miércoles, 6 de junio de 2007

BORGES Y EL TIEMPO



Colaboración enviada por Jairo Hernán Uribe Márquez

En : El Hacedor (1960)
Argumentum ornithologicum
Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe.
La trama
Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: "¡Tú también, hijo mío!" Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): "¡Pero, che!". Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

La lluvia

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.


Epílogo
Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un
espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas.
Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

CLUB LECTOR/UAM/2007

viernes, 1 de junio de 2007

JULITO, CAMINO AL PURGATORIO/ Cuento/ Jairo Hernán Uribe


Por Jairo Hernán Uribe Márquez

“He aquí que hemos resucitado”, piensa Julito. No alcanza a decirlo, sin embargo. A Julito se le ocurren frases así, de tono ampuloso, cuando las cosas van mal. Y esta mañana van francamente mal. No recuerda con precisión casi nada. La memoria, envuelta en el sopor del guayabo, maniobra con lentitud. Y el cuerpo resucita, dolorosamente, exigiéndole a Julito que lo tenga en cuenta. Y Julito no obedece. La conciencia de Julito, menos. La conciencia de Julito, pienso ahora, es en estos casos una conjetura apenas. “Hemos resucitado”, vuelve a pensar Julito y, cuando trata de expresarlo, en vez de palabras le salen gorjeos y chapuceos de bramidos. Ni siquiera ayes le salen a Julito. Y los tiene, a miles, a montones. Su mamá suele decir, en la alcahuetería de episodios similares, que Julito no es un ser humano sino un envoltorio de quejas. “Hemos resucitado”. Julito se queda en el “hemos”. “¿Somos varios? Somos legión”, se responde. Hurga un rato en la memoria vacía y halla milagrosamente el origen de la respuesta: el Apocalipsis. Julito tiene propensión a los textos bíblicos. “Ah, el Apocalipsis, libro de místicos y agonizantes”. Y de borrachos, le dije yo alguna vez. Con esa certidumbre despierta del todo. Le duele el muslo de la pierna derecha, calambre típico. Le duele algo adentro de la cabeza. No la cabeza, en sentido estricto, sino algo allá adentro, a lo mejor el alma o el tuétano del alma. Le duele todo, seguramente. Con la presencia del dolor vuelve la memoria entera y con ella la vida o lo que eso signifique. Julito no profundiza en esas cosas. Le basta estar vivo, su madre y unos pesos. “La plata, hijueputa”. Se tira de la cama y va directo al nochero donde acostumbra, casi automáticamente, poner sus cosas. No encuentra ni pantalón, ni camisa, ni chaleco.
- ¿Dónde putas?… ¡Mamá, mamá!
Escucha un trotecito animoso. No es la madre. Otra mujer lo interroga, apoyada en la puerta del cuarto.
- ¿Señor?
Julito reconoce a Doris, la muchacha de al lado, especie de chaperona de su madre.
- ¿Dónde putas está la ropa?
- La estoy lavando, Don Julio. Eso estaba pasado a pucho…
La especie de sirvientica habla más rápido de lo que aparenta. Tiene cara de lánguida, cara cuyana. “A mí me gustan / las niñas tristes. / A mí me gustan / las niñas lánguidas”. Julito no puede luchar contra la libre asociación que, siempre en los guayabos, es cuyana.
- ¿Y los papeles, las llaves? ¿Y la plata?
- Todo se lo puse en el escritorio, Don Julio. Cuente a ver…una nunca sabe.
La muchacha reflexiona con mayor velocidad de lo que aparenta. Y sin dar tiempo a una respuesta deja vacío el marco de la puerta.
Julito vuelve a la cama sudoroso, medio inconsciente. Se da cuenta que estuvo casi desnudo frente a la muchacha. Pero una sola cosa le preocupa: la plata. Se levanta otra vez, con gran esfuerzo y va hacia el escritorio que hay en el pasillo. Sumamente ordenados encuentra sus haberes: billetera, llaves, dinero, maletín y un sobre de manila tamaño carta. Recorre todo como si lo viera por primera o quizá por última vez. Constata que cédula y libreta permanecen en su sitio. “¿Para qué carga uno la puta libreta militar?”. Roza las llaves y evita el dinero. Tantea el maletín: “lleno, menos mal”. Levanta el sobre y lo vuelve a tirar sobre el escritorio. “La plata”. Con un profundo temor, que sabe va a extenderse sobre toda su humanidad maltrecha, cuenta despacio los billetes y monedas. “¡Hijueputa!”. Se da cuenta que ha gastado lo que no era suyo y en qué proporción. Recupera de una vez la noche anterior: funeraria, sentido pésame, amigos, mediecita no más, sesión chistes verdes, amigas, cotice, no sea tacaño, parque, mercado, testamento, declamación, taxi, puerto arruga, camajanes, yo invito, ¿fueron una o dos medias más?, deje así, casita, mamá, tan.
