jueves, 12 de agosto de 2010

EL TALLER COMO ESPACIO PEDAGÓGICO


Por: Gabriel Arturo Castro



Si lo veo, puede serme de alguna utilidad. Si lo veo y lo oigo, quizás me sirva más. Pero si lo veo, lo oigo, lo huelo, lo tacto, jamás lo olvidaré, porque hace parte de mí mismo.


Proverbio chino

Siempre este proverbio me ha parecido sabio y magnífico. Encierra, dentro de su síntesis y en una de sus innumerables interpretaciones, la finalidad del Taller como modalidad y espacio potencial, es decir, otra posibilidad de conocimiento, otra manera de aprehensión, distinta y respetuosa de las demás. Para nuestro cometido lo complementaría con párrafo de la genial novela Moby Dick:

Como vanidoso y necio, entonces, pensó, es posible para el hombre tímido y que no ha viajado, intentar conocer bien esta extraordinaria ballena únicamente observando el esqueleto muerto y ligero, extendido en este pacífico bosque. No. Sólo en el corazón de los más vertiginosos peligros, sólo inmerso en los torbellinos de sus enfurecidas aletas, sólo sobre el inmenso mar profundo, se puede conocer a la ballena en toda su integridad, viva y verdadera.
I

La palabra taller proviene del francés “atelier” y éste del término latino “artilaria”. Significa trabajo, proceso de producción de significación. El trabajo, entendido como la facultad específica de los hombres de influir sobre la naturaleza, modificándola y transformándola, tiene profundas implicaciones en todos los órdenes de la vida social, incluyendo los aspectos del aprendizaje de los sujetos. El taller no escapa, entonces, a la evolución de los modelos y concepciones del mundo, entronizadas al interior de las instituciones.

El diccionario indica que el taller es el lugar donde se realiza un trabajo manual o intelectual, es decir, se crea, fabrica o inventa o construye un objeto de extensión material o inmaterial. Esta confección no se enseña, al menos desde el punto de vista tradicional, ya que prevalece aquí la comunicación de la experiencia, la vivencia (o de la praxis que considera el trabajo y la realidad social como fundamento de la teoría, y que ambas, teoría y práctica van unidas). Este concepto de la praxis se aleja, por lo tanto, del pragmatismo tan de boga en nuestros días, el cual sólo acepta las cosas por su valor práctico (el hacer sin llegar al hecho ni la acción transformadora). No olvidemos que esta posición está basada en el principio según el cual el significado de un concepto se constituye por sus consecuencias prácticas, y la suma de éstas da su significado total. Concepción que a su vez da lugar a la orientación política de aceptar el recorte de las ideas o la estrategia para evitar tensiones o rupturas con fuerzas opuestas. El anterior es un pragmatismo de filosofía simple, alejado de la original concepción interactiva y dinámica de la conciencia, que “no se basa ni supone una intuición inmediata, sino más bien un proceso interpretativo que manipula la experiencia produciendo y transformando loshechos por medio de las ideas”, según palabras de Marcella Bertucelli.

El aprendizaje del taller, entonces, se fundamenta en el descubrimiento o en su equivalente el “aprender haciendo”, apoyado a su vez por el principio de aprendizaje formulado por Froebes en 1826 y citado por Ezequiel Ander-Egg: “Aprender una cosa viéndola y haciéndola es algo mucho más formador, cultivador y vigorizante que aprender simplemente por comunicación verbal de ideas”. Principio que hace necesaria una didáctica, considerada ésta como una apertura hacia la búsqueda de nuevas formas para acceder a conocimientos necesarios: el aprender a-prender y no acumular un sin fin de conocimientos aislados y estériles. No olvidemos que la didáctica se centra en el sujeto, su aprendizaje y trabajo.

Gastón Bachelard trabajó profundamente la relación entre conocimiento y pedagogía. Parte de que el conocimiento científico no es el enriquecimiento de una sensible originaria, ni la continuación del saber precedente, precientífico. De ahí que el conocimiento no sea la acumulación creciente de información respecto a un objeto. Consecuente con esta posición, critica a la pedagogía por medir su éxito “en términos de facilidad, cuando debería medirse en términos de dificultad”. Aún la pedagogía se mantiene prisionera de la idea que la educación es la “comunicación” entre el maestro que transmite un dato claro, seguro, limpio y constante, y el discípulo, que es pensado como un espíritu siempre abierto /Paulo Freire/.

Bachelard dice que, por ejemplo, “los profesores de Ciencias se imaginan que el espíritu comienza como una lección, que siempre puede rehacerse una cultura perezosa repitiendo una clase, que puede hacerse comprender una demostración repitiéndola punto por punto. No se trata de adquirir una cultura experimental, sino cambiar una cultural experimental, empírica; de derribar los obstáculos amontonados por la vida cotidiana. Si no se tiene en cuenta que el conocimiento es una conquista, que se conoce contra y no a partir de; si no se sabe que lo dado es el obstáculo y que en consecuencia es preciso siempre desbloquear el acceso al conocimiento, es apenas lógico, como lo dice Bachelard, que la pedagogía en lugar de enfrentar el tratamiento de los obstáculos epistemológicos, los asuma como una garantía de su éxito.

Todo lo contrario, en su orilla opuesta, el acto didáctico es posible gracias a un proceso, donde el alumno descubre y el docente vehiculiza la enseñanza, ya que el discurso se transforma en recursos inteligibles y útiles. Implementar es hacer relevantes esas nociones, que se ajusten a la capacidad cognitiva del sujeto y que sea posible en un determinado contexto. Porque en últimas lo que pretende la didáctica es resolver los problemas de la práctica mediante la constitución de una tecnología que plasme saberes. A partir de esa construcción de recursos, se inicia un camino de reflexión, que puesto en correspondencia con determinadas ideas teóricas, permite definir un proyecto o una propuesta. La didáctica, más que una acción técnica, es la vivencia de los hechos, una tecnología del saber, en el sentido que la construcción de recursos debe estar acompañada de un proceso de reflexión, es decir, de construcción de conceptos. Lo anterior exige un cambio disciplinar para no caer nuevamente en el aprendizaje memorístico.


Según Gustavo Iaies, la producción de recursos es tan sólo una parte de la tarea didáctica. “El desafío consiste en que dichos productos aparezcan como relevantes desde la disciplina en cuestión, que se ajusten a la capacidad cognitiva del sujeto que aprende y quesean posibles de ser aplicados en el contexto en el contexto escolar, no se trata de producir cualquier recurso que funcione.

Lo anterior implica la superación de la clase magistral y del protagonismo vertical del docente, por la formación a través de la acción-reflexión-acción, actitud que encierra una pedagogía de la pregunta, de la cooperación y la creatividad, y con ello la conjunción del trabajo grupal con el personal, la solución de problemas reales, la conexión dialéctica entre teoría y práctica, y la redefinición de las relaciones pedagógicas entre los participantes, quienes asumen su propia formación, autodeterminación, libertad crítica, autocrítica y constante reflexión sobre el oficio.

La estrategia del taller posibilita que no existan programas (la enseñanza-aprendizaje no se da por un proceso lógico-lineal). Toda la actividad está centrada en la solución de problemas, propios de una disciplina o área de conocimiento.

A propósito de lo anterior, los pedagogos Mario Díaz Villa y Nelson López Jiménez, expresarían que esta pedagogía de la interrogación tendría vinculación con la pedagogía formulada por problemas, que en el campo de la educación estaría constituida por “las tensiones, conflictos, divergencias, alrededor de situaciones, eventos, acontecimientos, puntos de vista, interpretaciones, percepciones, prácticas, espacios, tiempo, sujetos, tensiones, que construidas y advertidas requieren ser resueltas.

Rafael Flórez Ochoa afirma que lo importante no son los resultados sino los procesos. “Antiguamente se enseñaba por contenidos. Posteriormente, hasta la década de los sesenta se enseñaba por objetivos, por resultados conductuales. Hoy se prefiere hablar de procesos de construcción de conceptos, de procesos de pensamiento, de procesos curriculares, de procesos de evaluación” . En este contexto el Taller reconoce el proceso interior del participante, procesos ambivalentes, polisémicos y creativos de cada uno. Por eso del Taller desaparecen las nociones de objetivos instruccionales y el diseño de la instrucción por objetivos, los cuales permiten determinar la estructura y la secuencia de la enseñanza mediante la definición de las conductas esperadas en el alumno, cuando dichos objetivos se organizan lineal y jerárquicamente”. El verdadero Taller se opone al empobrecimiento de la enseñanza y se dedica mejor a cualificar los procesos, o lo que es lo mismo: las características y dinámicas propias de cada sujeto; su misión, su estructura interna, sus fronteras, su estado actual, su nivel de equilibrio, su medio ambiente, social y cultural (...) Entonces lo fundamental es el recorrido creativo, el camino espiritual que toma cada participante, su dinamicidad y riqueza de movimiento, la complejidad provisional que va ganando. “Lo que forma es el proceso, el camino, no el logro del objetivo.

Natalio Kisnerman define el taller como “una unidad productiva de conocimientos a partir de una realidad concreta, para ser transferida a esa realidad a fin de transformarla”. Coincide con Melba Reyes Gómez al darle al taller un poder de integración de la teoría con la práctica, lugar de convergencia, fuerza motriz de un proceso pedagógico, “... espacio de vínculo, de la participación, la comunicación y, por ende, lugar de producción social de objetos, hechos y conocimientos, según María Teresa González.

II

De esta manera asumimos el taller como una experiencia constante e interior del individuo, quien explora, se orienta, reconoce, nombra, aprecia, advierte, siente y comunica así significados intelectual o emocionalmente excepcionales. El taller exalta la importancia de interiorizar el conocimiento. El taller debe, entonces, proveer el espacio para las actividades diversas y su articulación para que se refuerce el contenido emocional e intelectual de cada acto particular. El aprendizaje es un flujo continuo de experiencias, cada momento o acto del tiempo es precedido de experiencias previas y se convierte en el umbral de experiencias siguientes. La experiencia del taller como experiencia vital es un problema de relación de partes en totalidades significativas.

