jueves, 17 de junio de 2010

HOJA POR HOJA / Gabriel Arturo Castro

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Luz Mary Giraldo

Universidad Nacional de Colombia,
Bogotá, 2002, 58 páginas.

El presente libro pertenece a la colección Viernes de Poesía que edita el Departamento de Literatura de la Universidad Nacional. Su contenido está dividido en tres partes: Aprendiz de gato, Aceite de olvidos y Palabras en su tinta.

Sorprende encontrar el deslinde entre teoría y práctica en una autora considerada como destacada investigadora y ensayista. Ya el maestro Edgar O´hara (Boletín Cultural y Bibliográfico Número 55) había insinuado tal fragmentación que se convierte en espera: “Creo que no se ha dado cuenta todavía de que es poeta y de que podría incluso llegar a ser muy buena. Pero la poesía demanda tiempo y un sudor que a la larga puede ser inútil; a veces brota en vano y muy pocas veces se digna a la recompensa”.

El poema, lo sabemos, se defiende solo. Lo extraliterario no lo sustenta ni lo defiende del tiempo y las justas valoraciones. Y aquí la poesía de Giraldo muestra una sobriedad extrema, una actitud conservadora y la presencia de un abismo entre su aspiración de expresión poética y la realidad última de su esfuerzo. La realidad no corresponde con el deseo. Sólo vislumbramos la intención sin la concreción a la que aspira finalmente.

Posee intuición pero ello no basta. Su visión y percepción de la poesía se muestran en sus poemarios El tiempo se volvió poema; Camino de los sueños; Con la vida y Hoja por hoja, los cuales intentan la esencia albergada en el pensamiento, en la significación y en la comprensión. Se reconoce una búsqueda hacia la autenticidad poética, un afán de síntesis (aunque no logre conciliar el afecto con la forma), el deseo de expresar lo problemático de la existencia. Sus motivos y temas tienen un fundamento en la historia de la literatura: la soledad, la propensión al silencio, el alejamiento de lo inhóspito, la memoria, la melancolía, la ausencia, el miedo a lo desconocido, la muerte oculta, el asombro del poeta, la caída, el amor, la fatiga del hombre, el vacío como sensación, el olvido.

Sin embargo su lenguaje se caracteriza por la limitación y la mediana profundidad. Veamos un ejemplo a través del Poema con gato:

Como el gato
El poema se niega a la caricia.

Juega
camina caprichoso

busca el lugar más elevado

salta

rechaza el sitio inhóspito

desciende

husmea

escarba

aleja la carroña

las cenizas

deja en silencio la soledad

y la palabra.

En el citado  texto asistimos a una comparación abreviada, la cual nunca se aleja del símil, de la relación de semejanza explícita. El recuento de Hoja por hoja nos lleva a expresar que su mecanismo de creación es la percepción que ofrece una sensación interna de los acontecimientos, tal es el caso de los recorridos que hace por los laberintos, la huida de los demás hombres, oír las aves del tiempo, el reloj del cuerpo, la tinta y la noche invadiendo el papel, la persecución en la ciudad, los murmullos que fabrica, las palabras abandonadas sobre un rincón y la existencia a pesar del sufrimiento.

El concepto de lo que va a transmitir lo tiene claro la autora, pero su imaginación quedará entrecortada al pretender sustituir el concepto por una metáfora simple. La percepción directa ensombrece de esta manera la evocación, el asombro, la extrañeza y la distancia de la memoria. El desplazamiento del significado no se ha llevado a cabo y la sorpresa se ha extraviado definitivamente.

El transcurso del texto se torna previsible, pues  la unión de lo que se dice y lo que se contempla acaba sólo en pretensión. El texto queda de esta manera atado a la lógica y a la objetividad conceptual (el tema o la idea fundamental se impone).

El espíritu subjetivo, es decir el lirismo,  se ve limitado a un mundo que a pesar de estar sugerido es poco profundo e intenso. Lo accidental no se separa de lo esencial, lo que permite que la imagen quede incompleta. Leamos otro ejemplo, en este caso el poema Gato en la luz:

Gato travieso/ el poema y la luz/. Curiosea atento y la imagen se agita/: afina el oído/ la mirada/ un foco de color ilumina la noche/. El tiempo se detiene/ la luz llama/ -teatro de sombras/”.

Dicha estrofa insinúa una atmósfera y describe una situación. El animal yace sobre la noche. La segunda parte procura complementar la primera:  “El gato juega/ salta/ corre/ ronronea/ se hace un ovillo/: en un instante nace el poema/ hilo de sombra/ en la luz”.

Sin embargo la secuencia se torna incompleta, ya que la imagen final acapara la fuerza del texto y lo demás  es mero trámite para respaldarla : “el poema, hilo de sombra en la luz”. Ello es una constante en todo el poemario de Luz Mary Giraldo, donde la fuerza y la potencia se localizan al interior de una sola imagen, la cual no alcanza a generar una estructura. Poesía minimalista que se vuelve juego de palabras, semejante a ciertos gestos del haikú. De distintos poemas tomo sus líneas finales:


Encendida la luz/ el gato se arrebuja: duerme”.
“Es un verso la gota que cae/ ojo de gato”.
“Como el gato/ la vida/ ajena a veces/ rumorosa”.
“No vuela un pájaro/ no canta dentro de nadie/: tiemblan los huesos”.
“Camina de puntillas/ escucha un silencio sordo/ el alfabeto se curva ante los dioses”.  
“Tanta pluma caída/ tanta noche en la rama/ ¡Tanta!”.
“Oye la soledad/: curvas rojas/ Arlequín desmadejado en el poema”.
“Triste la música llega/: piedra en el fondo del lago”.
“Venus y Adonis/ en el fondo del lago/: llama que ciega”.
“Curva ciega de la vida/ sus palabras/: soledad en trazos”.
“Es el día como la vida/: opaca la luz/ a veces transparente”.

