lunes, 31 de mayo de 2010

ARTE AUTÉNTICO, ARTE MECÁNICO /Gabriel Arturo Castro




Por Gabriel Arturo Castro

¿Cuál es el futuro de la imaginación y de la cultura en los próximos años? La respuesta puede estar situada dentro del reto de pensar en los peligros de la cultura masificada. Noción inquietante. La cultura de masas (efectos del capitalismo y de la postmodernidad) es una degradación-comercialización de la cultura, una fuerza alienadora, una expresión segregada por los medios de aglomeración y su sistema de valores que someten al individuo a una fuerte y amplia presión de seducciones.

Entre ellas es posible citar la legitimación del hedonismo y el individualismo; la incorporación triunfante de la realidad virtual; la limitación de las libertades sustantivas; el reemplazo del Estado por las transnacionales; el dominio, mando y señorío de la noticia y la rapidez de los eventos; la coexistencia pacífica entre las modas, la imposición vertical de la eficiencia y del éxito, la profundización de las desigualdades, la vida cultural al ritmo dictado por el neoliberalismo, la quiebra del concepto de historia universal, el hábito de lo desechable, la informática como el reemplazo de las cosmovisiones religiosas y filosóficas; la desconfianza en el poder de las ideas, la pérdida de la solidaridad humanista y del sentido colectivo de la existencia; la banalización de la información de los medios, la dicotomía entre lo público y lo privado, la abolición de la reflexión social y filosófica, el imperio de lo económico y lo burocrático, el divorcio entre racionalidad y libertad, la vuelta a la retrógrada tradición del provincianismo, el ahondamiento de la crisis cultural, la entrada a una nueva Edad Media y su orden feudal (complejas redes de dependencia, vasallaje, absolutismo, distribución de feudos, el oscurantismo y la nueva Inquisición), tal como lo advirtiera Umberto Eco; y como consecuencia, el nefasto abordaje del postmodernismo, la otra cara del neoliberalismo, un difuso movimiento que se define por adoptar posturas eclécticas, individualistas, pragmáticas, facilistas, carentes de compromiso social, bajo los esquemas decadentes de la antiforma, la casualidad, anarquía, descreación, antítesis, performance, diferencia, combinación, dispersión, inmanencia, antinarración e indeterminación.

Es una nueva época que desea uniformarlo todo en beneficio de un individualismo anárquico, “al paso que tiende a destrozar toda universalidad en el orden espiritual”, según sabias y visionarias palabras de Igor Stravinsky, quien afirmaba que ciertos artistas contemporáneos y lectores ingenuos, hacen parte de esta infernal maquinación cosmopolita. Dicho compositor hacía la diferencia entre lo universal y el cosmopolitismo. Lo universal supone la fecundidad de una cultura esparcida y comunicada por doquier, mientras que el cosmopolitismo no prevé acción ni doctrina y entraña la pasividad indiferente de un eclecticismo estéril.

¿Cuál es el peligro de esta moda, producto de la cultura de masas, de las nuevas formas que toma el capitalismo?: caer en el simulacro o la simplicidad; reducir todo a la ironía (a su versión empobrecida); aceptar el ocaso de la profundidad por la superficialidad de las obras; la limitación del concepto de lo lúdico, de la intensidad y lo visual; la abolición del sentido crítico; la expansión de maneras televisivas, la telenovela y el espectáculo, como el centro de la producción “artística”; acatar con docilidad la extinción de los límites entre arte y vida cotidiana, y aprobar una arbitraria promiscuidad estilística general. Tal aberración sólo lleva al pragmatismo y al preferente utilitarismo, donde las ideas de comodidad, escape, contraimaginación, decoración, liviandad, simplicidad, esquematización, reducción, estilización, vaguedad, palabrería superflua (el arte como desecho y relleno, o lo que es lo mismo: ripio), consumismo, docilidad y conveniencia, se imponen.

Pero el verdadero Arte puede retar la cultura de masas y sus tendencias actuales, sin importar el disfraz que ellas asuman o los rimbombantes nombres, bajo los cuales ocultan sus intenciones.


Si es así, entonces, ¿será capaz de restituir la cohesión, la correspondencia entre las condiciones de existencia del hombre y de la sociedad, con el universo simbólico que lo interpreta, recrea y transforma?

En la medida que el Arte se resista a ser sustituido por nuevos o viejos fetiches de la sociedad capitalista, la respuesta a la anterior pregunta será positiva y el arte no morirá, ni el lenguaje artístico y sus contornos van a desaparecer hasta límites fantasmales. La sobrevivencia de los cimientos antropológicos y estéticos del arte actual se colocará por delante de las sensaciones y pronósticos apocalípticos. Como lo escribe Antonio García Berrío: “El arte continuará siendo reconocible como ficción literaria, como exhortación lírica de la imaginación y el sentimiento o como la tecnología narrativa de la memoria”.


Las bases humanas, éticas y estéticas del arte, aunque sean variadas o transfiguradas, resurgirán entre las necesidades del hombre. El arte cambiará sustancialmente si se transforma la medida de la imaginación antropológica sobre las estructuras espacio-temporales de la sensibilidad y la simbolización. Mientras tanto deberá convivir con las presiones de una sociedad que ha separado la tecnología de la humanística, relegándola al puro asunto mecánico, a la exclusiva idea de productividad material, sin reparar en su dimensión social e intelectual.

Claro que la constancia del arte se halla junto a su variación, dinámica y modificación, pero todas sus expresiones seguirán con su influencia y continuarán enunciando, como lo pensó Kant, las intuiciones del individuo mediante formas inventadas por éste, siendo capaz, una y otra vez, de comunicar, conmover y de dar goce universalmente.


Ese extraño progreso tecnológico que ha hecho infeliz al hombre, no puede asfixiar al arte, pues según Walter Benjamín, la actividad artística es una anticipación utópica. Es más, la utopía coincide con el origen. Este no es un pasado histórico, sino un presente eterno, “un tiempo del ahora”.


Michael Ende nos enseñó que el acto creativo siempre se produce en el instante actual y es, por naturaleza, acausal, libre, indemostrable. Indica el autor alemán que en los diarios de Kafka hay una extraña anotación: “Cristo: el instante”. “Suena como una paradoja: sólo en el aquí y ahora aparece lo no-temporal, lo eterno-creador, lo único que libera verdaderamente al hombre”.


Ello distingue el “presente”, de la repetición postiza en la que se halla inmerso el gesto artístico. En la reproducción (llámese inmovilidad, yugo, ceguera, mutilación o cautividad) y reiteración mecánica, el arte pierde su autenticidad.



miércoles, 19 de mayo de 2010

CADA VEZ QUE LADRAN LOS PERROS / Relectura


Por: Gabriel Arturo Castro

La presente obra dramática, cada vez más actual, recibió el Premio Nacional de Dramaturgia en 1997 y su puesta en escena fue en 1999, bajo la dirección de Fabio Rubiano, creador y dramaturgo de la misma. El lugar de estreno sucedió en Casa del Teatro Nacional, bajo el título de Ornitorrincos. El grupo de teatro Petra hizo el montaje y sus intérpretes fueron: Julio César Galeano, Fernando García, Bernardo García, Gabrielle Ouin, Alejandro Rodríguez, Marcela Valencia y Luisa Vargas.

En primer lugar podemos afirmar que la obra posee un carácter épico, ya que posee un tono acentuadamente histórico, de la reciente realidad social y política de Colombia: la violencia paramilitar como fenómeno arraigado en el narcotráfico, el desplazamiento forzado y la acentuación del poder político basado en ese tipo de dominio territorial.

No en vano la obra está basada en un hecho real: una población es arrasada por un grupo paramilitar, las víctimas son amarradas a sus camas antes de que los agresores le prendan fuego a sus casas. Arden casas, muebles y gente al mismo tiempo, sólo sobreviven los perros. No, no sobreviven. Son colgados de los árboles que rodean las casas, es decir, las cenizas. Después de la incursión queda el paisaje humeante con perros estrangulados alrededor. Como la masacre fue pequeña, un suceso en la ya larga cadena del genocidio en Colombia, la noticia no ocupó mucho espacio en los periódicos y noticieros. Este suceso es el punto de partida, la imagen generadora de la creación.

Es épica, pues la obra se comporta como un enorme caleidoscopio de vicisitudes, tramas, actores distintos, tras los cuales se puede interpretar acontecimientos históricos siempre presentes en la memoria. Aquí no sólo importa la elaboración literaria sino la norma ética que la respalda.

Pero además la obra Cada vez que ladran los perros, se comporta como un relato ejemplar que se actualiza siempre con efectos dramáticos sobre los lectores. De la historia inicial se desprende que son los perros los encargados de hablar de su miedo, ellos son los personajes o voces centrales, seres que se van transformando en hombres, vigorosa rememoración del principio de Darwin y el planteamiento de un Kafka al revés, pero con su atmósfera y su esencia.