La experiencia vital exige la reflexión sobre los hechos vividos, la disposición de los sentidos en máxima alerta. Sólo interiorizamos y aprehendemos lo que hemos vivido a través de la experiencia directa, cuando tomamos posesión de los objetos. La experiencia es, de este modo, una acción y un acontecimiento singular, relacionada con los afectos, las vivencias, las sensaciones y la memoria.

El taller proporciona un espacio para integrar al hombre desde su ambiente, identidad personal, totalidad social y cultural, avance cognoscitivo y lógico. Con lo anterior decimos que la experiencia tiene un conjunto diverso de sentidos, desde la pura acción hasta la abstracción y la estética. De esta forma el taller asume a la experiencia como origen y destino de su existencia. ¿Pero qué trae mas allá el concepto de experiencia?

Jhon Dewey en su libro titulado El arte como experiencia, nos dice lo siguiente:

La experiencia, en el grado que es experiencia, es vitalidad elevada. En vez de significar encierro dentro de las sensaciones y los sentimientos propios y privados, significa un comercio activo y alerta frente al mundo. Significa completa interpenetración entre el yo y el mundo de los objetos y de los acontecimientos. En vez de significar rendición al capricho y al desorden, proporciona nuestra única demostración de una estabilidad que no es estancamiento, sino ritmo y desarrollo.

La experiencia ocurre continuamente porque la interacción entre la criatura viviente y las condiciones que la rodean están implicadas en el proceso mismo de la vida. Bajo condiciones de resistencia y conflicto, aspectos y elementos del yo y del mundo implicados en esa interacción, determinan una experiencia con emociones e ideas, de tal manera que surge la interacción consciente.

Desde esta perspectiva no es posible dividir en una experiencia vital lo práctico, lo emocional e intelectual y enfrentar las propiedades de uno con las características de los otros. Dewey afirma que la fase emocional liga a las partes en un solo todo; intelectual simplemente denomina el hecho de que la experiencia tiene un significado; práctico indica que el organismo está en interacción con los acontecimientos y objetos que lo rodean. La experiencia se presenta como una forma que se inicia, se desarrolla y se completa. La experiencia es una, lo práctico y lo intelectual contribuyen a darle sentido pero es la parte afectiva (emocional) la que hace de todo ello una totalidad.

Podemos decir que el taller es una experiencia desde adentro, es decir, a partir de la vivencia. Obtiene recursos de la memoria y se amplia a los territorios de la imaginación. Es un diálogo entre el mundo interior y el exterior, los cuales se verán afectados por el quehacer del sujeto. Percepción, memoria, imaginación, emoción, son componentes necesarios de la experiencia y por lo tanto del taller. Pero hablamos es de la experiencia comprometida, intensa, emocionante, gratificante, constructiva, inteligente.

III

Decíamos que el taller conlleva a una pedagogía de la creatividad abierta, eje y centro de su dinámica. Al definir la creatividad se ha hecho énfasis en la originalidad, en oposición a la conformidad, como proceso relacionado con la capacidad mental y como producto. Aquí la experiencia humana influye en la capacidad cerebral y psíquica del sujeto, quien en su evolución del aprendizaje plasmará en obras el resultado de su interacción con el mundo.

Argumentamos que un acto es creativo si el pensador llega a una solución a través de una conclusión que implique cierta originalidad para él, sin importar que este hecho ya hubiese sido realizado con anterioridad por otro sujeto diferente. La idea motivadora puede ser artística, teórica, mecánica o científica
Pero la creatividad debe entenderse en el ámbito de la cultura en la cual aparece, porque si para una cultura un determinado hecho creativo es nuevo, para otra no lo será necesariamente. Si el producto creativo no existía antes de la manera actual, si debe contener elementos nuevos que no se encontraran en el objeto. Descubrimos otros fundamentos, redescubrimos lo creado o reorganizamos los pensamientos existentes.

De esta forma la actitud creativa es un proceso de ver o fundar relaciones, tanto con la operación de factores conscientes como inconscientes. Cuando se presentan dos o más ideas, un sujeto puede advertirlas y conectarlas de maneras múltiples y distintas.

El comportamiento constructivo y transformador de la creatividad se refleja en gestos, obras, acciones y realizaciones: exploración, investigación, inquietud, interrogación, crítica, autocrítica y despliegue de una mentalidad divergente de soluciones diferentes a los problemas humanos.

Algunas de las características del don creativo son la flexibilidad, la espontaneidad, la inventiva, la experimentación, la complejidad, la originalidad, la capacidad de correr riesgos, la sensibilidad, la curiosidad, los descubrimientos, el inconformismo, la libertad, la excentricidad, la perseverancia y la imaginación. Cualidades que igual pertenecen a la modalidad pedagógica del taller, dada su potencialidad creativa y lúdica, y pese a limitantes geográficas, sicológicas, educativas, sociales, políticas, económicas y culturales que puedan cercenar la expresión, reflejadas ellas en la rigidez, la dictadura, la tiranía, la lógica extrema, el autoritarismo, la verticalidad, el control, el respeto desmesurado por la tradición, la rutina, el conformismo, la mediocridad y la inercia.

Es posible, por lo tanto, llegar a afirmar que un taller y creatividad son sinónimos de humanización y libertad en la búsqueda de otras alternativas para el aprendizaje.

IV

¿A qué se opone el taller desde su esencia? Precisamente a las restricciones que imparte el poder institucional: el dogma, el sometimiento de la creación a los imperativos del rendimiento, la productividad y la utilidad egoísta del conocimiento. Por encima de estos criterios de orden moral, de usura y conveniencia, el elemento lúdico que caracteriza al taller, responde a demandas profundas dado su ánimo de transformar la realidad.

Ya Huizinga, en el Homo Ludens, expuso el postulado del juego como origen de la cultura, ya que sus fuerzas esenciales (el mito, la ley, el arte, la religión), hunden sus raíces en el juego. Lo lúdico le da vitalidad y significado al hecho creador, lo fundamenta al conectar lo real con lo imaginario, al marcar la densidad del tiempo y hacer del espacio una experiencia sentida, la humanización del mundo. Huizinga ofrece la visión del juego:

Desde el ángulo de la forma podemos definir el juego como una acción libre, experimentada como ficticia y situada fuera de la vida cotidiana, capaz, sin embargo, de absorber totalmente al jugador; una acción desprovista de todo interés material y de toda utilidad; que se realiza en un tiempo y en un espacio expresamente circunscritos, se desarrolla en un orden según reglas establecidas y suscita relaciones de grupos que se rodean voluntariamente de misterio o acentúan con el disfraz su distanciamiento del mundo cotidiano.

Definición muy valiosa para aquella primera etapa del taller, la que podemos denominar “exploración de posibilidades creativas” del participante, momento donde impera el juego por el placer de jugar y se inicia una búsqueda vivencial de la expresión. Pero luego el juego tomará otro rumbo y se convertirá en el juego con una intención pedagógica de aplicación y proyección. Es el reto de encauzar u orientar un proceso de creación que tiene por componentes a la imaginación y la fantasía, y que dicho camino propicie el quehacer del sujeto, su compromiso respecto al mundo, la sociedad y el ser.

El juego se aleja así de la inmediatez, la gratuidad y la carencia de historicidad. En el taller se unen la intuición y la reflexión, el juego y el trabajo, la seriedad y el ritual.

Es el “ánimo de juego”, llamado así por Víctor Turner, el que debe imperar en el taller. El juego considerado no como el comodín de la diversión pura, la despreocupación, el alejamiento de lo complejo, del deber y del haber, sino a la manera de la actividad que educa o permite aprehender conocimientos. Hablo aquí del play, el juego que pertenece al espacio potencial en el cual el game (el juego competitivo, de normas dadas de antemano, de perfecta dirección o manipulación) toma figuras o formas.

El juego es un acontecimiento transformador que encuentra un sentido. Implica originar algo (hacer, nacer), encauzar las fuerzas de la naturaleza e invocar al “poder para crear y lograr lo maravilloso”.

Significa crear algo que no existía antes; y posteriormente, transformar algo que existía en otra cosa que en realidad no existía”.

El taller promueve, mediante una primera acción, una evolución interna del sujeto que vivencia los hechos, la actividad, el juego; transformación volcada luego en reflexión y otra acción llamada obra. El sujeto siempre participará de las demás obras, cooperando, opinando, y será al tiempo hacedor y vigilante de la acción de su obra personal. Las realidades transformables del taller no son exclusivas de un solo participante, ya que los procesos y los productos se interpenetran, haciendo de la experiencia un mundo de relaciones contingentes. Todo juego, toda actividad será provisional, menos la realidad última de la obra, el taller rechaza los sistemas educativos de marcos rígidos e impermeables, las reglas que imponen una jerarquía y una epistemología que niega la libertad del saber, sus otras formas de transmisión. La creación para el taller es continua, la obra terminada será siempre inicio de otra o motivo de transformación e iluminación, instancia de cognición, reflexión y experimentación.

V

La modalidad pedagógica del taller se remonta a la Edad Media, en un ámbito propiciado por un modo de producción feudal que demandaba la fabricación de objetos artesanales y en cuya tarea se instauraban relaciones sociales y profesionales conforme a su jerarquía.

La obra, a diferencia de la labor, se realizaba en casa o en lugares cubiertos. Por ejemplo: los que labran oro y plata, quienes fabrican monedas, armas o armaduras, los pintores de vidrieras, los fundidores de campanas. La obra se comete en el taller, la labor en el campo.

Allí el aprendiz entraba en un taller para “aprender” y llegar a dominar los principios técnicos de una profesión, siempre bajo la mirada atenta de un maestro. La edad mínima del aprendiz era de 10 años. El aprendizaje duraba cuatro, siete o incluso diez años.

