jueves, 8 de noviembre de 2007

PREMIO NACIONAL DE POESÍA CIUDAD DE BOGOTA/Nelson Romero Guzmán


NELSON ROMERO GUZMAN.-Nació en Ataco, Tolima, Colombia, en 1962. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Santo Tomás. Acaba de obtener el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá 2007, convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá, con su libro Obras de Mampostería. Ha obtenido, entre otros, el Premio Nacional de Poesía “Fernando Mejía Mejía” en 1992 y el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, en 1999. Libros publicados: Días Sonámbulos (Editorial Mundo Nuevo, Bogotá, 1988), Rumbos (Alcaldía de Manizales, 1993), Surgidos de la Luz (Universidad de Antioquia, 2000), Grafías del Insecto (Colección de Poesía Escala de Jacob Universidad del Valle, 2005) y La Quinta del Sordo (Colección de Poesía Universidad Nacional, 2006). Inéditos el libro de poemas Bajo el Brillo de la Luna y un estudio sobre el poeta Aurelio Arturo titulado La Cámara Hechizada: Una Lectura Incompleta de Aurelio Arturo. Reside en Ibagué.

Textos

1

Es de piedra este fondo oscuro.

Las azucenas dan a luz más azucenas

como niñas violadas en la puerta del templo.

No veo el alba

veo un caballo blanco,

aquí donde grandes mariposas con cuernos

húmedas, velludas, depositan el huevo del día.

Allí

mientras la cumbre florece,

acá la piedra alza sus mamposterías

para que en sus cuartos

veamos la historia que atraviesa los pasillos

con su vela encendida dentro de una calavera.


14

La guerra es flor visible.

Los mamposteros han querido hacerla invisible,

pero ella cada vez más visible.




30

La ciega Narcisa enloqueció y dijo: Estoy en el paraíso. Ese lugar no existía, hasta que la alucinada lo pronunció, y alguien tomó papel y pluma para escribir su viaje, y para meternos en este embrollo.

No se llamó Eva, se llamaba Narcisa, loca y ciega. Nombre bastante usado en la época de las grandes alucinaciones: la serpiente, la manzana, el engaño, el trabajo, el destierro.

Alguien escribió mal su versión para condenarnos.

En un inquilinato, Narcisa padeció la peor de las crisis de su mente: se vio salir por las costillas del hombre.

En ese tiempo trabajaba de jardinera. Las aves la querían, y una vez se enamoró la ciega, hasta que el mismo amor la arrastró, y su mente se fue dando tumbos de hospicio en hospicio, la muchacha pobre, la jardinera.

Al nombrarla nos burlamos de su noche.

Si algún lugar de verdad fuera el Paraíso, sería una clínica de enfermos mentales, donde estuvo asilada Narcisa.

Lo demás es la falsa versión del psiquiatra del génesis.


miércoles, 17 de octubre de 2007

MEMORIA PRENATAL / Sobre un libro de Gabriel Arturo Castro


(Para una lectura de Tierra incógnita)*
Álvaro Marín
La escritura, como forma de la memoria, es también un ejercicio de transportación en el tiempo y en el espacio, pero hay otro elemento de la memoria que se construye en una dimensión independiente de tiempo y de espacio y es el inconsciente, en donde permanece el arquetipo en su forma de imago. A través de los sueños muchos han buscado la dimensión primera del mundo humano, otros a través del lenguaje ya sea hablado, escrito o pictórico, pero hay quienes se aventuran a través de las láminas difusas del inconsciente, sin temor a perderse en su amnios prenatal, y ese es un ejercicio de la memoria que va más allá del sentido histórico y de las coordenadas cartesianas. La poesía como médium de la imago encuentra en el chamán a uno de sus mensajeros. Entre las convocadas fuerzas chamánicas y el trabajo del hombre en el tiempo, la poesía encuentra sus signos, pero el tiempo de la poesía es siempre tiempo presente, la más recóndita memoria se hace atávica a través de la fuerza expresiva de la poesía, o del hombre mago, hombre sin magia es hombre mutilado.
La escritura que trabaja el signo profundo rehúsa las descripciones y prefiere presentar una atmósfera, una noción, un sugerimiento, en donde siempre está la presencia que le de fuerza. La representación que es también el mundo conocido –los elementos juegan siempre a la representación- en su insistencia de ser apreciado por la entera visión, el arte es esa visión no lineal en donde aparecen las otras dimensiones que acompañan siempre tiempo y espacio y que se hacen invisibles sólo por el acostumbramiento de la visión fija, lineal, plana, en donde no es posible apreciar más allá que el objeto en sus miseria física, el objeto descoyuntado de su raíz. El objeto es también signo, presencia, con lo que a su vez deja de ser objeto y se convierte en presencia animada, nada permanece inmóvil en el espacio.
Otro tanto cumple, en el ejercicio de la poesía -que es inherente a todos los hombres y no sólo a “los poetas”- el papel del conjuro, el hechizo, el mantra, la oración: palabras fuerzas con las que trabaja la poesía. El poeta es hechicero que trabaja sobre el cuerpo de la enfermedad del mundo moderno: si la razón cuenta y cifra, la poesía descifra, recompone y representa. Se ha señalado siempre del hermetismo su incursión en la sombra, cuando es precisamente esa incursión en la sombra una forma de develar la realidad compleja. Lo que se oculta es lo que nos completa, dirá Lezama. Los ritos cumplen con el ejercicio de la memoria y representación a la vez, el hombre construye el tiempo de ritos, la cultura es siempre ritual, la palabra es rito diversificado.
Al repetir tres veces la palabra fruto,
Las sílabas de su nombre,
El pie rompe la almendra.
La almendra buscada en el conjuro y la reiteración poética es la semilla de claridad que surge, por el desdoblamiento en reflejo, del mundo oscuro. La palabra avanza por el surco abierto, como en los ritos de la siembra, y cubre la semilla con el pie, mientras la música acompaña el coro de danzantes. Un submundo con templos, sacerdotisas, puertas secretas que están hechas de silencio y de sombra por donde ha de incursionar el trabajador de las palabras en su rito iniciático de purificación. La iniciación en la poesía es la entre visión de la parte ocultada en el edificio de la cultura, gendarme que cela en la puerta de la otredad prisionera, como castigo y larga condena ejercida contra los raptores del fuego y los viajeros y celebrantes del mundo subterráneo de donde Orfeo sigue tratando de rescatar el cuerpo de Eurídice.
Yo quisiera ingresar al templo a través de la boca
De la mujer que guarda la entrada, el acceso
A la imaginación del tiempo.
El tiempo genésico es igual para el hombre o el árbol, en la memoria prenatal, están indivisos el movimiento y el ritmo, el pulso y la música. El baile y la danza son las primeras pulsaciones del tiempo, aun en latencia, todavía en la semilla, y la cultura se construye sobre las ruinas vivas de esa vieja memoria, la cultura es la reflexión en la luz que se emite desde el tiempo oculto; en ese campo tenso entre la sombra y la luz, entre el tiempo genésico y el tiempo habitado, propiciado por la danza y el canto, surge el trazo de la escritura, primero como signo, luego como imagen. Lo irrefutable de la poesía nace de esas dos fuerzas en tensión:
Pero el destino está aún pegado a la cáscara:
No saldrá como la flor que nace del centro de otra.
Leemos dos versos raptados del mundo secreto, el mundo innombrado que permanece en el lado oscuro, en un ocultamiento de la palabra que quiere, por paradoja, exponer a la luz la otra parte ocultada. Poner en común es exponer los signos del submundo al sereno de las primeras luces del sol presente, de allí la singularidad de la poesía, su trabajo silencioso y tenaz sobre la resistencia de la materia.
*Libro de poemas de Gabriel Arturo Castro. Premiado en el concurso de poesía Carlos Héctor Trejos, 2007.

