jueves, 25 de febrero de 2010

EL HOMO LUDENS, DRAMA Y COMEDIA


Por: Gabriel Arturo Castro

I

Carnaval, palabra italiana (carnevale, derivada del latín "carnem le vale", alteración de "carne levare" - suprimir la carne - evoca, a su vez, la expresión latina de idéntico significado "carnes tollendas" relativa al ayuno cuaresmal) con la que originalmente se designaba a las fiestas populares que se celebraran los tres días anteriores al miércoles de ceniza y que consistían en bailes, procesiones y mascaradas que expresaban la alegría y júbilo anterior, previo al retiro ascético de la inminente cuaresma.

Dicha tradición carnavalesca, cuyos antecedentes habría que buscar en la cultura grecolatina (Fiestas de Dionisio en Grecia y las fiestas lupercales que en el mes de febrero celebran los romanos en honor del dios Pan, originario de la Arcadia de Grecia, a quien se le solía representar con barba y pequeños cuernos, dotado también de unas patas de macho cabrío, dios de la vida animal y de la fecundidad, a veces se le confundía con un sátiro), adquiere nuevo vigor en la Edad Media (las llamadas fiestas de locos y del Asno, o las mascaradas de disfraces con pieles de animales, como la del Ciervo) y en el Renacimiento (carnavales de Venecia y Roma).

El carnaval siempre dispuso de un nuevo ordenamiento y constante interrogación de las jerarquías presentes en la sociedad, lo mismo que de sus costumbres y convenciones. Las más sagradas prácticas religiosas o políticas se cuestionaban o ridiculizaban a través de la sátira, la parodia y el juego. La pirámide de los valores quedaba invertida, la creación y la crítica social revelaban la intención del poder, la fantasía concebía alternativas tajantes frente a la disposición de la vida, permitía al hombre relacionarse con la alegría y la experiencia de generaciones pasadas. Era posible una visión desenfadada de la vida, la ruptura de tabúes, la exaltación de los goces de la existencia corporal, del ánimo de existir, la espontaneidad en el comportamiento y en el hablar, por lo tanto el despliegue de un lenguaje sin inhibiciones, el carnaval como un "antisistema", según Eugenio Trías.

Origen y destino se entrelazaban desde la práctica del juego, imaginación y festividad, creatividad y rito de celebración, como lo afirma Octavio Paz en su ensayo Risa y Penitencia, donde subraya la subsistencia en todo rito del elemento lúdico vivificador, lleno de sentido:

La frontera entre lo profano y lo sagrado, coincide con la línea que separa al rito del trabajo, a la risa de la seriedad, a la creación de la tarea productiva. En su origen todos los juegos fueron ritos que obedecían a un ceremonial. El trabajo rompe todos los rituales.

 

Era el tiempo inesperado, alianza de espíritus, explosión de júbilo y de color, el hombre que se reencarnaba sucesivamente, el Eros que bajaba a emprender una revuelta o una subversión en el estado de las cosas. Marcuse señala que si un orden político, ideológico o social impone restricciones al principio del placer, éste se rebela continuamente, pues el Eros se resiste a ser domesticado, luchando por impedir el sometimiento de la imaginación y el juego a los imperativos del rendimiento, la productividad y la eficiencia. Por encima de estos criterios de orden moral y utilitarista, el juego, el carnaval y la fiesta responden a demandas profundas.


En el Homo Ludens, el historiador holandés Johann Huizinga, expuso el postulado del juego como origen de la cultura (considerada por él como la armonización de los valores materiales y espirituales de la sociedad), ya que sus fuerzas esenciales (el mito, la ley, el arte, la religión), hunden sus raíces en el juego. Lo lúdico le da ánimo y significado al hecho creador, lo fundamenta al conectar lo real con lo imaginario, al marcar la densidad del tiempo y hacer del espacio una experiencia sentida, la humanización del mundo. Huizinga da la siguiente definición global de juego:


"Desde el ángulo de la forma podemos definir el juego como una acción libre, experimentada como ficticia y situada fuera de la vida cotidiana, capaz, sin embargo, de absorber totalmente al jugador; una acción desprovista de todo interés material y de toda utilidad; que se realiza en un tiempo y en un espacio expresamente circunscritos, se desarrolla en un orden según reglas establecidas y suscita relaciones de grupos que se rodean voluntariamente de misterio o acentúan con el disfraz su distanciamiento del mundo cotidiano".

La imaginación lúdica no tiene un orden fijo, por el contrario, posee una dinámica y una movilidad que facilita la unión de lo disperso, brindándole cauce, plasmando formas y proyectándose en sustancias o contenidos.
"La imaginación no es la facultad de formar imágenes de la realidad, sino es la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad", escribe Bachelard.

Así, el hombre se reinventa a sí mismo con la fiesta que imagina: la pluralidad, la diferencia, el hallazgo, la evocación, puentes para su emancipación y trascendencia. La fantasía, la conjetura y el sueño, rescatan o reconquistan "la memoria de los tiempos futuros", confluencia de todo lo que hemos perdido y de todo lo que esperamos. Es la lucha contra la somnolencia y el olvido, la pugna entre la máscara y el rostro de la que hablaba Lezama.

Quien no se transmuta se encarcela tras el espejo, no inquieta ni influye, se repite y con el tiempo muere, banalidad del injerto, insustanciabilidad del capricho. Así lo afirma Eugenio Trías:

"La idea de "persona" debería sustituirse por la idea de "máscara" o "disfraz", pues la persona o el yo esconde bajo su aparente unidad una multiplicidad. Bajo el yo indiviso se esconde multitud. Cada uno de nosotros encierra, por tanto, una multitud de máscaras. No hay unidad sino desdoblamientos y travesti".

II

La desaparición o el ocaso de la actitud lúdica ha señalado un debilitamiento de la capacidad de nuestra civilización para la fantasía y la fiesta. Sobre la historia de la aventura espiritual del hombre yace un abismo, la predicción fácil de las acciones, la impotencia para la crítica, la venia ante el poder cada vez más irresistible dentro de una sociedad orientada al éxito y al dinero, arbitrariedad del pensamiento que dividió la política de la imaginación y reprimió la segunda como una actividad improductiva bajo las leyes del mercado, la lógica occidental, la epistemología, la mass media y la cultura capitalista de esta larga época.


Es que la mentalidad planificadora sólo acepta la presencia de lo útil, el rendimiento y el récord, tal como señala Jean Duvignaud:


"El pensamiento de nuestro siglo rehuye lo lúdico, se empeña en establecer una construcción coherente donde se integran todas las formas de la experiencia reconstituidas y reducidas mediante sus categorías. Se ha emprendido un enorme esfuerzo por escamotear el azar, lo inopinado, lo discontinuo y el juego. La función, la estructura, la institución, el discurso crítico de la semiología sólo tratan de eliminar lo que les aterra".

Antes el realismo cartesiano había identificado la imaginación con maleables fantasías. Pascal la llamó la amante del mundo, engaño del hombre, error y duplicidad, "este soberbio poder, el enemigo de la razón".

Años después, Sartre, escribiría que la imaginación pertenece al campo irreflexivo, el lugar donde no es comunicable el pensamiento. Los objetos son para Sartre seres irreales que escapan a las leyes del mundo y a toda medida del mundo, magia, decía el filósofo francés, creencia, vacío, no ser, ausencia, desequilibrio, fetiche, antimundo. Semejante postura, llamada por Peña Vial como "primitivo enfoque respecto a la imaginación", sin embargo, tras su fondo de fobia y fijación ideológica, y sin proponérselo, le concede a la actividad imaginaria los elementos para ahondar radicalmente en lo real y decirnos lo primordial, el origen de las cosas, el cauce, la comunión muy lejos de la evasión y la huida, más allá del caos y la dispersión.


La imaginación ilumina la realidad, no la sustituye, ya que siendo una labor creadora intenta determinar ese espacio "concentrado en el corazón de las cosas", inventando, según Bachelard, "una nueva vida, un espíritu nuevo, un nuevo tipo de visión".

III

La imaginación y la ficción deben en la práctica modificar al hombre a través del poder espiritual y cognitivo de la palabra, por medio de su eficacia de liberación. Lo lúdico, la disposición alegre, el modo festivo y carnavalesco de la expresión creadora tiene su lugar en la desmitificación del pensamiento y acciones humanas.


La creación aquí rompe las convenciones y las normas que reprimen toda manifestación y celebración del Eros, de la vida libre. E igual, su elemento de exceso, lo orgiástico, pone de manifiesto los contrastes de la existencia, la crítica de los acontecimientos que la hacen posible.


Se desmitifica lo que antes se había mitificado por medio de la domesticación de las ideas: héroes, juicios, acontecimientos históricos, pintorescas figuras atadas al poder, producto de la inercia y del temor humano y que son transformadas por la fuerza liberadora del elemento lúdico.

Lo carnavalesco, por ejemplo, desde la literatura universal se da en Aristófanes como la articulación de una comicidad genuina que da cuerpo a su vez a una abstracción crítica. Las Ranas presenta a un débil Dionisio, fanfarrón, dispuesto siempre a acudir donde oiga hablar de banquetes y danzarinas, pero tembloroso ante los seres del Infierno. Y qué decir de la fuerza humorística de Francois Rabelais, su prodigioso dominio del lenguaje, la sátira con aires grotescos anclados en la farsa medieval, la cual cuestionaba el comportamiento eclesiástico, la cultura pedante y la hipocresía social. La sociedad era su objeto de parodia y travestí, motivo de la inversión carnavalesca, ya que ninguna costumbre quedaba libre del ridículo. Los vicios, las tonterías, las estupideces y las injusticias se presentaban para ridiculizarlas y despreciarlas, mezcla de risa e indignación.

