lunes, 14 de mayo de 2007

LA MAGIA DEL HACEDOR / Gabriel Aruturo Castro M.



(Texto derivado de la lectura de la antología Las Esquinas del Viento de Héctor Rojas Herazo, preparada por Juan Manuel Roca y Felipe Agudelo Tenorio, editada por la Universidad EAFIT).
“¿Cuál es la magia de este hacedor?”,se pregunta Juan Manuel Roca: “El hacernos sentir, asomado como está al mundo desde el hueco de una tapia del patio de su infancia toludeña, los pálpitos y las epifanías de ese pedazo de barro sublevado que es el hombre”.
Con toda razón y verdad interior, la poesía en Héctor Rojas Herazo es una manifestación espiritual que se revela en el lenguaje, a la manera de un momento delicado y fugaz. El espíritu descubre la cualidad de la luminosidad, lo olvidado se ilumina. Contra el poder del tiempo una santificación del instante que nos torna infinitos, imperecederos.
El tiempo interior y vivencial es el lugar utópico donde los distintos tiempos se concilian con el conjuro de la palabra escrita. Un tiempo inacabado, inconcluyente, que hace valer a esta poesía el ejercicio y la sentencia de retornar sobre los pasos y encontrar un mundo propio, intocado, inédito.
En el poema el tiempo da una sensación de movimiento circular o de espiral. Cuando el origen se recupera, el movimiento prosigue en una esfera superior. Lea,os aRojas Herazo:
Todos esperábamos al huésped en el umbral de nuestras moradas.
Todos habíamos traído lo que nos pertenecía verdaderamente.
Bajo las lámparas dulcemente reconocimos nuestros rostros,
en la alegría y el ungimiento.
El movimiento es de una perspectiva ontológica-existencial, pues las imágenes parten de lo personal pero lo superan. Moviendo que en Rojas Herazo adopta la facilidad del viaje evocativo e imaginario, ganancia de mundos posibles.
Para la poética del tiempo, el instante ha sido la categoría principal. Gracias a él, según Bachelard, “hallamos en nosotros una infancia inmóvil, una infancia sin devenir, liberada del engranaje del calendario”, o en un poema de Rojas Herazo:
Te hago el relato de estas cosas ahora,
cuando todos han muerto.
Cuando ya solamente la memoria
es río, cosecha, solitaria espuma de patios,
trinos que se deshacen en el calor
mientras dulces mujeres
parlan bajo las horas, en la tarde,
frente a tiestos de orégano.

De modo que basta decirlo para que el tiempo reanude su marcha. Ahora cualquier cosa es la señal: volver la mirada, reconocer los rostros bajo la lámpara, soltar los cocuyos en medio de la sal, dibujar un nombre en la piedra, preguntar por Dios, nombrar otra vez el vaso y la ventana.
El pasado tiene la extraña capacidad de retornar, gracias a lo cual el presente resulta atrayente por su misma extrañeza o ambigüedad, “especie de réquiem por la materia, aunque casi siempre la ronde la ironía de que los objetos sobrevivan a sus dueños y a sus voces, que fueron la traducción de esas cosas”, según lo expresa Juan Manuel Roca.

El tiempo y la eternidad, todo lo que dura se justifica por sí mismo:

O como todo aquello que, fastuosamente unido, consumándose,
reaparece y estalla en el suplicio de un instante.

La mirada retrospectiva es una cuestión de tiempo, ordenación y discriminación de la materia poética. La distancia en el tiempo reafirma la memoria. El hecho de actualizar el pasado en el presente ofrece el horizonte de otra realidad atravesada por la imaginación y el ensueño:

Pero somos nosotros, opuestos, ocupados,
en un duro recuerdo, en una terquedad lujuriosa,
en un tiempo nutrido de vapor, de gajos exprimidos,
que madura, que canta,
que oxida nuestros bordes al derramar su lava.

Encontramos en Rojas Herazo la recuperación del pasado desde la imaginación y la ensoñación, sobre todo alrededor de lo espacial. Extraña fuerza poética, cargada de dolor, basada en la profunda comprensión de las grandes y pequeñas tragedias de la vida. Inyecta la más pura y doliente poesía dentro de la ruina, encima de un mundo aunque caído es mágico.
Afirma Juan Manuel Roca, al respecto, que la ruina es una obsesión que recorre toda la obra del poeta: “Y no es que Rojas ponga la huella antes de dar el paso, como ocurre con las viejas vanguardias y sus dudosos manifiestos. Se trata de algo que conoce desde siempre: la casa, lo que todos en la familia llamaban pomposamente la casa, no era nada distinto a un montón de fieles y voluntariosos escombros, escribió alguna vez”.
El poeta interpreta el afecto del ser estremecido ante la ruina temporal y responde por él por la metáfora, la figura del tiempo anterior, el del origen, el de la matríz donde siempre se regresa:

Atravesando gestos, piel,
vagos asuntos,
dejando atrás mi sombra,
lo que soy en presente,
penetro en mí, me siento,
me palpo en lo profundo,
hurgo en orígenes,
piso en húmedos soles,
oigo mi cal blanqueando mi memoria.

