martes, 27 de marzo de 2007

MEMORIAS FESTIVAL NACIONAL DE POESÍA VI,VII,VIII




Desde hace algunos días circula el libro que recoge la participación de poetas nacionales e internacionales en sus últimas versiones. Es una sencilla edición, hecha con gusto y un adecuado sentido del diseño.

Liderado por Fabio Arias y Edgar González, más conocido como “el coche”, el Festival Nacional de Poesía se ha convertido en un evento que se ha ido ganando el reconocimiento no solo de los mismos poetas, sino de la ciudadanía y de los gestores culturales en general.
Al lado de otros eventos culturales como el Festival Internacional de Teatro, el de Piano y el de Jazz, Manizales se convierte así en una ciudad que congrega y atrae no solo turistas, estudiantes y curiosos, sino cultores de la palabra y artesanos de la imagen.
Para pensar y reflexionar, en este sentido, el proyecto de ley que cursa en el Congreso de la República y que busca recortar las transferencias a los entes territoriales. Preocupante porque los sectores que más se verán afectados serán justamente aquellos que tienen que ver con la educación, la salud y el saneamiento básico. Empobrecidos los municipios, eventos como el Festival de Poesía, por solo mencionar uno, deberán estar relegados a la mendicidad ciudadana o simplemente deberán desaparecer por simple inanición.
Mientras tanto, la letal alianza entre políticos (casi todos uribistas ¿será una simple coincidencia?), grupos ilegales de derecha y narcos se reparten el erario público para seguir sosteniendo este gobierno ignominioso.

sábado, 24 de marzo de 2007

POEMAS DE LEÓN DARÍO GIL (CEGIL)




 

AGUA
Generosa y despiadada,
todopoderosa y atroz.
Si no fuera por Dios que la creó, lo sería.
El mundo bien podría ser su capricho.
Forma divina de la forma
Harta; más que, juntas,
la tierra, las piedras y la arena,
lo que crece, se mueve, lo que habla.
Murmura y canta,
aúlla en la tormenta.
Pasajera de la nube, del río, de la ola.
Alma del rocío.
Es el albergue del principio,
El sustantivo primordial de la vida,
el nítido trasfondo de la sed,
el sorbo postrero.









ALGODONES DE AZÚCAR
Es un árbol incendiado y un hombre lo lleva a cuestas. Tupido de enormes flores fucsias o desmedidas frutas de nubes de mentiras.
Son para vender y no son flores ni nubes de mentiras.
En los parques suelen morir devoradas por los niños. Allá ellos, parecen dráculas inocuos empegotados con sangre de hadas.






AÑOS
Ojalá que los años me enseñen a morir
pero sin quitarme que no pueda amarrarme los zapatos,
que no me olviden de subir la cremallera,
que ascender escalas no sea un suplicio,
que no me traben las manos de artritis,
que todavía me acuerden
donde carajos fue que dejé las llaves,
que no me quiten de la memoria
los años que voy cumpliendo,
de siempre llevar mis gafas,
que pueda, solo, subirme a la buseta,
darle a pié la vuelta a la manzana
o por lo menos a la cuadra,
que distinga los billetes,
que me dejen mandar en mis orinadas,
vestirme por mi cuenta
y por mi cuenta comerme mi comida,
que sea capaz de decir de memoria mi número de cédula
y dónde y cuándo fue que nací,
yo afeitarme
yo cortarme los pelitos de la nariz,
entrar al baño sin la ayuda de nadie, yo,
que me cambien la caligrafía
pero que nunca los años me resten la escritura,
que me dejen leer, les ruego, hasta el fin de mis días,
me dejen oír mi nombre cuando lo nombren,
que no me trastoquen los números ni las letras,
que me opaquen pero que nunca me apaguen la voz,
contestar el teléfono y marcarlo,
llegar hasta donde motila el peluquero,
y pagarle con mi propio dinero.
Que de vez en cuando me dejen
pararme en un puente y sentir que de abajo
me llaman las aguas
...que algún día me dejen acatarlas.






CUCARACHAS
Su frenética inquietud,
su esclarecida vocación por la noche,
el modo místico de averiguar el mundo;
de averiguarlo y vivirlo,
como aterradoras maquinitas de cuerda.
Incontable legión de ángeles desahuciados.
Inexorables habitantes de la casa.
Su respeto preclaro por el hombre; le huye,
su indeclinable fe por su misión y su suerte,
su reino innombrable de oquedades y de hendijas.
Dios las hizo para procurarnos la noción de la persistencia.
Jamás ni nunca las cansará la eternidad;
son eternas... aunque mueran aplastadas.





LA PUNTILLA
Vos misma, para corroborar la humildad, encubres tu existencia.
Nadie te enseñó ni nadie, en las cartillas de leer, trazó tu ser ni escribió tu nombre.
No mereciste que una tiza te dibujara en el tablero, y vos lo sostenías.
Advertí, siendo niño, que no era un milagro lo que mantenía en la pared a un mar, un peñasco y un castillo. Vos estabas detrás y yo ignoraba tu nombre.
He visto pender de tu oficio todo el universo, la espiga de un trigal, patrias abatidas, tropas de elefantes, vírgenes y santos de todas las calañas, mis llaves, bolívares descascarados, sin mi mí camisa, una cometa y el cielo, cristos, héroes de verdad o de artificio, pliegos de meses, ríos ilusorios, repisas, puentes como cuchilladas en el horizonte, virgilios aterrados, trapos y volcanes, tigres, camándulas, botellas y mujeres, espejos desmemoriados, catedrales y tugurios, los abuelos, arcos del triunfo o de violines, ballenas, sartenes, monalisas y barcos, una primera comunión desleída, relojes con horas varadas, trastornadas o cuerdas.
Tu invención no fue una casualidad, fue un encargo de Dios.