sábado, 6 de octubre de 2007

EL EROTISMO EN LA POESÍA






Por ANTONIO ACEVEDO LINARES *
Le poème est l, amour réalise du
désir demeure désir.
René Char.
INTRODUCCION

El erotismo es el encuentro de los cuerpos como es el encuentro de las palabras en la poesìa, donde se crea una comunicacion bajo el deseo de los cuerpos y el significado de las palabras. La poesía erótica es una erotizaciòn del deseo y la palabra deseada. El encantamiento del lenguaje frente a los cuerpos desnudos es el encantamiento de los cuerpos frente a la palabra erotizada. A travès del lenguaje se erotiza el deseo de los cuerpos como transfiguraciòn de la libido. La poesìa canta el deseo de los cuerpos amorosos que se aman tambien en las palabras. El oficio de la poesìa asume el oficio de los cuerpos como materia prima para su maravillosa creaciòn poètica. Alli esta contenida su ètica y su estètica literaria.Un nuevo humanismo para hacer de la sexualidad un hecho transcendental. 

La recrea y lo trasciende mediante el lenguaje para hacerlo màs sublime porque el encuentro sexual de los cuerpos se trasciende mediante el encuentro eròtico de las palabras. La palabra recobra el cuerpo de los deseos como el cuerpo recobra a la palabra que la canta. Poesìa y erotismo son dos expresiones de la sexualidad y la literatura que reinvindica el cuerpo y la palabra. En una sociedad reprimida y de doble moral como la nuestra, la reinvindicacion del cuerpo y la palabra es un arte poètica y un arte eròtica, que se hace necesario humanizar esa creaciòn porque la poesìa como el erotismo es un arte, y la funciòn social del arte, es la reinvindicacion de la belleza, la libertad y la realizacion humana.  

El hombre escribe o hace el amor porque quiere alcanzar la inmortalidad en tanto que también tiene derecho a esa « ración de paraíso » como lo manifestara algún poeta. El derecho al placer y no a la reproduccion, a travès del erotismo, y a la comunicacion, a travès de la escritura, es de las primeras necesidades del hombre que realizan la condicion humana .El nuevo humanismo en torno a la sexualidad radica en el tratamiento que desde la poesía y el arte podemos redefinir lo sexual como una expresión simbólica de los cuerpos, que los cuerpos desnudos son también objeto del arte y de la poesía porque el hombre es un animal simbólico y erótico que lo expresa a través de su escritura y su práctica cotidiana del deseo, que es la que lo impulsa a escribir y a amar, y que no es solo como una expresión propia para la satisfacción de una necesidad o una reacción fisiológica o bioquímica.  Según la filosofía del humanismo, el humanismo considera que todo lo sobrenatural es mito, y que la Naturaleza es la totalidad de lo que hay, un sistema en permanente cambio que existe de forma totalmente independiente a cualquier mente o consciencia.


Segundo: El humanismo obtiene de la ciencia, que el ser humano es el resultado de un proceso evolutivo en la naturaleza de la que forma parte, que la mente está unida de forma inseparable al funcionamiento del cerebro, y que la unidad inseparable de cuerpo y personalidad no puede sobrevivir como consciencia después de la muerte.


Tercero: El humanismo pone su fe en la humanidad, cree que posee el potencial de resolver sus propios problemas, usando la razón, el método científico, el coraje y la imaginación.
Cuarto: El humanismo se opone al determinismo, fatalismo o predestinación para afirmar que aunque el hombre está condicionado por su pasado y por ciertos criterios objetivos, es libre dentro de ellos para crear su propio destino.


Quinto: El humanismo apoya una ética que basa los valores humanos en experiencias y relaciones en este mundo, y que busca como su más alto ideal la felicidad, la libertad y el progreso de la humanidad en este mundo, progreso tanto económico, como cultural, como ético, sin separar para ello entre razas, religiones o naciones.


Sexto: El humanismo cree que el hombre consigue una buena vida combinando con armonía las satisfacciones personales, el autodesarrollo, y el trabajo por la comunidad.
Siete: El humanismo cree en el mayor avance posible de las artes y en la percepción de la belleza, incluyendo la percepción del esplendor y encanto de la naturaleza, de forma que la experiencia estética sea una realidad para todos. 


Ocho: El humanismo cree en un programa a largo plazo para la humanidad que incluye la democracia, la paz y un alto nivel de vida, basado en un orden económico floreciente.
Nueve: El humanismo cree en el uso de la razón y el método científico en el orden social, y por tanto de procedimientos democráticos, gobiernos parlamentarios, libertad de expresión y libertades civiles, en todos los aspectos de la vida política, económica y cultural.


Diez: El humanismo, siguiendo el método científico, cree en un interminable proceso de cuestionamiento de las convicciones y principios, incluyendo las suyas propias. El humanismo no es un nuevo dogma, sino una filosofía en desarrollo siempre abierta a tests experimentales, nuevos hechos, y un mejor razonamiento. (La filosofía del Humanismo" de Corliss Lamont.) 


MI PATRIA


Tu cuerpo es mi patria
rodeado de dos océanos
y un hermoso horizonte
y su paisaje son dos colinas
y un valle fértil como
su monte de Venus
en donde ondea una bandera
como su pelo del viento.
Tu cuerpo es mi patria
con sus preciosos yacimientos
y agrestes desembocaduras
como con su parque natural
de los nevados y sus cascadas
su jardín de orquídeas y corales
sus ciénegas y arrecifes
desiertos y santuarios
de flora y estoraques.
Tu cuerpo es mi patria
que escribo y amo
y sueño en esta página.


