lunes, 7 de mayo de 2007

UNA CULTURA POETIZADA


Foto de Julio César Correa/15


Por ANTONIO ACEVEDO LINARES *
 
Richard Rorty hace una defensa de las instituciones y la cultura de una sociedad liberal fundada por un léxico de la reflexión moral y política. Piensa que el léxico del racionalismo ilustrado se ha convertido en un obstáculo para la preservación y el progreso de las sociedades democráticas, y hace la fundamentación de un ideal en el sentido de construir una cultura del liberalismo como una cultura ilustrada y secular dentro de una concepción que se ajuste a una organización política liberal y fundamenta la libertad como un reconocimiento y afirma que ese reconocimiento es la principal virtud de los miembros de una sociedad liberal y que la cultura de esa sociedad debería tener como objetivo curarnos de nuestra " profunda necesidad metafísica”.


La cultura liberal, afirma Rorty, (Contingencia, ironía y solidaridad. Paidos, 1991) necesita de una mejor descripción antes que de un conjunto de fundamentos. La idea de una cultura liberal de fundamentos, fue el resultado del cientificismo de la Ilustración. El pensamiento liberal del siglo XVIII, intentó asociarse con el desarrollo cultural más ilustrado su época, a saber, las ciencias naturales. La ilustración, sacralizó parte de su retórica alrededor de la figura del científico como un mensajero de Dios que lograba ponerse en contacto con las verdades no terrenales. La búsqueda de un estatuto intenta encontrarlo Rorty en la literatura y la política. Un estatuto para la sociedad liberal en donde la cultura puede ser en su conjunto “poetizada”. Una organización política liberal estaría constituida para Rorty por el poeta y el revolucionario como el ideal cultural a la que esa sociedad debe aspirar, y no definirse por el guerrero o sacerdote. Una cultura así definida se deslindaría del léxico de la ilustración. Una sociedad liberal tiene sus héroes en el poeta y el revolucionario en tanto que son la conciencia de la sociedad y están en contra de todo aquello que no defina un reconocimiento de la sociedad en sí misma.


Los ideales de la sociedad liberal se pueda alcanzar, afirma Rorty, por una vía distinta de la fuerza como la persuasión, antes que por la revolución por la reformas, mediante un enfrentamiento libre y abierto de las prácticas lingüísticas o de otra naturaleza. El propósito de la sociedad liberal es la libertad, ver los diferentes enfrentamientos y aceptar los resultados. No tiene más propósito que hacerles la vida fácil a los poetas y a los revolucionarios que se reconocen en ella, mientras ellos asumen la conciencia crítica de la sociedad haciendo la vida más difícil para ella. La palabra sería el arma del poeta. La utopía liberal de Rorty está concebida con individuos que perciban la contingencia de su lenguaje de deliberación moral y de su conciencia y de su comunidad. La comunidad estética pensada por Rorty tiene como fundamento un reconocimiento del otro a través de la conversación. Un diálogo estético donde el hombre se reconoce y se afirma. En Rorty no es importante la búsqueda de los fundamentos últimos de la cultura como era concebido por los ideales de la ilustración sino en su conjunto poetizar la cultura en el sentido de buscar un léxico que la describa de acuerdo a los referentes históricos y que gire entorno a las nociones de metáforas y de la creación de sí mismo y no entorno a las nociones de verdad, racionalidad y obligación moral. Una cultura poetizada reconocería su carácter de contingencia frente a cualquier pretensión de universalidad o absolutismo. Una cultura poetizada es la cultura que ha renunciado al intento de unificar las formas privadas de la producción de las fantasías para hacerlas extensivas al resto de la sociedad y no está fundada sobre presupuestos de divinidad sino en un cambio de léxico antes que de un cambio de creencias.

 
 

El ciudadano de este estado liberal en Rorty concibe el lenguaje, la conciencia y la moralidad como productos contingentes, como metáforas que alguna vez fueron creadas de manera accidental. El ciudadano ideal estaría representado por el poeta y el revolucionario utópico y no por los individuos que han fundado una verdad eterna para el mundo o la humanidad. El ciudadano ideal sería el "ironista liberal "que tiene conciencia de su propia contingencia y que reconoce la imposibilidad de elevarse por encima del lenguaje, de las instituciones y de las prácticas del momento histórico en que vive y que concilian el compromiso de ese momento histórico con la contingencia de su propio compromiso. 


El terminó ironista, afirma Rorty, hace referencia al individuo que reconoce la contingencia de sus creencias y deseos. Ese ironismo pretende Rorty que sea universal y llama ironista al individuo que tenga dudas radicales y permanente con respecto al léxico que utiliza, cuando advierte que un argumento formulado con su léxico no elimina las dudas, y cuando su léxico no se haya más cerca de la realidad que los otros. El ironista concibe los léxicos como hallazgos poéticos antes que como resultado de una investigación. En esta ideal sociedad liberal, el intelectual sería un ironista que haría parte de una cultura liberal ironista.

 


La sociedad liberal en Rorty se funda en presupuestos no " racionalistas " o "universalistas ", esto es, se hace necesario una redescripción del liberalismo que no pretenda definirse como " racional " o " científicos " sino que sea posible abrirse a las diferentes fantasías individuales en un reconocimiento a la propia contingencia de la sociedad liberal que se reconoce como un intento de organización social del pasado y con las formas que organización social utópicas del futuro. En la sociedad liberal de una cultura poetizada la solidaridad humana es un fin por alcanzar, no por medio de la investigación sino por medio de la imaginación, con la facultad de ver los otros individuos extraños como compañeros de viaje en el sufrimiento. La sociedad liberal no descubre la solidaridad, la crea, por medio de la reflexión. Por solidaridad humana entiende Rorty, ese algo que hay en cada uno de nosotros, una humanidad esencial que resuena en otros seres humanos. Esa noción de solidaridad define lo que es un ser humano completo, íntegro. Rorty afirma la solidaridad como una obligación moral que debemos sentir por el otro como un reconocimiento de que la humanidad nos es algo en común en tanto que el otro es también uno de nosotros por el que hay que sentir ese sentimiento de solidaridad humana. 


Ahora, una cultura liberal poetizada está fundada, desde la perspectiva rortyana, con un sentido de contingencia, ironía y solidaridad. Nietzsche, Freud, Wittgenstein han contribuido a que la sociedad se reconozca a sí misma como una contingencia histórica, afirmar Rorty. La ironía en el ámbito de lo privado resulta definitiva para la configuración de la condición humana aunque no pueda definirse en el plano de lo social o lo político del liberalismo. No es la filosofía sino la literatura la que crea en el interior de la sociedad un verdadero sentido de solidaridad humana. Orwel y Nabokov son los novelistas para los que Rorty reconoce ese sentido solidario de su literatura. Una cultura liberal que sea consciente de su contingencia histórica, unirá la libertad privada individual, filosófica o irónica con el proyecto social de solidaridad humana creado por la literatura, es decir, por los representantes de la inteligencia y la sensibilidad, a saber, los escritores. 


 


Una cultura poetizada sería una cultura historicista y nominalista que hace una conexión del presente con el pasado y con todas las formas de utopías. La creación de utopías se concibe en Rorty como un proceso sin terminó como un ejercicio lucido de la libertad. La sociedad liberal no requiere de fundamento filosóficos ni de la razón o la moral para su legitimación y no legitima lo político desde lo político en términos de relaciones de poder. Una cultura poetizada es una comunidad situada históricamente. Una cultura poetizada dentro de una sociedad liberal es la más bella y sensible utopía imaginada por Rorty. Una sociedad de los poetas soñada para la imaginación y la sensibilidad donde los hombres inventarían el mundo a partir del libre desarrollo de la solidaridad y el deseo. Una sociedad donde la comunicación entre los hombres sea poética fundada en metáforas en tanto que el lenguaje poético es el verdadero lenguaje que afirma la plena existencia del hombre. Un lenguaje no con un sentido utilitarista, de uso cotidiano, economicista o del rendimiento y la productividad. El nombre trasciende su animalidad mediante el lenguaje. El hombre es hombre gracias al lenguaje. (Humboldt) En el recobramos el verdadero sentido de lo humano. Las cosas no existen si no existen en el lenguaje.


