domingo, 28 de septiembre de 2008

EL MELODRAMA Y LA SIMPLICIDAD / Gabriel Arturo Castro



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Por: Gabriel Arturo Castro
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Hallamos ejemplos de ciertas obras, narrativas, en su mayoría, que constituyen una forma de comercio: la promoción de ciertos nombres, creadores de una literatura ligera, de distracción, de lectura fácil; obras lanzadas al mercado “con los mismos fines de lucro que una marca de jabón o de pasta dentrífica”. Sobre este fenómeno de efectivo márketing, es menester indicar la relación que existe entre publicidad y literatura, siendo esta última, en casos muy destacados, una criada del comercio. Muy pocos autores escapan a la maquinaria de muchedumbres. Lo que le importa a las grandes editoriales, además de vender, es generalizar la lectura como un acto de entretenimiento puro, disfrute y recreación. Nada de reflexión, imaginación profunda y creación trascendente. Es el tiempo de los escritores cortesanos, los que escriben para satisfacer las demandas exteriores, lo que la moda, el mercantilismo y las instituciones oficiales definen. Basta con observar las obras o productos que ofrecen: manida e irregular literatura. Luego de su lectura es posible asegurar las serias limitaciones que dichas obras poseen en cuanto a arte narrativo: su falta de equilibrio estructural, la ausencia de articulación de los sucesos, la incoherencia de ciertos personajes y acontecimientos.
A primera vista la armazón de las obras posee elementos sueltos o gratuitos. No hay una clave de composición que les de coherencia. La dispersión es su característica. La unidad orgánica se sacrifica tras la simplicidad, dado que el conjunto de recursos estilísticos es bastante restringido.
Su técnica consiste en relatar, lineal y escuetamente, episodios vividos por un narrador, en forma continua e irreversible. No existe ninguna modalidad divergente frente a la labor directa de narrar, ni artificios, modos o requerimientos de composición. Más que el aspecto formal, a los autores les importa fijar la sustancia narrativa, es decir, la suma de anécdotas, sucesos y percances, fenómeno llamado narración por acumulación, reunión de información, mero registro de hechos (escandalosos, pornográficos, casi siempre), sumatoria de ellos. ¿Escasez de recursos, falta de talento artístico, ausencia de ingenio, poco dominio del oficio, precocidad natural, actitud ingenua?
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Decíamos que hay lecturas de obras narrativas, las cuales dejan una gran preocupación relativa al tratamiento del escrito y su escasa calidad en cuanto a producto artístico literario. No pasan de ser simples textos donde se reproduce indiscriminadamente una serie de exposiciones, vagas indicaciones, haciendo gala de un discurso ordinario, referencial y conversacional, tributario a su vez de las demandas de ciertas novedades impuestas. Es decir, no son más que una descripción de sucesos, representación que carece, por el contrario, de una estructura narrativa que procure el equilibrio entre la realidad y la utopía, lo evasivo y la fábula.
Pareciera que el autor inventara una historia o una sucesión de acontecimientos concatenados. Pero la narración acaba por convertirse en reproducción de la realidad, porque la parte interpretativa de esa realidad se encuentra ausente, o sea, el modo específico y especial de enfocar o ver el mundo. No hallamos la “verdad subjetiva” del creador, el papel de la imaginación que se una al potencial de vivenciación para producir unos efectos más plenos en la invención narrativa. Comprobamos que la obra no es fruto de una experiencia única, no repetida, no copiada, resultado de una convicción íntima, personal y nueva. Olvidan los autores que la auténtica literatura artística “se da únicamente cuando hasta lo más exterior tiene una significación interna, y cuando hasta lo más íntimo se convierte en forma”.
Sólo les importa la exactitud realista y no el balance necesario entre la verosimilitud y la inverosimilitud. El elemento realista está sobredimensionado más no la instancia espiritual, lo que llamamos la configuración libre de los elementos de la vida real, dotados de afecto e imaginación. Existe una captación directa de la realidad, pero dicho empirismo jamás se transfigura con el fin de construir seres y ambientes con algún gesto de irrealidad, acto vinculado con la invención.
