miércoles, 21 de noviembre de 2007

INSINUACION MARGINAL / Gabriel Arturo Castro



Por Gabriel Arturo Castro

"Si yo estuviera seguro no ensayaría. Montaigne"

El ensayo no es solamente un género literario o una forma literaria adecuada a la expresión de las preocupaciones intelectuales y artísticas, si no que es el estado adulto de la palabra, la madurez del pensamiento.
De constitución esencialmente libre, el ensayo despliega el espíritu crítico y subjetivo del autor, de una manera ágil, fluyente, espontánea y abierta, contraponiéndose a las posiciones rígidas, inequívocas y absolutas del tratado científico, del estudio y la disertación académica, donde se presentan conceptos categóricos, definitivos, autoritarios y despóticos. De ahí la confusión de algunos academicistas al presentar al ensayo como “una estrategia discursiva para exponer ideas de forma sistemática”.
Al respecto, Jorge Cadavid Mora, comentando un vital libro de Jaime Alberto Vélez, sostiene que “el medio académico tiende a privilegiar, por encima del aporte del individuo, el pensamiento oficial; es decir, aquello que posee un carácter indiscutible y un respaldo bibliográfico respetable”.
El ensayo, por el contrario, no pretende descubrir nada, ni sustentar una tesis. Busca sondear, pulsar la capacidad de una expresión, por lo que no procura detallar minuciosamente las pruebas que fundamentan las afirmaciones críticas. El tema únicamente sirve de disculpa para extraviarse en otros necesarios a la voz del creador. Su libertad de desarrollo y tono rehuye todo precepto literario extremo, incluso el tipo de rigurosidad (mejor, rigidez que se torna inflexibilidad, estrechez mental e intransigencia) que aniquila la imaginación, la vital digresión, la polémica o el debate mismo (tampoco se trata de realizar un escrito arbitrario, pues el ensayo necesita de precisión estética).
Aunque la tarea del ensayista es eminentemente escéptica, al poner en duda todo, el dogmático – que en últimas es un ingenuo incondicional a ciertas doctrinas- no ensaya, ya que su adhesión acrítica le impide sobrepasar la autoridad y la creencia, tal como lo afirma Fernando Savater:

El ensayo es un género particularmente apto para la divagación y la crítica, es decir, para perderse en los temas y para denunciar que otros se han perdido, creyendo mantenerse en el camino conveniente.

Más que demostración, prueba y análisis, al ensayo le interesa la duda, desmitificar un sistema de creencias impuestas, es decir, la confrontación de mitologías arraigadas y asumidas o interiorizadas desde tiempo atrás. Se trata de cuestionar todo posible engaño, ilusión y absoluta certidumbre, lo irrefutable en apariencia. El ensayista sabe manifestar su desconfianza, instaurar la sospecha sobre opiniones, juicios, creencias y razones lógicas. Incluso, parte del oficio del ensayista, dentro de su duda creadora, es la posibilidad de cometer errores o creer equivocarse. Entre la duda y el error está la encrucijada, la convicción del escritor. El ensayo expresa, enuncia, sin que ello implique la verdad irrefutable de dicha afirmación. Más que la certeza y la validación importa la convicción fundamental de lo dicho, el riesgo que lleva implícito.
Adorno, por su parte, señala que el ensayo en vez de producir algo científico, su esfuerzo queda reflejado en lo lúdico, alrededor del juego transformador, el rito, la creación, la experiencia sentida.
Ya lo recordó Richard Schchner, al afirmar que tanto la reflexividad como el fluir caracterizan el juego, junto a las funciones del aprendizaje, la indagación, la creatividad y la comunicación.
Así hay en el ensayo un ánimo de juego, pero no del juego en su acepción popular, vinculada a lo volátil, como algo despreocupado, simulado o poco serio. Todo lo contrario, el juego por encima del desinterés y muy cerca del compromiso con respecto al mundo y al ser.
El juego puede apartarse de lo inmediato, de la gratuitidad y el facilismo.
Parodiando a Schutz, el ensayo es un compartimiento infinito de significados, cuya cualidad es su poder de transformación y de conmoción de la experiencia hacedora del escritor y del lector.
Labor del ensayista es hacer un mundo, crear un universo extraído del caos. Ahí radica su poder artístico: “Crear algo que no existía antes; y posteriormente, transformar algo que existía en otra cosa que en realidad no existía”.
Ensayar es crear continuamente desde la estética y el movimiento, una dinámica donde se reconoce que todo es provisional, nada se da por seguro ni por verdadero.
El ensayo es indagación de relaciones, transformación y permuta de elementos; permeabilidad, flexibilidad, riesgo, provisionalidad, temeridad, en otras palabras, es creación que nunca termina y que se realiza a través de una actividad permanente e incesante.
A diferencia de la elaboración científica -del tratado o de la tesis -, el ensayo es menos rígido, menos domesticado y distante de los cánones lógicos, epistemológicos y metodológicos propios de la ciencia. En estos términos la expresión “ensayo científico” es un contrasentido y un despropósito, porque el verdadero ensayo hace predominar la subjetividad del autor, creando sus propias fronteras y terrenos permeables de realidades múltiples.
El ensayo se halla más próximo a lo que Gorgias llamó “el arte de la palabra” o a lo que Sócrates denominó “el arte de la persuasión”, el cual expone una creencia para convencer a través de la sugestión, la emoción, la creatividad, sin depender del razonamiento formal aristotélico, propio del lenguaje científico.
El ensayo está más cerca de la experiencia que de la inanidad del cálculo y de la lógica, quienes son, por definición, impersonales.
Henry Luque Muñoz argumentaba: “Lo que me seduce del ensayo es su canibalismo, su aptitud para nutrirse de todos los géneros, invadiendo terrenos, desafiando monumentos, encumbrando voces anónimas. Su naturaleza es la osadía. Irrespetuoso por naturaleza, el ensayo se salva de caer confinado en el apolillado reino de las elocuencias consagradas. El inmenso espacio que tiene ante sí ofrece una tentación para aventurarse en insospechados caminos. Es ahí cuando conviene el ejercicio de una libertad responsable”.
Para Jaime Alberto Vélez “ni la obsesión de la verdad, ni la manía de las conclusiones forman parte del ensayo. Rechaza todo espíritu dogmático y arrogante. La inteligencia se impone sobre todo método formal. El ensayo, fruto del humanismo escéptico, siempre será punzante y vivaz”.
Lo importante es lograr percepciones agudas, nuevas aperturas, flexibilidad, plasticidad, atención disociada, desvíos con respecto al camino recto, nuevas configuraciones y ordenamientos de las ideas y prácticas.
El ensayo no posee punto final (es una obra abierta e inconclusa), por lo que se constituye tan sólo en un punto de partida, tras su continuo peregrinar y dar vueltas alrededor de sus preocupaciones fundamentales.
Por lo tanto, su fuerza es el desequilibrio y la alteración que produce, pues se construye, reconstruye y deconstruye dentro de un sistema dinámico que carece de centro fijo, de punto estático o referente absoluto.
El ensayo se rebela contra toda restricción y subordinación de la imaginación y el conocimiento, convirtiéndose, entonces, en una síntesis de realidades esenciales que responde a una demanda honda e intensa. Escapa el ensayo a la mentalidad planificadora, a la fría racionalidad y al concepto caduco.
El ensayo sería ese espacio abierto al ejercicio de lo imaginario, de la disensión, la diversidad, la desemejanza, la diferencia, en contra vía de la homogeneidad que pregonan otros.
Su flujo no deja intacto al mundo, al cual reinterpreta y transgrede como insinuación marginal, divergencia y errancia, porque el hombre mismo es, según Paúl Valéry, intento, jugada, tentativa, posibilidad, es decir, ensayo.

