sábado, 3 de octubre de 2009

Cuatro Poemas Traducidos (Brasil)





Yo no te pido que me bajes
una estrella azul
solo te pido que mi espacio
llenes con tu luz.

Mario Benedetti. Yo no te pido.


.................1.
................."verso del reencontro"

........................................cuando partió,
........................................(en la luna minguante)
........................................mi fidelidad amante
........................................se puso a la prueba.

.................los días que se siguieron,
.................en las lágrimas que partieron
.................te esperé renascer,
.................en la luna nueva.


.................2.
................."ausencia (tuya)"

..........................................................liviana moldura,
..........................................................soplo,
..........................................................palabras deshechas,
..........................................................disociación.
..........................................................abismo, nada.

.................en sueños surges y me sorprende.


.................3.
................."a recordarte en las madrugadas"

.................mi rodilla en tus muslos
.................tiene algo de súplica muda,
.................una exclamación
.................que se funde a las llamas de tus ojos
.................y acaricia el contorno de tus labios...

.................fin de tarde,
.................amanece el sol en tu habitación,
.................te echas sobre mi cuerpo
.................y desacatas mi seguridad.

...............................................sonrío.

...............................................tu cuerpo desliza
.................por las palmas de mis manos.


.................4.
................."mis pensamientos de cada mañana”

.................desperté yo mismo,
...............................................quería haber
...............................................despertado
...............................................en medio
...............................................la carreteras planas,
...............................................en pautas de música,
...............................................y asceta,
.................espiar el fondo del fin de la noche
.................mientras ese mi corazón soturno
...............................................lúcidamente
...............................................escribiría
...............................................en el horizonte,
...............................................fecundado
...............................................de frescor y rocío,
.................mis pensamientos de cada mañana.


.................daufen bach.
.................Obs: Os poemas 2 e 3 foram gentimente traduzidos para
.................o espanhol pela minha querida amiga Patricia Lara.


ver: http://eraparasercancao.blogspot.com

domingo, 27 de septiembre de 2009

ESCRIBIR UN CUENTO, de Raymond Carver

Raymond Carver
(1939-1988)

Escribir un cuento
      Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.


      Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.



      Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.



      Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la UNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.



      Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar,. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.



      Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes:No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Solo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.



      Hace unos meses, en el New York Times Books Review John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar —y maltratar, incluso— a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá solo resulte interesante par un puñado de especializadísimos científicos.



      Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas —Barthelme, por ejemplo— no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.



      Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.



      En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento —si las palabras resultan oscuras, enrevesadas— los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.



      Tengo amigos que me cuentan que debe acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.



      En un ensayo titulado Writing Short Stories, Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:


Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable.

      Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.


      Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.



      Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.



      Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma ene l cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.



      La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.


jueves, 3 de septiembre de 2009

LA TENTACIÓN INCONCLUSA DE HELLMAN PARDO


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Por: Hernando Guerra Tovar

Un sentimiento místico habita este libro de Hellman Pardo (Bogotá, Colombia, 1978). Oscura religiosidad que deslumbra y convoca la esencia espiritual del hombre, la certeza de la ilusión más perversa, “El no tiempo”. Lúcido clamor de quien elige el mundo en la disyuntiva de una eternidad que abruma: “No hay ramas no hay ramas de donde sostenerse / No tiempo.” Grito de quien prefiere asirse de la tierra, en el desesperado intento de evitar la caída en la trascendencia.

Como toda tentación deriva de la primera, corresponde preguntarse: ¿se consumó o no el pensamiento de separación, “la tentación de Eva” y con ésta el pecado y la gran culpa? El destello que formula Hellman Pardo en La tentación inconclusa (Colección los conjurados, Editorial Común presencia, 2008) es tal, que su dilucidación Heiddegeriana comporta el desmonte o consolidación de esas dos imágenes, conceptos significativos (dogmas) en la historia de la humanidad cristiana. Aquí el lector debe ir atento –toda poesía crítica reclama ésta actitud - , con sumo cuidado, con pies de plomo, con ojos de águila o de gato, porque de la lectura que haga depende la respuesta, y de ésta su paz o su desdicha, su muerte o su resurrección: “No falta el que se muere de ansias / el que se muerde la lengua / en tentación inconclusa”.