La escritura carnavalesca podía burlarse de las leyes, de los políticos, de los asuntos del Estado, de los mediocres, de la seriedad de los hombres y las instituciones, la rigidez y la jerarquía. La risa puede más que la ira, decía Nietzsche.

Lo lúdico y lo festivo poseían la capacidad de subversión de valores y categorías. Incorporaban la blasfemia, la obscenidad, la ensoñación, la realidad trastocada y disfrazada. Recordemos la sexualidad satírica en el episodio de Circe del Ulises de Joyce; los relatos de Swift que desinflan, a los héroes, a los impostores y habladores, e igualan a los hombres humillando a los poderosos; el mundo real cuestionado, volcado cabeza abajo en Alicia en el País de las Maravillas y el gusto de Carroll por la paradoja y el absurdo, inspiración, locura y crueldad con los convencionalismos, prejuicios y tradiciones de la sociedad, intención que también podemos encontrar en La Verdadera Historia de Luciano, La Granja de los Animales de George Orwell; El Tambor de Hojalata o Años de Perro, novelas de Gunter Grass y su empecinado modo del vivir contemporáneo.


Lo grotesco realizada una interrogación a la pretendida racionalidad, armonía y orden de las relaciones sociales en determinadas circunstancias históricas; la parodia enjuiciaba el código de valores ideológicos y estéticos de la sociedad mediante la imitación irónica o burlesca de personajes, afirmando su propia visión del mundo, una nueva estética y un nuevo lenguaje; y el absurdo, el cual fue un concepto clave de la filosofía existencialista, de orden metafísico y moral (Dostoievski, Kafka), o de ruptura de convenciones tradicionales, juego de escarnio que delata las dificultades insalvables de la comunicación (Ionesco, Beckett), herederos de la tradición de Alfred Jarry (Ubú Rey) y su aspecto caricaturesco y de farsa en sus personajes, del onirismo surrealista, de la concepción de Artaud (el efecto repulsivo del espectáculo teatral), de la novela de Kafka, Joyce y Carroll, y del absurdo satírico de Max Frish, Arthur Adamov o del teatro socialmente combativo de Jean Genet. Hoy existen motivos para decir que el talante festivo, lo lúdico, lo carnavalesco y sus dimensiones han quedado restringidas y empobrecidas "en las márgenes de una cultura todavía gregaria, alimentada de la ilusión de identidades y personalismos".

La crítica, la sátira, la sublevación de la palabra, dan paso a la conformidad del creador o a la represión de sus facultades imaginativas y reflexivas. Sólo importa la sobrevivencia, la rutina, el acomodo a las circunstancias, la servidumbre utilitaria, la mirada común que el poder impone, su orden instrumental, sus programas, su tiempo oficial, su administración, su coacción de la necesidad, su "plan de campaña dirigido contra todo lo que queda de taciturno en la existencia".


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Gabriel Arturo Castro, poeta, ensayista y crítico literario, ganador de varios premios nacionales de literatura, es una de las voces jóvenes de la poesía colombiana que poco a poco ha ido ganando espacio en el panorama nacional.

martes, 2 de febrero de 2010

EL POEMA DIFICIL / Daniel Padilla


Por: Daniel Padilla

Se sabe que la suma de todos los matices del espectro cromático produce a su vez el color negro, emblema de la noche, de los abismos, y del interior humano en cuyo fondo se fermenta lo que no sin cierta desconfianza podríamos calificar de “realidad”. Por tanto, puede decirse que la realidad es inmanente al núcleo más insondable del ser, como un tronco que se desarrolla naturalmente a partir de su propia raíz.

En el difícil arte de atravesar el laberinto de segundos que conocemos como existencia, las cosas —esos frutos del árbol de la realidad que hunde sus raíces hasta la médula en el alma— adornan las paredes de los enrevesados pasadizos del tiempo para conducirnos sin remedio al umbral donde nos espera un héroe con cara de monstruo, o un cornudo espejo sonriente. ¿Somos víctimas propiciatorias, tributo de los vencidos, o tan solo criaturas deformes, prueba de la imperfección divina?

No obstante, cada tanto una grieta en el empapelado de azogue nos permite vislumbrar un paisaje familiarmente ajeno, territorio más allá de nosotros mismos que se nos antoja inalcanzable, pero que nos inquieta con la convicción de que también nos pertenece o por lo menos que alguna vez lo habitamos, desnudos y descalzos, acaso más acá de nuestros ojos.

Es un bosque húmedo y oscuro que se dibuja en la mirada y huele a río, a sudor animal, a combinación alquímica. La luz no lo penetra todavía y el camino que se abre ante nosotros es pedregoso y esquivo. Es preciso nombrarlo, ir allanando el sendero con palabras —esos sonidos que hacen florecer cosas a la velocidad del pensamiento— para que las siluetas cobren verdadera sustancia y profundidad. Menester es que el visitante también se sienta un poco “real”, pues no está hollando otra geografía que la propia, el espacio más íntimo de su ser.

René Char, el vigoroso herrero ha lanzado un poema contra el vidrio y desde esa ruptura espiamos. Vale lo mismo decir un guijarro atravesado en la luz de neón, un farol herido, una retina que sangra… El poema difícil, henchido de empeño, de silencios y angustias nace de su mano —que imagino callosa, cóncava y gigantesca— como el primer deshielo de la primavera. La gota inicial cae con el estruendo de una epifanía: la realidad se antoja “tan enigmática y fulminante” como la imaginación. La poesía es esa realidad real, “dilatada”, “donde se tocan a veces las manos de los vivos y de los muertos”.

Si admitimos que la poesía es otra manera de conocer, René Char, practicante de esa “dura y exigente inmersión en la realidad” nos demuestra con vehemencia que la suya es, simultáneamente, frontera y vacío, sueño lleno de fantasmas, máscara de Adán, carbón rojo y mano en carne viva. De sus poemas surge una ausencia palpable que nos reclama, con un puñado de rudos versos como posible pasaporte hacia nuestra más fecunda y oscura plenitud.    


POEMAS DE RENÈ CHAR

(L'Isle-sur-la-Sorgue, 1907 - París, 1988) Poeta francés. Vinculado al grupo surrealista desde 1930, a partir de 1934 comenzó a distanciarse del surrealismo, aunque sin romper del todo los lazos que le unían a los integrantes del movimiento. Durante la Segunda Guerra Mundial combatió en la resistencia. Su comarca natal y su experiencia en la guerra tuvieron un peso importante en la temática de su obra.

Después de completar su educación en la Provenza francesa, donde nació, Char se trasladó a París a finales de la década de los veinte. Allí hizo amistad con A. Breton, René Crevel y L. Aragon, y escribió sobre su tierra natal. En 1930 firmó el segundo manifiesto surrealista junto con A. Breton y P. Éluard y colaboró en la obra de este último Morir de no Morir (1924).

Su figura como autor tardó en tomar forma debido a la dispersión de sus exiguas aportaciones en plaquettes, que a menudo no fueron puestas a la venta, y por el desconcierto que provocaron sus primeras obras. Hasta 1945, con El martillo sin dueño, no se reunió la parte principal de su obra ya publicada. En este volumen se recogen Arsenal (1929), Artine (1930), L´action de la justice est éteinte (1931), Le marteau sans maître (1934), que da título a la recopilación y Moulin premier (1939).

Char es un poeta difícil, conciso hasta lo hermético; se caracteriza por pequeñas o minúsculas composiciones en verso o en prosa, que a menudo podrían definirse como criptogramas líricos muy sugestivos, breves y austeros informes de pequeñas experiencias. Furor y misterio agrupa su obra poética entre 1938 y 1947, publicada en Solos permanecen (1945), Hojas de Hipnos (1946), Los leales adversarios (1947), El poema pulverizado (1947) y Fontana Narrativa.



POR QUÉ LA JORNADA VUELA

El poeta se apoya, durante el tiempo de su vida,
en algún árbol, o en el mar, o en el talud, o en un
determinado color de nube, por un momento, si así
lo quiere la circunstancia. Su amor, su sorprender, su
felicidad tienen su equivalente en todos los lugares a
los que nunca fue, a los que nunca irá, entre los
extraños a quienes no conocerá. Cuando se levanta
la voz en su presencia, y se le apremia a aceptar
miramientos que retardan, si a propósito de él se
invoca a los astros, responde que es del país de al
lado, del cielo que acaba de hundirse.
El poeta vivifica, corre luego al desenlace.
Al atardecer, pese a algunos hoyuelos de aprendiz
de la mejilla, es un caminante cortés que precipita
las despedidas para estar presente cuando el pan sale
del horno.




DESHERENCIA


Antigua era la noche
Cuando la entreabrió el fuego.
Igualmente mi casa.

No se mata a la rosa
En las guerras del cielo.
Destierran a una lira.

Mi pena persistente
De una nube de nieve
Gana un lago de sangre.
La crueldad ama vivir.

Oh fuente que mentiste
A nuestros destinos gemelos,
Del lobo trazaré
Este único retrato pensativo.



LA UNA Y LA OTRA

¿Por qué has de mecerte sin fin, rosal, con larga

lluvia, con tu doble rosa?

Como dos avispas maduras quedan sin vuelo.

Las veo con mi corazón, pues mis ojos están

cerrados.

Por encima de las flores mi amor no ha dejado sino
viento y nube.