 

La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre, escribió Luis Cardoza y Aragón. La imaginación es superior al conocimiento, escribió Albert Einstein. El poeta es la inteligencia por excelencia y la imaginación en la más científica de las facultades, escribió Baudelaire. Habermas crítica en Rorty el querer " poetizar " antes que " racionalizar”. La razón ha engendrado ya demasiados monstruos pero también nos ha permitido seguir soñando como dijo algún poeta. La racionalidad en Occidente ha condenado al hombre a ver el mundo dentro de una sola dimensión cuadriculada. La vida puede ser mágica y poética, la realidad es mucho más de lo que perciben nuestros sentidos. La poesía descubre los elementos invisibles y esenciales de las cosas. La misión del poeta es poetizar la vida con un sentido lucido y vidente para hacer más visible el mundo y para darle un sentido más humano y hermoso a la existencia. Una cultura de los poetas que poeticen la vida para hacer más vivible la vida en tanto que la razón ha demostrado su esterilidad engendrando las más absurdas catástrofes que ha padecido la humanidad. Una cultura poetizada donde el hombre se reconozca en el arte como la expresión más genuina de la condición humana, y donde el libre desarrollo de las fantasías, las metáforas y la imaginación sea su estado natural. Una poetización de la vida cotidiana donde se conjugue la admiración por lo bello y el horror por la crueldad. Una sensibilización de la vida donde la solidaridad sea un acto, un maravilloso acto cotidiano.


* Sociólogo. Magíster en Filosofía Latinoamericana. Especialización en Filosofía Política Contemporánea y Especialización en Educación en Filosofía Colombiana antonioacevedolinares@msn.com

miércoles, 2 de mayo de 2007

ACTO ANÓNIMO/ Gabriel Arturo Castro


Por Gabriel Arturo Castro

(Texto a partir de la lectura De huesos y ceniza, poemario del fallecido escritor Octavio García)
Resucitar es permitir que el espíritu entre a los huesos, poblarlos de carne, nervios, piel, aliento, pero sobre todo de ese ánimo del ser que portó el soplo de vida, del creador, en este caso, el escritor de una obra. Volver a vivir, levantar las sombras, resurgir, despertar mediante la expresión.
El griego empleaba la palabra anastasis, del verbo anitemi que significa: hacer elevar (y por consiguiente, construir, erigir, exaltar), poner en pie, restablecer. Es la traducción del vocablo hebreo qum que significa levantarse; forma hifil: hequim, eregir, suscitar.
La creación se asimila y se incorpora a la resurrección y sólo es posible si existe un verbo formador-hacedor, encarnado.
Ello implica un segundo nacimiento, una segunda creación, la aparición de una nueva criatura luego de un trabajo fecundo que sobrevive al tiempo.
Los huesos o las cenizas son vestigios que sirven de punto de partida para una poética; la ceniza como el residuo petrificado de la extinción del fuego, instancia de la expiación y la renunciación. Y los huesos a la manera de imperecederas “semillas del cuerpo de resurrección” o reanimación mágica del espíritu de la palabra, imagen de la fe.
El trabajo y la muerte sólo constituyen un sacrificio para asegurar la fecundidad de la creación, el rito necesario, como lo afirma Roland Barthes:

Así nace el drama de la escritura, puesto que el escritor consciente debe batirse ahora contra los signos ancestrales y todopoderosos que, desde el fondo de un pasado extraño, le imponen la literatura como un ritual y no como una reconciliación.

La obra siempre nos dirige hacia el interior de una oscuridad, de un infierno que imposibilita toda armonía con el mundo y mejor impulsa su riña, su desavenencia constante, soledad y escepticismo que hurgan indicios subterráneos, oculta herida que a la vez indaga y profetiza; conocimiento del dolor que lo impulsa a buscar, soñar, crear, dudar e inquietar, todo dentro de un ascetismo y rigor personal que son capaces de reflejar a otro ser humano: el motivo siempre presente del espejo a pesar de su inutilidad.
Según J. Boschius, el espejo “devuelve a cada cual lo suyo”, sentencia seguramente basada en la antigua creencia que la imagen reflejada y el modelo real están unidos en una correspondencia mágica.
En este sentido los espejos pueden retener el alma o la fuerza vital de la persona reflejada. Algunos seres como el basilisco traicionan su presencia al no tener imagen en el espejo o al no poder resistir ver su imagen bajo la pena de morir. Igual puede ser siempre un provocador de visiones.
Para Jacobo Bohme es un ojo que al mismo tiempo es un espejo y se ve a sí mismo.
El soñar con espejos, según Ernest Aeppli, tiene un significado serio y la antigua interpretación de un presagio de muerte se explica por el hecho de que “algo de nosotros está fuera, porque nosotros mismos en el espejo estamos fuera de nosotros”. El espejo sería la mirada hacia un antimundo corroído por el tiempo.
“El espejo refleja aquí sus imágenes sólo para hacerlas saltar, para descalificarlas, para confundirlas”, diría G. Bruno. El espejo es la memoria y el dominio del tiempo profano. Tiempo donde todo es posible: la noche enemiga se cierra, el mármol se resquebraja, la sombra se derrumba, caen los límites, las puertas ceden, el cielo se mancha de hollín. Frente al espejo el terror es silencio y “el silencio sólo engendra la culpa”, según la poética de Octavio García, la palabra que acoge el verbo, rehace lo hecho y deja que el misterio irrumpa en la realidad. El silencio como todo lo contrario a la noción de ausencia: presencia, mejor, de la plenitud y plenitud del instante presente, según Michele Sciacca.
Silencio que no es indiferencia, ni apatía, ni indolencia, sino la incesante disposición a obrar, a construir una realidad, un objeto a través de la distancia que engendra el poder del arte, acto anónimo y solitario de lecha ante la muerte, la oscuridad, el olvido, la traición, la ceguera, el desposeimiento y ante ello el sacrificio del poeta, su espera, reserva, soledad y fatiga.
El ave del paraíso, tan presente en el poemario mencionado, es el distanciamiento del mundo infernal donde el puente de llegada es tan angosto como el filo de una navaja, un paraíso muy ajustado al del pecado original, al del pasado bíblico, lugar utópico, siempre intentado pero imposible.
De ahí la convocatoria a todos los elementos de este mundo poético: el rayo que ilumina y anuncia fertilidad, revelación, pasión, conmoción de las ideas; el reloj de arena con su paso del tiempo, el transcurso cíclico, el eterno retorno; la noche como una ausencia de oscuridad misteriosa; los pájaros mediadores entre el cielo y la tierra, la energía vital en combate contra la muerte, siempre personificando la inmortalidad del espíritu; la luna que parece morir y resucitar; el sol y la luz después del caos; las estrellas, otra luz espiritual; el jardín que podría ser la añoranza del paraíso perdido y el lugar del crecimiento interno (visibilidad de la vida); el agua o la templanza constructora de un orden cósmico (superación espiritual), así aparezca aquí como una contraimagen, símbolo de las esperanzas vanas, de lo efímero equiparado con el tiempo: “Ignora la araña cómo ignoran los granos de arena su inevitable caída”.
Poesía que siempre comienza después del despojo donde opera el poder insurrecto de la memoria, “la voz erguida, vigilante”; la magia frente a la tristeza y a la sombra, conseguida mediante el cotidiano esfuerzo, entrega de sí mismo, uniendo el pasado con el presente y borrando el límite entre la interioridad del individuo y la realidad positiva.
De esa forma es posible la comunión del hombre con los demás seres, porque según Ritcher, “la memoria es el único paraíso de donde no podemos ser desterrados”.
La muerte golpea, divide pero no destruye, pues queda lo singular y lo increíble, lo agudamente humano y lo maravilloso, y el poeta vincula lo que la muerte dispersa, lo disgregado por la violencia, reúne los objetos desolados, los hace confluir en un punto de encuentro para anunciarles la fundación de otro mundo.
Poesía vista como anticipación utópica, movimiento de antelación profético, luego de asumir un Apocalipsis necesario: el rayo oculto por la nube, el sol quieto del adivino, la noche y su estrella apagada, “el olvido en las débiles memorias”, el exilio del sol, pero con la fe que la palabra redime; llama, pájaro y luz, vehemencia que triunfa sobre la muerte y hace presente un mundo, más allá del acto puramente literario.