Julito, resurrecto, está indeciso frente a la puerta del edificio. Lo esperan los cuatro pisos, las escaleras siniestras, el descanso iluminado por un vitral circular, la puerta de metal, la calcomanía de los sesenta: PEACE. No tiene ningún deseo de entrar. El “publicano” es una presencia indeseable; atrae como una fruta, pero repele por lo amarga o lo podrida. Parece una puta. Julito está harto de malos ratos, de buenos tragos echados a perder en burdas peleas, de mujeres posibles esquivando todos los acosos y de amigos resentidos. Julito decide borrar el pasado con una inspiración profunda que le produce un escalofrío insoportable: el guayabo que, a las dos horas del baño, regresa con una cuenta de cobro impregnada de sudor, pucho y alcohol juntos. Seguramente el “publicano” tiene uno parecido. Estuvo en el velorio, bebió con la gallada, se exaltó, se sobrepasó, se volvió una mierda. Julito, sin embargo, no está seguro que la mierda sea tan inofensiva como se dice. Con un dedo en el timbre trata de concebir una estrategia. No puede. Timbra de todas formas. La voz que lo interroga es la que, finalmente, lo decide. Clarita, nombre con resonancias místicas, con imágenes agregadas, mensajes de auxilio. Eso cree Julito. Clarita no rima, de ninguna manera, con esa voz de hembra que sale por el intercomunicador. Lo sabemos todos, Julito no. Sube los escalones de dos en dos con riguroso conteo. Ochenta y cuatro. Repite el rito colectivo de acariciar el PEACE, empuja la puerta y se estrella con Clarita tendida en el sofá, camiseta-piyama, largas piernas, profundas incitaciones, bareto en la boca, ojos verde-maligno, sentáte, Nacho está en el baño, ¿querés un porro? Julito ha fumado marihuana ocasionalmente, pero no es un habitué.
-Un vasito de agua- dice, colocando el maletín sobre la mesa de centro y arrojando encima el sobre de manila.
- Debajo del poyo tengo ron; hacéte un desenguayabe- ordena la voz del publicano desde el baño-. ¿Trajiste las fotos? ¿Cuántas copias son?
Julito siente un mareo repentino de ignorancia. No recuerda los detalles técnicos del trabajo, ni siquiera sabe cómo son las fotos. En la litografía todo va de esa forma; no hay recibos, no se hacen los mejores cálculos económicos, no hay buenas comisiones. Además el “Ñato” le dijo que le mandaba una nota al “publicano” con el sobre. “La nota”. Debió haber esperado que el patrón la hiciera. Debió…Vuelven a su mente Doris, la plata, los cuyos, la plata, la libreta militar, la plata, las llaves.Y de nuevo la plata.
-Necesito que me hagás un favor, Cano- se atreve a gritar Julito.
Ni Clarita ni el “publicano” dan muestras de escucharlo. Únicamente se oye el estrépito del chorro de agua en el baño como una gigantesca máquina dispensadora de monedas. Julito tartamudea, se traga cualquier palabra. La monedas se detienen y hay un tremendo silencio. Pasa el ángel, si es que Julito convoca alguno con su miseria.
- ¿Son en sepia o en alto contraste?- dice el publicano.
Julito quiere insistir. No es capaz. El guayabo no admite repeticiones muy largas; el guayabo condena a la torpeza. Julito opta por servirse el trago. Sólo encuentra un pocillo usado, con un resto de café o de sopa en el fondo. Enjuaga el vaso con desmesurado cuidado y vierte el licor. Agrega un poco de agua. Duda. Acaba de llenar el vaso con ron puro. Desde la cocineta puede ver a Clarita, todavía recostada, extrayendo del sobre una ampliación fotográfica. Como le cubre el rostro, Julito aprovecha y acaricia con la mirada, detenidamente, toda la extensión de su cuerpo: las colinas a medio derramar de los senos, el vientre formidable, el delta milagroso y luego las doradas y firmes piernas, el pelambre apenas perceptible y los delicados pies. Regresa, por supuesto, al pubis. Tanga y pubis son un único y definitivo triangulo azul claro. Se regodea con la sugerente elevación venusina, la transparencia de la tanguita, la hendidura inefable, el provocador englobamiento de los contornos, la invitación – casi la súplica- a pasar rozando la nariz o aunque sea la punta de los dedos. El sueño mullido se sacude y en un parpadeo se reencuentra con los ojos indiferentes de Clarita.
- ¿Y esto es dónde?- interroga ella-.Parece una foto de pueblo.
- Si se siguen muriendo los amigos….-canta el “publicano”, inmerso en ecos jabonosos.
- Debía ser una foto de bodas- viene a recordar, por fin,Julito .
Perdido todavía en la fugacidad del premio erótico tronchado, Julito bebe la mitad de su vaso y siente que el placer amenaza una metamorfosis de angustia. Detalla el sobre despedazado y la ampliación que abandonó Clarita. Intenta establecer en qué momento se trocaron las fotos y desde el ayer remoto, inaccesible, sólo acude el “Ñato” entregándole de mala gana el trabajo, el reguero de papeles a medianoche y en el parque, el maletín abierto en puerto arruga, la ordenada disposición que siempre hace Doris de sus cosas, algún encargo de su madre y, en fin, el afán y el miedo que, vaya uno a saber, siempre vienen en grandes y homogéneos sobres de manila. Y claro, claritacucos, claritapaquete, claritamorbo, agitando y desnudando su equivocación en el ostentoso infierno del “publicano”.
-¿Qué decís, Julito? – rezonga, impaciente, el “publicano”.
- ¡Que boté las putas fotos!…¡Carajo!
- No, que qué es lo que necesitás, hombre.
-Que cuándo putas vas a salir del baño…
-Cuando haya terminado de cagar- remata el publicano. Y agrega como si nada-. ¿Ya te serviste el desenguayabe?