La muestra nos indica que las imágenes, concebidas de este modo, son el centro de la expresión poética de la autora. Aquí, solas y aisladas, no describen sino que nombran al mundo, provocan asociaciones íntimas, sugerencias, hondas ideas en el lector, gracias al poder alegórico que les confiere. El poemario de Luz Mary Giraldo pone en relación dos mundos, el de los animales, objetos o seres de la naturaleza, y el de los hombres. Es una constante la aproximación entre los gestos del gato y el acto de escribir o de vivir: “Caprichosa  gata/ la vida/: acaricia/ juega/ decide/ invade y evade/ abandona/ a veces acompaña/ sube a mi canto/ me estrecha/ se aleja/ ronronea/”.

A través de la igualación entre palabra y concepto se quiere representar el destino humano, los peligros, las discordias, como en su texto Canción del navegante:


            El navegante espera una señal
un canto de sirenas en la noche profunda.

            Ve nubes en lo alto
            Peces muertos.

            Entre agua y asombro viaja
                        niebla
            ola en su pecho
vida suspendida entre cielo y océano.

Parece un contrasentido, ya que las imágenes de Hoja por hoja  esclarecen la intuición poética, pero ya acompañadas son oscurecidas por el imperfecto trámite. He ahí el límite de la poesía de Giraldo: la imagen se comprende por su plenitud y génesis, y el texto  completo le impone una frontera donde la contemplación y la sensación de vacío la envuelve, gracias a que su andamiaje sintáctico es bastante débil e inseguro. La marcha del poema se  trunca, no fluye y deja una impresión de vaguedad,  imprecisión y gratuidad. El poema queda a la espera del acto realizador, detrás de un aire de disolución y pereza.

La imagen solitaria es incapaz de dotar de forma al  todo del poema. La forma no toma sentido ni resolución. Entonces llegamos a la duda definitiva, a la fragmentación, al desencuentro.

La no forma impide que las palabras muestren su raíz y que el choque entre lo advertido y la palabra carezca de determinación. Observemos, a propósito, el Poema desde el olvido.

                        Canta
y su voz se desgaja como rama de sauce.
                        Entumecido
busca un nido para esconder el frío
                        una gota de miel
                        un parpadeo:
                        reposo.

Crece en su pecho una rama de olvidos:
                        canta.

Aquí la contemplación  del instante suscita una reflexión superficial  y la consecuente irresolución de la forma. El texto se compone de momentos, fragmentos que se convierten en desuniones, fatalidades, ausencias definitivas.
El poema permanece a la espera de algo que no sucede, quizás el génesis, el mismo acto creador, lo que aclara la presencia del acto poético. Queda demostrada así la sensibilidad de la poeta más no su capacidad de erigir estructuras significativas, lo cual revela inconvenientes de composición y configuración global de la obra. Problemas de elaboración y de coherencia salen a la superficie de la creación.

La forma, ingenua e inestable, no llega a brindar la plenitud del sentido poético y la poesía, de esta manera, queda relegada a los oficios de un arte menor.

                                                                                 



sábado, 12 de junio de 2010

DIOS PUSO UNA SONRISA SOBRE SU ROSTRO/ Gabriel Arturo Castro


Winston Morales Chavarro
Editorial Kimpres, Bogotá, 2004,
118 páginas.

Por encima de las técnicas de construcción, la orientación valorativa y la intención comunicativa, al autor de Dios puso una sonrisa sobre su rostro, le importa más fijar y resaltar la sustancia de la expresión, es decir, el elemento cognoscitivo por medio de una incesante reflexión teórica, propia de la filosofía hermética y el ocultismo, aquél pensamiento atribuido a Hermes Trismegisto, quien combinó en estilo esotérico la filosofía griega y la religión egipcia. Igual encontraremos, de manera explícita, las teorías de Giordano Bruno, el filósofo, poeta y sacerdote dominico italiano, influido por el neoplatonismo, el estoicismo, la mística y la magia.

El autor, bajo el peso de las obras de los escritores mencionados, procura divulgar una doctrina mística secreta, cultivada por un grupo de “iniciados” , entre los cuales él se encuentra. Es un trabajo de reflexión sugestivo pero no original, donde “se notan las abundantes y selectas lecturas del autor”.

Conoceremos la importancia de fusionar los sentidos con el fin de constituir uno suprasensorial que capta el lenguaje cifrado de las cosas; los secretos de una morgue, los latidos de la muerte, sus estertores, el rictus de cada ser fallecido, el mutismo del ambiente, el tiempo que parece un mar de regresiones y reflujos, la vida frente a la muerte, las analogías del sueño, la música que agita las telas de los cadáveres, el espacio extrafísico del espejo que se confunde con la suprageografía, la interactuación de lo extraespacial y lo atemporal en las orillas inimaginables de las cosas, sobre lo cual el narrador manifiesta:

Todo queda flotando, todo ruido, todo eco, cualquier rumor, por más pequeño que sea, toda resonancia se repite en un número indeterminado de objetos; toda cosa queda untada del sonido como si se tratase de un ungüento o una pócima mágica que proporciona vida al oído colectivo de la coexistencia. La música, la poesía, la novela, la pintura y todo lo que lleve inmerso una teoría comunicativa nunca deja de escucharse, y por el contrario, es capaz de instalarse en un alma virgen, en este caso un resorte olfativo virgen, pues el olfato supraesencial también escucha y lee.
  
De igual manera, el autor nos expone ciertas hipótesis acerca de la belleza de un muerto, la ausencia de sabor de todos los objetos, la virtud de los números extraídos de los nombres propios, la lectura de los cuerpos sin vida, el fenómeno de las correspondencias, el erotismo centrado en los talones de los píes, la búsqueda del sentido de la realidad, del presente, del sueño, del tiempo; la fascinación del fuego, el concepto de infinitud, donde se detiene el tiempo físico; la existencia de lo supranormal, la runa metafísica, la estructura suprafísica, el Nirvana, la energía gravitacional, la tanatología, el desierto de los tártaros, el número de Dios, lo antitético, la pansofía, el delirio órfico, la levitación, el daimon universal, el numen sideral o el éxtasis suprahumano.