domingo, 29 de abril de 2007

EL CONOCIMIENTO Y LA FELICIDAD


Por ANTONIO ACEVEDO LINARES *



El conocimiento humano como resultado de la investigación debe contribuir a la obtención de la felicidad del hombre en la medida que el hombre es el resultado de su inteligencia y de sus conocimientos, un conocimiento de si mismo, un conocimiento de su mundo y de la sociedad en la que está inmerso. Desde los clásicos griegos el conocimiento es una virtud que contribuye a la obtención de la felicidad porque realiza la naturaleza humana en una búsqueda permanente para hacerla más humana y para hacer más humano el mundo en el que se vive. Los griegos llamaban a la felicidad eudaimonìa y la usaban para expresar bienestar, felicidad, buena fortuna, abundancia. Era consideraba por los filósofos como el mayor bien, “eu” que significa bien y “daimòn” que significa divinidad, y al asociarse a las divinidades malignas derivó hacia nuestra palabra “demonio” (eudaimòn) quien lleva un buen espíritu o quien tiene buen ánimo o quien es un dios bueno.1 Un regalo de los dioses consideraban los griegos a la felicidad como resultado de una vida de bien. 
 
El hombre no es feliz por naturaleza sino que debe buscar la felicidad también en el conocimiento porque el conocimiento también lo realiza como ser humano. Hay quienes buscan la felicidad en el dinero y en la obtención de las cosas materiales pero ellas no la dan, al lo sumo se obtiene confort pero no la felicidad. La felicidad es algo más que tener una vida confortable. La felicidad es un estado más íntimo del hombre que tiene que ver con la realización de su espíritu y de su intelecto. La concepción de concebir el conocimiento como una de las formas de la felicidad no es una concepción romántica ni idealista sino una visión intelectual y humanista que desde los griegos se ha concebido. Sócrates identificaba la virtud con el conocimiento, la veía como un bien supremo para el ser humano sin la cual no podemos ser felices, aunque para Sócrates no existía felicidad sino virtud y la virtud es la condición necesaria y suficiente para la felicidad. El verdadero conocimiento es el que transmite sabiduría y no se agota en la información sino que va hasta la reflexión y la creación de una visión nueva de las cosas, es aquel que inaugura un nuevo horizonte o una concepción distinta de pensarnos y de ser. 2.

El filósofo inglés John Stuart Mill afirmaba que la dignidad del ser humano está en nuestra inclinación al conocimiento, la satisfacción de los deseos intelectuales y que no debemos renunciar a este tipo de placer aunque parezca que no nos hace tan felices como la permanencia en la ignorancia, ya que la felicidad que nos depara, no siendo igualmente intensa, puede calificarse como más humana 3, y con esto no pretende insinuar que haya hombres sean más que otros o más digno de serlo por el mero hecho de saber más 4. Como seres humanos que somos, dice Mill, deberíamos renunciar al cúmulo de placeres primarios por los intelectuales, pues aún siendo estos más difíciles de satisfacer y más lenta su culminación, son beneficiosos, según el principio de utilidad, por otorgar una felicidad mayor 5. Las religiones señalan que la felicidad solo se logra en la unión con Dios, que no es posible ser feliz sin esta comunión, la felicidad como obtención definitiva de la plenitud, pero la felicidad de las religiones está concebida para alcanzarla después de la muerte. Aristóteles, por su parte, señala que la felicidad es el fin último, el bien supremo, pero que es difícil definirla y describirla. 

El conocimiento, que epistemològicamente tiene su origen cuando el sujeto se relaciona con el objeto, obteniendo imágenes que se convierten en ideas, es una aventura del pensamiento que produce felicidad porque es la búsqueda por explicarnos el mundo y las cosas, por más dolorosas o injustas que ellas sean. Sin embargo, el conocimiento también produce dolor porque pronto descubrimos que vivimos en un mundo injusto y duro, pero la aventura de pensar también tiene sus momentos de felicidad aunque a veces nos vuelva un poco amargos, escépticos o pesimistas. La educación superior, no obstante, debe estar dirigida a que el conocimiento nos vuelva más felices sin perder el espíritu crítico. El conocimiento puede contribuir a la felicidad humana porque no hace más sabios de las cosas, nos hace entender mejor el mundo y sus contradicciones y, como se ha concebido desde siempre, el conocimiento es poder, pero no un poder para explotar o esclavizar al otro, sino para liberar y fortalecer la condición humana. El conocimiento debe formar seres humanos, personas y no déspotas ilustrados. El hombre es hombre gracias al conocimiento que determina su condición humana.
El conocimiento hace que el hombre se construya a si mismo y tenga una sensibilidad social más humana sin perder de vista sus orígenes y su lugar en el mundo. El conocimiento no puede seguir siendo un arma para la destrucción masiva, ni para el fomento del mercantilismo salvaje que quiere hacer de todo lo humano un negocio, una transacción económica, aunque esta seria la utopía del conocimiento. El conocimiento debe promover una cultura de la justicia, una cultura de la paz, una cultura ciudadana, una cultura de la tolerancia, una cultura de la solidaridad y una cultura de respeto por la diferencia. El conocimiento tiene que ser ante todo una cultura de vida antes que una cultura de muerte. La “cultura de la muerte” es la cultura del pensamiento autoritario que reduce la condición humana. Los medios de comunicación nos venden una felicidad artificial que se reduce a los objetos, que esta fundamentada en el tener antes que en el ser, un mundo deshumanizado sin conocimiento ni espíritu critico, un mundo donde todo se compra y se vende sin importar la dignidad humana de las personas. En esta perspectiva, sólo el conocimiento crítico de cómo funciona el sistema puede darnos el necesario espacio de libertad de conciencia situado fuera de los condicionamientos de aquél.

El conocimiento afianza una recuperación de la dignidad del hombre y de sus valores porque lo sitúa en su condición humana para hacerlo más feliz, si es una educación verdadera, y cuando es verdadera no permite que el hombre caiga en la trampa del consumismo que pretende vendernos la felicidad en cómodas cuotas mensuales cuando adquirimos un auto o un artefacto eléctrico. La educación superior no puede dar clases de cómo ser feliz, en ninguna universidad se enseña a ser feliz, pero el conocimiento tiene la virtud, cuando se interioriza con lucidez, de hacernos feliz como una defensa contra las ofensas de la vida, como diría Pavese refiriéndose a la literatura. En la universidad y en los libros se puede aprender a tener una visión del mundo y ese estado de ánimo que es la felicidad, se puede incrementar cuando el conocimiento nos hace más sensibles y humanos, en tanto que nos acerca más al dolor y a las injusticias ajenas. No obstante, el conocimiento también tiene sus déspotas ilustrados, individuos que pasaron por la universidad pero la universidad nunca paso por ellos, y el conocimiento los dejó igual o peor. La máxima virtud del conocimiento no es sin embargo la felicidad sino salvarnos del autoritarismo que son las expresiones propias de la mediocridad. La ideologización del conocimiento crea las dictaduras y fomenta los sectarismos. El conocimiento posibilita la construcción del mundo y de si mismo, porque un hombre sin conocimientos es un hombre fragmentado, inacabado, incompleto que requiere de la síntesis del conocimiento para edificarse a si mismo, y cuando ha logrado realizar esa construcción de si mismo puede sentirse satisfecho, realizado y por lo tanto un poco feliz con la obra de sus propios logros. Hay que fomentar en la educación superior esa idea de la realización humana a través del conocimiento, es allí donde más deberíamos realizarnos y no en otra parte.