LA TARDE
Quiero salir a celebrar la tarde,
a gritarle al sol
que no inquiete los colores;
a las montañas que acojan su sino
y no el de vagos horizontes;
al viento
que deje en paz las nubes
que no les cambie su ministerio
de dragones
por el de trenes ilusorios
por el de carcazas de cocodrilos rotos
por el de barcos desgreñados
con alargadas chimeneas
como duendes, ángeles partidos,
leones indescifrables
o caracoles enormes;
que desapacigue los arreboles,
les pacifique su ardor;
al cielo
que si es aguamarina que lo sea
que deje de insinuar,
como un engaño,
los grises, los multitudinarios ocres,
los violetas;
que disuelva el encanto
y deje entrar la noche
con su cochero, la luna,
para que, de una vez,
la alucinación
le ceda el turno a los sueños.


LEÓN DARÍO GIL RAMIREZ
Nací en Caramanta, Antioquia, en 1953. Desde 1962 resido en Manizales donde realicé los estudios de primaria, bachillerato y un año de Derecho en la U. De Caldas. Estudié Sociología en Bogotá en la Universidad Cooperativa Nacional. Investigador Cultural, desde la perspectiva de lo “Popular”. Miembro fundador de la Fundación Pedagógica de Caldas “Fupec” en cuyo territorio desarrollamos la investigación: Primera Expedición Pedagógica de Caldas. Redactor y colaborador de varias publicaciones: Revista Foro, Revista Educación y Cultura, Revista Integración, Revista Palabras, Periódico Textos (Festival Internacional de Teatro de Manizales), Papel Salmón (Dominical del periódico La Patria), Revista Ipsipila de la Universidad de Caldas, Revista Gente de Video, Quehacer Cultural, Revista Juegos Florales. Becario del Ministerio de Cultura (1998). Realizador y asesor de varios videos. Realizador de talleres en gran parte de los municipios de Caldas. Conferencista Facultad de Bellas Artes, Universidad de Caldas, Manizales, 2005. Conferencista Caldas 100 años, “Historias no contadas”, Banco de la República, Manizales. Conferencista “Feria del Libro” 2005. Manizales. Conferencista Biblioteca Pública Municipal (noviembre 2005), Alcaldía Municipal de Manizales. Lectura de poemas: Facultad de Bellas Artes (julio 2006), Biblioteca Pública Municipal de Manizales (septiembre 2006), “Feria del Libro” 2006.

sábado, 17 de marzo de 2007

LA MUCHACHA DESNUDA Y EL CABALLO DEL VIENTO



Por Milcíades Arévalo

El día que decidí salmodiar al revés comenzó mi desgracia.

Si bien es cierto ya lo había intentado varias veces con los poetas judíos de Toledo y con los poemas de Blake, todavía no era capaz de confundir a la congregación con salmos de este tenor: Ecia vlume veldé, eninoc qu! que en idioma vulgar no era otra cosa que una letanía de amor. Tal vez por eso y sólo por eso, el prior del monasterio en vez de castigarme me mandó a refrescar el magín en el río.

No habiendo terminado de saborear mi primer triunfo contra las tentaciones del demonio, vi a unas muchachas desnudas bailando en la orilla opuesta al son de un laúd, tanto que no parecían lo que eran sino plantas ornamentales, flores, parte del paisaje - digo, es un decir -.

Presto me zambullí en lo más terrible de la corriente, luchando a brazo partido contra la muerte, desorientado como un pez en extrañas aguas. Las muchachas al verme y en tal estado comenzaron a gritarme desde la orilla: "¡Cuidado con las serpientes! ¡Cuidado con la fauna acuática! ¡Cuidado con todo lo que no ve!", porque a decir verdad yo parecía un deslumbrado contemplando las maravillas regadas a mi paso.

Tan pronto hube llegado a la orilla opuesta sentí como un suspiro de agonías y caí de rodillas ante la más bella. ¡Oh, hermosa muchacha! Ella me miró como si acabara de encontrar su dicha, para que las demás muchachas se murieran de envidia o se tiraran los pelos de pura rabia o se fueran a sus casas a morderse los labios y nos dejaran solos para poder besarnos de la manera más deliciosa. ¡Válgame Dios!

--Alabada sea la paloma y el palomar de la dicha --dijo y desenfundó mi sexito, duro y templadito como un puñal de acero.

Después de muchas cabriolas y equilibrios, ella comenzó a cabalgar sobre mí cuerpo como un diablo, corriendo hacia ninguna parte, desbocada, descocada, vaiviniéndose, haciendo olas con su pelo, ¿qué podía hacer yo bajo su cuerpo de luna refulgente? Ella sólo quería cabalgar sobre mi cuerpo con su pelo al viento, sin espuelas de plata ni zamarros. Ella no quería oírme, sólo huir hacia ninguna parte, sentadita sobre el puñal de tormento que más le gustaba.


Cuando empezaron a sonar las campanas para la víspera, cuando ya no había nada más que hacer, ni caballo ni muchacha desnuda huyendo sobre el lomo del viento, sólo la mañana de un nuevo día temblando entre los árboles, vino el prior a buscarme y al verme en tal estado, desnudo y hambriento, enredado entre las zarzas de mi propia desgracia, con el seso perdido de un miserable Lázaro, me preguntó qué había pasado conmigo.

Todo se lo conté, pero fue como si no me oyera. En volandas me llevó de regreso al monasterio y me puso a comer arañas en un rincón de la biblioteca de la venerable congregación, para que no olvidara jamás mis propósitos iniciáticos y pudiera dedicar mis horas de holganza a otros virtuosismos más doctos que el amor.

Desde entonces, héme aquí, tratando de olvidar todo lo acontecido a la orilla del río, en el sendero del bosque donde aún pastan el caballo del viento y una muchacha desnuda.

Para Eyra, Marcela y Ángela, tan lejanas y tan presentes.

MILCIADES AREVALO O LA SOCIEDAD DE LA IMAGINACIÓN





Por Antonio Acevedo Linares.

