viernes, 1 de mayo de 2009

IDEA VILARIÑO, POETA URUGUAYA

 

 

 

La noche

 

La noche no era el sueño

Era su boca

Era su hermoso cuerpo despojado

De sus gestos inútiles

Era su cara pálida mirándome en la sombra

La noche era su boca

Su fuerza y su pasión

Era sus ojos serios

Esas piedras de sombra cayéndose en mis ojos

Y era su amor en mí

Invadiendo tal lenta

Tan misteriosamente.

 

 

 La piel

 

Tu contacto

Tu piel

Suave fuerte tendida

Dando dicha

Apegada

Al amor a lo tibio

Pálida por la frente

Sobre los huesos fina

Triste en las sienes

Fuerte en las piernas

Blanda en las mejillas

Y vibrante

Caliente

Llena de fuegos

Viva

Con una vida ávida de traspasarse

Tierna

Rendidamente íntima

Así era tu piel

Lo que tomé

Que diste.

 

En noches de la tierra

 

Con amor corroído desplazando

Una pierna cansada

Con cansancio

Apurando sin ganas

Las cosas de la vida

Repitiendo que sí

Asistiendo pasando

Repitiendo la noche

Apartando la sombra

Dejando

Viéndolo

De párpado pestaña iris sombrío

De mirada

De piel

Duro

Metálico

De otro

De amor o no

Relampagueante

Mirando ciega e

Interminablemente

Sin luz y sin pasión

Así pensando

Con un brazo dormido recorriendo

Distancia hasta alcanzar párpados tibios

Con temblor con calor

Con miedo

Párpados

Entre un frío mortal de noches de la tierra.

 

Maldito sea el día

 

Maudite sois la nuit

Ch.B

 

Aplastadas las horas la resaca

Del día por lo alto en lamparones

Quedándose en el aire

De las estrellas para acá

Colgando

Y tú y yo y tú pisando lo del día

Es decir olvidando la memoria

Es decir tú y yo y tú

Nosotros mismos

Por una vez

Por fin

Después de todo

Dejado todo aquello por el aire

Desembocando enteros como piedras

En el agua

En el ámbito intacto de una noche

Que no alcanzaba a nadie

Como piedras

Arrastradas rodando por un lecho

Musgoso y bien cavado por los siglos.

 

La primavera entera

 

 

La primavera entera

Con palomas y tallos y huracanes

Con baldes de agua tibia

Con una mariposa corpulenta

Aleteando afelpada

Con un jardín un bosque una floresta

Poblada de humedad y hojas podridas

Y fragancias y vahos y vaharandas

Y raíces feroces y qué no

Toda la primavera se volcaba

Respirando durmiéndose

Aleteando en mi lecho.

 

Carta I

 

 

Como ando por la casa

Diciéndote querido

Con fervorosa voz

Con desesperación

De que pobre palabra

No alcance a acariciarte

A sacrificar algo

A dar por ti la vida

Querido

A convocarte

A hacer algo por esto

Por este amor inválido.

Y eso es todo

Querido.

Digo querido y veo

Tus ojos todavía pegados a mis ojos

Como atados de amor

Mirándonos, mirándonos

Mirándome tus ojos

Tu cara toda

Y era de vida o muerte

Estar así

Mirarnos.

Y cierro las ventanas diciéndote

Querido

Querido y no me importa

Que estés en otra casa

Y que ya no te acuerdes.

Yo me estoy detenida

En tu mirar aquél

En tu mirada aquélla

En nuestro amor mirándonos

Y voy enajenada por la casa

Apagando las luces

Guardando los vestidos

Pensando en ti

Mirándote

Sin dejarte caer

Anhelándote

Amándote

Diciéndote querido.

 

 

Calle inca

 

Faroles incas ruben

Subiendo por la cuesta

Flores de paraíso por el suelo

La escuela

Mil novecientos cuánto

La esquina las estrellas.

El jardín inca ruben

Tibio escalón silencio

Ramas entrelazadas

Una hormiga subiendo.

Tibio frío la luna

Las estrellas sin cuento.

Olor a tierra ruben

Jazmín y madreselva

Los laureles rosados

Los helechos la verja.

Frío ruben los oscuro

Olor de aquellas flores

De aquellos años fiestas.

Una hormiga subiendo

―faroles inca ruben—

Su camisa celeste.

 

 

La limosna

 

Abre la mano y dame

La dulce dulce miga

Como si el dios si el viento

Si el ardiente rocío

Como si nunca

Oye

Abre la mano y dame

La dulce miga

O dame acaso el tiempo

Corazón que sustentas.

La piel no ni el cabello

Mezclado ni el aliento

Ni la saliva ni

Todo lo que resbala ajeno

Por la piel.

No si es posible

Si oyes

Si estás si yo soy alguien

Si no es una ilusión

Una lente alocada

Una burla sombría

Abre la mano y dame

La sucia sucia miga

Como si el dios si el viento

Si la mano que abre

Que distrae el destino

Nos concediera un día.

 

 

Casi todas las veces

 

Conozco tu ternura

Como la misma palma de mi mano.

A veces entre sueños la recuerdo

Como si ya la hubiese perdido alguna vez.

Casi todas las noches

Casi todas las veces que me duermo

En ese mismo instante

Tú con tu suave abrazo me confinas

Me rodeas

Me envuelves en la tibia caverna de tu sueño

Y apoyas mi cabeza sobre tu hombro.

 

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La Pipa de Magritte

 

El pasado 28 de abril murió la poeta uruguaya Idea Vilariño a los 89 años de edad, en un hospital de Montevideo tras haber sido operada de urgencia la víspera por una obstrucción intestinal, informó un portavoz médico citado por medios locales.

 

Vilariño fue una de las más destacadas figuras del mundo de la poesía uruguaya, con sus creaciones líricas reunidas en obras como La suplicante, Poemas de amor, Nocturnos y Poesía. La también ensayista y crítica literaria pertenece al grupo de escritores denominado Generación del 45, del que también formó parte Mario Benedetti, también ingresado en un hospital de Montevideo.

 

Idea Vilariño trabajó como profesora de Literatura de enseñanza secundaria desde 1952 hasta el golpe de estado de 1973, en Uruguay. Sus traducciones y trabajos sobre Shakespeare han sido reconocidos en el mundo académico latinoamericano. Tras la dictadura, en 1985, obtuvo la Cátedra de Literatura Uruguaya en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República. En su trabajo como compositora, destacaron dos temas míticos: A una paloma (cuya música compuso Daniel Viglietti), y la Canción y el poema (con melodía de Alfredo Zitarrosa).