La creación de una ética para la felicidad debe ser viable en la medida en que nadie puede ser feliz de cualquier manera, pasando por encima de los demás y excluyendo al otro y condenándolo a la marginación. Ya no es posible pensar con seriedad las condiciones de la felicidad sin las condiciones de la justicia, es preciso reconstruir el sentido que pueda tener una ética de la felicidad desde la posibilidad real de una vida humana digna para todos.7.La ética del conocimiento está en la transparencia de pensar honradamente, sin robarle nada a nadie, pero reconociendo la sabiduría del conocimiento universal, con el que es imprescindible contar a la hora de pensar. El conocimiento tiene la propiedad fundamental de enseñar a pensar, ese debe ser su propósito y su razón de ser, enseñar a pensar para crear nuevos conocimientos y para que cumpla su función social en la sociedad. La función social del conocimiento está en la virtud de formar antes que deformar, formar para la vida y para la profesión que se ejerce, es lo que se ha denominado una educación integral, formar personas y profesionales altamente competentes.

La búsqueda de la felicidad es una búsqueda permanente del hombre aunque a veces nos extraviamos en esa búsqueda porque creemos encontrarla en las cosas más superficiales o banales, sin saber que está a nuestro alcance también en el conocimiento que tiene el saber, porque no hemos hecho del conocimiento nuestro proyecto de vida, y hacer del conocimiento nuestro proyecto de vida es una de las facultades de la lucidez. 

La educación superior debe proponerse educar para la lucidez y no sólo para el mercado laboral, tener esa sola visión es reducirla a una educación alienada. La universidad no educa para la felicidad y mucho menos para la lucidez, ese debe ser el propósito sin embargo de un nuevo modelo de educador, alguien que eduque para la lucidez y no sea sólo transmisor de información, que es en lo que se ha convertido el conocimiento en muchas universidades. La creación de nuevos conocimientos en la reflexión o análisis teóricos desde las ciencias humanas, que se traduce en la investigación, son proyectos que se deben tener si queremos hacer universidad, y se hace universidad si se crean líneas de investigación y se fortalecen los departamentos de humanidades para formar individuos antes que burócratas, en un aporte al desarrollo social e intelectual de la nación. El conocimiento debe realizarse en los individuos para que los individuos lo realicen en la práctica social, que seria el escenario donde también contribuya al desarrollo social para una existencia feliz.

Volviendo sobre la visión de la felicidad en los griegos, la felicidad que los griegos llamaban sabiduría no es una felicidad que se obtiene a base de diversiones o ilusiones sino que se obtiene en relación con la verdad, esto es, una felicidad verdadera, porque el conocimiento propicia la verdad de las cosas y sus universos. La filosofía como búsqueda del conocimiento, como amor al conocimiento, es el mayor grado de sabiduría que el hombre obtiene, y en la sabiduría se reconoce la felicidad del hombre. Los griegos tuvieron la osadía de pensar la felicidad como también muchos escritores y filósofos contemporáneos. Albert Camus afirmaba que no hay que avergonzarse de ser feliz, porque la felicidad consiste en una lucha implacable contra el miedo, aunque Michel Foucault afirmará que la felicidad no existe y menos aún la felicidad de los hombres. Los filósofos modernos, como Nietzsche, afirmaba que el hombre no es concebido para la felicidad, sino que está siempre destinado a sufrir. 

La felicidad que el conocimiento nos propicia tiene la virtud de hacernos sentir más seguros de si mismos, de no sentirnos indefensos frente a la vida, en tanto que un hombre sin conocimientos es un hombre indefenso que no tiene como hacerle frente. Los conocimientos no son necesariamente la obtención de los títulos académicos pero son también una vía para adquirirlos. En la era de la globalización el conocimiento está más a nuestro alcance a través de la biblioteca universal que es la internet. El libro no será reemplazado por esta nueva tecnología sino que lo enriquecerá y lo hará llega más lejos a través de las autopistas de la red en donde la información y el conocimiento será más accesible y su creación tendrá un carácter más universal, democrático y participativo. En la red podemos descubrir también el amor, la recreación, el entretenimiento, y aparte de la información y el conocimiento, también habrá lugar para descubrir la felicidad. El físico y cosmólogo Stephen Hawking ha afirmó que el gran enemigo del conocimiento no es la ignorancia, sino la ilusión del conocimiento, esto quiere decir que mientras no se cree un conocimiento verdadero no alcanzaremos tampoco una felicidad verdadera, y viviremos en la ilusión de un conocimiento que no nos sirve para la vida, y menos aún para la felicidad.


* Poeta y Sociólogo. Magíster en Filosofía Latinoamericana y Especialización en Educación en Filosofía Colombiana y en Filosofía Política Contemporánea.

lunes, 23 de abril de 2007

A Través del espejo / Cuento de Héctor Medina Castañeda



El reflejo del rostro de Bibiana ante el espejo queda encerrado. La huella de los años (tan sólo treinta) ha marcado su frente de arrugas largas y atormentadas. Contempla su nariz, la boca, sus ojos, sus orejas, sus pómulos y sus manos con tal ahínco como si jamás se hubiera visto, extrañada de toda una evolución animal. Se pasa las manos por la cara. La noche la exhorta a dormir, alza sus cobijas, cubriéndola y apagando la luz, y hace que el cuarto expire el aire viciado del día.
La mañana siente un dolor fuerte. Lo primero que hace Bibiana es observar su rostro al espejo, siente que la noche anterior no le ha alcanzado para contemplarse. Su cara se refleja; se pasa las manos por ella pero no la siente, como si hubiera pasado un trozo de metal. Limpia el espejo, se le escucha una súplica a ese universo aparente y vanidoso. En la noche se pasa de nuevo las manos pero tampoco lo siente. Ahora sus manos, insensibles, con las que ha acariciado y sentido la materia, no le responden. La noche la acuesta de nuevo.
La mañana se expresa en todos los idiomas. El espejo observa a Bibiana abrir sus ojos y batir sus manos; no puede bostezar, hablar ni gritar, simplemente su boca, de labios delgados y pequeña ha desaparecido; quizás, ahora está en su mente. Se queda todo el día en la cama, escucha lo que dicen otras personas en la calle, a ver el universo abierto porque el cerrado se lo niega todo (está segura que el espejo la engaña, no puede ser realidad. “Ahí no hay razón, yo no creo en lo metafísico”, piensa). Ya no tiene su boca, la que ha probado los más ricos manjares, la que ha politizado, opinado, besado. Espera que la noche la doblegue, y duerme.
La mañana escucha el inmenso ruido de la tierra. Sus pómulos ahora llegan donde empieza el cabello. Un pájaro se posa en la ventana pero no escucha su canto. Al mirar al espejo sus orejas flácidas se han vuelto polvo; remueve los cajones de la ropa, ¡debajo de los colchones! para ver si allí estaban sus orejas pero no ve nada. El sonido físico se expande por toda la tierra; pero el metafísico se diluye en su cuerpo. Con sus oídos ha gozado de la música. Se mira por última vez al espejo y le parece tener en su cuerpo una caja con ojos y nariz. “Será lo único que me quede”, piensa, al poner su cabeza en la almohada.
La mañana huele la basura putrefacta y los aromas más agradables. Bibiana no respira. Va al espejo y su nariz respingona no está. Se desespera (pero cómo vivía si ya no respiraba, piensa, o, sigue insistiendo, no confía en el espejo. Olisquea la madera, los zapatos, los dulces pero no los captura; de pronto; de pronto su nariz ha quedado en otra parte de su cuerpo. Simplemente ve el mundo cómo se satisface: la gente saborea y huele, siente, besa y ella no cabe allí. Los ojos allí quedan, está segura; la naturaleza no le negaría el sentido más importante. Con la vista podría adquirir conocimiento observando, podría imaginar el olor de lo delicioso, escuchar algo, sentir, hablar, ver e imaginar, sería fácil. Viviría a medias pero feliz; la imaginación sería la otra parte. Duerme al llegar la noche.
La mañana contempla todo el planeta tierra. La brisa trae al cuarto de Bibiana todo el mundo. Al levantarse, se siente dentro de una caja (ahora su rostro era una figura geométrica sin conocer, piensa). Busca en el vacío un objeto con qué romper el espejo. Imagina que ha cogido uno de vidrio y lo ha tirado por simple intuición (¿Lo ha roto?). El vacío empieza a dar vueltas, como si se formara un huracán en el espacio exterior. Ahora desaparece su pensamiento, el vacío se ha quedado en las inmediaciones del antes del Big Bang. Flota y crece su extensión; el mundo se diluye. Definitivamente sube al espacio porque al brillar la luz solar todo su rostro se refleja en él.