Imágenes sugerentes dispuestas con reciprocidad analógica del universo, todo lo relacionado dentro de la casa se vincula mágicamente con el universo del cosmos. Rojas Herazo alude a la memoria universal, asociada a los sueños y a aquella infancia, como un estado de conciencia visionaria: sensibilidad, afecto, magia, exploración.
“Encontraremos al mundo cuando nos comprendamos a nosotros mismos”, decía Novalis. Geografía sagrada, rito y ceremonia del poema, aliento de la palabra, el verbo, la respiración y la sangre.
Es la función mediadora y gratificante de la escritura para conocernos y aceptarnos, la literatura como destino de lo humano, búsqueda, composición, reconstrucción de unos orígenes y raíces. La memoria deja de ser una parcela reductora para enriquecerse con visiones y miradas que generan una disolución ontológica, “el sonido de un hombre, el retrato, el reflejo del aire sobre el pozo y el día con su firme venablo sobre el patio”.
Preguntaba Nietzsche: “¿No sentimos acaso el aliento del espacio vacío?”
La memoria no se debilita ni se evapora, tampoco se desvanece. Queda en ella la afirmación llena de una presencia, como lo dice Rojas Herazo: “O sigues, por un filo de luna, el olor que te conduce a los viejos baúles”.
Es la memoria que se impone y llena nuestra visión de todo lo que se puede transformarse. Es vida a los ojos muy lejos de la catástrofe, pues el espacio de la experiencia sobrevive, se torna visible otra vez, resucita la casa, las campanas, las lámparas, el camino, el agua entre las piedras, los árboles sombreando un corazón, el valle de Caín, el mar de las noches oscuras y el viento en las tumbas.
La voz es la urdimbre, la trama viviente que unifica el espacio de los acontecimientos en la evocación, confección de tiempos vivos que dialogan. La memoria se hace visible por medio de la invocación de las voces, de la búsqueda que conjuga la experiencia y la realidad. La frase convoca a la realidad y la realidad es una prolongación de la frase, del mundo verbal que da cuenta del sentido espiritual del texto:

Todo este vasto, inmerso, sonido de nosotros.
Estos lagos de luz que, de súbito, apagan sus vidrios
y se funden en un lodo de memorias y días
para luego (un verano también nos aniquila
cosechar los terrores de unas horas concisas.
Cuando despiertos, enteros, ampliamos nuestro límite.

Así pone en presencia y aún en concordancia la voz y la escritura. Hay en Rojas Herazo “una elección de la escritura, una voluntad del libro plural”, donde escribir “es entregarse a lo incesante”. El poema es entonces el cuerpo de una forma plasmada, presenciada y mantenida por la vivencia, la aventura que se vale de la palabra. La palabra ocupa al mundo, descubre la realidad en el revés de la forma, brinda ecos, reflejos, metamorfosis, síntesis de lo más actual y de lo que de forma mítica se oculta.
De esta palabra parte un eco de sustancia misteriosa, ya que asistimos a la fe de juna poética, al alcance místico de las palabras y de las imágenes.
La experiencia se revela. Pero aún así el secreto no se rompe del todo, ya que Rojas Herazo concibe al poema de una manera interior, una visión casi de fino tacto, enseñando pero ocultando un objeto de índole espiritual, cuyos bordes “no son determinables con absoluta nitidez”, para ceñirnos a las palabras de Bousoño, ese camino “real de lo imposible fascinante”, del cual nos hablara René Char.
Palabras que ayudan a construir el gesto litúrgico del poema, de su vacío ya poblado y de su silencio de hombre interior, “escriba de sí mismo”, de “ese ser expósito y hondamente humano, que duda de sí mismo y es un manojo de temores, que es un obseso coleccionista de agujeros habitado por presencias tiránicas, lleno de patios arruinados, de cachivaches podridos, de mugido de mar, de luces perdidas, de papeles de alcaldía cuya tinta convierte la lluvia en lágrimas moradas”, volviendo al decir de Juan Manuel Roca.
Porque somos habitantes de la memoria, del corazón, de la interioridad. La historia personal y social (la poética del otro) se vuelve íntima, la fatiga del hombre es la del poeta y la del prójimo, igual su afán de subsistencia, su agotamiento y la condición humana e irreducible del verdadero del verdadero creador.
Rojas Herazo propone una interrogación sostenida e intensa, una religión que pregunta por lo ignorado, la razón de la crítica desnudez del hombre, una suerte de mapa que impone sus propios caminos, temores y pasiones.
Ahora la luz de la lectura debe irrumpir en la obra y el lector será un confidente: “Ves ese niño que contempla tu rostro en el espejo y vibra y te envejece mientras arde?”.
Una poesía que deja traslucir la complejidad de la condición humana: la esperanza y la consolación, la ruina y el castigo, lo perenne y lo eterno:

Tu presencia es, siempre, siempre,
una estación imprevista.
Somos inferiores a la energía de tu secreto.
Somos intrusos de un orden que aniquilamos con nuestra llegada.

lunes, 7 de mayo de 2007

JULIO CESAR ARCINIEGAS / Premio Nacional de Poesía "Porfirio Barba Jacob"



DEL LIBRO ABREVIATURA DEL ÁRBOL


EXHORTACIÓN DE LA PRINGAMOSA

A ustedes hablo caballeros que aún intentan
probar el acento, la picazón o el tormento de
mis hojas.
Les digo que no son más que debates azules
de la piel, el ardor de la endeble apariencia.
Me dirijo a ustedes que me reputan fuera
de sitio entre los ponderados de la luz.
Les ruego escriban sobre mi reino oscuro.


