lunes, 27 de agosto de 2018


Este texto fue publicado en el Magazin de Vanguardia, de Bucaramanga, en 2005 (no estoy seguro de la fecha, pero existe el archivo del hoy inexistente Magazin). Las ideas centrales se pueden sostener después del tiempo transcurrido, algunas otras se pueden revisar, pero en general, la idea básica persiste. 

SANTANDER,

SIGNOS DE UNA CULTURA AUTISTA*
                                               
Una ciudad es un lugar de conversación.
M. A.K. Halliday

Vivimos ensimismados, como esos adolescentes taciturnos…
Octavio Paz

Por Julio César Correa
 
Una crítica negativa en torno a lo nuestro, a nuestro quehacer cultural es necesaria. Por ahora, no ha habido ni crítica ni manifestaciones culturales que sobrepasen la esquina de la parroquia. La mayoría de las cosas que hacemos son tan candorosamente caseras, tan escasamente abiertas al mundo que sólo nos queda la autoflagelación como única salida. Hemos permanecidos encerrados, atrapados en una suerte de duermevela que nos ha convertido en espectadores pasivos de esa función que se lleva a cabo en el resto del país.

La crítica que se hace desde estas líneas no pretende desconocer el hecho cultural de lo santandereano, sus realizaciones, mitos y leyendas. Pero, en cambio, sí se propone revisar algunas expresiones, propias de toda cultura, en las que los santandereanos hemos sido más bien escasos. Me refiero a la presencia activa de nuestros escritores, poetas y filósofos en el concierto nacional. Incluso, a la presencia de una clase dirigente capaz de señalar rumbos y derroteros, a una clase empresarial que haga aportes y ancle señales importantes, en cuanto a los destinos económicos del país. En este sentido, si algo nos caracteriza es precisamente la ausencia y la incapacidad de nuestros intelectuales y dirigentes para contribuir y participar creativa y constructivamente en las distintas manifestaciones que una cultura viva debe hacer necesariamente. El dictamen final dirá que nos hemos conformado con muy poco, que no hemos sabido ser protagonistas y que hemos dejado que otras sub-culturas lo hagan a su manera y con suficiencia.

***
La tesis central que quisiera discutir nos presenta como autistas simbólicos; sufrimos de un autismo cultural profundo; hemos cerrado los oídos y los ojos ante las manifestaciones espirituales que otras culturas, en un país de regiones como el nuestro, realizan y llevan a cabo con frecuencia. Tapamos nuestros oídos ante “los cantos de sirena”, es cierto; pero no los hemos vuelto a destapar, por olvido, por incapacidad o porque en adelante hemos confundido los sonidos con los ruidos, o porque ya no podemos distinguir entre los nobles sonidos, propios de la música y los ruidos neuróticos que se producen en un taller de mecánica.

Más que individualistas, los santandereanos, en particular los bumangueses, somos autistas simbólicos. Nos hemos negado a dialogar con las otras culturas. Pareciera que apenas si podemos escucharnos a nosotros mismos. Una forma de expresar ese hecho tiene que ver con las escasas y casi inexistentes figuras y movimientos culturales de la región. La ausencia notoria de nombres a nivel nacional que canalicen y simbolicen de alguna manera el diálogo con las otras formas de ser colombianos, con las otras formas de ser latinoamericanos o de ser occidentales, nos convierte en una cultura replegada, enconchada, incapaz de abrirse al mundo y al flujo de información actual, al contacto con los otros; esa manera de desconectarnos del resto del mundo, de ausentarnos de la vida “cultural”, política y económica del país, nos convierte en autistas. Por lo mismo es necesario cuestionar los tiempos presentes que se niegan a marchar a tono con el tiempo de otras latitudes. Somos autistas simbólicos.