Es una escritura carente de meditación y de reflexión, y por lo tanto de indagación y talento.
La ausencia de unidad de la narración produce episodios innecesarios y digresiones inútiles. Es notable también la escasez de recursos estilísticos para llevar a cabo la recreación artística, hecho que impulsa al texto a convertirse en una exposición lineal, sin la suficiente dimensión humana de los hechos, originalidad, intensidad y variación de los objetos, sucesos y sujetos representados.
El argumento es entendido como mera sumatoria de informaciones. Los contenidos son simples, pues los acontecimientos reales o ficticios carecen de una elaboración filosófica o de sustancias psicosociales o psicofisiológicas de profundidad.
Es tan limitada la concepción de la obra que el argumento no ordena las secuencias hacia un clímax. Al no existir fuerzas internas, el conflicto se identifica con lo externo, provisto de un desarrollo previsible a través de los episodios, acontecimientos, incidentes y escenas.
El asunto que inspiró directamente a la narración es común, unido a ello la poca habilidad en el manejo y originalidad de su tratamiento. Deducimos que la “materia prima” no se vincula con sus propias observaciones y vivencias interiorizadas, es decir, los hechos no hacen parte de su experiencia.
La formulación del tema o idea fundamental es vaga o imprecisa. Los detalles sobresalientes no se justifican y las contradicciones afloran, por lo que la estructura total de las obras se torna incoherente. De tal forma que los acontecimientos y los detalles no contribuyen a la comunicación del tema central, no producen un efecto explícito ni simbólico.
Pareciera que son suficientes para los autores los estímulos externos, sus fuentes de información. La tensión nunca aparece debido a la superficialidad de las acciones.
La intención es describir en forma casi fotográfica las situaciones de un espacio. Aquí prima la oralidad ( escriben desde el modo común del habla), sin intentar apropiarse de los recursos estilísticos de la novela. Dicho con otras palabras, la narración corriente semiliteraria (relato oral) y las distintas formas del discurso autoral, literario pero extra artístico (razonamientos morales, las descripciones sociales y los excesos retóricos), no se estilizan al entrar en la obra, ni se conjugan en un sistema artístico. Como estas dos unidades, lo oral y lo autoral extra artístico, no se juntan y tampoco se subordinan al conjunto, ellas quedan independientes. Todo queda fragmentado: el habla estilísticamente individualizada del protagonista, el relato de tipo oral del narrador, el léxico, la jerga, las descripciones, en fin, impidiendo la construcción y la revelación del sentido único de la obra, de la totalidad.
Descubre lo anterior una incapacidad para ejercer el dominio de la palabra artística (la forma interna de la palabra), la prosa de la obra (que no es estándar sino artística), de tal modo que se le niega su valor artístico y estético, concediéndole a ella únicamente un determinado valor retórico, perteneciente más a una preocupación moral y especulativa, sin interés en la forma y estructura, en la cohesión de la obra. El texto se limita a ser una larga conjetura o una suposición arbitraria, desordenada. La palabra así concebida no posee intrínsecamente la dialogalidad, la reflexión, el conflicto y la contradicción, emanados del desarrollo de los distintos elementos de la obra.
El escritor se adhiere pasivamente al mundo que representa a través de una palabra directa, inmediatamente dirigida hacia su objeto. Es una palabra objetiva que a veces determina socialmente a los personajes o a las circunstancias, o en otras determina fugazmente el carácter de los mismos. ¿Pero dónde está la palabra ajena, la orientada al menos hacia dos voces?
Como no se disminuye nunca la objetividad, la voz del narrador es única e incólume. No hay estilización, relato del narrador ni un personaje portador de las intenciones del autor u otros personajes que transmitan una palabra con variaciones de acento; una réplica del diálogo; un diálogo oculto o un espacio auténtico para la palabra ajena y su influencia transformadora.