La poesía, como el amor, es un encantamiento. La poesía amorosa es el deseo realizado en la palabra. El hombre es el único animal que ama y recrea en la palabra la emoción, la vivencia y la ternura del amor. En la poesía de amor hay una erótica del lenguaje porque donde hay amor, hay deseo, y donde hay deseo, hay erotismo.


El hombre erotiza el deseo y ese deseo erotizado es lo que la cultura ha denominado amor. El amor es una invención de la cultura, es lo que hemos inventado para sentirnos menos solos, trasciende la animalidad del deseo embelleciendo o ennobleciéndolo a través de la palabra poética, esto es, la poesía. El amor es deseo, que nace con el hombre, y luego a través de la cultura, es espiritualizado. El amor es el deseo espiritualizado. Cuando un hombre le dice a una mujer, te amo, en realidad lo que esta diciendo es, te deseo. El deseo se ha espiritualizado. En la poesía amorosa, el amor no es solo un estado del corazón, es también un estado de la palabra. El poeta enamora la palabra y en ese proceso de seducción, crea la poesía. 


EPIGRAMA

Bajo la especie de una
biblioteca un hombre que
moró por los libros se figuro
el paraíso y una mitología
en la forma de un jardín
con manzanas prohibidas
y hubo quienes como
suntuosos palacios de oro.
En la forma de tu cuerpo
yo me imagino el paraíso.


El poeta recupera el deseo que eterniza en la palabra. En la vida, “el amor es eterno mientras dura,” decía Vinicius de Moraes. En la poesía, el amor es eterno mientras conmueva a los amantes. El amor en la poesía, funda una estética de la palabra. Una sensibilización del lenguaje porque la poesía es la ternura de todas las cosas. La relación entre amor y poesía es una relación tan íntima como la relación entre un hombre y una mujer. Es su evocación. El poeta evoca en la palabra la mujer de sus sueños o el ideal del amor: “Si una mujer comparte mi amor/ mi verso rozara la décima esfera de los cielos concéntricos / Si una mujer desdeña mi amor/ haré de mi tristeza una música/ un alto rió que siga resonando en el tiempo/” escribió amorosamente Borges


La poesía de amor es la prolongación del cuerpo en la palabra. El cuerpo como extensión de la palabra y la palabra como extensión del cuerpo. El cuerpo y la palabra recreados por la poesía y el deseo, para una poética del cuerpo que haga memoria en la palabra en intento de una poética de la palabra que haga memoria en el cuerpo. Una poética del cuerpo y la palabra como la expresión más genuina de una poesía amorosa y erótica. La poesía del deseo y el deseo de la palabra. El poeta tiene una utopía, que un día el amor sea como la esencia de su palabra mágica y esplendorosa. El poeta cree en el poder de la palabra porque cree en el poder del amor. En el reino de la poesía, el amor da existencia a la palabra. En el reino del amor, la palabra da existencia al deseo.
POETICA
La poesía se escribe
con la propia vida
de quien la sueña
es de quien la trabaja
como la tierra que se siembra
a veces no es de quien la escribe
sino de quien la enamora
la poesía nace desde el fondo
de sí mismo como desde el fondo
de los ojos de una muchacha
no tiene partido pero
a veces se adhiere
a causas perdidas
y se escribe con ternura
como la que tienes
cuando ella te abraza desnuda.


En el amor, la palabra endulza el oído del amor amado. En la poesía, el amor endulza la palabra del poeta alucinado. El amor en la poesía, es la prolongación del amor por la palabra. Un encantamiento de la palabra porque el amor es la poesía de todas las cosas. En el amor, hay una consagración de la palabra, por la vía del deseo. En la poesía, hay una consagración del amor, por la vía de la palabra. En la palabra hay un espíritu. En el amor hay un deseo. El amor es el espíritu de la palabra como la poesía es el espíritu del deseo. El poeta se realiza en la poesía, por la palabra. El que ama se realiza en el amor, por el deseo. En la conjugación de poesía y amor, el amor es el deseo que se realiza en la poesía como la poesía es la palabra que se realiza en el amor. La palabra es un órgano de seducción en el amor. El deseo es la excitación de la palabra en la poesía.

EPIGRAMA

Amo tu deseo cuando

deseas mi cuerpo
como amas mi deseo
cuando deseo tu cuerpo.
Escribir un poema de amor es vivir el amor doblemente. En la mujer que se ama y en la palabra que la sueña. En su espíritu y en su carne. El amor no es solo una metáfora en la poesía. En la poesía el amor se hace sublime.


LABIOS


Tus bellos labios
como la sonrisa de la Gioconda.
Alabados sean en tu cuerpo
como los girasoles de Van Gogh.
Tus bellos labios rojos como los de tu boca
que palpitan bajo tu falda como tu corazón
maravillosos como la torre Eiffel.
El poeta escribe por amor, porque el amor, 
como la poesía, recordando a Luis Cardoza y Aragón, 
es la única prueba concreta de la existencia del hombre.


EL MUNDO QUE TE HABITA


Al abrir la puerta
de la jaula no es un pájaro
el que vuela
es la libertad que se recobra
como no es el viento
el que se entra
cuando abres las ventanas
sino los fragores de la ciudad nocturna
y no son las páginas que sientes
cuando abres un libro dulcemente
sino es el olor de los árboles
de la que están hechas sus hojas
y donde moran felices las palabras
como cuando abres un cuerpo
es el mundo el que te habita.




* Poeta y Sociólogo. Magíster en Filosofía Latinoamericana y Especialización en Educación en Filosofía Colombiana y en Filosofía Política Contemporánea. Ha publicado: Arte erótica, 1988. Los girasoles de Van Gogh. Antología poética (1980- 1999) 1.999, Vol 1. CD, Poesía de viva voz, 2004. Atlántica, Antología poética (1980-2004), 2004, Vol 2 y seis Plegables de poesía, Su próxima publicación, En el país de las mariposas, (Antología poética 1980-2007) Vol. 3. Actualmente se desempeña como catedrático investigador en el Departamento de Ciencias Sociales y Educación de la Universidad de Santander, UDES.