Estamos de acuerdo, la novela como género no se desliga de desempeñar la función de instrumento de conocimiento. El escritor le toma el pulso al mundo y registra las voces del concierto del cosmos. Se diría que en Dios puso una sonrisa sobre su rostro existe una necesidad exterior, del autor de la presente obra, de manifestar y ostentar, al mismo tiempo, una cuestión intelectual que lo inquieta hace tiempo, desde la composición de su libro anterior Memorias de Alexander de Brucco.

Informar y reflexionar son las dos direcciones claves de la obra, y claro, revelar el universo del autor, reconocible de antemano. Veamos un fragmento donde se muestra el exquisito bagaje y la hondura teórica: Sin embargo, el caudal intelectual y filosófico de la novela constituye por sí solo la calidad de la misma, su punto fuerte, es decir, la profundidad de su pensamiento le falta ser expresada estéticamente para conformar un todo. Pese a la estrategia de composición donde se alternan enunciados, toda la novela se basará en la transcripción y exposición de datos, referencias y nociones teóricas. Los “recuerdos” o aparentes evocaciones, reminiscencias o recuentos artificiales, estarán plegados e insertados como láminas ilustrativas.  

El autor posee los argumentos pero adentro de su composición narrativa no realiza, articula y desarrolla sus razones y proposiciones, desde una óptica original y una modalidad concerniente al acto de narrar. La rica teoría no se transforma en manifestaciones vivenciales sólidas y el acontecer exterior de la lectura (origen y fuente del universo de la novela) se impone sobre el mundo interior del creador. Ello quiere decir que la teoría pura queda intacta, pues no está sometida a la interiorización o asimilación, primero del autor y luego de los personajes de la novela, lo que impedirá la obtención de una visión nueva de la vida, pues la teoría no se torna experiencia, es decir, acción interior, diálogo, polifonía, acción recíproca, mutua, del acontecer exterior y del mundo interior, en otras palabras, jamás se constituye como acto narrativo u obra de arte. El conocimiento del autor se impone frente a los demás participantes de la narración y del acto narrativo, lo que implica también al lector, quienes asistimos a su dictadura. El narrador escogido, identificado con el autor-escritor o quizás con el autor implícito, o sea, la imagen del escritor que el lector construye, un segundo yo o una versión superior del autor, su alter ego, (el verdadero sujeto de la obra, biográficamente caracterizado e individualizado), es un enfermero encargado de la morgue del hospital de Neiva, Colombia. Su padre, lo manifiesta, es quien le ha enseñado lo que sabe acerca de filosofía hermética y el esoterismo:

A partir de esas disertaciones muy suyas traté por todos los medios de confrontar sus posiciones y de auscultar la autenticidad de lo que afirmaba. Por eso me hice guardián de la morgue, por eso mi cercanía con el hospital, por eso mi gusto desaforado por NN a quien contemplo mientras en el espacio repica el cuerpo disonante de Daylight, canción de Coldplay, que obliga mi retorno sobre el espacio amarillento de los pisos.
 

La NN es una joven que murió y está albergada en la morgue y sobre cuyo cuerpo el narrador vierte su discurso acerca de la muerte y la belleza. NN es el narratario más importante de la obra, la depositaria de las reflexiones, a veces monólogos, del enfermero. Su inclusión como personaje es uno de los principales aciertos.

Pero es el autor implícito el que modela la existencia del narrador, asumiendo la función de quien ostenta la instancia informativa más profunda del relato, la “competencia” más sólida. El narrador de Dios puso una sonrisa sobre su rostro jamás se sobrepone a la presencia asfixiante del autor implícito, un yo para nada impersonal ni anónimo, quien impone su ángulo de visión y subordina lo restante al ejercicio de su propia óptica. Aunque el narrador y personaje central de la novela, son el lugar de las reflexiones e intenciones del autor real, este último origina de manera directa tales meditaciones y acciones intelectuales. No existe por parte del narrador y demás personajes una introspección de las teorías explayadas durante el transcurso de la obra. Debido a tal divorcio, la relativa técnica de construcción de la novela y de presentación de los personajes, están ligadas a una concepción del hombre y de la existencia muy particular, propia del autor: el devenir, así como el arte, deben ser asunto-reflejo de lo teorético, especulativo, erudito e intelectivo.

El novelista no se oculta fingidamente detrás de la realidad misma y no alcanza a disimular su constante afán de auto –expresión.

La razón es porque existe aquí una clara voluntad de objetivar un mundo específico, singular, el del autor, a través de una historia y una serie de personajes, caracteres, acontecimientos y cosas. Sin embargo, al autor le es muy difícil desligar su propio yo, omnipresente desde los comentarios que teje constantemente sobre las figuras y los acontecimientos, hasta el modo de insinuar los personajes. No existe la polaridad entre el narrador y el mundo objetivo.

Las figuras se diseñan como opiniones y las acciones son de carácter ornamental e ilustrativo del discurso sustentado. Ejemplo de ello es la desaparición de las aves en los espejos, la huída del gato por el lavabo, las referencias a la tragedia de Villa M (la casa bomba en Neiva), los atentados terroristas en Bogotá, la música de Coldplay, las cartas del padre de la chica NN, las localizaciones espaciales y geográficas, el asesinato del niño X, la persecución a la profesora de matemáticas, los cuales son sucesos temáticos, acuñados, encajados e impresos para probar las hipótesis presentadas. El ambiente teórico condiciona la autonomía de los personajes. El novelista no penetra en su intimidad y por lo tanto no recurre a su voz propia, al gesto independiente, al silencio y escenificación libre del carácter conductivo, las actitudes y la visión del autor, quien domina mediante los hechos intelectualizados a sus seres de papel.

Los personajes son planos, dotados del mismo trazo único –la retórica erudita e intelectual-. No evolucionan, no experimentan las transformaciones íntimas. Personajes de contornos simples, para nada vigorosos, ni dotados de complejidades y acentuaciones, sin densidad ni riqueza. No se tienen en cuenta sus facciones peculiares, pasiones, cualidades y defectos. Lo propiamente humano queda relegado.