/Si hubo uno en la vida /que soportó todo / ese lo fui yo/. Julito lo dice de corazón, blandiendo el vaso, solemnemente, como un cáliz. Estantes, mesas, fotos antiguas y calendarios, contrastan en su inercia de siempre con el cuadro de la puerta, agitado por los reflejos del tránsito y por las alargadas sombras que entran y se van detrás de los transeúntes. La voluptuosa de un afiche tropical, pierna levantada y mohín soberbio, parece increparlo: /Mentira, mentira, / Tú no me quisiste/. “Puerto Arruga” es devastador con los clientes y más con los que tienen cuentas pendientes. El cantinero lleva ya como cinco vueltas, haciéndose el servicial y limpiando sin necesidad las mesas vacías. Julito lleva, a contrapelo, la cuenta exacta: seis cervezas. Debe éstas y otras tantas, una docena tal vez. /Quizá cuando muera…/, se dice. De todos modos tiene que pagar si quiere volver. Y este es el único sitio a donde se vuelve, de noche y sin miedo. Y donde todos repiten, aferrados a los vasos y a las copas, /no me nombrarás/ o alguna otra conjura similar contra la mala suerte. Julito limpia con excesivo celo el vaho que forma la bebida fría alrededor del vaso. Un maloso, poco conocido y de mal aspecto, se recuesta en la vitrina del pan y de los dulces. Es temprano para los comensales tradicionales. Todavía es “Puerto Nuevo” para señoras, niños y mandaderos. Un poco más tarde será puerto de “aquellos que no tienen a nadie” y, claro, de los vejetes que hacen honor al apodo del sitio. Julito espera que a eso de las diez y media aparezca el “publicano”. Vendrá con cara de quien no quiere encarar nada. Vendrá con todos los tragos juntos, arremolinados en el rostro fiero. /Nómbrame/, vuelve a repetir la chica entangada del afiche. /Ahora/ Julito comienza a animarse y bebe un sorbo más largo, como solía hacerlo su padre /en vida/. El camaján de la vitrina reprende con violencia al cantinero. En la modorra que da inicio a la noche, este es un incidente sin importancia y el eco de una súplica / y di que fui bueno / se mezcla con un reguero de amenazas y tartamudeos. Abrazado a una gordita del centro viene el profesor Ochoa. No es amigo de Julito, pero le hace una venia cordial. Julito sabe que será una media de aguardiente, tres tangos de Corsini, unos manoseos y besuqueos flojos y una gran borrachera. El maloso, que ahora es meloso, insiste en lavar y cuidar el carro rojo en el que vino el “profe”. Promete lo imprometible en esa esquina. Jura y rejura / que después de muerto / lo seguirá cuidando. El profesor Ochoa, como siempre, se quita el estorbo de encima con una cerveza. Julito, en cambio, bebe lo que resta de su cerveza y aún así no acaba de despabilarse. Ni siquiera puede remontar su resurrección matutina, la rabia por la plata malgastada, el pubis de clarita en la tarde y, claro, el desenguayabe. Tiene, por lo menos, la certeza de que con ese breve repaso del día / ya se olvida todo/, hasta el amigo muerto, el publicano y hasta su mismísima madre. Menos la plata, “¡carajo!, la puta plata”. En el orinal siente todo el peso de su opaca vida. Un largo chorro promete otros días mejores, de más trabajo y de mejor humor. La oscura y apestosa orina, entre tanto, anuncia la vejez o la enfermedad y la espera, seguramente tediosa, de la muerte. /Es la realidad/, considera Julito, sujetando un rato el blando, pero todavía efectivo, miembro. Intempestivamente, piensa en Doris, la muchachita de al lado. “Doris, Doris, bendita reina de todos los afiches”, murmura, sacudiendo los restos de orines y quejumbres y descubriendo feliz que esta sencilla evocación bastaría para volver poderosos a todos los solitarios “miembros” de la tierra.
Unos cuantos puños sobre el PEACE y la puerta se abre. También la algarabía gigantesca de una fiesta improvisada. Julito no reconoce a la mujer que lo recibe: gafas intelectualoides, ojos intensos, blusa oriental y zapatillas. Como telón de fondo se sacude toda la gallada del “publicano”. Éste baila un son montuno con la flaca Gómez, Clarita forcejea con el “costeño”, Iván maniobra un solemne discurso ante la mirada enternecida de una brujita rara. Fabio sirve ron en pocillos de tinto y trata de arrebatarle un bareto a la de gafas. Julito, que no acostumbra saludar a nadie, se sienta en la mecedora, junto a la ventana abierta. El “publicano” tiene una borrachera de miedo. No termina de bailar y de fumarse otro porro y ya quiere que todos reconozcan en Julito al gran amigo desdichado, al poeta en ciernes, al rebuscador, al mago, al no sé qué más vainas.
-Allá lo sigo esperando, Cano- intenta ironizar Julito.
-“Te sigo esperando” es un bolero, viejo man…-responde Cano, en una imitación de baile que culmina en payasada.
-Vos prometiste…-replica Julito.
-Y eso es un ¡tango!-se burla la de gafas.
-Les dije que era un artista-vuelve a rebuznar Cano, tratando de encuadrarlos a todos con un gesto vago de sus manos.
Clarita, como otras muchas veces, es un salvavidas glorioso.
-Disculpá, Julio- ella no dice Julito-.Pero teníamos cita con estas niñas…Para lo de la exposición. ¿Te acordás?