LOS SOLES CANOROS

La desapariciones inexplicables
Los accidentes imprevisibles
Los infortunios quizá excesivos
Las catástrofes de todo orden
Los cataclismos que ahogan y carbonizan
El suicidio considerado crimen
Los degenerados intratables
Los que se enrollan en la cabeza un delantal
de herrero
Los ingenuos de primera magnitud
Los que colocan el féretro de su madre
en el fondo de un pozo
Los cerebros incultos
Los sesos de cuero
Los que ivernan en el hospital y conservan la embriaguez
de las ropas desgarradas
La malva de las prisiones
La ortiga de las prisiones
La higuera nodriza de ruinas
Los silenciosos incurables
Los que canalizan la espuma del mundo subterráneo
Los enamorados en éxtasis
Los poetas excavadores
Los que asesinan a los huérfanos tocando el clarín
Los magos de la espiga
Imperan temperatura benigna alrededor de los
sudorosos embalsamados del trabajo.



PÀGINA EN BLANCO

              
              El mármol               de los palacios es hoy más duro que el sol
              Primera proposición
            
              La segunda es algo menos estúpida
              El ayuno de los vampiros tendrá como consecuencia la sed que
             alienta la sangre de ser               bebida
              La sed que tiene la sangre de desposar la forma de los arroyos
              La sed que tiene la sangre de brotar en los lugares desiertos
              La sed que tiene la sangre del agua fresca del cuchillo
            
              El cuerpo y el alma se reúnen en un abrazo
            
              Tercera proposición ésta de carácter deshonesto
              Porque el cuerpo y el alma se comprometen juntos
              Porque se sirven de excusa el uno al otro
                   


          
              BAJO PALABRA
              
              Hay                             llamas
              Más vistosas que las manos que hacen rodar las pesadillas
              Sobre la memoria
            
              Se llega al sol por encantamiento
              El amor tiene un acentuado sabor a vidrio
              Es el coral que surge del mar
              Es el perfume desaparecido que vuelve al bosque
                            Es la transparencia que paga su deuda
              Es siempre esa cabeza
              De labios deliciosamente entreabiertos
              De este lado del muro
              Y del otro lado quizás en la punta de una pica



AMO, CAPTURO Y RESTITUYO

¿Buscáis mi punto débil, mi fallo?
¿Su descubrimiento os permitirá tenerme a vuestra merced?
¿No ves, agresor, que soy un cedazo y que vuestro
menguado cerebro se seca entre la espiración de mis rayos?

No tengo ni calor ni frío: gobierno.

Sin embargo, no acerquéis demasiado la mano al cetro de mi poder.
Él hiela, quema… Alteraríais su sensación.

Amo, capturo y restituyo a alguien.

Soy dardo y abrevo de luz al prisionero de la flor.
Tales son mis contradicciones, mis servicios.

En aquel entonces sonreía al mundo y el mundo me sonreía.

En aquel entonces que nunca fue y que leo en el polvo.

Quienes miran sufrir al león en su jaula se pudren en la memoria del león.


A un rey a quien da alcance un corredor de quimera le deseo la muerte.

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*Daniel Padilla es presentado por el también poeta y ensayista Gabriel Arturo Castro, permanente animador de esta bitácora. Castro Morales, como lo saben los lectores, es poeta, ensayista, tallerista y dueño un humor cargado de una profunda ironía.  Ha sido ganador de varios premios nacionales de poesía, el más reciente el PORFIRIO BARBA JACOB con el libro "Tras la huella de Job". Colaborador de otros medios escritos donde publica ensayos, reseñas y opiniones diversas sobre el quehacer poético nacional. 

martes, 12 de enero de 2010

EL PARAISO RECUPERADO/ Gabriel Arturo Castro


Por: Gabriel Arturo Castro

La obra poética de Juan Manuel Roca confirma la existencia de la poesía a través de la imagen, la revelación y el asombro, tres instancias que se convierten en seres vivos, sustanciales, así su génesis provenga del sueño, la extraña voz y las visiones de un mundo sobrenatural. Colección de poemas donde es posible hallar la poesía, la voz del corazón, la autoridad de la voz interior, la fuerza creadora e inspiradora de quien traduce la existencia de un mundo invisible y lo hace aparecer sobre el espacio de nuestra gravitación: una madreselva que habita la memoria, un rumoroso tren estacionado en la conciencia.

Roca corrobora el devenir del poema como un excelente acto espiritual que desafía al tiempo, desde su ruina, su ruptura, su evocación y magia atrayente. Su legión de fantasmas, su geografía, su suerte de vampiros, los saqueadores de un país, las estrechas celdas, las cosas humildes y complejas a la vez, habitan por igual al poema y su centro poderoso. La imagen se hace visible, surge tras el texto poético a la manera de un instante especial y advertido que se convierte en esa aparición (visión), en relámpago creado que deja relucir la percepción particular a partir de un todo que tenemos a la vista y al que nos dirigimos. La memoria y la expectativa enlazan la aparición con las experiencias y los sueños más antiguos de la humanidad, y con los tanteos de las búsquedas más recientes.

El poema, a través de la memoria, se dirige a ordenar los objetos del mundo. La poesía de Roca es memoria que cuaja, que se vuelve visible en aquel lugar, trozo no limitado, espacio ocupado por la imagen y finalmente por el arte, considerado como un intento de traducir el fantasma en realidad, singular cruce de tiempos, vuelta a la infancia, transformación del pasado y del presente, destrucción del exilio. Así lo afirma Heidegger: “La poesía despierta la apariencia de lo irreal y del ensueño, frente a la realidad palpable y ruidosa en la que nos creemos en casa... Y, sin embargo, es el contrario, pues lo que el poeta dice y toma por ser es la realidad”.

Se intuye en Juan Manuel Roca, en su búsqueda en la memoria, un trazado de esencias espirituales: revela lo que estaba oculto, desafía a las sombras, a la máscara del tiempo y a la profunda raíz que se empieza a conocer. La palabra se hace verbo de adentro hacia fuera, el rostro pasado se interioriza, toma vida, tras la rememorización del tiempo. Pero la memoria de Roca siempre solicita su mundo espontáneo: las imágenes aparecen tras la escogencia y el aprecio, luego se alternan gracias al azar, al enigma, al júbilo, y producirán, en el lector que vislumbra, el asombro y la fascinación de quien se anima a la aventura.

Poesía que punza al lector, lo subyuga cuando la imagen es ya una explosión, un grito, un fogonazo que sirve a manera de hecho generador, imaginería poética que sustenta diversas raíces: el estado de ilusión o la magia sugestiva a la manera de Baudelaire, donde “la imagen estalla con el esplendor repentino de la flor de áloe”; la exaltación de la mirada de Rilke; la imagen tajante y sugestiva del expresionismo alemán, acompañada de su latigazo irónico y la hondura de pensamiento; la misteriosa virtualidad del lenguaje de Vallejo, su alta tensión emotiva, su sentir íntimo, a menudo combinado con un acento coloquial y familiar; la proposición de un mundo onírico, herencia surrealista, donde se configuran predominantemente imágenes arquetípicas; y el influjo de las imágenes metafóricas de bastante valor expresivo, legado de Silva, Aurelio Arturo y Charry Lara. Imaginería de una obra que se ha erigido como un arte de significación perdurable, de plena madurez, de fuerza y sobriedad al unísono.

No en vano, encontramos en Roca la palabra como punto de partida, la capacidad del creador para descubrir caminos ocultos, la fascinación que crea fantasmas y el deseo permanente que convierte la vida en literatura, diciendo con Emerson que “la poesía es el continuo esfuerzo hacia la expresión de las cosas, en su razón de ser”. Vehemencia y ánimo del arte de la poesía, que en manos de Juan Manuel Roca y logrado en el paciente y cotidiano valor, consigue alcanzar aquella “mágica esfera” otorgada a la palabra, la palabra como acontecimiento fundacional, la palabra como centinela y aliento de la obra. Allí un rumor misterioso del mundo y del trasmundo que llama desde afuera de la realidad y la ensancha tras una nueva visión que penetra en lo invisible de lo cotidiano, estableciendo una distancia encantada que atraviesa todo el texto. La mirada a la obra significa un desafío y un llamado que ahonda en las tensiones y resistencias de la comunicación inefable.

Dentro de la concepción de la escritura de Roca hay un Eros que la arrastra, un impulso insaciable, avidez profunda que transita en medio o detrás de voces que, adquiere la distancia transmutadora de un ceremonial. Nosotros comulgando ante la imagen y el tiempo metafórico, frente a las líneas sensibles que apoyan y fecundan su poesía, rasgos sensitivos que nos detienen y despiertan a otro sueño, sensaciones y memorias traídas a la escritura con toda su frescura original, casi táctil a la manera interior.

La palabra de Roca, más que una aventura verbal, es nutrimento esencial, nueva mirada que entraña nuevos lugares, nombrados territorios donde las palabras mueren para resucitar con la memoria y volver a encarnar para darle otra vez sustancia al universo, viaje y retorno de la poesía ante un “paraíso recuperado”, donde encontramos el saludo de aquella memoria, la aparición (presencia – ausencia) de los sueños, espectros y épocas, al lado de una conciencia visionaria, de imaginación y apetencias de otros estados del mundo, diciendo tal vez con Novalis que “los deseos se mudan en realidades”.