II

Es imposible determinar sin el concurso del autor, ese escritor privilegiado, el sentido personal y a lo mejor, secreto del texto. Pero, sea cual fuere, el tiempo y los intérpretes divulgaron un sentido de las alegorías que sobre la condición humana este creador acuñó.

No olvidemos que alegoría se refiere a un significado oculto y más profundo. Lo básico se suprime y se refiere a un nivel distinto de sentido que se comprende en relación a un código secreto. La comprensión de las alegorías depende de su mayor o menor grado de codificación o del lenguaje específico del autor. De este modo la alegoría kafkiana se encuentra centrada en el sujeto y en la tensión que produce la relación dramática con lo demás y que se traduce en la pérdida de la realidad mediante su tormenta alucinante, los golpes súbitos que provocan miedo ante el peligro. Como es modo de lectura, mediante la alegoría coincidimos y nos identificamos en el tiempo, así asumamos la diferencia temporal, el origen de la narración.

Lo que Fabio Rubiano Orjuela anticipa, en sus imaginerías desconsoladas, donde combina el humor, la poesía, el sarcasmo y la fantasía, fue el laberinto que el hombre construye con animosa irresponsabilidad para su propio extravío, una anticipación cruel, la metáfora del mundo como un laberinto sangriento y doloroso. También aquí la metáfora está cargada de tensión, sugestión y condensación para crear un efecto conciso, abreviado y elíptico. El acto metafórico se ocupa de una nueva visión de la realidad, fruto del pensamiento divergente y creador, radical y visionario, inédito y auténtico, es decir, la metáfora como revelación de la existencia humana, de su fantasmagoría, misterio, enigma e incógnita, recreación, perversión, extrañamiento, profecía. La metáfora kafkiana contiene el universo entero, espacio introvertido y revelado, personal y colectivo, testimonio, experiencia intensa, evocación, sobresalto, ruptura, alteración, verbo animado, acción carnal, vivencia, riesgo que cuestiona profundamente la existencia fragmentada, fracturada, precaria e perecedera.

La metáfora de Kafka posee, entonces, una función original y crítica: el desenmascaramiento del mundo de la apariencia, inventando una realidad distinta, más cercana al origen fundacional de las palabras, vieja pugna entre el espíritu y el poder.

El laberinto afecta el espíritu, la angustia, el desconcierto, la desesperanza, un espacio que no redime al escritor pero que revela su metáfora. El laberinto es un campo de batalla, conformado a la vez por obsesiones y los impulsos de un hombre que encontrará en la muerte su verdadera patria. Aquí el enmarañamiento es al final una trampa y escondite dramático, eterno conflicto del ser con las fuerzas irracionales o del hombre consigo mismo.

No importa que el escritor al final no resuelva el acertijo, la adivinanza, la cosa intrincada, el descrifrar del enigma, porque deja planteado su interrogante a los lectores, su virtual extrañeza que los llevará a una actitud inquisitiva, a la producción de afectos y pensamientos, peligroso secreto de una aventura llevada hasta el límite. Es el laberinto, el lugar donde el hombre se desencamina y queda prisionero al internarse en un reservado ámbito, un mundo atroz, hasta un punto indescifrable para el autor.

Igual sucede dentro del destino kafkiano del ser: sobreviene un bloqueo para acceder a los significados y el personaje se rinde y se imposibilita ante un final trágico, el cual acepta su derrumbamiento con resignación, laberinto que el mismo hombre construye con animosa irresponsabilidad.

Hallamos en este ser un miedo hondo para alterar las reglas de la eternidad, temor que conduce a la locura o a la muerte. Aquel hombre atemorizado no se atreve a extender su existencia más allá de su opresión, más allá de su impotencia. 

Volvamos a Rubiano. Decíamos que el autor, igual que Kafka, se anticipó en la visión de la metáfora del mundo como Laberinto sangriento, sea éste la oficina, la escuela, el cuartel, el castillo o el claustro. Ese espacio al dejar ver su dimensión metafísica muestra el espanto del horror. Incertidumbre, abolición del tiempo histórico, arrogancia, indolencia, gusto por el absurdo, complejo de superioridad, complacencia en la imposibilidad, ausencia de claridad, adoración por el poder.

Corresponde ahora observar si una fabulación como la del escritor de teatro, y específicamente su obra Cada vez que ladran los perros, tiene algo que ver con nosotros. La verdad que su aspecto metafísico y absurdo, en lugar de enrarecer la realidad la revela, la aclara. Su emanación nos cubre y nos afecta que ocasiones nos volvemos un instrumento de engranaje del poder, de la burocratización, de la tiranía, de los mecanismos ciegos de la deshumanización, de aquellos individuos que poseen un miedo hondo para alterar las reglas, quienes van reduciendo su existencia a los laberintos, a los infiernos, a los limitados mundos del poder, complejo e infinito mundo, a la vez.

Tal vez el fondo del planteo de Rubiano consista en preguntarse si el hombre tiene alguna posibilidad en unas circunstancias donde las determinaciones del exterior son tan aplastantes que su palpitación interior no cuenta para nada.

Y aquí viene una pregunta utópica: ¿Seremos capaces de demoler esa invención monstruosa que somete al hombre a los encantamientos del poder, a la enajenación de su individualidad, a la pérdida de su vida, dignidad y honra, y al estado de culpa y temor?

En Cada vez que ladran los perros, los perros están mutando, comienzan a olvidarse de ladrar, aprenden a reír, sienten ganas de matar, ya no se huelen el trasero, empiezan a caminar en dos patas. No saben en qué se están convirtiendo, tal vez hombres, conocen la venganza, saben lo que es una violación. Algunos, como los nuevos, disfrutan y aprovechan su metamorfosis, ya no son lo que eran y no soportan la diferencia ni la diversidad, otros quieren seguir siendo perros, quieren detener su transformación, esperan a sus Dioses que nunca llegan. Nadie, ni perros, ni hombres ni mujeres saben quién es el enemigo ni de dónde vendrá. No se sabe en quién confiar.

Fabio Rubiano instala, entonces, un misterioso y enigmático bestiario.

III

Desde el arte prehistórico aparece una preocupación por forjar imágenes animalísticas, las cuales encontramos igual en el mito oral, ya lejano por cierto, y en la escritura de la historia y de la literatura. Sólo a manera de ejemplo es posible mencionar al centauro, mitad hombre, mitad caballo; el hipogrifo, grifo por delante y caballo por detrás; el grifo que tiene cuerpo de león, la cabeza y las alas de águila y las orejas de caballo; la quimera, quien posee el busto de león, el cuerpo de cabra y un rabo de serpiente; el basilisco con cabeza de gallo y el cuerpo de un batracio terminado en rabo de serpiente; y el sátiro representado como un hombre cabra.

Narra la mitología griega que Cerbero era un perro de tres cabezas, centinela del Hades, uno de los monstruos que guardaban el imperio de los muertos, vedando la entrada a los vivos e impidiendo la salida de las almas. Cerbero estaba encadenado ante la puerta del infierno.

Los orígenes de dicho simbolismo animalístico se relacionan estrechamente con el totemismo y la zoolatría. La imagen totémica del mundo supone, según Ernst Cassirer, no una coordinación entre hombres y animales, sino una auténtica identidad. Es que para algunos pueblos, los límites de la especie humana son flexibles, no apreciándose diferencia esencial entre ser humano y bestia.

La identidad psíquica entre hombres y animales salvajes, vista a partir del mito y el rito, obedece tal vez a una proyección de contenido inconsciente. Jung cita el ejemplo de determinados indígenas de Suramérica que son aras rojos, es decir, una especie de loros de gran tamaño.

Los símbolos animales son expresiones profundas de la naturaleza humana de todos los tiempos. Han estado presentes en todas las culturas también. Sin embargo, dichos símbolos son algo más que artefactos culturales, pues en su contexto apropiado, siguen teniendo para nosotros un fuerte poder evocador, ya que se dirigen simultáneamente a nuestro intelecto, emociones y espíritu.

Las antiguas civilizaciones reconocían el poder de los animales y los utilizaban profusamente en su arte, sus religiones, sus mitos y sus ritos.

Como ilustración de lo anterior podemos mencionar el escarabajo, poderoso símbolo en la civilización del Mediterráneo oriental, y particularmente en el antiguo Egipto. Llegó a representar la renovación y la regeneración, y más tarde, la resistencia del alma humana. En las tumbas egipcias se encuentran numerosos escarabajos muertos y se utilizaban escarabajos tallados en piedras como amuletos y como sellos.

