jueves, 17 de julio de 2008

CINCO POEMAS DE HERNANDO GUERRA




DURRELL 
La ciudad cambia de nombre, se pierde con nosotros
calle abajo.




CIUDAD ILUMINADA
Escindidos, quizás una ciudad iluminada nos mire
desde adentro.

Divididos desde el primer abismo.

Desde el primer poema exiliados en esta ciudad
que se desploma.




EXTRAVÍO
La ciudad está en otro lugar, el cielo se nos viene
encima como laberinto.

Cruzamos la noche por calles inconclusas.

ANTES
Calles de todos los colores rumbo al abismo. Sin
mirarnos avanzamos por la noche enfundados en
gruesos abrigos de miedo. Sin sabernos.

Antes de caer, al menos un trozo de sol, un pedazo
de luz,

o el derecho inalienable de morir.




DESARRAIGOComo al principio el extravío, la separación.
Como la primera vez el desarraigo.

Y los años descendiendo verso a verso,

la frágil escalera del poema.

miércoles, 18 de junio de 2008

RESPUESTA A DOS POETAS AL FILO DE UN PARTEAGUAS/ Alvaro Marín






He recibido los mensajes de los poetas Juan Manuel Roca y Gabriel Jaime Franco. Entiendo el envío de los mensajes como un llamado a la toma de posición frente al reconocimiento al Festival por parte del Congreso, y no quiero pasar de agache en este debate -si es debate y no camorra-. Partamos de la desprevención y también del hecho que no es un asunto trivial el homenaje por parte del Congreso a una expresión cultural importante para el país como es el Festival de Poesía de Medellín. Me asalta la preocupación, como a todos, -incluido Prometeo- del beneficio, o el maleficio, que pueda ser un reconocimiento del actual Congreso, pero también tengo la costumbre de no ser ladino en mis opiniones: mi criterio es el que sigue frente a este hecho de la cultura colombiana:
La doble connotación: cultural y política del reconocimiento, me invita a mirar el hecho como ciudadano y no como poeta amigo de... o enemigo de... que parece haberse fundado en Colombia bandos poéticos y no corrientes críticas y literarias; resabios del pasado clerical ¿o miserias del presente aldeano de la cultura colombiana? El caso es que el empobrecimiento y la involución intelectual del país y de su inteligencia se hace evidente en la forma de tratar asuntos de la cultura, la literatura, o la política, y ese ya es un signo preocupante ante el cual es necesario superar las posiciones ladinas y enfrentar la diferencia con la argumentación, el diálogo, o la crítica de forma directa, sin las oblicuidades propias del interés individual, o del celo exacerbado ante el reconocimiento colectivo del otro que no somos.
Seamos directos y seamos también de buena fe: digamos que el poeta Juan Manuel está muy preocupado por el destino de la poesía colombiana y ve en el Festival un bien cultural que hay que defender; digamos también que la forma de cuidar el Festival es no convertirlo en instrumento político, ni en “boca de partido”, expresión que le he escuchado al poeta. Estoy en acuerdo total en este punto. Sin embargo, lo que he visto en el nuevo rumbo del Festival es su desdoblamiento en acción política de la cultura, y esto ya es otro asunto; si los poetas no son sensibles a su entorno, y con mayor razón ante el oscuro entorno que habitamos, entonces no se puede esperar de ellos más que anacronismo contemplativo y balbuceo retórico, y este último es hoy profuso.
La cultura es siempre creación poética y por supuesto construcción política. Seamos también de buena fe en reconocer que el Festival es ese doble aporte a la cultura y amerita un reconocimiento de la nación – aunque esta nación, como es hoy, no nos guste- y que ésta puede ser una forma de consolidar el Festival y los demás procesos surgidos de allí, como el Movimiento de artistas, que es ciertamente una propuesta política.
Lo que no se puede aceptar de las afirmaciones del poeta Juan Manuel, y allí no veo buena fe, es que trate de relacionar este reconocimiento con el gobierno de Uribe, cuando el esfuerzo ha venido del Polo Democrático, entonces habría que echar en el mismo saco al Polo. El dogmatismo consiste precisamente en ver en blanco y negro, es el caso de Uribe y el de algunos escritores de los medios, como Collazos quien a una propuesta de paz del Movimiento de artistas e intelectuales por la paz, respondió con el señalamiento de “aliados de los insurgentes”; ni escudero de Obdulio que fuera. ¿Es el Polo uribista por estar en el Congreso, son los senadores Germán Reyes, Alexander López, Germán Navas, Gloria Inés Ramírez, Gustavo Petro, Jaime Dussán, Jesús Bernal, Jorge Enrique Robledo, Luis Carlos Avellaneda, Orsinia Polanco, Parmenio Cuellar, Venus Albeiro Silva, y Wilson Borja congresistas de Uribe? ¿Es Piedad Córdoba una ficha de los congresistas que están en la guandoca? Afirmaciones como las que hace Juan Manuel Roca, me parece que no están respaldadas por la argumentación crítica, mas bien olfateo mucho de mezquindad y de dificultad para reconocer los méritos ajenos.
Es como decir que el día en que María Mercedes llevó de la mano a Jota Mario y Juan Manuel a una iglesia de Bogotá, a ofrecerse mutuamente perdón como un acto de paz –y ellos la siguieron- ese día Jota Mario y Roca entraron al reino de los confesos; el hecho de haber asistido a una iglesia y recibir “la paz” de la mano del cura no los convierte en poetas secuaces de Monseñor Rubiano o en cómplices del ultra godo Espíritu Santo colombiano. Estas actitudes lindan más con las acrimonias de Arquitrave que con una argumentación inteligente. Lamento profundamente la decadencia de los buenos poetas y la peripatética caída en el odio de un poeta que indudablemente ha hecho aportes a la literatura colombiana. Hay momentos en que la cultura y la vida social necesitan de las posiciones claras de sus mejores hombres, momentos cruciales de la cultura y de los pueblos en que no se pueden permitir las bajezas. Es lamentable ver a quienes hemos tenido por nuestros mayores revolcarse en las miserias de la época.
Ya va siendo hora en que las aguas vuelvan por sus cauces naturales y se reconozcan la inteligencia y la poesía, por el fuego en la frente, como nos lo enseñó Martí, el poeta amoroso de la independencia de Cuba, y no por las bajas ulceraciones. Celebro el reconocimiento que hacen la izquierda y los demócratas en el Congreso al Festival de Poesía de Medellín, su mérito es hoy incuestionable. La preocupación de los Poetas Fernando Rendón y Gabriel Jaime Franco por el crucial momento que vive el país, nos lleva a hacerles además un reconocimiento como intelectuales de la acción, así nuestras convicciones políticas corran por aguas distintas.
Si los poetas de Prometeo van como ignorantes políticos, como garzas voluntariosas, a un espacio que tradicionalmente ha sido el bebedero de las zorras legislativas, la cosa está perdida. Pero tengo la certeza de la formación política de los poetas de Prometeo, y esa es una de las cualidades del Festival: el desdoblamiento de la acción cultural en acción política. Y es más meritorio aún cuando buena parte de la intelectualidad colombiana señala al Festival con el dedo ensangrentado de la deidad vengativa que escoge la próxima víctima para el holocausto. No se han espantado los poetas de Prometeo con los señalamientos, contrariamente han tomado un aliento mayor para decirle al país frontalmente lo que piensan. Allí no hay asomo de miedo; ni el señalamiento, ni el miedo, ni los escritores oficiales callarán la voz crítica de la poesía.
Creer que el Congreso es el presidente, es tanto como pensar que el gobierno es el Estado, y esto ya manifiesta, cuando menos, una falta de información, que es preocupante cuando viene de un intelectual que trata un tema político. En Colombia todo es paradojal, y casi siempre se imponen la cerrazón y la paradoja; los llamados a abrir caminos los cierran, las voces convocantes llaman al odio, la ridiculización y la afrenta, y cuando no, al holocausto. Y esto es así porque se impone la sordidez y la maledicencia sobre esa metáfora necesaria que es la necesidad de crear un país distinto por encima de nuestras diferencias.
No es una responsabilidad menor con el país anteponer los intereses nacionales sobre los intereses individuales, o de las fracciones políticas. Los individuos que disocian y las fracciones que pretenden representar el universo social, no hacen otra cosa que ayudar a hundir al país en la fosa común de la soberbia y el conflicto insoluble, que lindan más con la neurosis que con los problemas de la política. En momentos como el que vivimos es más que ofensivo el dedicarse a enviar correos para señalar a otros. Uno quisiera que los poetas fueran hermanos, pero hay que estar preparados para la alta marea que se nos viene y nos separa, uno quisiera hacer un llamado a la conciliación, pero es el tiempo de las definiciones. Escribo con dolor estas palabras de respuesta que no desearía haber escrito jamás, lo mejor para el hombre, y más para los poetas es siempre la hermandad.
Son los tiempos, los giros de la historia, la agonía de un odio cetrero, la hora de los claudicantes, de los señaladores. Es “el tiempo de los asesinos”, pero también puede ser, precisamente éste, el tiempo de la dignidad.
Sobre el Movimiento de artistas e intelectuales
Con las piedras que nos han arrojado hemos ido construyendo, piedra sobre piedra, una fortaleza. El odio subterráneo lo exhumamos para exponerlo ante todos como afrenta colectiva, y luego lo vamos transformando, con el barro de de la poesía, en fuerza para la creación. Porque vamos hacia la raíz del conflicto colombiano somos señalados de radicales, término que bien nos define, y no el de “tibios” o medianos, y mucho menos el de oscuros. El Movimiento es una fuerza amorosa, no contemplativa ni conciliadora; amorosa en el sentido martiano, es decir, una fuerza de la acción creadora, un espacio abierto para la luz en medio de la oscura manigua de nuestra realidad; no es la contemplación desesperanzada e indolente. No somos el que lanza la ofensa y esconde la boca, sino el Movimiento que expresa sus ideas con claridad y avanza, y vamos hacia la vida, huyendo de una realidad ominosa. Huimos de las fuerzas de la muerte para construir otro país, otra vida. Huimos creando al lado de las fuerzas de la vida. Trabajamos sobre ese vacío que han dejado el odio y la muerte; juntamos nuestras partes resquebrajadas, las recomponemos y volvemos a andar, con todo aquel que quiera trabajar por la paz de Colombia, desde la resignificación misma del término “Paz”, que es acuerdo entre los colombianos, pero también ruptura con las actitudes negativas de la ausencia de diálogo, la desidia, la actitud ladina y la mezquindad, que son las fuerzas culturales que sostienen este engranaje de muerte.
Y Paz también es un país distinto, no el de las madres lactantes de las comunidades ancestrales durmiendo bajo los gélidos puentes urbanos, miradas con desdén por transeúntes tan fríos como las fosas comunes de este gobierno de la muerte. Paz no es el país de los campesinos que piden tierra y son arrojados bajo la tierra que piden. No el país de la mezquindad, nunca el país de los poetas que desconocen la noción de fraternidad. Y sin embargo es mejor la ruptura definitiva que abre las compuertas de una cultura estancada, que el hermanarse en las medianías, o haciendo tabla rasa por lo bajo. Es necesario desgarrar este manto de sombras para que sea posible la luz, todos los días lo aprendemos del sol.
Álvaro Marín
Mensajes recibidos:
<juan_manuelroca@hotmail.com>
paraalvaro marín <alvmarin@gmail.com>
A
Así, querido Gabriel, que leerán poemas en el Congreso y que están pedientes del aval presidencial, de que les firme la importacia del festival un poeta de grades kilates, el doctor Álvaro Uribe Vélez. Qué bien. Les deseo la mejor de las fortunas. Lo único malo es que la lectura en el honorable Congreso tendrá muchas sillas vacías. ¿No piensan en hacer una teleconferencia para el resto de los congresistas del gobierno que están en la guandoca? Échenle cabeza al asunto, camaradas. Juan Manuel Roca
gabrieljaimef@yahoo.es>
paraalvmarin@gmail.com>
--- El lun, 9/6/08, Gabriel Jaime Franco Uribe <gabrieljaimef@yahoo.es> escribió:
Pues sí, querido Juan Manuel. Tu ironía no socava ninguna de mis convicciones. La Ley que declara al Festival como Patrimonio Cultural de la Nación fue una iniciativa de congresistas de la bancada del Polo, no del presidente (que por lo demás probablemente no sancionará la Ley , como ya lo dio a entender el Ministro de Hacienda a Germán Reyes). Para nosotros es importante la Ley porque le brinda un blindaje al Festival (y de paso a algunos de nosotros), y porque no deja los apoyos a merced de la voluntad o de las veleidades de cualquier ministro o presidente de turno: se trata exactamente de un triunfo de la izquierda sobre el ejecutivo, así no te guste. Respecto a la lectura en el Congreso: también fue solicitada por representantes del Polo, y sin duda tendrá muchas sillas vacías, no sólo por la sana ausencia de los congresistas que están en la guandoca, sino porque a muchos otros congresistas la poesía simplemente les interesa un comino. Pero sucede que tendremos transmisión en directo por TV., y ahí nosotros podremos decirle al país lo que pensamos, así eso que pensamos no le guste a ninguno de la derecha y a algunos de la izquierda o que dicen estar en ella. Nosotros por lo menos no nos hacemos los mudos ni hacemos mutis por el foro, ni aceptamos viajes al exterior con dineros de la Cancillería o la Presidencia. Y tu ironía sobre la teleconferencia muestra más resentimiento que argumentos.
Gabriel
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lunes, 16 de junio de 2008