En Inglaterra era de siete años; un taller sólo podía tener un aprendiz y otro únicamente cuando el anterior llevara ya cuatro años.

Se podía encontrar tejedores de “obra prima”, tejedores de mantas, plateros, sastres, calceteros, tenderos, carpinteros, peinadores, herradores.

Hasta muy entrado el siglo XV, las estructuras productivas se basaron en pequeños talleres, con un sistema de producción familiar. A manera de prueba de su habilidad y talento el aprendiz debía presentar la llamada “obra maestra”, la cual era evaluada por maestros e inspectores.

El sentido de la OBRA perdura hasta nuestros días, tanto como manifestación espiritual y esencial del taller, así como resultado de su proceso material. No se puede concebir un taller sin la existencia de la obra individual que se va cualificando según el grado de experiencia y madurez obtenidas por el trabajo diario. La preparación, formación e idoneidad de un participante en el taller sólo es posible determinarla por la trascendencia, calidad, aptitud e importancias de sus obras.

El maestro, además de un buen pedagogo, debe dar ejemplo con la solidez de sus producciones, ya que su experiencia como creador es el eje de motivación y dinámica del taller, junto al ánimo, rigor y talento de los participantes.

Al contrario del tiempo actual donde pululan los talleres y cualquier persona se hace cargo de esta modalidad, en la Edad Media se limitaba el número de aprendices y lugares para evitar la apertura de espacios mediocres o que emergieran de allí artesanos poco preparados.

VI

Ha sido moda llamar taller a cualquier forma de participación grupal y se le ha confundido con el laboratorio (el cual tiene como objetivo la demostración práctica de leyes, ideas y teorías dadas de antemano); el seminario (clase teórica con fines de investigación); el coloquio (discusión que se mantiene tras una conferencia); el curso (lecciones que imparte un profesor a un grupo de alumnos con carácter homogéneo, sin importar los procesos y diferencias personales); y la tertulia (reunión de amigos de amigos que se juntan para hablar). E incluso se ha denominado taller a la resolución escolar de cuestionarios.

Ello no es extraño, pues el taller posee segmentos y características de las modalidades apuntadas, las cuales, sin embargo, detentan cada una sus distintas metodologías y una filosofía diferente al taller.

Este último, ya lo afirmamos, existe mediante la construcción de un objeto. La teoría surgirá luego de una constante reflexión sobre dicha práctica, en un ambiente de trabajo, observación, quehacer crítico, exploración y meditación que superará todo empirismo.

El objeto creado será visto no sólo desde de sus relaciones internas sino como partícipe de un proceso a la vez grupal, pedagógico y social.

Metodológicamente esta concepción define al taller como un sitio en el cual se crean y se recrean elementos y relaciones siempre significativas. De tal modo que todos los participantes del taller conviven alrededor del hecho creativo, comparten una realidad, se sumergen en ella de manera comprensiva y reflexiva. La obra se va diseñando y rediseñando, integrando y reintegrando, ensayando y probando, y en esa medida va emergiendo el significado de cada evento, vivencia y hecho.

El taller es por lo tanto un escenario complejo, amplio y heterogéneo que propicia la innovación pedagógica. El maestro allí debe prestar esmerada atención al proceso personal de cada integrante, su acontecer de la obra, su madurez intelectual, su rigor, arsenal de recursos, expectativas y experiencias particulares. Quien orienta dará alternativas a los problemas propios de la actividad creadora y sus soluciones a partir de leyes y experiencias ya conocidas y de lo que va descubriendo el sujeto (un trasegar que puede hablar de paciencia, imaginación, lucidez, sacrificio, observación y testimonio).

Descubrirá lo que es importante para cada quien y lo que va a aportar a la suma de diferencias cualificadas que es el grupo. No pretenderá la generalización sino la comprensión de la divergencia asumida desde cada obra, considerada ésta como un lugar de encontradas regularidades, contrarios, ritmos, diversas tendencias y opuestas influencias.

El taller asume el contraste como un medio de enriquecimiento con el fin de fortalecer las creaciones, las concepciones, las visiones y las experiencias de los participantes, respetando su propio impulso, su tacto creativo.

El orientador sólo potenciará la viabilidad creativa y con ello el proceso creador, o lo que es lo mismo, contribuirá a la indagación del tallerista y le dará a él opciones de construcción y las herramientas necesarias para la expresión.

Así el taller será una apertura hacia la búsqueda de otras formas para acceder al conocimiento, más allá de toda acumulación de informaciones aisladas y estériles.

La obra, lo recalco, será un recurso inteligible, fruto de pruebas, intentos, buceos, aciertos, errores, ensayos. Obra que supone el trabajo minucioso, la posibilidad de seguir al mismo tiempo las impulsiones interiores y, con la misma exactitud las impulsiones exteriores. Responder al otro sin atenuar la libertad interior y guardarla sin aislarla del otro.

La premisa de Víctor Frankl nos sirve de lección: “La hora pasa, el dolor se olvida, la obra queda”.

De acuerdo, un verdadero taller nos brinda la oportunidad y la probabilidad de salir de un estado de ceguera e ingenuidad y producir otras perspectivas. Siempre necesitaremos de una provocación.

miércoles, 28 de julio de 2010

POEMAS DE VIVIANA RESTREPO



SANGRE

1
PRIMIA SANGRE

Seguiré besando esta guerra de sangre
hasta descubrir en el abismo del cuerpo
todos los misterios de la voz.
Esa que grita y calla
esa que aturde el interior de la vigilia con su profecía
esa que me convierte en sal.
En hierba amarga.
Y con un solo pie
besaré una vez más esta guerra abismo
todos los misterios del cuerpo de la voz.

2

Te he dicho de mi nombre.
De lo que he sido en el oscuro lenguaje.
De mi edad y mi sangre.
Te he hablado del horror que hay adentro de mi empañado espejo
Y has visto como brota el llanto
Como se encoge el cuerpo cuando la boca enmudece…
¿Cómo descifrar tu mirada
¿Cómo?
Tú, círculo de silencio.


OFICIO DE ESCRIBIR

1.

GIRO

Yo digo polvo
y ya no es el verbo
sino la nostalgia del adiós.
…Me gustan las puertas
y lo misteriosa que puede ser una pregunta y el sueño tibio.

Infértil
hablo de los que están condenados a la ceguera eterna
de los que tienen la hierba húmeda y no ardiente.

Yo digo aridez
y ya no es boca, es hueso calcinado.
Arena amarga.
Reseco
hablo del retorno de las voces
de la antigüedad del silencio
Ahora yo digo palabra
y no es más.
Es piedra sacra.
Triangular.
Liviana.
Negra.


2.

No sabes leer
las líneas de mis manos
Ni pensar mi lengua
que arde detrás de mí
Tu raíz es otra.
Estás al otro lado de la luz.
Tienes un ojo anclado en el rostro
solo un ojo para ver lo indescifrable
Un ojo rojo…
¿Cómo ver la forma del fuego
que ha sido robado al dios?
¿Cómo?
Si tu mano ya lo escribió
y no lo he visto aún.


3.

al que va por los ríos del sur.

El libro que me has ofrendado lo guardo junto a mi corazón.
Estás allí desmembrado en cada página.
En cada línea una parte de ti.
Entre una hoja y otra la claridad:
tu sepulcral silencio y divino altar.
Eres un escritor de palabras vivas que evocan lo antiguo.
Las llevas en la piel
con ellas buscas respuesta al enigma que gira en tu memoria:
Nostalgia del pasado que rompe el círculo.
Espejo del presente que atraviesa la línea.
La visión del deseo que rema en espiral…


4.

En el libro llueve
y no hay rastro de ceniza en el cuerpo.
Dios bendijo tu semilla
para que opacaras mi maldición.
Pronuncia las palabras benditas
y se dibujarán estrías negras
sobre los ojos
y por debajo de la piel
donde no llega aún la sed
ni el agua para saciarla.
Ya no sé qué escribo.
Puedo mirar muchas veces el sol
y no sufrir
porque tengo estrías negras en los ojos
y una sed que no se acaba
ni se sacia
con el agua lluvia del libro.



VOCES

3.

Hablo de las puertas
y me entrego al laberinto de arena
a la mortaja de la lengua.
Me pesa la sal.
Tu oído no escucha ya
mi grito
ni el temblor.
El misterio es latente.
Después del silencio
se abre la puerta:
muestra su desnudez
y
tus ojos blanqueados.



LA DESPEDIDA

1.

PRESENTIMIENTO

“I cannot tell the mysteries of time”


Omar Khayyam

Yo vigilo tu pie
desde mi ojo ciego
desde mi puerta clausurada al tiempo.
Y tú en el círculo negro dibujas pájaros del desierto
con tierra amarilla
y piedras ajenas.
Sé que deseas el agua salada
la muerte de las horas…
Darás paso a las sombras.


2.

AL OTRO LADO

“Todo como si nada: ¡Ni la memoria!
Tu cara es la memoria.”


Mohammed Al-Nabhan


Te vas
y tras el vidrio
el humo negro.
Parecido al exilio
es tu caída.

Tu cuerpo se vuelve sombra
y tu lengua
se divide ahora en tres:
En el deseo.
En letra de Primia Tierra.
En el círculo que te amarra a mis pies.
Grito tu nombre
con sabor a oriente.
Con olvido en las manos
con tinta
y tu imagen en la frente
también me voy.


3.

RECUERDO

           Si sólo la sombra de tus ojos fuera un oráculo en medio del mar

           las bocas de la tierra no me hubieran tragado.