HOJAS DE VENCIMIENTO

El iletrado limpia la memoria de la luz,
abre su funda para contar las fugas de la sombra,
el espectro que en las exactitudes del aire
apetece la ausente claridad y mancha con números
todos los seres increados.
El árbol es un guerrero que olvida las ondulaciones
del arco para caer en el sueño de la estalactita.
Gentil desde sus círculos, estira los actos de sus
ramas y su sangre asciende por la figura de quien
lee imágenes transportadas a lomo de hormigas.


EL ÁRBOL SUMERGIDO

Un árbol entra en otro
y tiene que aprenderlo todo;
llevado a otra dimensión ingresa en la hilera
de las luces.
El no ser le aturde y lo acerca a las durezas.
Nadie nombra aquí el silencio. Todo empieza
desde las voces de adentro, donde se pierden
las materias y las hojas del neón se agrupan
impávidas como una jungla rígida de motores,
fluidos y paraderos. Aquí se aprende la
alfabetización del hierro. Aún en la fisura de la
palabra el hormigón tiene ideas. Volúmenes de
ignorancia devienen de los carteles.
Preso entre la omisión de los octaedros,
el árbol grita sumergido entre otro que no es nadie.


GUADUA

Alzada por encima de sus apoyaturas,
de su pelusa ondulante,
de su segunda savia,
la guadua con su belleza y su distancia,
urde las hileras del dolor.
Sobre sus fondos teje una mujer sus colores,
la multiplicidad,
los mil vientos revestidos,
las sustancias traídas por el viento
para rechazar la fijeza de lo vivo.


PALMAS

A ustedes que aman las palmas,
les confío una desmemoria de hojas,
el follaje de la otra vida,
la luz que mece la fortuna,
el don del ave, su estremecimiento,
la hoja perenne y la caduca también,
la evocación del sol, el temblor del
viento, la huída de las fiebres,
el descubrimiento del agua.
A ustedes que plantan cráneos amarillos,
que repiten la semilla sin consuelo:
la de la muerte en una tierra sin medidas,
la de la herida después del rezo,
les dejo lo que se prepara bajo la palabra.


POMARROSA

Debajo suyo tiembla el habla de las corrientes,
los primitivos pliegues de la manzana de
llaga verdosa, hundida, la nuez agria de Adán.
Esclarecida la liturgia de las hojas, de los
pétalos abiertos o cerrados, confiere el firme
ascenso que se transforma en anillos.
Mientras silba entre las hileras de maduración,
imagina que es sagrado cambiar de sol todas
las mañanas.


El Premio Nacional de poesìa "Porfirio Barba Jacob", convocado por la Casa de Poesìa del mismo nombre, en la ciudad de Medellìn, fue ganado por el poeta Julio César Arciniégas, nacido en Rovira, Tolima, en 1953. Arciniegas es autor "Del color del miedo" (Tiempo de palabra) y "Nùmeros hay sobre los templos" (Sociedad de la imaginaciòn) y otros libros que se encuentran inèditos. Julio Cèsar Arciniegas es un escritor autodidacta, excelente lector y autor de disciplina y compromiso.

El poemario premiado se titula "Abreviatura del àrbol" .

UNA CULTURA POETIZADA


Foto de Julio César Correa/15


Por ANTONIO ACEVEDO LINARES *
 
Richard Rorty hace una defensa de las instituciones y la cultura de una sociedad liberal fundada por un léxico de la reflexión moral y política. Piensa que el léxico del racionalismo ilustrado se ha convertido en un obstáculo para la preservación y el progreso de las sociedades democráticas, y hace la fundamentación de un ideal en el sentido de construir una cultura del liberalismo como una cultura ilustrada y secular dentro de una concepción que se ajuste a una organización política liberal y fundamenta la libertad como un reconocimiento y afirma que ese reconocimiento es la principal virtud de los miembros de una sociedad liberal y que la cultura de esa sociedad debería tener como objetivo curarnos de nuestra " profunda necesidad metafísica”.


La cultura liberal, afirma Rorty, (Contingencia, ironía y solidaridad. Paidos, 1991) necesita de una mejor descripción antes que de un conjunto de fundamentos. La idea de una cultura liberal de fundamentos, fue el resultado del cientificismo de la Ilustración. El pensamiento liberal del siglo XVIII, intentó asociarse con el desarrollo cultural más ilustrado su época, a saber, las ciencias naturales. La ilustración, sacralizó parte de su retórica alrededor de la figura del científico como un mensajero de Dios que lograba ponerse en contacto con las verdades no terrenales. La búsqueda de un estatuto intenta encontrarlo Rorty en la literatura y la política. Un estatuto para la sociedad liberal en donde la cultura puede ser en su conjunto “poetizada”. Una organización política liberal estaría constituida para Rorty por el poeta y el revolucionario como el ideal cultural a la que esa sociedad debe aspirar, y no definirse por el guerrero o sacerdote. Una cultura así definida se deslindaría del léxico de la ilustración. Una sociedad liberal tiene sus héroes en el poeta y el revolucionario en tanto que son la conciencia de la sociedad y están en contra de todo aquello que no defina un reconocimiento de la sociedad en sí misma.