EL SENDERO ILUMINADO / José Ortega Moreno



1
Somos ríos
nos encontraremos en el mar
allí mismo moriremos

2
Alcanzo la cima de la montaña
Y aun en la cúspide
no termino por conocerme

3

Todas las noches
la luna deja perlas de rocío
sobre los pétalos de las flores

4

Los sauces en grupo
mientras se inclinan sobre el agua
conversan al atardecer

5
Al ascender la montaña
geranios
mi cabeza llena de sueños

6
En perfume transformado
el jazmín ha desaparecido
bajo la luna

7
Toda carta que llega
tiene el suave aleteo
de una paloma en el tejado

8
En el pentagrama de la brisa
los pájaros escriben
la partitura de su canto

9
Recorro el territorio de tu piel
E insomne busco
Donde sembrar mi cuerpo

10
Cuando estoy despierto
mi alma duerme
mas cuando duermo
un ave vuela por el infinito


JOSE ORTEGA MORENO. Poeta y docente santandereano. Su vasta producción incluye el gusto por esta dificil manera de expresar el mundo: el haikú. Se puede afirmar que este poeta es, de alguna manera, uno de los pocos referentes válidos de la poesía que se cultiva y se escribe en Santander (Colombia), referente por cuanto su presencia y su importancia son indiscutibles. De una fina sensibilidad que lo ha llevado a mostrar en la región lo que muchos otros, quizás con más "gloria", no han podido: que la poesía no es un asunto de centros literarios, ni de homenajes a las reinas de belleza o un simple pasatiempo; por el contrario, para José Ortega la poesía es una manera de ser y de habitar este mundo.

domingo, 1 de junio de 2008

ERÓTICAS/De Hernando Guerra




De pájaro azul, 1994
Poema V
Había siete pájaros sobre la noche
luna de canciones olor a piel
música esparcida en el paisaje
San Antonio lugar del encuentro
calles empinadas, patios
carcajadas carcomiendo el silencio
Después tu piel recorrida lentamente
/ a cada célula
cuerpo colmado de gaviotas
el ardor visitando los rincones de la hora
acoplamiento de susurros
Noche de avenida sexta
dispuesta al parpadeo de las tabernas
cacería de pasos y siluetas
Noche de luna prolongada
cuerpo habitado de pájaros
más allá del grito


De la Noche del árbol, 1998
Tu cuerpo
Remanso del viento
puerto de verano
lugar donde mis pájaros
reposan su viaje interminable


Tu cuerpo hoguera
Crece el fuego
se dilata
la luna discurre
por el paisaje amoroso
de la noche
Crepita la llama
Tu cuerpo hoguera
consume
mi penumbra


Acto final
Los deseos exaltados
sobre la noche sola
En la penumbra tu cuerpo desnudo,
cubierto de luz
Entonces penetré el umbral
hasta diluirme