Dada su superficialidad, contemplación, facilismo y poca elaboración, es un ejemplo y una lección clara de cómo no ejercer el oficio literario.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

NANA RODRÍGUEZ/PREMIO DE POESÍA CIRO MENDÍA 2008


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La poeta Nana Rodríguez Romero, ha sido la ganadora del XII Concurso Nacional de poesía Ciro Mendía,La piel de los teclados. Nació en Tunja. Es Poeta y narradora. Tiene estudios en Psicología y Filosofía, Literatura y Semiótica de la UPTC. Invitada al programa Poetas colombianos de 2008, organizado por La casa Cultural de Caldas (Antioquia), con el libro Señal Colombia, al programa de la Universidad Nacional Viernes de Poesía y al Festival Internacional de Poesía de Medellín sede Tunja. Invitada al XII Encuentro Internacional de mujeres poetas en el país de las nubes en México 2004, Primer Encuentro de poetas del mundo, Voces por la educación, Toluca 2005 y al Festival Internacional de Artes y letras en Montevideo 2004.
Ha sido ganadora de las becas de creación del Fondo Mixto de Cultura con la cual realizó el video Ciudad Alterna y la de Residencias Artísticas en el Exterior 2002 del Ministerio de Cultura, en el país de Venezuela. Ha participado en varias antologías nacionales e internacionales de poesía y minificción.
Es integrante de la Asociación Internacional de estudiosos de la minificción, con sede en México. Entre sus obras de poesía publicadas están: Hojas en mutación. (Premio del Concejo Editorial de Autores Boyacenses)Permanencias ( Premio Especial de Poesía Ciudad de Chiquinquirá) Lucha con el ángel, Antología de poesía (Universidad Nacional de Colombia)El bosque de los espejos, El oro de Dionisios. Los libros de minificciones y cuento corto: La casa ciega y otras ficciones (Editorial Magisterio)El sabor del tiempo, Efecto mariposa, El libro de estudios literarios: Elementos para una teoría del minicuento.(Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia).
Dos poemas del libro ganador: La piel de los teclados

El gato duerme y se cierra sobre sí mismo
el tiempo no existe para su sueño de veinte horas
mientras mi alma lo observa en la vigilia de las tardes.
Me detengo ante sus ojos que no parpadean
y pienso si el misterio está en esa quietud verde
en la perfecta simetría de su movimiento,
quizá deambulas por palacios del antiguo Egipto
o pisas como una bailarina las huellas del abismo...
¿Acaso sabes de la noche de los despojos
o las hogueras de la Inquisición
cuando los cuerpos eran brasas que se extinguían bajo el cielo?
¿Qué sabes de mí, cuando me rozas en silencio
y te arqueas como una sinfonía de piel bajo mis manos?
*
Soy lo que soy:
un pájaro que se estrella contra los ventanales
y con anhelo mira la estela de un cometa
en el espacio del inmenso Galileo.
Amanezco
y mi cuerpo proclive al deseo de los hombres
florece en medio de burbujas de tiempo indiferente
las luces que han puesto sobre mis hombros
son la catapulta que me lanza hacia el reino de la nada.
Soy una estrella que naufraga en aguas luminosas
soy un invento ajeno a mis propios espejismos.