Los ideales de la sociedad liberal se pueda alcanzar, afirma Rorty, por una vía distinta de la fuerza como la persuasión, antes que por la revolución por la reformas, mediante un enfrentamiento libre y abierto de las prácticas lingüísticas o de otra naturaleza. El propósito de la sociedad liberal es la libertad, ver los diferentes enfrentamientos y aceptar los resultados. No tiene más propósito que hacerles la vida fácil a los poetas y a los revolucionarios que se reconocen en ella, mientras ellos asumen la conciencia crítica de la sociedad haciendo la vida más difícil para ella. La palabra sería el arma del poeta. La utopía liberal de Rorty está concebida con individuos que perciban la contingencia de su lenguaje de deliberación moral y de su conciencia y de su comunidad. La comunidad estética pensada por Rorty tiene como fundamento un reconocimiento del otro a través de la conversación. Un diálogo estético donde el hombre se reconoce y se afirma. En Rorty no es importante la búsqueda de los fundamentos últimos de la cultura como era concebido por los ideales de la ilustración sino en su conjunto poetizar la cultura en el sentido de buscar un léxico que la describa de acuerdo a los referentes históricos y que gire entorno a las nociones de metáforas y de la creación de sí mismo y no entorno a las nociones de verdad, racionalidad y obligación moral. Una cultura poetizada reconocería su carácter de contingencia frente a cualquier pretensión de universalidad o absolutismo. Una cultura poetizada es la cultura que ha renunciado al intento de unificar las formas privadas de la producción de las fantasías para hacerlas extensivas al resto de la sociedad y no está fundada sobre presupuestos de divinidad sino en un cambio de léxico antes que de un cambio de creencias.

 
 

El ciudadano de este estado liberal en Rorty concibe el lenguaje, la conciencia y la moralidad como productos contingentes, como metáforas que alguna vez fueron creadas de manera accidental. El ciudadano ideal estaría representado por el poeta y el revolucionario utópico y no por los individuos que han fundado una verdad eterna para el mundo o la humanidad. El ciudadano ideal sería el "ironista liberal "que tiene conciencia de su propia contingencia y que reconoce la imposibilidad de elevarse por encima del lenguaje, de las instituciones y de las prácticas del momento histórico en que vive y que concilian el compromiso de ese momento histórico con la contingencia de su propio compromiso. 


El terminó ironista, afirma Rorty, hace referencia al individuo que reconoce la contingencia de sus creencias y deseos. Ese ironismo pretende Rorty que sea universal y llama ironista al individuo que tenga dudas radicales y permanente con respecto al léxico que utiliza, cuando advierte que un argumento formulado con su léxico no elimina las dudas, y cuando su léxico no se haya más cerca de la realidad que los otros. El ironista concibe los léxicos como hallazgos poéticos antes que como resultado de una investigación. En esta ideal sociedad liberal, el intelectual sería un ironista que haría parte de una cultura liberal ironista.

 


La sociedad liberal en Rorty se funda en presupuestos no " racionalistas " o "universalistas ", esto es, se hace necesario una redescripción del liberalismo que no pretenda definirse como " racional " o " científicos " sino que sea posible abrirse a las diferentes fantasías individuales en un reconocimiento a la propia contingencia de la sociedad liberal que se reconoce como un intento de organización social del pasado y con las formas que organización social utópicas del futuro. En la sociedad liberal de una cultura poetizada la solidaridad humana es un fin por alcanzar, no por medio de la investigación sino por medio de la imaginación, con la facultad de ver los otros individuos extraños como compañeros de viaje en el sufrimiento. La sociedad liberal no descubre la solidaridad, la crea, por medio de la reflexión. Por solidaridad humana entiende Rorty, ese algo que hay en cada uno de nosotros, una humanidad esencial que resuena en otros seres humanos. Esa noción de solidaridad define lo que es un ser humano completo, íntegro. Rorty afirma la solidaridad como una obligación moral que debemos sentir por el otro como un reconocimiento de que la humanidad nos es algo en común en tanto que el otro es también uno de nosotros por el que hay que sentir ese sentimiento de solidaridad humana. 


Ahora, una cultura liberal poetizada está fundada, desde la perspectiva rortyana, con un sentido de contingencia, ironía y solidaridad. Nietzsche, Freud, Wittgenstein han contribuido a que la sociedad se reconozca a sí misma como una contingencia histórica, afirmar Rorty. La ironía en el ámbito de lo privado resulta definitiva para la configuración de la condición humana aunque no pueda definirse en el plano de lo social o lo político del liberalismo. No es la filosofía sino la literatura la que crea en el interior de la sociedad un verdadero sentido de solidaridad humana. Orwel y Nabokov son los novelistas para los que Rorty reconoce ese sentido solidario de su literatura. Una cultura liberal que sea consciente de su contingencia histórica, unirá la libertad privada individual, filosófica o irónica con el proyecto social de solidaridad humana creado por la literatura, es decir, por los representantes de la inteligencia y la sensibilidad, a saber, los escritores. 