El dragón en Occidente simboliza la naturaleza más elemental y primitiva de la humanidad, que debe ser vencida por la fuerza (en la mitología cristiana encarna a Satán y las fuerzas del inframundo). En Oriente, en cambio, el dragón se ve como un símbolo de alegría, de dinamismo, de buena salud y de fertilidad, y se piensa que su imagen protege de los malos espíritus o puede provocar la lluvia.

Con su mirada fija, el gato simbolizaba la vigilancia para los egipcios. Representaba a Bastet, la diosa de la luna.
Los indígenas de Suramérica creían que los ojos reflectantes del jaguar eran un conducto hacia el reino de los espíritus. Los chamanes pretendían ver el futuro a través de sus ojos.

Para los Celtas, un penacho de plumas le confería a su portador algunas de las cualidades del pájaro: ligereza, velocidad y la capacidad de volar a otros mundos. Para los indígenas de Norteamérica, las plumas eran el símbolo del Gran Espíritu y del sol.

De esta manera, tanto la mitología como el arte, nos han legado un sentir alegórico por medio del bestiario y la zoología simbólica, provistas de su propio código de significaciones, repertorio de animales reales y fantásticos, transeúntes de varios dominios y sentidos, explícitos y velados, e igual, altamente metafóricos.

No es gratuito que el animal sea lo impenetrable, lo extraño por excelencia, razón suficiente para que el hombre proyecte en él sus angustias y temores. Los animales son odiados, temidos o sacralizados, porque según De Bruyne, ellos “espiritualizan el mundo sensible”.

En la Edad Media los bestiarios literarios tuvieron su mejor auge, plasmando lo que Eliade llamó “Las psicologías de las profundidades”, cuando algunos individuos reconocieron a la dimensión de lo imaginario el valor de una dimensión vital: “La experiencia imaginaria es constitutiva del hombre, al mismo nivel que la experiencia diurna y las actividades prácticas”.

Imaginación donde los animales desempeñan un papel de suma importancia, tanto por sus cualidades, defectos, actividades, forma y color, como por su relación con el hombre. La posición del animal sobre el espacio simbólico, la situación y actitud en que aparecen son fundamentales para la lectura del bestiario mítico o artístico, así sea desde su vía negativa, porque, así lo cree Debidour, captar al animal significa para el hombre hacerse dueño de todo aquello que desea y no puede realizar: “El animal es el signo de lo que se escapa y de lo que se conquista, de la limitación y del dominio, testigo humillante y exaltante de lo que puede el hombre”. Allí el mundo de lo informe, las fuerzas ciegas de la naturaleza, el animal metafórico como portador de expresiones, identificación que significa un buceo en las aguas primordiales, magnificación y oposición de sus sentidos.

El animal hormiguea, repta, se mueve, en una palabra, cambia. El animal muerde, pica, aruña, engulle, aúlla, grita, devora. Terror ante el cambio y ante la muerte devorante, tales parecen ser, en opinión de Durand, los dos primeros temas negativos que el animal inspira.

La bestia es una adversaria del espíritu, pues según Jung, “el animal representa la psique no humana, lo infrahumano instintivo, así como el lado psíquico inconsciente”.

Bachelard diría que el hombre “sabe por instinto que todas las agresiones, vengan del hombre o del mundo, son animales”; algo a lo que Rilke añadiría: “Lo que está fuera, lo percibimos tan sólo por el rostro del animal”.

IV

Rubiano crea esa atmósfera del terror dentro de un ámbito de guerra y sus atrocidades. Es una realidad posthumana, cuya factura presenta tres grupos de seres que afrontan la violencia: los hombres, los perros y los humanos. Lo más chocante de esta propuesta dramática (chocante por lo difícil y extremo ante los sentidos y la memoria) es que los perros se transforman en humanos debido a la brutalidad de los hombres, quienes han creado un ambiente irrespirable, gracias a sus métodos bárbaros, atroces, salvajes, de brutalidad. Los perros no quieren ser hombres. El dramaturgo expone el carácter ominoso de la condición humana. Sí, de perros, de abismos, de perros perseguidos como piezas de caza, de perros inmolados y golpeados, de perros devorados por lobos humanos, de perros buitres que acompañan a los difuntos, trata la obra Cada vez que ladran los perros.

Es traspasada por la claridad y el realismo cruel, cuya simbología tal vez nos remita a las hogueras de estas tierras, a nuestro propio zoológico de sarcasmo e ironía, comarca salvaje de estériles guerras, estrechos círculos, atmósfera, paisaje de miedo.

Su imaginería lleva a combinar desconsoladamente el humor y la mordacidad para mostrar una realidad absurda: el mundo inhumano de la perversidad, la trampa y la condena, el reino del instinto que niega la posibilidad de la convivencia y lleva a situarnos como los iracundos de Dante: “Arrancándonos a pedazos con los dientes”. La fabulación da paso a la creación de una intensidad que asalta al lector. Los personajes son animales paralelos a los del mundo humano (recordamos a George Orwell), o a los trazados por Juan José Arreola donde las focas son “perros mutilados, palomas desaladas”, o como El Rinoceronte de Ionesco, lugar de la encarnación de un malestar existencial.

Dicha obra, tan cercana a la de Fabio Rubiano, pertenece al teatro del absurdo con sus visos cómicos, burlescos que hablan del desasosiego existencial. Todos los habitantes de la pequeña ciudad sufren una metamorfosis, se convierten en rinocerontes, tos menos uno, dado que los habitantes no poseen espíritu crítico, pues el poder todo lo convierte en masa despersonalizada, sometida, conforme. Ionesco describe la banalidad del ser humano que vive sumido en un mundo contradictorio. Igual que en Cada vez que ladran los perros, aquí hay pesimismo, diálogos reiterativos y disparatados, ambientes sofocantes. Rubiano realiza un lenguaje crudo, visceral, tosco, con una estética macabra en donde los personajes dejan ver o hablan de sus cicatrices, de sus infecciones, de sus lesiones.

Peter Brook habla, a propósito, de ese teatro de la sal, el ruido, el olor, sugestiones rudas, desesperada energía que lleva a buscar medios de expresión, la risa y lo licencioso, el espectador sacudido mediante lo grotesco y lo ridículo, la ruptura, la degradación de la existencia, el asalto a las emociones, a la ilusión desengañada.

Pero también se puede sentir a Beckett en la propuesta de Rubiano. Normalmente los cuadros los constituyen dos personajes que entablan diálogos que se cortan, se dejan colgados y encierran una fuerte tensión. Los personajes parecen suspendidos en un infierno, un lugar sin tiempo ni movimiento, que no permite ninguna transformación.

Carlos José Reyes argumenta que Rubiano “desarrolla nuevos aspectos de su exploración metafórica, de acuerdo con la cual busca descubrir el lado humano de los animales o más bien, el lado animal de los hombres. Aquí la analogía parte de los perros en un proceso de metempsicosis, se transforman en hombres, la madre prefiere matar a sus propios hijos antes que sean asesinados por otros. La guerra se desarrolla en un espacio desolado, teniendo como fondo un nocturno de Chopin”.

Aunque la base de la obra es la realidad nacional, Cada vez que ladran los perros trasciende lo inmediato y retrata una realidad humana tan antigua como los perros mismos, la pérdida de la ética en los momentos de crisis social causada por la guerra. Los hombres que parecen perros porque pierden todo el control ético y social, que muerden, atacan, fornican sin ninguna reflexión; pero a la vez la otra óptica, los perros que se vuelven hombres cuando dejan de escuchar a su espíritu colectivo, al precipitarse a la locura, la destrucción y el caos, y dejar de lado la lealtad y el respeto por la vida.

Sobre aquella selva de las bestias, sea urbana o rural, se trasluce una escritura que evoca y transfigura, unión de pensamiento y espontaneidad y que capta a la vez el sentido de la muerte, la desolación, el estiércol del animal feroz y hambriento, los muros incendiados, las tumbas otra vez ardiendo.

martes, 11 de mayo de 2010

EL VERBO Y EL MANDO / Gabriel Arturo Castro

-->

Vida y  milagros de Gustavo Álvarez Gardeazábal
Jonathan Tittler
Unidad Central del Valle del Cauca,
Tulúa, 2004, 261 páginas.