“Y puesto que la interpretación no es sino la posibilidad del error, al pretender que cierto grado de ceguera forma parte de la especificidad de toda literatura, reafirmamos también que la interpretación forma parte del texto, y éste de la interpretación” * : congruencia o incongruencia entre el decir poético del autor y la percepción del lector, exigida por Hellman Pardo, al presentarnos un libro que, además de su alta factura lírica, incurre en una lúcida visión crítica del hombre y su entorno, y que lo ubica, al lado de Andrés Matías (Armenia, 1978), entre las más significativas voces de la reciente poesía colombiana.

La secuencia del libro, tanto en la forma, el contenido y la estructura conceptual, edifica un universo que se vale de la humanización de las cosas y del hombre, para sostener su iluminado propósito. Encontramos entonces un epígrafe, que reza:”La tentación de no ser lo que somos, / humanos inhumanos en el abismo del mundo”. Se abren así las puertas de sus apartados: “La humanidad de las cosas”, “La humanidad de ellas”, “Mi propia humanidad”, “Humanos inhumanos”, y, “El hombre”, que al decir de Amparo Inés Osorio, su prologuista, es la cúspide poética de este bello libro, ilustrado por el artista plástico Juan Diego Guzmán Tafur (Neiva, Colombia, 1974).

Mientras la ventana “conjetura un paisaje afuera”, nosotros miramos la ilusión, proyectamos nuestra tiniebla interior. Igual sucede ante el espejo: “Ante ti soy aquel que nunca he sido, / el hombre ciego que hace poco contempló la tierra / y que al partir se deshizo entre sus pieles”. El poeta advierte, en “La humanidad de las cosas”, la diferencia que existe entre la mirada limpia de éstas y la nuestra, contaminada de pensamientos falsos de separación. El tiempo no sólo transcurre “a lento tic-tac”, censura el mundo, y le hace decir al poeta en “La calle”: “- No te afanes, estoy de paso”. El tiempo con sus múltiples rostros: “El otoño”, “El invierno”, “la evocación”, “la muerte” Todo aquí está ligado a su poder irreductible, al sentirse pasajero de un sueño llamado vida, con sus paisajes, evocaciones, instantes, llantos, ciudades y objetos. En “La humanidad de ellas”, la terrible ilusión del tiempo y el espacio enfrenta al poeta y lo pone al borde del abismo: “Lejos, al borde de la furia / donde cabe un precipicio entero, / sin distancia”. (Múnich).

Tal vez el apartado más profundo, el de más hondo sentir sea “Mi propia humanidad”. Aquí el autor se enfrenta a su propio ser, a su dolor de luz, a la duda de su propia humanidad. La introspección constituye un inventario desde la sombra, una “Meditación nocturna” una “luz solar”, un “Oleaje”: “Para qué callar entonces / tanto amor a la deriva, / tanto río”; un “Partir al sur”, un “Camino interior” sin hombre bajo el viento del alba, desolado en el mar de la nada, frenético cuando la mano tiembla en eterna “Búsqueda”: “Vosotros, los que en una gruta te recostáis / de cansancio / Y templáis las piernas como anhelando sueño / Y llegado el viento / Os recogéis como niños en el abdomen, / ¿Sabéis hasta cuando dejará de doler?

En “Humanos inhumanos” el poeta nos refiere un “Mundo consumado” en el ser profundo del hombre: “Amar el mundo que llega con sus olas / y nos encalla al relámpago de la vida”. Es la aceptación hecha palabra. La declaración del vértigo. La conciencia de un hecho irremediable:”Temblar de frío cuando la lluvia desluce / este cuerpo que cargamos con nosotros / sin poder cambiar de forma, como el humo…” Algo inmutable habita en el ser que difiere del cuerpo. Encontramos en este bello poema una inquietud metafísica, que se desdobla o se enmascara, en ambigüedad lenta, ensimismada, en una suerte de paradoja poética, que se hace cara al lector, en sus ondulaciones de certeza y duda: “Amanecer a orillas de un río tranquilo / bajo la luz desnuda del poniente y desnudos / como cuando éramos simples animales / mirando sin deseo a la propia especie / y aún creyendo en el paraíso”: y el tiempo, el tiempo inexorable , el “desquiciado paso de los años”, principal invitado de este poemario, con su huella intacta, con su hambre de sueño, con la sombra que trasluce, con el juicio “De tanta infancia soportada”, que hace exclamar al poeta: “Ahora somos losas sucias y sepelios y lágrimas”.