* Ponencia leída en el I Seminario Nacional de Humanismo y Bioética en la Universidad, Universidad de Santander, UDES, Sept 26 y 27 de 2007.
Foto de Brian Nelson

sábado, 15 de septiembre de 2007

FEDERICO GARCÍA LORCA Y EL PARAÍSO PERDIDO


Por Gabriel Arturo Castro

La impresión de que aquel inmenso mundo no tiene raíz os capta a los pocos días de llegar y comprendéis de manera perfecta cómo el vidente Edgar Poe tuvo que abrazarse a lo misterioso y al hervor cordial de la embriaguez en aquel mundo.

Federico García Lorca.
Antes de Poeta en New York, la difusión de García Lorca hundía sus raíces a causa de su compromiso con la tradición española, en cuyo suelo encontraba su esencia.
En sus primeros libros el poeta entra en contacto con motivos muy antiguos y sabe captar el latido, el pulso de una savia casi desaparecida.
Ángel Álvarez de Miranda (1953) mostró la presencia de temas y motivos de las religiones naturalistas: la relación sangre - fecundidad – muerte; los valores de la muerte y el toro; la fascinación ritual del cuchillo; la sacralidad de la vida.
Este primitivismo es enigmático y perturbador, y a la vez fresco y espontáneo, hermético y secreto, actitudes tomadas del mejor arte popular. Sus imágenes milenarias se alimentan de obsesiones y claves constantes, formas y tonalidades como la frustración, el amor, el sexo, la esterilidad, la infancia, la muerte, el desamor.
De ahí que su discurso de lo concreto esté basado en la formulación de la realidad en términos sensoriales.
Por ello el relieve de todas las formas de animación y personificación y la trascendencia de la metáfora.
El primitivismo lorquiano vive tras este utillaje expresivo, un entramado que presagiaba otros sedimentos. Poeta en New York, se nutre de su clasicismo de fondo, de su tono gongorino (lectura difícil, impresionante renovación lingüística, acumulación de metáforas, transposiciones, imágenes satíricas y festivas, dicción poética distintiva, lo más alejada posible del lenguaje diario), de sus construcciones alegóricas, pero al tiempo va a marcar la quiebra definitiva de una poética folklórica, popular y simbolista, alimentada de motivos, entre ellos el telurismo panteísta, el cuadro eglógico-pastoral – arcádico y el animismo de ciertas formas elementales. Gustavo Correa sostiene que Poeta en New York, por el contrario, es el reino de la confusión y de la muerte, el laberíntico encierro en un mundo atormentado, angustioso y agónico. “Norma estética y paraíso azul no era lo que tenía delante de los ojos”, exclamaba Lorca.
Vuelco completo de un andaluz que desciende al infierno o a la supuesta civilización que se protege de la anarquía, de las raíces atávicas, del fogonazo del creador, del impulso de quien presencia el Apocalipsis, su visión del mundo, la ciudad que se revela en los “últimos días”. Allí la tensión del poeta, su tono radical, su “simpatía por el abismo”, su poder de negación, rebelión, crítica, trasgresión en una sociedad propensa a la retórica, a la ceremonia repetitiva y mecánica. Recordemos que la Andalucía de Lorca es la de olivos y vides, la de paisajes de campiña, más no la de una aldea en progresiva decadencia por la pobreza y la emigración, y con ellas la neurosis y la muerte, la ira y la caída. New York es el asombro, la extrañeza, la sorpresa ante algo raro e inusitado, interacción fuerte entre el hombre y la gran urbe. Así lo manifiesta desde la poesía:
Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.
Cuenta Guides Delta-Flamarion que New York se vio afectada por la puesta en servicio de los barcos de vapor en el siglo XIX. Ellos permitieron el transporte de millones de inmigrantes europeos, que buscaban un refugio contra las dictaduras y persecuciones. A partir de 1830 comenzaron las grandes oleadas de inmigrantes que llegaron desde Europa durante más de un siglo. Los recién llegados, pobres, la mayoría, se instalaban en los superpoblados barrios bajos de la ciudad, agrupándose por etnias y ghettos. El extranjero, es decir, García Lorca, entra en un estado de temor y de angustia pero en lugar de sumergirse entre la maraña, la aleja, la separa, la distancia. El terror cede a la aparición de una nueva sensibilidad, la resistencia del arte que muestra otros caminos. Es preferible el escándalo de la palabra, su algarabía, a la legitimización de la barbarie; la imaginación demoníaca antepuesta a los afanes criminales del capital, la magia enfrentada al desencantamiento del mundo: “Lo impresionante, por frío, por cruel, es Wall Street. Llega el oro en ríos de todas partes de la tierra y la muerte llega con él. En ningún sitio se siente como allí la ausencia del espíritu”, rezan los apuntes finales del poema Iglesia abandonada o Balada de la Gran Guerra.
Este extrañamiento niega el valor de la razón como captadora de esencias y se lo confiere a la intuición, a la sensibilidad de un sujeto que capta la cualidad de las cosas.
Donde vive no es el pueblo de pastores ni la ciudad alegre y dichosa. Tampoco va a encontrar los diálogos amorosos de Garcilaso, de Teócrito o de Virgilio. No, un yo propio del modo capitalista, vacío y expoliado, desposeído injustamente de sus bienes materiales y espirituales, cae ante las contradicciones que vulneran la armonía original, su concepción del paraíso singular. Dicho capitalismo sufrió su primera crisis en 1929, coincidiendo con la llegada de García Lorca a New York, una especie de recesión que tuvo como reflejo político el surgimiento del fascismo, tributario en lo material de las contradicciones económicas y caracterizado por su carácter autoritario, antiliberal y antihumanista. García Lorca sería víctima siete años después de una forma del fascismo: el franquismo español que alentó la guerra civil, orientó una represión sumamente efectiva que acabó con toda clase de libertades y consintió un desaforado y a veces ridículo culto a la personalidad. Lorca sería el más cantado de los muertos de la guerra civil: su asesinato fue el asesinato del artista, el segundo asesinato de la libertad.