Como se sabe

“El niño autista es incapaz de utilizar el lenguaje con sentido o de procesar la información que recibe del medio. Cerca de la mitad de los niños autistas son mudos, y aquellos que hablan, por lo general sólo repiten de forma mecánica lo que escuchan. El término autismo se refiere a su expresión ausente o perdida, aunque la connotación de alejamiento voluntario es inapropiada.”[1]



De este hecho se desprenden otras consideraciones. Veamos. La ausencia de figuras y movimientos culturales que expresen la región y la cultura santandereana nos muestra como un departamento ¿sin mucho qué decir?, aislados, envueltos en esa penumbra que oculta y muestra a la vez una ciudad y un pueblo que se ha ido adormeciendo entre las circunstancias transitorias en que se mueve la época presente. Ausencia que se acentúa cuando se recorre el país y en los distintos eventos en los que se promueven las actividades “culturales” de cada región, Santander no aparece o si lo hace es dejando esa imagen menor, escasa y pobre, como si la obligación de pensar, crear o hacer economía fuera sólo de los departamentos “fuertes”. Se salvan por sus méritos y realizaciones lo que se hace a nivel de la música folclórica y la plástica. En ciencias es muy poco lo que se puede enumerar, salvo lo que se hace en la UIS.

Nos hemos marginado, nos hemos ausentado, creyendo efectivamente que somos periferia y que por lo mismo es poco probable que nos escuchen en otros lados. Esa automarginación, imagen en la que nos complacemos de manera masoquista, redobla la condición de periferia. Marginados del quehacer “cultural” del país, miramos el mundo con ese aire de ensimismamiento, de desinterés por lo que ocurre más allá de las cercas de nuestra vereda. La idea de un centro estático y jerárquico nos ha obligado a asumir la condición eterna de los que viven esperando limosnas, que de otras partes nos dejen algo para seguir “sobreviviendo”, como si de veras hubiéramos introyectado esa condición de “hermanos menores” resentidos porque estamos convencidos de que los padres le dejan la mejor parte al “hermano mayor”. Por eso “pataleamos”, nos quejamos, anteponemos las excusas y justificaciones a la posibilidad de llevar a cabo metas y propósitos. Y como no hacemos nada, no podemos tampoco permitir que otros hagan y menos si esos que hacen son de nuestra misma condición. Esta es quizás la dialéctica que ha perdurado por años en la región y que ha imposibilitado cualquier empresa, cultural o económica. Una suerte de antropofagia es la que campea en nuestro medio cuando de hacer arte, ciencia, economía o filosofía se trata.

Si bien es cierto que las expresiones de la cultura no se reducen a la literatura, la música o el arte, también es cierto que su mayor o menor presencia en el panorama del país resulta sintomática. ¿Por qué razón un departamento como Santander no produce escritores, filósofos o poetas? ¿Será que nuestro destino está trazado por la condición natural de sus montañas? ¿Somos tan áridos en lo creativo como en la posibilidad de ser realmente emprendedores? La ausencia notoria de figuras y nombres en el panorama colombiano habla de lo que somos. La ausencia de movimientos “culturales” fuertes, con capacidad para trascender los límites de lo regional y de paso estimular e impulsar dichas actividades al interior de la región es una realidad. Por ejemplo, en poesía no podemos hablar de una generación precedente con la cual poder, al menos, disentir. No hay y no tenemos hitos a los cuales emular o superar. La nuestra, ya lo dijo J.G. Codo Borda, refiriéndose a la tradición poética del país, es “la tradición de la pobreza”. Lo mismo puede estar ocurriendo en otros aspectos. Sin ir demasiado lejos, la narrativa, el teatro, la filosofía, la ciencia, etc. Sin embargo, es bueno decir que la narrativa ha contado con un poco de más suerte.

¿Cuáles son las razones que hacen posible la ausencia de figuras de renombre nacional y de movimientos culturales fuertes en el panorama nacional? Son muchas, es cierto. Pero, quiero destacar una sola. Esta razón tiene que ver con un profundo analfabetismo antropológico (llámese parroquialismo o provincianismo). No sabemos leer los signos de la época y, por lo mismo, permanecemos excluidos de esa realidad que surge como texto. No sabemos leer la realidad del país y carecemos de elementos de juicio para interpretar (leer) nuestro entorno, el local en relación con los demás. Pero, además, creo que este analfabetismo antropológico se extiende a las formas más elementales del analfabetismo tradicional: sencillamente no sabemos leer ni realidades ni textos escritos. Habría que decir, en consecuencia, aunque parezca una verdad de perogrullo, que nadie puede aspirar a ser escritor, filósofo o poeta si no media para ello la lectura. La lectura en uno de sus aspectos hace referencia a la capacidad para entrar en contacto con las ideas ajenas y propias, a la capacidad para deponer las ideas propias, para enriquecerlas, para poner en cuestión y crisis eso que se cree saber. Leer en este sentido es abrirse al mundo, a los demás, a los otros, a las ideas más alejadas y extrañas a nuestra condición personal y cultural. Pero, por eso mismo, es la capacidad para poder entender y comprender que existen otros pueblos y otras culturas que nos pueden aportar, que pueden ayudarnos a construir nuestras propias ideas.