El protagonista principal, el enfermero, se identifica con una obsesión intelectual, a la cual se encuentran íntimamente sometidos los demás actores individuales.
  
Dios puso una sonrisa sobre su rostro es una novela cerrada, poseedora de una trama claramente delimitada. El autor explica todo, desde la esquina exclusiva de su “sabiduría” (instrucción-información) personal. Es así como encontramos la fuga de la realidad, una desvalorización de la trama, acompañada de una exhibición, presunción y jactancia intelectual desvelada y constante, tediosas descripciones, carentes de interés artístico, aspectos evanescentes, imprecisos e incoercibles que no son expresados mediante una estructura narrativa.
  
Novela de lances y contingencias intelectuales (¿novela abstracta?). Si este texto fuera despojado de los personajes y de la casi inexistente actividad dramática, quedaría reducido a mero discurso expositivo o ensayístico, homenaje a una vida puramente intelectual: sólo acción mental y exposición de ideas, razón por la que se nota la ausencia de sensibilidad creadora. Digámoslo así, Dios puso una sonrisa sobre su rostro, es la antítesis de la novela, un texto preocupado por mostrar el yo exterior, no los desafíos intelectuales interiorizados y vueltos nuevo lenguaje. La obra se disuelve en una especie de aguda y reflexión metafísica y cerebral, donde el valor dominante es la meditación sobre el sentido de la muerte. De esta manera, como hace mucho tiempo, el propósito primario y tradicional de la novela, contar una historia, se oblitera y desfigura.

GABRIEL ARTURO CASTRO

lunes, 31 de mayo de 2010

ARTE AUTÉNTICO, ARTE MECÁNICO /Gabriel Arturo Castro




Por Gabriel Arturo Castro

¿Cuál es el futuro de la imaginación y de la cultura en los próximos años? La respuesta puede estar situada dentro del reto de pensar en los peligros de la cultura masificada. Noción inquietante. La cultura de masas (efectos del capitalismo y de la postmodernidad) es una degradación-comercialización de la cultura, una fuerza alienadora, una expresión segregada por los medios de aglomeración y su sistema de valores que someten al individuo a una fuerte y amplia presión de seducciones.

Entre ellas es posible citar la legitimación del hedonismo y el individualismo; la incorporación triunfante de la realidad virtual; la limitación de las libertades sustantivas; el reemplazo del Estado por las transnacionales; el dominio, mando y señorío de la noticia y la rapidez de los eventos; la coexistencia pacífica entre las modas, la imposición vertical de la eficiencia y del éxito, la profundización de las desigualdades, la vida cultural al ritmo dictado por el neoliberalismo, la quiebra del concepto de historia universal, el hábito de lo desechable, la informática como el reemplazo de las cosmovisiones religiosas y filosóficas; la desconfianza en el poder de las ideas, la pérdida de la solidaridad humanista y del sentido colectivo de la existencia; la banalización de la información de los medios, la dicotomía entre lo público y lo privado, la abolición de la reflexión social y filosófica, el imperio de lo económico y lo burocrático, el divorcio entre racionalidad y libertad, la vuelta a la retrógrada tradición del provincianismo, el ahondamiento de la crisis cultural, la entrada a una nueva Edad Media y su orden feudal (complejas redes de dependencia, vasallaje, absolutismo, distribución de feudos, el oscurantismo y la nueva Inquisición), tal como lo advirtiera Umberto Eco; y como consecuencia, el nefasto abordaje del postmodernismo, la otra cara del neoliberalismo, un difuso movimiento que se define por adoptar posturas eclécticas, individualistas, pragmáticas, facilistas, carentes de compromiso social, bajo los esquemas decadentes de la antiforma, la casualidad, anarquía, descreación, antítesis, performance, diferencia, combinación, dispersión, inmanencia, antinarración e indeterminación.

Es una nueva época que desea uniformarlo todo en beneficio de un individualismo anárquico, “al paso que tiende a destrozar toda universalidad en el orden espiritual”, según sabias y visionarias palabras de Igor Stravinsky, quien afirmaba que ciertos artistas contemporáneos y lectores ingenuos, hacen parte de esta infernal maquinación cosmopolita. Dicho compositor hacía la diferencia entre lo universal y el cosmopolitismo. Lo universal supone la fecundidad de una cultura esparcida y comunicada por doquier, mientras que el cosmopolitismo no prevé acción ni doctrina y entraña la pasividad indiferente de un eclecticismo estéril.

¿Cuál es el peligro de esta moda, producto de la cultura de masas, de las nuevas formas que toma el capitalismo?: caer en el simulacro o la simplicidad; reducir todo a la ironía (a su versión empobrecida); aceptar el ocaso de la profundidad por la superficialidad de las obras; la limitación del concepto de lo lúdico, de la intensidad y lo visual; la abolición del sentido crítico; la expansión de maneras televisivas, la telenovela y el espectáculo, como el centro de la producción “artística”; acatar con docilidad la extinción de los límites entre arte y vida cotidiana, y aprobar una arbitraria promiscuidad estilística general. Tal aberración sólo lleva al pragmatismo y al preferente utilitarismo, donde las ideas de comodidad, escape, contraimaginación, decoración, liviandad, simplicidad, esquematización, reducción, estilización, vaguedad, palabrería superflua (el arte como desecho y relleno, o lo que es lo mismo: ripio), consumismo, docilidad y conveniencia, se imponen.

Pero el verdadero Arte puede retar la cultura de masas y sus tendencias actuales, sin importar el disfraz que ellas asuman o los rimbombantes nombres, bajo los cuales ocultan sus intenciones.


Si es así, entonces, ¿será capaz de restituir la cohesión, la correspondencia entre las condiciones de existencia del hombre y de la sociedad, con el universo simbólico que lo interpreta, recrea y transforma?