El escritor colombiano Milcíades Arévalo nació en Zipaquirá hace ya más de cinco décadas. Su vida como escritor e imaginero ha transcurrido principalmente en Bogotá, ciudad de la que escribe y alimenta su literatura. Ha sido también marinero, empleado bancario, vendedor de libros, publicista, corrector de estilo, periodista, dramaturgo, guionista, fotógrafo y editor, y aunque estudió algún tiempo en la Pedagógica, Español y Literatura y en la Universidad Incca, Filología e Idiomas se considera autodidacta por naturaleza. Escribe cuentos y novelas, crónicas periodísticas, entrevistas y reseña de libros etc, porque le gusta y porque antes que ser escritor vive la vida en todo su esplendor. Fundó en 1973 la revista de la Sociedad de la Imaginación, Puesto de Combate, donde ha dado a conocer a los nuevos escritores y poetas colombianos. Ha publicado cuentos en inglés, portugués, francés e italiano, muchos de los cuales han aparecido publicados en antologías y revistas de Colombia y en el exterior como Casa de las Américas, y a la vez ha sido jurado en concursos de cuento, novela, teatro y poesía. Ha publicado los libros: A la orilla del Trópico (Relatos, l978); Ciudad sin Fábulas (Cuentos, 1981); La sed de los huyentes (Cuentos, 1985), El Oficio de la Adoración (Cuentos, 1988 y 2003); Inventario de Invierno (Novela, 1995) y Cenizas en la Ducha (Novela, 2001). Entre sus libros inéditos se cuentan: El héroe de todas las derrotas (Novela); El caballo del viento y la muchacha desnuda (Cuentos medievales); Galería de la Memoria (Crónicas) La loca poesía (Antología poética en preparación) entrevistas con poetas y escritores, El oficio de la escritura, en preparación y una antología de cuentos de autores que han pasado por la revista a lo largo de 32 años. Esta entrevista se realizó en la pasada Feria Internacional del Libro en Bogotá.
-
-¿Cómo se inicio en la literatura? ¿Qué autores lo fascinaron, cuáles fueron sus primeras lecturas?
--Generalmente casi todos los escritores dicen que nacieron con esa gracia divina, o que estudiaron en los Andes, en Harvard y en otras universidades. Cuando me lo preguntan a mí sencillamente digo que no lo soy, porque el que verdadero escritor puede pasarse la vida escribiendo y nunca se dará cuenta de eso. Uno escribe todos los días, aunque no escriba una sola línea. La vida es la página en blanco que hay que llenar. Para mí la literatura ha sido participación de algo que me gusta y que me parece maravilloso hacerlo a través de las páginas de Puesto de Combate, una revista literaria en la que creo más que en mí mismo, así no tenga quien la defienda ni la apoye. 

Los primeros libros que leí, cosa rara en un chico, fueron El Quijote, La Biblia, La Divina Comedia, Pratolini, Moravia, Camus, Kafka y una que otra novelita de amor impetuoso. Sucede que cuando yo era chico y estudiaba donde los curas, frecuentemente me sacaban de clase por no tener saco, ni corbata ni mucho menos devocionario. A mí eso me aburrió tanto que en vez de terminar el bachillerato me fui para la finca de mi papá y me dediqué a sembrar flores. Mientras el huerto florecía, yo aprovechaba para leer los libros que mi hermano tenía en su biblioteca. Indudablemente me fascinaron tanto que toda la vida no he hecho otra cosa bien que comprar libros, que muchas veces termino regalándoselos a esos muchachos y muchachas que sueñan llegar a escribir algún día, con la advertencia que tienen que escribir mejor que mis autores favoritos. 

--¿Cómo ha sido su relación con el periodismo? ¿Qué aporta a la literatura?
--He hecho periodismo en varias publicaciones, y también en la revista que dirijo. Le he aportado a la literatura todo lo que sé y he tenido olfato para descubrir entre la multitud a los verdaderos escritores y les he dado alas a cientos de muchachos y muchachas que tienen mucho que decir y no tienen donde hacerlo. Si no hubiese sido así hoy no conoceríamos los poemas eróticos de Orietta Lozano ni tampoco habríamos conocido a Raúl Gómez Jattin a quien encontré en Cereté comiendo mango viche y tirándole piedrecitas al río. En fin…

--¿Su obra cuentística y novelística ha estado signada por lo autobiográfico o es sólo imaginación?
--Estoy seguro de que todos los escritores, así lo nieguen, toman de su propia vida hechos que les ocurrieron, por la sencilla razón de que quien escribe una obra debe ponerle todo el encanto, toda la magia, toda la vida y la pasión necesaria que vive el hombre cotidiano para hacer creíble la historia, el cuento o la novela que le sucedió a alguien en particular. Por otra parte, para ser escritor hay que tener mucha imaginación y haber vivido la vida en todo su esplendor. Por eso yo siempre estoy diciendo que el que no tenga imaginación ni haya vivido lo suficiente, mejor que se dedique a otra cosa. Yo he vivido en muchas partes, he conocido infinitos rostros, he recorrido muchos caminos, he navegado muchos ríos y mares, pero siempre he estado ligado a la tierra. Solo me sostiene mi imaginación.
--
¿Se puede vivir de la literatura en Colombia?
--¿Qué escritor vive de la literatura en Colombia? Para que los libros no terminen agonizando en la bodega de una editorial colombiana, hay que irse lejos, a otro país para poder triunfar como García Márquez, Efraím Medina, etc. Aquí nadie lee ni mucho menos compra libros. Los únicos que viven de la literatura son los académicos y los críticos.

¿Cómo ha sido su relación con la poesía en su escritura y su relación con los poetas en la vida?
--He sido tan influido por la poesía que eso se me nota en todo lo que escribo. Los verdaderos poetas significan mucho para mí, pero no me gustaría parecerme a ellos. Más de uno me ha golpeado por decirle que la poesía estaba en todas partes, menos en sus poemas. 

--¿Cómo evalúa su actividad periodística de dar a conocer a los nuevos escritores en la revista Puesto de Combate?
--Sin duda ha sido muy valiosa, de lo contrario no los conocerían ni en su casa.

¿Para qué se escribe?
--Para saber lo que no sé, para saber de dónde vengo y para dónde voy, para dejar un testimonio del mundo que viví…
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-¿La literatura nos salva de qué?
--La literatura nos salva de la muerte.

-Finalmente, Maestro Milciades, ¿a qué proyectos literarios está dedicado últimamente?
--Más que literarios son de vida: ir a tenderme en la playa olvidado del mundo y de mí, editar las últimas entregas de Puesto de Combate, terminar de escribir una novela, una obra de teatro, un libros de crónicas, un guión, unos ensayos; seleccionar unos cuentos, unos poemas, ¿qué se yo? 

