viernes, 28 de enero de 2011

EXILIO /Oscar Robledo Hoyos


EXILIO.



“Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. 
Nos destierran y
Nadie nos corta la memoria, la lengua, las calores. 
Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire”.   
Juan Gelman.

 ///


No es bueno tener una celda en un castillo
Y hablar francés, alemán o celta,
Andar con quijote, yelmo y escarcela
Pues si bien no se está preso entre paredes
El cuerpo es la prisión y el mismo encierro.


No es bueno andar por la campiña o la provincia
Hablando algarabías
Cuando se tienen las raíces muriendo sin rocío
En las extremaduras de otro ignoto
Y lejano continente.

No es bueno estar solo escuchando valses o polkas
O en Capri bailar la tarantela
Cuando se tiene el corazón lleno de espinas añorando
Las dulces amarras de la casa
Esperando una cura en actitud silente.

Así estemos colgados de un trapecio en los altos
Andamios del Ródano o las nieves perpetuas
De Chamonix o El Guadarrama,
Hay que andar con las raíces clavadas en el alma
Bien cerca de la sangre y de los juegos

Andar codeándose con hermanos y primos,
Hijos y nietos,
Sobrinos y sapientísimos abuelos
Pegados al recuerdo
Del pasado pomposo con sus brillos.

De nada vale andar en altos barcos vikingos
O viajar por el Volga, El Rhin y El Danubio
Cuando se tiene gélida el alma
Y una lágrima se nos cae a la distancia
Que hace germinar los sueños del niño
Que nos sonríe en los patios de la infancia.

Diciembre 12 de 2010.

lunes, 24 de enero de 2011

PRIMER CONCURSO CALDENSE DE POESÍA EN TIEMPOS DE PENURIA


PRIMER CONCURSO CALDENSE DE POESÍA EN TIEMPOS DE PENURIA




PRIMER CONCURSO CALDENSE DE POESÍA EN TIEMPOS DE PENURIA


En vista del desplazamiento espiritual y económico al que se ha visto sometido el arte, especialmente la literatura, en nuestro departamento, espejo de un país, surge la iniciativa de convocar la palabra a través de un concurso de poesía. Para esto se han reunido los intereses de algunos, que abiertamente o en silencio, construyen la cultura y promueven su construcción.


BASES


1. Podrán participar todos los poetas residentes, o que hayan nacido, en el departamento de Caldas con un poemario inédito, escrito en español, de temática libre, y con una extensión de veinte a treinta poemas.


2. Se deben enviar dos copias del trabajo, firmadas con seudónimo y escritas en letra Arial o Times New Roman, número 12, a doble espacio, en tamaño carta.


3. Las obras se enviarán por correo certificado o se podrán entregar personalmente en la Carrera 22 # 58-21, Barrio los Rosales, en la ciudad de Manizales. En un sobre aparte, identificado con el seudónimo, se incluirán los siguientes datos: nombres y apellidos, fecha de nacimiento, dirección de correo electrónico y una fotocopia de la cédula de ciudadanía. Los participantes que residan fuera del país, pueden enviar sus trabajos al correo electrónico tiemposdepenuria@hotmail.com, adjuntando un archivo con la obra y otro con los datos correspondientes al seudónimo.


4. Se recibirán los trabajos hasta el día 21 de febrero. En caso de enviarse por correo, se asumirá la fecha límite como la del matasellos.
5. El jurado estará integrado por dos escritores de reconocida trayectoria, cuyos nombres se darán a conocer después de que hayan emitido el fallo.


6. El premio consiste en 600.000 pesos colombianos, la publicación de los poemas en el plegable de poesía Musa Levis y otros periódicos regionales. El premio no podrá ser declarado desierto.


7. El resultado del premio, único e indivisible, será dado a conocer el 18 de marzo de 2011 a través de medios electrónicos y en las páginas kadaberexquizito.blogspot.com, flobertzapata.blogspot.com, escritorescaldenses.blogspot.com. Al ganador se le notificará a través de los medios de comunicación.