 

lunes, 27 de abril de 2009

DIARIO DE LOS SERES ANÓNIMOS/ Omar Ortiz



VIGLENISA Y TEOTISTE RUIZ


Nuestro padre devengaba el sustento
de un criadero de guaguas.
Dulcinea y Maritornes, llamaban sus más queridos animales
por ser nombres paganos, apelativos de cómicos 
ajenos al santoral cristiano.
Más de un sobresalto pasaron vecinos 
y desprevenidos visitantes que confundían 
los sabrosos roedores con ratas gigantes.
Por ello y por un cerrero pelambre que deslucía 
nuestro rostro, no casamos de  mozas ni fuimos mancebas
cuando el pudor estorbaba.
Ahora, en colaciones, arequipes, postres, achiras, 
bizcochuelos, mantecadas y sorbetes, 
prodigamos nuestra malograda ternura.




MARÍA LUISA DE LA ESPADA


Por defender mis privilegios
permito se me incluya en este opúsculo.
Un tal De Quincey publicó hace algunos lustros
la historia de una monja que disfrazada de alférez
arribó al Nuevo Mundo.
Es tiempo de aclarar el infundio.
No existió tal monja y sólo yo enfundada en traje de guerra
me allegué a estas tierras con el capitán Juan de Borja 
a poner sitio a la tribu Pijao
alzada en armas contra Su Majestad.
Con el auxilio de Dios y de Fray Pedro Simón
consumamos el exterminio.
Nos dimos entonces a la búsqueda de tesoros,
encontrando mucho oro y el perdón del Señor, 
que acogió mi alma cuando el veneno 
de Su Ilustrísima paralizó mi corazón.




HÉCTOR FABIO DÍAZ


Llevo encima el traje azul, la corbata naranja,
la camisa que tanto gusta a Margarita, la del 301, 
los zapatos negros recién lustrados,  una pinta de hombre, 
como dijo mi madre después del beso ritual de despedida.
En la Kodak me tomaron la foto para la solicitud de empleo.
Pero de pronto me empujaron a un auto,
Me pusieron dos armas en la cabeza.
Y acabe tirado en una pocilga.
Donde me preguntaban por gente desconocida.
No señor, decía y me pegaban.
Sí señor, respondía, e igual me pegaban. Duro, lo hacían, 
como si no tuviera carne, ni huesos, ni sangre, ni alma.
Ya no tengo traje azul, ni corbata naranja, 
ni puedo abrazar a Margarita.
Ahora soy una desteñida foto que mi madre
lleva a cuestas en plazas y desfiles.




DULIMA MONDRAGÓN


Soy viuda de Walter  fabricante de condones
que nunca usó. Por ello soy parida varias veces,
tantas,  que mejor callo.
Mi sino es un túnel con apariencia de espejo. 
De niña me apasionaban las dalias,
pero mi madre sembraba arroz en los floreros.
De adulta, para equilibrar mis emociones,
decidí escudriñar los secretos de la respiración,
leer a Chopra, practicar el Feng Shui,
y convertirme en vegetariana mientras gano mi sustento
embutiendo carnes en un conocido frigorífico.
Mi vida es idéntica  al lugar que habito,
finge ser un paraíso pero sus naturales
padecen las más atroces pesadillas.




CAROLINA RUEDA


Mi madre dice que soy parienta de las libélulas.
Debe ser cierto, porque de niña coleccionaba
bombillas de colores.
Me quedó en algo la costumbre, ya que soy
la artista principal de un circo de sombras chinas.
La carpa que cobija mi errancia ha sido testigo
de mis múltiples y aplaudidas transformaciones.
Puedo ser emperatriz de Babilonia 
y modesta costurera de barrio, en menos de un parpadeo.
Funámbula o recitadora de versos, 
según el espectáculo sea con luz solar o eléctrica.
También represento papeles dramáticos.
He sido esposa y amante pero siempre salgo del lío,
no más apago el interruptor y termina la función.




TRÁNSITO MARTÍNEZ


Lavo con lejía y flores de naranjo.
Aún así no puedo desvanecer los secretos.
La ropa enseña el alma de sus dueños, 
sólo hay que saber leer en el cuello doblado, 
en el brillo del calzón, para no mencionar intimidades.
No hay arcanos para la lavandera, 
por eso me huyen quienes disimulan fraudes y engaños.
Y eso que en mi boca no se cuecen novelas, 
pues estilo el recato. Una pequeña mancha
puede esconder el azufre de la desventura.
Las piedras del río ya no golpean mis pequeñas historias.




CLEMENCIA TARIFFA


Hacer una flor es estampar una sonrisa alada.
Una orquídea finge el secreto coqueteo de la luz, 
como si una mujer pudiera moldearse en un parpadeo.
La astromelia es el lecho acunado por la lluvia, 
el cultivo del agua es salmón y violeta.
Pero no puede ser híbrida la belleza, es el principio del engaño
que no por fastuoso causa menos dolor.
Tanto hay que descubrir, para qué deformar
la fragancia de la rosa, el encendido amarillo del girasol.
Mi mano es cuidadosa con el ángel, 
no es repetible su encanto ni su olor.
La tierra que abono, el tallo que vigilo, 
la hoja que acaricio, son los mensajes del milagro, 
las formas secretas de mi alma.


lunes, 13 de abril de 2009

BALADA DE MARIO EL POETA RIVERO



La Pipa de Magritte

Mario Cataño, más conocido como Mario Rivero, se inventó a sí mismo, se hizo poeta luego de haber sido todero: estibador, cantante de tangos, empresario, vendedor de enciclopedias, trapecista, locutor, mago, enamorador y hasta poeta. Su obra figura en la poesía colombiana, más allá de las resistencias de algunos y los vituperios de otros, como una de las más innovadoras de las letras nacionales; precursora, dirán otros, de la llamada poesía urbana. Exnadaista, dedicó buena parte de su vida a pulir otra de sus obras: Golpe de Dados, la revista de poesía con más trayectoria y capacidad de (re)sistencia hasta la fecha, al menos en el ámbito nacional.

Se le recuerda, entre otros hechos, por las polémicas sostenidas con otros vates al ubicarse en orillas tan extremas como aquella que hace de lo cotidiano una poesía que narra, que cuenta cosas, incurriendo muchas veces en caídas cercanas a lo puramente anecdótico, recurriendo a un lenguaje desnudo, a veces tan precario como el lenguaje de las noticias, sin ritmo ni sonoridad alguna que prefigure al menos el tono personal de quien escribe; poesía que busca-ba reivindicar lo popular, lo anodino, aquello que aparentemente no era preocupación de la otra poesía que se sabe culta, casi pura, cifrada en imágenes o códigos de alguna estética que presupone lo estrictamente poético.