El libro del profesor Jonathan Tittler, especialista en estudios hispánicos, es el resultado de 26 años de investigación alrededor de la obra de Gustavo Álvarez  Gardeazábal. Advierte el autor que el novelista tulueño es uno de los escritores colombianos más leídos en los últimos 35 años. A través de esta biografía político – literaria, Tittler legitima la carrera de un personaje polémico, excéntrico, a veces deslumbrante, cuya popularidad fue en algún tiempo enorme, gracias a la producción de sus novelas, artículos periodísticos y campañas políticas dentro de su departamento. Escribió best sellers, algunos de los cuales fueron llevados a la televisión y otros se destacaron por sus exitosas ventas. Sólo dos de sus novelas logran una gran  calidad literaria: Cóndores no entierran todos los días (1972) y Pepe Botellas (1984), afirmación en la que coinciden los críticos. Su restante obra, por consenso de escritores y académicos, está mediada por “cierto facilismo sensacionalista en el desarrollo de sus tramas, cuando no una tosquedad en su estilo”. Han señalado además el decaimiento de la calidad de su producción a partir de 1984, pues jamás recuperó la fuerza narrativa que había caracterizado tales obras.

La opinión mayoritaria de los críticos, lo acepta Tittler, dice que Álvarez Gardeazábal “se dejó distraer por la política y nunca realizó el potencial literario que pareció prometer en varios momentos de su juventud”. No olvidemos que tales afirmaciones fueron realizadas antes de la aparición política del escritor  y con bastante anticipación a su ascenso y caída de los avatares del poder público.
Ya en las décadas finales del siglo XX, Gardeazábal dejó de ser un escritor popular. Su mundo postgarciamarquiano, repleto de sugestividad parroquial, desconcertante y lacerante, empezó a eclipsarse. Sobrevino, entonces, la actividad política como un medio para no perder vigencia y seguir incidiendo en la opinión pública, ya desde otras orillas distintas a la literatura.

Los detractores, como los denomina el autor, mencionan la época aciaga de su breve administración, durante los años 2000 y 20001, tiempo en el cual se le realizó un juicio por enriquecimiento ilícito y su posterior destitución de su puesto como gobernador del Valle del Cauca. “En un sentido estrictamente político, esa carrera truncada equivale a un fracaso en cuanto a proyectos realizados (él mismo admite que abrigó ambiciones presidenciales) o cambios logrados en las estructuras del poder en el país”, afirma Tittler.  

Por lo tanto, uno de los principios que sustenta el presente libro, es brindar una versión distinta (¿imparcial?) de los hechos.  Tittler es tajante, la mezcla de actividades para el escritor norteamericano no significa una confusión de objetivos por parte del autor:

Muy al contrario, encarna una combinación muy especial de ingredientes (talentos y esfuerzos) que produce para la sociedad colombiana un cambio paradigmático para la actividad cultural. Lo extraordinario de su papel doble –donde el verbo literario se combina eficazmente con el mando político, con cada ingrediente refortaleciendo el otro recíprocamente- es lo que me costó tiempo en llegar a apreciar y lo que espero impartir en este libro. Hay que mirar el todo cultural y no sólo las mitades literaria y política.

Tittler conoce la existencia de Gustavo Álvarez Gardeazábal desde 1977 a través de Raymond Williams, quien lo invitó un año más tarde a la convención anual de la Modern Language Association of América, para participar en una sesión dedicada a la obra del novelista tulueño. Durante la convención acordaron la traducción al inglés de la novela El bazar de los idiotas y un viaje a su ciudad natal en el año de 1981.  A partir de entonces  se sucedieron innumerables visitas, artículos, capítulos en colecciones, acerca de la obra de Álvarez Gardeazábal y la restante literatura colombiana. En 1983 Williams y Tittler fundan la Asociación de Colombianistas Norteamericanos y su Revista de Estudios Colombianos. En 1989 Tittler publica una colección de ensayos titulada Violencia y literatura en Colombia. Luego, alrededor de 2002 inicia el presente proyecto llamado El verbo y el mando, con el propósito de escribir la historia de su vida. Al respecto cuenta el autor:

La investigación tomó la forma de una dilatada entrevista transpacífica celebrada por una cadena de mensajes de correo electrónico (los dichosos emails). La correspondencia duró más de dos años y consistió en preguntas que invitaron a que el autor recapacitara sobre su ya larga carrera de hombre público (...) Las charlas digitadas son tan reveladoras del carácter del autor y de su visión  sobre los tiempos que ha vivido que he cedido a la tentación de presentarlas como documentos históricos.

Confiesa Tittler su modo antiacadémico de la elaboración del libro, a favor de “un lector de educación general y no poca curiosidad intelectual”. Desde su particular visión, el autor se refiere al “mando” como consecuencia del quehacer político. Para los efectos de este libro, manejar el poder sobre números considerables de personas, donde hace un papel preponderante el carisma, se considera trabajar en la macropolítica.

Según Tittler, detrás de los datos, las descripciones y el análisis que constituyen El verbo y el mando, se encuentra la teoría de que Gustavo Álvarez Gardeazábal es una persona neta y originalmente política: “Se siente destinado a manejar  el poder de la palabra, sea en el patio de recreo del colegio de los Salesianos, en sus obras de ficción, sus columnas periodísticas, sus clases universitarias, sus programas radiales o sus campañas electorales”.
Acepta que utiliza la literatura para alcanzar la celebridad y convertir la popularidad en poder político y prestigio literario. Dos carreras paralelas, “las cuales le dan una base relativamente amplia y estable para construir su persona pública”. Para Tittler, Álvarez Gardeazábal logró establecer una pauta inexistente en la cultura colombiana:

Siendo desencubiertamente homosexual, un hombre puede gobernar de manera independiente, con inteligencia e imaginación y sin robar plata. El impacto de ese modelo de conducta en la psiquis y la cultura nacionales todavía no se ha registrado del todo. La guerrilla y las milicias de autodefensa siguen devastando el paisaje y el campesinado, y el narcotráfico sigue hundiendo la ética del trabajo de la juventud. Pero con el transcurso del tiempo, el rompimiento de estructuras, estereotipos y prejuicios implícito en su constructiva rebeldía promete abrir una de las pocas salidas esperanzadas del dilema político actual.

El libro de Tittler consta de ocho capítulos. El primero está dedicado a establecer los orígenes del proyecto, la presentación del autor y la justificación de la obra, muy endeble por cierto, sin los argumentos sólidos o el acompañamiento de teorías necesarias para la defensa o legitimación que asume.

El segundo apartado habla del nacimiento del Álvarez Gardeazábal, su bautizo, la presunta capacidad de presagiar el futuro, la niñez a orillas del río Tulúa, la biografía de sus hermanos, la primera enfermedad, el inicio de sus estudios superiores en la Universidad del Valle, la algarabía del movimiento estudiantil, su temprana indecisión política (según  Tittler, el joven universitario actuaba, desde aquel entonces, como liberal de centro o en otras ocasiones, igual a un militante de la centro derecha). Su monografía de grado, dirigida por Walter Langford se llamó Las novelas de la violencia en Colombia y la culminó en 1970, año donde escribe Cóndores no entierran todos los días. De 1972 a 1980 dicta clases en la Universidad del Valle, edita las revista Logos, organiza eventos culturales y renuncia por no poder ejercer actividad política, de acuerdo a la prohibición del Ministerio de Educación.

El capítulo tres es el comienzo de la novelística de Álvarez Gardeazábal. Su primera novela se llamó Piedra pintada, y fue publicada en Medellín en 1965. Dicha obra no aparece al interior de la obra reconocida, dado su carácter de experimento literario. Todo lo contrario, como inicial novela el autor reconoce a La Tara del Papa. “Con ella maneja hábilmente un amplio surtido de temas significativos y recursos técnicos contemporáneos para impartir un sentido de lo conflictivo de la vida en el Valle del Cauca.

Luego La Boba y el Buda representa una continuación del mundo ficticio proyectado en su anterior novela. El análisis de su mejor obra, un documento histórico que aún perdura: Cóndores no entierran todos los días, cierra el capítulo.

A continuación, Tittler traza un itinerario denominado por él Consolidación de su lugar y comienza por el estudio de Dabeiba, donde relata el origen de la crisis de un pueblo amenazado a desaparecer bajo las aguas de una represa.

El bazar de los idiotas, la quinta novela de Álvarez Gardeazábal, se enmarca dentro de un pueblo chismoso, relativamente moderno, cuyo interior sufre la invasión de turistas, peregrinos y reporteros. Sin embargo, las instituciones y mentalidades, siguen siendo las mismas, arcaicas e insuficientes para asimilar los cambios dados.

Finaliza este periodo una creación distinta a las anteriores: El titiritero, considerada como una metaficción y a la vez un relato de carácter político, dotado de especiales estructuras narrativas, ya que se presentan seis diferentes hilos narrativos.