8. El premio será entregado durante el Primer Festival de Poesía en Tiempos de Penuria que se llevará a cabo el 21 de marzo de 2011 con motivo de la celebración del Día Mundial de la Poesía. En este acto los escritores aportantes leerán poesía y entregarán personalmente su aporte al ganador, así:


Jhon Jairo Vera Vera: $100.000, Julio César Correa Díaz: $100.000, Juan Carlos Acevedo Ramos: $100.000, Adrián Pino Varón: $100.000, Conrado Alzate Valencia: $100.000, Flóbert Zapara Arias: $100.000 pesos.


9. El autor premiado conserva sus derechos de autor para posteriores publicaciones.


10. Los poemarios que no obtengan premio podrán ser reclamados en la misma dirección antes del 26 de marzo de 2011; después de esta fecha los trabajos serán destruidos.


11. La participación implica la total aceptación de las bases.


12. Cualquier duda o cambio serán asumidos y resueltos por el comité organizador del concurso.

sábado, 22 de enero de 2011

POEMA DE OSCAR ROBLEDO HOYOS



EL SEÑOR DE LAS MOSCAS
HA MUERTO EN DESCAMPADO,
Oscar Robledo Hoyos.   *

“Cuando en su potrero se dedica a mirar silenciosamente el horizonte
la vaca es una poesía que come pasto y piensa.
Así deberían ser todas las poesías que se escriban”.
Fernando Garavito. Las Vacas.

 ****


No me queda de Fernando sino el estrellazo,
El bomper fundido entre la niebla de sus sueños,
La vaca parda que viene lenta
A olisquearlo aun caliente
Con sus labios verdes,
..Vago horizonte en descampado.

Arrima la  ubre ubérrima,
Sobre los vidrios rotos de sus gafas perennes,
Baja hasta sus labios la leche,
Que no quiere ahora beber,
Fresca, cuando tanto predicaba el elixir
De la vaca como antídoto contra el tedio
..Y las estrellas titilando fuera de las manadas
Más allá de las cercas, inciertas.

Este golpe certero contra su corazón y
Los sueños postreros
Este dolor adonde se fue a pastar de manera muy cierta
Su calva y lapicero,
..Me inquieta,
Hecho esta vez otra vaca de su alquería,
Rumiando las mieles de sus sueños
En potrero lejano a los de La Ceja y la sabana bogotana,
Lejos del maloliente sudor de la motosierra
Y los serruchos del próximo desgobierno.

Sin ser Dalí o tal vez Picasso
La vaca pinta el horizonte con su cola
Y espanta del caballete,
En el silencio sacro,
Silenciosa y amable,
Las moscas del que fuera su Señor.


*.                            Sociólogo.

Manizales, enero 02 de 2011

jueves, 13 de enero de 2011

LOS AMADOS DE LOS DIOSES MUEREN JÓVENES /Julio César Correa






No son solamente las características de la inocencia o las de la naturalidad las que atraen al romántico hacia la figura de la infancia. Hay una correspondencia entre el potencial creativo del niño y el del poeta. Si es la imaginación la facultad que rige el mundo de la infancia, el poeta es, a su vez, un niño. La imaginación es la facultad creadora que niño y poeta comparten. Y los dos la utilizan por el mismo motivo: la insatisfacción ante la realidad.

Joaquín M. Aguirre Forero (La mitificación de la infancia en el romanticismo)


Por Julio César Correa D.
Poeta, docente y dibujante.

La tradición occidental rescata y privilegia la imagen del poeta como la de un joven caminando sobre las cornisas del suicidio. La de un joven que se deshace en cada poema que ha escrito. Por eso, como ocurrió con Dylan Thomas,  el último poema o el último trago, si se me permite el símil, es el que lo liberará del tormento de vivir en medio de una sociedad que no les comprende o, al menos, en la que no se sienten a gusto. La imagen de un joven descarriado, que vive demasiado aprisa, que causa escándalos, que fuma marihuana y se niega a trabajar para no terminar momificado en la sal del trabajo, como diría Baudelaire, es la que aún permanece en los imaginarios sociales.