Julito advierte entre la flaca Gómez y la brujita rara una relación más que expositiva. Se fija en los muchachos que, en ese instante, ajustan una vieja discusión sobre el rock clásico. Iván es sensacionalista y se extiende en gráficos argumentos que demandan cuanto objeto tenga a mano. Aunque inquieto, el “costeño” solamente escucha y de vez en cuando escurre sus abucheos bovinos. Fabio parece un tótem ebrio, con los ojos cerrados, dejando que su gran barriga cubra el trago que tiene entre las manos. El “publicano”, trepado en una silla, es Jimmy Hendrix después de los chuzones de heroína. Los cuatro, así reunidos, semejan una convención de autistas. Julito se concentra, por descarte, en las madamas. La flaca Gómez es una antorcha melosa que no desampara a su nueva conquista: la rodea, la acaricia, la levanta y protege como si fuera una mascota. Clarita, enorme y ondulante, rehuye los palmoteos del consejo varonil y va y viene entre la cocina y la sala con platos de frituras y la indispensable cajita de los porros. La de gafas, la más inquisitiva, canturrea algo y contempla a todos como una generala. Enseguida bailotea con Cano y aprovecha un descuido de Julito para tomar por asalto la mecedora. Julito la observa con todo el descaro de que es capaz, a esa hora, con los tragos y la rabia atravesados: tiene un culo grande, bastante aceptable, pero habla demasiado y, encima, espolvorea sobre Julito un halo de desprecio. Julito intenta escapar pero la rumba arrecia. No le queda más que dar vueltas en torno a la mesiánica que se mece, los tres hablantes, las dos bailantes, la anfitriona y el único fumante, que además es “publicano”. Una extraña sensación de desafecto arrincona a Julito en cada esquina, contra los muebles, sobre los candelabros y aún debajo de los coloridos colgandejos del apartaco. Sin pensarlo mucho, con ademán infantil, toma una cámara fotográfica que encuentra sobre una de las repisas del baño. Se mira en el espejo, a través del visor, y a duras penas se distingue persona o paria. Se declara a sí mismo árbol, fantasma o exótico pájaro. Accidentalmente acciona el aparato y recibe una poderosa descarga de luz que lo deja ciego. Atontado, dispara dos fotos más. Los relámpagos atraen a todos. Rodean a Julito, les hace gracia, beben y fuman en su honor, exigen retratos y asumen mil poses estúpidas. Julito dispara unas cuantas fotos más, atrapa un vaso lleno que hay cerca de la puerta y decide darle la espalda a ese carnaval ansioso. Se marcha para su casa con la cámara sobre el pecho, como un gran medallón de verdades que se le cuelga a quien va a ser estrangulado.
“Lázaro, Lázaro, como es que nunca mencionaste lo mucho que duele resucitar”. Y tan temprano. “Levántate, Julito”, se dice Julito, con el convencimiento de haber errado el ca­mino de la libertad y haber tomado –entre el apartaco, las azarosas callejuelas, la esquina de matasietes, puerto arruga y su casa – el camino del purgatorio. Julito, que podría desempe­ñarse como actor dramático, ha intentado antes el primer sendero, sin éxito: la vez que se tomó unas drogas vencidas. Bueno, y las muchas veces que le puso el pecho a la noche y a sus camajanes. Pero el camino de los suicidas no está abierto para los dolientes premedita­dos. Julito ha elegido, por defecto, el otro, el de la resistencia sin razón. Por eso se resiste a las ganas de orinar y a la sed pavorosa que lo hace dar vueltas en la cama. Se resiste, ade­más, porque escucha voces: una muy áspera que inquiere por un encargo fotográfico y otra dulce, paciente, que niega y oculta y convence. Julito reflexiona, con sedienta indolencia: “las fo-tos-que-me-en-car-ga-ron”. Luego, en un abrir y cerrar de los hinchados ojos, vis­lumbra el problema: el anticipo, la plata que “ya no es” gracias al velorio y al “publicano”. Y ese era el favor, “maldita sea”. Julito puede juntar ya sus peores pensamien­tos: “Favor­fiadoreproducciónpagocomisiónilusiónremisiónconfusiónperdiciónmicción.Mic-ción”. Julito salta, como canguro, hasta el baño. Expulsa, entre largos ayes, sus contenidos temores y se mira en el espejo como un nuevo y encantador sujeto. “Henos aquí, juntos, el animal y el hombre, vivos después de haber vivido”, exclama en voz alta, sintiendo en cada orificio de sus narices el sórdido aleteo del tufo. La micción, que ahora es erección, le renueva la sangre y en zancadas atléticas corre a su pieza por la cámara. Presume -más bien está seguro-que Doris la tiene alineada junto a sus pertenencias. “¡Doris!”. La sola mención del nombre provoca un sacudimiento literal en sus calzoncillos. Se contempla de los pies a la cintura. “Demasiado evidente esta conmoción”. Opta por componerse un poco y se envuelve en una toalla. “¡Doris!”. La toalla no hace gran diferencia, pero es cosa de no asustarse. Coloca la cámara sobre el escritorio y se aleja unos pasos. Luego llama a la muchacha, chaperona del cielo, que trae un rictus de amable regaño. La muchacha sonríe más ladinamente de lo que aparenta. “Que descuido, el señor, el trabajo aquel, las mentiras, su Mamá, el mandado”, murmura esa piel femenina, olorosa a esos jabones que ahuyentan el pecado. Azorado pero resuelto, Julito acciona el temporizador y se abraza a la hembra con cierto aire matrimonial, hasta que el flash los estampa en un cegador instante de dicha. Julito intuye que para las futuras veleidades de su amor siempre tendrá ventaja si se sabe resucitado.