 


Una cultura poetizada sería una cultura historicista y nominalista que hace una conexión del presente con el pasado y con todas las formas de utopías. La creación de utopías se concibe en Rorty como un proceso sin terminó como un ejercicio lucido de la libertad. La sociedad liberal no requiere de fundamento filosóficos ni de la razón o la moral para su legitimación y no legitima lo político desde lo político en términos de relaciones de poder. Una cultura poetizada es una comunidad situada históricamente. Una cultura poetizada dentro de una sociedad liberal es la más bella y sensible utopía imaginada por Rorty. Una sociedad de los poetas soñada para la imaginación y la sensibilidad donde los hombres inventarían el mundo a partir del libre desarrollo de la solidaridad y el deseo. Una sociedad donde la comunicación entre los hombres sea poética fundada en metáforas en tanto que el lenguaje poético es el verdadero lenguaje que afirma la plena existencia del hombre. Un lenguaje no con un sentido utilitarista, de uso cotidiano, economicista o del rendimiento y la productividad. El nombre trasciende su animalidad mediante el lenguaje. El hombre es hombre gracias al lenguaje. (Humboldt) En el recobramos el verdadero sentido de lo humano. Las cosas no existen si no existen en el lenguaje.


 

La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre, escribió Luis Cardoza y Aragón. La imaginación es superior al conocimiento, escribió Albert Einstein. El poeta es la inteligencia por excelencia y la imaginación en la más científica de las facultades, escribió Baudelaire. Habermas crítica en Rorty el querer " poetizar " antes que " racionalizar”. La razón ha engendrado ya demasiados monstruos pero también nos ha permitido seguir soñando como dijo algún poeta. La racionalidad en Occidente ha condenado al hombre a ver el mundo dentro de una sola dimensión cuadriculada. La vida puede ser mágica y poética, la realidad es mucho más de lo que perciben nuestros sentidos. La poesía descubre los elementos invisibles y esenciales de las cosas. La misión del poeta es poetizar la vida con un sentido lucido y vidente para hacer más visible el mundo y para darle un sentido más humano y hermoso a la existencia. Una cultura de los poetas que poeticen la vida para hacer más vivible la vida en tanto que la razón ha demostrado su esterilidad engendrando las más absurdas catástrofes que ha padecido la humanidad. Una cultura poetizada donde el hombre se reconozca en el arte como la expresión más genuina de la condición humana, y donde el libre desarrollo de las fantasías, las metáforas y la imaginación sea su estado natural. Una poetización de la vida cotidiana donde se conjugue la admiración por lo bello y el horror por la crueldad. Una sensibilización de la vida donde la solidaridad sea un acto, un maravilloso acto cotidiano.


* Sociólogo. Magíster en Filosofía Latinoamericana. Especialización en Filosofía Política Contemporánea y Especialización en Educación en Filosofía Colombiana antonioacevedolinares@msn.com

miércoles, 2 de mayo de 2007

ACTO ANÓNIMO/ Gabriel Arturo Castro


Por Gabriel Arturo Castro

(Texto a partir de la lectura De huesos y ceniza, poemario del fallecido escritor Octavio García)
Resucitar es permitir que el espíritu entre a los huesos, poblarlos de carne, nervios, piel, aliento, pero sobre todo de ese ánimo del ser que portó el soplo de vida, del creador, en este caso, el escritor de una obra. Volver a vivir, levantar las sombras, resurgir, despertar mediante la expresión.
El griego empleaba la palabra anastasis, del verbo anitemi que significa: hacer elevar (y por consiguiente, construir, erigir, exaltar), poner en pie, restablecer. Es la traducción del vocablo hebreo qum que significa levantarse; forma hifil: hequim, eregir, suscitar.
La creación se asimila y se incorpora a la resurrección y sólo es posible si existe un verbo formador-hacedor, encarnado.
Ello implica un segundo nacimiento, una segunda creación, la aparición de una nueva criatura luego de un trabajo fecundo que sobrevive al tiempo.
Los huesos o las cenizas son vestigios que sirven de punto de partida para una poética; la ceniza como el residuo petrificado de la extinción del fuego, instancia de la expiación y la renunciación. Y los huesos a la manera de imperecederas “semillas del cuerpo de resurrección” o reanimación mágica del espíritu de la palabra, imagen de la fe.
El trabajo y la muerte sólo constituyen un sacrificio para asegurar la fecundidad de la creación, el rito necesario, como lo afirma Roland Barthes:

Así nace el drama de la escritura, puesto que el escritor consciente debe batirse ahora contra los signos ancestrales y todopoderosos que, desde el fondo de un pasado extraño, le imponen la literatura como un ritual y no como una reconciliación.