Ser poeta, en este sentido, debiera ser sinónimo de juventud y de irreverencia; de marginalidad y rebeldía; de vértigo e intuición; de sueños imposibles y realizaciones incompletas; de vitalidad y arrojo. El poeta es visto como el mensajero enviado a la sociedad para que cumpla con un destino. Es el que viene a advertirnos sobre la decrepitud estética en que han decidido vivir los que ahora superan los veinticinco años. Quizás por ello, Andrés Caicedo prefiriera el Ceconal a la placidez deshonrosa del matrimonio, la seguridad social y la pensión en los años de retiro.


Nada más lejos del poeta que las puertas que se abren como boca de cetáceo para tragárselo entero y vomitarlo en las horas de la noche, cansado, aburrido y pensando en que deberá volver al día siguiente para empezar otra jornada similar.  Ay del pobre Franz Kafka agitado y presuroso con su maletín de asesor de seguros, dispuesto a cumplir con los horarios de oficina, bajo las órdenes de algún testarudo jefe autoritario, armado de látigo y dispuesto a arrojarlo por la ventana a la menor muestra de insubordinación.


La imagen de Rimbaud camino a África deshojando sus primeros años de vida es invevitable: “La escena que estoy describiendo es la llegada a Adén del poeta Arthur Rimbaud (o, como ya hubiera podido llamársele en ese momento de su vida, a pesar de no contar más que veinticinco años, del otrora poeta Arthur Rimbaud). (Nicholl, 2001)


A la imagen de Rimbaud se suma la de Trakl, Shelley, Keats, Byron, Pizarnik, Storni, Dickinson y otros tantos que cumplieron con la sentencia griega: «Los amados de los dioses mueren jóvenes». Pero, igualmente, en la cultura occidental se han ido construyendo otros hitos iguales. En el cine James Dean. En la música son muchos, pero se podría mencionar a Jimmy Hendrix y, recientemente, a Kurt Cobain. Ser joven y morir temprano habiendo dejado una obra pareciera ser la consigna. Sin embargo, ningún otro personaje como Arthur Rimbaud ha izado una estela larga y difícil de superar; sobre ella se ha ido tejiendo un mito y una leyenda; después de Rimbaud  todos los poetas “son santos y van al cielo”, epígonos y seguidores de una causa y un estilo. Difícil prueba a la que pocos se someten, porque el riesgo es grande y porque el final anticipado es parte del des(a) tino.


En este orden de cosas, habrá que decir entonces que después de los veinticinco, para tener como referente universal a Rimbaud y, en nuestro medio, a Andrés Caicedo, es demasiado tarde para suicidarnos. A los treinta años se es demasiado viejo para pensar en un acto propio de la adolescencia. Cuando se supera la edad en que “ya no es honesto seguir viviendo”,  aparece de manera antitética y angustiante la nostalgia por el paraíso perdido y el deseo cierto de aferrarse a la vida como ácaro sobre el lomo de una bestia desbocada. Aparece la levedad que inclina la balanza hacia el lado de la vida, el demasiado gusto por los pequeños placeres, los señalados detalles, antes invisibles y ajenos. Qué más da, sino seguir viviendo aunque sea en medio del cinismo compartido entre copas de vino tinto. Morir a esta edad no tiene remedio; resulta vergonzoso. Es preferible suicidarse paulatinamente, por cómodas cuotas mensuales, como quien paga una casa o un apartamento. Es lo mismo.


Es esta imagen la que pesa en nuestra cultura y que, por lo mismo, ha hecho posible que se desprenda de ella la idea según la cual el poeta ya ha elaborado su obra a los treinta años; luego de dicha edad ya no es posible decir o pretender cambiar el mundo. A los treinta años se es poeta o no se es. Se es viejo a los treinta años. Se ha muerto a los treinta años. Demasiado viejos para suicidarnos. Demasiado tarde para morir. Quizás haga parte de otra idea mistificadora y mitificada: la de la infancia como edad idílica, edad en la que la imaginación y la fantasía estarían en todo su apogeo, luego de la cual advendría el declive, el decaimiento y la derrota. La edad adulta, en fin, supondría un estadio de mayor serenidad que necesariamente excluiría la fantasía y en menor proporción la imaginación. “Existe aún el criterio de que la imaginación del niño es más rica que la del adulto, considerándose que la infancia es la época en que más se desarrolla la fantasía y, según ello, conforme crece el niño van en descenso su capacidad imaginativa y su fantasía”. ( Vigotsky, 1997)