  • GAC poeta y ensayista colombiano, ganador de varios premios nacionales de poesía. Su ya larga y prolífica obra aparece en periódicos y revistas del país y del exterior. Colaborador permanente de esta bitácora. 




domingo, 6 de diciembre de 2009

MEMORIA Y OLVIDO ALREDEDOR DEL POEMA


Por Gabriel Arturo Castro Morales*

Cuando la poesía sigue siendo capaz de convocar espíritus y seres oficiosos alrededor de la palabra y su infinita posibilidad, estamos ceñidos a un cordel de buen augurio. Es que una de las fuerzas extrañas de la poesía, aquella que nos lleva a comulgar y reflexionar conjuntamente, es la de su ausencia ritual que reconcilia lo disperso, lo disgregado por la violencia y la costumbre, reuniendo los objetos, haciéndolos confluir en un punto de encuentro.

“Sólo los poetas fundan lo permanente”, expresaba Holderlein, ya que la poesía verdadera totaliza, reintegra lo fragmentado, cohesiona lo que la muerte desintegra, ausenta y aleja. La unidad perdida se da a través de la palabra que asombra y extraña, que indica al tiempo un continuo drama y un incesante movimiento. y es que no hay una sola palabra. Ya desde la antigüedad Pitágoras nos dejó la certeza sobre las variedades de la palabra: la hay simple, la jeroglífica y la simbólica. En otros términos, el verbo que expresa, el que oculta y el que significa.

Pero el poeta, que maneja todas las variantes de Pitágoras, va más allá de todas ellas, pues logra expresar una especie de verbo supremo que es en realidad la palabra en sus tres dimensiones de expresividad, ocultamiento y signo.

El verbo se hace así portavoz e intérprete de fuerzas interiores, se torna magia y subversión del mundo. Y el poema se incuba, se fecunda a distancia o en lugares o tiempos remotos o sobre la realidad próxima e inmediata. Pero si posee la suficiente intensidad se dotará él mismo de vida propia. Su existencia es de motivo doble, por un lado actúa la imagen externa y por otro la manifestación del específico mundo interior.

Allí el espíritu se mueve en mundos extraños y posibles, viaje y drama, conmoción de la palabra que transita del sigilo a la voz plena. Sólo tras el silencio se puede explicar el camino del poema. Si existe la sonoridad ella brotó de la pausa, de la discreción del origen, del principio que intuimos, nacimiento del verbo, su raíz y causa, construcción del tiempo silencioso, dispersos murmullos atacando una soledad, el último lugar del espíritu, la identidad secreta del misterio o del alma que según Yeats: “Se convierte en su propio delator, en su propio partero, en la actividad única, en el espejo que se vuelve luz”.

Luz que no describe no bosqueja sino irradia chispas a su alrededor, creando una llama que desata los párpados, fuego—ventana a través de la cual vemos una sospecha del mundo.
Claro, la hoguera es el vestigio de otra edad, un ardor que todo lo modifica, anima al inanimado, ingresa en la ruta y se vuelve candil, principio seminal, ojo que imagina, resplandor primordial.

Visto así el poema, su cuerpo escrito lo instauramos dentro de la idea de la poesía como pasión: exploración de sendas, tensión  necesaria, la palabra que inflama su pira, rueda del carruaje, huella candente, carbón activo, despedida de la flora roja y su pigmento que anuncia un paisaje a lo lejos.

El ojo del poeta siempre está recorriendo las formas y las sustancias, operación mágica que reconoce el misterio y suscita en él una resonancia afectiva, una evocación que conmueve el sueño y lo lleva a la superficie, no sin antes estremecernos para luego darnos sus choques y los ecos de la memoria. “Heterocosmos” del poema donde hay una autorrevelación alterada del creador, expresándose y ocultándose a la vez.

El poema es escenario del afecto que toma distancia suficiente de la emoción inicial y se trueca en evocación de la experiencia, llegando al asombro, al acento, a la significación, a la aventura espiritual que va más allá del puro virtuosismo, al dilentantismo o el esteticismo, trampas posibles y no acatadas al asumir la poesía como arte trascendente, la poesía como catarsis, purificación y afecto que suscita vivencias encontradas, la poesía que no sólo agrada sino que conmueve e interesa, sobra arrojada que se enciende, fervor de un espíritu desbordado por las fuerzas, la poesía siendo, como lo dijo Byron: “La lava de la imaginación cuya erupción proviene de un terremoto”.

Es el privilegio de la poesía,  crear y hacer,  dar vida y movimiento, esfuerzo y dignidad a la creación, ya que ella construye un nuevo universo luego de la ruina, de la aniquilación.
Su deber es mejorar al mundo, ser armazón y alabanza, herida y milagro, “fuga sin fin”, un “yo” que se lanza a la travesía entre el sueño y la vigilia. La nostalgia y el drama personal pierden sus pulsiones íntimas y se convierten en destinos universales, la pasión de todo hombre por lo maravilloso, la naturaleza, la leyenda, la desnudez, la raíz de la sensibilidad, la inocencia y el desengaño, memoria emancipada, el poder viviente de la poesía. Acordémonos de las palabras de Eliot:

El poeta no debe expresar su personalidad sino su médium, es decir, los medios y la sustancia de su arte. La poesía no es el grito del corazón, sino drama: una estructura de la voz y de gestos, una dialéctica de actitudes y de formas.

A propósito de lo anterior, algunas leí que Kafka señalaba con sorpresa, con un placer encantado, que se inició en la literatura cuando pudo reemplazar el “yo” por “el”, momento donde el yo férreo individual es capaz de trascender hacia los demás sujetos de la enunciación  para volverse colectivo: el tan nombrado “yo es otro” de Rimbaud o el “yo soy el otro” de Nerval, se desdobla constituyendo una exterioridad que se refleja en los otros.

Este yo paralítico (figurativizado desde el antirromanticismo de Eduard Buchner y su expresión de la alineación del hombre en tonos de profundo escepticismo; sumándose Heinrich von Kleist, el escritor alemán de existencia azarosa; Holderlein y su preocupación espiritual; August Strindberg con sus dramas naturalistas que inspiraron al expresionismo; Samuel Becket, de la mano de un lenguaje desarticulado y desnudo; o Eugene Ionesco enfrentado a la angustia del absurdo de la condición humana) crea sus propias representaciones y proyecciones fantasmagóricas o espectrales en oposición a las ideas de la razón práctica que desembocaron en el juicio del sujeto absoluto.

El yo cartesiano–kantiano se diluye hacia un phatos subjetivista gracias al extrañamiento, aquella capacidad de identificarse con el yo que crea pero al unísono saberlo exiliado y así rehusarlo, rechazarlo, sentirlo transitorio (se torna un tú, en él y un nosotros, la obra parte de mí pero se colectiviza perdiendo la propiedad  yoica, su dominio egocéntrico) y eterno al mismo tiempo (el yo invisible que enunció la obra será un elemento imperecedero y su presencia tendrá una ilusión secreta).

El yo está presente y ausente simultáneamente, lo reconocemos pero debemos extrañarlo a través del distanciamiento necesario.

“Escribir es romper el vínculo que une la palabra a mí mismo”, expresa Maurice Blanchot. La palabra plasmada, vertida, ya no me pertenece, deja de ser realidad primera para hacerse a otra realidad mediante la fascinación, la magia que crea fantasmas y un deseo que convierte la vida en literatura. Aspiración lograda porque tomamos posición frente al otro cuya ubicua presencia impregna la esencia de lo real. Detrás de la escritura sospechamos al otro, la presencia del otro, lo que hace factible finalmente que la realidad se convierta en poesía y ficción de un mundo ajeno y exterior a mí. Dicha ficcionalización se lleva a cabo en favor de un sujeto, o lo que es lo mismo, toda escritura particular debe orientarse en función del otro, sabiendo de antemano que cada uno de nosotros no somos una totalidad cerrada y excluyente, y que alrededor existen otros mundos diversos como totalidades de sentido.

Mi experiencia puede ser evocada por otros y compartida de tal forma que mi particularidad se fragmente para ser reorganizada por destinatarios o recreadores de mi hecho comunicativo.

Es el lector en potencia que se incuba e interioriza desde el inicio de la obra, rompiendo su invisibilidad, su pretendida condición ajena al evento creador.

Memoria, comunión, ritualidad, magia, misterio, características de una poesía que han sido sustituidas por una literatura que de la desesperación, sin fuerza crítica, lejos de la contención, el silencio y la reflexión, contrariando lo que alguna vez anunciara Walter Benjamín: “El valor único de la auténtica obra de arte se basa en el rito, el lugar original de su valor de uso”

El mismo Benjamín, tiempo después, aseguró que esa ritualidad fue reemplazada por la práctica de la política, lugar donde la poesía y la Cultura han descendido al nivel del espectáculo, la producción del simulacro, una cultura sin referentes históricos, filosóficos o religiosos, o lo que es lo mismo, la limitación del arte a manifestaciones artificiales de consumo, luego una pérdida del sentido interior, ético y estético, crisis que alcanza a la poesía escrita confundida con los actos publicitarios que llaman el confort, al facilismo y la irrelevancia de la creación. Salvo honrosas excepciones de creadores lúcidos y comprometidos con su oficio, la mayor parte de la poesía ha caído en la banalidad y la simulación. Allí se cambia la experiencia y la memoria, conceptos ontológicos y sustanciales, por la noción de exhibición, sustitución alienada de la existencia.

¿Qué contiene el espectáculo?: cadáveres que nunca llegarán a ser lenguaje, moldes vacíos, espejos deformes, símbolos superficiales, decoraciones, imitaciones, homenajes y contemplaciones domésticas, parroquialismos, extravagancias, parodias y engaño, tal como lo sentenció Paul Valery: “La literatura está llena de gentes que no saben en realidad qué decir, pero empeñadas en que necesitan hacerlo por escrito”.