De Ciega luz, 2004
A su lado el tiempo
La vi sobre el caballo
a su lado el cielo, las estrellas
los árboles de prisa
el día cayendo, deshojándose
la distancia
Por senderos del valle entrelazados
en la desnudez que agita la inocencia
descubrimos la fuente
manantial purísimo
donde abreva la sed de nuestros cuerpos
La vi llorar bajo el árbol de la tarde
¿Dónde ahora su olor que me estremece?
Monólogo del sueño
fulgor de la memoria
viento y brisa de infancia frutecida
¿en qué lugar
bajo qué fuego
galopa su silencio?
La vi sobre el caballo
a su lado el viento

domingo, 25 de mayo de 2008

EN EL PAIS DE LAS MARIPOSAS/ Miguel Angel Pérez Ordoñez





Por Miguel Ángel Pérez Ordóñez

El hombre es producto del azar y la necesidad. El azar es biológico, propio de la naturaleza; a su vez, la necesidad, aunque se apoya en el azar, es una fuerza simbólica, de la cual no se puede prescindir.
De esta segunda característica que constituye al hombre, nace el poeta. Porque, quizá, en una noche cósmica, ese hombre de carne y hueso fue avasallado por el misterio insondable del universo y, por eso, sale a la cotidianidad no como todos lo hacen: a desgastar sus vidas tan solo, sino a ver y a contar las cosas como si nadie, antes de él, lo hubiera hecho. 

De ahí que la única voz que escucha es la suya, pues en ella solo están sus deseos, su fe en la belleza que canta, aunque también sus derrotas y tristezas. Nada, entonces, le llega desde fuera a un artista, a un poeta. Todo está en él y en sus espacios, topias particulares donde se refugia para no dejarse contaminar del ruido que producen los demás.

Como escritor de formas literarias, percibo en esta antología (que completa la trilogía iniciada con “Los girasoles de Van Gogh”, 1999 y “Atlántica”, 2004) una voz propia en Acevedo Linares; la misma que se halla permeada por los recuerdos de su infancia, su erótica y la impronta que le han dejado sus lecturas.

Vivencias que van esparciendo su vida y que el poeta plasma con metáforas sencillas en sus jirones de poemas que forman un todo: escritura de un hombre sensible que camina por las calles anegadas por la lluvia o por atardeceres bermellones que hacen propicio el canto de las cigarras y las danzas efímeras de las mariposas.


POETICA

La poesía se escribe
con la propia vida
de quien la sueña
es de quien la trabaja
como la tierra que se siembra
a veces no es de quien la escribe
sino de quien la enamora
la poesía nace desde el fondo
de sí mismo como desde el fondo
de los ojos de una muchacha
no tiene partido pero
a veces se adhiere
a causas perdidas
y se escribe con ternura
como la que tienes
cuando ella te abraza desnuda.

Pero, a su vez, están las noches en donde los habitantes nocturnos de la ciudad beben sus penas de amor y olvidos, venden sus cuerpos y espíritus, y traman sus acuerdos siniestros que vengarán sus sueños de poder hechos pesadillas. Instantáneas que él, igual a un hábil fotógrafo, deja grabadas en sus poemas en la espera que un hermano de sangre, el lector, les de vida al recordarlas también.
Antonio Acevedo Linares, poeta, ha constituido un mundo propio que ha integrado a un país que él ve así y que el lector lo recrea. Considero que esa es la poesía.


Miguel Angel Pérez, médico y escritor santandereano.

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sábado, 24 de mayo de 2008

ANTONIO ACEVEDO, CRONISTA DE LA LLUVIA



Por Claudio Anaya
Tal vez Antonio Acevedo sea el poeta más convencido de su oficio en nuestro medio, una disciplina inamovible lo ha conservado fiel a su ejercicio literario a lo largo de varias décadas, tal vez la única fidelidad que ha observado en su vida; consignar con paciencia de cronista del mundo y de sus cosas sus vivencias o su visión de la vida, filtrando los hechos, los conceptos y las imágenes a través del deseo de configurar o consolidar una obra literaria ambiciosa en la medida en que trabaja una infinidad de temas en su poesía, y se asoma a los temas universales y a la gran cultura con la confianza que debe tener un escritor con respecto a estos trajines.
Ha publicado cuatro autodenominadas antologías poéticas: Arte erótica en 1989, Los Girasoles de Van Gogh en 1999, Atlántica en 2005 y En el País de las Mariposas en 2007; además de una serie de plegables y folletos en los que ha resaltado otros perfiles de su trabajo; publicaciones que han sido extractadas de una colección de tal vez más de once libros de poesía. Escritor prolífico del cual hace algunos años otro colega, nuestro Kipling boyacense, al enterarse de su fecundidad literaria dijo; “a Antonio hay que conseguirle trabajo o amarrarle las manos”.

Su principal medio o recurso expresivo es una suerte de monólogo asordinado que nos recuerda el sonido de la lluvia y en el cual el lector va encontrando encastadas las perlas de algunas imágenes, delicadas y tiernas algunas como en su poema Al paso de mi mano sobre tu pelo:
Al paso de mi mano
sobre tu pelo por mí
cuerpo sobre tu cuerpo
estremecida te abres
como un cielo despejado
en donde acaba de cesar
la lluvia que hace dibujar
el arco iris en la tarde
húmeda y respiro bajo
su arco como reposo
bajo tu cuerpo cuando
he llovido dentro de ti.
Y audaces y hasta procacez otras, de marcada tendencia erótica como en su poema La Hierba púbica:
En el origen del vértice
de sus muslos como tierno
follaje nace la hierba púbica
que alucina como amapola
y conjura olorosa como una
misteriosa flor nocturna
acaríciala con mágica ternura
y ámala con secreta dulzura
que ella es la hierba púbica
en donde aflora la rosa
carnívora que hermosa devora
como el cielo a la noche.
Otro poeta en nuestro medio, hacía énfasis en que la poesía no es un género sino una materia, un éter o una substancia común a todos los géneros y sus híbridos, y que a lo que llamamos poesía deberíamos llamar poema; como decir cuento, relato, ensayo, o novela. Ahora bien, toda obra literaria de valor en cualquier género debe tener ese voltaje o atmósfera poética, que dicho de otra forma, son esos alcoholes de la nostalgia destilados en las palabras por nuestro espíritu, es ese ámbito creado conjuntamente entre el autor y el lector. Los tiempos cambian y con ellos los géneros literarios evolucionan. Hoy en día tienden a borrarse los límites entre los géneros, y un ejemplo característico son estos poemas de Antonio Acevedo que se originan en una anécdota y con una base narrativa, de ahí su monólogo que se centra en el discurrir de la memoria del Voyeur (del observador o el mirón; o como menciona Mario Rivero en uno no sus poemas: “Soy un cuenta cosas, soy un humea cosas”) y que pasan luego a la revelación de la imagen.

Los poemas de Antonio nos dan un paseo por la memoria de la cultura, principalmente por la historia de la literatura, que encontramos como esos comentarios ya sabidos y que por cálidos es bueno volver a comentar para recordar, y que sé que son tenidos por él, como el sustrato fecundo, el subsuelo nutricio de la cultura y del cual emana la vida espiritual, la actitud civilizada y la confianza en la razón.

Casi todo lo que nos dice en sus poemas, es visto tras el cristal de una ventana empañada por la lluvia o tras la cortina del tiempo, como en su poema Guevara, en memoria del Chè.

Bajo su boina su
melena la agita
el viento con su barba
entre el humo de un puro
que se fuma con una
mirada intensa que como
en un cuadro de Da Vinci
yace vivo en la memoria
que arde con sus fuegos.
Su corazón se oye aun
latir en el futuro.

Poesía de estirpe intimista y solitaria que se desgaja como una conversación anónima que flota en los vapores de la tarde y en las penumbras de la casa, que habla de la soledad en medio del ruido del mundo, y de la necesidad que tiene el hombre contemporáneo de reconstruir su vida, así sea contándosela el mismo.

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jueves, 22 de mayo de 2008

LA ESCRITURA EN TIEMPOS DE OBSCURIDAD/Elmer Hernández





Por Elmer J. Hernández E.