lunes, 14 de mayo de 2007

LA MAGIA DEL HACEDOR / Gabriel Aruturo Castro M.



(Texto derivado de la lectura de la antología Las Esquinas del Viento de Héctor Rojas Herazo, preparada por Juan Manuel Roca y Felipe Agudelo Tenorio, editada por la Universidad EAFIT).
“¿Cuál es la magia de este hacedor?”,se pregunta Juan Manuel Roca: “El hacernos sentir, asomado como está al mundo desde el hueco de una tapia del patio de su infancia toludeña, los pálpitos y las epifanías de ese pedazo de barro sublevado que es el hombre”.
Con toda razón y verdad interior, la poesía en Héctor Rojas Herazo es una manifestación espiritual que se revela en el lenguaje, a la manera de un momento delicado y fugaz. El espíritu descubre la cualidad de la luminosidad, lo olvidado se ilumina. Contra el poder del tiempo una santificación del instante que nos torna infinitos, imperecederos.
El tiempo interior y vivencial es el lugar utópico donde los distintos tiempos se concilian con el conjuro de la palabra escrita. Un tiempo inacabado, inconcluyente, que hace valer a esta poesía el ejercicio y la sentencia de retornar sobre los pasos y encontrar un mundo propio, intocado, inédito.
En el poema el tiempo da una sensación de movimiento circular o de espiral. Cuando el origen se recupera, el movimiento prosigue en una esfera superior. Lea,os aRojas Herazo:
Todos esperábamos al huésped en el umbral de nuestras moradas.
Todos habíamos traído lo que nos pertenecía verdaderamente.
Bajo las lámparas dulcemente reconocimos nuestros rostros,
en la alegría y el ungimiento.
El movimiento es de una perspectiva ontológica-existencial, pues las imágenes parten de lo personal pero lo superan. Moviendo que en Rojas Herazo adopta la facilidad del viaje evocativo e imaginario, ganancia de mundos posibles.
Para la poética del tiempo, el instante ha sido la categoría principal. Gracias a él, según Bachelard, “hallamos en nosotros una infancia inmóvil, una infancia sin devenir, liberada del engranaje del calendario”, o en un poema de Rojas Herazo:
Te hago el relato de estas cosas ahora,
cuando todos han muerto.
Cuando ya solamente la memoria
es río, cosecha, solitaria espuma de patios,
trinos que se deshacen en el calor
mientras dulces mujeres
parlan bajo las horas, en la tarde,
frente a tiestos de orégano.

De modo que basta decirlo para que el tiempo reanude su marcha. Ahora cualquier cosa es la señal: volver la mirada, reconocer los rostros bajo la lámpara, soltar los cocuyos en medio de la sal, dibujar un nombre en la piedra, preguntar por Dios, nombrar otra vez el vaso y la ventana.
El pasado tiene la extraña capacidad de retornar, gracias a lo cual el presente resulta atrayente por su misma extrañeza o ambigüedad, “especie de réquiem por la materia, aunque casi siempre la ronde la ironía de que los objetos sobrevivan a sus dueños y a sus voces, que fueron la traducción de esas cosas”, según lo expresa Juan Manuel Roca.

El tiempo y la eternidad, todo lo que dura se justifica por sí mismo:

O como todo aquello que, fastuosamente unido, consumándose,
reaparece y estalla en el suplicio de un instante.

La mirada retrospectiva es una cuestión de tiempo, ordenación y discriminación de la materia poética. La distancia en el tiempo reafirma la memoria. El hecho de actualizar el pasado en el presente ofrece el horizonte de otra realidad atravesada por la imaginación y el ensueño:

Pero somos nosotros, opuestos, ocupados,
en un duro recuerdo, en una terquedad lujuriosa,
en un tiempo nutrido de vapor, de gajos exprimidos,
que madura, que canta,
que oxida nuestros bordes al derramar su lava.

Encontramos en Rojas Herazo la recuperación del pasado desde la imaginación y la ensoñación, sobre todo alrededor de lo espacial. Extraña fuerza poética, cargada de dolor, basada en la profunda comprensión de las grandes y pequeñas tragedias de la vida. Inyecta la más pura y doliente poesía dentro de la ruina, encima de un mundo aunque caído es mágico.
Afirma Juan Manuel Roca, al respecto, que la ruina es una obsesión que recorre toda la obra del poeta: “Y no es que Rojas ponga la huella antes de dar el paso, como ocurre con las viejas vanguardias y sus dudosos manifiestos. Se trata de algo que conoce desde siempre: la casa, lo que todos en la familia llamaban pomposamente la casa, no era nada distinto a un montón de fieles y voluntariosos escombros, escribió alguna vez”.
El poeta interpreta el afecto del ser estremecido ante la ruina temporal y responde por él por la metáfora, la figura del tiempo anterior, el del origen, el de la matríz donde siempre se regresa:

Atravesando gestos, piel,
vagos asuntos,
dejando atrás mi sombra,
lo que soy en presente,
penetro en mí, me siento,
me palpo en lo profundo,
hurgo en orígenes,
piso en húmedos soles,
oigo mi cal blanqueando mi memoria.

Imágenes sugerentes dispuestas con reciprocidad analógica del universo, todo lo relacionado dentro de la casa se vincula mágicamente con el universo del cosmos. Rojas Herazo alude a la memoria universal, asociada a los sueños y a aquella infancia, como un estado de conciencia visionaria: sensibilidad, afecto, magia, exploración.
“Encontraremos al mundo cuando nos comprendamos a nosotros mismos”, decía Novalis. Geografía sagrada, rito y ceremonia del poema, aliento de la palabra, el verbo, la respiración y la sangre.
Es la función mediadora y gratificante de la escritura para conocernos y aceptarnos, la literatura como destino de lo humano, búsqueda, composición, reconstrucción de unos orígenes y raíces. La memoria deja de ser una parcela reductora para enriquecerse con visiones y miradas que generan una disolución ontológica, “el sonido de un hombre, el retrato, el reflejo del aire sobre el pozo y el día con su firme venablo sobre el patio”.
Preguntaba Nietzsche: “¿No sentimos acaso el aliento del espacio vacío?”
La memoria no se debilita ni se evapora, tampoco se desvanece. Queda en ella la afirmación llena de una presencia, como lo dice Rojas Herazo: “O sigues, por un filo de luna, el olor que te conduce a los viejos baúles”.
Es la memoria que se impone y llena nuestra visión de todo lo que se puede transformarse. Es vida a los ojos muy lejos de la catástrofe, pues el espacio de la experiencia sobrevive, se torna visible otra vez, resucita la casa, las campanas, las lámparas, el camino, el agua entre las piedras, los árboles sombreando un corazón, el valle de Caín, el mar de las noches oscuras y el viento en las tumbas.
La voz es la urdimbre, la trama viviente que unifica el espacio de los acontecimientos en la evocación, confección de tiempos vivos que dialogan. La memoria se hace visible por medio de la invocación de las voces, de la búsqueda que conjuga la experiencia y la realidad. La frase convoca a la realidad y la realidad es una prolongación de la frase, del mundo verbal que da cuenta del sentido espiritual del texto:

Todo este vasto, inmerso, sonido de nosotros.
Estos lagos de luz que, de súbito, apagan sus vidrios
y se funden en un lodo de memorias y días
para luego (un verano también nos aniquila
cosechar los terrores de unas horas concisas.
Cuando despiertos, enteros, ampliamos nuestro límite.