Quizás se ha abandonado el ejercicio de la memoria que perdura, aquella experiencia que se interioriza y se aloja en el ser como huella duradera o profunda, siendo posible su  evocación como signo de la vida activa.

La memoria poética ordena los objetos, hace visible lo invisible, permite que los espectros del tiempo tomen vida propia, desmomificando al hombre, haciéndolo verbo de adentro hacia fuera. De esta manera el poeta no sería un ser inerme ni pasivo, menos un individuo neutral.

El rostro pasado se interioriza, toma vida tras la rememorización del tiempo. Tras un mundo espontáneo aparecen las imágenes que el poeta escoge, aprecia, valora y reúne tras el corpus del poema.

La memoria ayuda a escoger gracias al júbilo y no a la indiferencia, la alternancia de las imágenes depende primero del azar y del enigma, de la fascinación, de la agitación.

Quien busca en la memoria intuye un trazado de esencias espirituales: revela lo que estaba oculto y demasiado extraño, desafía a las sombras, a la máscara del tiempo, a la profunda raíz que empieza a conocer.

La memoria cohesiona la realidad, intenta su unidad para luego expandirla y después, en mitad de su camino, punza al lector, esto gracias a que la memoria es involuntaria y sus elementos se evocan sin intención, sin premeditación alguna. Sólo un elemento generador no planeado puede provocar un acto de remembranza, acto que puede subyugar aunque sea innombrable: una explosión, un grito, un fogonazo que sirve de fecundación.

La memoria restituye lo abolido por el tiempo y la distancia, nos saca de la indiferencia y nos lleva como creadores–lectores a una nueva experiencia, emocionante y más intensa.
El poema es así un espacio sentido e interiorizado desde la purificación y la catarsis, donde el tiempo se moviliza hacia el conocimiento del drama, no hacia la detención – estática de la inactualidad. Leamos a Antonio Tabucchi:

La voz de la poesía tiene el poder de establecer un diálogo con los fantasmas, y una vez el fantasma ha sido evocado y convocado por su médium, ambos pueden perfectamente hacer abstracción de todos estos elementos sensoriales a las cuales se hizo alusión para reunirse: se hace abstracción de la voz, del tacto, de la vista, del olfato y del gusto. Porque lo que encuentra, una vez la convocación ha tenido lugar, es la pura presencia del fantasma. Ésta puede manifestarse en el más perfecto silencio, en la inmanencia fantasmagórica, con la cual la relación que se instaura no tiene necesidad de nada más.

El poeta, decía Walter Benjamín, puede ser el sujeto adecuado para llevar a cabo la experiencia de la memoria que perdura. Pero como afirmaba antes, en un buen volumen de la poesía actual sólo encontramos la alusión al olvido, la repetición de una información de acontecimientos, anécdotas, la mención, la remembranza, la reminiscencia de una vida contemplativa y superficial.

Esta transportación es pobre y limitada, pues el pasado no se comunica con el tiempo presente, conservándose las sensaciones fortuitas y pasivas; las atmósferas de facetas llanas, la epidermis de relatos literales.

Aquí la experiencia se atrofia, se detiene, no sale del exclusivo dominio del emisor, sin augurar ni estimular una apropiación por parte del lector.

Si hubiese memoria existiría una relación del pasado individual con la memoria del pasado colectivo, sin que la práctica tan particular del sujeto se tornas tan privada, tan ajena a una tradición, motivo por el cual se convierte, finalmente, en sumatoria de informaciones y percepciones deshilvanadas e inconexas.

Al no apoderarse de lo esencial y al no poseer una mirada interior, el escritor se le impedirá el descubrimiento del arte en el pulso, brevedad, movimiento y ejercicio de la memoria. Para él todo tiempo estará inevitablemente perdido.

Al recordar —labor caprichosa de ordenar recuerdos— se repite el mismo discurso, se reproduce idéntica actitud, se imita el mismo vicio de insistir en una retrospectiva nostálgica, fútil y pasajera. Como lo afirma Ignacio Gómez de Liaño:

Para muchos, ciertamente, la memoria no es más que eso: un almacén, incluso perfectamente clasificado, de recuerdos, tan planos como las paredes que los encierran tan superficiales y homogéneos como una colección de instantáneas o de tarjetas postales.
                                                              
La palabra, de esta manera enunciada, no tiene la cualidad de permanecer en el tiempo, sencillamente porque carece de toda consistencia de memoria poética.

Cómo quisiéramos, entonces, que la poesía saliera de la cárcel que algunos le han asignado y retornara a la esencia, a su morada o a su patio original, a los predios de quienes, parodiando a Guillermo Apollinaire: buscan por doquier la aventura y combaten en las fronteras de los sin límites y del porvenir.

                                                   
*Poeta, docente y ensayista colombiano.


martes, 10 de noviembre de 2009

LA LECTURA COMO CONSTRUCCIÓN DE LA SUBJETIVIDAD



Por Julio César Correa

Este espacio creado por la lectura no es una ilusión. Es un espacio psíquico, que puede ser el sitio mismo de la elaboración o la reconquista de una posición de sujeto.
Michel Petit
A Claudia Margarita Castaño
1



Leer es un acto individual que compromete la posibilidad del lector para construir su propia subjetividad. Es la posibilidad y el derecho que tiene todo lector de elaborar un mundo propio a partir del contacto con el texto escrito. Por lo mismo, ya no se trata de reproducir-traducir el mundo implícito del libro, sino de trascenderlo para conquistar un universo en el que prevalecen las improntas del lector. Al lector le asiste el derecho mágico de proponer la creación de un mundo que no replique el del autor. La lectura no es una copia ni un acto pasivo, tampoco es la acción que se ejerce sobre la humanidad del lector para que diga lo que el texto obliga. La lectura, lejos del control social, es la búsqueda de la soberanía intelectual. Se lee entonces para cimentar maneras propias de asumir la vida y de decir el mundo; se lee porque es necesario desobedecer las tradiciones y las costumbres o porque se sospecha de que el mundo, la realidad, sea algo más que los ladrillos que sostienen los altos edificios de las grandes ciudades; se lee porque es necesario fortalecer los nichos subjetivos, apenas esbozados en los primeros años de vida, quizás por ausencia de calidez afectiva en su entorno más cercano.

2

El sujeto que lee se sabe no leído. Pero ningún psicoanálisis hará lo que puede lograr una buena lectura. Habrá lecturas reparadoras, generalmente, por fuera de su inscripción en las instancias del deber. Serán aquellas, por el contrario, que se harán lejos de la tutela paterna o del control social, a lo mejor, porque son las que se eligen en medio de las circunstancias que la vida y sus avatares proponen. Dice Estanislao Zuleta que se lee siempre desde una pregunta abierta o desde un problema sin resolver. Pues bien, el modo de lectura que se sugiere en esta reflexión se ubica precisamente allí, en medio de la inquietante circunstancia del existir. En esa tensión irresuelta la lectura surge como una posibilidad de autonocimiento, de construcción de un sí mismo, ese que le ha sido negado porque los objetos amados le han sido generalmente esquivos. Al no haber encontrado calidez en el encuentro con el otro, el sujeto se repliega en sensaciones y emociones que se congelan mientras busca por todos los medios el momento en que pueda desplegar su Yo más íntimo. Y ese momento ocurre a solas, entre grandes silencios, entre ausencias y apariciones rizomáticas, entre libros y páginas donde busca inconscientemente respuestas a sus inquietudes. No saberse leído es quizás no saberse amado primigeniamente.

3

Los libros serán los sustitutos de ese otro objeto amado. La literatura será inicialmente el mejor refugio. Allí, entre personajes elevados a la categoría de héroes, iniciará una larga marcha por entre mundos laberínticos, valles, montañas y ríos. Bajará a los infiernos para reconocer entre los muchos rostros de los demonios el suyo propio, sus miedos y tensiones; revivirá emocionalmente la historia de su infancia, marchará junto a sus héroes más amados y en ellos encontrará el refugio y la calidez afectiva que le fue negada. El mundo exterior le será menos amenazante y más agradable; de allí que decida descender de los profundos pliegues de su retiro interior para hallar entre los otros algunos rostros amables, serenos o, simplemente, frías máscaras que se seguirán interponiendo en el camino de su construcción personal. La literatura le mostrará la senda de la autocuración, el camino hacia los otros, hacia el mundo que ahora puede ser cálido como el abrazo de una madre que es capaz de reconocer y superar sus propias tensiones. En brazos de Raskolnikov, de Ana Karenina o de Edmundo Dantés, el lector ávido se arriesgará a salir de su inseguridad existencial para empezar a pisar el suelo cierto de los hombres y de las mujeres que le miran sin que medie la visión introyectada de la madre indolente. Ya no es el sujeto que se mira a sí mismos desde la mirada enquistada de su madre cuando los otros se fijan en él. Ya no hay tanto dolor ni miedo, ni tensiones inconscientes. El lector ha decidido asumirse como sujeto, cada vez menos dependiente, cada vez más autónomo.