Según Peter Sloterdijk el Humanismo del Renacimiento fue posible gracias a una inusitada amistad pactada entre hombres sabios, y expresada mediante un invento antiguo: la escritura. Constituida en el medio por el cual esos hombres se encontrarían para torcer los destinos de la cultura, la escritura hizo posible lo que jamás pudo ser en la Europa Medieval, y fue el meticuloso ejercicio del observar, el sencillo hábito de la reflexión y la libre circulación de las ideas, más allá de las fronteras territoriales, por encima de las lenguas ya configuradas y pese a los violentos estertores de un sistema en decadencia.
Cada sabio del renacimiento se entregó al hábito de la escritura, convencido de que otros en ese momento hacían lo mismo en diversos rincones de Europa: escribir textos extraños sobre una realidad que de la obscuridad emergía rejuvenecida ante los sentidos y el intelecto. Y muchos de ellos, sin llegar nunca a conocerse, se pusieron en contacto mediante los textos escritos, y así vivieron el asombro deparado por cada obra nueva y se admiraron y se agradecieron los unos a los otros y permitieron que fluyera tranquila y contundente esa bella complicidad que suele surgir entre quienes buscan el saber con sinceridad y desenfreno.
Y así, estos hombres iniciaron un tejido de conversaciones escritas que habría de modificar la cultura medieval y abriría la senda de los tiempos modernos, de modo que de su trabajo, y volando de mano en mano, la Europa Occidental conoció extrañas obras que, a modo de epístolas, tratados, obras líricas o relatos fabulosos, ensayaban sobre la filosofía, la ciencia, las artes y la literatura, en una época en que aún no se sabía bien qué hacer con los últimos remanentes de oscuridad medieval.
En esos tiempos era posible tropezarse con textos que versaban sobre nuevas configuraciones del universo fundamentadas en las leyes físicas, sobre inusitadas edificaciones del estado y de la convivencia, sobre los asuntos de dios y los asuntos de los hombres, sobre la enigmática naturaleza de los hombres y la digna y orgullosa condición humana; pero también sobre extraordinarias utopías donde la felicidad era posible, y cuyos alientos aún acompañan a quienes buscan nobles ideales. Pero esos logros se le debieron a la escritura, una escritura que no tardaría en navegar hasta el Nuevo Mundo.
Desde entonces, innumerables acontecimientos se han confabulado para desmentir las pretensiones humanistas del Renacimiento Europeo; muchos de sus propósitos son ahora polvo de la historia o cómico material de nostalgias; y sin embargo, a pesar de ello, quizá lo único que persevera inamovible es la necesidad de la escritura en tiempos de obscuridad. Esa fue, quizá, la mayor lección que nos legaron dichos humanistas, esos amantes de la vida y productores incansables de saber y de conocimiento.
No se trata, por supuesto, de volver al Renacimiento Europeo; no se trata de desempolvar humanismos imposibles; no se trata de redescubrir las leyes que rigen lo existente; no se trata de devolverse en el tiempo ante el pánico que produce el presente, ante la frustración de los sueños malogrados y ante la impotencia que adviene en mitad de una tragedia cerrada en sí misma y en apariencia carente de solución.
De lo que se trata es de volver a esa escritura fraguada en una renovada visión del mundo, del hombre y de la vida, mundo, hombre y vida inmersos hoy en la obscuridad de fieros dogmatismos. Una escritura que retorne al primigenio nido de las preguntas… Hoy se hace necesario volver a las preguntas originarias porque en todos los labios aparecen respuestas que no responden a pregunta alguna.
Pero también se requiere volver a una escritura libre de las ataduras de toda clasificación: los géneros literarios no son fines sino medios de que se vale la escritura para hacer posible la reflexión propia de la filosofía, de la ciencia y del arte. Y eso también lo entendió el hombre del Renacimiento que nunca supo con exactitud si lo que escribía era un tratado o una fábula o un relato… Él tan sólo ensayaba. A propósito, debe decirse que hoy tampoco los géneros tienen fronteras por cuanto sólo son expresiones de la escritura. ¿Acaso es posible perseverar en la falsa creencia de que hay fronteras nítidas entre la filosofía, la ciencia y la literatura? Filosofía, ciencia y literatura le deben su sentido a la escritura.
Así, pues, hoy cuando la escritura está en peligro de ser asfixiada por toneladas diarias de información, cuando la información ha substituido al saber y al conocimiento para erigirse en una verdad hecha de tinieblas, y que, por tanto, no ofrece concesiones, la luz de la escritura se torna inaplazable… La información no sólo agrega sombras a la ceguera sino que separa a los hombres y a los pueblos y los torna irreconciliables. Por eso se requiere volver a la amistad que provoca la escritura, ese infinito espacio de los buenos encuentros donde el hombre no se muere de envidia ni de miedo sino que vive gracias al asombro que les suscita la verdad del otro, tan distinta a la suya y sin embargo tan edificante y sugerente de una nueva escritura.
Sobre esos criterios pretendo esta noche ofrecerle a Ibagué un libro de relatos y que ya el Magister Leonardo Monroy tuvo la gentileza de presentar. Sobre ese libro sólo quiero señalar que su propósito es el de mostrar mundos posibles, el de señalar sensibles aspectos de la enigmática condición humana y el de contribuir al afianzamiento de esa amistad que surge de la buena lectura. Como el libro de Cuentos INTERSTICOS, que tuve la dicha de ver publicado en 2003 a través de Germinar Editores, este libro es el producto de la amistad y va dirigido a la amistad, dedicado, por supuesto, a esos espíritus nobles y siempre abiertos a lo más humano del hombre… Espíritus de hombres atrapados para siempre en la escritura y espíritus de hombres atrapados en la dinámica de la conversación cotidiana y, en fin, espíritus humanos que a través mío hoy hacen posible La calle del capitán.



* Discurso leído en el lanzamiento del libro de relatos LA CALLE DEL CAPITÁN, el 10 de Abril de 2003 en la Biblioteca Darío Echandía de Ibagué.
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sábado, 17 de mayo de 2008

NELSON ROMERO Y ELMER HENÁNDEZ /OBRAS DE MAMPOSTERÍA


Por Gabriel Arturo Castro Morales, Poeta y Ensayista


Obras de mampostería
Nelson Romero Guzmán,
Alcaldía Mayor de Bogotá,
Imprenta Distrital, 2008,
56 páginas.