Así pone en presencia y aún en concordancia la voz y la escritura. Hay en Rojas Herazo “una elección de la escritura, una voluntad del libro plural”, donde escribir “es entregarse a lo incesante”. El poema es entonces el cuerpo de una forma plasmada, presenciada y mantenida por la vivencia, la aventura que se vale de la palabra. La palabra ocupa al mundo, descubre la realidad en el revés de la forma, brinda ecos, reflejos, metamorfosis, síntesis de lo más actual y de lo que de forma mítica se oculta.
De esta palabra parte un eco de sustancia misteriosa, ya que asistimos a la fe de juna poética, al alcance místico de las palabras y de las imágenes.
La experiencia se revela. Pero aún así el secreto no se rompe del todo, ya que Rojas Herazo concibe al poema de una manera interior, una visión casi de fino tacto, enseñando pero ocultando un objeto de índole espiritual, cuyos bordes “no son determinables con absoluta nitidez”, para ceñirnos a las palabras de Bousoño, ese camino “real de lo imposible fascinante”, del cual nos hablara René Char.
Palabras que ayudan a construir el gesto litúrgico del poema, de su vacío ya poblado y de su silencio de hombre interior, “escriba de sí mismo”, de “ese ser expósito y hondamente humano, que duda de sí mismo y es un manojo de temores, que es un obseso coleccionista de agujeros habitado por presencias tiránicas, lleno de patios arruinados, de cachivaches podridos, de mugido de mar, de luces perdidas, de papeles de alcaldía cuya tinta convierte la lluvia en lágrimas moradas”, volviendo al decir de Juan Manuel Roca.
Porque somos habitantes de la memoria, del corazón, de la interioridad. La historia personal y social (la poética del otro) se vuelve íntima, la fatiga del hombre es la del poeta y la del prójimo, igual su afán de subsistencia, su agotamiento y la condición humana e irreducible del verdadero del verdadero creador.
Rojas Herazo propone una interrogación sostenida e intensa, una religión que pregunta por lo ignorado, la razón de la crítica desnudez del hombre, una suerte de mapa que impone sus propios caminos, temores y pasiones.
Ahora la luz de la lectura debe irrumpir en la obra y el lector será un confidente: “Ves ese niño que contempla tu rostro en el espejo y vibra y te envejece mientras arde?”.
Una poesía que deja traslucir la complejidad de la condición humana: la esperanza y la consolación, la ruina y el castigo, lo perenne y lo eterno:

Tu presencia es, siempre, siempre,
una estación imprevista.
Somos inferiores a la energía de tu secreto.
Somos intrusos de un orden que aniquilamos con nuestra llegada.

lunes, 7 de mayo de 2007

JULIO CESAR ARCINIEGAS / Premio Nacional de Poesía "Porfirio Barba Jacob"



DEL LIBRO ABREVIATURA DEL ÁRBOL


EXHORTACIÓN DE LA PRINGAMOSA

A ustedes hablo caballeros que aún intentan
probar el acento, la picazón o el tormento de
mis hojas.
Les digo que no son más que debates azules
de la piel, el ardor de la endeble apariencia.
Me dirijo a ustedes que me reputan fuera
de sitio entre los ponderados de la luz.
Les ruego escriban sobre mi reino oscuro.


HOJAS DE VENCIMIENTO

El iletrado limpia la memoria de la luz,
abre su funda para contar las fugas de la sombra,
el espectro que en las exactitudes del aire
apetece la ausente claridad y mancha con números
todos los seres increados.
El árbol es un guerrero que olvida las ondulaciones
del arco para caer en el sueño de la estalactita.
Gentil desde sus círculos, estira los actos de sus
ramas y su sangre asciende por la figura de quien
lee imágenes transportadas a lomo de hormigas.


EL ÁRBOL SUMERGIDO

Un árbol entra en otro
y tiene que aprenderlo todo;
llevado a otra dimensión ingresa en la hilera
de las luces.
El no ser le aturde y lo acerca a las durezas.
Nadie nombra aquí el silencio. Todo empieza
desde las voces de adentro, donde se pierden
las materias y las hojas del neón se agrupan
impávidas como una jungla rígida de motores,
fluidos y paraderos. Aquí se aprende la
alfabetización del hierro. Aún en la fisura de la
palabra el hormigón tiene ideas. Volúmenes de
ignorancia devienen de los carteles.
Preso entre la omisión de los octaedros,
el árbol grita sumergido entre otro que no es nadie.


GUADUA

Alzada por encima de sus apoyaturas,
de su pelusa ondulante,
de su segunda savia,
la guadua con su belleza y su distancia,
urde las hileras del dolor.
Sobre sus fondos teje una mujer sus colores,
la multiplicidad,
los mil vientos revestidos,
las sustancias traídas por el viento
para rechazar la fijeza de lo vivo.