--¿Es usted feliz siendo escritor?
--Como soy lo más atípico de un escritor, eso me permite ser feliz.
La actividad más fervorosa de Milciades Arévalo aparte de la de ser escritor es la de activista cultural que durante más de treinta años ha publicado la revista literaria Puesto de Combate, un quijote de nuestro tiempo que ha creído en la literatura colombiana donde muchos poetas y escritores han dado a conocer sus primeros textos literarios, entre los que recuerda a Raúl Gómez Jattin y Orietta Lozano. Su casa en el barrio La Candelaria ve pasar todos los días un hombre a veces bajo la lluvia con sus libros bajo el brazo que entre sus premios, distinciones y trabajos culturales que ha tenido se destacan: 

Segundo y Tercer Premio, Concurso de Cuento Gobernación del Quindío, años 1980 y 1981.Segundo y Primer Premio, Fundación Testimonio (Pasto), años 1984 y 1985. Premio de Novela “Ciudad de Pereira”, con el Libro “La Casa del Fuego y de la Lluvia”, 1985. Distinción y Reconocimiento “Por la divulgación de la Literatura Colombiana”. Cámara Colombiana del Libro, Bogotá 1989. Segundo Premio de Novela “Ciudad de Pereira”, con el libro “Inventario de Invierno”, 1991. Beca Ministerio de Cultura. Modalidad Periodismo Cultural, 1994. Beca “Banco de Propuestas Artísticas”. Instituto Distrital de Cultura y Turismo, 1998. Director Editorial Revista Mosaico II del Instituto de Cultura Hispánica de Bogotá, de Febrero de 1982 a Diciembre de 1985.Asesor Cultural de la Casa de la Cultura de Montería, de Junio de 1988 a Junio de 1989. Organizador de los Encuentros Internacionales de Revista de Literatura y Suplementos Culturales. Feria Internacional del Libro de Bogotá, de 1988 a 1991. Director del Taller de Literatura “Libro Vía” de la Alcaldía Mayor de Bogotá durante los años 1991 y 1992. Director de Arte y Creativo de la Agencia de Publicidad Sancho, de Febrero 1992 a Junio de 1996. Asesor Literario de Post Grado. Universidad Sur Colombiana, años 1998 y 1999. Columnista del diario La Prensa de Bogotá, de febrero de 1991 a mayo de 1996.

miércoles, 17 de enero de 2007

SABINES





Por Jairo Hernán Uribe M.
I.
LOS NACIMIENTOS.