No remes en mis aguas.
No salgas en busca de otras tierras desde esta orilla, no tendrías como sujetarte.
No tengo un puerto seguro.
Los cuerpos que se han acercado a mi isla mudan de piel y parten a buscar un nuevo rostro.
Un día se acercó un ser que estaba sediento, había venido del desierto y encontró aquí un manantial
para su necesidad, se marchó cuando su vasija estuvo rebosante.
Otro que practicaba la magia halló en mí un nuevo truco y salió a mostrárselo al mundo.
Hay un tercero, su arte era contar historias, amaba el vino, la sensualidad y los viajes, vivió aquí lo que dura un eclipse, luego partió a la selva…
Han pasado los años y ninguno de esos espíritus ha regresado, sin embargo tres líneas se dibujan en el
horizonte cada que quiero irme.




_________________________________________________
Viviana Restrepo Osorio (Medellín 1985)

Promotora de lectura, ha trabajado en el sector cultural de la ciudad y con la corporación de arte y poesía Prometeo. Poemas suyos han sido publicados en las revistas, Punto Seguido, Prometeo (memoria del XVI festival internacional de poesía de Medellín), Asfódelo y en la página web las elecciones afectivas.

jueves, 15 de julio de 2010

PRAGMATISMO Y POESÍA EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA


Por Julio César Correa

Docente, poeta y dibujante

Una profesión tiene un discurso que le es propio, una configuración epistemológica, unas prácticas determinadas, un campo de acción y unas competencias de desempeño (para decirlo en términos contemporáneos). Al profesional –todavía- le pueden abrir espacios en empresas del sector público o privado. Allí hay espacios para poder desarrollar y poner en práctica sus saberes y competencias. Incluso, dicen algunos, trabajar es tan malo que le pagan a uno por hacerlo. El profesional recibe un salario mensual o quincenal, con sus respectivas obligaciones de ley. Por supuesto, cambia su preciado tiempo libre por un salario que le obliga a estar día tras día al servicio de la empresa que lo contrató.

“Lo normal” en sociedades pragmáticas como la nuestra es considerar el trabajo como una obligación, un derecho, un deber, incluso “un derecho natural”. Muchos de los tratados de la modernidad enfatizan en el desarrollo y evolución humana gracias al trabajo (Engels, Marx, ¿el psicoanálisis? y muchas de las teorías pragmáticas). El famoso Papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, pareciera más bien una bula papal que el documento producto de la reflexión de uno de los teóricos que más influencia tendría en el desarrollo de las teorías marxistas.

Quizás por ello, y en medio de la atmósfera pesada de la época, le corresponde a las expresiones culturales y del espíritu del hombre, empezar a manifestar y expresar todo aquello que escapa justo al predominio de la racionalidad; esa esfera se va haciendo cada vez más extensa y va copando todos los espacios en la vida de los hombres. Luego, les corresponde a manifestaciones “culturales” como el arte, la música, la poesía, la novela, el teatro y la danza, empezar a contar precisamente “eso” que la racionalidad quiso obliterar; esa suerte de irracionalidad busca abrirse espacios en los que fuese posible su manifestación. Jean-Francois Lyotard la denomina anamnesis, la dimensión que se expande y se dilata hasta transformarse, pero que hace parte de la misma modernidad, por eso igualmente la llama posmodernidad, sin la t de posterior, después o más allá.

En medio de todo este asunto, uno se pregunta por el lugar que ocupa el poeta en las sociedades contemporáneas. La respuesta puede ser evidente. Sin embargo, resultaría fácil incurrir en la idea de desconocer y borrar al poeta de la sociedad del trabajo. Hasta hace muy poco tiempo se educaba todavía pensando en las consecuencias y necesidades de la sociedad regida por la Revolución Industrial; aún se sigue educando siguiendo estos cánones y de espaldas a las transformaciones más recientes. Pero, la sociedad de la información y del conocimiento igual o quizás con más énfasis ha ignorado por completo la presencia del poeta. En la sociedad de la información tiene más importancia aquello que se puede hacer con la información y el conocimiento, las competencias, las destrezas y habilidades, que el “enciclopedismo” propio de la sociedad industrial.

El énfasis en el hacer, en los desempeños, se ponen en la escena educativa pensando igualmente en el trabajo o, como dicen ahora, en la posibilidad de abrir empresa, en el emprendimiento. Igualmente, el énfasis sigue siendo pragmático. Esta tendencia se fue apoderando de todos los espacios de la vida de los seres humanos en la sociedad globalizada. Es así que importa más un desfile de modas que la imagen del poeta contrito y conmovido por la belleza de una imagen determinada. Importa más la estética de una jugada en un partido de fútbol que la estética de una frase, el poema bien logrado, el libro bien concebido. Los nuevos ídolos, aquellos que arrastran masas, son los futbolistas, los dueños de la atención mediática. Lo mismo podría decirse de los cantantes populares a la manera de los nuestros que triunfan en el mundo. Un informativo televisivo ocupa su tiempo en noticias sobre orden público, la política, la corrupción y los crímenes cada vez más frecuentes; los nuestros, además, aderezan el final de los mismos con una franja larga dedicada a lo que antes, y sin sonrojarse, uno podría llamar banalidades. Durante el año, los doce meses que lo conforman, quizás el tema de la poesía ocupe el noticiero una o dos veces, y no es una exageración. La poesía, en particular, queda relegada a la falta de material que la empresa y sus editores puedan denominar importante, y en ese caso podría ir de relleno.

Un paneo rápido por las vitrinas de las escasas librerías de la ciudad me llevó, hace algunos meses, a encontrar reunidos en un solo estante toda la publicación editorial de los rehenes liberados por las FARC. En ese entonces, el bestseller era el libro del héroe nacional Jhon Frank Pinchao. Quien pasó de ser un policía humilde –diría que iletrado- a una celebridad de las letras nacionales. Así lo presenta la Enciclopedia Libre Wikipedia:

“Jhon Frank Pinchao Blanco, nacido el 11 de junio de 1973, es un Policía Colombiano, quien ostentaba el grado de Subintendente cuando fue secuestrado por las Fuerzas Armandas Revolucionarias de Colombia (FARC)1 luego de la toma de las FARC en la ciudad de Mitú, Departamento del Vaupés.2 3 4 Pinchao fue coautor de un libro titulado Mi fuga hacia la libertad en el que relata sus días de cautiverio y su fuga.”1
Entre las ideas que enfatizan la noción de trabajo, de todo lo que es útil y necesario, de aquello que produce beneficios económicos, la imagen del poeta puede ser vista con algo de conmiseración, y en el peor de los casos, con algo de risa; incluso, para las jóvenes generaciones, el poeta es aquel que no tiene más de dieciocho años, lampiño, cabellos aplastados, cayendo sobre la frente, vestido de yines de marca y zapatillas de igual costo, y se pinta las uñas de negro. El poeta niño de la sociedad globalizada no escribe poesía, no es rebelde; se droga porque esa es la moda; se viste de acuerdo con las normas mediáticas y aprovecha los encuentros sociales para mostrar su inclinación por algún tipo de música. Y sin que sea una sorpresa, el poeta niño de la sociedad globalizada no lee ni cree en las bondades liberadoras de la lectura. Se inclina más por los beneficios del I-phone, gadget que maneja a la perfección. Su postura ambigua, un poco meliflua, quizás pueda representarse en esa suerte de tribu urbana denominada EMOS. Jóvenes tiernos, lúgubres, maquillados, peinados muy a la manera de las señoritas que le acompañan, rigurosamente vestidos de negro, casi a punto de soltar un quejido; a punto del desmayo y el suicidio. La semejanza con nuestra tradición tardo-romántica no es una caricatura, ni una exageración.

¿Un poeta en tiempos de globalización? No es una pregunta de investigación, ni el enunciado que pueda propiciar un juicio epistémico y que denote honduras filosóficas o manejo de la disciplina. Se trata más bien de revisar esto que parece un contrasentido. La globalización, desigual y heterogénea, es ese proceso que nos ubicó sobre el panorama del mundo y nos mostró cuán parroquianos seguimos siendo. No reconocerlo es justamente el problema: no sabemos que no sabemos, ignoramos que ignoramos, por eso seguimos creyendo que sabemos.

En un escrito fechado el 22 de julio de 2001, Eduardo García Aguilar, (Diatriba contra la poesía colombiana) escritor caldense radicado en Francia, afirma:

Antes los poetas eran necesarios y tenían esperanza. Eran protegidos en las cortes, adorados, se les nombraba embajadores, se volvían voces de naciones o de continentes. Ahora los poetas son menos que desechables. Nadie los escucha. Ni siquiera ellos mismos se escuchan. En tiempos de auge asqueante de la novela, cuando los novelistas tienen que volverse empleadillos sin sueldo de las editoriales multinacionales, la poesía es el único refugio de la experimentación y la soledad. En cada poeta de hoy hay una Madre Teresa. Los que se dedican a la poesía en Colombia son los huérfanos de la Madre Teresa. Pero cuando la novela colombiana y la latinoamericana se ha vuelto un asco de mercaderes, cuando la novela sólo se basa en el escándalo azufroso, la actualidad periodística y la frivolidad narco-sicarial, la poesía es como en toda América Latina, el último refugio de la literatura. Refugio al fin y al cabo, aunque por el momento sea un refugio precario y menor (...).2
No faltará quien acuse a García Aguilar de resentido, frustrado o de cualquier otro problema que surja de manera inmediata en la mente del lector. Sin embargo, es preferible asumir el escrito del caldense con el estoicismo necesario de quien sabe que para poder crecer es necesario reconocerse en aquello que dicen las imágenes que los otros nos devuelven, por lo general, imágenes cargadas del veneno consabido de la crítica, del cinismo, de la descalificación, de la arrogancia y, sobre todo, de mucha ignorancia confundida con autoestima.