miércoles, 18 de abril de 2007

BREVIARIO II de Gabriel Arturo Castro





GESTO LITÚRGICO



El silencio no es la ausencia de palabra sino su presencia de otra manera, recogida tal vez como tensión expectante. Centro primordial, “principio y fin de cada criatura, de todo lo creado, el silencio funda para nosotros lo fundamental de la escritura: el círculo de misterio que envuelve la existencia”. Es cierto, la calidad de toda escritura depende en la medida en que se transmite el misterio, el mito de nuestra vida interior. El silencio se hace pausa, calidez, secreto, habitación, dominio, fortaleza interior, gesto litúrgico. Escribía Saint Exupéry: “Sólo en el silencio la verdad de cada uno se anuda y echa raíces”. El silencio es renuncia, correspondencia, relectura, meditación, vínculo mágico, identidad con el infinito vacío, sensibilidad, reserva, elección, alejamiento del ruido, de lo vociferante, del escándalo de la moda imperante, del grito tosco y dominador de la condición humana, la exhibición, la superficialidad, la diversión, el pasatiempo, la especulación, la evasión, las realidades fragmentadas para siempre, lo efímero, lo inconsistente, lo que podríamos llamar “la gramática de lo inhumano”. Kafka expresó que las sirenas, a diferencia de la mayoría de los hombres, “tienen un arma más terrible aún que el canto y es su silencio”.




LA OBRA
La obra, dentro de su esencia espiritual, considera al hombre como depositario y objetivo final de su cometido, así la creación sea de una naturaleza dinámica e inestable, en perpetuo movimiento. Los alquimistas aseguran que lo único estable es el ser increado. Desde la visión oriental la creación nunca termina, ya que hay momentos de fundación y de destrucción en un tiempo cíclico de quehacer continuo. El arte genera una plenitud de recreaciones que son realidades transformables, las cuales se interpenetran.
Todas las relaciones dentro de la obra son provisionales, nada rígidas ni definitivas. Por lo tanto, no se puede afirmar que alguien “concluyó o acabó una obra”, pues la obra es tan sólo un punto de partida.
Una obra de arte es más que una forma acabada y cerrada en su excelencia de organismo perfectamente ajustado.
Cuando la obra proviene de la creencia intensa del éxtasis, del sueño y la fantasía, es imposible ponerle un punto final. Ello sería interrumpir su proceso de transformación permanente y prolongado. La acción (intención, movimiento, tensión, experiencia, ánimo) de la obra subsistirá a través del tiempo y del espacio, al menos que se le intente domesticar, contener, esclavizar y encerrar dentro de fronteras bien definidas, los odios límites de las celdas y campos de concentración de nuestra época actual.
La esencia de libertad de la verdadera obra puede impedir aquellas restricciones que niegan, obstaculizan o reprimen el arte, su desequilibrio, su energía transformadora, su fuerza de emancipación y trascendencia.




INVENCIÓN Y MÍMESIS

El realismo tiene aún sus adeptos anacrónicos y su lucha contra lo esclerotizado y lo decadente se ha vuelto en su contra. En ese sentido los nostálgicos hablan de un regreso al helenismo, a la mitología clásica, al arte renacentista y decimonónico.
Otros, en su versión local, se alojan dentro de lo pintoresco, el folklorismo, la oralidad, la tradición irremediable y el coloquialismo a usanza. Muchos escritores vuelven a encerrarse dentro de la pequeña aldea donde pregonan su afán de verisimilitud, veracidad y representación. Sobreviven el sentimentalismo romántico, la didáctica moralista y la escenificación cruda de la realidad. Suponen, como lo afirma Pablo Montoya, "que por reflejar la exactitud merecen ser llamados artistas".
Es lo que vas de la lucidez a la marginalidad y de la sobriedad al empobrecimiento estético: imitación de modelos, observación y reproducción. Ignoran que el arte es invención y que transformar un objeto es convertirlo en otro (no es perfeccionarlo, ni pulirlo o intensificarlo, sino convertirlo en una verdad distinta a la entidad que sirvió de partida, sin acatar cualquier presunción de verosimilitud).
Olvidan que el arte es un invento de la imaginación, un mundo posible que escapa a la idea postiza, hábil, fingida e ingeniosa de ensamblaje (adición, sustracción, acoplar a las malas, unir lo que no se puede juntar, enlazar mediante el común artificio), donde todo allí se imita: las ideas, las emociones y las pasiones, como si las huérfanas, solitarias y aisladas emociones "hubieran sido capaces alguna vez de crear algo artístico", según lo expresaba Nietszche.



ARTE VIVO

Existe una tendencia de la literatura que pretende reemplazar la tensión por la erudición, esclavizando de nuevo al arte a las ataduras del intelecto, a la estética tecnicista clásica de origen renacentista, cuya dinámica se encauza a la nostalgia grecorromana, inglesa o italiana, el rechazo de otras expresiones que no sean los clásicos, es decir, lo no amoldado a la simetría, al orden, a la claridad-transparencia intelectual, teorética y especulativa de la representación artística.
Sus forjadores son considerados por la crítica conservadora como grandes estilistas, "de rara y exquisita expresión".
Tal erudición pasa de una cultura vasta y profunda en el campo del humanismo, al culteranismo, expresión de extrema artificiosidad que deja de lado lo sensitivo, la espontaneidad, la sugestión y la ilusión, como elementos generadores del arte vivo.
La erudición malsana –la pedantería de conocimientos inusuales pero superficiales e inútiles, datos inconexos, pura nemotecnia, destreza, ejercicio terminológico, sumatoria estéril de informaciones, en fin, el artificio, el ingenio, lo fingido- tiene como horizonte, según Burke, la perfecta conclusión formal de la obra que caracteriza la "belleza clásica".
Buscan el equilibrio de lo totalmente terminado, sin percatarse que toda obra es abierta, inacabada, incompleta, indeterminada, de imperfecta realización.
En esta línea de "no acabamiento" de la obra, que ha de ser completada y cargada de significado por el lector, la nouvelle critique y Barthes en particular, llegan a postular un ejercicio activo del lector, frente a lo cual el destinatario no es un consumidor pasivo, sino un productor, con permiso para "maltratar el texto, para quitarle la palabra".
Desde este punto de vista la obra ya está abierta desde el origen y no sólo en la evidente variedad de las interpretaciones, porque no se cree que el mensaje esté históricamente establecido y consignado en la escritura del texto.
Obertura y fractura que deja una ausencia, algo por concluir en el acto de la lectura, gracias al vuelo de la imaginación. Ambigüedad, la llama Umberto Eco, una de las características del arte y de las poéticas contemporáneas, "una de las finalidades explícitas de las obras".
La erudición nombra al objeto, el arte vivo lo sugiere. La erudición conceptúa, ordena impecablemente, pretende agotar la riqueza del texto, siempre potencial. El arte vivo, por lo contrario, hace de su constancia el hacer, rehacer y deshacer, sosteniendo una utopía de la obra distinta, creadora y crítica a la vez, una obra sin lugar fijo, sin descanso, siempre en movimiento.