sábado, 20 de septiembre de 2008

OBRAS DE MAMPOSTERÍA DE NELSON ROMERO GUZMAN



Por Hernando Guerra Tovar


La poesía es edificante. Misión del poeta es construir, y crear consiste en el lento hacer. El tiempo talla la piedra, la pule, la limpia y decanta para la obra, pero el tiempo cabe y no cabe en la eternidad. El tiempo y la eternidad se atraen y se repelen, así como hay lugar y distancia entre el sueño y la vigilia, entre la flor y la guerra, o entre la puntilla y la flor. El tiempo pertenece al reino de lo irreal, no al de lo invisible. “Dios en lo visible remedia la afrenta a sangre y fuego.” Pero, “¿Dios es real porque no existe?” Percibir la “flor secreta” que los mamposteros han diseñado con “la argamasa de las invisibilidades”, a la luz de “estrellas rotas”, se hace visión, y entonces la argamasa pega. Pero el poeta debe ser cuidadoso, mesurado en el uso y tratamiento de la piedra. De no hacer así, podría construir un precipicio, un muro impenetrable, o hendiduras de la luz por donde nadie puede entrar. Además, la piedra, materia prima, escasea. No es cierto que la palabra poética abunde como la arena, como tampoco toda arena es. De ahí la importancia del ahorro y del arte de la mezcla, la argamasa, el decir poético. Por ejemplo el adjetivo, que sólo es eso, accesorio, nunca es viga y casi siempre sobra. Pasa igual con el verbo. Vemos a los poetas a la orilla del río, en verano, buscando el verbo preciso, el que encaje en la columna, el que sea columna misma. Y pasan muchos veranos con sus lunas y peces y flores, sin que el buscador halle tal piedra. Mientras, el río ya no es y el poeta tampoco. Entonces Heráclito El Oscuro ríe de su río en la luz de la eternidad sombría, porque no encontrar la piedra indicada, es no tener cimientos.


En Obras de Mampostería Nelson Romero Guzmán asume otra vez, como ya nos tiene acostumbrados, el oficio de poeta, es decir de constructor, de creador. Este es un poemario edificante. Su obra está bien hecha. Los cimientos, las vigas y columnas, tienen los materiales necesarios. Ni más ni menos. La justa medida en la piedra, el agua, la arena, el cemento y el metal. El conjuro. La plomada. La solidez consiste, precisamente, en el equilibrio que dan el oído y la visión acoplados. Todos los sentidos acoplados: “los cinco rencores de los cinco sentidos, / las cinco crueldades del cuerpo, / los cinco animales enjaulados / hacen verdaderas las piedras y los muros.” La puntilla clavada en la flor no es un accidente, es un acierto: “eso es deseo, hecho misterio…” Con varillas y puntillas de percepción se logra la estructura: “No veo el alba / veo un caballo blanco / aquí, donde grandes mariposas con cuernos, / húmedas / velludas / depositan el huevo del día” Esta percepción atenta, hecha visión, constituye terreno seguro para la arquitectura del lenguaje poético. De un mundo visible, el de la tensión, en donde “el Iluminado y el Oscuro se enemistaron por una rosa”, se pasa a un mundo invisible, paralelo, en el que “no se borra el rastro de lo que pudo haber sido y allí estuvo”. Las guayabas se transportan desde el país de lo fantasmagórico en cajas apuntilladas, fuertemente amarradas con cables acerados, para que durante el viaje no se vuelvan irreales pero, aun esta previsión, no deja de observarse en la piel de las frutas “el hambriento mordisco del otro lado.”


Crece la hierba en la mirada del poeta, el monte como palabra, el cadáver del alfabeto entre las piedras, la palabra al-ba-ñil pegada con argamasa, el idioma remendado en los ojos de una lagartija. Todo entre las piedras. El poeta no quiere despertar del sueño de ser piedra entre las piedras porque desde allí, desde ese lugar que es la palabra, el paisaje luce, es, alcanza una nueva visión, extraña visión que alucina: oye la respiración de los árboles, “cuando los mueve la inmensa rueda del cielo”, el agua adquiere visos o notas musicales, se vuelve virgen que el hombre no mira, no adora como tal, sino que confunde con la Proserpina seductora de los alucinados, de los seres del inframundo. “Un paisaje no visto, recién llegados (nosotros) de lo visto”. Desaparece la frontera entre lo real y lo irreal, entre lo visible y lo invisible, desaparece el tiempo, que ahora es una ilusión, que siempre ha sido ilusión porque nunca ha existido: “o Dios haciendo visible de esa forma / las paralelas de su ilusión”. Los mamposteros conspiran en la trampa, en el ocultamiento, quieren hacer invisible la guerra, “pero ella es cada vez más visible.” Existencialismo, fenomenología, escepticismo, percepción, poética. Uno imagina a Sartre y a Berkeley; a Husserl y a Descartes; a Hume y a Blake; a Kasper y a Nerval; a Heidegger y a Höelderlin; a Parménides de Elea y a Rimbaud; a Pyrro de Ellis y Baudelaire; reunidos en una estancia del tiempo inmóvil, que puede ser una taberna flotando en el espacio, o un café de Paris, en tertulia perpetua sobre lo irreal e irreal, sobre lo que es y lo que no es, sobre lo visible y lo invisible, entre lo que se debe creer y lo que no. Escepticismo, fenomenología, chamanismo, magia, misterio: poesía. Y percepción. La mirada del poeta Nelson, aguda, desacralizadora:
“No veo catedral / veo un gato enorme sentado / sobre sus patas traseras, / unos ojos llenos de fe, / piel de carne de circo, / frente meditando en su oración (…)
alto en la entresombra / erige ante mí la parábola de la duda.” (…)