En una reseña sobre su obra, el narrador colombiano radicado en Alemania, Luis Fayad, escribe:

“Mario Rivero ha vivido en su oficio personal acompañado de otra pasión, que brota de la misma fuente, interesar a los lectores por la poesía, por todos los poetas, y crear nuevos lectores. En treinta y ocho años de existencia su revista Golpe de dados le ha dado esa satisfacción, que es mayor al ver que algunos de los que antes eran sólo jóvenes lectores, publicaron después en sus páginas, y que con los años éstos les dieron paso a los que todavía sólo leían y no podían juntar un manojo de poemas para enmarcarse en la portada de la revista. Su colección nos ha dado capítulos enteros de la historia de la poesía colombiana, de la que repasamos desde sus comienzos hasta la que nace de ahí y se desarrolla en nuevas formas y argumentos. Nos da la poesía de otros países del idioma y nos trae las voces de otros continentes que nos ayudan a escuchar nuestra propia voz. Una revista siempre renovada, sin variar su diseño desde el primer número hasta el que circula hoy, sostenida por un único propósito desde su fundación, publicar poesía, así como lo concibieron su director y sus fundadores en el año 1972, para que el formato y el nombre no se envejecieran con el tiempo. La poesía le daría el brillo en cada número para hacerla una revista actual. Y con el tiempo, por haberse mantenido en su propósito, se ha ido transformando en algo distinto, en lo que el solo carácter de revista no abarca lo que ha llegado a ser su publicación. Ha llegado a ser, claro, de una parte, esa colección que uno tiene a su lado y consulta sin mirar, conforme con el cuaderno que el azar puso en sus manos. Pero además de ser una revista, Golpe de dados se ha convertido en una editorial que publica poesía, su trayectoria le ha adjudicado esa otra función, por lo que representa entre los lectores y en el mundo de las revistas y las editoriales, treinta y ocho años acompañando a los lectores en su casa íntima de la literatura, donde se comparte el afecto tan sencillo por la poesía y el placer enorme de convivir con sus visitas”.

“Mario me llamo/ soy mordisco al aire/ soy un husmea-cosas/ soy un cuenta-cosas”. Así arranca el poeta antioqueño Mario Rivero, ‘Motivos del día’, una de las obras que muy seguramente recordaran los seguidores de este envigadeño de 74 años a quien una afección cardiaca se llevó este domingo, dice uno de los diarios al reseñar lacónicamente la muerte del poeta antioqueño.

“Digo mentiras inútiles/ y verdades inútiles/ Converso con los ancianos/ que descansan en la hierba/ o sobre los pedestales/ de los héroes/ Con el buhonero/ que vende transistores/ o lentes para que alguien se esconda/”, es otro de los fragmentos de ‘Motivos del día’. Remata el escribidor de obiturarios de algún periódico que vende noticias y la muerte de un poeta no es noticia, y no puede serlo, porque los poetas apenas si existen en las estadisticas de algún distraído, de algún lelo, de algún lector acostumbrado a la lectura de cosas sumamente extrañas e inútiles.


jueves, 9 de abril de 2009

LITERATURA Y VENENO/de Claudio Magris



La Pipa de Magritte


Por considerarlo oportuno, significativo y hasta necesario retomo apartes de este artículo de Claudio Magris aparecido reciéntemente en la revista El malpensante, con la advertencia de que si llega a reflejar la realidad nacional y local no es por casualidad, sino porque es parte de una práctica inveterada que resulta indispensable desnudarla, quizás así podremos mirarnos en la luna de enfrente, en el espejo insinuante, donde las verdades saltan como sapos en la cara. Pero como bien sabemos, y como ocurre con los vampiros, no seremos capaces de reconocernos en las imágenes que éste, el espejo, nos devuelve.


LITERATURA Y VENENO


Según Brecht, Baudelaire era un poeta pequeño-burgués cuyas palabras son como chaquetas viejas remodeladas, mientras que para Tolstoi las sensaciones evocadas por su lírica no le pueden interesar a ningún hombre en sus cabales. Brecht, por otro lado, fue definido por Ionesco como un poeta didascálico, un estúpido creador de personajes de cartón piedra, y por Döblin como un novelista anticuado. Proust fue liquidado por Beckett en una sola palabra, “güevonadas”, y Beckett a su vez fue tildado por Arno Schmidt de ser un epígono inútil de Maeterlinck. Para Voltaire, Homero es aburrido, y según Benn, Lawrence, Virginia Woolf, Pound y muchos otros, Joyce era un mediocre. Nabokov considera ineptos a Mann, Conrad, Cervantes, Camus, Eliot y Pound; La divina comedia, para el expresionista alemán Albert Ehrenstein, es la obra académica, cerebral, pesada y sádica de un poeta musical pero monótono.


La lista podría prolongarse a voluntad. Los poetas insultan a los poetas, como dice el título de una antología de estas injurias compilada en alemán por Joerg Drews. Estas manifiestan un ensañamiento y una crueldad que muy difícilmente se encuentra en las furiosas rivalidades que también existen, como es obvio, en otras categorías sociales, desde los políticos hasta los empresarios y los comerciantes. Los juicios de muchos grandes artistas sobre sus colegas demuestran una torpeza única, o bien una envidia lívida y pueril, incapaz de ser controlada o al menos disfrazada. El libro de Drews –y hay más ejemplos– muestra la escena literaria (y en general la artística) como una arena de mezquindades y de rencores que parece elevar a la enésima potencia las ruindades y los rencores, la falta de amor, de generosidad y de grandeza existentes en cualquier conglomerado humano, desde la familia hasta la oficina, el mercado o el partido.

Este vulgar y faccioso desconocimiento del otro –que tan a menudo desfigura perversamente la boca de escritores que en otras ocasiones han sido capaces de proferir grandes palabras llenas de humanidad– se justifica a veces por la necesidad que tendrían los artistas de afirmar su propia visión y representación del mundo. Para lograrlo recurren a la negación de otras visiones y representaciones, distintas o contrarias a las suyas, que podrían oponerse a ellas y ponerlas en dificultad o por lo menos en discusión. Una gran obra clásica y armoniosa puede poner en crisis al autor de una gran obra fragmentaria y desacralizante, poner en duda su legitimidad e impulsarlo por lo tanto a rechazar de un modo sectario ese clasicismo, del mismo modo que puede suceder lo inverso. En un caso así, el juicio sale desequilibrado, pero al ser unilateral se entiende que proviene de un sufrimiento, de la necesidad de proteger una exigencia creativa, lo que no justifica ese juicio, pero lo explica y le confiere cierta dignidad humana. Conrad o Hamsun se equivocan, por supuesto, al condenar a Dostoievski y a Ibsen, pero uno entiende por qué sentían la necesidad de hacerlo.