En la medida que el Arte se resista a ser sustituido por nuevos o viejos fetiches de la sociedad capitalista, la respuesta a la anterior pregunta será positiva y el arte no morirá, ni el lenguaje artístico y sus contornos van a desaparecer hasta límites fantasmales. La sobrevivencia de los cimientos antropológicos y estéticos del arte actual se colocará por delante de las sensaciones y pronósticos apocalípticos. Como lo escribe Antonio García Berrío: “El arte continuará siendo reconocible como ficción literaria, como exhortación lírica de la imaginación y el sentimiento o como la tecnología narrativa de la memoria”.


Las bases humanas, éticas y estéticas del arte, aunque sean variadas o transfiguradas, resurgirán entre las necesidades del hombre. El arte cambiará sustancialmente si se transforma la medida de la imaginación antropológica sobre las estructuras espacio-temporales de la sensibilidad y la simbolización. Mientras tanto deberá convivir con las presiones de una sociedad que ha separado la tecnología de la humanística, relegándola al puro asunto mecánico, a la exclusiva idea de productividad material, sin reparar en su dimensión social e intelectual.

Claro que la constancia del arte se halla junto a su variación, dinámica y modificación, pero todas sus expresiones seguirán con su influencia y continuarán enunciando, como lo pensó Kant, las intuiciones del individuo mediante formas inventadas por éste, siendo capaz, una y otra vez, de comunicar, conmover y de dar goce universalmente.


Ese extraño progreso tecnológico que ha hecho infeliz al hombre, no puede asfixiar al arte, pues según Walter Benjamín, la actividad artística es una anticipación utópica. Es más, la utopía coincide con el origen. Este no es un pasado histórico, sino un presente eterno, “un tiempo del ahora”.


Michael Ende nos enseñó que el acto creativo siempre se produce en el instante actual y es, por naturaleza, acausal, libre, indemostrable. Indica el autor alemán que en los diarios de Kafka hay una extraña anotación: “Cristo: el instante”. “Suena como una paradoja: sólo en el aquí y ahora aparece lo no-temporal, lo eterno-creador, lo único que libera verdaderamente al hombre”.


Ello distingue el “presente”, de la repetición postiza en la que se halla inmerso el gesto artístico. En la reproducción (llámese inmovilidad, yugo, ceguera, mutilación o cautividad) y reiteración mecánica, el arte pierde su autenticidad.



miércoles, 19 de mayo de 2010

CADA VEZ QUE LADRAN LOS PERROS / Relectura


Por: Gabriel Arturo Castro

La presente obra dramática, cada vez más actual, recibió el Premio Nacional de Dramaturgia en 1997 y su puesta en escena fue en 1999, bajo la dirección de Fabio Rubiano, creador y dramaturgo de la misma. El lugar de estreno sucedió en Casa del Teatro Nacional, bajo el título de Ornitorrincos. El grupo de teatro Petra hizo el montaje y sus intérpretes fueron: Julio César Galeano, Fernando García, Bernardo García, Gabrielle Ouin, Alejandro Rodríguez, Marcela Valencia y Luisa Vargas.

En primer lugar podemos afirmar que la obra posee un carácter épico, ya que posee un tono acentuadamente histórico, de la reciente realidad social y política de Colombia: la violencia paramilitar como fenómeno arraigado en el narcotráfico, el desplazamiento forzado y la acentuación del poder político basado en ese tipo de dominio territorial.

No en vano la obra está basada en un hecho real: una población es arrasada por un grupo paramilitar, las víctimas son amarradas a sus camas antes de que los agresores le prendan fuego a sus casas. Arden casas, muebles y gente al mismo tiempo, sólo sobreviven los perros. No, no sobreviven. Son colgados de los árboles que rodean las casas, es decir, las cenizas. Después de la incursión queda el paisaje humeante con perros estrangulados alrededor. Como la masacre fue pequeña, un suceso en la ya larga cadena del genocidio en Colombia, la noticia no ocupó mucho espacio en los periódicos y noticieros. Este suceso es el punto de partida, la imagen generadora de la creación.

Es épica, pues la obra se comporta como un enorme caleidoscopio de vicisitudes, tramas, actores distintos, tras los cuales se puede interpretar acontecimientos históricos siempre presentes en la memoria. Aquí no sólo importa la elaboración literaria sino la norma ética que la respalda.

Pero además la obra Cada vez que ladran los perros, se comporta como un relato ejemplar que se actualiza siempre con efectos dramáticos sobre los lectores. De la historia inicial se desprende que son los perros los encargados de hablar de su miedo, ellos son los personajes o voces centrales, seres que se van transformando en hombres, vigorosa rememoración del principio de Darwin y el planteamiento de un Kafka al revés, pero con su atmósfera y su esencia.

II

Es imposible determinar sin el concurso del autor, ese escritor privilegiado, el sentido personal y a lo mejor, secreto del texto. Pero, sea cual fuere, el tiempo y los intérpretes divulgaron un sentido de las alegorías que sobre la condición humana este creador acuñó.

No olvidemos que alegoría se refiere a un significado oculto y más profundo. Lo básico se suprime y se refiere a un nivel distinto de sentido que se comprende en relación a un código secreto. La comprensión de las alegorías depende de su mayor o menor grado de codificación o del lenguaje específico del autor. De este modo la alegoría kafkiana se encuentra centrada en el sujeto y en la tensión que produce la relación dramática con lo demás y que se traduce en la pérdida de la realidad mediante su tormenta alucinante, los golpes súbitos que provocan miedo ante el peligro. Como es modo de lectura, mediante la alegoría coincidimos y nos identificamos en el tiempo, así asumamos la diferencia temporal, el origen de la narración.

Lo que Fabio Rubiano Orjuela anticipa, en sus imaginerías desconsoladas, donde combina el humor, la poesía, el sarcasmo y la fantasía, fue el laberinto que el hombre construye con animosa irresponsabilidad para su propio extravío, una anticipación cruel, la metáfora del mundo como un laberinto sangriento y doloroso. También aquí la metáfora está cargada de tensión, sugestión y condensación para crear un efecto conciso, abreviado y elíptico. El acto metafórico se ocupa de una nueva visión de la realidad, fruto del pensamiento divergente y creador, radical y visionario, inédito y auténtico, es decir, la metáfora como revelación de la existencia humana, de su fantasmagoría, misterio, enigma e incógnita, recreación, perversión, extrañamiento, profecía. La metáfora kafkiana contiene el universo entero, espacio introvertido y revelado, personal y colectivo, testimonio, experiencia intensa, evocación, sobresalto, ruptura, alteración, verbo animado, acción carnal, vivencia, riesgo que cuestiona profundamente la existencia fragmentada, fracturada, precaria e perecedera.