Despojado de estos atributos infantiloides, el adulto deberá en adelante recurrir a la razón, so pena de ser visto como un bicho raro, una especie de Oskar, el personaje de “El Tambor de Hojalata”, como un curioso “enano” que se hunde de repente en los fantaseos propios de un delirante, de un ebrio o de un esquizo. Kafka tirado en un diván, en casa de sus padres, accediendo a esa inclinación cuasi natural de quedarse por largos ratos embebido, extasiado, ido, aletargado. Bachelard invitándonos a la práctica de la ensoñación, a sumergirnos en mundos construidos y elaborados desde el goce y el placer: “Las ensoñaciones cósmicas nos apartan de las ensoñaciones de proyectos. Nos sitúan en un mundo y no en una sociedad. Una especie de estabilidad, de tranquilidad, es atributo de la ensoñación cósmica. Nos ayuda a escapar al tiempo. Es un estado. Vayamos al fondo de su esencia: es un estado de alma. ” (p. 30, 1993). El adulto no imagina ni fantasea, nos advierten desde la escuela; sólo razona, rematan los tratadistas en psicología. Un hombre ensimismado es un enfermo, un border line, un neurótico que ha decidido dedicar sus ratos libres a rumiar imágenes sin importancia, improductivas; es el que ha establecido, aún sin querer, distancias entre lo que quiere y le gusta hacer y pensar, y aquello otro que le toca a fuerza de ser obligado por las reglas y las normas sociales. Pero, esa inclinación de sibarita, consumidor de imágenes y pensamientos que refuerzan su introspección, es sancionada simbólicamente.


Cuando decimos que un niño “vive en su propio mundo” normalmente no estamos haciendo un cumplido. Los niños no tienen por qué vivir en el mundo real tanto como los adultos, pero lo cierto es que nosotros elogiamos a los niños que son maduros, que se toman en serio las matemáticas o que juegan a cosas razonables. En general, les damos un margen y les dejamos que sueñen despiertos. Pero el permiso es sólo temporal. Cuando lleguen a la madurez, tendrán que abandonar sus sueños, crecer y dejarlos atrás. (Cohen y MacKeith, 1993)


Por ello, dirán algunos, ajustando sus teorías, se ve mal un adulto jugando a ser poeta; ello es asunto de jóvenes. Si no escribió en la edad primera, la postrera dedíquela a las cuentas por pagar. La negación de la imaginación y la fantasía en los adultos es parte de las teorías represivas que erigieron a los niños en esos pequeños monstruos que asaltan la casa, patean a sus viejos y escupen sobre la tumba de sus mayores, sin más causa que la de ser jóvenes; las mismas teorías que convirtieron a los adultos en esa manada de lelos que marchan disciplinadamente al trabajo, duermen en los buses, leen los periódicos, fornican con las medias puestas y se hurgan la nariz en medio de la cena y con invitados.


Convertidos los niños en seres indóciles, inmaduros y poseídos por la imaginación y la fantasía, las pedagogías negras –como las llamaba Alice Miller- se dedicarán a sacarlos de esa animalidad, de esos estados naturales y salvajes en que se encuentran. Habrá que moldearlos, serenarlos, disciplinarlos. Se trata de apaciguar la exaltación producida por la imaginación y la fantasía; se trata de llevarlos a una etapa posterior, necesaria para que entren “en  razón”. Es decir, que al tiempo que supone al niño y al joven como poseedores de una gran imaginación y unos grandes niveles de fantasía, así mismo, supone que la razón es la etapa en la que el adulto se hace dueño de sus actos y determinaciones, pues ingresa en la razón. Frankenstein no hubiera hecho mejor la tarea de seccionar y separar el todo en sus partes. Por un lado la razón y por el otro la imaginación y la fantasía, con el agravante de que en ambos casos el sujeto humano queda alienado, silenciado, huérfano, excluido de sí mismo.