En el último apartado, “El hombre”, el lenguaje adquiere una dimensión cifrada, acaso necesaria para la presentación de un decir poético que enmarca la verdad tantos siglos oculta, y que ahora se revela como luciérnaga en la tiniebla de un mundo silvestre repleto de silencio. Cambian el tono y la forma, la disposición de los versos se hace horizontal, intercalada, pero el tema no sólo se conserva sino que se hace recurrente, sobre todo en lo que concierne al tiempo o al “No tiempo”. La nada irrumpe aquí con su vacío, con su hueco colmado, en donde la palabra es una mosca en la ausencia, en la pregunta: “A dónde irá la palabra como la mosca / a colgarse”. Imágenes surrealistas tiñen de luto esta palabra, que a veces plantea una lúdica, un mecerse, un vaivén de forma y contenido, el hombre sin la esencia, el sin nada, latencia de la muerte: “Te lo pido sin súplicas y sin cuerpo en la sangre: no tiempo, no te mueras”.
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*.- DE MAN, Paul. Visión y ceguera. Ensayos sobre la retórica de la crítica contemporánea. Puerto Rico: Universidad de Puerto Rico (1971), 1991.

jueves, 13 de agosto de 2009

POEMAS DE NELSON ROMERO GUZMÁN




1
Es de piedra este fondo oscuro.
Las azucenas dan a luz más azucenas,
como niñas violadas en las puertas deñ templo.
No veo el alba
veo un caballo blanco
aquí, donde grandes mariposas con cuernos,
húmedas
velludas
depositan el huevo del día.
Allí,
mientras la cumbre florece,
acá la piedra alza sus mamposterías
para que en sus cuartos
veamos la historia
que atraviesa los pasillos
con su vela encendida dentro de una calavera.
2
Impenetrable es la luz
cuando
por primera vez llega a conquistar el jardín
y por olvido deja
una puntilla clavada en una flor.
Eso es deseo:
más un misterio
que no contrasta muy bien con la deslucida pared
de la que fuera la primera construcción.
Precisamente de esa flor cuelga el Hijo imprudente.
La luz sobre aquel muro rojo
aún sin blanquear.
3
Nadie ha podido entrar por esa hendidura,
quizá el frío con su hermana flor de rocío
pudo, quién sabe.
El maestro que echó la plomada
para nivelar la obra,
no sabemos.
Pero no se borra el rastro
de lo que pudo ser y allí estuvo,
porque cómo, entonces
leímos esos matrimonios en los bestiarios
la guerra y la hambruna
el elfo y la anguila
la exilia y el llanto.
Cómo, ¡oh Piedra!, leímos ese bestiario
si había que penetrar por la hendidura
¡Cuándo!
4
-- ¿Qué hora es en ese reloj muerto?
-- Son todas las horas.
Es la ceniza del cálculo,
la noche podrida.
Es Hmalet que lee el tiempo en las calaveras.
Sigamos en el barro sin tiempo.
Sigamos sin coordenadas
porque fuimos elegidos para asesinar a Saturno,
el dios que devora a sus hijos.
5
El Iluminado y el Osscuro se enemistaron por una rosa.
El oscuro arrastró por el jardín sus entrañas como una escritura,
como un río el Iluminado trazó en los muros
una violenta línea de plata,
un hombre o mi hermano a la orilla de ese río
pesca o divisa troncos.
Él me manda escribir este poema blanco
con la tinta del Oscuro
para borrar el cadáver reventado de la rosa
que todos los días vemos pasar frente a nuestra puerta.
Nelson Romero Guzmán nació en Ataco, Tolima. (Colombia) en 1962. Es egresado de la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás de Aquino. En 1988 publicó el libro de poemas "Días sonámbulos" (Bogotá, Editorial Nuevo Mundo). Su libro Rumbos ganó, en el año de 1992, el primer premio del Concurso Nacional de Poesía "Fernando Mejía Mejía", realizado en la ciudad de Manizales (Colombia). Entre otros premios, ha recibido el Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá, en 2007, con el libro OBRAS DE MAMPOSTERÍA, del que publicamos aquí cinco de sus poemas.

viernes, 3 de julio de 2009

SOLIDARIDAD CON MITO INCLUIDO/ CARTA ABIERTA



El computador de Raúl Reyes ya parece ser la memoria de un país desmemoriado al que acuden, como a un oráculo, los poderosos de un lugar llamado Macondo.