Esta misma incapacidad para leer (y no solo textos escritos) hace referencia a un notorio desinterés por la expresión simbólica de los sujetos humanos; expresión que cifra su razón de ser en actividades cuyo carácter es lo no utilitario, como la literatura, la poesía o el teatro. Significa, además, que hemos preferido sumirnos en actividades puramente productivas, utilitarias; esas que nos muestran como medianos comerciantes, sujetos pragmáticos, regidos por una visión mundana, pero demasiado pegada al suelo, eludiendo el aire y las alturas; evitando mirar hacia el cenit, quizás por miedo o por incapacidad; quizás por negligencia o por ceguera espiritual.

Nos sustraemos del contexto nacional y latinoamericano para “ausentarnos” de las manifestaciones naturales del espíritu. Nos extraviamos entre los propios aturdimientos, cognitivos y emocionales, aparentando tener los ojos abiertos al mundo, aparentando estar presentes cuando en realidad divagamos en imágenes y pensamientos tan personales que se tornan laberínticos; extraviados, perdidos, nos autocomplacemos en esos movimientos mecánicos y repetitivos; nos volcamos hacia dentro, sin mirar ni expresar nada, apenas estando, mientras el mundo y la historia se siguen construyendo. Alguien debiera compadecerse y, por lo mismo, debiera contarnos todo lo que pasa allá afuera, mientras nos ausentamos, mientras nos retiramos del mundo, mientras huimos hacia nosotros mismos, sin poder encontrarnos, sin poder reconocernos porque los espejos en los que nos miramos se niegan así mismo a mostrar sus reflejos. Son espejos sin lunas, sin reflejos. Como ocurre con los vampiros y los esquizofrénicos, no reconocemos esas imágenes que se proyectan en los espejos, aunque sean nuestras propias imágenes.

Como autistas, igualmente, nos importa poco el mundo real, lo que pueda suceder fuera de las fronteras de nuestra parroquia. Nos sumergimos en eso que Savater, citando a un amigo suyo, llama “El dogma de la pura mierda”[2] (que dice así: de aquí para allá, todo pura maravilla; de allá para acá, todo pura mierda. Y a vivir, que son dos días), dogma que nos obliga a perdernos entre los límites de la aldea. Lo demás “nos importa un culo”. Y nos importa poco porque desconocemos o no sabemos que es importante participar de manera activa en las decisiones que se puedan tomar en torno al destino de un país como el nuestro. Preferimos la molicie cómoda que nos empuja a permanecer callados, mirándonos sin mirar, agitando la cabeza y las manos, postrados en alguna esquina de la casa, sin sentir siquiera la compasión de los padres, sin percibir que nos miran con algo de tristeza, con algo de burla, con algo de fastidio y de incomodidad.

Al autista no le importa la lectura del mundo físico, mucho menos la del mundo simbólico. ¿Pero es porque el autista simbólico no sabe leer? ¿O por que no le importa leer? Son las dos cosas, seguramente. Para leer el mundo simbólico hay que saber leer primero el mundo natural. Y como no leemos, como no incorporamos el mundo de los otros al nuestro, pues no podemos construir nuestra propia subjetividad. Esta la dejamos en manos de los padres, quienes de buena fe y buena voluntad intentarán hacernos repetir el nombre y las señas de la casa, y el teléfono para al menos saber llegar cuando nos perdamos, cuando no podamos identificar el lugar donde nos sorprendamos de repente, aunque estemos en algún rincón de la casa, aunque estemos en alguna parte de nuestra mente, divagando, perdidos, alejados de todo lo vital y de todo lo importante, por física incapacidad. “Alo largo de toda lectura dejamos de ser únicos, solitarios gérmenes del universo.”[3]