jueves, 8 de noviembre de 2007

PREMIO NACIONAL DE POESÍA CIUDAD DE BOGOTA/Nelson Romero Guzmán


NELSON ROMERO GUZMAN.-Nació en Ataco, Tolima, Colombia, en 1962. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Santo Tomás. Acaba de obtener el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá 2007, convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá, con su libro Obras de Mampostería. Ha obtenido, entre otros, el Premio Nacional de Poesía “Fernando Mejía Mejía” en 1992 y el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, en 1999. Libros publicados: Días Sonámbulos (Editorial Mundo Nuevo, Bogotá, 1988), Rumbos (Alcaldía de Manizales, 1993), Surgidos de la Luz (Universidad de Antioquia, 2000), Grafías del Insecto (Colección de Poesía Escala de Jacob Universidad del Valle, 2005) y La Quinta del Sordo (Colección de Poesía Universidad Nacional, 2006). Inéditos el libro de poemas Bajo el Brillo de la Luna y un estudio sobre el poeta Aurelio Arturo titulado La Cámara Hechizada: Una Lectura Incompleta de Aurelio Arturo. Reside en Ibagué.

Textos

1

Es de piedra este fondo oscuro.

Las azucenas dan a luz más azucenas

como niñas violadas en la puerta del templo.

No veo el alba

veo un caballo blanco,

aquí donde grandes mariposas con cuernos

húmedas, velludas, depositan el huevo del día.

Allí

mientras la cumbre florece,

acá la piedra alza sus mamposterías

para que en sus cuartos

veamos la historia que atraviesa los pasillos

con su vela encendida dentro de una calavera.


14

La guerra es flor visible.

Los mamposteros han querido hacerla invisible,

pero ella cada vez más visible.




30

La ciega Narcisa enloqueció y dijo: Estoy en el paraíso. Ese lugar no existía, hasta que la alucinada lo pronunció, y alguien tomó papel y pluma para escribir su viaje, y para meternos en este embrollo.

No se llamó Eva, se llamaba Narcisa, loca y ciega. Nombre bastante usado en la época de las grandes alucinaciones: la serpiente, la manzana, el engaño, el trabajo, el destierro.

Alguien escribió mal su versión para condenarnos.

En un inquilinato, Narcisa padeció la peor de las crisis de su mente: se vio salir por las costillas del hombre.

En ese tiempo trabajaba de jardinera. Las aves la querían, y una vez se enamoró la ciega, hasta que el mismo amor la arrastró, y su mente se fue dando tumbos de hospicio en hospicio, la muchacha pobre, la jardinera.

Al nombrarla nos burlamos de su noche.

Si algún lugar de verdad fuera el Paraíso, sería una clínica de enfermos mentales, donde estuvo asilada Narcisa.