New York era a principios del siglo XX el principal mercado monetario del mundo, sobrepasando a Londres. Pero un 24 de octubre de 1929, el jueves negro, las cotizaciones se hundieron, miles de personas se arruinaron y quebraron. Era la mayor catástrofe bursátil de la historia y el comienzo de la depresión. Dicha catástrofe le concedió una nueva experiencia, una inédita visión de la civilización. Con el paso de los años, recuerda Chistopher Maurer, la memoria de la gran ciudad se torna desagradable. Como Walt Whitman, García Lorca se convierte en el protagonista oculto, desdoblado y entre velos de sus poemas. El andaluz describió este caos de la siguiente manera:
Yo tuve la suerte de ver por mis ojos el último crack en que se perdieron varios billones de dólares, un verdadero tumulto de dinero muerto que se precipitaba al mar, y jamás, entre varios suicidas, gentes histéricas y grupos de desmayados, he sentido la impresión de la muerte real, la muerte sin esperanza, la muerte que es podredumbre y nada más, como en aquel instante, porque era un espectáculo terrible pero sin grandeza.
El universo de Lorca en New York estará bajo el tinte de una subjetividad infeliz y de su conciencia desdichada, al ser testigo de aquella expoliación y violencia. Lorca se anticipó desde la escritura a la comprensión del terror, tal como lo hicieron Kafka, Camus, Ionesco o Beckett, quienes habían previsto un mundo injusto, con sus dispositivos de tortura y los hombres despojados de su espíritu y de su voluntad. Ante la calamidad la pronunciación de una Utopía, frente a la crisis espiritual un ideal trascendente ligado a la religión. La escritura vendría a ser la resurrección de la fe por la salvación del hombre y la preocupación por los otros que viven entre el drama y la tragedia. “Pero hay que salir a la ciudad y hay que vencerla, no se puede entregar uno a las reacciones líricas sin haberse rozado con las personas de las avenidas y con la baraja de sombras de todo el mundo”, nos diría García Lorca.
Miguel Arteche afirma que la crisis vivida por Lorca en la gran ciudad es la crisis profunda de Occidente: “Lo que Lorca denuncia es una civilización que destruye y transforma los símbolos de la poesía en productos de fábrica (...) Lo que ofrece New York es lo autoritario y al mismo tiempo lo jerárquico, en el peor sentido; lo cruel y la destrucción de la naturaleza”:
Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Este es el mundo, amigo, agonía, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados
y la vida no es buena ni noble ni sagrada.
Robert Graves, citado por Arteche, sentenció que “la actual es una civilización en la que son deshonrados los principales emblemas de la poesía. En la que la serpiente, el león y el águila corresponden al circo; el buey, el salmón y el jabalí, a la fábrica de conservas; el caballo de carrera y el lebrel, a las pistas de apuestas, y el bosque sagrado al aserradero”. De semejante lucha proviene el onirismo lorquiano de tono surrealista, sus alucinaciones que obnubilan la conciencia; la imaginación de corte visionario y profético (la palabra predice, interpreta el futuro), el anticipo de las manos heridas, la sangre de los alfileres blancos, los periódicos abandonados, los paños rotos, las venas huecas, la huella dormida, el paisaje pulverizado o las aguas podridas de la aurora.
Leamos al respecto un fragmento del poema Danza de la muerte:
Pero no son los muertos los que bailan,
estoy seguro.
Los muertos están embebidos, devorando sus propias manos.
Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela;
son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos,
los que crecen en el cruce de los muslos y llamas duras,
los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras,
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta
o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.
La gran ciudad está poblada de cosas y los sujetos son tratados como cosas, carentes de entidad. Los seres humanos son condenados a la esclavitud a través de la explotación del trabajo, las máquinas toman el lugar del hombre y éste se robotiza en una sociedad de dominadores y dominados, cuya reconciliación es imposible. Un pasaje al poema Oda al rey de Harlem, dice así:
Tenía la noche una hendidura
y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre,
y los muchachos se desmayaban
en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata
junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón,
por las heladas montañas del oso.
Lorca asume el drama del ser fragmentado, la agonía del otro semejante (el gitano, el negro, el vagabundo, el homosexual) pero le da terror el otro distinto, contrario a su naturaleza espiritual, a quien confronta, a quien denuncia. Leamos unas líneas de una carta enviada a sus padres, espacio colmado de un desengaño evidente y duro:
Yo solo y errante, agotado por el ritmo de los inmensos letreros luminosos de Times Square, huía en este pequeño poema (“Asesinado por el cielo”) del inmenso ejército de ventanas donde ni una sola persona tiene tiempo de mirar una nube o dialogar con una de esas delicadas brisas que tercamente envía el mar sin tener jamás una respuesta.
El yo individual del poeta se fortalece, la realidad es su creación, su territorio fértil aunque agredido y usurpado por una instancia psíquica de fuertes pulsiones: el otro que lo habita lo supera, su voz interior lo trasciende al interior de un espacio urbano idiotizado, carcomido por un lastre mercantilista y extremado por los sujetos que comen su propia carne o practican su feroz antropofagia en una atmósfera de barbarie, la cruel realidad del capitalismo. “New York, con su estrépito de nueva Babilonia a los gemidos de su propia angustia, una vez enfrentado con esta terrible verdad: Y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada (...) el poeta no duda en buscar su poesía sobrenadando la turbia pestilencia de las cloacas. Nunca su voz fue más trágica, tampoco más pura”, argumenta el ensayista Eduardo López Jaramillo.