Una manera de reflejar esa incapacidad para “leer” el mundo y a los otros, es la inexistencia de Librerías (con mayúscula) en la ciudad. Hay que diferenciar entre una librería y una venta de libros; en Bucaramanga hay ventas de libros; pero, librerías, muy pocas; diría que ninguna. Las librerías son atendidas por libreros; las ventas de libros por pequeños comerciantes o por personas que de libros saben muy poco. Las librerías tienen tradición; las ventas de libros surgen ocasionalmente y de igual manera desaparecen. Una buena librería es eso que intentó hacer la Tienda de libros Tres Culturas, donde además de vender libros, se hacían exposiciones de arte, se invitaban escritores a sus tertulias, se abría el café para el encuentro, para la conversación. Hoy, si comparamos el número de librerías con el de centros universitarios (¿Universidades?), podemos decir que existe una notoria escasez de librerías. No leemos el mundo. Nos importa poco lo que pueda pasar en las estancias más cercanas, incluso en las propias.

Hemos crecido de espaldas a “la cultura”, del mundo simbólico, a la manera de los autistas; eso al menos pareciera decir el presente que vivimos. Hemos evitado con persistencia, y lo hemos conseguido, entrar en contacto con las ideas y formas de pensamiento distintas a las nuestras; hemos evitado incorporar las ideas y la cultura de otros pueblos y de otras regiones a la propia. Nos negamos a leer y a leernos. Somos una cultura ágrafa, muda y alexitímica. Destinados a estar tirados en algún rincón de la casa, repitiendo un pasado que ya no es, que se fue de nuestros destinos, pero al que pretendemos aferrarnos casi por inercia, escuchamos voces lejanas que apenas reconocemos como propias. Somos esos personajes becketianos, esos marginales que van por las calles de las ciudades hablando en voz alta para sí mismos, para nadie más. Somos esos charloteadotes, esos soliloquiadores que levantan la voz, incapaces de escuchar a los otros monologantes. Como sordos culturales nos aferramos a las premisas de una historia contada desde la atalaya de los vencedores; nos movemos irracionalmente, de manera mecánica, casi neurótica sobre los andenes de la ciudad; allí, en medio de la bisutería que se vende agitamos pañuelos blancos en señal de auxilio; pero los demás creen que bailamos un aire de nuestro folclor cuando lo que hacemos es pedir auxilio porque ¿nos sabemos perdidos?, porque el naufragio es inminente, porque las esquinas son esos lugares donde se paran los náufragos a enviar señales de ayuda.

“Pero lo que nos interesa aquí es que Orfeo – que pasó a la posteridad patriarcal como el héroe –víctima y músico supremo, venerado por poeta y músicos como Rilke y Glück, que se identificaban sin duda con su fascinante voz todopoderosa- es en verdad quien provoca la tragedia. En efecto, ésta se desencadena por su incapacidad para escuchar al otro, que va pareja con su necesidad exasperada y exasperante de escucharse narcisísticamente sólo a sí mismo, y de ser escuchado a costa del silenciamiento ajeno. El mito órfico es entonces también la representación de un monólogo delirante que, pretextando amor, desplaza al interlocutor y lo reduce a la nada de un silencio infernal.” [4]

Replicamos al interior de nuestra cultura ese mismo hecho trágico; cada uno de nosotros repite y vivencia a su vez el mito órfico. Como monologantes, como seres solitarios, arrojados en el mundo, incapaces de escuchar a los otros, pero buscando acallar las palabras y el lenguaje de los otros porque necesitamos escucharnos sólo a nosotros mismos de manera Narcisa. Esa quizás sea nuestra tragedia.  La mejor manera de simbolizar este hecho es la ausencia de tertuliaderos, de esos lugares públicos donde van los ciudadanos y se sientan en torno a un café a conversar, a escucharse mutuamente, a contar sus pequeñeces y sus grandezas. En Bucaramanga, como buenos autistas, no hay cafés para la conversación*. Quizás porque pensamos que conversar es perder el tiempo, es ocioso. Mientras en otras regiones, como la paisa, la tertulia y el conversar son un eximio placer, aquí, entre nosotros, no es más que un mal negocio.