4

Es urgente entonces arriesgar hipótesis sobre lo que uno se ha resistido a aceptar como realidad última. El mundo exterior no puede erigirse en amenaza y el mundo interior no puede ser el último refugio. De ese vivir en medio de la incertidumbre total busca pasar a un estado en el que ésta sea menos abrumadora. Por eso se arriesga a las hipótesis y juega con las posibilidades que el mundo le ofrece. Sabe que la incertidumbre paraliza y que las hipótesis, por más provisionales que sean, permiten el movimiento y la acción. Leer es la mejor apuesta. La mejor hipótesis. Y como la información que llega a través de los sentidos es precaria, resulta necesario caminar sobre los bordes filosos de las realidades emergentes, esas que se deben construir para ampliar el sentido y los horizontes que amenazan con angostar la vida. La literatura le ofrece una información mucho más rica y llena de matices, más vívida; por eso, decide meterse en los universos emocionales e imaginarios que la cultura dispone sobre su mesa, a la manera del diván de un terapeuta. Ese sujeto que se busca a sí mismo y halla ecos de su propia voz en los diálogos y narraciones de los escritores, es el lector que se sabe no leído. Es el mismo que desborda sus propios límites al pasar horas enteras en silencio, conversando con los libros, en el retiro cómodo de un sillón o sobre el natural verde de la hierba que crece a sus espaldas; es el que apaga la lámpara cuando el sol amenaza con sus rayos de luz las nubes grises de la madrugada. Es el sujeto que sospecha de su propia cordura y por ello se hunde cada tarde como un barco sobre las aguas profundas del conocimiento o de la fantasía literaria. El lector ávido es una suerte de huérfano, un ser desvalido, alguien dejado al azar de las circunstancias de la vida, abandonado y sin los afectos de los seres más significativos, por eso, se obliga a construir un mundo personal donde pueda reconocerse y hallar su identidad. Su conciencia, su subjetivad, pende apenas de un ligero murmullo como el que se escucha cuando decide cerrar el libro y dejarse ir entre imágenes y divagaciones. Cuánta felicidad hay en ese sólo hecho.

5

Como sospecha del mundo, necesita comprobar que éste no se evapore en medio de las dudas. Es así que decide adelantar toda clase de hipótesis acerca de las cosas, de los hombres y del mundo o, de lo contrario terminará atrapado en el mismo túnel en el que se extraviara finalmente Juan Pablo Castel. A diferencia de Castel, asumirá la lectura como el medio más apropiado para elaborar sus teorías provisionales, sus hipótesis; y en ese forcejeo gozoso con las palabras, con los libros, hallará momentáneamente la templanza necesaria para erigir las murallas en las que se resguardará mientras el invierno de su alma arrecia. Entre libros – poesía, novelas, biografías, etc.- podrá encontrar conversaciones llenas de imaginación y de sentido, esas que se niega a entablar con sus más cercanos o que le son negadas por ellos mismos. Los libros serán el lenitivo indispensable para continuar viviendo. Esa será la mejor hipótesis. Seguir viviendo para apostar por las teorías provisionales, las mismas que insisten en seguir sosteniendo la verdad del mundo como si fuera algo absoluto.

6

El lector que decide elaborar sus propias teorías porque necesita hacerse a sí mismo, en vista de que ha sido extrañado de su nicho afectivo, es el que terminará convertido en un artista; su temple de ánimo lo conducirá irremediablemente por el mundo como si fuera el artista de la cuerda floja en un circo: la mayor hipótesis será aquella que lo obligue a considerar el mundo como un holograma. Para él no habrá certezas ni absolutos. El mundo será la réplica del título del libro de Marshall Berman: todo lo sólido se evapora en el aire. Por eso, deberá estar constatando con frecuencia la solidez del mundo, de ese mundo que le han vendido como la prueba irrefutable de que la realidad existe y no es un puro reflejo de su conciencia. Destinado a sospechar de la consistencia de los muros, se sumergirá en la lectura de los cuánticos y la microfísica le comprobará que su sospecha era cierta, que el último sillar de la realidad es apenas una cifra negativa y no el ladrillo de Demócrito. Finalmente entenderá que el mundo tiene la misma consistencia que sus sueños más personales.

7

Una página en blanco resbala en medio de la noche, pero nadie escucha el ruido noble del papel sobre el piso. Ese ruido es música para los oídos de un lector gozoso. Como se sabe, los lectores hedónicos no duermen, leen mientras sueñan que el mundo está hecho de páginas en blanco y eso los atemoriza, pues no hay nada que leer. En el mundo de Orwell los libros podrían estar hechos de páginas en blanco. Pensarlo, más que una probabilidad es una sospecha, una teoría que requiere ser comprobada, Castel. Una simple hipótesis, una conjetura. Sólo eso.



Manizales, 30 de mayo de 2004
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viernes, 6 de noviembre de 2009

LA LECTURA Y SU FUNCIÓN REPARADORA




Julio César Correa
La Pipa de Magritte

La lectura, más allá de los incrédulos, tiene una función reparadora. Mejora el malestar más que un alkalsetzer, restituye el ánimo mejor que el viagra, permite viajar a otras galaxias sin haberse enchufado un porro de marihuana; mejora la concentración igual que el tonificante café negro, (que nosotros llamamos tinto); revierte los males que aquejan a las personas por aquello de la edad, permitiendo recuerdos más frescos y lozanos. Cura la desmemoria, el dolor de cabeza, la impotencia sexual, la rigidez mental; cura el insomnio, mejora el apetito, combate la gripa, nos hace sudar y hasta nos permite adicionar unas cuantas palabras nuevas en el léxico personal.


Leer es tan estimulante como diez tazas de café, tan emocionante como un viaje a la luna, tan excitante como una sesión de streap tease con Demmy Moore jugando en la barra. Leer es una suerte de masaje directo sobre las neuronas. Eleva el nivel de las endorfinas, por eso nos permite creer que podemos igualar a los tarahumara en su capacidad para correr la maratón, sin apenas agotarnos.

Leer, señoras y señores, rejuvenece, es el elixir de la eterna juventud; si no me creen piensen en un hombre que siendo mayor parecía un joven: Julio Cortázar. Otro ejemplo: Álvaro Mútis, Henry Miller. Leer es la dicha más hijueputa que uno se pueda imaginar.

viernes, 30 de octubre de 2009

POESÍA Y NEGOCIO


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Julio César Correa
La Pipa de Magritte
LOS LUGARES COMUNES del lenguaje se apropian de la palabra poética; su abuso permite que lo poético devenga justificación más que razón. La poesía entonces habla el lenguaje de la prosa y de lo prosaico. Se mercantiliza lo innegociable. El espíritu del hombre, su espacio más íntimo de libertad, termina convertido en jaula desde la cual se pretende decir. Pero no hay libertad para expresar lo que es auténtico en el hombre, su propio duelo, sus más preciadas alegrías y conquistas. Quizás, por ello, y renunciando a un lenguaje auténtico, se incurra en la palabra gastada y enquistada en la negociabilidad que le propone el consumo y la sociedad de consumo. La poesía pierde su más preciado lenguaje y termina confundida con la palabra que negocia, que oprime, que constriñe. Luego, antes que liberar y hacer estallar los automatismos que genera el comercio lingüístico, se potencia la banalidad propia de la sociedad del pret a porter, la del fast think y del fast food. Nos da miedo mirarnos en el espejo de la poesía, porque quizás nos ocurra como a los vampiros: no nos podemos reconocer. Invisibles, parados apenas en la sombra que la noche del lenguaje abre como un abismo, nos hundimos y nos extraviamos en la algazara, en el ruido anunciado por Baudelaire, en la promesa y en la necesidad de seguridad que nos hurta la condición más preciada, la de ser irremediablemente libres en la imaginación y en la capacidad de poder seguir poetizando el mundo, porque como en Hölderlin: “no es por sus méritos, sino por la poesía como el hombre hace de esta tierra su morada”.

miércoles, 28 de octubre de 2009

LA CREACIÓN...O...LA DICHA DE PARTIR A NINGUNA PARTE / Víctor López Rache


La Creación…o…la dicha de partir a ninguna parte.
15 Feria del Libro Pacífico organizada por la Universidad del Valle.

Por VICTOR LOPEZ RACHE


Summa:

El exceso de claridad impuso el discurso de Los Fines e impide el ejercicio sincero del escritor en la creación literaria. La tecnociencia y los medios de comunicación han transmutado el lenguaje y han reducido el principio de realidad en favor de la expansión de fantasías tan extremas que sociedades, con vocación futurista, han retrocedido a estadios primitivos del miedo y la religiosidad. Como si fuera poco ha surgido el AutorClic, cuya virtud consiste en redactar para consumidores de publicaciones que no saben leer y, gracias a la indiferencia de la crítica, se ha apoderado de las emociones y del imaginario. Si el escritor no quiere convertirse en un notario de distorsiones, debe descubrir el misterio para, luego, contribuir a hallar la realidad; sólo entonces, las generaciones del futuro leerán obras, de esta época, en cuyas páginas fluirá el alma y la vida de una comunidad. Para lograrlo, puede encontrar la llave en la experiencia de los grandes escritores del ayer…



Tener fe en el arte de la creación es desobedecer en silencio y partir con la esperanza de llegar a ninguna parte. Debe ser un viaje desinteresado y no esperar como premios ulteriores el aura que irradia los complejos de Adán y de Cristo. Con un creador nada comienza. Partir de la nada, invita a quedarse en la nada, para terminar en la nada. La obra tampoco tiene la obligación de dividir el tiempo en Antes y Después como consecuencia de una vida de sufrimiento, renunciación y entrega a un espejismo estético.

El talento y la inspiración no son constantes; pero si el autor está dispuesto a morir invocando en su obra el misterio de la palabra, convierte la terquedad en una especie de genialidad indefinida. Dormido y despierto persiste en su error, sin importarle si está dentro o fuera. Morir y renacer en cada intento es ir en la dirección correcta y la sed y el insomnio sirven de estimulantes a la página, siempre, a punto de iniciar.