Parece sin duda una fusión de Google y Wikipedia donde los malos alumnos del gobierno pueden encontrar sus más oscuros deseos.

Por algo hubo durante unos pocos días en un muro medianero de la carrera séptima una pintada que decía: “cambio computador de Reyes por lámpara de Aladino”.

Duró poco esa leyenda. Hay una verdadera brigada de borradores de pintadas callejeras, ordenada por quienes quieren desaparecer todo rastro de protesta frente al régimen.

Pero más que la lámpara del cuento oriental, el computador de Reyes parece la Caja de Pandora.

Si hacemos el ejercicio de recordar que Pandora fue fabricada con barro por los dioses para seducir al ladrón del fuego; que le dieron una misteriosa caja (aún no se había inventado el computador), que al abrirla dejó salir todos los males de la humanidad, pero al cerrarla dejó atrapada la esperanza, la analogía resulta más que un simple juego.

A cada tanto el gobierno actual acude al computador de Reyes como si en él pudiera encontrar la prueba reina que justifique la satanización de sus opositores.

Hace un año o más que el mencionado computador en manos del gobierno sirve para perseguir, para desprestigiar, para enlodar a personas intachables como el senador Jorge Enrique Robledo, alguien que por lo demás ha sido desde siempre refractario, precisamente, a la lucha armada, su claro opositor.

Resulta en exceso coincidencial que tras el paso de Robledo por Canadá argumentando por qué el tratado de libre comercio resulta lesivo para Colombia, tras sus denuncias en torno a los negocios de los hijos del presidente, tras señalar espurias maniobras para modificar la Constitución en busca de una nueva reelección, y luego de rechazar para el cargo de Procurador General de la República al doctor Alejandro Ordóñez Maldonado, resulte registrado en la caja de Pandora de Reyes y por tanto sea sujeto de una investigación a todas luces manipulada.

Por fortuna, incluidas algunas personalidades que no son del partido al que pertenece el senador Robledo, como muchos de los que firmamos este texto, al igual que algunos medios de comunicación en los que no cabe idea tan peregrina, no somos pocos los que vemos en el deseo de enlodar su figura política una obvia y errática maniobra no solo contra él sino contra todo disenso.

Que lo vinculen a una investigación preliminar por supuestos vínculos con “organizaciones armadas al margen de la ley”, resulta tan arbitrario y en contravía del pensamiento de Jorge Enrique Robledo que, sin duda terminará por enlodar a sus acuciosos enlodadores.
Valga recordarle al Procurador un aserto del constitucionalista norteamericano Stephen Holmes: “para que sobreviva la democracia debe prohibirse constitucionalmente el lenguaje de “enemigos del Estado”. Este lenguaje envenena la democracia porque saca a la oposición del campo político”.

Precisamente hechos tan aberrantes como el secuestro a nombre de la liberación o como la barbarie paramilitar, hechos de autoritarismo como los falsos positivos, se siguen dando por fuera de ese “campo político”.

Quiera el azar que el profesor Holmes no aparezca ahora en la caja de Pandora de Raúl Reyes.

Rechazamos la sindicación y el hostigamiento que desde el gobierno y desde su Procuraduría General se viene haciendo tanto de Jorge Enrique Robledo como de otras personalidades de la vida política colombiana, por el solo hecho de ser opositores.