Crueldad que inaugura en Lorca una mitología de lo fúnebre, donde dibuja el satanismo de una sociedad perversa. Frente a ello anuncia el Apocalipsis (igual narra la revelación de un destino humano bajo imágenes simbólicas, misteriosas y herméticas), a través de la abstracción del sufrimiento de carácter penitencial, flagelante, un rito de sacrificio que desea en últimas la aniquilación de la sociedad capitalista. Presagio mesiánico, excitación escatológica que tendría una válida lectura en recientes hechos y que una estrofa, entre tantas otras, parece vaticinar:
Que las cobras silbarán por los últimos pisos,
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,
que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay, Wall Street!
Poeta en New York es, de esta manera, la revelación de una providencia bajo imágenes secretas que invoca el fin del mundo de la ceguedad y la brutalidad, visión eticista de naturaleza mítica que siempre brinda arquetipos, una mitopoética del tremendismo que responde al motivo hegeliano del arte como conciencia de necesidad. Las imágenes nos muestran una espiritualización ubicada dentro de una atmósfera de ferocidad, crudeza e intensa violencia. La poesía se complace en desarrollar la oposición y la diferencia, creando la pulsión necesaria para erigir una verdad interior, una verdad bajo la forma de imágenes, en cuyo interior sospechamos un dolor infligido y a la vez una razón de fuerza y resistencia ante un mundo que invoca constantemente a la muerte.
Por ello su poesía es una protesta diaria al ver “a los muchachitos negros degollados”; “toda la carne robada al paraíso, manejada por judíos de nariz gélida y alma secante”; o la sordera de los americanos rubios, “gentes que aman los muros porque detienen la mirada, un reloj en cada casa y un Dios a quien solo atisba la planta de los pies.”
Lorca inauguraba una ruptura con su anterior universo mediante la defunción simbólica de unos arquetipos y la interiorización de otros. Quería que ese mundo se renovara y para ello ofrecía el compromiso y el sacrificio como forma propiciatoria: su descenso a la tierra del infierno posee el antiguo significado de combatir las fuerzas del mal; el viaje a la gran ciudad es un viaje espiritual que simboliza una progresión hacia la iluminación, de la cercanía de la muerte al renacimiento ulterior; la ruptura irrevocable con su mundo anterior; la necesidad del poder mágico que transformen las cosas; el atravesar las calles de la extraña ciudad, baluarte de formas hostiles contra el hombre.
El esfuerzo unitivo que significa escribir un libro tal vez, pensaría él, lo pondría a salvo de la radical soledad, de la angustia, sin llegar afirmar, claro está, que Poeta en New York tenga un exclusivo carácter autobiográfico, error muy común de quienes desconocen la autonomía de la obra de arte, su capacidad de crear universos propios. Lorca posee, por el contrario, la creencia muy honda de que la naturaleza podría ser influida por el ritual de la palabra a quien le augura una eficacia, el poder de intervenir sobre la realidad. Realidad que cuestiona y explora a partir de sus sombras engañosas, pero que también inventa y enriquece. Todo para crear la iluminación de la cual nos provee la poesía, su viaje y camino benéfico, purificador. La poesía, mediante su hacer creador, fundante, da la cara a la destrucción, a la fragmentación de la unidad del ser.
El arte lorquiano se opone, desde esta concepción ética y estética, a una actitud burguesa de violación y prostitución, a su visión racionalista, empírica y pragmática. Lorca se vale de su espíritu heroico y trágico, de su sensibilidad sin restricciones ante la falsa moral. Recordemos que en 1930 y de una manera análoga a Lorca, André Breton propuso que las torres de Notre Dame fueran reemplazadas por enormes cubetas de vidrio, una de ellas llena de sangre y la otra de esperma. García Lorca, por su parte, afirmaría que “el cielo ha triunfado sobre el rascacielos, pero ahora, la arquitectura de Nueva York se me aparece como algo prodigioso, algo que descartada la intención, llega a conmover como un espectáculo natural de montaña o desierto. El Chrysler Building se defiende del sol como un enorme pico de plata, y puentes, barcos, ferrocarriles y hombres los veo encadenados por un sistema económico cruel al que pronto habrá que cortar el cuello, y sordos por sobra de disciplina y falta de la imprescindible dosis de locura”.
¿Será un socialismo utópico, una locura profética al augurar que la sangre vaya por los tejados, “para quemar la clorofila de las mujeres rubias”; al desear la liberación del deseo, de la voz que lame las manos y anunciar en medio de una “aurora de tabaco y bajo amarillo” y a través de un niño negro, el arribo del “reino de la espiga”? :
Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aun andando por un paisaje de esponjas grises
y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar de rosas nuestra lengua.
El mundo de New York, el de ayer y el hoy de cualquier ciudad, su arquitectura extrahumana y ritmo furioso, geografía y angustia, errancia y soledad, trágica ansia vacía, ciegas torres, frías enemigas del misterio, esclavitud dolorosa de hombre y máquina juntos:
Las aristas suben al cielo sin voluntad de nube, ni voluntad de gloria. Las aristas góticas manan del corazón de los viejos muertos enterrados, éstas ascienden frías con una belleza sin raíces, ni ansia final (...) Nada más poético y terrible que la lucha de los rascacielos con el cielo que los cubre.
Federico García Lorca, su tiempo poético, la poesía “amarga pero viva”, la protesta contra la salvaje negación del ser, la delación de la “muerte bárbara y primitiva”, propiciada por los que “no han luchado ni lucharán por el cielo”; la denuncia de la agobiante condición humana, su alteridad al reconocer el dolor de los demás, la invocación sacralizada, la añoranza de restitución, su catarsis de sacrificio, su trascendencia misteriosa, su testamento y su profecía se confirman hoy: la poesía, la creación y la conciencia creadora tienen, además de su función ontológica y crítica, un papel de anticipación histórica.