“Cuando se mediatiza al lenguaje, cuando se lo considera sólo una mediación para otra mediación –porque la comunicación se pone al servicio del marketing, el marketing del dinero y así sucesiva e indefinidamente - nos olvidamos de que el lenguaje es ante todo un placer, un placer sagrado; una forma, acaso la más elevada, de amor y conocimiento.”[5]

Este hecho, un tanto trivial, corrobora, de alguna manera, la hipótesis que pretendo defender aquí, la de nuestra cultura como eminentemente autista. Si algo caracteriza, y lo ha hecho durante mucho tiempo, a nuestra idiosincrasia es la incapacidad para la conversación. El centro de la ciudad, como lugar de encuentro, carece de lugares para ello. No hay cafés donde se posibilite el deleite verbal, donde se le dé cabida a la conversación gratuita, a la despreocupación por el tiempo y lo productivo. Conversar, si bien no es exactamente un diálogo, sí es mucho más placentera, más gratuita e inútil, en el sentido estético del término, que el diálogo. La conversación implica escucharse y escuchar, significa escucharnos; a veces, en medio de esa acción social de reconocimiento, la conversación se aleja del respeto por los turnos de habla e incurre en los llamados encabalgamientos. Pero, aún así, la conversación tiene un efecto terapéutico y simbólico: reduce el estrés, suaviza el temperamento, nos hace mucho más felices, pues sabemos que nos reconocen, que nos aceptan, que hacemos parte de un grupo social al que retornamos eso mismo que hemos tomado. Y los santandereanos, en especial, los bumangueses, carecemos de oído para escuchar y de lengua para hablar. A lo mejor pensamos que usar las palabras puede producir algún gasto lingüístico. 
                                                        
¿En esa misma medida -hay que preguntarlo- nos negamos al placer? ¿Renunciamos al principio del placer para darle paso al principio de realidad? Todo pareciera indicar que la tendencia hacia lo gratuito, hacia el arte y la literatura, es menos propicia para el temperamento santandereano; todo parece indicar que nos importa más “el trabajo”, el cumplimiento del deber, de las normas y de las reglas. Le huimos al ocio, al uso de la fantasía, a la imaginación; le huimos al placer, al principio del placer. La austeridad libidinal es parte de lo que somos. De allí que, envueltos en esa incapacidad para expresar emociones, prefiramos esa otra imagen equívoca de “machistas”. Áridos y ariscos como las montañas de nuestra región, renunciamos a las emociones porque las consideramos femeninas, pura sensiblería, asunto de mujeres.

Por eso, permanecemos indiferentes, insensibles ante el acontecer del país: ni en lo político ni en lo económico, y mucho menos en lo “cultural”, hacemos presencia efectiva. Pareciera que eludimos el ingreso a ese mundo opaco y huidizo de los símbolos; nos atemoriza el riesgo de la fantasía, trepar las cimas más elevadas de la imaginación. Tierra árida y poco fértil para el escarceo poético, para la especulación filosófica, es la nuestra. Hundimos, en cambio, los pasos en las arenas movedizas del negocio; nos consolamos con el mediano comercio, con ser buenos tenderos y malos especuladores. Esa filosofía de tenderos es lo que mejor nos ubica en relación con los demás. Obnubilados por la leyenda rosa de un pasado apenas reconocido, regamos con gasolina las flores en el jardín de nuestros mejores días.

Crecer hacia dentro no es que sea del todo malo; lo malo aquí es que ese crecimiento endógeno es apenas una manera de negarse a crecer. Como en el personaje del libro de Günter Grass (existe una película), El tambor de hojalata, hemos optado por quedarnos pequeños, por asumir la minoría de edad como una condición natural. Hemos tenido un miedo histórico a la adultez, pues pensar por cuenta propia conlleva toda clase de riesgos y responsabilidades éticas que hemos preferido que otros lo hagan por nosotros; hemos optado, como diría Kant, por la comodidad de la minoría de edad.