Más a menudo, sin embargo, estas diatribas endogámicas, que no se salen del mismo gremio, desnudan un origen menos noble: un narcisismo exasperado, una pretensión de ser el único dios creador al que hay que adorar, y una penosa inseguridad, que percibe todo homenaje ofrecido a otro como un hurto y un atentado contra la propia necesidad de ser amado y aceptado. En este sentido los consumidores de arte –lectores, escuchas, espectadores– son mucho más libres y mucho más generosos (más poéticos) que los productores de las obras que ellos aman y admiran, porque, en su politeísmo artístico, saben muy bien que amar a Mozart no significa quitarle nada a Beethoven, y que se puede y se debe amar al mismo tiempo a Brecht y a Baudelaire, a Proust y a Beckett. Como en la casa del Padre, según dice la Escritura, también en la casa del arte –de cualquier arte– hay múltiples habitaciones y está permitido frecuentarlas y habitarlas todas, sin que por esto se le esté haciendo un desaire a las demás.

Sin embargo el poeta, que por un lado es un alto mensajero y portador de humanidad, parece muchas veces sucumbir al más innoble de los vicios, la envidia: envidia que, a diferencia de los otros pecados capitales, no consiste en la exacerbación de un desorden en sí mismo bueno (como la lujuria lo es del amor y del sexo o la soberbia del respeto de sí mismo), sino que es toda entera y por completo un mal y una negación, disgusto ante la vista del bien ajeno, que sin embargo nada nos quita y debería alegrar a todo el mundo, porque la existencia de Ana Karenina es algo que enriquece a quienes escribieron Los Buddenbrook o El proceso.
Claudio Magris (Trieste, 1939) Escritor, traductor y profesor de la Universidad de Trieste.

sábado, 4 de abril de 2009

EMPRENDER LA NOCHE, de José Zuleta Ortiz



Por Hernando Guerra Tovar


José Zuleta Ortiz (Bogotá, 1960), nos muestra en su poética mundos diferentes, que sin embargo han estado ahí desde siempre, al alcance de nuestros sentidos, de nuestra mirada, acaso empañada por otras urgencias, otros apetitos. Lejanos territorios de la cotidianidad más inmediata. Objetos cercanos, teñidos de una voluptuosidad desconocida, colmados de belleza nueva; distinto rostro del entorno familiar, paisaje inadvertido hecho presencia.

Asistimos en esta poesía a un itinerario por el envés de las cosas, el otro lado de los usos y costumbres, el redescubrimiento de regiones externas e internas del hombre, en su discurrir por la tierra que le es propia o ajena, según nuestra percepción, de acuerdo al lado y al lente desde el que lo abordemos. El verbo, limpio de los sedimentos de siglos de uso, desuso y maltrato, muestra ahora su identidad primigenia, intacta. La Antología Emprender la noche (Colección Los Conjurados, Común Presencia, 2008) es así, poéticamente, un llamado del autor para que busquemos en el sueño la vigilia de nuestros actos, del entorno, los motivos que habitan más allá de la apariencia, la verdad oculta, el fin y el propósito que impulsa todo acto, todo hecho, toda circunstancia.

Desde siempre el poeta se ha caracterizado por su condición de vidente, por el desarrollo de su capacidad de intuición, de la percepción atenta o verdadera, que linda en la sabiduría, en el conocimiento. Ortiz Zuleta asume en su palabra dicho propósito, en un lenguaje sencillo, alejado de cualquier posibilidad de estridencia o de retorica. A contario sensu, lo hace de una manera natural, como bien lo anuncia el también poeta y escritor Elkin Restrepo: “Por un don inestimable, a José Zuleta se le ha permitido hacer propia la magia natural de las cosas, sin artificios, ni retóricas intelectuales, que es lo que suele suceder entre nosotros” (…) Nos entrega así, “sus poemas claros, sensuales, espléndidos, aferrados a pequeños rituales y percepciones repentinas...” Miraremos, pues, con el lector, libro por libro, el contenido de esta obra, de un autor que se destaca como una de las voces originales, auténticas, de la poesía de su generación en Colombia:

“Las alas del súbdito” (Primer Premio Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos, Riosucio Caldas, 2002), constituye un recorrido por la sencillez, por la elementalidad de la vida. La paradoja de lo cotidiano enaltece el milagro del ser, en lo rural, en lo urbano. En el silencio. En el barullo. Las discretas costumbres de una región de belleza y riqueza invaluables, ignoradas por un Estado ciego y sordo, se vindican en este libro, que nos recuerda en un viaje por río a través de la selva, las contingencias del árbol que en su mágica presencia, cobra aquí sentido estético más allá de la posibilidad ética: “…se respira el agua…la balsa avanza. / Chaquiro, Sajo, Amarillo, Cedro, Tangare, / Comino, Flor Morado y Chanúl. / Tantos años erguidos; como casa de pájaros, / camino de ardillas, trapecio de micos, / sombras de orquídeas, / filtros de luz…” (Bocas de Satinga).

Y el contraste urbano lo aporta el anodino personaje “pregonero de abalorios, de ilusiones”, que después de una faena extenuante por la ciudad, como “súbdito de riquezas anónimas / (que) vende para pagar facturas ajenas. (…), llega por fin a su colina amada y “feliz: sabe que en algún lugar / de la estancia están esperándole las alas… / ahora podrá volar lejos del reino, lejos del vocerío, / y verá / desde lo alto el mundo, y hasta podrá quererlo. (Las alas del súbdito). Paisaje rural y urbano de un uni-verso que se redescubre en su contraste de oscura desidia, ante la aceptación de una alienación sin límite, en la dura modernidad que nos constriñe.

En “La línea de menta” (Colección Escala de Jacob, Universidad del Valle, 2005), la lúdica de los sentidos hace del fruto un festejo:”Avanzo por la tierra y sus fragancias, / siento las caderas dulces de los mangos, / los cascos cosidos con hilos blancos / en el costurero del mandarino. (…) El erotismo sutil de la palabra deriva en el entretanto del ocio que brinda la siesta, “el menú” del cuerpo hecho manjar del deseo: “Después de la prisa / de las prendas cayendo, / mariposas urgentes vuelan tu pecho”. Todo aquí convida al descanso, al solaz, a la contemplación de un mundo detenido en la pereza. Salvo el texto que nomina al poemario, la agenda del poeta y del poema es insustancial: “Viviría soñando…/ vagaría en duermevela / por libros claros, / por películas, / por cuadros rojos y amarillos, / por recetas perfumadas de hierbas. Sin embargo, entre esta despreocupación cercana al hedonismo, hay un lugar para recordar la tragedia del Raúl Gómez Jattin, su viaje intempestivo al encuentro con su progenitora. Y hay lugar, asimismo, a la trascendencia, a la mirada hecha visión, cuando Zuleta Ortiz observa el río del tiempo entre la lluvia, como en un prisma, en su recorrido por la exaltación de la fruta, para llegar a esta imagen bella y exultante: “sigo / ahora llueve / miro al fondo la montaña oscura / veo un río, / es una línea de menta que desciende.”