Gabriel Arturo Castro: poeta y ensayista colombiano. Recientemente obtuvo el segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía "Carlos Héctor Trejos". Reconocido nacionalmente, con una excelente vocación para el ensayo y el pensamiento propio expresado a partir del género de Montaigne. Sus comentarios y reseñas también aparecen en revistas y periódicos de circulación nacional.

jueves, 6 de septiembre de 2007

HISTORIA DE UN AMOR, AMOR MALTRECHO




León Darío Gil Ramírez
Era ataulero. Los hacía, y no daba abasto, para las funerarias de los pueblos. Cajones sencillos, en una misma línea, taponados, con una que otra moldura para matizar la dureza de la geometría y justificar un precio. Los de manijas eran por encargo. De dos pisos la casa. En el primero el taller; en el primero y en la calle donde solía sacar las tablas de sajo brutas para que el sol les matara la humedad, les fijara el tapón y la cola o donde, ya hechos, los apilaba mientras llegaba el jeep que los trasportaría hasta el destino final. Adentro, al taller lo regocijaba el vaho cordial de la viruta. Un banco de carpintería, las herramientas, los rollos, los retazos y las pelusas de satén blanco con el que, con afamada curia, artistiaba los encajes. Como para un verdadero descanso eterno, decía. Con dedicación eso hacía Osvaldo, por eso y por su vocación de solitario triste, era reconocido. De rasgos duros como cortados a escuadra. Elegante, de maneras amaneradas, con voz radial. Ineludible miembro de la Junta de Acción Comunal. Aunque ya se conocían fue en ésta donde afinó su amistad con Zulma.
Como palabra, Zulma, evoca un hecho rumoroso, sombrío, casi triste. Zulma, la persona que nombra, era lo contrario, bullosa, luciente, frenética. Virgen, a nadie se lo dio, ni siquiera a Gustavo con quien a través de muchos años edificó una historia de leyenda y a quien, a punto de casarse, le cantó la tabla en plena Plazoleta y en medio de la alegría del festival pro-templo, todo porque lo vio conversando con Sonia, la candidata adversaria; fue el más escandaloso de todos sus escándalos. La otra reina era Fany, hermana de Zulma. Lo que le dio no fue propiamente un ataque de celos; algo más y peor. Una frase con significación y resonancia en cualquier rincón del barrio definía sus pataletas: se le subió la virginidad a la cabeza. A lo último había que recogerla del suelo y llevarla al puesto de salud. Recuperada, metidos sus ojos y su mirada en unas ojeras melancólicas, volvía a sus rutinarios fueros. Conociéndola, era un peligro que Gustavo se quedara; se perdía por temporadas hasta cuando los días o las semanas le armonizaran a Zulma sus desequilibrios. Su verdadero y vital problema era ese, ser virgen, y su mayor tesoro. Solemnemente, después de una visión milagrosa en la que lo vio llorando, se la prometió a San Martín de Porres. A quien la mereciera se la iba a entregar pero bajo una única e inapelable condición: solamente después del sagrado sacramento del matrimonio.
Como profesor, tuvo Gustavo que pedir traslado para otra escuela y evitar, así, que Zulma, en uno de sus arrebatos, se le metiera en la escuela a escandalizar a los niños, desde cualquier flanco lo emboscara a punta de piedras, terrones, tomates, mamoncillos o pepas de aguacate o amparada en la desolación de una esquina o detrás de un poste lo refregara con escarnios desafiantes y malévolos, como ya había ocurrido más de una vez. La más ardua y tenaz, la más inolvidable de todas las historias de amor que trastocaron la sonsa calma del barrio, fue ésta.
Que resultara con Osvaldo, más que un misterio fue una sorpresa que ninguno recibió con halago, más bien con prevención y desconfianza. Osvaldo, físicamente, no era, digamos, un buen partido, pero desde lo económico era un respaldo, máxime tomando en cuenta que él desbordaba los 50 y ella entraba en los 40 años. Él, fiel a su vocación, solo, vivía en el segundo piso del taller; todo hacía presumir que con las comodidades de un hombre sin apremios monetarios. No era frecuente pero se quedaba trabajando hasta tarde. Cerradas las puertas se oía en la cuadra el sonido resbaloso del cepillo o el sonsonete del martillo martirizando la noche. Muy de vez en cuando, solo, se sentaba en su sala un domingo a escurrirse una de ron al amparo de las angustias, desgarros o encantos de los tangos. Aunque aprestigiada, su soltería hacía ver, sospechar o imaginar turbiedades, comportamientos furtivos a altas horas de la noche con tanta discreción y mesura que parecían más comportamientos de ánimas que de humanos. A la luz del día nadie podía atestiguar que vio entrar a alguien. Sin amigos, de pronto, sí, don Manuel, el presidente de la Junta de Acción Comunal con quien, además, lo unía un remoto vínculo familiar. De la misma Junta, Zulma era la tesorera, Osvaldo el fiscal.
Conocidos de sobra los antecedentes de Zulma con Gustavo, nadie daba cinco centavos por los nuevos amores con Osvaldo. Aún así y todo comenzaron a prosperar. Departían el mismo vaso de jugo en los convites quincenales. Ni de la mano ni de gancho, nunca, pero uno al lado del otro se les veía yendo a misa o sentados en la cancha de fútbol viendo los clásicos dominicales. La historia logró otro color el día que, ahí sí de la mano, desfilaron desde la Iglesia hasta la casa de ella en la misma línea que, ocupando el anchor de la calle empedrada, iba toda la familia. Adelante y de rodillas, Mario, el hermano suicida de Zulma. No tanto suicida, en el hospital le pudieron neutralizar la sobredosis de vidrio molido que se bogó con agua para apagarse un quebranto de amor por otro hombre. Ya salvado, lo primero que hizo cuando volvió en sí, fue prometerle a San Martín de Porres, por el milagro y como agradecimiento, irse de rodillas desde el altar del santo en la Iglesia hasta el altar del mismo santo que doña Rosa, su madre, reinauguró para el efecto en su casa. La exreina iba en el extremo izquierdo, enseguida la menor de las menores, otras tres, después ellos dos, doña Rosa, enseguida la prole de hermanos que cerraba Hilder el estilista que para la ocasión vino de Bogotá. Detrás de ellos el cura Raúl y detrás de Raúl el barrio compungido y a la vez agradecido por el favor que San Martín, el santo patrono, le hacía a una familia plena de méritos reales, cívicos y religiosos. El hecho sirvió de pretexto para que se hiciera público y evidente el compromiso matrimonial. Empero, el vaticinio que corrió como un extraviado ventarrón fue contundente: no serán felices. Con una condición anexa, mortal, que la gente murmuraba en secreto: hasta que Gustavo muera.
Verlos deambular por las calles, aunque era una gracia, no lo era del todo. A ese romance lo oscurecía, por un lado, la sombra inevitable de Gustavo y por el otro, ese reducto oculto en las secretas noches de Osvaldo. Se mencionaba también, y ese era el miedo, la virginidad de Zulma, no fuera que, el día menos pensado, le desajustara los sentidos y le avasallara la razón. En el fondo lo que más deseaba el barrio era que no se casaran, y todo hacía presumir que sí.
Que él no fuera a la casa de ella se explicaba por el mal genio y la cismatiquería proverbial de doña Rosa. Que ella no fuera a la de él, -desde luego, para evitar rumores- sencillamente no era conveniente. Estos dos hechos, más el de Gustavo, más el de la virginidad, le angostaban el horizonte al romance, romance que se veía sano y robustecido en la misa de 7 todos los domingos, en las empanadas bailables, temprano en las cafeterías de la Plazoleta o en las tardes de fútbol. Y, desde luego, en las obligaciones que compartían como dignatarios de la Junta de Acción Comunal.