Obras de mampostería viene de lo oculto y de la experiencia temprana, siempre renovada en el poblado universo del autor, cosas que llegan a nuestro espíritu y mente: las “niñas violadas en la puerta del templo”; “la historia que atraviesa los pasillos”; “el cadáver reventado que todos los días vemos pasar frente a nuestra puerta”; el hombre que “lleva en el corazón su dios abolido”; el abecedario muerto recocido entre las piedras; “la ceniza del círculo, la noche podrida”.
Otra vez la poesía presente, un libro de poemas habitado por la poesía, la cual a través de la lectura la padecemos, la vivimos, la disfrutamos como un campo fértil. Es el saber de la verdadera poesía, la construcción y proyección de su arquitectura, lugar de un diálogo de orden sensible, combinación de lo íntimo (lo más cercano) con lo compartido (lo más lejano). Habitar y construir son los fundamentos de esta particular experiencia donde primero la poesía toma posesión del ser, se aloja dentro de él, es decir, lo habita, para luego si edificar, levantar o fundar el intento de una obra.
Habitar es recorrer lo conocido y explorar lo desconocido (mundos posibles), lo que demanda una relación profunda entre el ser y la acción de habitar.
El poema es un hecho poético construido, sólido e intangible a la vez. Es un espacio que alberga al ser, su lenguaje y su sentido de estar en el mundo, trasciende lo inmediato y lo cotidiano porque al unísono encontramos la experiencia individual y lo atávico o colectivo.
Entre las cosas hechas por el hombre, las obras de mampostería son la parte más grande y voluminosa (obra hecha con mampuestos, piedras sin labrar que se ponen con la mano, fijadas unas con otras sin sujeción ha determinado orden de hiladas o tamaños). El pegamento es el barro recocido, tierra arcillosa o barro común, hecho a mano, con los cuales se hacen muros confinados que resisten, trabes y columnas, castillos verticales. Pero en Obras de mampostería las piedras son sobrenaturales, pues al interior del poeta se instala un mundo (territorios y lugares construidos, reconocidos desde el drama de la existencia). La poesía ocupa un lugar, vive allí y a partir de allí comienza su tránsito hacia otros ámbitos. Un libro donde permanece la poesía, la alberga y albergará a través del tiempo. El yo poético, entonces, reflexiona sobre el estar ahí como un territorio valioso de dicha existencia. Evidencia la vocación de construir (reflexión y trabajo), de el espacio construido o la “inmensidad íntima”, de acuerdo a Bachelard. Es la reflexión del estar poéticamente, la presencia de la poesía, su interpretación.
La espacialidad es aquí entendida como el vacío (espacio interno) que crean los elementos y que sentimos por medio de la lectura, un ámbito casi teatral donde se escenifican acciones y acontecimientos singulares:
Recogimos de entre las piedras
un abecedario muerto,
unimos los pedazos de la palabra al-ba-nil
con argamasa (…)
Es el “imago mundi”, un espacio expresivo o artístico que sobrepasan las sensaciones para llegar al afecto, las vivencias y la memoria:
Allí,
mientras la cumbre florece,
acá la piedra alza sus mamposterías
para que en sus cuartos
veamos la historia
que atraviesa los pasillos
con su vela encendida dentro de una calavera.
La imagen es la síntesis de la experiencia, aquello que queda después de que todo acaba. La imagen fabricada es ya una construcción luego de la vivencia habitada, de un creador que establece un diálogo entre su mundo interior y el lugar donde se encuentra. Advierte los fragmentos, el cómo cada uno de ellos afecta a ese mundo instantáneo, evocado e invocado.
Es la imagen por defecto, un poema que se hace y se rehace, llegando a ser un anhelo imposible, pese al consagrado rigor del poeta. De ahí su persistencia, el intento diario de conseguir una totalidad siempre lejana.
Terca lucidez intuir que sólo se cuenta con los trazos, las huellas que dejan las palabras:
En los ojos crece la hierba,
se hace monte la palabra,
es impenetrable la escritura.
He ahí el cometido de Oficios de mampostería, libro que merodea la esencia de la poesía, buscar el rastro e las palabras, su estupor y perseverancia, el maravilloso acto de nombrar lo imposible a través de la metáfora espacial. Tras su laboriosidad y lenguaje corrosivo, devastador, paciente e impaciente se esconde una probable respuesta al origen de la escritura, un origen descentrado, indeterminado, un comienzo que incluso vislumbra el porvenir.
El poeta recorre de manera espontánea por medio del conjuro, el ruego, la súplica de protección y la rememoración constante. Y nosotros, los lectores descubrimos rasgos inéditos, sensaciones olvidadas: lo impenetrable de la luz, el ver todos los días el cadáver de una rosa, oír la respiración tranquila de los árboles, adivinar la presencia de una escalera o el alimento o atisbar la presencia fantasmal de las frutas.
El ser y el entorno se interpenetran, gracias a la actitud comprometida del poeta.
Obras de mampostería, lugar de errancia, sedentario constructor, aunque nómada en potencia, de alguien que posee una profunda conciencia del lenguaje: la poesía junto al abismo, una voz en plena metamorfosis, auténtica experiencia original.



 
 
ELMER HERNÁNDEZ/ LA CALLE DEL CAPITÁN


La calle del capitán
Elmer Hernández
Germinar Editores,
Ibagué, 2008, 175 páginas.

En ciertos escritores que luchan contra el tiempo, la palabra se hace un elemento privilegiado, de constante preocupación, dimensión viva de la existencia. Naciente y sostenida vocación, la narrativa de Élmer Hernández inició con su libro Intersticios, donde sus cuentos Réquiem para Andrés y Los sueños de Cristobalina, poseen la pretensión de consolidar un mundo singular, auténtico, sensible, poblado de personajes cercanos al lector, únicos, llenos de pasión.
Desde entonces Élmer Hernández demostraba un talento, un hecho realizado y cumplido, la inauguración de un lenguaje que mezcla la realidad con la irrealidad y forma un universo creíble, auténtico y fantástico a la vez, desafiante del tiempo. En su interior encontramos nociones, ideas, juicios, concepciones, tamizadas por la fuerza de la imaginación y transformadas gracias a la labor de la ficción narradora.
Descubrimos a un narrador con creaciones dinámicas, colmadas de conflicto y tensión, cargadas de elementos significativos, necesarios en la trama.
Allí la vida tomaba ya ribetes de exaltación, crisis, recreación, densidad, concentración, realce humano de personajes instaurados como gestos vivientes, provistos de una voz y de un escenario propio. Los editores lo manifestaron: “El autor describe el miedo internalizado y crónico de sus personajes, la soledad y el nivel de angustia frente a la existencia humana; el amor trágico; el silencio ante lo siniestro, lo ominoso y hostil de la violencia que conduce a perder los límites entre la realidad y la fantasía”.
Es cierto, lo primero que seduce de Hernández es acercarnos a la frontera con lo real, la imprecisión rica de los límites.
Ahora con su libro de relatos La calle del capitán, ejemplo de su variada obra, continúa con la saga de un narrador cabal, no de un mero descriptor de anécdotas, sino el buscador de esencias que advierte, percibe, recuerda sucesos extraordinarios o fundamentales en su memoria, pero que además, distingue entre lo efímero y lo recurrente, entre lo que transcurre y lo que vuelve, lo que desaparece y lo que permanece. Sus textos se resisten a encajar en parámetros consagrados. De ambiguo género, imponen al lector el desafío de descubrir las claves de su interpretación durante su misma lectura, fundando su propia cartografía y expectativa. El diálogo entre realidad y ficción mantiene una constante permuta de sus lugares.
Y sin embargo los relatos de Élmer Hernández están fundados sobre la persistencia de la duda, la incertidumbre y la inestabilidad. La escritura surge así como una conexión lúcida de los sueños, las obsesiones y el miedo. Su motor generador es la distancia asumida entre las cosas y las palabras, entre los acontecimientos pasados y su actualización discursiva.
Búsqueda incesante, la escritura del autor es el anuncio de la fractura entre una realidad caóticamente múltiple y un universo de ficción coherente y centrado. La realidad y lo que se inventa (esa otra realidad) no coinciden por fortuna, en beneficio de la actitud creativa.
La calle del capitán es un encuentro consigo mismo y con la alteridad. Es imagen y posibilidad de diálogo con el enigma recóndito del otro extraño e inaccesible y, quizás, con el misterio sin nombre que se ignora e intuye. Los personajes son el eje alrededor del cual los otros elementos de la narración se organizan, dependiendo en grandísima medida del movimiento o del estado de reflexión de aquél. Personajes elaborados como sujetos, con pasado, presente y futuro, hombres simultáneos, dotados de un universo interior e igual de un mundo fantasmático, expansivo.
Aunque parezca similar, el mundo del relato recrea de manera novedosa el mundo de lo real. El espacio del texto no es la simple copia del mundo real. Sus personajes aparecen suspendidos, detenidos en un tiempo que es más íntimo que cronológico.
Importa menos la descripción que la expresión de los estados interiores. Y todo apoya este detenimiento: los personajes que se vuelven ciertos y prófugos del cautiverio y fragilidad de la memoria, surgen de la historia personal, de un terreno más cercano a la ilusión, del deseo de explayar las imágenes subjetivas de la existencia, de lo transitado.
Recorrido, avance en perspectiva, lo cual supone una visión del ojo abstracto, insondable, perseguidor del acontecimiento ya tamizado por la memoria.
La calle del capitán propone una fuga similar al escape del tiempo, creadora de la ilusión del movimiento relativo.
El autor nos hace partícipes de su experiencia sensorial, de la actividad fabuladora del espíritu. Tocamos, atrapamos, exploramos. Propicia con ello un juego y una seducción dirigida al lector.
Los relatos del libro nos brindan la posibilidad de ver otros espacios y otros tiempos, fluidos e inmóviles al unísono. Y es más, la memoria desplegada tras la narración nos permite vivir, sobrellevar y experimentar ese segundo espacio y el otro tiempo.
Suscitar la vivencia, mediante el movimiento de la remembranza, es uno de los propósitos de La calle del capitán.
Élmer Hernández invita a mirar a través de cada texto una atmósfera que queda capturada, con sus contornos y prolongaciones, pues cada relato es un completo mundo en sí mismo, elaborado de modo muy personal.
En estos relatos hay fulguración poética, vuelo ensayístico, historias sorprendidas, escondidas, entrevistas, apasionadas; indagaciones filosóficas, psicológicas y existenciales.
Por ello sigue narrando y su oficio es su mejor aliado y destino a seguir. Su experiencia personal sigue creciendo, afinando su inteligencia y convicción. Sus relatos son viajes narrativos de utopía feliz, que incluyen sin ningún temor y a todo riesgo, una senda reflexiva y dramática, diversa y a la vez, llena de certidumbre e incertidumbres, definiciones e indefiniciones, la ambigüedad como fuerza de la narración. Es una poética de la perplejidad que desafía al lector tras los relatos de largo aliento. Su búsqueda primordial consiste en cómo dar lugar, en lo real vivido, a los sueños de la otra realidad.
La apuesta de Hernández es por revelar tal realidad, en combate contra la ignominia que rodea a los verdaderos creadores de voces y de ámbitos, quienes se empeñan en ejercitar un humanismo trascendental.
Aquí se produce un encuentro, la convergencia de una voz diferente, en marcha, dotada de una voluntad creadora, un ánimo que promulga la verdad interior, alumbrada e instalada en la escritura, pasión inventiva, facultad de imaginar (unión de concepto e imagen), valor intelectual, revelación de una parte de la esencia humana. Arte, técnica, testimonio, creación, experiencia, poesía y simbolización escrita, todo junto en estas páginas con destino a nuestra lectura.
Gabriel Arturo Castro