Precisamente, ese provincianismo inocultable es el que nos impide ver que la imagen del poeta en la sociedad globalizada ya ni es la del marginado, la del excluido, la del incomprendido o la del solitario que se oculta en el desgreño, el alcohol y las tabernas. El que se suicida porque el mundo no le comprende. Imagen cursi, por supuesto, que ya no conmueve a nadie, ni a las abuelas que se deslizan en patines porque saben que a los 70 años es necesaria una vuelta a la adolescencia. Es que en la sociedad globalizada, (la de los flujos y autopistas de información, la misma que avanza o crece sin que en ella cuente o importe lo más mínimo la imagen del poeta, quien a lo sumo existe como un micro-dato registrado en el ciberespacio a manera de bitácoras, blogs o páginas digitales), difícilmente el humanismo, aunque sea el de nuevo tipo a la manera de las propuestas derridianas, tiene cabida alguna, a no ser para respaldar y convalidar el acentuado pragmatismo de la sociedad contemporánea, imbuida en esa suerte de religión moderna que algunos despistados llaman ciencia y se ufanan de tener en su haber la verdad.

Pero, en medio de semejante blindaje de paredes recubiertas con teflón hay, sin embargo, fisuras, resquicios, grietas por donde aún es indispensable el hálito vital de las corrientes humanistas. De allí que aun siendo un negocio que mueve millones, la industria editorial mueve también cantidades significativas de literatura. La novela se sigue vendiendo quizás porque se sigue leyendo. Quizás porque en medio de las impenetrables cabezas de hombres y mujeres que marchan cada mañana al trabajo, hay, a pesar de todo, una vocecilla que va recitando los himnos propios de quienes se reconocen en los opacos espejos de lo específicamente humano.

Como en una novela de ciencia ficción, el personaje principal de una sociedad futura, donde los libros no existen, despierta con el corazón agitado porque en medio de los sueños de la noche anterior pudo comprender que la poesía fue alguna vez el bálsamo que les permitió a los hombres antiguos reconocer la magia y el don de la palabra. Por el claro de la ventana, al tiempo que entran los primeros rayos de sol, igual entra una brisa refrescante y el presentimiento de que la poesía fue la razón de ser de épocas innombrables. Recordará entonces, uno a uno, los versos de Hölderlin: “Es por la poesía y no por sus méritos como el hombre hace de esta tierra su morada”.

1. http://es.wikipedia.org/wiki/Jhon_Frank_Pinchao

2. http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-442299

martes, 13 de julio de 2010

TRES POEMAS DE URIEL GIRALDO ALVAREZ




Uriel Giraldo Álvarez

I
No tengo signo zodiacal (ni falta que me hace) o lo desconozco (desconozco tantas cosas). Me rige un agujero negro con ascendencia de una estrella fugaz. Chinescamente hablando creo que me rige una gallina en lo temperamental y un macho cabrío en lo sexual.

II
Las imágenes que me lega el siglo XX
Los senos de Sofía Loren en  Los Girasoles en Rusia
Un alarido de no sé qué cantante
Un pedazo de oreja entre los dientes de Tyson
Un hongo de humo y fuego sobre una ciudad japonesa
Un tren que no termina de pasar en el aire malva de la madrugada atestado de hombres desnudos y rapados
Un fuego de artificios durante cien días sobre el Golfo Pérsico que se repite a la misma hora en todos los 980.743.280 televisores del mundo
Una cometa perdida en la infancia que remonta los cielos de la inocencia

III

Quiero ver zarpar los barcos en el puerto
sentir que se alejan con miles de gentes
que yo no conozco pero que igual lloro su ausencia
Sentir que me inunda la angustia del que se queda
del que musita un adiós entrecortado
y bolea la mano como borrando la distancia
en que va quedando
Sentir tantas cosas que se agolpan al pecho
con los recuerdos de aquellos momentos
que un día se vivieron
y que apenas ahora se recuerdan
y saber que entre la rutina  y a pesar de ella
que marcan nuestros pasos en la arena
hemos vivido con bemoles y silencios
con naufragios y logros
Ver que las aguas devoran al amigo a la amante
al camarada a la esposa al hijo al padre
sin poderlos llorar como a los muertos
o echar al olvido como a los prófugos
Sentir de vuelta a casa
que se ha de seguir la vida
con un vacío en las manos
en los ojos  en los oídos  en el pecho
Porque casi nunca se sienten
tantas cosas juntas en tan corto tiempo
quiero ver zarpar los barcos en el puerto





*Uriel Giraldo Alvarez, más que ingeniero es un ser humano profundamente comprometido con su oficio de poeta, cultor de la palabra hablada y escrita. Docente, poeta, ensayista y conferenciante; dedica buena parte de su tiempo a la difusión y promoción de la poesía y de la palabra poética. Con alguna frecuencia se le escucha desafiar, con cierto tono irónico, la tradición grecoquimbaya, de la que algunos aún no han podido desprenderse, a pesar de decirse "modernos".

martes, 6 de julio de 2010

LABERINTO EXTREMO/ Gabriel Arturo Castro


Por Gabriel Arturo Castro


La angustia nombra la muerte que bordará la clave

del laberinto.

René Char

PRIMERO

Minotauro: Monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de Toro, hijo de Pasifae y del toro blanco que Poseidón envió a Minos. En realidad, el Minotauro se llamaba Asterios o Asterión. Pasifae pudo satisfacer su pasión ocultándose dentro de juna vaca de bronce – fabricada por Dédalo – que fue poseída por el toro. De esta unión nació el Minotauro, mezcla de dos especies, toro y hombre.

Para ocultar a los ojos de la gente una cosa que llenaba de infamia a él y a su mujer, Minos encerró al Minotauro en el Laberinto cuyas mil vueltas hacían imposible la salida.


Siendo carnívoro, y por haber sido vencidos los atenienses, ellos se veían obligados a mandar, cada siete años, siete jóvenes y siete doncellas para que le sirvieran de alimento. Tres veces fue pagado este tributo. A la cuarta, cuando Teseo llegó a Creta, entre los jóvenes que debían ser entregados al Minotauro, pudo, mediante la ayuda de Ariadna, matar al monstruo y salir del laberinto, que es en efecto “el palacio de la doble hacha”, símbolo que se encuentra muy a menudo en los monumentos minoicos y que tiene una significación solar.


Los textos antiguos citan cinco grandes laberintos: el de Egipto, que Plinio sitúa en el lago Moeris; los dos cretenses, de Cnosos y Gortyna; el griego de la isla de Lemnos; y el etrusco de Clusium.


Es probable que ciertos templos iniciáticos se construyeran de este modo por razones doctrinarias. Plantas de laberintos, diseños y emblemas de los mismos aparecen con relativa frecuencia en un área muy amplia, en Asia y Europa. Algunos se dibujaron para engañar a los demonios y hacer que entraran en ellos, quedando presos en su interior.


Para los pueblos primitivos el laberinto poseía una cualidad atrayente, como el abismo, el remolino de las aguas y similares. Tal vez el laberinto terrestre pudo reproducir el laberinto celeste, aludiendo los dos a la misma idea: la pérdida del espíritu de la creación, la caída de los neoplatónicos y la consiguiente necesidad de buscar el centro para retornar a él.


El emblema del laberinto fue usado con frecuencia por arquitectos medievales. Tal era su poder que el acto de recorrer el laberinto trazado en el suelo, en un mosaico, se consideraba como sustitución simbólica de la peregrinación a Tierra Santa.


Unos laberintos en forma de cruz, que se conocen en Italia con el nombre de “nudo de Salomón”, aparecieron muchas veces en la decoración celta, germánica y románica, integrando el doble simbolismo de la cruz y el laberinto. La esvástica, por ejemplo, alude al movimiento rotatorio, generador y unificador.

SEGUNDO

Hay un sentido sobre la condición humana: el laberinto que afecta el espíritu, la angustia, el desconcierto, la desesperanza; un espacio que no redime al escritor pero que revela su metáfora.


El laberinto extremo es un campo de batalla, pero existe otro interior conformado por las obsesiones, la necesidad o el impulso de un hombre que encontrará en la muerte su verdadera patria. Aquí el enmarañamiento es al final una trampa y escondite dramático, eterno conflicto del ser con las fuerzas irracionales o del hombre consigo mismo.


No importa que el escritor al final no resuelva el acertijo, la adivinanza, la cosa intrincada, el descifrar del enigma, porque deja planteado su interrogante a los lectores, su virtual extrañeza que lo llevará a la actitud inquisitiva, a la producción de afectos y pensamientos, peligroso secreto de una aventura llevada hasta el límite.


Steiner afirma que la concepción judaica ve en el desastre una falta moral o una falla intelectiva específica. El cristianismo consideró inicialmente el laberinto como el camino de la ignorancia que aparta de Dios, pero hacia el siglo XIV recuperó su simbolismo positivo y representó el verdadero camino de la fe. Por su parte los poetas griegos aseveraban que las fuerzas que modelan o destruyen nuestras vidas se encuentran fuera del alcance de la razón de la justicia. O peor aún: hay en torno a nuestras energías demoníacas fuerzas que hacen presas el alma y la enloquecen o envenenan nuestra voluntad de modo tal que infligimos daños irreparables a quienes amamos, así como a nosotros mismos. Al no ofrecer escapatoria a su tiranía ni descanso hasta llegar a su centro (la vida eterna, el retorno místico a la matriz), el laberinto es la imagen adecuada para el tiempo mismo.


Ese es el laberinto, el lugar donde el hombre se desencamina y queda prisionero al internarse en un reservado ámbito, un mundo atroz, hasta un punto indescifrable para el autor. Como Lewis Carroll, cuando nos propone el desconcierto de su protagonista, según Jaime Rest:

Desde el momento en que Alicia penetra en la madriguera se encuentra con un mundo en el que todo sucede de otro modo y en el que las normas de conducta son diferentes de las que tiene inculcadas; es decir, que ha penetrado en otra comarca donde rigen otras codificaciones.