Tal vez la festiva despreocupación del libro que antecede haya sido necesaria en la arquitectura de la poética, de la secuencia lógica o arbitraria de la antología, hasta llegar a “Música para desplazados” (Premio Nacional de Poesía, Casa de Poesía Silva, 2003) en donde la convocatoria hecha bajo la irónica consigna “descanse en paz la guerra”, confronta la dolorosa “realidad” de una nación que se debate entre la insensatez de la violencia y la belleza inocua del poema. La dura pregunta de Höelderlin tiene respuesta en este poemario, cuando José Zuleta Ortiz consigna el hecho simple de un activismo cívico, fundado en la palabra, alejado del ataque, como corresponde al ser inteligente que no ignora las verdaderas “razones” del flagelo, del maridaje de una aristocracia rancia y corrupta, postrada, genuflexa ante poderes del “otro lado” del mar y del sueño. Entonces todo fluye y confluye. El río no sólo lleva muertos, lleva también la vida con destino al hombre citadino. No sólo lleva el cadáver del árbol milenario, transporta así mismo el alimento, es decir la paz, porque la paz, amigo lector, comienza en el estomago.

“En el andén de la Galería Alameda”, el poeta describe la atroz intermediación en el comercio de los frutos, el destino final de “tantas semanas de paciente labranza, (…). Este poema, bello en su singular desgarramiento, canta una “realidad” que se nutre de la indiferencia de quienes fungen un poder oscuro, de intereses mezquinos, podridos como aquellos frutos que no resisten los embates del clima, y la displicencia del sistema: “Derrotados en la guerra del andén, / sin los encargos de los hijos, / ni el corte de género para ella, / ni la funda nueva del machete, / suben al techo del bus de escalera, / para volver al monte azul donde / la vida es una guerra perdida.”

El campo, representado en los objetos de labranza, exhibidos en su belleza intacta, “En el almacén agrícola”, en “La siesta azul de las herramientas”. Los olores, la fragancia de un pueblo honesto, trabajador. Y “El expreso del sol”: evocación poética, con el sutil llamado, con la propuesta implícita: “Un tren haría todo más fácil.” Quienes tuvimos la fortuna de viajar en este legendario “expreso”, entre La Dorada y Santa Marta, sabemos de un país bello, que no sólo se viste del paisaje de la guerra: “También están los ríos y los puentes, / los peñascos, los túneles, / el mar, la carga y el muelle ferroviario / estás tú allá y yo aquí, / sólo falta el tren para rodar por la escalera dormida, para mirar por la ventanilla la fuga de los árboles (…). Los mismos árboles del bello poema, donde confluyen todos los milagros: la lluvia, el pájaro, el nido, “el peregrino en su sombra”, “el agua en la savia certeza de su sangre”. El árbol de la intemperie, de la noche, del frío, del rayo, de la tormenta. El árbol en el que “el fruto se tiñe de colores maduros”. Ah, los Árboles: en el silencio de su serena majestad habita un canto”.

“Mirar otro mar”, (Hombre nuevo Editores, 2006), es la celebración del goce por la vida. “Rueda sin rumbo la noche…” La alegría como motivo poético. Un delicioso erotismo recorre estos poemas. La mujer y la gastronomía se mezclan en una receta, en donde la comida de mar, las frutas y los aderezos, extienden por la página olores, sabores, exquisiteces; alcoholes en infinitas rondas de roces, risas, alas. Los nombres de los poemas hablan por sí solos: “Hambre”, “Otra ronda”, “La mujer de enfrente”, “Lo de la vecina”, “Cantar dentro de ti”, “Una cerveza en la Habana”, “Seducción”, “3 A.M.” “5.30 A.M.” “Como los ángeles”, “Placer glaciar”, “Motel Santa Bárbara”, “Tinta Roja”, “Intensidad”, “A la intemperie” “Insectos”“Visita conyugal”, “Apetitos varios”.

Sí, los títulos de los textos hablan por ellos mismos. Mas, he ahí uno de los encantos de este libro. El poeta sabe de la predisposición del lector. Algo así como una intuición psicológica. Lo cierto es que al abrir el poema, al asumirlo, nos damos cuenta del subterfugio estilístico: en “Hambre” hay un pre-texto culinario, una rica preparación de pescado con los ingredientes de la mejor cocina, que activan las papilas del gusto, para concluir con el siguiente verso, no exento de humor y coquetería: “sólo tú me apeteces”. En “Lo de la vecina” el asunto se resuelve en que hay un árbol que todas las noches, generosamente, deja caer sus frutos de piel roja y carne amarilla, sobre el prado de la vecina. Sólo basta “inclinarse y tomar en la mano la paz de la fruta”. “Cantar dentro de ti”, es otro ejemplo de cómo el autor se apropia del alcance semántico de la fruta, su magia, su deleite, para trasladarlo a la escena erótica: “Lo mejor de ti son tus silencios: / espera de mango, / distancia de naranja, (…) “Ver tus manjares intactos”, / tu hambre, (…) El poema “3 A.M.”, es un juego en el que el poeta compara un electrodoméstico con el ser deseado: “cruzo el umbral… / entreveo su blanca presencia, deseo entrar en ella, / sentir sus aromas, guío palpando mi mano hasta el secreto, (…) Al final de este insomnio sugerente, el poeta, ya de nuevo en la cama, se pregunta si habrá dejado la puerta abierta.

Hay una segunda parte de “Mirar otro mar”, en la que el poeta vuelve la mirada hacia la región del pacífico. Poemas como “Tumaco”,” “Mulatos”, “Boceto con pelícanos”, “En el alto Atrato” “Ensenada de Utría”, “Bajo San Juan”, “Bahía Solano”, “Isaura vuelve a casa”, acaso sustentan el título del poemario en tanto constituyen un intento del poeta por rescatar esta rica región, saqueada a la par que ignorada por siglos: “Abarcos, Natos, Zapanes, / Caobos y Chaquiros / abatidos. (…) (Bajo San Juan); “En el caney y el bulevar / marineros rojos bailan con negras de colores” (Isaura vuelve a casa).Es una denuncia de la sobreexplotación de los recursos y de la indiferencia de un Estado centralista, indolente, corrupto. Es asimismo la exaltación de una raza que vive en la alegría de sus raíces, de sus rituales, de la danza traída de África, y de la poesía que crece silvestre en su bella y vasta geografía: “Leve como la fragancia del agua. / Nueva, como el aire en la sangre. / El hombre de los instantes, supo: / la belleza es fuego que llama, / es la hoja que vibra en el bosque”. (Epitalamio).