Considerar la infancia como un estado natural donde predominan las capacidades creativas, ha sido parte de la estrategia “comercial” de las pedagogías y de la ideología domesticadora que les subyace. Los tratados abundan en este sentido; se publican manuales y preceptivas medicamentosas para asumirlos; se escriben cartillas donde los niños viven en un mundo mágico, llenos de hadas madrinas y piterpanes; se perciben los esfuerzos por retorcer el cuello de la sintaxis y hacer los lenguajes cercanos y próximos a los mundos maravillosos de los niños; hay casas de chocolate donde Hansel y Gretel se extravían una vez más.[1]


Sabemos, entonces, que la tradición y las costumbres -y no solamente el romanticismo- hacen posible que los adultos vuelvan la mirada hacia la infancia para percibirla como un periodo idílico, edad almibarada, paraíso perdido buscado con afán por los adultos, porque los menores lo único que desean es abandonarlo cuanto antes.  Se falsea la niñez y sus procesos quizás para tranquilizar en algo la conciencia culpable y la sensación de vacío y frustración que embarga a los mayores; una venganza o un ajuste de cuentas, finalmente es lo que supondría algún pillo a lo Bart Simpson.


S. M. el Niño es invento reciente de la bur­guesía. Esa falaz exaltación de la infancia como edad falaz, y del niño, como ángel de pureza. Una imagen idílica inventada por los adultos a raíz de su propio fracaso existencial. El hombre ya aterido, rotas las ilusiones elaboradas en la niñez, se vuelve hacia la infancia y la mitifica. Se proclama la monserga de que los niños son el futuro de la patria. Una más de las falacias fabricadas por la frustra­ción del adulto. Y no se reconoce que el niño no tiene otro afán -¡y es urgente!- que dejar de ser niño. Que le crezca el bigote para poderse afeitar, que le crezcan los senos para así usar brasier y no tener que pedirle permiso a nadie para asistir a una fiesta o a cualquier after party, y usar la ropa que le plazca, y cortarse el pelo como le dé la gana. Y salirse del colegio si le da la gana. Zafarse de la coyunda del adulto, de todos, empezando por el padre. Dice James Joyce, en el Ulises: “Un padre, Stephen, es un mal necesario". (Aguirre, 2002)


Vigotsky, quien igualmente murió joven y en vida se opuso a las corrientes psicológicas dominantes de la época como la reflexología y el conductismo, fue quien más insistió en la necesidad de revisar la actividad prescriptiva de la educación de entonces. 
…la actividad creadora de la imaginación se encuentra en relación directa con la riqueza y la variedad de la experiencia acumulada por el hombre, porque esta experiencia es el material con el que erige sus edificios la fantasía. Cuanto más rica sea la experiencia humana, tanto mayor será el material del que dispone esa imaginación. Por eso, la imaginación del niño es más pobre que la del adulto, por ser menor su experiencia. (1997, p.17)


Sin embargo, como bien sabemos, la educación le apostó, dada su inveterada costumbre a encerrarse en sí misma, al caballo equivocado. De allí, la manida tendencia a educar al niño bajo los patrones establecidos y no discutidos a pesar de las consecuencias nefastas en la formación de los jóvenes.  Los aportes vigotskianos, en cambio,  son valiosos para empezar a revisar la relación entre experiencia y creatividad,  experiencia enriquecida y acumulada (no mecánica o simplemente acumulada), para poder valorar finalmente la evolución y desarrollo de la creatividad. Igualmente, sirven sus teorías para empezar a revisar la idea de creatividad en relación con la fantasía, la imaginación y la realidad inmediata.