Luis Fayad (Escritor)
Juan Manuel Roca (Escritor)
Pepe Sánchez (Actor)
Carlos Vidales (Historiador)
Santiago Mutis (Escritor)
Roberto Burgos Cantor (Escritor)
Alfredo Molano Bravo (Periodista)
Lasse Söderberg (Poeta)
Daniel Samper Pizano (Periodista)
David Jiménez (Escritor)
Carmen Escobar (Cedetrabajo)
Ugo Barti (Caricaturista)
Alberto Salcedo Ramos (Periodista)
Iván Darío Álvarez (Titiritero)
Samuel Vásquez (Dramaturgo)
Augusto Rendón (Pintor)
Hollman Morris (Periodista)
Lucía González (Directora Museo de Antioquia)
Francisco Zumaqué (Compositor)
Felipe Agudelo Tenorio (Escritor)
Jorge Mario Múnera (Fotógrafo)
Antonio Morales (Periodista)
Lisandro Duque Naranjo (Cineasta)
Jaime Echeverri (Escritor)
Ángela García (Escritora)
Pablo Montoya (Escritor)
Santiago Espinosa (Escritor)
Omar Ortiz (Escritor)
Bruno Díaz (Actor)
Enrique Santos Molano (Periodista)
Joe Broderick (Escritor)
Héctor Buitrago (Músico)
Carolina Sanin (Escritora)
Jineth Ardila (Escritora)
José Alejandro Restrepo (Artista)
Rodolfo Arango (Filósofo)
Abdu Eljaiek (Fotógrafo)
Azriel Bibliowicz (Escritor)
Julián Malatesta (Escritor)
Federico Suárez (Abogado)
Robert Max Steenkist (Escritor)
Kike Lalinde (Pintor)
Lucía Estrada (Escritora)
Gabriel Arturo Castro (Escritor)
Sebastián Ospina (Actor)
Lina María Pérez (Escritora)
María Matilde Rodríguez (Abogada)
Rocío Romero (Historiadora)
Víctor López Rache (Escritor)
Hernán Darío Correa (Sociólogo)
Guillermo Alberto Arévalo (Escritor)
Carmen María Jaramillo (Curadora)
Pedro Arturo Estrada (Escritor)
Olga Naranjo (Literata)
Héctor Álvarez (Músico)
Billy (Músico)
Ivonne Wilches (Psicóloga)
Eleonora Mutis (Diseño Interior)
Juan Gaviria (Ambientalista)
Orlando Mejía Rivera (Escritor)
Helena Villamizar (Economista)
Sergio de Zubiría Samper (Filósofo)
Belén del Rocío Moreno Cardozo (Psicoanalista)
Darío Villegas (Pintor)
Diana C. Rey (Gestora Cultural)
Milcíades Arévalo (Editor)
Héctor Fabio Torres Cardona (Compositor)
Clemencia Plazas (Antropóloga)
Rafael Colmenares (Ambientalista)
Franco Lolli (Director de cine)
Gustavo Vasco Ruiz (Antropólogo y cineasta)
Leticia Gómez Paz (Abogada)
Marina González Bustamante (Pianista)
Catalina Toro (Politóloga)
Luis Fernando Victoria (Comunicador Social)
Carolina Urbano (Filósofa)
Consuelo Gaitán (Filósofa)
Iván Ospina (Cheff)
Jaime Londoño (Escritor)
Alberto Saldarriaga (Arquitecto)
Adriana Henao (Joyera)
Carlos Naranjo (Arquitecto)
Carlos Eduardo Romero (Arquitecto)
María Clemencia Sánchez (Escritora)
Carlos Flaminio Rivera (Escritor)
Yamel López (Biólogo)
Víctor Rojas (Escritor)
Robinson Quintero (Escritor)
Celedonio Orjuela (Escritor)
Anabel Torres (Escritora)
Juliana López (Psicóloga)
Diego Arango (Ambientalista)
Catalina Rey Quiñónez (Gestora Cultural)
Natalia Arroyave (Ingeniera)
Alba Nidian Acevedo Montoya (Investigadora)
Héctor Bayona (Actor)
Henry Posada (Periodista)
Julio Olaciregui (Escritor)
Eduardo García Aguilar (Escritor)
Luís Roca Lynn (Editor)
Gustavo Mauricio García (Editor)
Claudia Antonia Arcila (Periodista)
Clara Arango (Docente)
Lucía Moncada (Médica)
Antonio Correa Losada (Escritor)
Yorlady Ruiz (Escritora)
Fabio Martínez (Escritor)
Pio Fernando Gaona (Editor)
Mery Yolanda Sánchez (Escritora)
Ricardo Rodríguez (Editor)
Alejandro Burgos (Curador)
Nicolás Escalante (Artista)
Juana Méndez (Artista)
Natalia Sánchez (Actriz)
Amalia Lu Posso (Escritora)
Diver Higuita (Tenor lírico)
Efraín Barbosa (Físico)
María Elvira Escobar (Antropóloga)
Carl Langebaek (Antropólogo)
Santiago Rivas Camargo (Artista plástico)
Óscar Calvo (Historiador)
Tatiana Roa (Ambientalista)
Jimena González Posso (Ambientalista)
Jairo Puente (Químico)
Camilo Arévalo (Artista)
Jorge Ronderos Valderrama (Sociólogo)
Aurelio Suárez (Ingeniero)
Maria Elena Bernal Vera (Ingeniera)
Tracy Russell (Música)
Bernardo Useche (Psicólogo)
Raúl Fernández (Economista)
Camilo Arévalo (Arquitecto)
Luisa Maria Navas (Editora)
María Inés Rodríguez (Curadora)
Gustavo Martinez Arias (Músico)
Jorge Parra (Arquitecto)
Jacobo Arango Mejía (Investigador)
María Lorena Calderón (Educadora)
William George Spirito (Educador)
Flavio Restrepo Gómez (Médico)
Oscar Eduardo Gutiérrez Reyes (Coord Liga de Usuarios)
Marta Isabel Serna (Lingüista)
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Luisa Fernanda Trujillo (Periodista)
Rodrigo Saldarriaga (Director Teatral)
Eduardo Cárdenas (Actor)
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Carlos Mario Aguirre (Actor)
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Andres Moure (Actor)
Alejandra Fernández (Psicologa)
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Fabio Martinez (Escritor)
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Ricardo Aricapa (Periodista)
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Jesús Anibal Suárez (Editor)
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Elizabeth Beaufort (Politóloga).
Hernán Quiñones (Abogado)
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Gilbert Gómez (Ingeniero industrial)
Patricia Meisel (Antropóloga)
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Gregorio Saldarriaga (Historiador)
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Gloria Mercedes Escobar (Enfermera)
Lina Gutierrez (Profesora universitaria)
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Gustavo Fernandez V. (Documentalista)
Nathan Jaccard (Periodista)
Julio César Correa Díaz (Escritor, profesor Universitario)