Igual sucede dentro del destino kafkiano del ser: sobreviene un bloqueo para acceder a los significados y el personaje se rinde y se imposibilita ante el final trágico, el cual acepta su derrumbamiento con resignación, laberinto que el mismo hombre construye con animosa responsabilidad. Hallamos en este ser un miedo hondo para alterar las reglas de la eternidad, temor que conduce a la locura o a la muerte. Aquel hombre atemorizado no se atreve a extender su existencia más allá de su opresión, más allá de su impotencia.

Michael Ende afirmaba al respecto:

El laberinto es el cuerpo del Minotauro. Cuando Teseo va de aposento en aposento en busca del monstruo, se convierte poco a poco en el Minotauro. Éste se lo ha incorporado. Por eso es imposible que Teseo lo mate al final, a no ser que se mate a sí mismo. Cada uno se transforma en aquello que busca.
Laberinto que tiene una cantidad de amalgamas, de acuerdo con Miguel Rivera Dorado:



Un laberinto, cualquier clase de laberinto - y hay muchas - ostenta para la mentalidad del ciudadano medio del occidente moderno una primera, sobresaliente, obsesiva cualidad: la obstrucción. Es decir, las sendas del laberinto sirven para hacer la travesía del laberinto, para perderse, desorientarse, sentir el ánimo alterado, la mente obnubilada, la conciencia confusa. Así se muere a una realidad y se nace a otra, distinta y a menudo antagónica.



Y como en la Antigüedad la bestia es habitante del laberinto, alteridad, metáfora del caos que preludia el acto de morir. El héroe se enfrentaba entonces con el animal para aniquilarlo y así revivir el tiempo y las cosas. Llegar al centro del laberinto, casa del Minotauro, era alcanzar ese lugar prodigioso en que se supera la incertidumbre y el dolor, haciéndose necesario un ritual, una prueba de iniciación, una progresión espiritual.


Pero no siempre la experiencia de la escritura concluye en una purificación (rito que mediante aflicciones y trabajos se dispone a limpiar todo lo extraño que evita la perfección del ser), ni en un rito de iniciación (introducción a un estado material y espiritual nuevo). La iniciación para Eliade equivale a un tránsito de un modo de ser a otro, operando una verdadera mutación ontológica e implicando siempre una ruptura y una trascendencia. Eliade señalaba que la misión esencial del laberinto era defender el centro, es decir, el acceso iniciático a la sacralidad, la inmortalidad y la realidad absoluta, siendo un equivalente de otras pruebas, como la lucha contra el dragón. El laberinto se puede experimentar en la realidad de los dédalos de una ciudad desconocida, en especial de las ciudades antiguas u orientales. Nerval tuvo la obsesión del laberinto y en sus obras prueba haberlo experimentado de este modo, como pérdida en un mundo que es equivalente al caos.


Sin embargo no todo rito se dirige hacia la resurrección y la vida, ya que algunos asumen y reconocen con dramatismo a la muerte. Maurice Blanchot nos los recuerda asì:



Pronuncio mi nombre y es como si pronunciara mi sentencia de muerte; me separo de mí mismo y dejo de ser mi presencia o mi realidad, para convertirme en la presencia objetiva e impersonal de mi nombre, que está más allá de mí y cuya petrificada inmovilidad hace las veces de una lápida que descansa sobre el vacío.

De la concepción heroica del deber, de un héroe autobiográfico que según Lukács lleva su camino hacia sí mismo, se pasa a la noción del escritor como su propio antagonista, el oponente de sí mismo - papel antitético del héroe - que suscita sus especiales obstáculos. Su acción está provocada por un deseo, por una necesidad o por un temor, pero él mismo determina el conflicto y la barrera, las tensiones inmensas de poder e infortunio.


El hombre del laberinto, al mismo tiempo que soporta el infierno y el dolor, busca su dominio mediante la ejercitación del espíritu, su perpetuo ascetismo. Nietzsche mediría su valor de hombre por su "capacidad de desierto" y André Gide por el grado de desarraigo que es capaz de dominar. Rechazado, trashumante, poseído, siempre pactará con las fuerzas para romper los límites de su propia realidad, así sus ansias estén acorraladas por "aquel insensato juego de escribir", como lo llamó el poeta Mallarmé.


De acuerdo, desde el palacio de Minos en Cnosos a la jardinería romántica, el laberinto ha simbolizado el devenir incierto del hombre sobre la tierra. Presenciamos aquí el eterno y actual conflicto del hombre con los alientos irracionales, cruel vigor del poder que se vale de engaños y seducciones, el espanto del horror. Porque todos los mitos que aluden a tributos, monstruos y héroes, exponen a su vez una situación cósmica (la idea gnóstica del mal demiurgo y de la redención); social (el Estado dominado por un tirano, una plaga, un estamento enemigo) y psicológica colectiva o individual (predominio de la parte monstruosa del hombre, tributo y sacrificio de lo mejor: ideas, sentimientos, afectos, emociones).

El Minotauro expresa casi el escalón final en la gama de relaciones entre la parte espiritual y la animal humana, donde la segunda parte prevalece y predomina.

La máscara de toro, en su sentido original, sería la transfiguración ritual del mal como fuerza que ronda la sociedad y el individuo. Recrea la deshumanización y la muerte en todos los tiempos.

No nos olvidemos, como lo dice Miguel Casado, que aún estamos en Auschwitz y sus posteriores réplicas en Palestina, Colombia, Guantánamo, Sudáfrica, Irlanda, India, China, y tantas otras partes del mundo, donde el tiempo, el poder, la censura, el bloqueo, la exclusión, los juzgados, los opresores, son los sutiles laberintos del hombre expoliado y abandonado que encuentra en la muerte o en la fuga su verdadera patria.

Teseo salió del laberinto para vivir porque tenía una voz, un lenguaje y una palabra tendida al final de la búsqueda, quizás el hilo facilitado para su escape. La lección moral del mito es válida y actual: salir del laberinto (símbolo de la sociedad) es rehuir de la muerte, el tiempo, la guerra, el poder, el dogma, los censores, la injusta ley. El hilo salvador puede ser la escritura, la palabra, la mejor literatura (no la dirigida a las masas dóciles y amedrentadas), aquella que nos sirve de faro, hilo y señal de vida.

Bastante de Fausto y rara bestia tiene el habitante del laberinto extremo.

viernes, 25 de junio de 2010

HERNAN VARGASCARREÑO/PREMIO NACIONAL DE POESÍA JOSÉ MANUEL ARANGO


PREMIO NACIONAL DE POESÍA JOSÉ MANUEL ARANGO

El poeta santandereano Hernán Vargascarreño recibió el pasado 12 de junio el Premio Nacional de Poesía José Manuel Arango, galardón otorgado por un jurado conformado por académicos de las universidades de Antioquia y del Valle y por el Instituto de Cultura de Carmen de Viboral, población a cuarenta minutos de Medellín de donde era oriundo el poeta José Manuel Arango.
Su libro Piedra a piedra fue valorado por el jurado con las siguientes palabras: Dicho poemario, acordamos, cuenta en general con excelentes poemas inscritos en un tono y un ritmo de gran nivel que, a todas luces, obedecen a una depurada y ya recorrida voz poética.
A la sexta versión llegaron un total de 103 trabajos, destacándose la numerosa participación de colombianos residentes en el exterior.
Hernán Vargascarreño, nació en Zapatoca, Colombia, en 1960. Poeta, editor y docente de literatura egresado de la Universidad Industrial de Santander. Dirige el sello editorial y la revista de poesía Exilio. Traductor de Emily Dickinson y Edgar Lee Masters. Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos (Cali, 2000) y Premio Nacional de Poesía sin banderas, Casa de Poesía Silva (Bogotá, 2003). Autor de los libros de poesía Plural (1993), País íntimo (2003), Almenas del Tiempo (traducciones de Edgar Lee Masters, 2003) y ¿Quién mora en estas oscuridades? (traducciones de Emily Dickinson, 2007).
A continuación el acta de premiación:
Medellín, 25 de Mayo de 2010

Sexto Premio Nacional de Poesía José Manuel Arango



ACTA

Los integrantes del jurado abajo firmantes nos reunimos en la ciudad de Medellín los días 18 y 25 de mayo para deliberar en torno a la lectura de los 102 libros de poesía enviados al concurso arriba citado, con el fin de elegir uno de dichos libros como ganador del certamen.
En la reunión de la primera fecha no logramos un acuerdo unánime en torno a la obra ganadora. Cada jurado había elegido cuatro títulos finalistas, de los cuales cada uno "defendió” uno, pero no nos pusimos de acuerdo. Llegamos entonces a la conclusión de que volveríamos a leer las cuatro obras que fueron comunes en nuestra elección inicial, y de allí definir cada uno a un ganador.

En la reunión del 25 de mayo, hecha la relectura de las cuatro obras finalistas, por unanimidad acordamos que el ganador del Sexto Premio Nacional de Poesía José Manuel Arango, era el libro titulado Piedra a piedra, firmado con el seudónimo de Apu 402.

Dicho poemario, acordamos, cuenta en general con excelentes poemas inscritos en un tono y un ritmo de gran nivel que, a todas luces, obedecen a una depurada y ya recorrida voz poética. El mar, los trenes, la palabra y la ausencia, son temas producto de una honda reflexión poética, de principio a fin. En ese lenguaje prevalecen imágenes donde la vocación y el misterio se erigen como un alto producto del arte poético, y conforman un conjunto de belleza y pensamiento.

Los tres jurados dejan constancia, igualmente, del buen nivel que encontraron en una importante cantidad de libros enviados a este concurso, de los cuales, como queda dicho, cuatro o cinco son sin duda buena poesía, libros que provienen de poetas de formación y de una decidida actitud ante la poesía; es decir, buenos lectores y escritores de oficio comprometidos con la calidad de lo que escriben.

Aunque menos relevante, también resaltamos el número importante de obras participantes: 102, que dice a las claras de las expectativas que suscita este concurso y que denota el interés por la escritura de poesía que hay en el entorno nacional.