Lo demás es la falsa versión del psiquiatra del génesis.


miércoles, 17 de octubre de 2007

MEMORIA PRENATAL / Sobre un libro de Gabriel Arturo Castro


(Para una lectura de Tierra incógnita)*
Álvaro Marín
La escritura, como forma de la memoria, es también un ejercicio de transportación en el tiempo y en el espacio, pero hay otro elemento de la memoria que se construye en una dimensión independiente de tiempo y de espacio y es el inconsciente, en donde permanece el arquetipo en su forma de imago. A través de los sueños muchos han buscado la dimensión primera del mundo humano, otros a través del lenguaje ya sea hablado, escrito o pictórico, pero hay quienes se aventuran a través de las láminas difusas del inconsciente, sin temor a perderse en su amnios prenatal, y ese es un ejercicio de la memoria que va más allá del sentido histórico y de las coordenadas cartesianas. La poesía como médium de la imago encuentra en el chamán a uno de sus mensajeros. Entre las convocadas fuerzas chamánicas y el trabajo del hombre en el tiempo, la poesía encuentra sus signos, pero el tiempo de la poesía es siempre tiempo presente, la más recóndita memoria se hace atávica a través de la fuerza expresiva de la poesía, o del hombre mago, hombre sin magia es hombre mutilado.
La escritura que trabaja el signo profundo rehúsa las descripciones y prefiere presentar una atmósfera, una noción, un sugerimiento, en donde siempre está la presencia que le de fuerza. La representación que es también el mundo conocido –los elementos juegan siempre a la representación- en su insistencia de ser apreciado por la entera visión, el arte es esa visión no lineal en donde aparecen las otras dimensiones que acompañan siempre tiempo y espacio y que se hacen invisibles sólo por el acostumbramiento de la visión fija, lineal, plana, en donde no es posible apreciar más allá que el objeto en sus miseria física, el objeto descoyuntado de su raíz. El objeto es también signo, presencia, con lo que a su vez deja de ser objeto y se convierte en presencia animada, nada permanece inmóvil en el espacio.
Otro tanto cumple, en el ejercicio de la poesía -que es inherente a todos los hombres y no sólo a “los poetas”- el papel del conjuro, el hechizo, el mantra, la oración: palabras fuerzas con las que trabaja la poesía. El poeta es hechicero que trabaja sobre el cuerpo de la enfermedad del mundo moderno: si la razón cuenta y cifra, la poesía descifra, recompone y representa. Se ha señalado siempre del hermetismo su incursión en la sombra, cuando es precisamente esa incursión en la sombra una forma de develar la realidad compleja. Lo que se oculta es lo que nos completa, dirá Lezama. Los ritos cumplen con el ejercicio de la memoria y representación a la vez, el hombre construye el tiempo de ritos, la cultura es siempre ritual, la palabra es rito diversificado.
Al repetir tres veces la palabra fruto,
Las sílabas de su nombre,
El pie rompe la almendra.
La almendra buscada en el conjuro y la reiteración poética es la semilla de claridad que surge, por el desdoblamiento en reflejo, del mundo oscuro. La palabra avanza por el surco abierto, como en los ritos de la siembra, y cubre la semilla con el pie, mientras la música acompaña el coro de danzantes. Un submundo con templos, sacerdotisas, puertas secretas que están hechas de silencio y de sombra por donde ha de incursionar el trabajador de las palabras en su rito iniciático de purificación. La iniciación en la poesía es la entre visión de la parte ocultada en el edificio de la cultura, gendarme que cela en la puerta de la otredad prisionera, como castigo y larga condena ejercida contra los raptores del fuego y los viajeros y celebrantes del mundo subterráneo de donde Orfeo sigue tratando de rescatar el cuerpo de Eurídice.
Yo quisiera ingresar al templo a través de la boca
De la mujer que guarda la entrada, el acceso
A la imaginación del tiempo.
El tiempo genésico es igual para el hombre o el árbol, en la memoria prenatal, están indivisos el movimiento y el ritmo, el pulso y la música. El baile y la danza son las primeras pulsaciones del tiempo, aun en latencia, todavía en la semilla, y la cultura se construye sobre las ruinas vivas de esa vieja memoria, la cultura es la reflexión en la luz que se emite desde el tiempo oculto; en ese campo tenso entre la sombra y la luz, entre el tiempo genésico y el tiempo habitado, propiciado por la danza y el canto, surge el trazo de la escritura, primero como signo, luego como imagen. Lo irrefutable de la poesía nace de esas dos fuerzas en tensión:
Pero el destino está aún pegado a la cáscara:
No saldrá como la flor que nace del centro de otra.
Leemos dos versos raptados del mundo secreto, el mundo innombrado que permanece en el lado oscuro, en un ocultamiento de la palabra que quiere, por paradoja, exponer a la luz la otra parte ocultada. Poner en común es exponer los signos del submundo al sereno de las primeras luces del sol presente, de allí la singularidad de la poesía, su trabajo silencioso y tenaz sobre la resistencia de la materia.
*Libro de poemas de Gabriel Arturo Castro. Premiado en el concurso de poesía Carlos Héctor Trejos, 2007.

sábado, 6 de octubre de 2007

EL EROTISMO EN LA POESÍA






Por ANTONIO ACEVEDO LINARES *
Le poème est l, amour réalise du
désir demeure désir.
René Char.
INTRODUCCION

El erotismo es el encuentro de los cuerpos como es el encuentro de las palabras en la poesìa, donde se crea una comunicacion bajo el deseo de los cuerpos y el significado de las palabras. La poesía erótica es una erotizaciòn del deseo y la palabra deseada. El encantamiento del lenguaje frente a los cuerpos desnudos es el encantamiento de los cuerpos frente a la palabra erotizada. A travès del lenguaje se erotiza el deseo de los cuerpos como transfiguraciòn de la libido. La poesìa canta el deseo de los cuerpos amorosos que se aman tambien en las palabras. El oficio de la poesìa asume el oficio de los cuerpos como materia prima para su maravillosa creaciòn poètica. Alli esta contenida su ètica y su estètica literaria.Un nuevo humanismo para hacer de la sexualidad un hecho transcendental. 