La metáfora de Kafka posee, entonces, una función original y crítica: el desenmascaramiento del mundo de la apariencia, inventando una realidad distinta, más cercana al origen fundacional de las palabras, vieja pugna entre el espíritu y el poder.

El laberinto afecta el espíritu, la angustia, el desconcierto, la desesperanza, un espacio que no redime al escritor pero que revela su metáfora. El laberinto es un campo de batalla, conformado a la vez por obsesiones y los impulsos de un hombre que encontrará en la muerte su verdadera patria. Aquí el enmarañamiento es al final una trampa y escondite dramático, eterno conflicto del ser con las fuerzas irracionales o del hombre consigo mismo.

No importa que el escritor al final no resuelva el acertijo, la adivinanza, la cosa intrincada, el descrifrar del enigma, porque deja planteado su interrogante a los lectores, su virtual extrañeza que los llevará a una actitud inquisitiva, a la producción de afectos y pensamientos, peligroso secreto de una aventura llevada hasta el límite. Es el laberinto, el lugar donde el hombre se desencamina y queda prisionero al internarse en un reservado ámbito, un mundo atroz, hasta un punto indescifrable para el autor.

Igual sucede dentro del destino kafkiano del ser: sobreviene un bloqueo para acceder a los significados y el personaje se rinde y se imposibilita ante un final trágico, el cual acepta su derrumbamiento con resignación, laberinto que el mismo hombre construye con animosa irresponsabilidad.

Hallamos en este ser un miedo hondo para alterar las reglas de la eternidad, temor que conduce a la locura o a la muerte. Aquel hombre atemorizado no se atreve a extender su existencia más allá de su opresión, más allá de su impotencia. 

Volvamos a Rubiano. Decíamos que el autor, igual que Kafka, se anticipó en la visión de la metáfora del mundo como Laberinto sangriento, sea éste la oficina, la escuela, el cuartel, el castillo o el claustro. Ese espacio al dejar ver su dimensión metafísica muestra el espanto del horror. Incertidumbre, abolición del tiempo histórico, arrogancia, indolencia, gusto por el absurdo, complejo de superioridad, complacencia en la imposibilidad, ausencia de claridad, adoración por el poder.

Corresponde ahora observar si una fabulación como la del escritor de teatro, y específicamente su obra Cada vez que ladran los perros, tiene algo que ver con nosotros. La verdad que su aspecto metafísico y absurdo, en lugar de enrarecer la realidad la revela, la aclara. Su emanación nos cubre y nos afecta que ocasiones nos volvemos un instrumento de engranaje del poder, de la burocratización, de la tiranía, de los mecanismos ciegos de la deshumanización, de aquellos individuos que poseen un miedo hondo para alterar las reglas, quienes van reduciendo su existencia a los laberintos, a los infiernos, a los limitados mundos del poder, complejo e infinito mundo, a la vez.

Tal vez el fondo del planteo de Rubiano consista en preguntarse si el hombre tiene alguna posibilidad en unas circunstancias donde las determinaciones del exterior son tan aplastantes que su palpitación interior no cuenta para nada.

Y aquí viene una pregunta utópica: ¿Seremos capaces de demoler esa invención monstruosa que somete al hombre a los encantamientos del poder, a la enajenación de su individualidad, a la pérdida de su vida, dignidad y honra, y al estado de culpa y temor?

En Cada vez que ladran los perros, los perros están mutando, comienzan a olvidarse de ladrar, aprenden a reír, sienten ganas de matar, ya no se huelen el trasero, empiezan a caminar en dos patas. No saben en qué se están convirtiendo, tal vez hombres, conocen la venganza, saben lo que es una violación. Algunos, como los nuevos, disfrutan y aprovechan su metamorfosis, ya no son lo que eran y no soportan la diferencia ni la diversidad, otros quieren seguir siendo perros, quieren detener su transformación, esperan a sus Dioses que nunca llegan. Nadie, ni perros, ni hombres ni mujeres saben quién es el enemigo ni de dónde vendrá. No se sabe en quién confiar.

Fabio Rubiano instala, entonces, un misterioso y enigmático bestiario.

III

Desde el arte prehistórico aparece una preocupación por forjar imágenes animalísticas, las cuales encontramos igual en el mito oral, ya lejano por cierto, y en la escritura de la historia y de la literatura. Sólo a manera de ejemplo es posible mencionar al centauro, mitad hombre, mitad caballo; el hipogrifo, grifo por delante y caballo por detrás; el grifo que tiene cuerpo de león, la cabeza y las alas de águila y las orejas de caballo; la quimera, quien posee el busto de león, el cuerpo de cabra y un rabo de serpiente; el basilisco con cabeza de gallo y el cuerpo de un batracio terminado en rabo de serpiente; y el sátiro representado como un hombre cabra.

Narra la mitología griega que Cerbero era un perro de tres cabezas, centinela del Hades, uno de los monstruos que guardaban el imperio de los muertos, vedando la entrada a los vivos e impidiendo la salida de las almas. Cerbero estaba encadenado ante la puerta del infierno.

Los orígenes de dicho simbolismo animalístico se relacionan estrechamente con el totemismo y la zoolatría. La imagen totémica del mundo supone, según Ernst Cassirer, no una coordinación entre hombres y animales, sino una auténtica identidad. Es que para algunos pueblos, los límites de la especie humana son flexibles, no apreciándose diferencia esencial entre ser humano y bestia.

La identidad psíquica entre hombres y animales salvajes, vista a partir del mito y el rito, obedece tal vez a una proyección de contenido inconsciente. Jung cita el ejemplo de determinados indígenas de Suramérica que son aras rojos, es decir, una especie de loros de gran tamaño.