Pero esta duda es certeza cuando la ciega Narcisa en loco sueño se hace Eva y refunda el paraíso. Pronuncia la palabra y el Génesis cambia. Toma el color de su signo, su género y la fuerza de su convicción, para mostrarnos el Edén alucinado. Fantasmas, visiones en la honda sombra, la serpiente, el trabajo, el exilio, pero sobre todo el dolor, la ceguera, la locura. Una Eva loca y ciega que va dando tumbos de hospicio en hospicio, en eterno círculo, nos dice de un paraíso como clínica para enfermos mentales. Y esta duda-certeza de corte teológico salta a la grafía, a la escritura misma: “sin escribir escribo, / salto de esta tapia al patio ajeno / a robar los melones encendidos.” ¿Habla acaso aquí el poeta de las resonancias, de las influencias, o de esa voz de la poesía que está en el viento, más que en libros y talleres, que está en la plástica, como en los pintores de sus libros, Surgidos de la Luz y la Quinta del sordo, o “de la poesía que todos escribimos”, o nos habla de la lectura, de esa otra lectura no de libros, sino del entorno, el entorno interior o exterior del hombre, esa otra lectura que llamamos percepción? Cierto es que la poética de Romero Guzmán nace, entre otras fuentes, de una percepción atenta, aguda. En Grafías del insecto, por ejemplo, las imágenes tienen validez y asidero desde una profunda y paciente observación de entomólogo, o de poeta. Asistimos en este libro, a una palabra encantada y des-encantada, o si se prefiere, reno-va-dora: “la redondez es apenas una visión / una costumbre del ojo.” No en vano el poeta tiene sus propios invitados: el atormentado Jaime Sáenz, el de “las impenetrables obras de mampostería”, y Antonio Gamoneda, el de “vas hacia lo visible / y sabes que es real lo que no existe.” Mas hay un personaje aquí que no está anunciado, pero que se pasea sin más por todo el libro: hablo de George Berkeley, el obispo de Cloyne, el mismo que hace más de tres siglos lanzó al mundo su oración, su blasfemia, o su herejía: “esse est percipi”. Y entre la visión y la ceguera, entre lo real y lo irreal, entre lo visible y lo invisible, entre lo que existe y lo que no; una exaltación:

“Celebramos limpios aniversarios de aire,
muertes hormigueantes llegan de lo visto,
piedras se hacen invisibles.


Lo más hermoso de no ser visto: ¡el homenaje al ojo¡”
El poeta Nelson Romero Guzmán estuvo en el río, en verano, buscando la piedra, y encontró la revelación. Para Nelson Romero Guzmán y su obra no hay tiempo, sino eternidad. Porque, como bien sabemos, la revelación pertenece al ámbito del instante, del ahora, del presente, es decir, del siempre. Entonces el río y el poeta no cambian. Se funden para permanecer intactos: milagro de la poesía, inmutabilidad en el fluir. El poeta regresa a su hogar, el poema, con su obra perdurable de dicha y acierto: plena de agua, de viento, de asombro, de luz.