Tittler indica en  el capítulo cinco la época de plenitud de la obra del novelista tulueño, entre 1981 y 1986, “cuando publicó sus mejores novelas, ganó importantes premios y becas, dio numerosas conferencias invitado en Colombia y en el extranjero y mantuvo dos puestos políticos electos”. Las novelas ubicadas en este periodo son Los míos, Pepe Botellas y El Divino. Tittler a continuación de tal remembranza realiza una exposición de sus logros políticos y la historia de su encarcelamiento.
El capítulo seis lo dedica al análisis de las novelas anteriormente mencionadas. En Los míos Álvarez Gardeazábal plasma una novela donde el poder se representa desde adentro y arriba y a la vez retrata el mundo de la ambición más desbocada a nivel nacional y global.
Pepe botellas viene a constituirse como una ficción autobiográfica. “Es un texto que es la suma de muchos textos, tanto literarios como documentales; es una obra cuyo ritmo alterna entre acelerado y frenético y cuyo léxico desaforado presiona los límites de la razón”, asegura Tittler. Por su parte, la novena novela del tulueño, El Divino, representa con truculencia y sin sentimentalismos, el anuncio de un cambio de valores en la sociedad colombiana, gracias a la irrupción del narcotráfico.

El capítulo siete resulta sorprendentemente crítico. Lo titula: Declive literario, cuando “ocurre un cambio notable en la escritura del novelista. Sea fruto de un cansancio o una distracción, las novelas compuestas resultan más esquemáticas, más previsibles en su argumento o de alguna manera menos originales que las mejores creaciones del escritor”. Este caso de repetición es ejemplificado por El último gamonal, Los sordos ya no hablan y Comandante Paraíso, obras de las cuales Tittler revisa su contenido.

En el capítulo ocho el autor presenta las conclusiones de la presente biografía política y literaria, vida y milagros de un escritor popular y polémico a la vez. El presente  libro concluye con una entrevista, transcripción de un diálogo electrónico, fragmentado y extendido, entre Tittler y Gustavo Álvarez Gardeazábal, estando el novelista ya  preso en su ciudad natal, alrededor de septiembre del 2000.
  
por GABRIEL ARTURO CASTRO   

viernes, 23 de abril de 2010

ACERCA DE "LO ESCRITO", de María Zambrano/ Gabriel Arturo Castro


Por: Gabriel Arturo Castro

Antes de los tiempos conocidos, antes de que se alzaran las cordilleras de los tiempos históricos, hubo de extenderse un tiempo de plenitud que no daba lugar a la historia. Y si la vida no iba a dar a la historia, la palabra no iría tampoco a dar al lenguaje, a los ríos del lenguaje por fuerza ya diversos y aun divergentes.

María Zambrano, Claros del bosque.

Entramos en los dominios de la filosofía como revelación poética. María Zambrano fue influida por Ortega y Gasset y su vitalismo, donde lo fundamental del ser es la vida, interpretada ésta como confluencia dinámica del ser ontológico y su situación socio-histórica. Hizo parte de ese pequeño contingente que enfrentó las insuficiencias heredadas de la Ilustración en el siglo XX, es decir, el optimismo radical en el poder de la razón y en la posibilidad de reorganizar la sociedad con base en principios racionales (expresión del despotismo, de la alta burguesía y de la pequeña aristocracia, cuya supremacía social trató de fundamentar). Junto a ella estarían los nombres de Walter Benjamin, Hermann Broch, Ludwing Wittgenstein, Franz Rosenzweig, Hermann Cohen y Stefan Zweig. Para María Zambrano toda la historia de Occidente debe ser entendida como una historia sacrificial. Más que crisis, lo que resalta es la orfandad. Un nuevo pensamiento surgió y propuso otra manera de entender la realidad distinta a la de occidente. Entre otros fundamentales asuntos, señalaron las insuficiencias del proyecto ilustrado, como la ausencia de diferencia como parte de la identidad y la marginalidad como parte del todo, y la necesidad de invertir la fórmula de Descartes: ser antes que pensar. Como le sucediera a Michael Foucault, Zambrano entró también en una relación con el límite, de lo excluido por la razón, en este caso el pensar poético, donde la lógica y la razón resultan insuficientes.

Sabemos ya desde Nietzsche que pensar no es sistematizar sino realizar la experiencia de los límites o de la alteridad. Igual que Foucault, Zambrano se aleja de cualquier acercamiento continuista de la historia. El pensamiento se abre ahora a lo impensado, a lo impensable, a la alteridad, al silencio, al inconsciente, a la poesía, pero desde la aceptación de la proliferación de las diferencias. Es la instauración de un nuevo diálogo, donde el límite marca un lugar otro, un lugar para lo otro. Así lo dice Zambrano en Lo escrito: “Pues que los guardianes del cerco lo son de la continuidad, de la continuidad del cerco”.

En este ámbito debe entenderse su ensayo sobre lo escrito:


Lo escrito, escrito está. Más no todo ello indeleblemente. Se borran los escritos por sí mismos, o por obra de las circunstancias. El clima, la atmósfera misma, algún polvillo que cae del cielo borra lo escrito: títulos, inscripciones, sentencias caen. Mientras dura un ciclo histórico hay palabras que permanecen en una determinada visibilidad y que corren de boca en boca; son los tópicos de esos siglos.


Dentro de la filosofía de María Zambrano la realidad de mí ser mira de una parte al pasado y de otra al futuro preciso y concreto, llamado destino. El pasado es el que borra lo escrito desde sus raíces llamado “polvo primario”. La palabra, que viene más allá de la memoria, une las vivencias personales y el conjunto vivencial de la historia. Es un pensamiento para nada ahistórico, como otros, a los que odiaba Nietzsche por su falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir. “Ellos creen otorgar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, cuando hacen de ella una momia. Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales; de sus manos no salió nada real”.

En contravía de lo anterior, ser persona, afirma Zambrano, se da en la vida, en un cuerpo y en una psique; en un tiempo histórico, en una tradición y en una herencia que arrastra consigo algo de todas las fases de la historia. La vinculación del ser humano con la historia es entrañable. Sin embargo en algunos hombres se produce un distanciamiento, una alienación en la soledad, la enajenación que es lo contrario a la comunidad y a la compañía, el hombre borroso como las letras de lo escrito que caen con el tiempo.

“Sus sentencias, por lo tanto, son condenatorias por lo general”, nos dice a continuación y esa instancia se llama olvido. Y sin embargo afirma Zambrano que también hay “palabras escritas, se repiten, apaciguadoras y sabias, que marcan el límite, un cerco vienen a formar todas ellas que muy pocas gentes trascienden”. Palabras que recogen no sólo el pasado histórico, sino incluso todo el proceso de la vida. El límite nombrado por Zambrano es la zona del sentir originario, donde los sentidos, la sensibilidad sensorial y el sentimiento, aparecen todavía unidos, una clara influencia de Leibniz, quien con su idealismo dinamista estudió la problemática del ser y el tema de las ideas innatas. Frente a la concepción mecánica de Descartes, afirmó el dinamismo espiritualista, y en oposición al determinismo metafísico de Spinoza, sostuvo que el orden es libertad.

Cuando María Zambrano en el texto Lo escrito, sostiene que las piedras o las letras abandonadas, sin canto designado, “fantasmas, seres en suma que permanecen quizá condenados, quizá solamente mudos en espera de que les llegue la hora de tomar figura y voz”, hace evidente la influencia de Leibniz, porque según asevera en su libro Filosofía y poesía: “En cada criatura vulgar está el misterio del ser y el de la creación entera. En verdad, aquel que llegara a penetrar enteramente en la existencia de la más deleznable criatura del mundo habría penetrado en todo el mundo”.

Desde su perspectiva, Zambrano le da la función a la inspiración de alterar las cosas, sacarlas del cerco continuo tendido por la razón, lugar donde lo contrario sería la discontinuidad de la inspiración y de la historia, pues la realidad se entiende como una multiplicidad dispersa sin posibilidad de sincronización. Los hechos ya no coinciden en el tiempo, la historia no posee un aspecto estático, realidad que se organiza en un juego de identidad y diferencia, de lo mismo y de lo otro. El establecimiento de lo otro, lo exterior, como parte íntima de mí mismo, obliga a pensar de otro modo, como cuando Zambrano prosigue en su ensayo:

¿Será quizá la discontinuidad de la historia la que llame a la inspiración que infatigablemente se reitera, y no siempre sin sobresalto? Es lo escrito lo que hace la historia, según se nos dijo. Y así, por ejemplo, las piedras aún en círculo prodigiosamente erguidas y acordadas, no son historia. No hay historia sin palabra, sin palabra escrita, sin palabra entonada o cantada.