 

EL OTRO TÓTEM

La vuelta al provincianismo por medio de un afecto localista es palpable. Benéfica es su actitud cuando se trata de reafirmar la identidad o advertir afinidades culturales de enorme valía. Nociva al levantar los muros para negar la modernidad y la universalidad, o al llegar a pensar dogmáticamente que los hábitos, experiencias y productos particulares, propios de la provincia, son siempre lo mejor.
¿Regionalismo fanático y excluyente, reflejo erróneo que mezcla intereses políticos y económicos, otra manera del subdesarrollo, sentimiento de inferioridad?
¿Atraso cultural en cuanto a pobreza e insuficiencia del pensamiento y de las obras?
Según las palabras de Michael Ende, provincianismo es un aferrarse miedosamente a convenciones, vacías ya de contenido. Lo cierto es que una de las vías para consolidar lo parroquial es la mitificación de ciertos personajes, quienes valiéndose de su poder intentan legitimar una obra casi mediocre (la política reemplazando al arte).
El crítico Mario Sesti ha llamado Claustrofilia a lo que ocurre exclusivamente en un ámbito doméstico, limitado a las cuatro paredes, donde no es posible comunicar, cultivar la propia individualidad ni desarrollar un drama que vaya del mundo particular al universo de todos.
El tránsito del "refugio de la intimidad" al espacio universal se ve truncado debido al provincianismo.
Se mitifican los pensamientos, las acciones y las creaciones, sin importar su valor. Todo culto a la personalidad involuntariamente mitifica. Implica una curiosa interacción de crear y, a la vez, colmar una brecha. La gente pone aparte al personaje (de reminiscencias feudales o de antiguos cacicazgos), exagerando sus características, tildándolas de extraordinarias.
La existencia de lo aparente extraordinario produce en los seres humanos una profunda intranquilidad. A dicho individuo lo buscan y lo exaltan pero a la vez le temen. Suspiran por una tranquilizadora conexión con él.
Cualquier pintoresca figura, cualquier vida aventurera, cualquier persona que acumule poder o estatus en una aldea o ciudad, lleva consigo el germen del mito.
En aquellos personajes sobreviven unos caracteres típicos o actitudes humanas populares, imágenes irracionales. En tales figuras el pueblo se reconoce, en tanto resumen deseos o ambiciones como el éxito, las influencias, el dinero, el mando, el prestigio bien o mal logrado.
Y ello empeora si la figura se adorna socialmente con alguna expresión del arte, la cual valida a través de la mitificación, creación de una fascinación engañosa y simulada.
La mitificación brota de la inercia humana y del temor al cambio, situaciones propias de las sociedades estancadas en el tiempo. Tal temor los lleva a adoptar ídolos, talismán de su incapacidad, tótem de su voluntaria exclusión.


LA FE DE UNA POÉTICA
Para Kandinsky, “valorar una obra de arte significa decidir si en esa obra se hace presente un mundo, si posee alcance profético”. La obra de arte se concibe así como nueva religiosidad, e incluso como una forma de misticismo, donde el creador es “un hombre en todo semejante a nosotros, pero que lleva dentro una fuerza visionaria y misteriosa”, una especie de “alquimia del verbo” o de “cábala de la forma”.
Todas las poéticas proféticas, desde Baudelaire y Mallarmé, luchan por hacer un proyecto de dicho mundo, místico y originario, denso y enigmático, mítico y mágico, intentando descubrir los caminos ocultos.
Es la fe de una poética, el alcance espiritual de las palabras y de las imágenes, su poder evocador, su virtud encantadora, su atributo de creación. Allí “el artista se convierte en deimurgo y la obra en una cosmogonía”.
De esta palabra parte una resonancia sustancialmente secreta, oculta, unión de intuición y reflexión, que va a culminar en la fundación de otra realidad y no en “trivialidades o en construcciones arbitrarias”, como dice la sentencia de Gianni Vattimo.


jueves, 12 de abril de 2007

BREVIARIO DE GABRIEL ARTURO CASTRO


¿ARTE FINAL?

¿Cuál es el futuro de la imaginación y de la Cultura en los próximos años? La respuesta puede estar situada dentro del reto de pensar en los peligros de la cultura masificada. Noción inquietante. La cultura de masas es una degradación-comercialización de la Cultura, una fuerza alienadora, expresión segregada por los medios de aglomeración y su sistema de valores que someten al individuo a una fuerte y amplia presión de seducciones.
Pero el verdadero arte puede retar la cultura de masas. Si es así, entonces, ¿será capaz de restituir la cohesión, la correspondencia entre las condiciones de existencia del hombre y de la sociedad, con el universo simbólico que los sustituye?
En la medida que el arte se resista a ser sustituido por los fetiches de la sociedad capitalista, la respuesta a la anterior pregunta será positiva y el arte no morirá, ni el lenguaje artístico y sus contornos van a desaparecer hasta límites fantasmales. La sobrevivencia de los cimientos antropológicos y estéticos del arte actual se pondrá por delante de las sensaciones y pronósticos apocalípticos. Como lo escribe Antonio García Berrío: “El arte continuará siendo reconocible como ficción literaria, como exhortación lírica de la imaginación y el sentimiento o como la tecnología narrativa de la memoria”.
Las bases humanas, éticas y estéticas del arte, aunque sean variadas o transfiguradas, resurgirán entre las necesidades del hombre. El arte cambiará sustancialmente si se transforma la medida de la imaginación antropológica sobre las estructuras espacio-temporales de la sensibilidad y la simbolización. Mientras tanto deberá convivir con las presiones de una sociedad que ha separado la tecnología de la humanística, relegándola al puro asunto mecánico, a la exclusiva idea de productividad material, sin reparar en su dimensión social e intelectual.
Claro que la constancia del arte se halla junto a su variación, dinámica y modificación, pero todas sus expresiones seguirán con su influencia y continuarán enunciando, como lo pensó Kant, las intuiciones del individuo mediante formadas inventadas por éste, siendo capaz, una y otra vez, de comunicar, conmover y de dar goce universalmente.
Ese extraño progreso tecnológico que ha hecho infeliz al hombre, no puede asfixiar al arte, pues según Walter Benjamín, la actividad artística es una anticipación utópica. Es más, la utopía coincide con el origen. Este no es un pasado histórico, sino un presente eterno, “un tiempo del ahora”.
Michael Ende nos enseñó que el acto creativo siempre se produce en el instante actual y es, por naturaleza, acausal, libre, indemostrable. Indica el autor alemán que en los diarios de Kafka hay una extraña anotación: “Cristo: el instante”. “Suena como una paradoja, sólo en el aquí y ahora aparece lo no temporal, lo eterno creador, lo único que libera verdaderamente al hombre”.
Ello distingue el “presente”, de la repetición postiza edn la que se halla inmerso el gesto artístico. En la reproducción (llámese inmovilidad, yugo, ceguera, mutilación o cautividad) y reiteración mecánica, el arte pierde su autenticidad.


TRAMPA O JUEGO

Escribir sobre un campo de batalla es introducirse en un sendero de laberintos interiores y exteriores: el impulso, la obsesión, el mito, por un lado, y por el otro, la expoliación, el abandono, el chantaje y el intento de reprimir o juzgar al creador que está alejado de la maraña construida desde el poder.
Trampa o juego, sólo contamos con la memoria y la voz propia para enfrentar los sutiles o agudos rostros de la muerte.

PALABRA
La memoria implica también el regreso a la raíz y al útero, itinerario de la imaginación activa de un creador que recupera su cuerpo en la escritura, su juicio corpóreo al fondo de un nomadismo físico y espiritual. Escribir suple la otra vía, “donde errar es la tarea sin fin”, según Blanchot.
La llegada al domicilio de la palabra instaura la fascinación, el embrujo de su espacio interior, resguardado de los embates del vacío, la desnudez y el vértigo exterior.
Comparaba Paúl Valéry la palabra con aquellos puentes, de tablas frágiles, por los cuales se atraviesa lentamente el espacio y el abismo y que “aguantan el paso y no el estacionamiento”.