“Como una escarlatina te va a brotar,
de pronto, la vida”
(Poemas sueltos)
Me nació Sabines en un seminario de poesía, allá por el año 1982. Uno de los iniciáticos – como le decíamos a los aspirantes a vates – leía con fervor algunos poemas del mejicano. Eran textos de magazín, ociosamente exaltados. “No me digan ustedes en dónde están mis ojos…”, suplicaban , desde una fosa urbana que sonaba a quejumbre nadaísta, el lector y el poeta. “…Pregunten hacia dónde va mi corazón”, parecían responder en eco las paredes y claustros universitarios. Ese nacimiento no tuvo euforia de ninguna clase y me pareció vulgar. La poesía mejicana, en el contexto del seminario, era Paz y un poco de Elizondo. Y , curiosamente, al advenimiento de Sabines – en la ensalada poética de esa tarde - le precedían los trabajos de Mutis (de pareja sonoridad) y la pléyade iconoclasta de Arango, Escobar, Jaramillo y Lemus. Yo ignoraba la edad, la filiación social y política, el talante y la fisonomía de Sabines. Como referencia y metáfora, apenas tenía un epígono de bufanda y gafas redondas que recitaba : “Te quiero porque tienes las partes de la mujer/ en el lugar preciso/ y estás completa. No te falta ni un pétalo/ ni un olor, ni una sombra./Colocada en tu alma/ dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo,/ leche de luna en las oscuras hojas ”. Eso era todo lo que tenía del mejicano. Un poco después, fustigado por la poesía cortazariana y ansioso de otros aires, me topé a Sabines en una revista de papel periódico llamada “Golpe de dados”. Fue otro nacimiento extraño. Ese mismo día Sabines asistió, con nosotros y sin invitación, a una boda de poetas y a una salvaje bebeta en la cima de Manizales. La pastosa lectura de medianoche rezaba : “Recuerdo que recuerdo su nombre,/ sus labios, su transparente falda./ Tiene los pechos dulces y de un lugar / a otro de su cuerpo hay una gran distancia: / De pezón a pezón cien libros y una hora,/ de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas ”. Pero los competidores, que eran muchos y ya roídos, brotaban de la memoria a cada trago : Hernández, Benedetti, Machado, Vallejo, Neruda, Borges, Alberti. Ellos eran el fortín literario del momento. Para igualar las cargas, como indicaba el manual crítico-enciclopédico de la época, rastreé el origen sabinesco y me encontré con este otro parto : “Jaime Sabines. Tuxtla-Gutiérrez, (Chiapas). 1926. Hijo del Mayor Julio Sabines y de Doña Luz Gutiérrez. Estudió medicina unos años y luego filosofía y letras. Fue vendedor, comerciante y diputado. Barrió calles, levantó cortinas y marcó telas. A los treinta años de edad apenas había publicado tres libros. Muertos sus padres, les dedicó intensas memorias poéticas. Recibió todos los premios provinciales y nacionales que le merecieron sus ancestros y sus relaciones políticas. Hace varios años que no escribe ni edita ningún poema”.
II. LAS MUERTES
“Ante la muerte lo único que se tiene
es la cabeza rota, las manos vacías,
ante la muerte el poema no existe.”
(Sabines en una entrevista con Pilar Jiménez)
Pasaron los años y Sabines se nos maduró biche y se nos extravió entre el oleaje de reseñas y diarios. Pero no pasó a la mejor vida libresca, ni dejó su rastro en el repertorio obligado de citas y poetas. Solamente lo olvidamos. Vino el fervor pessoano y tropezamos con sus clones. Luego asistimos al descubrimiento de Kavafis, a la disfonía de De Greiff, a la precisión de Borges y finalmente a la coronación de Salinas. Fueron años de combativa poesía personal (la de servilletas y etiquetas de cerveza) en garitos y putiaderos, en las ágoras que permitían los parques y en cuartuchos afiebrados. Hasta que cierta tarde, en un parque infantil, junto a un grupo de salseros ebrios, feneció Sabines por segunda vez. Digo feneció, porque se nos volvió repentinamente solemne. En declamatoria versión, lo escuchamos decir : “Los amorosos callan. / El amor es el silencio más fino, / el más tembloroso, el más insoportable. / Los amorosos buscan, / los amorosos son los que abandonan, / son los que cambian, los que olvidan”. Y comenzamos a tratarlo como a un difunto: Sabines era, escribía , vivió, dejó, alcanzó, tuvo, bramó. Todos los pretéritos le pertenecieron de una vez por todas. Comenzó a ser plegaria y sonsonete: “Los amorosos son locos, sólo locos, / sin Dios y sin Diablo ”. Dejó de crecer y se congeló en todos los rituales. Se volvió canción que competía con evocaciones líricas y, a veces, con groserías y parodias, porque “¿Qué putas puedo hacer, Tarumba / si no soy santo, ni héroe, ni bandido, / ni adorador del arte, / ni boticario, / ni rebelde ?”.
Murió, contemporáneo, sin serlo y sin necesitarlo. Y siguió muriéndose, repetidamente, en las revistas puntuales (punto aparte, punto y coma, punto sobre punto, punto y ya, punto y etcétera). Lo leíamos y leímos en esquelas, cocteles, recensiones, cartas de amor, rellenos dominicales, comidillas y hasta en los insufribles recitales. Y supimos, de sobremesa, que había muerto luego de una fractura incurable, treinta y cinco operaciones y cuatro iatrogenias, el 19 de Marzo de 1997.
Con sus mismas palabras enarbolamos este epitafio : “He aquí el patrimonio del desheredado: / sus hijos, y la tarea diaria,/y el pedazo de cama en que se acuestan/ con los ojos abiertos los sueños./ ¿Es posible ?, ¿ es posible vivir / al margen del río sonoro de la vida ? ”.
II. LAS RESURRECCIONES
“¡Qué hermosa es la vida! ¡Cómo nos despoja todos los días,
cómo nos arruina implacablemente, cómo nos enriquece
sin cesar !”
(Como pájaros perdidos)
Múltiples rostros había tenido el tuxtleño : docto de gafitas, borracho-salsero, momificado, arcaico y tutelar, leído, manoseado, declamado y olvidado. Para completar el retrato conocí su voz – una voz que inmediatamente remitía a “Comala” - , pastosa y ronca y tan compacta como el compacto en el que leía poemas ajenos. Gracias a esto alcancé algo de su propia epifanía. Quizá fue una tarde de Diciembre. Como a todos los poetas mayores, el hálito decembrino les suele disolver la tonsura parnasiana. En un recuento lujoso de su poesía leí al funcionario y al vendedor. Escribía poemarios desde 1950: “Horal”, “La Señal”, “Adán y Eva”. De la misma época fueron sus “amorosos” (clásico de café-poeme). Diez años adelante, comenzó a fecharse el verdadero paisano con sus “Jugueterías y canciones”, su “Tarumba”, su “Yuria” y sus compilaciones mortuorias. Tres de estas series me lo resucitaron una vez más : Poemas sueltos (1951-1961), Maltiempo (1972) y Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973).
La primera serie, la más nerudiana y obvia, me lo tradujo sobreviviente. “Nadie puede vivir de cara a la verdad /sin caer enfermo o dolerse hasta los huesos./ Porque la verdad es que somos débiles y miserables/ y necesitamos amar, ampararnos, esperar, creer y afirmar./ No podemos vivir a la intemperie/ en el sólo minuto que nos es dado”. Quería nacer en todas partes, averiguar su sino, ampararse en una fuga siempre cotidiana. Y se preguntaba, sibilino :“¿A cuántas muertes tenemos derecho cada uno? ”.
Como póstumo homenaje a Doña Luz, su madre, se lanzó a vivir con menos agonías. Y, claro, liberado del peso fantasmal que dan nuestros más esenciales muertos , declaró : “¡Qué confortablemente ciego estoy de ella ! ¡ Qué bien me alcanza su ternura ! ¡ Qué grande ha de ser su amor que me da su olvido !”.
Y de esa herencia sin lágrimas que fue la madre muerta, se deslizó – como Lázaro sempiterno- a la más antigua desaparición del padre y escribió lo mejor de su peculio : “Te enterramos, te lloramos, te morimos, / te estás bien muerto y bien jodido y yermo / mientras pensamos en lo que no hicimos / y queremos tenerte aunque sea enfermo”. También lo más airado : “Ángeles degollados puse al pie de tu caja, / y te eché encima tierra, piedras, lágrimas, / para que ya no salgas, para que no salgas”.
Después de releer este último ciclo, comprendí: Sabines había regresado del turbio socavón de la poesía sin materia a la declaración viva de su oficio como hombre. Y ‘pensándolo bien’, como siempre lo manifestó, me propuse dotarlo de más días y noches. Lo volví a ver, pues, menos derrotado y más convulso, eludiendo mediquillos y amigotes de ministerio, olfateando mujeres jóvenes porque, por estos años y como él lo enseña, “ la juventud sólo puede llegarnos por contagio”. Y lo recordé (primer conocimiento serio) fumando, fumando, fumando, fumando deliciosos puchos de frente a la muerte necesaria que no está en el cáncer sino en el sexo y la mujer. Y quise, como él, amar las ferias mecánicas, los zoológicos y los hospitales y “todos los lugares en que la ternura se asoma como un tallo”. Y sobreviví y persistí y soñé y me emborraché, luego de considerar – sin miedo- que “este es el tiempo de vivir, el único”. Y sigo esperándolo, a Sabines (ese de la foto en internet, canoso hasta el bigote y con el pucho en los labios) para espantar la vida seca, los viejos modales, el corazón vacío del éxito y a las mujeres y amigos ingratos. Lo espero, junto a Marcos, el otro chiapaneco ( ingenua o cínicamente malquerido por Sabines), para conversar; y “vuelvo a fumar, mientras las cosas se ponen a escuchar lo que no hablamos”.
Junio De 2002.