Dado que nuestra cultura occidental ha pretendido seguir manteniendo la idea romántica según la cual la creación es un acto de arrobamiento producto del puro azar, de la emoción más profunda, del accidente y del descuido, y menos de la capacidad para buscar, trabajar, y perseverar en el propósito de algún cometido, la imaginación se convierte –se pervierte-,  así, en una suerte de sustancia que secreta alguna glándula a la manera en que la bilis lo hace del hígado. Glándula que vendría contenida en la estructura psíquica del niño como si fuera un regalo de los dioses, pero que como la próstata se atrofiaría en la edad adulta. Una suerte de halo mágico envolvería la actividad mental del infante y lo haría apto para el desarrollo de la poesía y la música, en particular, a edades tempranas. Si bien es cierto, en la música es normal que aparezcan con más frecuencia inusitada niños prodigio, en cambio “En poesía no recordamos obras de alto valor que hubieran sido escritas antes de los 16 años.” (Vigotsky, p. 47).


La imagen del poeta que abandona sus poemas como a los suyos, marchándose lejos, en la búsqueda de algún paraíso tropical, como el mismo Gauguin en Tahití o Antonin Artaud viajando al país de los Tarahumara, eleva aún más la aureola del poeta santo y demonio a la vez. A la obra de arte hay que oponerle de manera dramática la obra vital, no de otra manera se podría entender al poeta (de verdad). Los franceses, muy dados a medir el resto del mundo bajo la férula de su rígido cartesianismo, terminan inclinando la cabeza ante la obra de un personaje como Arthur Rimbaud. “Los franceses tienen una expresión (como siempre): l’oevre-vie: la obra vital, como opuesta a la obra de arte. Podría decirse, en otras palabras, que la vida aventurera de Rimbaud en sus andanzas en África fue, en realidad, su obra maestra.” (Nicholl, p. 31) Las paradojas de la vida, dirán algunos. Resulta impensable un poeta que dice escribir versos de algún valor estético, mientras asiste, detrás de la ventanilla de un banco, a los ocasionales clientes. La camisa arremangada, visera de color negro, y los dedos volando mientras pasan los billetes por entre sus ojos como fantasmagoría cinematográfica. En la comodidad y la higiene burguesas no es posible el pensamiento, mucho menos el arte. Nada fácil, en este contexto, asimilar al poeta como un hombre de hogar, cumplidor de sus deberes conyugales, yendo los fines de semana con sus hijos al parque o participando de alguna reunión con amigos mucho más cuadriculados. Creo recordar a Jaromil, el poeta que dibuja Kundera, en su novela “La vida está en otra parte”, como una figura vulgar, un personaje adocenado y entregado por completo “al sistema”,  de los que hacen cola y la hacen respetar, y terminan siendo parte del estado a manera de colaboradores enceguecidos. Poetas de librea y rodillera, dirá alguna lengua proclive a las ligerezas. Nietszche, no menos cáustico que su maestro Schopenhauer, dirá de manera lapidaria: “un filósofo casado pertenece al orden de la comedia”. 


Con esta aureola romántica, la sociedad espera que los poetas se tomen por asalto la ciudad y sus normas, tal como lo intentaron hacer los nadaistas, con la advertencia de que lo suyo quedó en eso, en nada.  Muy a pesar de los tiempos que corren, de los aires de renovación y transformación; muy a pesar de la llamada sociedad de la información, hoy todavía se sigue esperando la llega de un nuevo Rimbaud como la de un nuevo mesías, y cada poeta en ciernes cree llevar bajo el brazo la obra que lo pondrá en la cima de “los amados por los dioses”.  Paradojas contemporáneas, pues en pleno siglo XXI se sigue pensando en el poeta como un niño precoz, un genio incomprendido y anticipado a su época, alguien que permita además aderezar las tardes aburridas y sin fútbol, que saque de la molicie a las señoras que igual se aburren jugando té canasta o haciendo el amor con sus prostáticos maridos.


La idealización del poeta-niño se extiende, como ya quedó dicho, a otras esferas de la vida. La academia entroniza el puericentrismo. Todo habrá de moverse en torno al infante y sus intereses. El niño es una especie de mago (Harry Potter) que es capaz de mover el mundo con solo desearlo. El adulto sucumbe en medio de la epifanía y recorre las calles en procesión, llevando a hombros la efigie del Divino Niño.  El mundo se infantilizó, advierte Finkielkraut  y no le falta razón; Vicente Verdú, en ese mismo sentido, hablará en términos de la sociedad “adultescente”. La posmodernidad viene siendo la era en que los adolescentes se toman el mundo y los adultos, ya cretinizados de antemano, se recluyen en ancianatos y casas solariegas donde son visitados por las Damas Grises, quienes ayudan en las labores de higiene y aseo personal.