Observación final: Abierta la plica del seudónimo Apu 402, correspondiente al libro ganador, Piedra a piedra, se encontró que su autor es el poeta Hernán Vargascarreño; por lo tanto, el jurado declara como ganador del Sexto Premio Nacional de Poesía José Manuel Arango, al poeta, traductor y editor santandereano, Hernán Vargascarreño.



jueves, 17 de junio de 2010

HOJA POR HOJA / Gabriel Arturo Castro

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Luz Mary Giraldo

Universidad Nacional de Colombia,
Bogotá, 2002, 58 páginas.

El presente libro pertenece a la colección Viernes de Poesía que edita el Departamento de Literatura de la Universidad Nacional. Su contenido está dividido en tres partes: Aprendiz de gato, Aceite de olvidos y Palabras en su tinta.

Sorprende encontrar el deslinde entre teoría y práctica en una autora considerada como destacada investigadora y ensayista. Ya el maestro Edgar O´hara (Boletín Cultural y Bibliográfico Número 55) había insinuado tal fragmentación que se convierte en espera: “Creo que no se ha dado cuenta todavía de que es poeta y de que podría incluso llegar a ser muy buena. Pero la poesía demanda tiempo y un sudor que a la larga puede ser inútil; a veces brota en vano y muy pocas veces se digna a la recompensa”.

El poema, lo sabemos, se defiende solo. Lo extraliterario no lo sustenta ni lo defiende del tiempo y las justas valoraciones. Y aquí la poesía de Giraldo muestra una sobriedad extrema, una actitud conservadora y la presencia de un abismo entre su aspiración de expresión poética y la realidad última de su esfuerzo. La realidad no corresponde con el deseo. Sólo vislumbramos la intención sin la concreción a la que aspira finalmente.

Posee intuición pero ello no basta. Su visión y percepción de la poesía se muestran en sus poemarios El tiempo se volvió poema; Camino de los sueños; Con la vida y Hoja por hoja, los cuales intentan la esencia albergada en el pensamiento, en la significación y en la comprensión. Se reconoce una búsqueda hacia la autenticidad poética, un afán de síntesis (aunque no logre conciliar el afecto con la forma), el deseo de expresar lo problemático de la existencia. Sus motivos y temas tienen un fundamento en la historia de la literatura: la soledad, la propensión al silencio, el alejamiento de lo inhóspito, la memoria, la melancolía, la ausencia, el miedo a lo desconocido, la muerte oculta, el asombro del poeta, la caída, el amor, la fatiga del hombre, el vacío como sensación, el olvido.

Sin embargo su lenguaje se caracteriza por la limitación y la mediana profundidad. Veamos un ejemplo a través del Poema con gato:

Como el gato
El poema se niega a la caricia.

Juega
camina caprichoso

busca el lugar más elevado

salta

rechaza el sitio inhóspito

desciende

husmea

escarba

aleja la carroña

las cenizas

deja en silencio la soledad

y la palabra.

En el citado  texto asistimos a una comparación abreviada, la cual nunca se aleja del símil, de la relación de semejanza explícita. El recuento de Hoja por hoja nos lleva a expresar que su mecanismo de creación es la percepción que ofrece una sensación interna de los acontecimientos, tal es el caso de los recorridos que hace por los laberintos, la huida de los demás hombres, oír las aves del tiempo, el reloj del cuerpo, la tinta y la noche invadiendo el papel, la persecución en la ciudad, los murmullos que fabrica, las palabras abandonadas sobre un rincón y la existencia a pesar del sufrimiento.

El concepto de lo que va a transmitir lo tiene claro la autora, pero su imaginación quedará entrecortada al pretender sustituir el concepto por una metáfora simple. La percepción directa ensombrece de esta manera la evocación, el asombro, la extrañeza y la distancia de la memoria. El desplazamiento del significado no se ha llevado a cabo y la sorpresa se ha extraviado definitivamente.

El transcurso del texto se torna previsible, pues  la unión de lo que se dice y lo que se contempla acaba sólo en pretensión. El texto queda de esta manera atado a la lógica y a la objetividad conceptual (el tema o la idea fundamental se impone).

El espíritu subjetivo, es decir el lirismo,  se ve limitado a un mundo que a pesar de estar sugerido es poco profundo e intenso. Lo accidental no se separa de lo esencial, lo que permite que la imagen quede incompleta. Leamos otro ejemplo, en este caso el poema Gato en la luz:

Gato travieso/ el poema y la luz/. Curiosea atento y la imagen se agita/: afina el oído/ la mirada/ un foco de color ilumina la noche/. El tiempo se detiene/ la luz llama/ -teatro de sombras/”.

Dicha estrofa insinúa una atmósfera y describe una situación. El animal yace sobre la noche. La segunda parte procura complementar la primera:  “El gato juega/ salta/ corre/ ronronea/ se hace un ovillo/: en un instante nace el poema/ hilo de sombra/ en la luz”.

Sin embargo la secuencia se torna incompleta, ya que la imagen final acapara la fuerza del texto y lo demás  es mero trámite para respaldarla : “el poema, hilo de sombra en la luz”. Ello es una constante en todo el poemario de Luz Mary Giraldo, donde la fuerza y la potencia se localizan al interior de una sola imagen, la cual no alcanza a generar una estructura. Poesía minimalista que se vuelve juego de palabras, semejante a ciertos gestos del haikú. De distintos poemas tomo sus líneas finales:


Encendida la luz/ el gato se arrebuja: duerme”.
“Es un verso la gota que cae/ ojo de gato”.
“Como el gato/ la vida/ ajena a veces/ rumorosa”.
“No vuela un pájaro/ no canta dentro de nadie/: tiemblan los huesos”.
“Camina de puntillas/ escucha un silencio sordo/ el alfabeto se curva ante los dioses”.  
“Tanta pluma caída/ tanta noche en la rama/ ¡Tanta!”.
“Oye la soledad/: curvas rojas/ Arlequín desmadejado en el poema”.
“Triste la música llega/: piedra en el fondo del lago”.
“Venus y Adonis/ en el fondo del lago/: llama que ciega”.
“Curva ciega de la vida/ sus palabras/: soledad en trazos”.
“Es el día como la vida/: opaca la luz/ a veces transparente”.

La muestra nos indica que las imágenes, concebidas de este modo, son el centro de la expresión poética de la autora. Aquí, solas y aisladas, no describen sino que nombran al mundo, provocan asociaciones íntimas, sugerencias, hondas ideas en el lector, gracias al poder alegórico que les confiere. El poemario de Luz Mary Giraldo pone en relación dos mundos, el de los animales, objetos o seres de la naturaleza, y el de los hombres. Es una constante la aproximación entre los gestos del gato y el acto de escribir o de vivir: “Caprichosa  gata/ la vida/: acaricia/ juega/ decide/ invade y evade/ abandona/ a veces acompaña/ sube a mi canto/ me estrecha/ se aleja/ ronronea/”.

A través de la igualación entre palabra y concepto se quiere representar el destino humano, los peligros, las discordias, como en su texto Canción del navegante:


            El navegante espera una señal
un canto de sirenas en la noche profunda.

            Ve nubes en lo alto
            Peces muertos.

            Entre agua y asombro viaja
                        niebla
            ola en su pecho
vida suspendida entre cielo y océano.

Parece un contrasentido, ya que las imágenes de Hoja por hoja  esclarecen la intuición poética, pero ya acompañadas son oscurecidas por el imperfecto trámite. He ahí el límite de la poesía de Giraldo: la imagen se comprende por su plenitud y génesis, y el texto  completo le impone una frontera donde la contemplación y la sensación de vacío la envuelve, gracias a que su andamiaje sintáctico es bastante débil e inseguro. La marcha del poema se  trunca, no fluye y deja una impresión de vaguedad,  imprecisión y gratuidad. El poema queda a la espera del acto realizador, detrás de un aire de disolución y pereza.

La imagen solitaria es incapaz de dotar de forma al  todo del poema. La forma no toma sentido ni resolución. Entonces llegamos a la duda definitiva, a la fragmentación, al desencuentro.

La no forma impide que las palabras muestren su raíz y que el choque entre lo advertido y la palabra carezca de determinación. Observemos, a propósito, el Poema desde el olvido.

                        Canta
y su voz se desgaja como rama de sauce.
                        Entumecido
busca un nido para esconder el frío
                        una gota de miel
                        un parpadeo:
                        reposo.

Crece en su pecho una rama de olvidos:
                        canta.

Aquí la contemplación  del instante suscita una reflexión superficial  y la consecuente irresolución de la forma. El texto se compone de momentos, fragmentos que se convierten en desuniones, fatalidades, ausencias definitivas.
El poema permanece a la espera de algo que no sucede, quizás el génesis, el mismo acto creador, lo que aclara la presencia del acto poético. Queda demostrada así la sensibilidad de la poeta más no su capacidad de erigir estructuras significativas, lo cual revela inconvenientes de composición y configuración global de la obra. Problemas de elaboración y de coherencia salen a la superficie de la creación.

La forma, ingenua e inestable, no llega a brindar la plenitud del sentido poético y la poesía, de esta manera, queda relegada a los oficios de un arte menor.

                                                                                 



sábado, 12 de junio de 2010

DIOS PUSO UNA SONRISA SOBRE SU ROSTRO/ Gabriel Arturo Castro


Winston Morales Chavarro
Editorial Kimpres, Bogotá, 2004,
118 páginas.

Por encima de las técnicas de construcción, la orientación valorativa y la intención comunicativa, al autor de Dios puso una sonrisa sobre su rostro, le importa más fijar y resaltar la sustancia de la expresión, es decir, el elemento cognoscitivo por medio de una incesante reflexión teórica, propia de la filosofía hermética y el ocultismo, aquél pensamiento atribuido a Hermes Trismegisto, quien combinó en estilo esotérico la filosofía griega y la religión egipcia. Igual encontraremos, de manera explícita, las teorías de Giordano Bruno, el filósofo, poeta y sacerdote dominico italiano, influido por el neoplatonismo, el estoicismo, la mística y la magia.