De hondo calado metafísico, la palabra de Zambrano es múltiple y única, pues sus raíces ocultas velan y desvelan un ejercicio profundo del misterio, la alegoría y la metáfora con sus significados ocultos e intensos. Aquí recordamos a Wittgenstein cuando afirmaba que “lo que puede ser mostrado no puede ser dicho”, el trabajo de captar el sentido más fuerte, el sentido de debajo, a la manera de Foucault. El lenguaje con su fuerza de expresión y subjetividad, la construcción de mundos posibles, porque es necesario, siguiendo al filósofo francés cuando habla de Deleuze, sustituir una lógica “ternaria” (designación, expresión, significación) por otra “cuaternaria” que tenga en cuenta el sentido como acontecimiento de naturaleza metafísica. El verbo como tal y escrito también, desde la propuesta del texto en cuestión, habla de ese carácter incorporal y aconceptual de lo que acontece.

Zambrano se une a los filósofos escépticos que en lugar de repetir conceptos uniformes, homogéneos e incólumes, conciben la diferencia a través de la ruptura y de la disyunción. Interpreto, a partir de María Zambrano, que la escritura entra a la experiencia de la dislocación y el alejamiento, porque la palabra escrita busca un espacio imaginativo, explora rupturas, pero al tiempo teje continuidades y conexiones.

Ruptura, porque la escritura irrumpe en un espacio de posible error, indeterminación y equívoco, pues según Blanchot, no sobrevive un sentido último, ni verdadero, ya que éste se encuentra desestabilizado. A pesar de la poca consistencia de lo escrito y de la voz, existe un misterioso espíritu que sostiene a la palabra, abarcadora de sentidos, entendimiento, fuerza sugeridora, la palabra que puede mover la historia o la emoción de una multitud.

Coincide con Foucault, cuando éste afirma que “Hay muchas otras cosas en el mundo que hablan y que no son lenguaje. Ante todo se podría decir que la naturaleza, el mar, el murmullo de los árboles, los animales, los rostros, las máscaras, los cuchillos en cruz, hablan”.

O en Lo escrito, de María Zambrano, cuando pregunta:

Habrá entonces otra cosa que habríamos de conocer, o simplemente señalar, sin referencia alguna a la historia, para indicar así con ello nuestra ignorancia invencible, nuestra exclusión. Y la perplejidad en que nos sume cualquier vestigio de su existencia, y su simple existencia misma, que puede equivaler en ocasiones, a su presencia. ¿Y aquella piedra tan igual a las otras, no podría ser ella, ser la que canta? Pues que en las piedras ha de estar el canto perdido. ¿Y no podrían ser aquellas, estas piedras cada una o todas, algo así como letras?

Y de acuerdo con Víctor Manuel Pineda:

De las ruinas nace un memorial vivo de la cultura. La relevancia de esta especie de documento encarnado en una piedra radica en que, habiendo superado las pruebas que la historia y la naturaleza le han antepuesto, sobrevive para confesar aquello de lo que ha sido testigo. María Zambrano ubica sus interrogaciones al pasado en el contexto de la relación entre la naturaleza e historia (…) Desnudar el significado de la piedra derruida comprometer a dialogar con las generaciones que las levantaron”.

Según el pensamiento anterior, reflexionar por el pasado tiene como propósito ver en los vestigios de la “arrogancia y la derrota”, manifestación y testimonio de una antigua expresión, metáforas en potencia que aguardan su hora de tomar figura y voz, fantasmas, seres emparentados con las palabras, piedras no escritas que “en medio de la historia escrita aparecen y se borran, se van y se vuelven por muy bien escritas que estén; las palabras sin condena de la revelación, a las que por el aliento del hombre despiertan con vida y sentido”, como reza una expresión de Zambrano.

Palabra primera, germinal e interior, fuente de todas las demás palabras, según la idea platónica, única, desplegada en todas las direcciones, a través de una pluralidad de ideas, cada una de las cuales permanece distinta. La realidad anida, como núcleo secreto y profundo, un pensamiento, una palabra de la que la palabra dicha o escrita es sólo reflejo transitorio y huidizo. La palabra presentida que emerge del interior de todo lo creado, desde el silencio, antes del lenguaje, antes de la historia. Y allí, en esa zona del sentir primordial, tiene su raíz la palabra. La palabra escrita se cosifica y se fosiliza pero algo de su espíritu móvil permanece en ella. Porque “las palabras de verdad y en verdad no se quedan sin más, se encienden y se apagan, se hacen polvo y luego aparecen intactas; revelación, poesía, metafísica, o ellas, simplemente ellas”, dice Zambrano. Es la palabra oculta que orienta nuestros pasos hacia el destino, palabra pensamiento y semilla, palabra misteriosa, germen, palabra que va despertando lentamente a la existencia dramática, la palabra vigilante que nos constituye y nos define, esas “letras de luz”, profecías de libertad.

El hombre con la palabra recupera la experiencia original de la escritura, pasión de lo incierto, desafío de la razón, resistencia a la razón y a las posturas mecánicas y anquilosadas, resistencia a la sequedad del entendimiento.

Son las palabras de la inspiración, lejos de la conciencia como “habitantes del cerco”, de los fosilizadores de la palabra y con ello de la historia, ya que “no hay historia sin palabra, sin palabra escrita, sin palabra entonada o cantada”, y sin música la palabra decae y se hace piedra y no palabra privilegiada, acompañante y cómplice del hombre, otro habitante de su mundo compartido.

Revela Zambrano, entonces, un rompimiento con el antropocentrismo y el narcisismo, ya quebrados por Newton, Darwin y Freud, o sea, la inclusión de los demás seres a nuestra tarea de interpretación, cuando el yo férreo es capaz de trascender hacia los demás y hacia lo demás, ese yo que se separa del sujeto mismo, y se revela, se desdobla, constituyendo una exterioridad que se refleja en los otros. Pero es la cosa convertida en objeto, la piedra inerte, inmóvil y neutra, se torna letra, es decir objeto con valor de uso, función social, cultural y poética, la piedra como metáfora de la condición humana. El objeto así, incorporado al hombre, crea sus propias proyecciones fantasmagóricas o espectrales, superando las ideas de la razón práctica que desembocaron en el juicio del sujeto absoluto.

El yo cartesiano-kantiano se diluye hacia un phatos subjetivista, gracias al extrañamiento, aquella capacidad de identificarse con el yo que crea pero al tiempo saberlo exiliado y así rehusarlo, rechazarlo, sentirlo transitorio, extranjero, fuera de sí mismo. El yo está presente y ausente simultáneamente, lo reconocemos pero debemos extrañarlo a través del distanciamiento necesario. La palabra plasmada, vertida, ya no me pertenece, deja de ser realidad primera para hacerse otra realidad mediante la fascinación, la magia que crea fantasmas y un deseo que convierte la vida en literatura y en filosofía.

Aspiración lograda porque tomamos posición frente al otro, cuya ubicua presencia impregna la esencia de lo real. Alteridad donde, según Todorov, el hombre se capta a sí mismo “desde el punto de vista de los otros”, y no desde su propia conciencia, incapaz de convertirse en sujeto observador y objeto observado al mismo tiempo:



El ser mismo del hombre (exterior como interior) es una comunicación profunda. Ser significa comunicar. Ser significa ser para otro y, a través de él, para sí. El hombre no posee territorio interior soberano, está enteramente y siempre sobre una frontera; al mirar al interior de sí, mira en los ojos del otro, a través de los ojos del otro.



Entendiendo el otro como también lo otro, todos los seres que nos rodean y son susceptibles de ser leídos, es decir, interpretados.

Detrás de la escritura sospechamos al otro, la presencia de otro, lo que hace factible que la realidad se convierta en poesía y ficción de un mundo ajeno y exterior a mí. Dicha ficcionalización o escritura se lleva a cabo a favor de otro, sea sujeto u objeto. Toda escritura debe orientarse en función del otro, sabiendo de antemano que cada uno de nosotros no somos una totalidad cerrada y excluyente, y que alrededor existen mundos diversos como conjuntos íntegros. Acordémonos de las palabras de María Zambrano:

De la soledad, de la angustia, no se sale a la existencia en un acto solitario, sino a la inversa, de la comunidad en que estoy sumergido salgo a mi realidad a través de alguien en quien me veo, en quien siento mi ser. Toda existencia es recibida.



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS



-Bajtín, Mijail. Problemas de poética de Dostoievski, Fondo de Cultura Económica, México, 2003.

-Blanchot, Maurice. El espacio literario, Paidós, Barcelona, 1991.

-Foucault, Michel. Nietzsche, Freud, Marx; Eco, revista de la cultura de occidente, julio de 1969.

-Pineda, Víctor Manuel. Padecer y comprender, ensayos sobre María Zambrano, Verdehalago, México, 2003.

-Todorov, Tvzetan. Nosotros y los otros: reflexión sobre la diversidad humana, Siglo XXI editores, México, 1991.

-Zambrano, María. Claros del Bosque, Seix Barral, Barcelona, 1990.

Filosofía y poesía, Fondo de Cultura Económica, México, 1996.