miércoles, 16 de abril de 2008

LA LITERATURA COMO TAUROMAQUIA





Por: Gabriel Arturo Castro

Un tormentoso toro da una vuelta al horizonte y al silencio y muge.
Miguel Hernández

I

¿Hay una relación tauromáquica entre el escritor y la palabra?
El sacrificio del toro expresaba la penetración del principio femenino por el masculino y del húmedo por el ígneo de los rayos solares, origen y causa de la fecundidad. Sin embargo para Eliade el animal no expresa ninguno de los astros, sino el cielo fecundador. Dice también que el toro y el rayo fueron desde el 2400, antes de nuestra era, símbolos concertados de las divinidades atmosféricas, asimilándose el mugido del toro al ruido del trueno.
En todas las culturas paleorientales, la idea del poder era expresada por el toro. En arcadio, "romper el cuerno" significa "quebrantar el poder". En los jeroglíficos egipcios el toro es la imagen de la templanza; alusión de la vida y de la muerte e incluso de la inmortalidad, representada por la sangre. El pilar que penetra en la tierra y que llegaba a tener forma de toro, representaba el elemento fálico. Ramón Grande del Río nos habla del poder genesíaco del toro:
La concepción del toro como símbolo genésico se halla en consonancia con la idea, muy difundida en el mundo mediterráneo, de que el elemento masculino es cambiante -activo- y sólo se renueva a través de la muerte, fenómeno éste representado en la inmolación del toro. El toro es sacrificado, su sangre fecunda la tierra.
Era costumbre en el Mediterráneo oriental que las mujeres eleas tocasen trompetas, invocando al dios con patas de toro, para que éste las fecundara. Y en Egipto, cuando la divinidad descendía sobre el pueblo, lo hacía tomando forma de toro.
Álvarez de Miranda ya ha señalado la función fecunda que al toro se le atribuye, en el plano de la religión y de la magia, donde se halla simbolizada en la figura de un bucráneo puesto en un árbol.