El autor, bajo el peso de las obras de los escritores mencionados, procura divulgar una doctrina mística secreta, cultivada por un grupo de “iniciados” , entre los cuales él se encuentra. Es un trabajo de reflexión sugestivo pero no original, donde “se notan las abundantes y selectas lecturas del autor”.

Conoceremos la importancia de fusionar los sentidos con el fin de constituir uno suprasensorial que capta el lenguaje cifrado de las cosas; los secretos de una morgue, los latidos de la muerte, sus estertores, el rictus de cada ser fallecido, el mutismo del ambiente, el tiempo que parece un mar de regresiones y reflujos, la vida frente a la muerte, las analogías del sueño, la música que agita las telas de los cadáveres, el espacio extrafísico del espejo que se confunde con la suprageografía, la interactuación de lo extraespacial y lo atemporal en las orillas inimaginables de las cosas, sobre lo cual el narrador manifiesta:

Todo queda flotando, todo ruido, todo eco, cualquier rumor, por más pequeño que sea, toda resonancia se repite en un número indeterminado de objetos; toda cosa queda untada del sonido como si se tratase de un ungüento o una pócima mágica que proporciona vida al oído colectivo de la coexistencia. La música, la poesía, la novela, la pintura y todo lo que lleve inmerso una teoría comunicativa nunca deja de escucharse, y por el contrario, es capaz de instalarse en un alma virgen, en este caso un resorte olfativo virgen, pues el olfato supraesencial también escucha y lee.
  
De igual manera, el autor nos expone ciertas hipótesis acerca de la belleza de un muerto, la ausencia de sabor de todos los objetos, la virtud de los números extraídos de los nombres propios, la lectura de los cuerpos sin vida, el fenómeno de las correspondencias, el erotismo centrado en los talones de los píes, la búsqueda del sentido de la realidad, del presente, del sueño, del tiempo; la fascinación del fuego, el concepto de infinitud, donde se detiene el tiempo físico; la existencia de lo supranormal, la runa metafísica, la estructura suprafísica, el Nirvana, la energía gravitacional, la tanatología, el desierto de los tártaros, el número de Dios, lo antitético, la pansofía, el delirio órfico, la levitación, el daimon universal, el numen sideral o el éxtasis suprahumano.

Estamos de acuerdo, la novela como género no se desliga de desempeñar la función de instrumento de conocimiento. El escritor le toma el pulso al mundo y registra las voces del concierto del cosmos. Se diría que en Dios puso una sonrisa sobre su rostro existe una necesidad exterior, del autor de la presente obra, de manifestar y ostentar, al mismo tiempo, una cuestión intelectual que lo inquieta hace tiempo, desde la composición de su libro anterior Memorias de Alexander de Brucco.

Informar y reflexionar son las dos direcciones claves de la obra, y claro, revelar el universo del autor, reconocible de antemano. Veamos un fragmento donde se muestra el exquisito bagaje y la hondura teórica: Sin embargo, el caudal intelectual y filosófico de la novela constituye por sí solo la calidad de la misma, su punto fuerte, es decir, la profundidad de su pensamiento le falta ser expresada estéticamente para conformar un todo. Pese a la estrategia de composición donde se alternan enunciados, toda la novela se basará en la transcripción y exposición de datos, referencias y nociones teóricas. Los “recuerdos” o aparentes evocaciones, reminiscencias o recuentos artificiales, estarán plegados e insertados como láminas ilustrativas.  

El autor posee los argumentos pero adentro de su composición narrativa no realiza, articula y desarrolla sus razones y proposiciones, desde una óptica original y una modalidad concerniente al acto de narrar. La rica teoría no se transforma en manifestaciones vivenciales sólidas y el acontecer exterior de la lectura (origen y fuente del universo de la novela) se impone sobre el mundo interior del creador. Ello quiere decir que la teoría pura queda intacta, pues no está sometida a la interiorización o asimilación, primero del autor y luego de los personajes de la novela, lo que impedirá la obtención de una visión nueva de la vida, pues la teoría no se torna experiencia, es decir, acción interior, diálogo, polifonía, acción recíproca, mutua, del acontecer exterior y del mundo interior, en otras palabras, jamás se constituye como acto narrativo u obra de arte. El conocimiento del autor se impone frente a los demás participantes de la narración y del acto narrativo, lo que implica también al lector, quienes asistimos a su dictadura. El narrador escogido, identificado con el autor-escritor o quizás con el autor implícito, o sea, la imagen del escritor que el lector construye, un segundo yo o una versión superior del autor, su alter ego, (el verdadero sujeto de la obra, biográficamente caracterizado e individualizado), es un enfermero encargado de la morgue del hospital de Neiva, Colombia. Su padre, lo manifiesta, es quien le ha enseñado lo que sabe acerca de filosofía hermética y el esoterismo:

A partir de esas disertaciones muy suyas traté por todos los medios de confrontar sus posiciones y de auscultar la autenticidad de lo que afirmaba. Por eso me hice guardián de la morgue, por eso mi cercanía con el hospital, por eso mi gusto desaforado por NN a quien contemplo mientras en el espacio repica el cuerpo disonante de Daylight, canción de Coldplay, que obliga mi retorno sobre el espacio amarillento de los pisos.
 

La NN es una joven que murió y está albergada en la morgue y sobre cuyo cuerpo el narrador vierte su discurso acerca de la muerte y la belleza. NN es el narratario más importante de la obra, la depositaria de las reflexiones, a veces monólogos, del enfermero. Su inclusión como personaje es uno de los principales aciertos.

Pero es el autor implícito el que modela la existencia del narrador, asumiendo la función de quien ostenta la instancia informativa más profunda del relato, la “competencia” más sólida. El narrador de Dios puso una sonrisa sobre su rostro jamás se sobrepone a la presencia asfixiante del autor implícito, un yo para nada impersonal ni anónimo, quien impone su ángulo de visión y subordina lo restante al ejercicio de su propia óptica. Aunque el narrador y personaje central de la novela, son el lugar de las reflexiones e intenciones del autor real, este último origina de manera directa tales meditaciones y acciones intelectuales. No existe por parte del narrador y demás personajes una introspección de las teorías explayadas durante el transcurso de la obra. Debido a tal divorcio, la relativa técnica de construcción de la novela y de presentación de los personajes, están ligadas a una concepción del hombre y de la existencia muy particular, propia del autor: el devenir, así como el arte, deben ser asunto-reflejo de lo teorético, especulativo, erudito e intelectivo.

El novelista no se oculta fingidamente detrás de la realidad misma y no alcanza a disimular su constante afán de auto –expresión.

La razón es porque existe aquí una clara voluntad de objetivar un mundo específico, singular, el del autor, a través de una historia y una serie de personajes, caracteres, acontecimientos y cosas. Sin embargo, al autor le es muy difícil desligar su propio yo, omnipresente desde los comentarios que teje constantemente sobre las figuras y los acontecimientos, hasta el modo de insinuar los personajes. No existe la polaridad entre el narrador y el mundo objetivo.

Las figuras se diseñan como opiniones y las acciones son de carácter ornamental e ilustrativo del discurso sustentado. Ejemplo de ello es la desaparición de las aves en los espejos, la huída del gato por el lavabo, las referencias a la tragedia de Villa M (la casa bomba en Neiva), los atentados terroristas en Bogotá, la música de Coldplay, las cartas del padre de la chica NN, las localizaciones espaciales y geográficas, el asesinato del niño X, la persecución a la profesora de matemáticas, los cuales son sucesos temáticos, acuñados, encajados e impresos para probar las hipótesis presentadas. El ambiente teórico condiciona la autonomía de los personajes. El novelista no penetra en su intimidad y por lo tanto no recurre a su voz propia, al gesto independiente, al silencio y escenificación libre del carácter conductivo, las actitudes y la visión del autor, quien domina mediante los hechos intelectualizados a sus seres de papel.

Los personajes son planos, dotados del mismo trazo único –la retórica erudita e intelectual-. No evolucionan, no experimentan las transformaciones íntimas. Personajes de contornos simples, para nada vigorosos, ni dotados de complejidades y acentuaciones, sin densidad ni riqueza. No se tienen en cuenta sus facciones peculiares, pasiones, cualidades y defectos. Lo propiamente humano queda relegado.

El protagonista principal, el enfermero, se identifica con una obsesión intelectual, a la cual se encuentran íntimamente sometidos los demás actores individuales.
  
Dios puso una sonrisa sobre su rostro es una novela cerrada, poseedora de una trama claramente delimitada. El autor explica todo, desde la esquina exclusiva de su “sabiduría” (instrucción-información) personal. Es así como encontramos la fuga de la realidad, una desvalorización de la trama, acompañada de una exhibición, presunción y jactancia intelectual desvelada y constante, tediosas descripciones, carentes de interés artístico, aspectos evanescentes, imprecisos e incoercibles que no son expresados mediante una estructura narrativa.
  
Novela de lances y contingencias intelectuales (¿novela abstracta?). Si este texto fuera despojado de los personajes y de la casi inexistente actividad dramática, quedaría reducido a mero discurso expositivo o ensayístico, homenaje a una vida puramente intelectual: sólo acción mental y exposición de ideas, razón por la que se nota la ausencia de sensibilidad creadora. Digámoslo así, Dios puso una sonrisa sobre su rostro, es la antítesis de la novela, un texto preocupado por mostrar el yo exterior, no los desafíos intelectuales interiorizados y vueltos nuevo lenguaje. La obra se disuelve en una especie de aguda y reflexión metafísica y cerebral, donde el valor dominante es la meditación sobre el sentido de la muerte. De esta manera, como hace mucho tiempo, el propósito primario y tradicional de la novela, contar una historia, se oblitera y desfigura.

GABRIEL ARTURO CASTRO

La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee.

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