BABELIA (Cuento)


Por Jairo Hernán Uribe Márquez
No fue un ángel. Fue Pachito, el babieca, mi serafín de todos los mandados, quien me trajo la mala noticia. “Va a tener que escribir una rectificación, mi don”. Yo lo miré, sin embargo, con la misma desconfianza que siempre me provocaron los becerros tímidos, aparentemente inofensivos, que en más de una ocasión me revolcaron cuando niño.
-“Babosadas”, le respondí.
Rumbo al “Astor” me agarró la risa. “Doña Frígida de Infante Solís, marchó de estos tristes riscos hacia los valles festivos del cielo…”. Una babosa be, una simple be, que es una babosa encopetada también. La vieja se llamaba Brígida y en ese pequeño gazapo, creía yo, se agazapaba la ruina de mis casi treinta y cuatro años de corrector. Claro está que me quedaba, como aliciente fraternal, la tertulia vespertina. Sólo que mis interlocutores de todos los días no estaban de humor.
- Esas cosas no se le hacen ni al peor enemigo...- sentenció Sergio, el “Peludo”, en un tono que presagiaba la bebdez inminente.
- Por lo visto este ya no es el diablillo de la imprenta sino el Belcebú- me defendí.
-A mí me hacen una bufonada de esas y mato y como del muerto – remató Zuluaga, empeñado en doblar las páginas centrales de un pasquín que, a la altura de su pecho, semejaba un burdo babero de palabras.
El asunto era babélico y yo no reconocía en aquellos señores torvos a mis socios de toda la vida. Me daba cuenta, eso sí, que en vez del bebistrajo tradicional se estaban aplicando unos tragos sueltos de ron. Levanté la mano y le indique a la mesera que me trajera lo mismo. Pero el ambiente era más que brumoso y la mesa estaba electrizada.
-Tiene usted muy mal carácter, don Rubén- babeó de nuevo Sergio y se fue de largo, como la bestia que era, acusándome de no sé que bribonadas y deslealtades.
En ese mismo instante llegó la babosuela que nos atendía y resultó que no había servido ron sino brandy, un mal brandy que olía a funeraria.
-Una cosa es la solidaridad y otra la alcahuetería- dije, al tiempo que me levantaba de la mesa, dejaba unos pesos para saldar el equívoco trago y me largaba para la casa.
Mi mujer, que con las gafas parecía una beata zonza, leía algo en un papelucho arrugado.
-Triglicéridos- espantó.
-Ojalá ese diagnóstico no esconda la baboquía del cáncer- le dije.
-Primero te mata ese amigo tuyo, el poeta.
Y entonces me pasó el periódico donde, con salsa de tomate, resaltaba mi pequeña columna de reseñas literarias. Y esto era lo que enfurecía a mis amigos. En vez de la nota que debía favorecer el pésimo poemario de un compañero de trabajo, aparecía este texto:
BED BIL BADULAQUE BACIANDO BURDAS BAZOFIAS. BULGAR BEDETTE, BACUA, BENÁTICA. BICHO BERZOTA, BODRIO, BOTARATE. BALDRAGAS BERBORREANTE. BISOÑO BA, BURREANDO, BALADÍES BASCOSIDADES. BASURA, BALDO, BULTO BOCINGLERO.
No fueron los diablillos de marras. Apenas esos días en los que uno parece destinado a estar en babia. Recordé que días atrás, tratando de adaptarme al computador y a la odiosa obligación del intranet, había escrito esta versión grotesca, pero sincera, del texto que debía acompañar la fotografía de mi jefe recibiendo una condecoración comercial. Recordé también que no había podido escribir nada bueno sobre el libraco de poemas y que si lo trocado estaba bien trocado, como era habitual en el periódico, lo que escribí al respecto debía aparecer como pie de foto de nuestro flamante director. Y, en efecto, pasé varias hojas y caí de lleno sobre la página social donde el boato de mi jefe se exponía sin pudor y donde mi reseña crítica berreaba:
BAH….BEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE…..BÚ.
Con disimulada seriedad le devolví el periódico a mi mujer, señalándole de paso la nítida embarrada.
-Y ahora, de qué vamos a vivir, ¡ carajo ! – se lamentó.
Yo solté una risotada y pensé, satisfecho, que vienen a ser lo mismo VIVIR y BIBIR, como tan acertadamente lo recetó Baudelaire.

Julio de 2005.

sábado, 13 de enero de 2007

HERNAN VARGASCARREÑO Y LOS POETAS AL EXILIO




Por ANTONIO ACEVEDO LINARES *

El poeta santandereano Hernán Vargascarreño nació en Zapatoca en 1960. Licenciado en Idiomas de la Universidad Industrial de Santander, vive desde hace tres lustros en Santa Marta donde lidera una labor regional y nacional por la difusión de la poesía y de la lectura. Creó en 1991 el grupo Poetas al Exilio, y desde entonces mantiene el programa Poesía Mar Abierto, lo que ha permitido la presencia en la ciudad de Santa Marta de más de cien poetas de Colombia y del mundo. Durante cinco años mantuvo la Biblioteca de Poesía Oscar Delgado, proyecto personal que lideró la formación de muchos lectores. Su poesía, entre otros temas, es el canto a la casa de la infancia, los trenes, la poesía, la vida, la hermana, el hermano, el padre, la abuela, la evocación de Emily y una diatriba contra un pequeño diccionario Larousse. El poeta viene a vivir y en su poesía lo escribe.