PALMAS

A ustedes que aman las palmas,
les confío una desmemoria de hojas,
el follaje de la otra vida,
la luz que mece la fortuna,
el don del ave, su estremecimiento,
la hoja perenne y la caduca también,
la evocación del sol, el temblor del
viento, la huída de las fiebres,
el descubrimiento del agua.
A ustedes que plantan cráneos amarillos,
que repiten la semilla sin consuelo:
la de la muerte en una tierra sin medidas,
la de la herida después del rezo,
les dejo lo que se prepara bajo la palabra.


POMARROSA

Debajo suyo tiembla el habla de las corrientes,
los primitivos pliegues de la manzana de
llaga verdosa, hundida, la nuez agria de Adán.
Esclarecida la liturgia de las hojas, de los
pétalos abiertos o cerrados, confiere el firme
ascenso que se transforma en anillos.
Mientras silba entre las hileras de maduración,
imagina que es sagrado cambiar de sol todas
las mañanas.


El Premio Nacional de poesìa "Porfirio Barba Jacob", convocado por la Casa de Poesìa del mismo nombre, en la ciudad de Medellìn, fue ganado por el poeta Julio César Arciniégas, nacido en Rovira, Tolima, en 1953. Arciniegas es autor "Del color del miedo" (Tiempo de palabra) y "Nùmeros hay sobre los templos" (Sociedad de la imaginaciòn) y otros libros que se encuentran inèditos. Julio Cèsar Arciniegas es un escritor autodidacta, excelente lector y autor de disciplina y compromiso.

El poemario premiado se titula "Abreviatura del àrbol" .

UNA CULTURA POETIZADA


Foto de Julio César Correa/15


Por ANTONIO ACEVEDO LINARES *
 
Richard Rorty hace una defensa de las instituciones y la cultura de una sociedad liberal fundada por un léxico de la reflexión moral y política. Piensa que el léxico del racionalismo ilustrado se ha convertido en un obstáculo para la preservación y el progreso de las sociedades democráticas, y hace la fundamentación de un ideal en el sentido de construir una cultura del liberalismo como una cultura ilustrada y secular dentro de una concepción que se ajuste a una organización política liberal y fundamenta la libertad como un reconocimiento y afirma que ese reconocimiento es la principal virtud de los miembros de una sociedad liberal y que la cultura de esa sociedad debería tener como objetivo curarnos de nuestra " profunda necesidad metafísica”.


La cultura liberal, afirma Rorty, (Contingencia, ironía y solidaridad. Paidos, 1991) necesita de una mejor descripción antes que de un conjunto de fundamentos. La idea de una cultura liberal de fundamentos, fue el resultado del cientificismo de la Ilustración. El pensamiento liberal del siglo XVIII, intentó asociarse con el desarrollo cultural más ilustrado su época, a saber, las ciencias naturales. La ilustración, sacralizó parte de su retórica alrededor de la figura del científico como un mensajero de Dios que lograba ponerse en contacto con las verdades no terrenales. La búsqueda de un estatuto intenta encontrarlo Rorty en la literatura y la política. Un estatuto para la sociedad liberal en donde la cultura puede ser en su conjunto “poetizada”. Una organización política liberal estaría constituida para Rorty por el poeta y el revolucionario como el ideal cultural a la que esa sociedad debe aspirar, y no definirse por el guerrero o sacerdote. Una cultura así definida se deslindaría del léxico de la ilustración. Una sociedad liberal tiene sus héroes en el poeta y el revolucionario en tanto que son la conciencia de la sociedad y están en contra de todo aquello que no defina un reconocimiento de la sociedad en sí misma.


Los ideales de la sociedad liberal se pueda alcanzar, afirma Rorty, por una vía distinta de la fuerza como la persuasión, antes que por la revolución por la reformas, mediante un enfrentamiento libre y abierto de las prácticas lingüísticas o de otra naturaleza. El propósito de la sociedad liberal es la libertad, ver los diferentes enfrentamientos y aceptar los resultados. No tiene más propósito que hacerles la vida fácil a los poetas y a los revolucionarios que se reconocen en ella, mientras ellos asumen la conciencia crítica de la sociedad haciendo la vida más difícil para ella. La palabra sería el arma del poeta. La utopía liberal de Rorty está concebida con individuos que perciban la contingencia de su lenguaje de deliberación moral y de su conciencia y de su comunidad. La comunidad estética pensada por Rorty tiene como fundamento un reconocimiento del otro a través de la conversación. Un diálogo estético donde el hombre se reconoce y se afirma. En Rorty no es importante la búsqueda de los fundamentos últimos de la cultura como era concebido por los ideales de la ilustración sino en su conjunto poetizar la cultura en el sentido de buscar un léxico que la describa de acuerdo a los referentes históricos y que gire entorno a las nociones de metáforas y de la creación de sí mismo y no entorno a las nociones de verdad, racionalidad y obligación moral. Una cultura poetizada reconocería su carácter de contingencia frente a cualquier pretensión de universalidad o absolutismo. Una cultura poetizada es la cultura que ha renunciado al intento de unificar las formas privadas de la producción de las fantasías para hacerlas extensivas al resto de la sociedad y no está fundada sobre presupuestos de divinidad sino en un cambio de léxico antes que de un cambio de creencias.

 
 

El ciudadano de este estado liberal en Rorty concibe el lenguaje, la conciencia y la moralidad como productos contingentes, como metáforas que alguna vez fueron creadas de manera accidental. El ciudadano ideal estaría representado por el poeta y el revolucionario utópico y no por los individuos que han fundado una verdad eterna para el mundo o la humanidad. El ciudadano ideal sería el "ironista liberal "que tiene conciencia de su propia contingencia y que reconoce la imposibilidad de elevarse por encima del lenguaje, de las instituciones y de las prácticas del momento histórico en que vive y que concilian el compromiso de ese momento histórico con la contingencia de su propio compromiso. 