Cierro estas líneas con dos citas. Un fragmento del psicólogo colombiano Rubén Ardila (de Zapatoca, entiendo), que en las conclusiones de su estudio hace referencia a la subcultura santandereana (Neo-hispánica), y con otra de Jean Piaget. Ardila dice lo siguiente:

“Parece ser que este es el grupo con una educación más rígida, con mayores tabús y con un sistema más estricto de crianza. No existen muchos premios y sí por el contrario numerosos castigos. La infancia del niño santandereano parece ser bastante difícil, por los patrones culturales jerárquicos y patriarcales.”[6]

Todo parece indicar que en las pautas de crianza se cifra mucho lo que será nuestro porvenir, no solo como adultos sino como cultura. Y que, en ellas, sin ser un determinismo, está eso que decimos ser los santandereanos. El estudio del profesor Ardila muestra, por ejemplo, que los santandereanos somos menos dados a jugar con nuestros hijos, somos menos cálidos y afectuosos, comparados con otros subgrupos. Como se sabe, el juego es una acción y un comportamiento importante no solo por la connotación simbólica que posee (ver Piaget, Vigotsky, Wallon, etc.), por el carácter lúdico, de encuentro y de reconocimiento, sino por su contribución a la formación de un equilibrio afectivo e intelectual.

“Resulta, por tanto indispensable a su equilibrio afectivo e intelectual que pueda disponer de un sector de actividad cuya motivación no sea la adaptación a lo real, sino, por el contrario, la asimilación  de lo real al yo, sin coacciones ni sanciones: tal es el juego, que transforma lo real, por asimilación más o menos pura, a las necesidades del yo, mientras que la imitación es acomodación más o menos pura  a los modelos exteriores, y la inteligencia es equilibrio entre la asimilación y la acomodación.”[7]

Por último, es necesario decir que este texto no es más que una hipótesis que tiene el propósito de encontrarnos, reconocernos, en medio de un país singular como Colombia; no es más que una provocación y una forma de sentar unas cuantas ideas en torno a lo que hacemos, envueltos todavía en ese olor característico de lo anodino y de lo intrascendente. Por lo mismo, es necesario que nos miremos en los espejos de la realidad inmediata y nos reconozcamos como una cultura ausente.





* Julio César Correa Díaz. Poeta y dibujante. Docente de Habilidades Comunicativas de la Universidad Católica de Manizales.

* Desde hace algunos años han venido apareciendo algunos sitios que quizás rompan con esa manera de negarnos a conversar; me refiero a los Cafés estilo Café-converso. Cosa positiva. Pero, quiérase o no, son elitistas. Los cafés populares no existen.



NOTAS

[1] Enciclopedia Microsoft® Encarta® 2002. © 1993-2001 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
[2] SAVATER, Fernando. La piedad apasionada. Ediciones Sígueme- Salamanca 1977. Salamanca, España. 1977. Pág. 63
[3] ZAMBRANO LEAL, Armando. La mirad del sujeto educable. Segunda edición. Nueva Biblioteca pedagógica. Santiago de Cali. 2000. Pág. 18
[4] BORDELOIS, Ivonne. La palabra amenazada. Libros del Zorzal. Segunda Edición. Buenos Aires, Argentina. 2003.

[5] Ibíd. Pág. 11-12
6          ARDILA, Rubén. Psicología del hombre colombiano. Editorial Plantea. Bogotá, Colombia, 1985. Pág. 167
7         PIAGET, J. e INHELDER, B. Psicología.  Del niño. Ediciones Morata. Undécima Edición. Madrid, 1982. Pág. 65


BIBLIOGRAFÍA

1. Enciclopedia Microsoft® Encarta® 2002. © 1993-2001 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
2. SAVATER, Fernando. La piedad apasionada. Ediciones Sígueme- Salamanca 1977. Salamanca, España. 1977.
3. ZAMBRANO LEAL, Armando. La mirad del sujeto educable. La pedagogía y la cuestión del otro. Segunda edición. Nueva Biblioteca pedagógica. Santiago de Cali. 2000.
4. BORDELOIS, Ivonne. La palabra amenazada. Libros del Zorzal. Segunda Edición. Buenos Aires, Argentina. 2003.
5. ARDILA, Rubén. Psicología del hombre colombiano. Cultura y comportamiento social. Editorial Plantea. Bogotá, Colombia, 1985.
6. PIAGET, J. e INHELDER, B. Psicología del niño. Ediciones Morata. Undécima Edición. Madrid, 1982.













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