Transformó de un modo radical, a instancias de su novia, la presentación de sus manos. Relucían decentes y pulcras, casi femeninas. Con aguarrás primero, después con las magias de manicuristas, se borró la costra de tapón y cola que las afeaba. Desde entonces, aunque le costó acostumbrarse, no dejó de usar guantes de caucho para protegerlas. Y no sólo eso. Para evitar los efluvios nocivos de sus unturas, se sumó tapabocas y para el enjambre de pelusas que invadían todo como una plaga imposible, se agregó una gorrita verde de médico legista. Ahora sí se nos mariquió el ataulero, viéndolo trabajar con semejantes añadidos comentaban entre dientes los desocupados de la Plazoleta.
Fue un miércoles. Mediaba octubre con la tranquilidad de un mes anclado entre la modorra de la cotidianidad y la esperanza del fin de año. Un mes larvario y un miércoles, ese, sin luna pero testimoniado por estrellas que aprovechaban los claros que dejaban las nubes para darle un atisbada a la tierra. Medio alumbraban al barrio las escasas farolas de las esquinas y el viento, un viento en flecos y helado, rasaba las calles. Ni un alma por fuera de las casas. Pervirtiendo la oscuridad, titilantes, dos llamas de vela desde el fondo de la casa de Osvaldo, derramaban sus ecos, perceptibles, por entre el vitral encortinado de la sala. Corroída por los celos, rigurosa en seguir desarrollando la estrategia elaborada, ya Zulma, sin que nadie lo percibiera, había traspuesto el paso más difícil: salir de su casa. Frente a lo que le contaron era lo primero que debía hacer, y con arrojo lo estaba haciendo. El resto del plan juró agotarlo hasta esclarecer toda la verdad, una verdad que le estrujaba las entrañas, le apelmazaba el alma. Recostada contra la pared, como una sombra más negra que la noche, allanó la primera cuadra. A pesar de la angustia que la excedía, procuraba manejarse como un ser que reconoce su ira, que la sabe tratar y sabe leer los dictados de sus instintos para conducirlos sin estropear sus cometidos. Lo único blanco que la podía delatar eran sus dientes y no era tiempo para reírse, al contrario, sobreponiéndose al sentimiento que la poseía, fue capaz de vencer el taco que se le hizo en el pecho y de dominar la inminencia de las lagrimas. Ganó el poste de la esquina y en el mismo movimiento la otra pared. Rabiaba. Para invalidarles el ruido se sacó las llaves del bolsillo y se las metió, sin que se lo repudiara el pudor, por entre los brasieres. Mentalmente le mentó la madre cuando oyó desde lo más profundo de su ser a Fabiola susurrándole insidiosa: échele ojo, ese se la juega y no con cualquiera. Acezante y trémula, tomándose las manos y tratando de darse consuelo, pronunció: ¡imposible! Pero estaba frente a otra imposibilidad más contundente: no podía desistir. Por la cantina de Chalo pasó rauda y a distancia; aunque viejo, era mejor no darle ningún motivo al perro que la cuidaba. Yo en éstas, se dijo reconociéndose y empuñando las manos, como aprontándolas. Se reacomodó la bufanda, también negra, en la que embozaba su rostro. Oteando hacia el sur para desestimar presencias indebidas vio la ramada de la Iglesia y sobre el telón negro de la noche el tachón más negro de la cruz. Hubiera preferido no haber conocido nunca a San Martín de Porres; más allá de ella lo vio como una falacia para engatusar incautos. Gateando transmontó la talanquera en guadua de la manzana J. Arribó y se ocultó detrás del poste de la luz de la casa de los Duque. Por entre las hendijas de la ramada de la Iglesia temblaba, inextinguible, la llama del Cirio Pascual. Se acomodó con inusual temeridad una actitud de hombre, así ganó el poste de la casa de los Ciros. A la grata visión de una raya luminosa de ciudad al fondo, menos grato no fue el olor a pasto cortado que aspiró como un bálsamo. Presintió la casa que buscaba. Cerró con fuerza sus ojos para precisarla en su rabia. Y si es verdad, te mato gran hijueputa; se mencionó desde otra voz y desde otros sentimientos. Dueño del tiempo y de la vida, con porte de macho alebrestado y con esas intenciones, de una a otra acera, cruzó un gato. Zulma se angostó en el poste mientras cruzaba el gato y pasaba un taxi. Deseó, cuando en la pretina del bluyin se palpó el cuchillo, tener un revolver. Con desazón descubrió que nada, hacia delante, frustraría su intención. Calculó cual sería el siguiente tramo. Arrancó. Hasta donde lo había calculado, llegó: un muro en ladrillos en la casa de los Guarín, desde donde en diagonal y perfectamente divisó su objetivo: la casa de Osvaldo. Se acuclilló. De aquí, hijueputa, no me muevo hasta no conocer la verdad, se dijo en tono perentorio. Dispuso el alma, el cuerpo, el cuchillo y se resignó a esperar. Lo hizo hasta cuando, sin poderse resistir, acosada por una necesidad a la vez ambigua y punzante, atravesó la calle y alcanzó la casa de su obsesión. Reanimadas, con aire de nuevas, vio reflejadas en la cortina de la sala la luz de las velas. Con cautela se arrimó hasta la entrada. Luego, libre el ambiente de cualquier novedad que lo perturbara, puso una oreja contra la puerta. Nada; acaso y más como producto de la imaginación que de los sentidos, como el corazón de una brújula, oyó el tremor apacible de las velas. Espero. No se dejó alterar por la impaciencia que comenzaba a abrirle un hueco en el vientre y una desazón misteriosa que le inquietaba las manos. Mientras cambiaba de posición y de oreja oyó que desde el fondo de la casa –o de su rabia- se desastillaba un hiriente ruidito de vasos tocándose y unas risitas tan imperceptibles que le parecieron los menudos gruñidos de una camada de ratones recién nacidos. A contracorriente de sus deseos y luchas la cabeza se le llenó de Osvaldos maltrechos y monstruosos, abrazados o abrazándose a trozos de cuerpos sin determinación, mutilados y múltiples; temía que fuera no una imaginación si no una visión, por eso se restregó los ojos. Le caló tan profundo lo que le había contado Fabiola que vio lo que le dijo aumentado en pornografías indecibles, tan indignas como absurdas. Sin ser capaz de no hacerlo, por cuenta ahora de los celos que la investían de una irreflexiva imprudencia, se agachó y miró por la hendija de debajo de la puerta. Lo que vio la hundió en una revoltura turbia y desenfrenada de gritos sin antecedentes en las noches y en la memoria del barrio. Aullidos que no fueron opacados por la andanada frenética de manotazos y patadas que con irracional furor acometió contra la puerta. Como el derrumbe de un castillo de cristal hundiéndose en el silencio perfecto de la noche, así sonó cuando Zulma en el cenit de su dolor, de un puño rotundo y seco rompió la vidriera de la ventana. Fue cuando el barrio, todo, colgó sus sueños en el filo de las 4 de la madrugada y salió a constatar lo que parecía las primicias del Juicio Final. No todos pero sí la mayoría vieron salir calle abajo, alisándose el pelo, subiéndose cierres, atándose correas, apuntándose botones, amarrándose cordones, alto, flaco, un muchacho que se tragó los albores de un jueves imborrable. En las postrimerías de los hechos, Osvaldo en levantadora a medio poner y a pie limpio, aunque ayudó a recoger a Zulma del suelo revuelta en convulsiones espantosas y en espumarajos de muerte, se negó acompañarla hasta el puesto de salud.
Los años, aunque han desfigurado la historia, cierta en todos sus detalles, no han podido restarle nitidez a un grito: ¡ataulero cacorro! que desgarrado y desde el fondo de un tormento indecible, repitió Zulma hasta que la calló la inconsciencia.

La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee.

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