A la vida vine a vivir
pero no me la hagan tan difícil
que tengo pocas fuerzas
y estos tiempos son realmente precarios.
Abran paso. No estorben, no malquisten.
Déjenme alucinar con el horizonte de los sueños
y no metan zancadilla solo por envidia,
que soy yo quien debo gozar
mis propias alegrías y mis intimas tristezas.
Miren que la vida regala poco
y todo lo cobra generalmente por adelantado
Abran paso. No estorben. No jodan.
A la vida vine a vivir.
(Fragmento del poema A la vida vine a vivir)

El oficio de poeta y traductor, la actividad cultural y la docencia son sus campos de acción y ha publicado los siguientes libros de poesía: Plural, 1993. País íntimo, Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos, 2000. Almenas del tiempo, traducción de noventa y nueve poemas de Edgar Lee Masters, 2003. Autor de la célebre Antología de Spoon River, publicado en 1915. Entre sus libros inéditos se cuentan: Un sol negro para Antínoo, escrito a partir de la lectura de la novela Memorias de Adriano, de Yourcenar. Esta entrevista se realizó vía internet con el poeta desde Santa Marta frente al mar.

¿Cómo se inició en la poesía?

Creo, ahora que acudo a la memoria, esa mujer avezada en olvidos, que el inicio en la poesía fue algo tardío y supremamente asombroso; tardío para mí porque fue a inicios de la década de los ochenta, y asombroso porque lo hice a través de unos textos de Emily Dickinson; es más, recuerdo el lugar: el tercer piso de la biblioteca de la Universidad Industrial de Santander, de donde egresé. Ese asombro con los textos de Emily, extrañamente, aparece cada vez que acudo a sus poemas. Nunca han dejado de vulnerarme. Pero se necesitaron unos diez años más para empezar a estructurar mi primer libro, Plural, el cual salió finalmente en 1993. Desde entonces la poesía y yo no nos hemos abandonado.

¿Qué representa en su vida la poesía?

¿Qué representa para usted la tierra? ¿Y para usted el trigo? ¿Y para usted los árboles? Serían preguntas que fácilmente nos podrían responder un campesino, un panadero y un carpintero, respectivamente. Pero ocurre algo que desestabiliza a un poeta cuando lo interrogan sobre la poesía. Pues bien, yo diría como esos hombres trabajadores cada uno en una profesión humana y esencial, que la poesía es para mí mi oficio. Oficio con el que no se sobrevive, pero por el cual se vive. Es la poesía la que invade al poeta, y lo elige como su intermediario, por lo tanto uno es su obrero, su oficiante. Por la poesía veo y siento el mundo de una forma e interactúo con la vida de acuerdo a esa relación que establezco con ella. Guerreo y amo, observo y sueño siguiendo los senderos de la poesía. Creo incluso que es un estado de inconsciencia plena el hecho de asumir la vida a través de la poesía.

¿Cómo es su método creador para escribir un poema?

Simplemente, no hay método. Ese es el método. A veces uno logra recordar cómo escribió tal poema, recuerda su proceso, la fuerza que lo impulsó, el tiempo que le tomó darle cuerpo y alma, el afecto que le guarda y la forma como lo asumen los lectores. Pero ese método solo funcionó para un poema, para ese poema específico. Así que cada vez que se escribe un poema, el método, su proceso, cambia. Y el primer sorprendido es su creador.

¿Los poetas de las generaciones anteriores han influido en su poesía? ¿Quiénes? 

Si decir quienes son mis poetas preferidos es aceptar que son únicamente ellos los que han influido en mi poesía, sería un despropósito y una descortesía. Y como no he perdido esa calidad de crudeza y sinceridad que marca a la raza de mi pueblo santandereano, quiero ser claro en mi respuesta, ante todo para no ser injusto. Hace apenas una semana, ahora a mis cuarenta y cinco años, descubrí quién era el autor de un mínimo poema que conservo vivísimo en mi memoria, y el cual leí tal vez cuando tenía unos diez años: “Por el río Paraná/ viene navegando un piojo/ con un lunar en el ojo/ y una flor en el ojal.” 

Y recuerdo también el gracioso dibujo que lo acompañaba en ese libro que hace parte de una enciclopedia para niños, enciclopedia que mi hermano Carlos Arturo, el lector de la casa, solo pudo comprar hasta su tercer tomo. Antes de salir de la adolescencia, mi hermano, que es un hombre mucho más bueno de lo que yo puedo ser, le obsequió a un sobrinito los tres tomos, y a mí me quedó un sabor acre de envidia que nunca pude entender. Después la poesía me lo aclaró todo. Era mi gusto inconsciente por ella lo que me llevó a sentirme desplazado e ignorado por mi hermano al haberle obsequiado a mi pequeño sobrino esos libros que yo tanto quería. Nunca me volví a tropezar con esa enciclopedia, nunca hasta hace un mes, cuando la vi arrumada y destartalada en un estante de una sicóloga. Sin permiso de su dueña tomé los libros y los acaricié, retorné a mi niñez, y con cierta paciencia temerosa me di a la tarea de buscar el dibujo del piojo. Cual fue mi sorpresa al ver que el autor de esos cuatro versos era nada menos y nada más que el humanista de América, el mexicano Alfonso Reyes. 

Treinta y cinco años después vengo a entender por qué ese libro me atrapó tanto en la niñez. Y no solo está Alfonso Reyes, hay poemas y canciones de otros autores como García Lorca, Lope de Vega, Rafael Alberti, Machado, Gloria Fuertes, entre muchos otros. Así que mi respuesta es muy amplia: todos los poetas que he leído en mi vida han influido en mi propia obra poética; y no solo los poetas, también los narradores, los pintores y directores de cine, los dramaturgos, todos ellos han ido moldeando con sus obras al poeta que se asiló en mí ser. Ahora bien, si me preguntan cuáles son mis poetas preferidos, puedo hacer una pequeña lista. Colombianos: Silva, Giovanni Quessep, Meira Delmar. Latinoamericanos: Eugenio Montejo, Antón Arrufat, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Alejandra Pizarnik. Norteamericanos: Emily Dickinson y Edgar Lee Masters. Europeos: Kavafis, Cernuda y Reverdy. De otros lares: Kabir y Khayyam y los pocos poetas chinos que conocemos al castellano. En cuanto a narradores hay tres que marcaron mi rumbo: Virginia Wolf, Alejo Carpentier y Marguerite Yourcenar. Y si me piden que elija un libro, uno solo, me quedo fervorosamente con La Ilíada. Y si me dan permiso de elegir un segundo, le echo mano al Quijote y que me perdone Cervantes por elegir primero a Homero.