El poeta-niño, aquél que ha escrito y concluido su obra a los 18 años, se dedicará en adelante a pasear por el África desierta de sus mayores, buscando marfil en los cuernos abundantes de una sociedad insípida, ahíta, llena y rebosante de fantasmas y gadgets posmodernos.  Volcará sobre sus rostros la saliva fresca de alguien que apenas quiso ser niño, pero que terminó convertido en un demonio consagrado por la escasez y la ignorancia, por la tendencia humana a convertir en milagro todo lo que no comprende y carece de explicación racional. Mitificar al niño para asesinar al adulto, quizás esa sea la sentencia romántica de la sociedad postilustrada.
Manizales, 2010


Referencias.
1.       Aguirre Romero, J.M. (1998). Niño y poeta : La mitificación de la infancia en el romanticismo. Dpto. de Filología Española III. Facultad de Ciencias de la Información (UCM). Extraído el 20 de diciembre de 2008. http://www.ucm.es/info/especulo/numero9/ninoroma.html
2.       Aguirre, A. (2002, Febrero 25). Menores de edad. Revista Cromos.
3.       Bachelard, G. (1993). La poética de la ensoñación. Bogotá (1ª. Reimpresión): Fondo de Cultura Eocnómica.
4.       Cohen, D y MacKeitn, S. A. (1993). El desarrollo de la imaginación. Los mundos privados de la infancia. México : Paidós.
5.       Nicholl, Ch. (2001). Rimbaud en África. Barcelona: Anagrama.
6.       Vigotsky, L. (1997). La imaginación y el arte en la infancia. México: Fontamara.





[1] Anduvieron y anduvieron hasta que llegaron a otro claro. ¿A que no saben qué vieron allí? Pues una casita toda hecha de galletitas y caramelos. Los pobres chicos, que estaban muertos de hambre, corrieron a arrancar trozos de cerca y de persianas, pero en ese momento apareció una anciana. Con una sonrisa muy amable los invitó a pasar y les ofreció una espléndida comida. Hansel y Gretel comieron hasta hartarse. Luego la viejecita les preparó la cama y los arropó cariñosamente. (Hansel y Gretel, de los Hermanos Grimm)l

miércoles, 22 de diciembre de 2010

CUENTO DE JACOBO REYES GODOY


Solidaridad De Sobremesa
Alguien ve a la niña subir sus pies en la silla del comedor, sin embargo su madre no la reprende ni la obliga a usar zapatos, al contrario, no la deja bajar.
Alguien no la escucha, pero sabe que ella está llorando mientras abraza sus propias piernas y se muerde una rodilla. La mesa del comedor y su silla están frente a su casa, afuera, junto a los otros muebles grandes y las cosas caras. Sus cuadernos y colores todavía están adentro, pero nadie de los que salen con enceres o electrodomésticos le pregunta si ella quiere salvar algo.
Alguien siente pena y dice en voz alta: “Pobrecita; pobre gente”, pero no entiende que el mundo se ha hundido un poco. Que todas esas cosas bajo el agua, eran cosas que su madre jamás hubiera permitido que se mojaran. El agua ha borrado el piso que era firme y se ha encaramado a los asientos y las camas. Ni siquiera hay dónde poner a secar lo que sacan; el agua es un charco cada vez más grande.
Alguien siente lastima por los náufragos de tantos pueblos, pero después piensa que seguro también va a llover en el centro esta tarde. Y sucede entonces que ese alguien se cansa de los ríos sueltos en los valles, de las lluvias que olvidaron escampar y del cielo cementado. Levanta su mano poderosa y logra que toda la tragedia acabe con tan sólo escoger otro canal menos frío para su almuerzo.


Jacobo Reyes Godoy
Narrador y ensayista colombiano

La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee.

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