Obras de Mampostería. Nelson Romero Guzmán.
Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá, 2007
Alcaldía Mayor de Bogotá.
Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte.
Fundación Gilberto Alzate Avendaño

martes, 16 de septiembre de 2008

VIDA FICTICIA, NOVELA REAL


Por Claudio Anaya

No puedo resistirme a recomendar la lectura de las novelas de William Somerset Maugham (Inglaterra 1874-1965) veterano narrador del mundo contemporáneo, que sigue vigente, pues las condiciones estructurales del mundo socioeconómico prácticamente no han cambiado de sus tiempos hacia acá; en sus novelas como La Carta, La Caída de Eduardo Barnard, El Rojo, Lluvia, Servidumbre Humana, o su célebre Al Filo de la Navaja, la vida de sus personajes oscila en la cuerda floja, en el umbral donde cualquier ser humano tambalea en el filo de la navaja, entre los condicionamientos sociales y los más recónditos deseos de una instintiva y total libertad. Ante el fracaso de todos los sistemas económicos y políticos para solucionar las necesidades de la humanidad, surge el deseo de abandonar esas asfixiantes condiciones impuestas por un sistema, en el cual las relaciones están absolutamente determinadas por el factor económico. La total obediencia del hombre a la producción y acumulación de capital, y la aceptación de las modificaciones en las condiciones de vida introducidas por la tecnología, además de los condicionamientos morales que desde la antigüedad lo determinan y planifican, le hacen vivir un silencioso y desgarrado drama.

Pero en algunos individuos, estas fuerzas del pasado remoto afloran, haciéndolos tomar determinaciones que plantean cambios fundamentales en su vida. Abandonan la sociedad esquematizada y rígida, para ir en búsqueda y a veces encontrar ese lugar cuasiprimitivo y tal vez paradisíaco, donde se puede vivir de manera natural, en armonía con los elementos cósmicos que son los únicos factores que les permiten el encuentro consigo mismos, y permiten también una evolución espiritual hacia lo trascendental, hacia la verdadera vida.

Maughan ejerció su oficio principalmente hacia la primera mitad del Siglo XX. En sus relatos y novelas cortas podemos conocer que las angustias que afligían a los hombres y mujeres de ese tiempo, se encuentran vigentes hoy en día, con la gran diferencia de que en ese entonces todavía se podía soñar con escapar del sistema para ir en busca de ese rincón apartado, olvidado o hasta inaccesible donde se pudiera hallar la tranquilidad y la libertad; hoy sólo tenemos los días de descanso en fincas de veraneo, en clubes con naturaleza domesticada, o playas descuidadas y hasta virtuales; ya no quedan lugares vírgenes o incontaminados, los tiempos de Maughan tal vez fueron los últimos tiempos cuando ese ideal formó parte del imaginario universal. Había sitios donde el hombre no había llegado y eso permitía el sueño de lo ignoto. El Siglo XIX con sus grandes exploraciones encogió el planeta, y el Siglo XX con el desarrollo de las comunicaciones lo convirtió, como lo expresó Marshall Mclujan, en una aldea global.

Uno de los aspectos que más llama la atención en sus narraciones, es la magistral precisión para personificar y sin retóricas ni hojarasca verbal, hacer unos retratos psicológicos que definen el espíritu de sus protagonistas; a veces por la descripción que de ellos hace el narrador, a veces por la voz y los diálogos de ellos mismos. Así, no solamente se escenifican los lugares en los cuales transcurre la historia, sino que también se ven las vastas praderas de lo oculto, instintivo o atávico que siempre acompañará al hombre como ese malestar en la cultura por la libertad perdida.

De las conveniencias o inconveniencias que ofrece la vida en sociedad, y de esas fuerzas ocultas que pugnan por salir al galope, surge una lucha despiadada en toda la frontera de estas dos tendencias. Es el umbral en el cual, después de cien años transcurridos, continuamos viviendo los personajes de Maughan.
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Texto publicado en el periódico EL FRENTE, página 4 A, Opinión, el jueves 21 de febrero de 2008, Bucaramanga.

La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee.

  Tomado de Kalewche.com La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee El breve ensayo que compartimos a continuación, y que puede leers...