El feliz sacrificio del creador auténtico anima a sus seguidores a poner las capacidades en la balanza. El punto de equilibrio es indolente y deja la obra en una oscilación perpetua y su autor, pálido, intuye que, en el arte, la certeza mata tanto como la duda. Pero si su imaginación ha tenido movimiento propio se reconocerá único e individual y, sólo entonces, comprenderá que ningún resultado estético depende de los caprichos de una simple balanza, llámese antología nacional, colección de obras maestras de la lengua, o compilación de las joyas inmortales de la aldea.



Crear es sentirse un ser libre, no un cubo de materia al vaivén de los caprichos de mentes autoritarias. Lograr una obra tranquiliza al autor y perfecciona el espíritu de la comunidad.

Pero, ¿un creador puede sobrevivir al margen de las distorsiones de su tiempo y su lugar?

En épocas como esta, sería un prodigio. A finales del siglo XX La Muerte de la Poesía fue anunciada y con ella vino el auge de la claridad. Todo estaba tan claro que la historia, las ideologías, la utopía, habían llegado a su fin. El discurso de Los Fines se tornó en el seductor de las mentes futuristas y allí dirigieron la mirada sin advertir los agujeros insondables ocultos en el esplendor de la claridad. Miles de luminarias inundan el mundo cuando intereses poderosos quieren pasar por alto aquello que avergüenza la razón y mancha la esencia de la criatura humana. El conocimiento predominante aseguró haber descubierto el secreto de lo más pequeño y lo más grande del universo. La inspiración nunca había existido y la noción de misterio había sido un equívoco de creadores temerosos de lo desconocido, afirmaron, incluso, poetas inspirados que escribían poemas misteriosos. Como si las posibilidades creativas careciesen de matices, ignoraron que el arte se adelanta o regresa en el tiempo e insistieron, de nuevo, en el fin de las grandes historias y, entonces, la creación promovida pasó a ser subsidiaria de las redes subliminales de la publicidad.

Los propagadores de Los Fines consideraban resueltas las incógnitas humanas y hablaron de nuevos paradigmas; tan nuevos que la mente no tenía preocupaciones distintas a recibir información. Todo era tan diáfano que nadie entendía nada y, conscientes de su capacidad de persuasión, los medios se metieron en las alcobas a repetir que El Fin de Milenio debía celebrarse de la mano divina para evitar que los males pasados se multiplicarán en los tiempos venideros. Se retrocedió a los estadios primitivos de la religiosidad y comunidades enteras se entregaron a venerar a los pontífices del miedo. La falta de pensadores apocalípticos en Latinoamérica impidió promocionar El Fin de la Magia y, tal vez, ello le permitió al Realismo Mágico prolongar su adiós sobre otras manifestaciones literarias de nuestra lengua. Pero quienes se sentían incómodos en tan hermoso ataúd de fantasías, percibieron que los soplos mágicos de la distracción, ocultaban trampas inversas a aquellos prodigios que revelan los practicantes de la magia no comercial. Los viajes espaciales dejaron dudas acerca de la vecindad del cielo; pero los elegidos del más allá miraron noticias y tuvieron certeza de la existencia de El Diablo. Infantilizaron el imaginario, el terror exacerbó los instintos de conservación y se impuso como justicia la ignominia del salvaje. Esta iluminación capciosa redujo la pluralidad del pensamiento; pero dejó un beneficio literario. Durante siglos se había dicho que la poesía era pariente de la religión. Los entendidos citaban como actos poéticos la creación del mundo en siete días y Dios hecho a imagen y semejanza del hombre. Pero no eran actos poéticos; eran mentiras incansablemente repetidas. Y si bien la poesía transciende los límites de la verdad, no puede entenderse como un gesto de aproximación a las habilidades innegables de la mentira. Poesía y religión son opuestas. La religión es local y envejece; la poesía perdura y es universal. La religión es dogma; la poesía es sugerencia. Distintos pasajes de La Biblia se semejan infinitamente a manuales de terrorismo y esa misma distancia los separa de la poesía.

Cuando todo ha llegado a su fin y una farsa planificada ilumina lo existente e inexistente, la única opción es crear. Pero si la creación literaria es hija de la imaginación sincera y prefiere moverse en rutas libres de señales arcaicas y barreras impalpables, ¿cómo continuar el viaje para llegar a ninguna parte?

La naturaleza se transforma sin temerle a los rigores del tiempo y el hombre tiene la necesidad latente de inventar. Entonces, los poetas y escritores, ahora, tenían la posibilidad de inventar el misterio para, luego, hallar la realidad. Y hallar la realidad debía ser un imperativo universal. Manos intocables la tienen refundida en superficies programadas en estudios de televisión, estaciones espaciales y laboratorios subterráneos. La inteligencia y la sensibilidad fueron contaminadas de fantasías extremas.

Las nuevas tecnologías tenían necesidad de ser nombradas y la falta de imaginación de sus inventores los llevó a apropiarse del lenguaje y, sin pudor, le infligieron mutaciones irremediables a las palabras. Los poderes establecidos repitieron el código y lograron invertir los significados. Desde entonces, Paz significa eliminar a un hombre, una comunidad, una etnia. Libertad implica cárceles, torturas y vejámenes de lesa humanidad. Soberanía, invadir a un país pequeño o el país pequeño entregar su dignidad. Prensa Libre equivale a transmitir, impunemente, las suciedades subliminales entretejidas en las mesas estratégicas de las multinacionales de la comunicación. La palabra, ahora, padece la represión de la Academia de la Lengua y el rediseño en las guillotinas de la tecnociencia y la publicidad.

A través de la imagen vaporosa y el lenguaje transmutado han reducido el principio de realidad y, para desmentirlo, institucionalizaron como sentencia invulnerable, la realidad supera a la imaginación, figura imposible, pero útil para exaltar los hechos atroces que suceden cuando la arbitrariedad es guía humana y espiritual.

En momentos en que el artificio maneja el imaginario colectivo, es justo mirar el pasado. En el primer milenio las sirenas dejaron de cantar; callaron a lo largo del segundo, y en el tercero reaparecieron repitiendo distracciones enfermizas con ínfulas de universalidad. En la antigüedad los oídos con cera se cuidaban de sus cantos; su posterior silencio planteó, seguramente, desconfianza; pero su reaparición alienada en la era de la globalización causa pánico. Su repetición incesante guarda intereses pavorosos y, en medio de barrotes invisibles o atados a redes virtuales, los navegantes de la iluminación planetaria debemos escucharlas con el suspenso de futuros náufragos. El subconsciente depende, quizá, de alguna deidad artificial, cuyo fin es controlar la criatura humana y vigilar las fronteras de la galaxia. Una creación tan admirable como perversa.

La tecnociencia es de principios autoritarios, pone todo a su servicio y declara caduco a quien le oponga resistencia. La máquina de escribir, en menos de 20 años, pasó a hacer parte del mito. La palabra página no remite a una cuartilla material y de dimensiones proporcionales a las medidas de la criatura humana. Página, hoy, es una apariencia ajena a materia, volumen y peso. Es un espejismo que obedece a un Clic y allí debe escribirse poesía, cuando el poeta debe conservar algo de la inocencia del hombre en su estado natural. Carta, ventana, ratón, de su tradición milenaria, nada le transmiten a un joven de estos días. La prueba esencial de la existencia de la memoria y la imaginación era el libro; pero los usurpadores de los bienes intangibles ya cogieron la palabra libro para expresar todo lo opuesto a un libro. Los paraísos virtuales ocupan el espíritu y, la falta de una realidad objetiva, ha llevado a los corazones inocentes a buscar en los mundos ilusorios su amor concreto. El hombre, ni siquiera, será necesario para el monótono vicio de la reproducción. Un científico, sonriente, afirmó, si la humanidad desaparece en una catástrofe atómica, nada le pasará a la naturaleza. Una década atrás, otro pensador había dicho que el hombre era tan optimista que creía que estaba a punto de desaparecer. Se intensifica el sarcasmo hacia el humanismo y las ideologías mueren de acuerdo a engaños planificados en centros de pensamiento de avanzada o en agencias de publicidad. Es una mutación dinámica y quienes eligieron la literatura como forma de vida sólo tienen a su disposición una palabra manipulada y unos sueños a punto de ser condicionados por programadores de necesidades tan seductoras como inexistentes.

¿Cómo crear con el humanismo herido y la conciencia individual difuminada en alucinaciones electrónicas?

Como siempre se hizo y siempre se hará. Más en el borde de la soledad que en el centro de la multitud. Más confiado en el milagro del inconsciente que en el gas pragmático que visualizó La Muerte de la Poesía como el acontecimiento del Siglo XX. Más en las experiencias de la vida que en las prebendas de instituciones que necesitan enaltecer y falsear. Los creadores que sobrevivieron a Los Fines de la Claridad deben seguir persistiendo en su error. En su error empezaron y en su error concluirán; pues el creador no debe someterse a las exigencias que van surgiendo de necesidades exteriores a la integridad de su ser. Poca creación literaria dejará, por ejemplo, poner el talento al servicio de conmemoraciones históricas, si ello no proviene de una motivación interior. Lejos del ruido alucinante de la moda estética, trabajará con la pasión de la primera vez y disfrutará la compañía de sus autores favoritos. Con ellos dormirá y en sueños establecerá diálogo de igual a igual e, incluso, los cuestionará. Si en ellos encuentra superadas las carencias del entorno, habrá pasado la prueba en que renuncian los aficionados. Son su consuelo insustituible a sabiendas que debe huirles. A medida que crezca su admiración, debe ubicarlos donde su mano no los alcance. Ellos, los maestros, los dignificados, son capaces de acabar con el mejor de los talentos. Es preferible ser un escritor con su mundo personal, suspendido en el signo de interrogación, que un famoso debiendo deudas impagables que el lector cobrará. En su seguro anonimato él descubre el autor insincero e, irónico, señala la procedencia de ese verso tan celebrado; en qué atmosfera tomó vuelo tan admirable cuento; de qué episodio surgió tal novela; de qué tono prestó el maravilloso eco de su voz. El lector a solas recorre la primera etapa de esa ruta quebradiza y malgeniada que el libro debe superar para comenzar a vivir. Figuras de fama absolutista han muerto apenas el lector descubre en sus libros las luces de estrellas ajenas. Después de siglos, autores proscritos han recobrado vida gracias a su propia luz mantenida bajo el brillo de simples parpadeos de neón.