Lo escrito, Magazín Dominical El Espectador, #591, 28 de agosto de 1994.

martes, 30 de marzo de 2010

ESPAÑA REPARA LA MEMORIA DEL POETA MIGUEL HERNÁNDEZ



Después de 70 años el gobierno español reconoció que era injusta la condena del franquismo al poeta, que fue recluído en prisión con pena de muerte.


En un acto corto y austero, el Ministerio de Justicia español declaró hoy oficialmente la reparación y el reconocimiento personal al poeta español Miguel Hernández. Nacido en Horihuela en 1910, Hernández –llamado el gran epígono de la Generación del 27– fue condenado a muerte en 1940 por sus antecedentes izquierdistas y por la publicación de poesía y textos a los que el Franquismo, en ese entonces imperante en España, calificó de propaganda revolucionaria. La sentencia se conmutó por la reclusión y dos años después, con apenas 32, el poeta de poetas murió en una prisión de Alicante a causa de la tuberculosis y la fiebre tifoidea.


En la declaración, el gobierno español destaca que Hernández fue un “defensor de la libertad y de los valores democráticos en momentos dolorosos de nuestra historia” y agrega que “ingresó injustamente en prisión el 4 de mayo de 1939 y fue condenado a muerte en virtud de una sentencia dictada, sin las debidas garantías por el ilegítimo Consejo de Guerra”. El documento, que concede el gobierno español a quienes padecieron violencia y persecución durante la Guerra Civil y la Dictadura, fue recibido con una ovación por parte del público de la Universidad de Alicante, ciudad que este año celebra el centenario del nacimiento de Hernández.


A la presentación asistieron la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández, los ministros de Justicia y la de Cultura y familiares del poeta. Lucía Izquierdo, su nuera y heredera legal, enfatizó en la necesidad de anular la sentencia de muerte que a 60 años de haberse expedido, continúa vigente. “Que se anule la injusta condena a muerte que está vigente, y pesa como una losa”, solicitó Izquierdo. Por su parte, la vicepresidenta Fernández destacó a Hernández como “un genio artístico que supo levantarse contra generaciones de prejuicios”. Y no es para menos, pues de él provienen poemas tan hondos como Vientos del pueblo me llevan, Nanas de la cebolla y Canción del esposo soldado.

Tomado de Semana

lunes, 8 de marzo de 2010

POEMAS DE GIOCONDA BELLI

-->



Y Dios me hizo mujer

Y Dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos,
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.




Uno no escoge


Uno no escoge el país donde nace;
pero ama el país donde ha nacido.

Uno no escoge el tiempo para venir al mundo;
pero debe dejar huella de su tiempo.

Nadie puede evadir su responsabilidad.

Nadie puede taparse los ojos, los oidos,
enmudecer y cortarse las manos.

Todos tenemos un deber de amor que cumplir,.
una historia que nacer
una meta que alcanzar.

No escogimos el momento para venir al mundo:
Ahora podemos hacer el mundo
en que nacerá y crecerá
la semilla que trajimos con nosotros.




Parto


Me acuerdo
cuando nació mi hija.

Yo era un solo dolor miedoso,
esperando ver salir de entre mis piernas
un sueño de nueve meses
con cara y sexo.



¿Qué sos Nicaragua?

¿Qué sos
sino un triangulito de tierra
perdido en la mitad del mundo?

¿Qué sos
sino un vuelo de pájaros
guardabarrancos
cenzontles
colibríes?

¿Qué sos
sino un ruido de ríos
llevándose las piedras pulidas y brillantes
dejando pisadas de agua por los montes?

¿Qué sos
sino pechos de mujer hechos de tierra,
lisos, puntudos y amenazantes?

¿Qué sos
sino cantar de hojas en árboles gigantes
verdes, enmarañados y llenos de palomas?

¿Qué sos?
sino dolor y polvo y gritos en la tarde,
-"gritos de mujeres, como de parto"-?

¿Qué sos
sino puño crispado y bala en boca?

¿Qué sos, Nicaragua
para dolerme tanto?


Dios dijo

Dios dijo:
Ama a tu prójimo como a ti mismo.
En mi país
el que ama a su prójimo
se juega la vida.



Como tinaja


En los días buenos,
de lluvia,
los días en que nos quisimos
totalmente,
en que nos fuimos abriendo
el uno al otro
como cuevas secretas;
en esos días, amor
en mi cuerpo como tinaja
recogió toda el agua tierna
que derramaste sobre mí
y ahora
en estos días secos
en que tu ausencia duele
y agrieta la piel,
y el agua sale de mis ojos
llena de tu recuerdo
a refrescar la aridez de mi cuerpo
tan vacío y tan lleno de vos.

jueves, 25 de febrero de 2010

EL HOMO LUDENS, DRAMA Y COMEDIA


Por: Gabriel Arturo Castro

I

Carnaval, palabra italiana (carnevale, derivada del latín "carnem le vale", alteración de "carne levare" - suprimir la carne - evoca, a su vez, la expresión latina de idéntico significado "carnes tollendas" relativa al ayuno cuaresmal) con la que originalmente se designaba a las fiestas populares que se celebraran los tres días anteriores al miércoles de ceniza y que consistían en bailes, procesiones y mascaradas que expresaban la alegría y júbilo anterior, previo al retiro ascético de la inminente cuaresma.

Dicha tradición carnavalesca, cuyos antecedentes habría que buscar en la cultura grecolatina (Fiestas de Dionisio en Grecia y las fiestas lupercales que en el mes de febrero celebran los romanos en honor del dios Pan, originario de la Arcadia de Grecia, a quien se le solía representar con barba y pequeños cuernos, dotado también de unas patas de macho cabrío, dios de la vida animal y de la fecundidad, a veces se le confundía con un sátiro), adquiere nuevo vigor en la Edad Media (las llamadas fiestas de locos y del Asno, o las mascaradas de disfraces con pieles de animales, como la del Ciervo) y en el Renacimiento (carnavales de Venecia y Roma).

El carnaval siempre dispuso de un nuevo ordenamiento y constante interrogación de las jerarquías presentes en la sociedad, lo mismo que de sus costumbres y convenciones. Las más sagradas prácticas religiosas o políticas se cuestionaban o ridiculizaban a través de la sátira, la parodia y el juego. La pirámide de los valores quedaba invertida, la creación y la crítica social revelaban la intención del poder, la fantasía concebía alternativas tajantes frente a la disposición de la vida, permitía al hombre relacionarse con la alegría y la experiencia de generaciones pasadas. Era posible una visión desenfadada de la vida, la ruptura de tabúes, la exaltación de los goces de la existencia corporal, del ánimo de existir, la espontaneidad en el comportamiento y en el hablar, por lo tanto el despliegue de un lenguaje sin inhibiciones, el carnaval como un "antisistema", según Eugenio Trías.

Origen y destino se entrelazaban desde la práctica del juego, imaginación y festividad, creatividad y rito de celebración, como lo afirma Octavio Paz en su ensayo Risa y Penitencia, donde subraya la subsistencia en todo rito del elemento lúdico vivificador, lleno de sentido:

La frontera entre lo profano y lo sagrado, coincide con la línea que separa al rito del trabajo, a la risa de la seriedad, a la creación de la tarea productiva. En su origen todos los juegos fueron ritos que obedecían a un ceremonial. El trabajo rompe todos los rituales.

 

Era el tiempo inesperado, alianza de espíritus, explosión de júbilo y de color, el hombre que se reencarnaba sucesivamente, el Eros que bajaba a emprender una revuelta o una subversión en el estado de las cosas. Marcuse señala que si un orden político, ideológico o social impone restricciones al principio del placer, éste se rebela continuamente, pues el Eros se resiste a ser domesticado, luchando por impedir el sometimiento de la imaginación y el juego a los imperativos del rendimiento, la productividad y la eficiencia. Por encima de estos criterios de orden moral y utilitarista, el juego, el carnaval y la fiesta responden a demandas profundas.


En el Homo Ludens, el historiador holandés Johann Huizinga, expuso el postulado del juego como origen de la cultura (considerada por él como la armonización de los valores materiales y espirituales de la sociedad), ya que sus fuerzas esenciales (el mito, la ley, el arte, la religión), hunden sus raíces en el juego. Lo lúdico le da ánimo y significado al hecho creador, lo fundamenta al conectar lo real con lo imaginario, al marcar la densidad del tiempo y hacer del espacio una experiencia sentida, la humanización del mundo. Huizinga da la siguiente definición global de juego:


"Desde el ángulo de la forma podemos definir el juego como una acción libre, experimentada como ficticia y situada fuera de la vida cotidiana, capaz, sin embargo, de absorber totalmente al jugador; una acción desprovista de todo interés material y de toda utilidad; que se realiza en un tiempo y en un espacio expresamente circunscritos, se desarrolla en un orden según reglas establecidas y suscita relaciones de grupos que se rodean voluntariamente de misterio o acentúan con el disfraz su distanciamiento del mundo cotidiano".