La obra siempre nos dirige hacia el interior de una oscuridad, de un infierno que imposibilita toda armonía con el mundo y mejor impulsa su riña, su desavenencia constante, soledad y escepticismo que hurgan indicios subterráneos, oculta herida que a la vez indaga y profetiza; conocimiento del dolor que lo impulsa a buscar, soñar, crear, dudar e inquietar, todo dentro de un ascetismo y rigor personal que son capaces de reflejar a otro ser humano: el motivo siempre presente del espejo a pesar de su inutilidad.
Según J. Boschius, el espejo “devuelve a cada cual lo suyo”, sentencia seguramente basada en la antigua creencia que la imagen reflejada y el modelo real están unidos en una correspondencia mágica.
En este sentido los espejos pueden retener el alma o la fuerza vital de la persona reflejada. Algunos seres como el basilisco traicionan su presencia al no tener imagen en el espejo o al no poder resistir ver su imagen bajo la pena de morir. Igual puede ser siempre un provocador de visiones.
Para Jacobo Bohme es un ojo que al mismo tiempo es un espejo y se ve a sí mismo.
El soñar con espejos, según Ernest Aeppli, tiene un significado serio y la antigua interpretación de un presagio de muerte se explica por el hecho de que “algo de nosotros está fuera, porque nosotros mismos en el espejo estamos fuera de nosotros”. El espejo sería la mirada hacia un antimundo corroído por el tiempo.
“El espejo refleja aquí sus imágenes sólo para hacerlas saltar, para descalificarlas, para confundirlas”, diría G. Bruno. El espejo es la memoria y el dominio del tiempo profano. Tiempo donde todo es posible: la noche enemiga se cierra, el mármol se resquebraja, la sombra se derrumba, caen los límites, las puertas ceden, el cielo se mancha de hollín. Frente al espejo el terror es silencio y “el silencio sólo engendra la culpa”, según la poética de Octavio García, la palabra que acoge el verbo, rehace lo hecho y deja que el misterio irrumpa en la realidad. El silencio como todo lo contrario a la noción de ausencia: presencia, mejor, de la plenitud y plenitud del instante presente, según Michele Sciacca.
Silencio que no es indiferencia, ni apatía, ni indolencia, sino la incesante disposición a obrar, a construir una realidad, un objeto a través de la distancia que engendra el poder del arte, acto anónimo y solitario de lecha ante la muerte, la oscuridad, el olvido, la traición, la ceguera, el desposeimiento y ante ello el sacrificio del poeta, su espera, reserva, soledad y fatiga.
El ave del paraíso, tan presente en el poemario mencionado, es el distanciamiento del mundo infernal donde el puente de llegada es tan angosto como el filo de una navaja, un paraíso muy ajustado al del pecado original, al del pasado bíblico, lugar utópico, siempre intentado pero imposible.
De ahí la convocatoria a todos los elementos de este mundo poético: el rayo que ilumina y anuncia fertilidad, revelación, pasión, conmoción de las ideas; el reloj de arena con su paso del tiempo, el transcurso cíclico, el eterno retorno; la noche como una ausencia de oscuridad misteriosa; los pájaros mediadores entre el cielo y la tierra, la energía vital en combate contra la muerte, siempre personificando la inmortalidad del espíritu; la luna que parece morir y resucitar; el sol y la luz después del caos; las estrellas, otra luz espiritual; el jardín que podría ser la añoranza del paraíso perdido y el lugar del crecimiento interno (visibilidad de la vida); el agua o la templanza constructora de un orden cósmico (superación espiritual), así aparezca aquí como una contraimagen, símbolo de las esperanzas vanas, de lo efímero equiparado con el tiempo: “Ignora la araña cómo ignoran los granos de arena su inevitable caída”.
Poesía que siempre comienza después del despojo donde opera el poder insurrecto de la memoria, “la voz erguida, vigilante”; la magia frente a la tristeza y a la sombra, conseguida mediante el cotidiano esfuerzo, entrega de sí mismo, uniendo el pasado con el presente y borrando el límite entre la interioridad del individuo y la realidad positiva.
De esa forma es posible la comunión del hombre con los demás seres, porque según Ritcher, “la memoria es el único paraíso de donde no podemos ser desterrados”.
La muerte golpea, divide pero no destruye, pues queda lo singular y lo increíble, lo agudamente humano y lo maravilloso, y el poeta vincula lo que la muerte dispersa, lo disgregado por la violencia, reúne los objetos desolados, los hace confluir en un punto de encuentro para anunciarles la fundación de otro mundo.
Poesía vista como anticipación utópica, movimiento de antelación profético, luego de asumir un Apocalipsis necesario: el rayo oculto por la nube, el sol quieto del adivino, la noche y su estrella apagada, “el olvido en las débiles memorias”, el exilio del sol, pero con la fe que la palabra redime; llama, pájaro y luz, vehemencia que triunfa sobre la muerte y hace presente un mundo, más allá del acto puramente literario.

domingo, 29 de abril de 2007

EL CONOCIMIENTO Y LA FELICIDAD


Por ANTONIO ACEVEDO LINARES *



El conocimiento humano como resultado de la investigación debe contribuir a la obtención de la felicidad del hombre en la medida que el hombre es el resultado de su inteligencia y de sus conocimientos, un conocimiento de si mismo, un conocimiento de su mundo y de la sociedad en la que está inmerso. Desde los clásicos griegos el conocimiento es una virtud que contribuye a la obtención de la felicidad porque realiza la naturaleza humana en una búsqueda permanente para hacerla más humana y para hacer más humano el mundo en el que se vive. Los griegos llamaban a la felicidad eudaimonìa y la usaban para expresar bienestar, felicidad, buena fortuna, abundancia. Era consideraba por los filósofos como el mayor bien, “eu” que significa bien y “daimòn” que significa divinidad, y al asociarse a las divinidades malignas derivó hacia nuestra palabra “demonio” (eudaimòn) quien lleva un buen espíritu o quien tiene buen ánimo o quien es un dios bueno.1 Un regalo de los dioses consideraban los griegos a la felicidad como resultado de una vida de bien. 
 