Los símbolos animales son expresiones profundas de la naturaleza humana de todos los tiempos. Han estado presentes en todas las culturas también. Sin embargo, dichos símbolos son algo más que artefactos culturales, pues en su contexto apropiado, siguen teniendo para nosotros un fuerte poder evocador, ya que se dirigen simultáneamente a nuestro intelecto, emociones y espíritu.

Las antiguas civilizaciones reconocían el poder de los animales y los utilizaban profusamente en su arte, sus religiones, sus mitos y sus ritos.

Como ilustración de lo anterior podemos mencionar el escarabajo, poderoso símbolo en la civilización del Mediterráneo oriental, y particularmente en el antiguo Egipto. Llegó a representar la renovación y la regeneración, y más tarde, la resistencia del alma humana. En las tumbas egipcias se encuentran numerosos escarabajos muertos y se utilizaban escarabajos tallados en piedras como amuletos y como sellos.

El dragón en Occidente simboliza la naturaleza más elemental y primitiva de la humanidad, que debe ser vencida por la fuerza (en la mitología cristiana encarna a Satán y las fuerzas del inframundo). En Oriente, en cambio, el dragón se ve como un símbolo de alegría, de dinamismo, de buena salud y de fertilidad, y se piensa que su imagen protege de los malos espíritus o puede provocar la lluvia.

Con su mirada fija, el gato simbolizaba la vigilancia para los egipcios. Representaba a Bastet, la diosa de la luna.
Los indígenas de Suramérica creían que los ojos reflectantes del jaguar eran un conducto hacia el reino de los espíritus. Los chamanes pretendían ver el futuro a través de sus ojos.

Para los Celtas, un penacho de plumas le confería a su portador algunas de las cualidades del pájaro: ligereza, velocidad y la capacidad de volar a otros mundos. Para los indígenas de Norteamérica, las plumas eran el símbolo del Gran Espíritu y del sol.

De esta manera, tanto la mitología como el arte, nos han legado un sentir alegórico por medio del bestiario y la zoología simbólica, provistas de su propio código de significaciones, repertorio de animales reales y fantásticos, transeúntes de varios dominios y sentidos, explícitos y velados, e igual, altamente metafóricos.

No es gratuito que el animal sea lo impenetrable, lo extraño por excelencia, razón suficiente para que el hombre proyecte en él sus angustias y temores. Los animales son odiados, temidos o sacralizados, porque según De Bruyne, ellos “espiritualizan el mundo sensible”.

En la Edad Media los bestiarios literarios tuvieron su mejor auge, plasmando lo que Eliade llamó “Las psicologías de las profundidades”, cuando algunos individuos reconocieron a la dimensión de lo imaginario el valor de una dimensión vital: “La experiencia imaginaria es constitutiva del hombre, al mismo nivel que la experiencia diurna y las actividades prácticas”.

Imaginación donde los animales desempeñan un papel de suma importancia, tanto por sus cualidades, defectos, actividades, forma y color, como por su relación con el hombre. La posición del animal sobre el espacio simbólico, la situación y actitud en que aparecen son fundamentales para la lectura del bestiario mítico o artístico, así sea desde su vía negativa, porque, así lo cree Debidour, captar al animal significa para el hombre hacerse dueño de todo aquello que desea y no puede realizar: “El animal es el signo de lo que se escapa y de lo que se conquista, de la limitación y del dominio, testigo humillante y exaltante de lo que puede el hombre”. Allí el mundo de lo informe, las fuerzas ciegas de la naturaleza, el animal metafórico como portador de expresiones, identificación que significa un buceo en las aguas primordiales, magnificación y oposición de sus sentidos.

El animal hormiguea, repta, se mueve, en una palabra, cambia. El animal muerde, pica, aruña, engulle, aúlla, grita, devora. Terror ante el cambio y ante la muerte devorante, tales parecen ser, en opinión de Durand, los dos primeros temas negativos que el animal inspira.

La bestia es una adversaria del espíritu, pues según Jung, “el animal representa la psique no humana, lo infrahumano instintivo, así como el lado psíquico inconsciente”.

Bachelard diría que el hombre “sabe por instinto que todas las agresiones, vengan del hombre o del mundo, son animales”; algo a lo que Rilke añadiría: “Lo que está fuera, lo percibimos tan sólo por el rostro del animal”.

IV

Rubiano crea esa atmósfera del terror dentro de un ámbito de guerra y sus atrocidades. Es una realidad posthumana, cuya factura presenta tres grupos de seres que afrontan la violencia: los hombres, los perros y los humanos. Lo más chocante de esta propuesta dramática (chocante por lo difícil y extremo ante los sentidos y la memoria) es que los perros se transforman en humanos debido a la brutalidad de los hombres, quienes han creado un ambiente irrespirable, gracias a sus métodos bárbaros, atroces, salvajes, de brutalidad. Los perros no quieren ser hombres. El dramaturgo expone el carácter ominoso de la condición humana. Sí, de perros, de abismos, de perros perseguidos como piezas de caza, de perros inmolados y golpeados, de perros devorados por lobos humanos, de perros buitres que acompañan a los difuntos, trata la obra Cada vez que ladran los perros.

Es traspasada por la claridad y el realismo cruel, cuya simbología tal vez nos remita a las hogueras de estas tierras, a nuestro propio zoológico de sarcasmo e ironía, comarca salvaje de estériles guerras, estrechos círculos, atmósfera, paisaje de miedo.

Su imaginería lleva a combinar desconsoladamente el humor y la mordacidad para mostrar una realidad absurda: el mundo inhumano de la perversidad, la trampa y la condena, el reino del instinto que niega la posibilidad de la convivencia y lleva a situarnos como los iracundos de Dante: “Arrancándonos a pedazos con los dientes”. La fabulación da paso a la creación de una intensidad que asalta al lector. Los personajes son animales paralelos a los del mundo humano (recordamos a George Orwell), o a los trazados por Juan José Arreola donde las focas son “perros mutilados, palomas desaladas”, o como El Rinoceronte de Ionesco, lugar de la encarnación de un malestar existencial.