La imaginación lúdica no tiene un orden fijo, por el contrario, posee una dinámica y una movilidad que facilita la unión de lo disperso, brindándole cauce, plasmando formas y proyectándose en sustancias o contenidos.
"La imaginación no es la facultad de formar imágenes de la realidad, sino es la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad", escribe Bachelard.

Así, el hombre se reinventa a sí mismo con la fiesta que imagina: la pluralidad, la diferencia, el hallazgo, la evocación, puentes para su emancipación y trascendencia. La fantasía, la conjetura y el sueño, rescatan o reconquistan "la memoria de los tiempos futuros", confluencia de todo lo que hemos perdido y de todo lo que esperamos. Es la lucha contra la somnolencia y el olvido, la pugna entre la máscara y el rostro de la que hablaba Lezama.

Quien no se transmuta se encarcela tras el espejo, no inquieta ni influye, se repite y con el tiempo muere, banalidad del injerto, insustanciabilidad del capricho. Así lo afirma Eugenio Trías:

"La idea de "persona" debería sustituirse por la idea de "máscara" o "disfraz", pues la persona o el yo esconde bajo su aparente unidad una multiplicidad. Bajo el yo indiviso se esconde multitud. Cada uno de nosotros encierra, por tanto, una multitud de máscaras. No hay unidad sino desdoblamientos y travesti".

II

La desaparición o el ocaso de la actitud lúdica ha señalado un debilitamiento de la capacidad de nuestra civilización para la fantasía y la fiesta. Sobre la historia de la aventura espiritual del hombre yace un abismo, la predicción fácil de las acciones, la impotencia para la crítica, la venia ante el poder cada vez más irresistible dentro de una sociedad orientada al éxito y al dinero, arbitrariedad del pensamiento que dividió la política de la imaginación y reprimió la segunda como una actividad improductiva bajo las leyes del mercado, la lógica occidental, la epistemología, la mass media y la cultura capitalista de esta larga época.


Es que la mentalidad planificadora sólo acepta la presencia de lo útil, el rendimiento y el récord, tal como señala Jean Duvignaud:


"El pensamiento de nuestro siglo rehuye lo lúdico, se empeña en establecer una construcción coherente donde se integran todas las formas de la experiencia reconstituidas y reducidas mediante sus categorías. Se ha emprendido un enorme esfuerzo por escamotear el azar, lo inopinado, lo discontinuo y el juego. La función, la estructura, la institución, el discurso crítico de la semiología sólo tratan de eliminar lo que les aterra".

Antes el realismo cartesiano había identificado la imaginación con maleables fantasías. Pascal la llamó la amante del mundo, engaño del hombre, error y duplicidad, "este soberbio poder, el enemigo de la razón".

Años después, Sartre, escribiría que la imaginación pertenece al campo irreflexivo, el lugar donde no es comunicable el pensamiento. Los objetos son para Sartre seres irreales que escapan a las leyes del mundo y a toda medida del mundo, magia, decía el filósofo francés, creencia, vacío, no ser, ausencia, desequilibrio, fetiche, antimundo. Semejante postura, llamada por Peña Vial como "primitivo enfoque respecto a la imaginación", sin embargo, tras su fondo de fobia y fijación ideológica, y sin proponérselo, le concede a la actividad imaginaria los elementos para ahondar radicalmente en lo real y decirnos lo primordial, el origen de las cosas, el cauce, la comunión muy lejos de la evasión y la huida, más allá del caos y la dispersión.


La imaginación ilumina la realidad, no la sustituye, ya que siendo una labor creadora intenta determinar ese espacio "concentrado en el corazón de las cosas", inventando, según Bachelard, "una nueva vida, un espíritu nuevo, un nuevo tipo de visión".

III

La imaginación y la ficción deben en la práctica modificar al hombre a través del poder espiritual y cognitivo de la palabra, por medio de su eficacia de liberación. Lo lúdico, la disposición alegre, el modo festivo y carnavalesco de la expresión creadora tiene su lugar en la desmitificación del pensamiento y acciones humanas.


La creación aquí rompe las convenciones y las normas que reprimen toda manifestación y celebración del Eros, de la vida libre. E igual, su elemento de exceso, lo orgiástico, pone de manifiesto los contrastes de la existencia, la crítica de los acontecimientos que la hacen posible.


Se desmitifica lo que antes se había mitificado por medio de la domesticación de las ideas: héroes, juicios, acontecimientos históricos, pintorescas figuras atadas al poder, producto de la inercia y del temor humano y que son transformadas por la fuerza liberadora del elemento lúdico.

Lo carnavalesco, por ejemplo, desde la literatura universal se da en Aristófanes como la articulación de una comicidad genuina que da cuerpo a su vez a una abstracción crítica. Las Ranas presenta a un débil Dionisio, fanfarrón, dispuesto siempre a acudir donde oiga hablar de banquetes y danzarinas, pero tembloroso ante los seres del Infierno. Y qué decir de la fuerza humorística de Francois Rabelais, su prodigioso dominio del lenguaje, la sátira con aires grotescos anclados en la farsa medieval, la cual cuestionaba el comportamiento eclesiástico, la cultura pedante y la hipocresía social. La sociedad era su objeto de parodia y travestí, motivo de la inversión carnavalesca, ya que ninguna costumbre quedaba libre del ridículo. Los vicios, las tonterías, las estupideces y las injusticias se presentaban para ridiculizarlas y despreciarlas, mezcla de risa e indignación.

La escritura carnavalesca podía burlarse de las leyes, de los políticos, de los asuntos del Estado, de los mediocres, de la seriedad de los hombres y las instituciones, la rigidez y la jerarquía. La risa puede más que la ira, decía Nietzsche.

Lo lúdico y lo festivo poseían la capacidad de subversión de valores y categorías. Incorporaban la blasfemia, la obscenidad, la ensoñación, la realidad trastocada y disfrazada. Recordemos la sexualidad satírica en el episodio de Circe del Ulises de Joyce; los relatos de Swift que desinflan, a los héroes, a los impostores y habladores, e igualan a los hombres humillando a los poderosos; el mundo real cuestionado, volcado cabeza abajo en Alicia en el País de las Maravillas y el gusto de Carroll por la paradoja y el absurdo, inspiración, locura y crueldad con los convencionalismos, prejuicios y tradiciones de la sociedad, intención que también podemos encontrar en La Verdadera Historia de Luciano, La Granja de los Animales de George Orwell; El Tambor de Hojalata o Años de Perro, novelas de Gunter Grass y su empecinado modo del vivir contemporáneo.


Lo grotesco realizada una interrogación a la pretendida racionalidad, armonía y orden de las relaciones sociales en determinadas circunstancias históricas; la parodia enjuiciaba el código de valores ideológicos y estéticos de la sociedad mediante la imitación irónica o burlesca de personajes, afirmando su propia visión del mundo, una nueva estética y un nuevo lenguaje; y el absurdo, el cual fue un concepto clave de la filosofía existencialista, de orden metafísico y moral (Dostoievski, Kafka), o de ruptura de convenciones tradicionales, juego de escarnio que delata las dificultades insalvables de la comunicación (Ionesco, Beckett), herederos de la tradición de Alfred Jarry (Ubú Rey) y su aspecto caricaturesco y de farsa en sus personajes, del onirismo surrealista, de la concepción de Artaud (el efecto repulsivo del espectáculo teatral), de la novela de Kafka, Joyce y Carroll, y del absurdo satírico de Max Frish, Arthur Adamov o del teatro socialmente combativo de Jean Genet. Hoy existen motivos para decir que el talante festivo, lo lúdico, lo carnavalesco y sus dimensiones han quedado restringidas y empobrecidas "en las márgenes de una cultura todavía gregaria, alimentada de la ilusión de identidades y personalismos".

La crítica, la sátira, la sublevación de la palabra, dan paso a la conformidad del creador o a la represión de sus facultades imaginativas y reflexivas. Sólo importa la sobrevivencia, la rutina, el acomodo a las circunstancias, la servidumbre utilitaria, la mirada común que el poder impone, su orden instrumental, sus programas, su tiempo oficial, su administración, su coacción de la necesidad, su "plan de campaña dirigido contra todo lo que queda de taciturno en la existencia".


------------------------------
Gabriel Arturo Castro, poeta, ensayista y crítico literario, ganador de varios premios nacionales de literatura, es una de las voces jóvenes de la poesía colombiana que poco a poco ha ido ganando espacio en el panorama nacional.

La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee.

  Tomado de Kalewche.com La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee El breve ensayo que compartimos a continuación, y que puede leers...