternura. Como si condenases, mientras tu amor está dormido, el pórtico soberano y el camino que lleva a él.
¿Qué te hace sufrir?
Lo irreal intacto en lo real devastado. Sus rodeos aventurados
cercados de llamadas y de sangre. Lo que fue elegido y no fue tocado,
la orilla del salto hasta la ribera alcanzada, el presente irreflexivo que desaparece. Una estrella que se ha acercado, la muy loca, y va a morir antes que yo.



Dyne

Dejando atrás al hombre extensible y al hombre traspasado
llegué ante la puerta de todos los júbilos, la del Verbo desellado
de sus restos mortales, formando lo nuevo, creando fuego
a partir de la verdad, y fortalecido por mi verde fe llamé.
Así llegarás tú al país lavado y desierto de tu desafío. Hasta
entonces, sin fechas fijas, lo irás edificando. ¡Severa vanidad!
¿Pero quién hubiera apostado y optado por ti, desde los parajes
inmemoriales hasta la lira fugitiva del padre?


Los soles canoros


Las desapariciones inexplicables
los accidentes imprevisibles
los infortunios quizás excesivos
las catástrofes de todo orden
los cataclismos que ahogan y carbonizan
el suicidio considerado crimen
los degenerados intratables
los que se enrollan en la cabeza un delantal de herrero
los ingenuos de primera magnitud
los que colocan el féretro de su madre en el fondo de un pozo
los cerebros incultos
los sesos de cuero
los que invernan en el hospital y conservan la embriaguez de
las ropas desgarradas
la malva de las prisiones
la ortiga de las prisiones
la higuera nodriza de ruinas
los silenciosos incurables
los que canalizan la espuma del mundo subterráneo
los poetas excavadores
los que asesinan a los huérfanos tocando el clarín
los magos de la espiga
imperan temperatura benigna alrededor de los sudorosos
embalsamadores del trabajo.