LO CATÁRTICO


Existen dos factores fundamentales en el desarrollo del arte desde su teoría y práctica: lo ético y lo estético.
La ética lleva a situar la expresión del hombre en un contexto que corresponda a su humanidad. Toda obra y posición artística dice de la acción moral del creador, de su manera de vivir y de pensar.
De acuerdo con lo anterior y siguiendo las palabras de Johanes Pfeiffer, estamos seguros que es tarea de nuestro tiempo “forjar un pensamiento y una expresión que posean fuerza crítica y sean a la vez accesibles a cuantos tengan dispuesto el ánimo y abierto el corazón”.
Varias maneras del arte escaparían a tal propósito: el arte elitista, propio de una minoría selecta que privilegia el esteticismo y cuyo comportamiento está vinculado a la existencia o exigencia de una consideración social o política, equiparable a su función, lo que tiende a constituirlo como arte cerrado, de difícil acceso, generador de intereses específicos. O el arte panfletario, donde el elemento ideológico impera como un medio de doctrina y de lección.
Preferiríamos mejor aquel arte de intérpretes y creadores que acuñaron metáforas sobre la condición humana. Mencionemos a Charles Dickens, Chaplin o Kafka, visionarios de una realidad desconsolada e inhumana, revelada a través de la imaginación, el humor, la poesía, el sarcasmo y la fantasía.
Igual podríamos hacer referencia a Picasso y su Guernica, el celebrado cuadro de la barbarie y la demencia, una obra que parte de un hecho histórico pero sublimado de la mano de recursos expresivos.
Mediante una conmoción de orden estético realiza un conmoción catártica, recuperando la calidad ética de la obra, surgida ésta en la evocación y pasión de la tragedia.
Compromisos artísticos como los de Maiakowsky, César Vallejo, Bertolt Brecha, Peter Weiss, Augusto Roa Bastos, Drumond de Andrade, Juan Goytisolo, Gunter Grass, Luis Buñuel, Pier Paolo Pasolini, José Saramago o Juan Gelma, así lo atestiguan.
Ya en la famosa obra de Tolstoi, Guerra y Paz, se encuentra el preludio literario a Hiroshima y Nagasaki, el mayor genocidio de la humanidad. Quizás allí también hallemos el lejano augurio de Auschwitz y su posterior réplica injusta en los territorios de Palestina y Oriente medio. Recordemos que los holocaustos aún continúan, altamente tecnificados y racionalizados. Bastaron pocos años para que el fascismo renaciera con sus campos de la muerte.
Ética y estética, fundición que hace del arte una forma de la memoria, de la sensibilidad y del afecto, esencia y contorno en su difícil tarea de manifestar una parte del destino del hombre.

martes, 10 de abril de 2007

ANTONIO ACEVEDO LINARES Y LA EXPERIENCIA DE LA POESÍA


 
Por GUILLERMO REYES JURADO
 
El poeta santandereano Antonio Acevedo Linares nació en El Centro, Barrancabermeja el 28 de julio en 1957. Realizó estudios de Sociología en la Universidad Cooperativa de Colombia y de Especialización en Filosofía Política Contemporánea en el Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia y Magíster en Filosofía Latinoamericana con Especialización en Educación en Filosofía Colombiana en la Universidad Santo Tomás, seccional Bogotá. Ha sido catedrático universitario en varias universidades de la ciudad, y paralelo a su producción poética ha escrito y publicado artículos y ensayos literarios, históricos y filosóficos, entrevistas con escritores y crítica cultural y política en los periódicos locales y revistas nacionales, actividades que combina con la investigación social, asesorias y proyectos.

En veintiséis años de oficio literario que cumple este año ha escrito once libros de poesía y ha publicado seis Plegables de poesía , Arte Erótica, 1988 y una muestra de poesía de poetas santandereanos, Sociedad de los poetas, 1998, CD, Poesía de viva voz, 2004 y ha reunido en antologías su trilogía poética, Los girasoles de Van Gogh, 1999, Atlántica, 2004 y En el país de las mariposas, este último su próxima publicación, junto con un trabajo de filosofía política titulado Tolerancia, Cultura y Democracia, que se puede consultar en la pagina web, monografias.com con el titulo deLa Tolerancia como presupuesto fundamental para la construcción de una cultura de la democracia en América Latina”. Su poesía figura en selección de poetas a nivel nacional y regional: Concurso Universitario de Poesía, ICFES, Bogotá, 1984. Palabra viva, Ecoe ediciones, Bogotá, 1992. En Voces encontradas, Biblioteca Pública Gabriel Turbay, 1997 y en Sociedad de los poetas, Cuarto de máquinas editores, 1998. Ha grabado su poesía en la Emisora Cultural Luis Carlos Galán, en el Programa Voz Viva y Letras que dirigía Jorge Valderrama Restrepo, en 1.994, 1996, 1997, 1999, 2000, 2001 y 2.002 y en la Emisora U.I.S, Stereo, un especial de poesía erótica, 2001. Ha realizado además lecturas de poesía en bares, cafés, tabernas, museos, universidades y bibliotecas.