Y cerca de 71 firmas más.

ESCRIBIR AL BORDE DEL CIELO/ Gabriel Arturo Castro



Por Gabriel Arturo Castro M.



Jorge Cadavid
Tratado de cielo para jóvenes poetas
Universidad de Antioquia, Medellìn, 2008
106 pàginas.


Jorge Cadavid ha insistido a lo largo de su fructìfera obra, inteligente y lùcida, en juntar las cenizas de las palabras y la aparente liviandad de la arena y con ello construir un mundo sin apariencias, desnudo, transparente, lugar donde llega la palabra limpia, la palabra justa que aparece de sùbito y se encarna tras su declaraciòn de inocencia. Es su capacidad luminosa de caer en el vacìo y levantarse con dignidad en la poesìa, homenaje al silencio, al devenir esencial de la brevedad, lecciòn, tratado, enseñanza. crìtica a la opulencia y sus fuegos fatuos. “Tratado de cielo para jóvenes poetas”, reciente Premio Nacional de Poesìa Universidad de Antioquia, va en busca de la palabra original, el fundamento de la necesaria purificación del lenguaje poètico. Purificar: una labor de limpieza y de síntesis que busca la perfecciòn, lo vital, la mèdula, tal como lo pretende el poema titulado: “Aguada”:



Dibujo el perfìl de Buda
Agrego agua a la tinta
Lo que no pienso no se deja ver
Lo que veo no se deja pensar
Su mirada es continua
Sólo mi trazo es intermitente.