La recrea y lo trasciende mediante el lenguaje para hacerlo màs sublime porque el encuentro sexual de los cuerpos se trasciende mediante el encuentro eròtico de las palabras. La palabra recobra el cuerpo de los deseos como el cuerpo recobra a la palabra que la canta. Poesìa y erotismo son dos expresiones de la sexualidad y la literatura que reinvindica el cuerpo y la palabra. En una sociedad reprimida y de doble moral como la nuestra, la reinvindicacion del cuerpo y la palabra es un arte poètica y un arte eròtica, que se hace necesario humanizar esa creaciòn porque la poesìa como el erotismo es un arte, y la funciòn social del arte, es la reinvindicacion de la belleza, la libertad y la realizacion humana.  

El hombre escribe o hace el amor porque quiere alcanzar la inmortalidad en tanto que también tiene derecho a esa « ración de paraíso » como lo manifestara algún poeta. El derecho al placer y no a la reproduccion, a travès del erotismo, y a la comunicacion, a travès de la escritura, es de las primeras necesidades del hombre que realizan la condicion humana .El nuevo humanismo en torno a la sexualidad radica en el tratamiento que desde la poesía y el arte podemos redefinir lo sexual como una expresión simbólica de los cuerpos, que los cuerpos desnudos son también objeto del arte y de la poesía porque el hombre es un animal simbólico y erótico que lo expresa a través de su escritura y su práctica cotidiana del deseo, que es la que lo impulsa a escribir y a amar, y que no es solo como una expresión propia para la satisfacción de una necesidad o una reacción fisiológica o bioquímica.  Según la filosofía del humanismo, el humanismo considera que todo lo sobrenatural es mito, y que la Naturaleza es la totalidad de lo que hay, un sistema en permanente cambio que existe de forma totalmente independiente a cualquier mente o consciencia.


Segundo: El humanismo obtiene de la ciencia, que el ser humano es el resultado de un proceso evolutivo en la naturaleza de la que forma parte, que la mente está unida de forma inseparable al funcionamiento del cerebro, y que la unidad inseparable de cuerpo y personalidad no puede sobrevivir como consciencia después de la muerte.


Tercero: El humanismo pone su fe en la humanidad, cree que posee el potencial de resolver sus propios problemas, usando la razón, el método científico, el coraje y la imaginación.
Cuarto: El humanismo se opone al determinismo, fatalismo o predestinación para afirmar que aunque el hombre está condicionado por su pasado y por ciertos criterios objetivos, es libre dentro de ellos para crear su propio destino.


Quinto: El humanismo apoya una ética que basa los valores humanos en experiencias y relaciones en este mundo, y que busca como su más alto ideal la felicidad, la libertad y el progreso de la humanidad en este mundo, progreso tanto económico, como cultural, como ético, sin separar para ello entre razas, religiones o naciones.


Sexto: El humanismo cree que el hombre consigue una buena vida combinando con armonía las satisfacciones personales, el autodesarrollo, y el trabajo por la comunidad.
Siete: El humanismo cree en el mayor avance posible de las artes y en la percepción de la belleza, incluyendo la percepción del esplendor y encanto de la naturaleza, de forma que la experiencia estética sea una realidad para todos. 


Ocho: El humanismo cree en un programa a largo plazo para la humanidad que incluye la democracia, la paz y un alto nivel de vida, basado en un orden económico floreciente.
Nueve: El humanismo cree en el uso de la razón y el método científico en el orden social, y por tanto de procedimientos democráticos, gobiernos parlamentarios, libertad de expresión y libertades civiles, en todos los aspectos de la vida política, económica y cultural.


Diez: El humanismo, siguiendo el método científico, cree en un interminable proceso de cuestionamiento de las convicciones y principios, incluyendo las suyas propias. El humanismo no es un nuevo dogma, sino una filosofía en desarrollo siempre abierta a tests experimentales, nuevos hechos, y un mejor razonamiento. (La filosofía del Humanismo" de Corliss Lamont.) 


MI PATRIA


Tu cuerpo es mi patria
rodeado de dos océanos
y un hermoso horizonte
y su paisaje son dos colinas
y un valle fértil como
su monte de Venus
en donde ondea una bandera
como su pelo del viento.
Tu cuerpo es mi patria
con sus preciosos yacimientos
y agrestes desembocaduras
como con su parque natural
de los nevados y sus cascadas
su jardín de orquídeas y corales
sus ciénegas y arrecifes
desiertos y santuarios
de flora y estoraques.
Tu cuerpo es mi patria
que escribo y amo
y sueño en esta página.


La poesía, como el amor, es un encantamiento. La poesía amorosa es el deseo realizado en la palabra. El hombre es el único animal que ama y recrea en la palabra la emoción, la vivencia y la ternura del amor. En la poesía de amor hay una erótica del lenguaje porque donde hay amor, hay deseo, y donde hay deseo, hay erotismo.


El hombre erotiza el deseo y ese deseo erotizado es lo que la cultura ha denominado amor. El amor es una invención de la cultura, es lo que hemos inventado para sentirnos menos solos, trasciende la animalidad del deseo embelleciendo o ennobleciéndolo a través de la palabra poética, esto es, la poesía. El amor es deseo, que nace con el hombre, y luego a través de la cultura, es espiritualizado. El amor es el deseo espiritualizado. Cuando un hombre le dice a una mujer, te amo, en realidad lo que esta diciendo es, te deseo. El deseo se ha espiritualizado. En la poesía amorosa, el amor no es solo un estado del corazón, es también un estado de la palabra. El poeta enamora la palabra y en ese proceso de seducción, crea la poesía. 


EPIGRAMA

Bajo la especie de una
biblioteca un hombre que
moró por los libros se figuro
el paraíso y una mitología
en la forma de un jardín
con manzanas prohibidas
y hubo quienes como
suntuosos palacios de oro.
En la forma de tu cuerpo
yo me imagino el paraíso.