El terminó ironista, afirma Rorty, hace referencia al individuo que reconoce la contingencia de sus creencias y deseos. Ese ironismo pretende Rorty que sea universal y llama ironista al individuo que tenga dudas radicales y permanente con respecto al léxico que utiliza, cuando advierte que un argumento formulado con su léxico no elimina las dudas, y cuando su léxico no se haya más cerca de la realidad que los otros. El ironista concibe los léxicos como hallazgos poéticos antes que como resultado de una investigación. En esta ideal sociedad liberal, el intelectual sería un ironista que haría parte de una cultura liberal ironista.

 


La sociedad liberal en Rorty se funda en presupuestos no " racionalistas " o "universalistas ", esto es, se hace necesario una redescripción del liberalismo que no pretenda definirse como " racional " o " científicos " sino que sea posible abrirse a las diferentes fantasías individuales en un reconocimiento a la propia contingencia de la sociedad liberal que se reconoce como un intento de organización social del pasado y con las formas que organización social utópicas del futuro. En la sociedad liberal de una cultura poetizada la solidaridad humana es un fin por alcanzar, no por medio de la investigación sino por medio de la imaginación, con la facultad de ver los otros individuos extraños como compañeros de viaje en el sufrimiento. La sociedad liberal no descubre la solidaridad, la crea, por medio de la reflexión. Por solidaridad humana entiende Rorty, ese algo que hay en cada uno de nosotros, una humanidad esencial que resuena en otros seres humanos. Esa noción de solidaridad define lo que es un ser humano completo, íntegro. Rorty afirma la solidaridad como una obligación moral que debemos sentir por el otro como un reconocimiento de que la humanidad nos es algo en común en tanto que el otro es también uno de nosotros por el que hay que sentir ese sentimiento de solidaridad humana. 


Ahora, una cultura liberal poetizada está fundada, desde la perspectiva rortyana, con un sentido de contingencia, ironía y solidaridad. Nietzsche, Freud, Wittgenstein han contribuido a que la sociedad se reconozca a sí misma como una contingencia histórica, afirmar Rorty. La ironía en el ámbito de lo privado resulta definitiva para la configuración de la condición humana aunque no pueda definirse en el plano de lo social o lo político del liberalismo. No es la filosofía sino la literatura la que crea en el interior de la sociedad un verdadero sentido de solidaridad humana. Orwel y Nabokov son los novelistas para los que Rorty reconoce ese sentido solidario de su literatura. Una cultura liberal que sea consciente de su contingencia histórica, unirá la libertad privada individual, filosófica o irónica con el proyecto social de solidaridad humana creado por la literatura, es decir, por los representantes de la inteligencia y la sensibilidad, a saber, los escritores. 


 


Una cultura poetizada sería una cultura historicista y nominalista que hace una conexión del presente con el pasado y con todas las formas de utopías. La creación de utopías se concibe en Rorty como un proceso sin terminó como un ejercicio lucido de la libertad. La sociedad liberal no requiere de fundamento filosóficos ni de la razón o la moral para su legitimación y no legitima lo político desde lo político en términos de relaciones de poder. Una cultura poetizada es una comunidad situada históricamente. Una cultura poetizada dentro de una sociedad liberal es la más bella y sensible utopía imaginada por Rorty. Una sociedad de los poetas soñada para la imaginación y la sensibilidad donde los hombres inventarían el mundo a partir del libre desarrollo de la solidaridad y el deseo. Una sociedad donde la comunicación entre los hombres sea poética fundada en metáforas en tanto que el lenguaje poético es el verdadero lenguaje que afirma la plena existencia del hombre. Un lenguaje no con un sentido utilitarista, de uso cotidiano, economicista o del rendimiento y la productividad. El nombre trasciende su animalidad mediante el lenguaje. El hombre es hombre gracias al lenguaje. (Humboldt) En el recobramos el verdadero sentido de lo humano. Las cosas no existen si no existen en el lenguaje.


 

La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre, escribió Luis Cardoza y Aragón. La imaginación es superior al conocimiento, escribió Albert Einstein. El poeta es la inteligencia por excelencia y la imaginación en la más científica de las facultades, escribió Baudelaire. Habermas crítica en Rorty el querer " poetizar " antes que " racionalizar”. La razón ha engendrado ya demasiados monstruos pero también nos ha permitido seguir soñando como dijo algún poeta. La racionalidad en Occidente ha condenado al hombre a ver el mundo dentro de una sola dimensión cuadriculada. La vida puede ser mágica y poética, la realidad es mucho más de lo que perciben nuestros sentidos. La poesía descubre los elementos invisibles y esenciales de las cosas. La misión del poeta es poetizar la vida con un sentido lucido y vidente para hacer más visible el mundo y para darle un sentido más humano y hermoso a la existencia. Una cultura de los poetas que poeticen la vida para hacer más vivible la vida en tanto que la razón ha demostrado su esterilidad engendrando las más absurdas catástrofes que ha padecido la humanidad. Una cultura poetizada donde el hombre se reconozca en el arte como la expresión más genuina de la condición humana, y donde el libre desarrollo de las fantasías, las metáforas y la imaginación sea su estado natural. Una poetización de la vida cotidiana donde se conjugue la admiración por lo bello y el horror por la crueldad. Una sensibilización de la vida donde la solidaridad sea un acto, un maravilloso acto cotidiano.


* Sociólogo. Magíster en Filosofía Latinoamericana. Especialización en Filosofía Política Contemporánea y Especialización en Educación en Filosofía Colombiana antonioacevedolinares@msn.com

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