En la cultura mitraica y romana era sacrificado a fin de año. La forma decreciente de su cornamenta le señala como un animal lunar más que solar, principalmente entre las civilizaciones del Mediterráneo y del Medio Oriente. Como tal, tiene connotaciones femeninas, y los romanos lo consagraban a la diosa Venus. El mismo toro cretense era considerado como toro lunar. El mundo de ultratumba destaca al toro como su representante, animal de procedencia telúrica, catalizador de fuerzas creativas y destructivas, condición totalizadora, profunda, que obligaba en el ritual a la muerte del animal, ser iniciático, quien debe viajar a ultratumba, reino de las sombras, muerte que significa otra posibilidad de vida para quienes asisten al ritual, un acontecimiento de afinidad antropológica, de sentimiento comunal en su participación, síntesis de juego, fiesta, rito de reminiscencia religiosa y espectáculo.
Hace cinco mil años, los pueblos de Mesopotamia y la India le rindieron culto al toro y lo sacrificaron en sus ritos. El mito babilónico de la muerte del toro del Cielo por Gilgamesh constituye la constancia escrita más antigua.
En Creta, hace cuatro mil años, durante los ritos de fertilidad de la primavera, se empleaban toros bravos en el coso de Knosos, exigiendo el contacto físico con los cuernos para conseguir los beneficios de la fuerza y la vitalidad.
Andrés Holguín argumentaba lo siguiente:
Es muy probable que la corrida de toros, como acto de un culto religioso, se halle emparentada con otra costumbre o ceremonia religiosa del hombre primitivo: la caza del toro salvaje. Ya Platón, en su diálogo “El Critias”, describe la caza del toro, con carácter ritual, como una costumbre de los habitantes de la desaparecida Atlántida; y sin duda, el mito platónico se funda en la observación hecha en diversos pueblos antiguos. Por su parte, Evans, al analizar el espectáculo cretense, le señala como posible antecedente “la captura de los toros sagrados” practicada en la religión babilónica desde las postrimerías del tercer milenio.
Hace tres mil años, en Grecia, partidarios y devotos de Dionisos, después de beber grandes cantidades de vino sacramental, descuartizaban toros en vivo y comían la carne cruda.
Entre 1200 y 600 a.C. tribus griegas y etruscas emigraron a Italia, llevando con ellos sus respectivos cultos del toro, entre los que se incluían el sacrificio, precedido por la cacería en la que los jóvenes corrían al lado de la camada, derribando al animal.
Cuando Roma conquistó la península italiana, la práctica ritual de cazar y matar al toro se transformó en espectáculos que se celebraban en los anfiteatros romanos.
En el 206 a.C. España estaba bajo el dominio de Roma, que durante ese siglo llegó a declarar el culto de Mitra como religión oficial. Entre sus ritos ceremoniales, los había relacionados con el toro. Las corridas romanas y los ritos mitraicos fueron recibidos con gran entusiasmo por el pueblo íbero, quienes habían tenido contacto con los cultos del toro del Viejo Mundo, incluyendo el de los celtas que ocuparon la península. Los íberos adoraban al toro antes de la llegada de los romanos y seguramente improvisaban corridas de algún tipo, pero fueron los invasores los que llevaron la construcción de cosos y anfiteatros.
En el 700 d.C., después de la llegada de los moros a principios del siglo VIII, la corrida adoptó una estructura más formalizada y los primeros espectáculos tuvieron en el reino de Léon en el 815.
En la mitología griega, Zeus apareció como un toro blanco y raptó a Europa (hija del rey Agenor de Tiro), quien más tarde le dio dos hijos, llegando uno de ellos a Minos, a convertirse en rey de Creta. Su muerte nos remonta a otras formas rituales de culto religioso que veían en el sacrificio una posibilidad de transmitir al hombre el poder de la bestia. El animal es el sustituto del ser humano: los toros no son dioses, mejor encarnan símbolos profundos y diversos, en virtud de las representaciones que llevan consigo.
Carlos Holguín señala el caso de la tradición griega, donde Ifigenia, sacrificada por su padre Agamenón, en desagravio a la diosa Artemisa y con el fin de propiciar la expedición marítima hacia Troya. Ifigenia fue en secreto sustituida por una cierva y llevada por la diosa a Táuride para que le sirviera de sacerdotisa.
En el sacrificio se le ofrecía el animal a la divinidad (sacrificio deriva etimológicamente de “sacrum” y “facere”: hacer sagrado).
El sacrificio es un medio, según Marcel Mauss, para que el profano pueda comunicarse con lo sagrado a través de una víctima o su figuración, entendiendo por sagrado todo lo que cualifica a la sociedad, a juicio del grupo y de sus miembros. No puede haber sacrificio sin sociedad.
El sacrificio es un acto de redención y de validación del esfuerzo y confrontación entre fuerzas antagónicas. Todo acto verdaderamente fructífero exige sacrificio, lo que le confiere carácter seminal. Sin muerte ritual y sagrada no hay sacrificio o consagración del acto. El toro, desde esta perspectiva, es la raíz en la tierra, la inquietud y la reverenciación de lo profundo. La fiesta taurina posee, por lo tanto, un sentido iniciático. La sangre del toro sobre la arena significa la fecundación de la tierra, lo seminal y lo telúrico entrelazados.
II
Antes que el símbolo, primero existió la señal, la marca que voluntariamente el hombre hacía o asignaba sobre las cosas, para distinguirla de las demás, recordar o establecer un mojón, un hito que indicaba un límite o un sendero.
Inicial sello, la señal ha permitido conocer la huella o el vestigio de una presencia: cicatriz, mancha, asomo, guía, conjetura, libertad de la mano.
Luego, la aparición del símbolo viene a concretar el pensamiento abstracto, la capacidad de representar el objeto, la persona o el fenómeno mediante su refiguración, expresión natural en su origen y compleja en su evolución.
El surgimiento del símbolo gráfico responde a una concepción simbolizante (trazar y leer) que produce una reflexión, la humanización del deseo, la aptitud de crear la presencia ante la ausencia, de hacer visible lo invisible.
El grafismo se inicia, no con la representación ingenua de lo real, sino con lo abstracto, siendo más una preocupación mágica - religiosa y encantatoria.
En su estudio, André Leroi-Gourhan, a través de un inventario de motivos animales y humanos, afirma que ese grafismo no comienza por una expresión de cierto modo servil y fotográfico de lo real, sino que se organiza a partir de símbolos que parecen haber enunciado primero unos ritmos y no unas formas.
El arte figurativo está, en su origen, directamente ligado al lenguaje y aún mucho más cerca de la escritura. Las composiciones mitográficas de Cellier, Miaux, Altamira, Lascaux, Vallorta, Puerto Badisco, entre otras, son transposiciones simbólicas de la realidad, pues existe una distancia entre el objeto y el útil, "de suerte que las antiguas figuras conocidas no representan escenas de cacerías o animales moribundos o enternecedoras escenas de familia, sino claves gráficas sin conexión descriptiva, soportes de un contexto oral irremediablemente perdido".
José Alcina Franch sostiene que las pinturas rupestres eran resultado tangible de una ceremonia de magia simpática, algo semejante a la puesta en escena de los elementos dramáticos de una mitología.
Quizás sea la referencia al sacrificio de animales fecundos por la cualidad regeneradora de su sangre. Los cazadores del Paleolítico dieron paso a los agricultores del Neolítico, donde los ritos de tipo agrario testimonian toros de la recolección o vendimia, representantes del “espíritu de la cosecha”, cuando el hombre inició el cultivo de plantas y la domesticación de animales. El toro se sostuvo en la categoría de animal fecundador.
La acción, el vuelo del símbolo constituyó la imagen, insinuada en las dimensiones del tiempo y el espacio, restituyendo la extensión de lo inexpresable, pues a la manera de Reverdy, la imagen acerca dos realidades distantes cuyas relaciones sólo el espíritu ha captado.
Después los símbolos míticos y las imágenes se simplificaron intensamente y se ordenaron linealmente, unos detrás de otros. Los símbolos perdieron su significado original y se alejaron de su contexto evocado, convirtiéndose en signos.
La letra es el más conocido de todos los signos. Pero a pesar de este proceso es factible una evolución a la inversa, que los unos se conviertan en los otros: la asociación de signos puede originar un símbolo, los símbolos una figura, hasta llegar otra vez a la alta expresión de la imagen.
En la estética de Croce, la imagen es la refiguración de un sentimiento por obra de la imaginación, lo que para I.A. Richards sería un “acontecimiento mental”. Se le añade la acción que fija la imagen y a la vez le confiere movimiento.
Para Bachelard la imagen es producto de la imaginación pura, ya que es creadora de lenguaje. En esto es contraria también a la metáfora simple, la cual no aleja al lenguaje de su “papel utilitario”, sino que es una falsa imagen, heredera de la imagen virtual impuesta por la publicidad y los medios masivos de comunicación, a quienes sólo les importa explotar lo instantáneo a través de la imagen, sin importar los contenidos sino el consumo rápido de lo enunciado.
La utilización de este tipo de imagen, fácil, consumista, acelerada, posee el objetivo de reproducir y domesticar la realidad. Es una especie de iconografía tecnológica que nos inunda de teleimágenes e informaciones banales, vierte los deseos en una virtualidad y edifica la escenografía de una vana ilusión.
Es la imagen de la tecnología de la disolución donde las redes construyen caber-geografías, falsas seducciones, otra versión del tiempo que borra los espacios humanos y sustituye los sujetos activos por una masa indiferente, repleta de mensajes globales que atentan contra la autonomía, creatividad y libertad del ser humano. Se trata de la imagen de la noticia voraz, de la canalización de la vida y los cursis acontecimientos de la cultura trivial.
En cambio, la imagen poética pone de manifiesto el papel extrañante de la imagen y de lo imaginario. Insinuada en la percepción misma, mezclada a las operaciones de la memoria, abriendo ante nosotros el horizonte de lo posible. La imaginación es mucho más que la facultad de evocar imágenes que recubran el mundo de nuestras percepciones directas, es un poder de alejamiento gracias al cual nos representamos las cosas como distantes y nos distanciamos de las realidades presentes.
Según Francis Bacon, la imaginación es la facultad que se halla en la base de la poesía, anticipándose a los esfuerzos de la modernidad por entender de otro modo el concepto de imagen.