El hombre no es feliz por naturaleza sino que debe buscar la felicidad también en el conocimiento porque el conocimiento también lo realiza como ser humano. Hay quienes buscan la felicidad en el dinero y en la obtención de las cosas materiales pero ellas no la dan, al lo sumo se obtiene confort pero no la felicidad. La felicidad es algo más que tener una vida confortable. La felicidad es un estado más íntimo del hombre que tiene que ver con la realización de su espíritu y de su intelecto. La concepción de concebir el conocimiento como una de las formas de la felicidad no es una concepción romántica ni idealista sino una visión intelectual y humanista que desde los griegos se ha concebido. Sócrates identificaba la virtud con el conocimiento, la veía como un bien supremo para el ser humano sin la cual no podemos ser felices, aunque para Sócrates no existía felicidad sino virtud y la virtud es la condición necesaria y suficiente para la felicidad. El verdadero conocimiento es el que transmite sabiduría y no se agota en la información sino que va hasta la reflexión y la creación de una visión nueva de las cosas, es aquel que inaugura un nuevo horizonte o una concepción distinta de pensarnos y de ser. 2.

El filósofo inglés John Stuart Mill afirmaba que la dignidad del ser humano está en nuestra inclinación al conocimiento, la satisfacción de los deseos intelectuales y que no debemos renunciar a este tipo de placer aunque parezca que no nos hace tan felices como la permanencia en la ignorancia, ya que la felicidad que nos depara, no siendo igualmente intensa, puede calificarse como más humana 3, y con esto no pretende insinuar que haya hombres sean más que otros o más digno de serlo por el mero hecho de saber más 4. Como seres humanos que somos, dice Mill, deberíamos renunciar al cúmulo de placeres primarios por los intelectuales, pues aún siendo estos más difíciles de satisfacer y más lenta su culminación, son beneficiosos, según el principio de utilidad, por otorgar una felicidad mayor 5. Las religiones señalan que la felicidad solo se logra en la unión con Dios, que no es posible ser feliz sin esta comunión, la felicidad como obtención definitiva de la plenitud, pero la felicidad de las religiones está concebida para alcanzarla después de la muerte. Aristóteles, por su parte, señala que la felicidad es el fin último, el bien supremo, pero que es difícil definirla y describirla. 

El conocimiento, que epistemològicamente tiene su origen cuando el sujeto se relaciona con el objeto, obteniendo imágenes que se convierten en ideas, es una aventura del pensamiento que produce felicidad porque es la búsqueda por explicarnos el mundo y las cosas, por más dolorosas o injustas que ellas sean. Sin embargo, el conocimiento también produce dolor porque pronto descubrimos que vivimos en un mundo injusto y duro, pero la aventura de pensar también tiene sus momentos de felicidad aunque a veces nos vuelva un poco amargos, escépticos o pesimistas. La educación superior, no obstante, debe estar dirigida a que el conocimiento nos vuelva más felices sin perder el espíritu crítico. El conocimiento puede contribuir a la felicidad humana porque no hace más sabios de las cosas, nos hace entender mejor el mundo y sus contradicciones y, como se ha concebido desde siempre, el conocimiento es poder, pero no un poder para explotar o esclavizar al otro, sino para liberar y fortalecer la condición humana. El conocimiento debe formar seres humanos, personas y no déspotas ilustrados. El hombre es hombre gracias al conocimiento que determina su condición humana.
El conocimiento hace que el hombre se construya a si mismo y tenga una sensibilidad social más humana sin perder de vista sus orígenes y su lugar en el mundo. El conocimiento no puede seguir siendo un arma para la destrucción masiva, ni para el fomento del mercantilismo salvaje que quiere hacer de todo lo humano un negocio, una transacción económica, aunque esta seria la utopía del conocimiento. El conocimiento debe promover una cultura de la justicia, una cultura de la paz, una cultura ciudadana, una cultura de la tolerancia, una cultura de la solidaridad y una cultura de respeto por la diferencia. El conocimiento tiene que ser ante todo una cultura de vida antes que una cultura de muerte. La “cultura de la muerte” es la cultura del pensamiento autoritario que reduce la condición humana. Los medios de comunicación nos venden una felicidad artificial que se reduce a los objetos, que esta fundamentada en el tener antes que en el ser, un mundo deshumanizado sin conocimiento ni espíritu critico, un mundo donde todo se compra y se vende sin importar la dignidad humana de las personas. En esta perspectiva, sólo el conocimiento crítico de cómo funciona el sistema puede darnos el necesario espacio de libertad de conciencia situado fuera de los condicionamientos de aquél.

El conocimiento afianza una recuperación de la dignidad del hombre y de sus valores porque lo sitúa en su condición humana para hacerlo más feliz, si es una educación verdadera, y cuando es verdadera no permite que el hombre caiga en la trampa del consumismo que pretende vendernos la felicidad en cómodas cuotas mensuales cuando adquirimos un auto o un artefacto eléctrico. La educación superior no puede dar clases de cómo ser feliz, en ninguna universidad se enseña a ser feliz, pero el conocimiento tiene la virtud, cuando se interioriza con lucidez, de hacernos feliz como una defensa contra las ofensas de la vida, como diría Pavese refiriéndose a la literatura. En la universidad y en los libros se puede aprender a tener una visión del mundo y ese estado de ánimo que es la felicidad, se puede incrementar cuando el conocimiento nos hace más sensibles y humanos, en tanto que nos acerca más al dolor y a las injusticias ajenas. No obstante, el conocimiento también tiene sus déspotas ilustrados, individuos que pasaron por la universidad pero la universidad nunca paso por ellos, y el conocimiento los dejó igual o peor. La máxima virtud del conocimiento no es sin embargo la felicidad sino salvarnos del autoritarismo que son las expresiones propias de la mediocridad. La ideologización del conocimiento crea las dictaduras y fomenta los sectarismos. El conocimiento posibilita la construcción del mundo y de si mismo, porque un hombre sin conocimientos es un hombre fragmentado, inacabado, incompleto que requiere de la síntesis del conocimiento para edificarse a si mismo, y cuando ha logrado realizar esa construcción de si mismo puede sentirse satisfecho, realizado y por lo tanto un poco feliz con la obra de sus propios logros. Hay que fomentar en la educación superior esa idea de la realización humana a través del conocimiento, es allí donde más deberíamos realizarnos y no en otra parte.