El poeta recupera el deseo que eterniza en la palabra. En la vida, “el amor es eterno mientras dura,” decía Vinicius de Moraes. En la poesía, el amor es eterno mientras conmueva a los amantes. El amor en la poesía, funda una estética de la palabra. Una sensibilización del lenguaje porque la poesía es la ternura de todas las cosas. La relación entre amor y poesía es una relación tan íntima como la relación entre un hombre y una mujer. Es su evocación. El poeta evoca en la palabra la mujer de sus sueños o el ideal del amor: “Si una mujer comparte mi amor/ mi verso rozara la décima esfera de los cielos concéntricos / Si una mujer desdeña mi amor/ haré de mi tristeza una música/ un alto rió que siga resonando en el tiempo/” escribió amorosamente Borges


La poesía de amor es la prolongación del cuerpo en la palabra. El cuerpo como extensión de la palabra y la palabra como extensión del cuerpo. El cuerpo y la palabra recreados por la poesía y el deseo, para una poética del cuerpo que haga memoria en la palabra en intento de una poética de la palabra que haga memoria en el cuerpo. Una poética del cuerpo y la palabra como la expresión más genuina de una poesía amorosa y erótica. La poesía del deseo y el deseo de la palabra. El poeta tiene una utopía, que un día el amor sea como la esencia de su palabra mágica y esplendorosa. El poeta cree en el poder de la palabra porque cree en el poder del amor. En el reino de la poesía, el amor da existencia a la palabra. En el reino del amor, la palabra da existencia al deseo.
POETICA
La poesía se escribe
con la propia vida
de quien la sueña
es de quien la trabaja
como la tierra que se siembra
a veces no es de quien la escribe
sino de quien la enamora
la poesía nace desde el fondo
de sí mismo como desde el fondo
de los ojos de una muchacha
no tiene partido pero
a veces se adhiere
a causas perdidas
y se escribe con ternura
como la que tienes
cuando ella te abraza desnuda.


En el amor, la palabra endulza el oído del amor amado. En la poesía, el amor endulza la palabra del poeta alucinado. El amor en la poesía, es la prolongación del amor por la palabra. Un encantamiento de la palabra porque el amor es la poesía de todas las cosas. En el amor, hay una consagración de la palabra, por la vía del deseo. En la poesía, hay una consagración del amor, por la vía de la palabra. En la palabra hay un espíritu. En el amor hay un deseo. El amor es el espíritu de la palabra como la poesía es el espíritu del deseo. El poeta se realiza en la poesía, por la palabra. El que ama se realiza en el amor, por el deseo. En la conjugación de poesía y amor, el amor es el deseo que se realiza en la poesía como la poesía es la palabra que se realiza en el amor. La palabra es un órgano de seducción en el amor. El deseo es la excitación de la palabra en la poesía.

EPIGRAMA

Amo tu deseo cuando

deseas mi cuerpo
como amas mi deseo
cuando deseo tu cuerpo.
Escribir un poema de amor es vivir el amor doblemente. En la mujer que se ama y en la palabra que la sueña. En su espíritu y en su carne. El amor no es solo una metáfora en la poesía. En la poesía el amor se hace sublime.


LABIOS


Tus bellos labios
como la sonrisa de la Gioconda.
Alabados sean en tu cuerpo
como los girasoles de Van Gogh.
Tus bellos labios rojos como los de tu boca
que palpitan bajo tu falda como tu corazón
maravillosos como la torre Eiffel.
El poeta escribe por amor, porque el amor, 
como la poesía, recordando a Luis Cardoza y Aragón, 
es la única prueba concreta de la existencia del hombre.


EL MUNDO QUE TE HABITA


Al abrir la puerta
de la jaula no es un pájaro
el que vuela
es la libertad que se recobra
como no es el viento
el que se entra
cuando abres las ventanas
sino los fragores de la ciudad nocturna
y no son las páginas que sientes
cuando abres un libro dulcemente
sino es el olor de los árboles
de la que están hechas sus hojas
y donde moran felices las palabras
como cuando abres un cuerpo
es el mundo el que te habita.




* Poeta y Sociólogo. Magíster en Filosofía Latinoamericana y Especialización en Educación en Filosofía Colombiana y en Filosofía Política Contemporánea. Ha publicado: Arte erótica, 1988. Los girasoles de Van Gogh. Antología poética (1980- 1999) 1.999, Vol 1. CD, Poesía de viva voz, 2004. Atlántica, Antología poética (1980-2004), 2004, Vol 2 y seis Plegables de poesía, Su próxima publicación, En el país de las mariposas, (Antología poética 1980-2007) Vol. 3. Actualmente se desempeña como catedrático investigador en el Departamento de Ciencias Sociales y Educación de la Universidad de Santander, UDES.


* Ponencia leída en el I Seminario Nacional de Humanismo y Bioética en la Universidad, Universidad de Santander, UDES, Sept 26 y 27 de 2007.
Foto de Brian Nelson

sábado, 15 de septiembre de 2007

FEDERICO GARCÍA LORCA Y EL PARAÍSO PERDIDO


Por Gabriel Arturo Castro

La impresión de que aquel inmenso mundo no tiene raíz os capta a los pocos días de llegar y comprendéis de manera perfecta cómo el vidente Edgar Poe tuvo que abrazarse a lo misterioso y al hervor cordial de la embriaguez en aquel mundo.