El último libro de esta Antología, que contiene la obra poética hasta ahora publicada por José Zuleta Ortiz, “Las manos de la noche”, segundo premio en el concurso internacional de Poesía de la Universidad San Buenaventura en 2007, contiene ocho textos, como anticipo de la publicación del libro por parte de la Universidad Nacional de Bogotá, en la Colección Viernes de Poesía que impulsa el profesor Fabio Jurado Valencia, cuya presentación se hizo el pasado 19 de marzo de este año, en el marco del día Mundial de la Poesía que convocan y organizan cada año Común Presencia Editores y el periódico virtual Con-fabulación, poemas que mantienen la unidad temática y de tono del contexto de la obra del autor aquí reseñada: “Hace años / las ardillas viajaban / de la costa atlántica / a la costa pacífica, / de rama en rama / sin bajar al suelo. / Era cuando los árboles estaban tomados de las manos / jugando a la ronda de los bosques. (Tomados de la mano)

“Emprender la noche”, un acierto estético. José Zuleta Ortiz, “cazador de instantes”, una voz diferente que refresca la poética colombiana, a la vez que indaga y señala otras regiones de la geografía y del pensamiento; derroteros preferibles, más humanos, para la tierra, el hombre y su palabra. Otra mirada, otro mar, otras posibilidades en un país en donde la ceguera y el autismo de la dirigencia, constituyen el “Padre nuestro” de cada día.

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La Pipa de Magritte
Poeta y abogado. Fue presidente por varios años de una organización de trabajadores del sector financiero. Es autor de los poemarios Pájaro azul, Linotipia Bolívar 1994; La noche del árbol, Sociedad de la Imaginación 1998; Ciega luz, Común presencia 2004 y Sombra Embestida, Comùn presencia 2007. Hace parte de la Colección Internacional Los conjurados de Común presencia Editores, de la Muestra Siglo XXI de Poesía en Español y de la Muestra arquetípica de Poesía en Español de la Asociación Prometeo de Poesía de Madrid. Aparece en varias antologías y su poesía se publica en periódicos y revistas de Colombia e Hispanoamérica.

jueves, 2 de abril de 2009

TRAS LOS VERSOS DE JOB/Premio Nal de Poesía "Porfirio Barba Jacob"-2009




I.
Quiero decir la palabra hambre para soportar su apéndice inserto
en el último hueso de mi brazo.
El hambre, la semilla ahogada, la sílaba pálida alimenta a la piedra,
jamás a los cuerpos, piel de la carencia.
Dueño de la tierra doblegada,
del viejo pan íntegro
y del lugar de la pertenencia y el de la justa verdad,
me protejo de las garras del sol que me persigue por las calles
y sierras lejanas,
un sol arqueológico,
seco y lacónico por el mundo.
Una tierra. El lugar, el pan, el sol.
El sol entre los dientes inunda las calles donde verdea la terrible
cerrazón de la garganta.
Se le hace trampa a la sed, al desquicio de un saco de nueces,
a la crueldad de nuestra señora de la carne.
Un colmillo duerme en medio de una apetencia prolongada,
el rey de los despojos
viene por los huesos que guardamos al amparo de la noche,
la médula del gigante o del raquítico,
los olvidados,
los hermanos del desierto.
El sabor de los huesos es más fuerte que el manjar de la carne ajena.
Deber de sobrevivencia: comer del caldero un poco de pan,
una taza de agua,
escupir de la garganta el miedo
y todo el espectro de la casa.



II.

Cuando llega la oscuridad roja del nogal, vemos a lo lejos una tierra
de saliva y de ceniza, asolada por utopías y palpitaciones de sal, la
lenta destrucción del tiempo.
No hay vestido para disfrazar el horror de la mujer de vientre
saqueado. ¿A qué mundo pertenece la tragedia que rompe el rostro, la
piel seca y los dedos oxidados?
Magos de sangre oscura le ajustan al cuerpo puros andrajos.
La luna hiena ve degradarse el bálsamo de tantas flores, vasta flor
sangrienta en lo alto de su tallo.
¿Quién se traga las lágrimas de piedra y el agua del ojo abierto?
Dios escupe insultos y derrama lágrimas entre las heces de un mundo
perdido.
De vez en cuando miro por las rendijas
(entre cuatro paredes terrosas, postigos cerrados),
cómo bajan los crujidos
de millares de pequeñas miserias,
miserias ínfimas de muescas, migas,
desnudas encías,
sonajeros y espejos rotos,
la miseria por un pedazo de cobre.
Mi ojo inspecciona una ciudad en ruinas
donde se incuban las pestes
y se limpian los huesos que perforan
la dolorosa materia de los sueños.
Quienes temen y se excusan alumbrar al mundo,
los que hieren con sus formas angulares,
empuñaduras de cuchillos,
marcas de uña.
Aquellos de pupila agazapada
nos siguen con su ojo grande,
el ojo arrogante que adora la caída,
la oscuridad de la letra,
el agujero profundo.
Dios es para ellos un ojo resplandeciente,
de obsesiva luz,
artificial e implacable,
no la forma y saber de un iris antiguo,
la eternidad en el ojo del hombre.
El aguijón ya está muerto en nuestro costado más precario.
Los ojos abiertos, desvelados, enrojecidos,
pertenecen a su mundo.
Continuamos y los ojos caen al abismo.
Los cabellos, los dientes, las uñas
y el blanco del ojo, el de ellos,
traspasa la piel de todos.
Todos los hombres se pudren
por los corredores de una tierra irrespirable.
Allá un hombre justo,
más acá, un hombre equivocado,
muertos en ya olvidadas sequías de plomo y cobre.


III.

La historia no dice que “entre estruendosas matanzas el mundo fue
conquistado y reducido”. Elude el asco, el baño de misa negra, el
sabor amargo de la enfermedad, el color de un antiguo destino.
Es el lugar de la simulación: siempre de soslayo el sueño de los
pobres, el humo entre las estatuas de arcilla húmeda.
Alguien golpea el cemento antiguo, se sienta y se olvida del tiempo.
El cielo se llena de signos, vestigios y tormentas de injurias. Ya no
hay habitantes sobre esta colina. Excavemos el mundo de las vidas
suspendidas, comamos tierra, abramos cuartos olvidados y más
puertas para satisfacer los caprichos de los muertos.