La creación de una ética para la felicidad debe ser viable en la medida en que nadie puede ser feliz de cualquier manera, pasando por encima de los demás y excluyendo al otro y condenándolo a la marginación. Ya no es posible pensar con seriedad las condiciones de la felicidad sin las condiciones de la justicia, es preciso reconstruir el sentido que pueda tener una ética de la felicidad desde la posibilidad real de una vida humana digna para todos.7.La ética del conocimiento está en la transparencia de pensar honradamente, sin robarle nada a nadie, pero reconociendo la sabiduría del conocimiento universal, con el que es imprescindible contar a la hora de pensar. El conocimiento tiene la propiedad fundamental de enseñar a pensar, ese debe ser su propósito y su razón de ser, enseñar a pensar para crear nuevos conocimientos y para que cumpla su función social en la sociedad. La función social del conocimiento está en la virtud de formar antes que deformar, formar para la vida y para la profesión que se ejerce, es lo que se ha denominado una educación integral, formar personas y profesionales altamente competentes.

La búsqueda de la felicidad es una búsqueda permanente del hombre aunque a veces nos extraviamos en esa búsqueda porque creemos encontrarla en las cosas más superficiales o banales, sin saber que está a nuestro alcance también en el conocimiento que tiene el saber, porque no hemos hecho del conocimiento nuestro proyecto de vida, y hacer del conocimiento nuestro proyecto de vida es una de las facultades de la lucidez. 

La educación superior debe proponerse educar para la lucidez y no sólo para el mercado laboral, tener esa sola visión es reducirla a una educación alienada. La universidad no educa para la felicidad y mucho menos para la lucidez, ese debe ser el propósito sin embargo de un nuevo modelo de educador, alguien que eduque para la lucidez y no sea sólo transmisor de información, que es en lo que se ha convertido el conocimiento en muchas universidades. La creación de nuevos conocimientos en la reflexión o análisis teóricos desde las ciencias humanas, que se traduce en la investigación, son proyectos que se deben tener si queremos hacer universidad, y se hace universidad si se crean líneas de investigación y se fortalecen los departamentos de humanidades para formar individuos antes que burócratas, en un aporte al desarrollo social e intelectual de la nación. El conocimiento debe realizarse en los individuos para que los individuos lo realicen en la práctica social, que seria el escenario donde también contribuya al desarrollo social para una existencia feliz.

Volviendo sobre la visión de la felicidad en los griegos, la felicidad que los griegos llamaban sabiduría no es una felicidad que se obtiene a base de diversiones o ilusiones sino que se obtiene en relación con la verdad, esto es, una felicidad verdadera, porque el conocimiento propicia la verdad de las cosas y sus universos. La filosofía como búsqueda del conocimiento, como amor al conocimiento, es el mayor grado de sabiduría que el hombre obtiene, y en la sabiduría se reconoce la felicidad del hombre. Los griegos tuvieron la osadía de pensar la felicidad como también muchos escritores y filósofos contemporáneos. Albert Camus afirmaba que no hay que avergonzarse de ser feliz, porque la felicidad consiste en una lucha implacable contra el miedo, aunque Michel Foucault afirmará que la felicidad no existe y menos aún la felicidad de los hombres. Los filósofos modernos, como Nietzsche, afirmaba que el hombre no es concebido para la felicidad, sino que está siempre destinado a sufrir. 

La felicidad que el conocimiento nos propicia tiene la virtud de hacernos sentir más seguros de si mismos, de no sentirnos indefensos frente a la vida, en tanto que un hombre sin conocimientos es un hombre indefenso que no tiene como hacerle frente. Los conocimientos no son necesariamente la obtención de los títulos académicos pero son también una vía para adquirirlos. En la era de la globalización el conocimiento está más a nuestro alcance a través de la biblioteca universal que es la internet. El libro no será reemplazado por esta nueva tecnología sino que lo enriquecerá y lo hará llega más lejos a través de las autopistas de la red en donde la información y el conocimiento será más accesible y su creación tendrá un carácter más universal, democrático y participativo. En la red podemos descubrir también el amor, la recreación, el entretenimiento, y aparte de la información y el conocimiento, también habrá lugar para descubrir la felicidad. El físico y cosmólogo Stephen Hawking ha afirmó que el gran enemigo del conocimiento no es la ignorancia, sino la ilusión del conocimiento, esto quiere decir que mientras no se cree un conocimiento verdadero no alcanzaremos tampoco una felicidad verdadera, y viviremos en la ilusión de un conocimiento que no nos sirve para la vida, y menos aún para la felicidad.


* Poeta y Sociólogo. Magíster en Filosofía Latinoamericana y Especialización en Educación en Filosofía Colombiana y en Filosofía Política Contemporánea.

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