Federico García Lorca.
Antes de Poeta en New York, la difusión de García Lorca hundía sus raíces a causa de su compromiso con la tradición española, en cuyo suelo encontraba su esencia.
En sus primeros libros el poeta entra en contacto con motivos muy antiguos y sabe captar el latido, el pulso de una savia casi desaparecida.
Ángel Álvarez de Miranda (1953) mostró la presencia de temas y motivos de las religiones naturalistas: la relación sangre - fecundidad – muerte; los valores de la muerte y el toro; la fascinación ritual del cuchillo; la sacralidad de la vida.
Este primitivismo es enigmático y perturbador, y a la vez fresco y espontáneo, hermético y secreto, actitudes tomadas del mejor arte popular. Sus imágenes milenarias se alimentan de obsesiones y claves constantes, formas y tonalidades como la frustración, el amor, el sexo, la esterilidad, la infancia, la muerte, el desamor.
De ahí que su discurso de lo concreto esté basado en la formulación de la realidad en términos sensoriales.
Por ello el relieve de todas las formas de animación y personificación y la trascendencia de la metáfora.
El primitivismo lorquiano vive tras este utillaje expresivo, un entramado que presagiaba otros sedimentos. Poeta en New York, se nutre de su clasicismo de fondo, de su tono gongorino (lectura difícil, impresionante renovación lingüística, acumulación de metáforas, transposiciones, imágenes satíricas y festivas, dicción poética distintiva, lo más alejada posible del lenguaje diario), de sus construcciones alegóricas, pero al tiempo va a marcar la quiebra definitiva de una poética folklórica, popular y simbolista, alimentada de motivos, entre ellos el telurismo panteísta, el cuadro eglógico-pastoral – arcádico y el animismo de ciertas formas elementales. Gustavo Correa sostiene que Poeta en New York, por el contrario, es el reino de la confusión y de la muerte, el laberíntico encierro en un mundo atormentado, angustioso y agónico. “Norma estética y paraíso azul no era lo que tenía delante de los ojos”, exclamaba Lorca.
Vuelco completo de un andaluz que desciende al infierno o a la supuesta civilización que se protege de la anarquía, de las raíces atávicas, del fogonazo del creador, del impulso de quien presencia el Apocalipsis, su visión del mundo, la ciudad que se revela en los “últimos días”. Allí la tensión del poeta, su tono radical, su “simpatía por el abismo”, su poder de negación, rebelión, crítica, trasgresión en una sociedad propensa a la retórica, a la ceremonia repetitiva y mecánica. Recordemos que la Andalucía de Lorca es la de olivos y vides, la de paisajes de campiña, más no la de una aldea en progresiva decadencia por la pobreza y la emigración, y con ellas la neurosis y la muerte, la ira y la caída. New York es el asombro, la extrañeza, la sorpresa ante algo raro e inusitado, interacción fuerte entre el hombre y la gran urbe. Así lo manifiesta desde la poesía:
Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.
Cuenta Guides Delta-Flamarion que New York se vio afectada por la puesta en servicio de los barcos de vapor en el siglo XIX. Ellos permitieron el transporte de millones de inmigrantes europeos, que buscaban un refugio contra las dictaduras y persecuciones. A partir de 1830 comenzaron las grandes oleadas de inmigrantes que llegaron desde Europa durante más de un siglo. Los recién llegados, pobres, la mayoría, se instalaban en los superpoblados barrios bajos de la ciudad, agrupándose por etnias y ghettos. El extranjero, es decir, García Lorca, entra en un estado de temor y de angustia pero en lugar de sumergirse entre la maraña, la aleja, la separa, la distancia. El terror cede a la aparición de una nueva sensibilidad, la resistencia del arte que muestra otros caminos. Es preferible el escándalo de la palabra, su algarabía, a la legitimización de la barbarie; la imaginación demoníaca antepuesta a los afanes criminales del capital, la magia enfrentada al desencantamiento del mundo: “Lo impresionante, por frío, por cruel, es Wall Street. Llega el oro en ríos de todas partes de la tierra y la muerte llega con él. En ningún sitio se siente como allí la ausencia del espíritu”, rezan los apuntes finales del poema Iglesia abandonada o Balada de la Gran Guerra.
Este extrañamiento niega el valor de la razón como captadora de esencias y se lo confiere a la intuición, a la sensibilidad de un sujeto que capta la cualidad de las cosas.
Donde vive no es el pueblo de pastores ni la ciudad alegre y dichosa. Tampoco va a encontrar los diálogos amorosos de Garcilaso, de Teócrito o de Virgilio. No, un yo propio del modo capitalista, vacío y expoliado, desposeído injustamente de sus bienes materiales y espirituales, cae ante las contradicciones que vulneran la armonía original, su concepción del paraíso singular. Dicho capitalismo sufrió su primera crisis en 1929, coincidiendo con la llegada de García Lorca a New York, una especie de recesión que tuvo como reflejo político el surgimiento del fascismo, tributario en lo material de las contradicciones económicas y caracterizado por su carácter autoritario, antiliberal y antihumanista. García Lorca sería víctima siete años después de una forma del fascismo: el franquismo español que alentó la guerra civil, orientó una represión sumamente efectiva que acabó con toda clase de libertades y consintió un desaforado y a veces ridículo culto a la personalidad. Lorca sería el más cantado de los muertos de la guerra civil: su asesinato fue el asesinato del artista, el segundo asesinato de la libertad.
New York era a principios del siglo XX el principal mercado monetario del mundo, sobrepasando a Londres. Pero un 24 de octubre de 1929, el jueves negro, las cotizaciones se hundieron, miles de personas se arruinaron y quebraron. Era la mayor catástrofe bursátil de la historia y el comienzo de la depresión. Dicha catástrofe le concedió una nueva experiencia, una inédita visión de la civilización. Con el paso de los años, recuerda Chistopher Maurer, la memoria de la gran ciudad se torna desagradable. Como Walt Whitman, García Lorca se convierte en el protagonista oculto, desdoblado y entre velos de sus poemas. El andaluz describió este caos de la siguiente manera:
Yo tuve la suerte de ver por mis ojos el último crack en que se perdieron varios billones de dólares, un verdadero tumulto de dinero muerto que se precipitaba al mar, y jamás, entre varios suicidas, gentes histéricas y grupos de desmayados, he sentido la impresión de la muerte real, la muerte sin esperanza, la muerte que es podredumbre y nada más, como en aquel instante, porque era un espectáculo terrible pero sin grandeza.
El universo de Lorca en New York estará bajo el tinte de una subjetividad infeliz y de su conciencia desdichada, al ser testigo de aquella expoliación y violencia. Lorca se anticipó desde la escritura a la comprensión del terror, tal como lo hicieron Kafka, Camus, Ionesco o Beckett, quienes habían previsto un mundo injusto, con sus dispositivos de tortura y los hombres despojados de su espíritu y de su voluntad. Ante la calamidad la pronunciación de una Utopía, frente a la crisis espiritual un ideal trascendente ligado a la religión. La escritura vendría a ser la resurrección de la fe por la salvación del hombre y la preocupación por los otros que viven entre el drama y la tragedia. “Pero hay que salir a la ciudad y hay que vencerla, no se puede entregar uno a las reacciones líricas sin haberse rozado con las personas de las avenidas y con la baraja de sombras de todo el mundo”, nos diría García Lorca.
Miguel Arteche afirma que la crisis vivida por Lorca en la gran ciudad es la crisis profunda de Occidente: “Lo que Lorca denuncia es una civilización que destruye y transforma los símbolos de la poesía en productos de fábrica (...) Lo que ofrece New York es lo autoritario y al mismo tiempo lo jerárquico, en el peor sentido; lo cruel y la destrucción de la naturaleza”:
Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Este es el mundo, amigo, agonía, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados
y la vida no es buena ni noble ni sagrada.
Robert Graves, citado por Arteche, sentenció que “la actual es una civilización en la que son deshonrados los principales emblemas de la poesía. En la que la serpiente, el león y el águila corresponden al circo; el buey, el salmón y el jabalí, a la fábrica de conservas; el caballo de carrera y el lebrel, a las pistas de apuestas, y el bosque sagrado al aserradero”. De semejante lucha proviene el onirismo lorquiano de tono surrealista, sus alucinaciones que obnubilan la conciencia; la imaginación de corte visionario y profético (la palabra predice, interpreta el futuro), el anticipo de las manos heridas, la sangre de los alfileres blancos, los periódicos abandonados, los paños rotos, las venas huecas, la huella dormida, el paisaje pulverizado o las aguas podridas de la aurora.
Leamos al respecto un fragmento del poema Danza de la muerte:
Pero no son los muertos los que bailan,
estoy seguro.
Los muertos están embebidos, devorando sus propias manos.
Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela;
son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos,
los que crecen en el cruce de los muslos y llamas duras,
los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras,
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta
o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.
La gran ciudad está poblada de cosas y los sujetos son tratados como cosas, carentes de entidad. Los seres humanos son condenados a la esclavitud a través de la explotación del trabajo, las máquinas toman el lugar del hombre y éste se robotiza en una sociedad de dominadores y dominados, cuya reconciliación es imposible. Un pasaje al poema Oda al rey de Harlem, dice así:
Tenía la noche una hendidura
y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre,
y los muchachos se desmayaban
en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata
junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón,
por las heladas montañas del oso.
Lorca asume el drama del ser fragmentado, la agonía del otro semejante (el gitano, el negro, el vagabundo, el homosexual) pero le da terror el otro distinto, contrario a su naturaleza espiritual, a quien confronta, a quien denuncia. Leamos unas líneas de una carta enviada a sus padres, espacio colmado de un desengaño evidente y duro:
Yo solo y errante, agotado por el ritmo de los inmensos letreros luminosos de Times Square, huía en este pequeño poema (“Asesinado por el cielo”) del inmenso ejército de ventanas donde ni una sola persona tiene tiempo de mirar una nube o dialogar con una de esas delicadas brisas que tercamente envía el mar sin tener jamás una respuesta.
El yo individual del poeta se fortalece, la realidad es su creación, su territorio fértil aunque agredido y usurpado por una instancia psíquica de fuertes pulsiones: el otro que lo habita lo supera, su voz interior lo trasciende al interior de un espacio urbano idiotizado, carcomido por un lastre mercantilista y extremado por los sujetos que comen su propia carne o practican su feroz antropofagia en una atmósfera de barbarie, la cruel realidad del capitalismo. “New York, con su estrépito de nueva Babilonia a los gemidos de su propia angustia, una vez enfrentado con esta terrible verdad: Y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada (...) el poeta no duda en buscar su poesía sobrenadando la turbia pestilencia de las cloacas. Nunca su voz fue más trágica, tampoco más pura”, argumenta el ensayista Eduardo López Jaramillo.
Crueldad que inaugura en Lorca una mitología de lo fúnebre, donde dibuja el satanismo de una sociedad perversa. Frente a ello anuncia el Apocalipsis (igual narra la revelación de un destino humano bajo imágenes simbólicas, misteriosas y herméticas), a través de la abstracción del sufrimiento de carácter penitencial, flagelante, un rito de sacrificio que desea en últimas la aniquilación de la sociedad capitalista. Presagio mesiánico, excitación escatológica que tendría una válida lectura en recientes hechos y que una estrofa, entre tantas otras, parece vaticinar:
Que las cobras silbarán por los últimos pisos,
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,
que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay, Wall Street!
Poeta en New York es, de esta manera, la revelación de una providencia bajo imágenes secretas que invoca el fin del mundo de la ceguedad y la brutalidad, visión eticista de naturaleza mítica que siempre brinda arquetipos, una mitopoética del tremendismo que responde al motivo hegeliano del arte como conciencia de necesidad. Las imágenes nos muestran una espiritualización ubicada dentro de una atmósfera de ferocidad, crudeza e intensa violencia. La poesía se complace en desarrollar la oposición y la diferencia, creando la pulsión necesaria para erigir una verdad interior, una verdad bajo la forma de imágenes, en cuyo interior sospechamos un dolor infligido y a la vez una razón de fuerza y resistencia ante un mundo que invoca constantemente a la muerte.
Por ello su poesía es una protesta diaria al ver “a los muchachitos negros degollados”; “toda la carne robada al paraíso, manejada por judíos de nariz gélida y alma secante”; o la sordera de los americanos rubios, “gentes que aman los muros porque detienen la mirada, un reloj en cada casa y un Dios a quien solo atisba la planta de los pies.”
Lorca inauguraba una ruptura con su anterior universo mediante la defunción simbólica de unos arquetipos y la interiorización de otros. Quería que ese mundo se renovara y para ello ofrecía el compromiso y el sacrificio como forma propiciatoria: su descenso a la tierra del infierno posee el antiguo significado de combatir las fuerzas del mal; el viaje a la gran ciudad es un viaje espiritual que simboliza una progresión hacia la iluminación, de la cercanía de la muerte al renacimiento ulterior; la ruptura irrevocable con su mundo anterior; la necesidad del poder mágico que transformen las cosas; el atravesar las calles de la extraña ciudad, baluarte de formas hostiles contra el hombre.
El esfuerzo unitivo que significa escribir un libro tal vez, pensaría él, lo pondría a salvo de la radical soledad, de la angustia, sin llegar afirmar, claro está, que Poeta en New York tenga un exclusivo carácter autobiográfico, error muy común de quienes desconocen la autonomía de la obra de arte, su capacidad de crear universos propios. Lorca posee, por el contrario, la creencia muy honda de que la naturaleza podría ser influida por el ritual de la palabra a quien le augura una eficacia, el poder de intervenir sobre la realidad. Realidad que cuestiona y explora a partir de sus sombras engañosas, pero que también inventa y enriquece. Todo para crear la iluminación de la cual nos provee la poesía, su viaje y camino benéfico, purificador. La poesía, mediante su hacer creador, fundante, da la cara a la destrucción, a la fragmentación de la unidad del ser.
El arte lorquiano se opone, desde esta concepción ética y estética, a una actitud burguesa de violación y prostitución, a su visión racionalista, empírica y pragmática. Lorca se vale de su espíritu heroico y trágico, de su sensibilidad sin restricciones ante la falsa moral. Recordemos que en 1930 y de una manera análoga a Lorca, André Breton propuso que las torres de Notre Dame fueran reemplazadas por enormes cubetas de vidrio, una de ellas llena de sangre y la otra de esperma. García Lorca, por su parte, afirmaría que “el cielo ha triunfado sobre el rascacielos, pero ahora, la arquitectura de Nueva York se me aparece como algo prodigioso, algo que descartada la intención, llega a conmover como un espectáculo natural de montaña o desierto. El Chrysler Building se defiende del sol como un enorme pico de plata, y puentes, barcos, ferrocarriles y hombres los veo encadenados por un sistema económico cruel al que pronto habrá que cortar el cuello, y sordos por sobra de disciplina y falta de la imprescindible dosis de locura”.
¿Será un socialismo utópico, una locura profética al augurar que la sangre vaya por los tejados, “para quemar la clorofila de las mujeres rubias”; al desear la liberación del deseo, de la voz que lame las manos y anunciar en medio de una “aurora de tabaco y bajo amarillo” y a través de un niño negro, el arribo del “reino de la espiga”? :
Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aun andando por un paisaje de esponjas grises
y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar de rosas nuestra lengua.
El mundo de New York, el de ayer y el hoy de cualquier ciudad, su arquitectura extrahumana y ritmo furioso, geografía y angustia, errancia y soledad, trágica ansia vacía, ciegas torres, frías enemigas del misterio, esclavitud dolorosa de hombre y máquina juntos:
Las aristas suben al cielo sin voluntad de nube, ni voluntad de gloria. Las aristas góticas manan del corazón de los viejos muertos enterrados, éstas ascienden frías con una belleza sin raíces, ni ansia final (...) Nada más poético y terrible que la lucha de los rascacielos con el cielo que los cubre.
Federico García Lorca, su tiempo poético, la poesía “amarga pero viva”, la protesta contra la salvaje negación del ser, la delación de la “muerte bárbara y primitiva”, propiciada por los que “no han luchado ni lucharán por el cielo”; la denuncia de la agobiante condición humana, su alteridad al reconocer el dolor de los demás, la invocación sacralizada, la añoranza de restitución, su catarsis de sacrificio, su trascendencia misteriosa, su testamento y su profecía se confirman hoy: la poesía, la creación y la conciencia creadora tienen, además de su función ontológica y crítica, un papel de anticipación histórica.



Gabriel Arturo Castro: poeta y ensayista colombiano. Recientemente obtuvo el segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía "Carlos Héctor Trejos". Reconocido nacionalmente, con una excelente vocación para el ensayo y el pensamiento propio expresado a partir del género de Montaigne. Sus comentarios y reseñas también aparecen en revistas y periódicos de circulación nacional.

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