Ejemplo de esto último es la tesis de Bergson sobre la imagen, en cuanto sería “cierta existencia que es más que lo que el idealista llama una representación, pero menos que lo que el realista llama a una cosa –una existencia situada a medio camino entre la cosa y la representación”.
Así la imagen contiene muchas posibilidades de realización y de lectura, pues introduce los sentidos analógicos, fruto de la imaginación, no de la simple percepción, siendo creadora de lenguaje. Abre ante nosotros el horizonte de la probabilidad, de la potencialidad, de los infinitos significados contrarios o dispares, a los que abarca o reconcilia sin suprimirlos.
La imagen, según Octavio Paz, es cifra de la condición humana. Su papel, sin embargo, se ha olvidado con el transcurrir del tiempo, en cuanto a su valor de instrumento de conocimiento y creación.
Es menester redescubrir su riqueza. La imagen, como la vida espiritual que contiene, ha supervivido a lo largo de los siglos. Gracias al arte ha resistido la hibernación y el hallazgo de la imagen se revela como una contribución a la vuelta de la condición humana, a la humanización, ya que la imagen denominada a través de la palabra manifiesta una percepción del mundo, la manera como el sujeto creador e histórico, lo modifica o lo experimenta.
Esto último, la experiencia ulterior es llamada también “vivencia”. La vivencia tiene el carácter de experiencia vivida por uno mismo, una posibilidad de sentir, la emoción como estado, la manera como los objetos se presentan y comportan como imágenes, además del efecto que pueden causar: dolor, alegría, veneración, conmoción, burla, desasosiego, amor, nostalgia.
La palabra, la imagen, el verbo, atacan el estrechamiento, la angostura, modifican al hombre porque suponen una nueva visión del universo y a la vez un distanciamiento. La palabra así creada es autónoma y transformadora, ya que el hombre es forjador de lo irreal, dada su capacidad de modificar su vivencia del tiempo, explayándolo, modificando el pasado, el presente o el futuro, expansión de la profundidad, realce de la distancia.
La imaginación fabrica su propio albergue poético y a su vez la poesía verdadera siempre ha pretendido cambiar al hombre, tocándolo en lo más hondo de su ser, contrariando toda coacción.
La imagen introduce un segundo sentido, no literal, sino analógico, ya que es producto de la imaginación pura, no de la simple percepción, siendo creadora de lenguaje. Abre ante nosotros el horizonte de lo posible. La escritura se halla contenida en la imagen y desde su origen ha estado investida de magia, sugestión y fuerza mística que intenta logra la eficacia de sus gestos y prácticas. La magia establece que las cosas se actúan recíprocamente a distancia mediante una atracción secreta, una simpatía oculta. Del mismo modo la escritura es impulsada y comunicada para afectar a quienes la compartan. La imagen devuelve al lenguaje algunas de sus más antiguas prerrogativas.
El ritual de pintar un bisonte o lidiar un toro sería una dramatización mágica, de naturaleza semejante al ejercicio de la escritura. La palabra, al igual que el toro, es la encarnación del espíritu de la fertilidad, un símbolo protector. El animal tiene un carácter de muerte, pero también representa la fecundidad en la imaginación. La dimensión táurica tiene que ver con lo peligroso, el desafío, el riesgo y el drama.
Afirma Edmund Leach: "Los actos humanos pueden servir para hacer algo, para alterar el estado del mundo, o para decir algo". Sí, los ritos pueden transformar el mundo porque en ellos se invoca el poder.
Las palabras son nuestro verdadero vínculo con el mundo, el instrumento del cual disponemos para su exploración y modificación. Bretón se refiere de manera explícita a lo que él llama el "pensamiento parlante", el acto de escritura y la palabra en el que el hombre descubre y crea su mundo. Hablar es actuar, insinuar y manifestar.
V
La escritura es al mismo tiempo técnica de combate y ceremonial, donde hay un desencadenamiento de poderes, provocación, tensión vital, creación de estados interiores y exaltación . El sacrificio del escritor es de propiciación y como mediador entre distintas fuerzas se expone al peligro. El torero y el escritor poseen identidades simbólicas, ya que sus oficios son actos trascendentes, de carácter ontológico y metafísico. Para Federico García Lorca la corrida de toros es “el único sitio donde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza”. Según Andrés Amorós, Rafael Alberti liga la fiesta del toro a la infancia soñada. O José Bergamín, quien se acerca a los toros con sensibilidad estética e inteligencia penetrante, exclama:
En el toreo se afirman, físicamente, todos los valores estéticos del cuerpo humano (figura, agilidad, destreza, gracia) y, metafísicamente, todas las cualidades que pudiéramos llamar deportivas de la inteligencia (rápida concepción o abstracción sensible para relacionar). Es un doble ejercicio físico y metafísico de integración espiritual, donde se valora el significado de lo humano heroicamente o puramente en cuerpo y alma.
En cada lance se expone la existencia y cada suceso necesita agilidad, audacia, fuerza, un gesto quebrado y encendido, la violencia estética. El arte evita que el acto de enfrentar los símbolos sea grotesco, sangriento e irreflexivo. La crudeza nada tiene que ver con lo artístico, ni la desmesura, ni la emoción desligada. El toreo es un arte creador, poético, universal, apolíneo y dionisiaco al mismo tiempo.
Denise Levertov afirmaba: "No creo que sea misión de la poesía la imitación violenta de los horrores de nuestro tiempo. Los horrores se dan por supuestos. El desorden es lo ordinario".
Ante la fragmentación que nos persigue: la deshumanización, la enajenación, el genocidio en nuestras tierras, el arte y la literatura deben propugnar, según su original naturaleza del espíritu, por la humanización del hombre, por su emancipación. La literatura labra su sensibilidad, su conocimiento, su ser ontológico, instancias donde enfrenta la alienación y la ausencia, se esfuerza por poblar ese vacío.
Cuando nos recuerdan lo fúnebre, lo apocalíptico del tiempo presente, la literatura despliega su memoria (no la voz ingenua), la dimensión espiritual de su quehacer, "la gran acusación", como la que hizo García Lorca en su Poeta en New York, ofreciendo su tensión, mirada y autoinmolación crítica.
La palabra cuando es auténtica puede captar ese extravío, la perdición del tiempo que destruye todo menos la memoria, el infierno de un mundo cosificado, del temor al otro, del lastre mercantilista, la autofagia, la barbarie, la banalización del gesto, la desdicha del hombre.
Entonces la palabra fundamenta el escenario de un enfrentamiento continuo, sueño - realidad, pasado - presente, el bien y el mal, lucha que anuncia un vacío asumido por el lenguaje y su pelea por poblar la ausencia, la carencia, la vacuidad del presente, universo escindido, problematizada oposición entre fe y escepticismo, olvido y memoria, identidad y enajenación, amor y horror.
Ante el vacío la voz genesíaca del escritor, el verbo, la voz antigua que sobrevive y busca, porque según Novalis: "Toda palabra es un conjuro", sugestión, magia que quisiera liberar al hombre de la irracionalidad, de la sombra inhumana del poder material.
Digámoslo así, la misión del escritor consiste en la esmerada celebración de un ritual, atrayendo, despidiendo, avivando todos los yacimientos dispersos de la existencia humana, el poder de la palabra, el juego que conjura toda ruina, todo vestigio.
Ritual de un espíritu que se mueve en mundos extraños y posibles, viajes y drama, conmoción de la palabra que transita del sigilo a voz plena, sonoridad y silencio que brotó de la pausa, de la discreción del origen, del principio que intuimos, nacimiento del verbo, su raíz y causa, construcción de un tiempo fabuloso, dispersos murmullos atacando una soledad, la identidad secreta del misterio o del alma que según Yeats: "Se convierte en su propio delator, en su propio partero, en la actividad única, el espejo que se vuelve luz". Luz que no describe ni bosqueja sino que irradia chispas a su alrededor, creando una llama que desata los párpados, fuego - ventana a través de la cual vemos una sospecha del mundo.
Claro, la hoguera es el vestigio de otra edad, un ardor que todo lo modifica, anima lo inanimado, ingresa a la gruta y se vuelve candil, principio seminal, ojo que imagina, resplandor primordial.
He aquí la idea de la literatura como pasión: exploración de caminos, tensión mitológica, la palabra que inflama su pira, rueda del carruaje, huella candente, carbón activo, despedida de la flor roja y su pigmento, del polen anunciando un paisaje a lo lejos.
El ojo del escritor siempre está recorriendo las formas y sustancias, operación mágica que reconoce el mito y suscita en él una resonancia afectiva, una evocación que conmueve el sueño y lo lleva a la superficie, no sin antes estremecernos para luego darnos sus choques y ecos de memoria atávica, heterocosmos donde hay una auto - revelación alterada del creador, expresándose y ocultándose a la vez.
La literatura artística, vista de esta manera, es catarsis y purificación, conmoción, fervor de un espíritu desbordado por las fuerzas.
La palabra acá procura, intenta influir al hombre mediante su revelación y acontecimiento: obra, centinela, espada afilada, repercusión sobre la realidad. La palabra elige y nombra un mundo dinámico, rítmico, cosmos de continuos desplazamientos y conversiones, en su esfuerzo de captar lo indómito del ser pero también su fatiga, en su tarea de reconquistar un reino casi extraviado, esa búsqueda incesante del comienzo.
La palabra ayuda a dicha exploración porque ella es vocación desde tiempos antiguos, habitación de la fe, "abolición del tiempo profano con la magnificación del tiempo mítico en el que el hombre es verdaderamente él mismo", según escribía Mircea Eliade.
Al remitologizar la naturaleza es posible el rastreo de otro tiempo, el retorno a la infancia, la identificación del pensamiento mágico con sus emblemas.
La naturaleza queda ligada a la Utopía, a la imaginación aparentemente "sin lugar", a la construcción de un mundo invisible que se encuentra en el centro del poema, de su realidad esencial e infinita, de sus cosas reveladas y en eterna metamorfosis.
Diríamos que el arte de escribir, al igual que el toreo, es una sucesión de temeridades, aunado a un instante de reflexión, lo cual llevará a una sólida arquitectura de la expresión, a su orden y consistencia. "Ese oficio de escribir", según Cesare Pavese, es para el verdadero artista, su mejor "oficio de vivir", como el torero que somete al toro sin salir del límite hechizado, trazando un círculo en la arena.

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