¿Qué piensa de las vanguardias poéticas?

Que han sido esenciales para renovar la manera de ver y asumir el arte, pero no han sido indispensables para hacer crecer la poesía, la que siempre ha existido con o sin vanguardias. Ese tema prefiero dejárselo a los críticos literarios, que saben enredar y destrozarlo todo inteligentemente. 

¿Cuáles son los temas más recurrentes en su poesía?
Creo que tal vez el tiempo, la evocación de lo perdido, un poco el amor y mucho
más la muerte.

¿Cree que vale la pena escribir poesía en estos tiempos de miseria y
asesinos?

El tiempo de los asesinos y de las miserias ha sido siempre; esa es la condición natural del ser humano. No veo muchas diferencias entre la época que nos tocó vivir y las pasadas. Dice Ciorán que en lo único en que la humanidad ha avanzado es en la higiene. Es decir, que ahora matamos con más pulcritud. Los artistas siempre han tenido que crear en medio del caos, ya sean estas angustias terrenales o individuales. Y como el arte no precisa pedir permiso a nada ni a nadie para ser, seguimos creando en medio del infierno. El arte, a diferencia de las políticas predadoras, siempre ha tenido su razón transparente de ser: develar el espíritu de nosotros los mortales. Y eso lo seguiremos haciendo tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz. Alguien tiene que señalar a los asesinos.

¿Qué opinión le merece la frase de Adorno, de que después de Auschwitz es inmoral escribir poesía?

La capacidad que tenemos los seres humanos para olvidarnos pronto de las grandes desgracias terrenales, como Auschwitz, nos permite continuar a pesar de todo. Es un mecanismo de defensa del ser humano. No estoy de acuerdo con Adorno. De ser así, el arte se habría detenido mucho antes de Auschwitz, siglos, siglos antes.

¿Se siente usted feliz por lo que ha escrito hasta ahora como poeta?

Partamos de que la felicidad no existe. Existen pequeños momentos, ínfimos momentos de felicidad. El dolor de vivir y sentir el universo no nos deja ser felices, y mucho menos a los artistas. Son felices los imbéciles, los que no pueden razonar. Más que feliz, me siento agradecido con los dioses buenos y malos que me han permitido escribir unos buenos poemas. Y por lo único que quisiera alcanzar la vejez, sería para poder escribir mejor, para ver consolidada una obra en torno a mis expectativas, casi todas aterradoras, para alcanzar la muerte sabiendo que hube saboreado la vida.

¿Qué significa para usted ser poeta?

Ser poeta es simplemente ser un hombre que puede ver más allá de donde todos ven. Por lo demás, somos iguales a la gran masa: muchos defectos, pocas cualidades, temerosos, infelices, míseros, caníbales, y afortunadamente, mortales.

Al poeta Hernán Vargascarreño se le puede ver a la orilla del mar caminando bajo las palmeras en la ciudad samaria del Caribe y a la consagración de su oficio literario ha obtenido los siguientes premios: Segundo puesto en el Concurso de relatos infantiles en Lengua Castellana Moscú, 1991. Premio Nacional Literatura del Caribe, modalidad poesía, 1993. Beca de Creación Literaria del Ministerio de Cultura, 1999. Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos, Cali, 2000. Segundo finalista en el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá IDCT, 2002. Premio Nacional de Poesía sin banderas de la Casa de Poesía Silva de Bogotá, 2003. Su obra ha sido parcialmente traducida y publicada en inglés. Es editor de la revista de poesía Exilio, una publicación de la Fundación Poetas al Exilio, donde ha publicado poetas de las distintas regiones del país como Omar Ortiz, Rómulo Bustos, Tallulah Flores, Nora Carbonell, Luis Mizar, Herbert Protzkar, Julián Malatesta, y poetas cubanos como Jorge Iglesias y Noelia Frómeta, y también la poesía de los poetas wayúu como Vito Apushana.

ASUNTOS DE CASA

Por HERNÁN VARGASCARREÑO

1
Primero fue una luz. La luz era un sueño.
El sueño una mujer y un hombre que se amaban.
Así, creció la casa.
2
Un día hubo humo en su chimenea.
Y niños iluminados de algarabías.
Un perro y un gato que siempre se peleaban.
Y un hombre sudoroso que llegaba a la seis
todos los viernes por la noche.
Había que oler entonces el amor
emanando por sus ventanas.
3
La casa acostumbró a sus habitantes.
Poco gustaba de visitas, a no ser que fueran
pájaros o aguaceros.
Nunca conoció otra semejante. Lo más cercano
siempre fue la casa del perro o el establo de
las vacas. Por eso era perdonable cierta
altivez que lucia en las mañanas
cuando alardeaban sus contornos.
4
Tuvo enfermedades como todo el mundo
pero siempre hubo alguien atento a sus dolencias:
ajustarle una puerta, cambiarle unas tejas,
remozarle sus colores, obsequiarle macetas nuevas,
esos cuidados menores que uno necesita
para poder volverse viejo.
5
Los muchachos crecieron y buscaron su destino.
Así la casa se acomodó sus primeras canas.
Madre y padre lucieron sus canas
y desgarraban el silencio en sus mecedoras.
Arriba, las estrellas y la luna, puntuales,
atestiguaban la reciedumbre de la casa
plateando sus testaduras paredes.
6
Un día ya no hubo más padre ni madre.
Y en la colina, se cavó para los muertos otra casa,
esa pariente subterránea avezada en olvidos.
7
De eso ya hace muchos años
cuando la casa vivía y aún no se había tendido
en su propio sueño.
Aquí pueden ver sus huesos a ras de tierra.
Su esqueleto demarcado entre yerbas y malvas,
nada más que pobre señales de un monstruo abatido
resistiendo a duras penas las ultimas cicatrices
de su memoria.

Del libro País intimo, 2003.

* Poeta y Sociólogo. Ha publicado los libros de poesía: Arte erótica, 1988.Los girasoles de Van Gogh, (Antología poética, 1980-1999) Vol 1, 1999. Atlántica, (Antología poética, 1980-2004) Vol 2, 2004. Su próxima publicación; En el país de las mariposas, (Antología Poética 1980-2005) Vol 3.

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