IV.
Ya es hora. Ya es hora.
La hora del cínico se abre en la espesura de las máscaras:
la silenciosa procesión de encapuchados, el bufón de la cara tiznada,
el rey de burlas.
La mujer de la venda en los ojos enseña sus dientes alambrados.
La calavera está de posada en posada,
de círculo en círculo.
Los hombres groseros se visten de gris.
Todo alrededor de números y fantoches, y sin embargo el cínico
prefiere un mascarón: el Dios de la guerra, el de la lengua roja y su vestido de gasa.
No mires el reloj del impúdico hasta que paren las furias del mundo.
Los bordes rojos insinúan la herida abierta
y astillada,
la angustia en el fondo del cuerpo.
Quien señala,
el señor del índice,
precipita el incendio que corre por las yemas.
Todo huele a piel
y a poder cuando los hombres pierden la sangre
de las manos y de los píes.
Las luces se apagan, estalla una oscuridad sucia y un estrépito que
llega a los oídos del hombre muerto:
blasfemias y aleluyas, humo de incienso y hedor de sangre.
Las formas se abren a la penumbra, los cuerpos naufragan
en residuos.
En la noche hueca nadie cierra las heridas.
Nos desplazamos hacia corredores, senderos hostiles,
veredas hundidas en la ceniza y paredes oscuras sin salida.
La peste camina en la sombra con su malicia y su ardid.
Las luces se prenden, se escucha la hora oficial.
Triunfamos sobre la noche, pero la muerte infame, de acento extraño,
se hunde más y más en nuestra carne.
Con los píes descalzos entre el aserrín y los clavos sueltos, nos
quejamos de la luz rasante, de la noche feroz que nos ordena huir
o soportar un ultraje.
La memoria de la suciedad nos indica que el polvo tiene cicatrices y
una gruesa costra.
Escapamos a la señal de ofensa, a los impulsos de nuestra antigua
hambre,
a la fuerza que arranca un crujido de falanges, un molino de huesos.
Sin embargo el gusto por el pan áspero y seco persiste en la garganta.


V.
Traigo a la memoria el pasado de cuatro inviernos, un mundo blando
pero fatigoso a la vez, patria densa acostumbrada al barro y al
arbitrario alimento, un país de sombra que nos empuja sin tregua
contra el cielo bajo.
Sobre las tablas húmedas crujen los odios, el olvido, el amarillo de
sus márgenes.
“Balbucea, retrocede y huye”.Huir, fugarse, eludir, evitar sin tardanza:
el éxodo comienza.
No podemos deshacernos de esta crónica sorda,
de túmulos funerarios, viejas sepulturas,
amargas moradas del exilio,
el desierto donde la memoria es un suplicio
y los caminos (divergentes, precarios, abiertos)
descienden hasta la ruina.
Calla el bastón, calla la piedra y la huella, un hueco se incrusta entre
las palabras, mordidas y despedazadas palabras.
Las preguntas mueren, sin reconciliación, sin lugar.
Sólo una mano pasa sobre la espalda empalada, los zapatos dispersos
y la piel que cuelga de un sol a cuestas.
Jamás quisiéramos morir en este cerrado horizonte, no, en ningún tiempo.
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La Pipa de Magritte
Gabriel Arturo Castro es poeta y ensayista. Ganador de los premios nacionales “Aurelio Arturo” 1990 y “Ciro Mendía” 2006. Fue colaborador habitual del "Magazín Dominical" de El Espectador. Actualmente escribe en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República y en otros importantes medios nacionales. Ha publicado: Libro de alquimia y soledad (1992) y Alquimia de la media luna (1996).

PREMIO PORFIRIO BARBA JACOB 2009 a Gabriel Arturo Castro Morales



Otorgado Premio Nacional de Poesía
PORFIRIO BARBA JACOB
Ciudad de Envigado


La casa de poesía Porfirio Barba Jacob, otorgó el PREMIO NACIONAL DE POESÏA PORFIRIO BARBA JACOB CIUDAD DE ENVIGADO edición 2009, al poeta ganador GABRIEL ARTURO CASTRO, por su obra “Tras Los Versos de Job”.

El autor de la obra ganadora, nació en Bogotá. Es Poeta y ensayista. Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Colaborador de la Casa de Poesía Silva a través de talleres, presentaciones de libros y conferencias. Ganador del Premio Nacional de Poesía “Aurelio Arturo” 1990, y del Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía 2006. Ha publicado “Libro de Alquimia y Soledad” 1992, y “Alquimia de Media Luna” 1996.


El jurado encuentra en el libro de poemas ganador, una poesía de honda reflexión y factura poética, en consonancia con la nueva corriente poética-reflexiva que se lee en el panorama nacional de la poesía, de poetas de trayectoria literaria reconocida. Con un ritmo que gana en intensidad y emotividad, dando cuenta de la universalidad y trascendencia que pide un lector a una obra poética moderna, el autor nos muestra en una forma atractiva entre poema y prosa poética, un lenguaje rico en su propuesta semántica, radicada en la reunión de su poder reflexivo aunado a lo poético como tal -versos gráciles en su validez verbal que ascienden limpios, cadenciosos, sugerentes al promontorio comprensivo e interpretativo del lector- y al despliegue de pensamiento que retoma la arisca realidad del hombre que en el tiempo actual se debate por su vida y su huella.

“Tras Los Versos de Job” propone al lector una trashumancia poética por la extenuante y larga tragedia Jobviana que es la de todos los hombres señalados por su historia de mutua agresión, pero a la vez, a medida que se adentra en la ardua pradera del sufrimiento, ofrece diamantes de pensativo descanso para quien, como sin duda tantos esforzados lectores y vivientes, se niega a aceptar como resultado final la embestida de la muerte que esgrime sus negros espejos por doquier a fin de aplacar, de una vez por todas, con su viejo canto de sirena de desgracia a los gimientes que no se atreven a levantar su voz como el poeta, este que leemos. “Mi rencor madurará la sombra”, dice el poeta para los que quedamos; es decir, vivir y no olvidar, nos propone, para cambiar, argüimos nosotros.

EL JURADO
El jurado para esta cuarta edición estuvo conformado por los poetas: María Cecilia Muñoz, Claudia Trujillo y Edgar Trejos, quienes luego de la lectura de los libros recibidos de distintas ciudades del país, y fuera de este (Glendale, California), resaltan la calidad poética de la obra del ganador.

La publicación de la obra ganadora, en edición de lujo, es patrocinada por (Sic) Editorial, proyecto Cultural de Sistemas y Computadores S.A., quienes apadrinan este premio.
La difusión y premiación de la obra, emprendimiento de la Casa de Poesía Porfirio Barba Jacob, es apoyada por la Secretaria de Educación para la cultura del Municipio de Envigado.

El evento de entrega del premio será el JUEVES 30 DE ABRIL A LAS 7:30 pm. en la Casa Museo OTRAPARTE de Envigado.

POEMA

Entre leyes inciertas
y un miedo que lo impregna todo,
la palabra prohibida, rasgada,
contempla cielos antiguos
y tablas equivocadas.
La página no resiste la rigidez de las ordenanzas, el nombre amargo
del guerrero agonizante, su alarido de madera.
Escribimos sobre grietas o cuadernos ajados,
palotes, alfabetos interrumpidos,
letras llenas de sangre, lugar reservado para la barbarie
y sus historias de estruendo.
Y la muerte tendrá dominio,
La muerte tendrá dominio.
¿La muerte tendrá dominio?

Envigado, marzo 28 de 2009.

miércoles, 1 de abril de 2009

CANCION SOLAR Y ENSALMO / Gabriel Arturo Castro Morales



Testamentos
Juan Manuel Roca
Norma, Bogotá, 2008, 124 páginas.