Ha obtenido mención honorífica, segundo premio y finalista en concursos nacionales y regionales de poesía. Ha sido seleccionado en la Primera Feria de la Santandereanidad, Programa Crea, Ministerio de Cultura, 1996. Seleccionado en el Encuentro Regional Centro Oriente, Programa Crea, Ministerio de Cultura, 1.998. Seleccionado en el Encuentro Nacional, Programa Crea, Ministerio de Cultura, 1998. Ha participado como ponente en la Octava Feria Internacional del Libro con la ponencia, El amor en la poesía, dentro de la Mesa Redonda, El amor en la Literatura Regional, Bogotá, 1995. En la Casa UNAB, 2002, con la ponencia, La ciudad como imaginación, dentro del tema ciudad y literatura, etc. Ha escrito los libros de poesía: Por esta manera de querernos tanto, 1980-1981, La lluvia sobre el tejado, 1982-1984, Bitácora, 1985-1987, Arthur Rimbaud y otros poemas, 1988-1990, Saudade, 1991-1992. Atlántica, 1992-1993, Los girasoles de Van Gogh, 1993-1994, Poemas de invierno, 1995-1996, Los días de Octubre, 1997-1999.En el país de las mariposas, 2000-2002. Los días que a diario son la muerte, 2003-2005, libros que ha reunido en las antologías ya señaladas.
Bucaramanga es una ciudad en donde abundan pero a la vez escasean los poetas. ¿He dicho un contrasentido, una especie de disparate? No. He proclamado una gran verdad. Lo que realmente quiere decir es que aquí muchas personas escriben versos pero muy pocas de ellas son realmente poetas. Entre escribir versos y ser poeta hay una honda diferencia. La diferencia está en la calidad, la profundidad, el temblor interior, el valor estético. Esto solo lo logran los espíritus superiores, los que verdaderamente son poetas. Es la segunda vez que me invitan o me proponen, que lleve la voz en el lanzamiento de un libro de poemas. La primera vez se trato de los poetas Rafael Ortiz González y Ramiro Lagos y el acto se llevó a cabo en la Academia de Historia de Santander. Era la época del sosiego, de la paz, de la confraternidad. La capital de Santander era un conglomerado de gentes dedicadas a trabajar, a escribir, a leer. Se publicaban libros, se daban recitales, se dictaban conferencias, se llevaban a cabo exposiciones de pintura, se exhibían documentales sobre diversos aspectos de Colombia en los teatros. Bucaramanga era una ciudad culta. No había ningún temor al caminar en sus calles, parques y avenidas, así fuera en los sitios más apartados y en las altas horas de la noche. Nadie aguantaba hambre, nadie le arrebataba los bienes al prójimo, la prostituciòn era bastante escasa.
Hoy el país y la ciudad cambiaron. Colombia se convirtió en un matadero de seres humanos que da escalofrío. Treinta mil personas asesinan todos los años en el territorio nacional. Y si a eso se le agrega el hambre, la corrupción, la prostituciòn y el desplazamiento forzado de miles y miles de compatriotas dentro del territorio nacional, el cuadro es aterrador, de profundo espanto. He traído a colación estos hechos para demostrar cómo el colombiano es actualmente un ser violento, casi irracional. Y para demostrar también como en medio de este furor, de esta demencia colectiva, todavía existen seres pacíficos que como los poetas se dedican a escribir poemas, con una paciencia y dedicación dignas de encomio.
El colombiano no era así, no obstante las guerras civiles que enmarcaron el siglo XIX, y las exacerbaciones políticas que dominaron el siglo XX. En esos dos periodos, grandes masas de la población eran pacificas .Pero a partir del año sesenta del siglo pasado, los colombianos se tornaron violentos, en casi un ochenta por ciento de su población. Qué ocurrió? Por un lado el narcotráfico, por el otro la miseria, un tercer ingrediente, la corrupción, irrumpieron en el país, debilitando los resortes morales de la población. Ese fue el cóctel, la bomba que de pronto hizo explosión y acabo con el civismo, la paz, la convivencia de los colombianos.
Por ahora no más exordios. Entremos ya en el motivo que nos congrega en esta reseña. Se trata de acompañar al poeta Antonio Acevedo Linares en el lanzamiento de una de sus últimas obras titulada Atlántica, editada por ediciones Hojas de Hierba. Antes de referirnos a su contenido, conviene hacer un repaso analítico y desde luego histórico sobre la poesía, una de las expresiones más difíciles y exigentes de la literatura, pues quien se aventure en sus dominios debe poseer una exquisita sensibilidad a la par que una profunda cultura y genio creador. Hoy la poesía no es un acto espontáneo sino deliberado, un proceso de creación consciente en el que la razón prevalece sobre la intuición, la profundidad sobre la forma, el valor conceptual sobre el canon retórico. La época de la poesía rimada, de la consonancia y la asonancia, del endecasílabo y el octosílabo, de toda esa cantidad de gambeteos que hicieron de la poesía un mero juego de palabras, una pirotecnia verbal, una especie de fakirismo estético, esa época pertenece al pasado, está definitivamente cancelada.
No hay en la poesía de Antonio Acevedo Linares rima ni métrica, ni toda esa cantidad de gramaticalismos y formaletas en que fueron tan pródigos los ilustres y amanerados poetas del sonsonete. Ya lo dijo hace casi cuarenta años Jaime Mejia Duque en un famoso y aplaudido ensayo sobre la evolución del lenguaje poético en Colombia, que la poesía no era eterna sino histórica, vale decir, que está sujeta a los cambios y mutaciones de la sociedad. Leamos el poema del Cid, repasemos el cancionero de Baena, volvamos a los románticos, acerquémonos a los parnasianos y a los simbolistas, y, confrontando todo eso con la poesía que se escribe en nuestro tiempo, diferenciaremos incluso en la temática más general (amor, muerte, placer, etc) los cambios de la expresión.
“De una generación a otra se operan cambios de conjunto además de los sobrevenidos, dijèrase que orgánicamente, en los estilos individuales. En la base de tales cambios se propone siempre un problema de concepción del hecho poético, una modalidad nueva al afrontar la experiencia como materia de elaboración literaria, una distinta utilización del lenguaje y de las llamadas significaciones de época para comunicarse. Y más allá del comportamiento individual y generacional de los artistas el análisis tendrá que revelar otras determinaciones más ostensibles: las crisis o los reajustes de la vida nacional e internacional que posibilitaron o decidieron las novedosas maneras de reaccionar ideológica y poéticamente a los temas” (Jaime Mejia Duque)
Los verdaderos poetas colombianos, casi sin excepción alguna, se han rebelado contra los clasicismos, contra las rigìdeces de un poética convencional que carece de temblor y de vida, que todo lo sacrifica a las estructuras formales, a los moldes retóricos. Ya lo dijo Borges, refiriéndose a este tema, que un poema se puede construir mejor con los elementos de la inteligencia, que con los dictados del corazón. Hay que apartarse del manido lenguaje secular, de las llamadas influencias expresivas, empleando mejor la cultura, edificando un particular monumento estético. Hasta la prosa, en los tiempos actuales, tiende a hacerse más razonable y más precisa. Las pomposas frases onduladas y recargadas de adjetivos y gerundios a lo Mendèz y Pelayo, no son de buen recibo hoy en día. Quien las use solo provocará la sonrisa de los lectores. Lo mismo sucede en la oratoria. El orador tiene que ser conciso, directo, pues está empleando un instrumento de comunicación por medio del cual pone en conocimiento de otros sus opiniones y juicios a fin de convencerlos de sus afirmaciones. Leyendo la poesía de Antonio Acevedo Linares descansa el hombre de esta resolana infernal que es Colombia. Es como una lluvia refrescante que aplaca los nervios y sosiega el espíritu. Hemos vuelto a soñar, a sonreír, a amar otra vez la vida.
Tu cuerpo es un país
de hermosos valles
y colinas en donde vivo
a orillas de sus acantilados
un vasto cielo en donde
resplandecen sus horizontes
como un mar en donde sumerjo
mi cuerpo, una calle por donde
caminamos con los mismos pasos
de la mano en una noche
que aluna en sus ojos así
en invierno como en verano
un territorio donde siembro
con la lluvia y recojo los frutos
de la vendimia, un hermoso
país de litorales y arrecifes
en el oleaje y en el viento
de su pelo y su sonrisa.
Poesía pura, de buena calidad, escrita con sentimiento y emoción pero también con talento e inteligencia creadora, poesía de bellas imágenes, de amorosas melodías, de honda y sugestiva entonación, poesía para mostrar y exhibir en cualquier meridiano porque está escrita con los valores de la inteligencia y del espíritu.
Por ANTONIO ACEVEDO LINARES
CARIÁTIDES
Son dos hermosas mujeres
con sus espadas que sirven de columnas
originaria de la antigua región de Carias
que en el frontispicio de este palacio
de pronunciar sentencias y castigar delitos
acaso son símbolo de esa constante
y perpetua voluntad de dar a cada
quien lo que merece, justicia.
Son célebres las cariátides del pórtico
de Erecteión en la antigua Acrópolis de Atenas.
.
POEMA DE LA VIDA
Con el arduo trabajo
del tiempo se deteriora inexorable
es lo mejor que se ha inventado
dijo nuestro insigne maestro de las letras
y sin jactancia puedo decir que es lo mejor
que conozco dijo otro que murió acribillado
y es un soplo dijo ese otro en un tango
que la perdió en un siniestro
los que la suicidan parecen insensatos
así ese dolor de existir pero nadie
dijo que era color de rosa, y es un parto
la vida, como la de todos los seres
y es hermoso vivir aunque tiene su
paradoja, que no sólo hay que vivirla
sino también hay que ganársela
acaso sea superior a cualquier fracaso.
AUSCHWITZ
Los hornos crematorios
en Auschwitz
a todo vapor por sus chimeneas
exhalan un humo negro
mientras en algún lugar
de la tierra alguien escribe
un poema o compone una sinfonía.
Son los años cuarenta en Europa
y las ciudades arden todavía en ruinas
y entretanto un soldado mira
en las trincheras el retrato de una
hermosa mujer que dejo
en su país de las estepas.
La victoria está cerca
y el desembarco a las playas
de Normandia del ejército aliado
será el comienzo del fin de un imperio
que se proclamo a mil años
y los soldados serán recibidos
en las ciudades liberadas
con besos y abrazos y flores
y en Paris ondearan
las banderas del mundo.
Del libro Atlántica, Antología Poética (1980-2004) 2004. Vol 2.

La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee.

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