El creador sobreviviente de las distorsiones de la claridad debe defender su independencia. De lo contrario, puede ser usado como objeto político por esos usurpadores del poder que encuentran en los nacionalismos el refugio a sus inclinaciones macabras. También debe cuidarse de las impertinencias económicas. La necesidad, o la abundancia, le impone a los artistas condiciones imposibles de eludir. Las apuestas pragmáticas, la riqueza y la fama han llevado tantos talentos a la desolación estética como la cárcel, la locura y la miseria.

Los obstáculos aparecen durante la escritura y después de ella. Los de talento los agradecen; los elegidos de la vanidad reaccionan enfurecidos. Sin el silencio, la negación, las envidias vengativas y demás métodos de exclusión, el escritor no tendría cómo saber si lo es. Fuera de las arbitrariedades convencionales de la sociedad, el tiempo es el principal. Todo tiempo es breve para un creador y, sin embargo, su trabajo debe ser lento, respetuoso de los abismos invisibles y de las pausas necesarias. El pasado, presente y futuro lucharán por no dejarse someter a las libertades de su obra. El tiempo del autor es el intemporal y, por eso, logra alejarse de las dinámicas de grupos, escuelas o manifiestos, artífices de buenos propósitos que terminan impidiendo el desarrollo de personajes autónomos que le permitirán identificar su obra con el ser esencial de los demás.

Es una opción dura de sostener. Pues los manipuladores de la época creyeron pocas las alteraciones ocasionadas a la realidad y moldearon el AutorClic, cuya característica esencial es desempeñar oficios ajenos a la literatura y seguir a su agente, y su agente se mueve con la agilidad del mouse para terminar, siempre, donde hay mayor rentabilidad. Si se adapta a las habilidades ratonescas, alcanzará la gloria instantánea. En cambio, si un escritor quiere seguir siendo un hombre de letras será eliminado de ferias, editoriales, traducciones y premios. Si sus libros son editados, serán pedestal de autores de visiones extremas. Los creadores de ayer no se ajustan al modelo impuesto y, por ello, se cuestiona su existencia. Se duda que Shakespeare sea el autor de su obra. Nerviosos académicos tratan de demostrar que, al menos, los párrafos no vulgares fueron escritos por un aristócrata de pensamiento refinado y virtuoso en el Arte de Comer y de Vestir. Cervantes tampoco se ajusta al modelo actual y, por eso, en los homenajes exaltan los episodios de su obra que invitan a la carcajada e ignoran la vida dolorosa que le diseñó el poder de su época. Intelectuales menos angustiados por las finezas de los creadores de genio, dictan conferencias explicando por qué no han leído a Shakespeare, Cervantes y otros de suerte similar.

El AutorClic no es un novicio sometido a los despropósitos seductores de agentes y editoriales. Sabedor de sus dones capciosos acomoda su personalidad a las exigencias de los poderes públicos y privados, cita frases efectistas de los inmortales, carece de humor y un chiste de tinte transnacional le basta para sorprender a otro escenario cosmopolita donde, al saludar y despedirse, repetirá, nada enaltece tanto a un poeta como el fracaso. No tiene ninguna preocupación distinta al éxito, depende de la admiración ajena y sus producciones van dirigidas a consumidores de papel impreso que no saben leer y viven ansiosos de aventuras, parábolas y perversiones. Es tan adorable que puede publicar engaños vacíos de contenido y de forma. Un editor aseguró que estaba en capacidad de volver best seller un cubo de páginas sin una letra. ¿Para qué inventar la llave que revelará nuevos misterios si el arte, también, es de vencedores e inescrupulosos?

Un blindaje hipnotizante protege al AutorClic. No le inquieta saber que la publicidad es el horno crematorio de la creación. Extrae sus engaños de la religión, la historia, el arte, el crimen, o de sus aventuras como turista de las letras. Simplemente el olfato ratonesco del agente propone, un equipo recolecta la información, otro redacta y el AutorClic interrumpe sus empleos antiliterarios, revisa de afán en la pantalla, pone su fotografía y la logística de las editoriales se encarga de exhibirlo en las nebulosas de la fantasía comercial. La publicación de finas pastas se venderá como la obra de un creador y si no encaja en género esotérico, documental, sociológico, ni periodístico, se le impondrá la fascinante marca de Novela. Si le acusan de plagio, los comentaristas de la red internacional de los nuevos saberes le admiraran su extraordinario talento para actualizar; actualizar; siempre actualizar. El dinamismo de la época permite todo. La poesía no será editada, siquiera, para obsequiarla por la compra del engaño de finas pastas; no insista en regalarlos, señor, encarecen el traslado de las bodegas a las librerías, le dijeron a un poeta días antes de la feria del libro en Bogotá. Claro, si a un AutorClic se le ocurriese exaltar en líneas desiguales las atrocidades de un personaje del horror, el producto recibirá la chispa mágica de los medios, obtendrá el aura de inmensa aceptación y no pocos comentaristas hablarían de la resurrección de la poesía. De paso salvaría de la quiebra a muchas editoriales como lo siguen haciendo las publicaciones que, año tras año, provoca la figura de Hitler, deidad de millones de admiradores secretos que se acostumbraron a consumirlo gracias a los detractores que encontraron en su huella macabra motivaciones históricas, estéticas, políticas y de pensamiento.

El ritmo ratonesco no está solo perfeccionando las condiciones para poner en cuidados intensivos la creación literaria. Después de pasearse en laboratorios de última generación una científica americana concluyó que la naturaleza del hombre no está hecha para leer. La carcajada enemiga de la lectura de Hipno resonó desde la época de los dioses griegos y, a la vez, las multinacionales de la comunicación publicitaron el descubrimiento como una verdad maravillosa y la conspiración en contra de la lectura se aproximó a su nivel óptimo. Es tan dura la conspiración que a los mismos escritores les impide leer en la vigilia para releer en sueños. Les ha abreviado el tiempo necesario para enterarse de sus pares, de los predecesores y, algunos, no alcanzan a llegar a los clásicos a quienes, no sólo se les debe aprender, sino enriquecer hallándoles nuevas posibilidades de interpretación.

En este ambiente, controlado en todas las direcciones, poetas y escritores deben crear a pulso. Los críticos esperan una obra capaz de brindarles la oportunidad de descubrir personajes que les permita aventurar hipótesis para ayudar a descubrir la realidad refundida en los diferentes planos de la fantasía, paso previo para liberar a los ciudadanos del imperio de la claridad. Tal vez les asista la razón. Pero en siglos anteriores las dos actividades marchaban juntas. Los críticos sentaban posiciones literarias e iluminaban a los escritores en formación. Los críticos no dejaron en el olvido a Kafka, Proust y, después de seis siglos, rescataron de la biblioteca a la Divina Comedia. Los críticos aventuraban con la misma pasión que los creadores y, sin temor, establecían conexiones entre situaciones reales e imaginarias. En la obra de escritores y poetas, excluidos de su tiempo, críticos y académicos descubrieron los monstruos ocultos en la normalidad y profetizaron las posiciones autoritarias y las calamidades que hoy tienen al mundo pendiendo de la sonrisa de la tragedia.

Pero el exceso de claridad también afectó a los críticos y han optado por la indiferencia. Si bien la indiferencia es menos nociva que el elogio, sin crítica, escritores y lectores tendrán menos posibilidades de descubrir los misterios de su entorno. La autocritica es insuficiente para perfeccionar una obra llamada a perdurar.

Ante la alteración de la realidad, la indiferencia crítica y el hambre multinacional del AutorClic, el creador debe hacer de su obra una experiencia espiritual, como lo dejó escrito el ejemplo de los grandes del ayer. Se hace necesario reescribir incansables veces la frase esquiva. Recobrar la paciencia para hacerlo de rodillas. Experimentar la equivocación creativa de ver el sol en plena noche. Un Clic no puede desaparecer el miedo seductor de enfrentarse a aquello que durante generaciones se llamó la angustia ante la página blanca. La criatura que le confía la vida a la poesía lo hace porque ha encontrado en el arte la posibilidad para sugerir, preguntar, descubrir monstruos y encantos que habitan el alma. Si el cultivador de la palabra es sincero, las generaciones del futuro sabrán de un escritor, de esta época, que murió gritando a sus personajes; de un poeta que murió dándose consejos sobre cómo mejorar el verso que le avergonzó. Los lectores volverán a leer páginas en cuyas líneas fluye el espíritu y la sangre de una comunidad lingüística. Volverán a saber, en fin, de autores de esta época que, antes de llegar a ninguna parte, perfeccionaron su obra hasta cuando les permitió la agonía del breve viaje de la vida. Y, entonces, sólo entonces, quedará escrito que La Muerte de la Poesía no pasó de ser el gas de una intoxicación cerebral que sufrió un Nopoeta en momentos previos al surgimiento de Los Fines de la Claridad.

La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee.

  Tomado de Kalewche.com La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee El breve ensayo que compartimos a continuación, y que puede leers...