MUSEO DE LOS POETAS


Hay espejos que duplican los rostros de Narciso. Y una parvada de poetas que se niega a cualquier llamado del silencio.


Hay un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección, un azaroso bodegón que envidiaría Duchamp, obra de un conde fraudulento. Hay un salón circular diseñado por un alumno de Dante donde los poetas se leen sus versos, eternamente. Alguien sostiene que en el verdadero infierno Borges debe escuchar por siempre los versos de Neruda y el diablo traducir ad infinítum los poemas juveniles de Dios.


Hay flautas rotas para llamar a Eurídice, que padece de sordera.


Hay estatuas, camafeos, medallones, óleos, monedas con grandes poetas muertos o a punto de morir. ¿Y si la poesía no fuera más que el ardid que retrasa la muerte?




¡OH! MAROSA DI GIORGIO


Cuando inauguraron con bombos y platillos la guerra
Marosa di Giorgio vio caer unos cuantos murciélagos
En los platos de la cena que hace muchos años se enfriaba.
Marosa tenía un trato familiar con los ángeles
Que bajaban a tomar leche en la cazuela de los gatos.
Tenía una colección de estampillas de ninguna parte,
Una réplica del escudo de armas de Lautremont
Y un paraguas de barbas de ballena
Que iba a tono con su blusa de flores.
La vi pasar caminando con sus pasos de algodón
Por el pasillo ajedrezado de un viejo hotel de mi ciudad.
Hice mal en no ponerle las gafas
Que olvidó junto a los restos del desayuno
Para saber si eran ellas las que la hacían ver,
Donde todos veíamos un simple poste de luz,
Un árbol compartido por novias y veleros.
Escarbaré de nuevo sus papeles salvajes,
Guardaré en el portarretrato de Nadie
Su gesto de niña y de bruja, de maga azul y madrastra de los dioses.





TESTAMENTO DE PEDRO PÁRAMO


Polvo de las desgracias
Y un jarro roto
Que gotea en otra edad,
Los murmullos de Comala
Que es la patria del viento,
Un cielo de cobalto
Asomado a un muro blanco
Despellejado por el sol,
El perchero de un cactus
Para colgar la piel del verano,
Una calle empedrada
Por donde bajan los relinchos
Antes de que bajen los caballos,
Señales de quien deja la huella
Antes de poner el paso,
Un puñado de nada
Es todo lo que hereda mi hijo,
Nieto y biznieto de fantasmas.





TESTAMENTO DE CHARLOT


Por vivir de inquilino
En el abrigo de un comediante,
Por viajar de polizón
En el teatro de sus gestos,
Por dormir a la diabla
En vestuarios y camerinos,
Por estar al vaivén
De una maleta de viaje,
Por recorrer un no lugar
En las calles del paria,
No habrá anuncios de mi muerte.
No es buen asunto
Habitar en cuerpo ajeno.





TESTAMENTO DE NEZAHUALCÓYOTL



El tigre
Se va borrando en la selva pintada,
Raya por raya,
Y el águila
En el cielo pintado,
Pluma por pluma.
Vivimos dibujados en cortezas,
Seremos tachados
Por la tinta negra del Dador.


TESTAMENTO DE JEAN ARTHUR RIMBAUD


Lejos
De la avaricia del silencio,
Lejos
De los ocultos grimorios
Y del oro sepultado en la nieve,
Lejos
Del mercado negro de las traiciones
Y de los viajes de inmersión
En los mares del cuerpo,
Volver a ser un artesano
Que talla un gárgola de Dios.




CANCIÓN SOLAR Y ENSALMO
Por: Gabriel Arturo Castro

La poética de Juan Manuel Roca, tras la múltiple variedad de sus temas, se ha revelado como la construcción de un derrotero mítico: el drama y el pensamiento del hombre enfrentado al misterio o quizás también de cara a la muerte, “el fruto que todos llevamos dentro, en torno al cual todo gira”, de acuerdo con Rilke. Aquí la palabra es el otro comienzo, se escribe un testamento para detener la muerte en su eterno movimiento. Después de la caída , la palabra sigue erguida e indicando caminos, lo perdido se recupera y se revela. El poeta viste el vacío a través de la poesía, apetito de vida, pulsión, inmersión, verticalidad, intensidad, acto verdadero, virtud del hombre que resucita y se manifiesta por medio de la experiencia, necesidad implacable de hacer emerger la palabra del escondrijo del mundo.



El testamento es lo que queda en pie después de la muerte, aquél que en ausencia modela la palabra con su voz y aproxima los espacios del acá y del allá, una dimensión y medida potencial donde surge de nuevo la palabra, su cuerpo imperecedero de piedra levantada, el ondear la voz del otro, el discurso íntimo que imagina a los fantasmas y los interroga a través del diálogo, del monólogo, suma de conversaciones donde intervienen testigos, testimonios de una vida evocada con toda su vibración interior y la fuerza propia del secreto, la inteligencia y la creación que recupera el sentido humano del vagabundeo, de la errancia por el tiempo de aquellos que hoy ya son máscaras de ausentes, hitos de la magia y el drama, de las grandes y pequeñas palabras. Palabra que sondea el interior del otro espíritu, “una palabra clara como la palabra lámpara”, “un puñado de versos, monedas irreales que circulan mejor en otro mundo”, “las máscaras de las hadas del sake que ocultan su refinamiento y su dolor”.



La poesía es otra forma que dispone de la muerte para darle un sentido, como el mismo autor lo pregunta: “¿Y si la poesía no fuera más que el ardid que retrasa la muerte?”.
La palabra vence pero deja detrás de sí una huella, un rastro, un impulso que sigue obrando en silencio perturbador, el lugar del nómada o el judío errante, la evocación del recuerdo de Nadie, del insomne, de Casandra muerta o Eurídice sorda, lotófagos, mujeres cronógrafas, políticos, ebrios, sonámbulos, habitantes todos del museo de los imposibles, el tiempo lento que cose el hilo de los días, Sherezada y su palabra angustiada, “un museo surreal entre ruinas de antiguos esplendores”, “un salón circular diseñado por un alumno de Dante donde los poetas leen sus versos eternamente”.



La palabra discordante y la forma distorsionada que sobrecoge al lector con sus revelaciones, el viaje a mundos profundos, a la poesía viva y el porvenir: “La ausencia era el nombre de Dios”; “Hay flautas rotas para llamar a Eurídice, que padece de sordera”; “Seremos tachados por la tinta negra del Dador”.



Intensidad y energía, seducción y hechizo, fábula de lo imposible, canción solar y ensalmo, esta poesía viva es una laboriosa y activa fuerza de fe y saber, humor y espontaneidad, azar y milagro, persistencia afectiva, paradojas e imágenes de la memoria, invención y signo de embate.

La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee.

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