Precisiòn, justeza del decir, cercanìa al borde o al abismo de completud que sugiere, el presente libro nos hace preguntar por el lìmite de la poesìa, su libertad y transgresiòn, luego de merodear por una escritura reflexiva, convertida en espejo de sì misma. Aquì dicha reflexiòn alcanza un nivel de encarnadura, pues el lenguaje (el lenguaje de las nubes) tiene suficiente densidad y espesor. Ideas y palabras van juntas porque las une el pensamiento. El poeta es tambièn un pensador, la poesìa vuelve a pensarse a sì misma en cuanto a su rigor y su conciencia, màs cuando se escribe en el lìmite de la nada, junto a la expectativa blanca del cielo, el cielo como metàfora del lugar de la escritura, territorio de la experiencia.


En esta “pequeña teorìa de visible”, “palabras simples para armar un cielo”, las nubes simbolizan el paso de la visibilidad a la invisibilidad, pues “èstas se encuentran esparcidas en el interior del poeta”. Las imàgenes, lo sabemos, nacen por la alteración de la visiòn normal, permitiendo divisar otros mundos y son posibles por la experiencia de superaciòn de los lìmites, aboliendo los contrastes y logrando la unidad. Tal unidad es factible porque la imagen es representación del mundo visible, pero tambièn es visualizaciòn de lo invisible, de lo irreal. “Todas las apariencias tienen la naturaleza de las nubes”, nos dice el poeta, anunciando la metamorfosis. “Hay un espacio entre la lluvia que te advierte que lo invisible existe”. Una nube puede ser una ballena o un mirlo, un cìrculo en el cielo pintado, un Espejismo constante y renovado:


¿Cuánto perdura
la imagen de un àrbol
en el agua?
¿Cuánto perdura
la imagen de un ave
antes de ablandar su imagen
en el agua
y convertirse en pez?



Sobre este inquieto mundo el pàjaro, el ave, es el habitante del cielo, de las nubes, el mensajero, la voz, pero gracias a la mirada desborda su inicial naturaleza y entra al reino de la confusiòn y la ambigüedad: “Poner la frase despacio para que la tòrtola no se aleje volando”·. O cuando afirma: “Sospecho que un pàjaro vuelve al libro vacìo para quedarse en èl”.



“Tratado de cielo para jóvenes poetas” es un ejemplo, siguiendo el concepto de Busil Bunting, del decir como una forma de la condensación de la experiencia y una manera de hacer justicia verbal con el mundo, gracias a la cautela, a la visiòn profunda, intuición, revelaciòn de una instancia epifànica, es decir, aprehensiòn de lo momentàneo, lo constante y lo eterno.



Entonces el yo se opaca, se atenùa, a favor del sentido que favorece la comprensión y la interpretación universal. Al respecto leamos el poema: “Todos los poetas son mortales”:



El poeta ya no está
en el poema
Su voz se deshace en un coro
Ya no es necesario que firme
ni que lea, ni cuente sus proezas
Las nubes pasan por el cielo
su prodigio es deshacerse
sin que nos demos cuenta
Los pájaros y el viento enmudecen
y esa dicha no la explica nadie
La vejez es el último verso del poema
Después de él empieza la calma.


Importa màs la insinuación, la sugerencia que la explicación del silogismo o el axioma, porque gracias a la sencillez, el asombro, la hondura, cada poema posee una conciencia interna y vibrante, un diàlogo, un trato, un acuerdo dirigido a despertar a los jóvenes poetas frente a la majestuosidad y extrañeza de la poesìa, su mundo interno. Todo ello es posible porque el poeta muestra el nervio esencial, la aproximación inteligente y sensible a la pasiòn y a la vez captura la pequeña vida de las cosas, las evoca y anima como un milagro verbal. Brevedad y contundencia, meditaciòn, interiorización, excitación momentànea.



La epifanìa aquì es manifestación, sùbita revelaciòn, voz en acciòn, “consagración del instante”, “relàmpago de la certeza”. Experiencia ùnica, irrepetible y fugaz, las semillas, los caminos, las nubes, la luz, el cielo, un mundo hundido en la memoria, un “Mìnimo figurado”:



Creo que unos àrboles
unas nubes protectoras
un mirlo esquivo
es todo lo que necesito
en espíritu
para armar un mundo.

La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee.

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