Dicha obra, tan cercana a la de Fabio Rubiano, pertenece al teatro del absurdo con sus visos cómicos, burlescos que hablan del desasosiego existencial. Todos los habitantes de la pequeña ciudad sufren una metamorfosis, se convierten en rinocerontes, tos menos uno, dado que los habitantes no poseen espíritu crítico, pues el poder todo lo convierte en masa despersonalizada, sometida, conforme. Ionesco describe la banalidad del ser humano que vive sumido en un mundo contradictorio. Igual que en Cada vez que ladran los perros, aquí hay pesimismo, diálogos reiterativos y disparatados, ambientes sofocantes. Rubiano realiza un lenguaje crudo, visceral, tosco, con una estética macabra en donde los personajes dejan ver o hablan de sus cicatrices, de sus infecciones, de sus lesiones.

Peter Brook habla, a propósito, de ese teatro de la sal, el ruido, el olor, sugestiones rudas, desesperada energía que lleva a buscar medios de expresión, la risa y lo licencioso, el espectador sacudido mediante lo grotesco y lo ridículo, la ruptura, la degradación de la existencia, el asalto a las emociones, a la ilusión desengañada.

Pero también se puede sentir a Beckett en la propuesta de Rubiano. Normalmente los cuadros los constituyen dos personajes que entablan diálogos que se cortan, se dejan colgados y encierran una fuerte tensión. Los personajes parecen suspendidos en un infierno, un lugar sin tiempo ni movimiento, que no permite ninguna transformación.

Carlos José Reyes argumenta que Rubiano “desarrolla nuevos aspectos de su exploración metafórica, de acuerdo con la cual busca descubrir el lado humano de los animales o más bien, el lado animal de los hombres. Aquí la analogía parte de los perros en un proceso de metempsicosis, se transforman en hombres, la madre prefiere matar a sus propios hijos antes que sean asesinados por otros. La guerra se desarrolla en un espacio desolado, teniendo como fondo un nocturno de Chopin”.

Aunque la base de la obra es la realidad nacional, Cada vez que ladran los perros trasciende lo inmediato y retrata una realidad humana tan antigua como los perros mismos, la pérdida de la ética en los momentos de crisis social causada por la guerra. Los hombres que parecen perros porque pierden todo el control ético y social, que muerden, atacan, fornican sin ninguna reflexión; pero a la vez la otra óptica, los perros que se vuelven hombres cuando dejan de escuchar a su espíritu colectivo, al precipitarse a la locura, la destrucción y el caos, y dejar de lado la lealtad y el respeto por la vida.

Sobre aquella selva de las bestias, sea urbana o rural, se trasluce una escritura que evoca y transfigura, unión de pensamiento y espontaneidad y que capta a la vez el sentido de la muerte, la desolación, el estiércol del animal feroz y hambriento, los muros incendiados, las tumbas otra vez ardiendo.

martes, 11 de mayo de 2010

EL VERBO Y EL MANDO / Gabriel Arturo Castro

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Vida y  milagros de Gustavo Álvarez Gardeazábal
Jonathan Tittler
Unidad Central del Valle del Cauca,
Tulúa, 2004, 261 páginas.

El libro del profesor Jonathan Tittler, especialista en estudios hispánicos, es el resultado de 26 años de investigación alrededor de la obra de Gustavo Álvarez  Gardeazábal. Advierte el autor que el novelista tulueño es uno de los escritores colombianos más leídos en los últimos 35 años. A través de esta biografía político – literaria, Tittler legitima la carrera de un personaje polémico, excéntrico, a veces deslumbrante, cuya popularidad fue en algún tiempo enorme, gracias a la producción de sus novelas, artículos periodísticos y campañas políticas dentro de su departamento. Escribió best sellers, algunos de los cuales fueron llevados a la televisión y otros se destacaron por sus exitosas ventas. Sólo dos de sus novelas logran una gran  calidad literaria: Cóndores no entierran todos los días (1972) y Pepe Botellas (1984), afirmación en la que coinciden los críticos. Su restante obra, por consenso de escritores y académicos, está mediada por “cierto facilismo sensacionalista en el desarrollo de sus tramas, cuando no una tosquedad en su estilo”. Han señalado además el decaimiento de la calidad de su producción a partir de 1984, pues jamás recuperó la fuerza narrativa que había caracterizado tales obras.

La opinión mayoritaria de los críticos, lo acepta Tittler, dice que Álvarez Gardeazábal “se dejó distraer por la política y nunca realizó el potencial literario que pareció prometer en varios momentos de su juventud”. No olvidemos que tales afirmaciones fueron realizadas antes de la aparición política del escritor  y con bastante anticipación a su ascenso y caída de los avatares del poder público.
Ya en las décadas finales del siglo XX, Gardeazábal dejó de ser un escritor popular. Su mundo postgarciamarquiano, repleto de sugestividad parroquial, desconcertante y lacerante, empezó a eclipsarse. Sobrevino, entonces, la actividad política como un medio para no perder vigencia y seguir incidiendo en la opinión pública, ya desde otras orillas distintas a la literatura.

Los detractores, como los denomina el autor, mencionan la época aciaga de su breve administración, durante los años 2000 y 20001, tiempo en el cual se le realizó un juicio por enriquecimiento ilícito y su posterior destitución de su puesto como gobernador del Valle del Cauca. “En un sentido estrictamente político, esa carrera truncada equivale a un fracaso en cuanto a proyectos realizados (él mismo admite que abrigó ambiciones presidenciales) o cambios logrados en las estructuras del poder en el país”, afirma Tittler.  

Por lo tanto, uno de los principios que sustenta el presente libro, es brindar una versión distinta (¿imparcial?) de los hechos.  Tittler es tajante, la mezcla de actividades para el escritor norteamericano no significa una confusión de objetivos por parte del autor:

Muy al contrario, encarna una combinación muy especial de ingredientes (talentos y esfuerzos) que produce para la sociedad colombiana un cambio paradigmático para la actividad cultural. Lo extraordinario de su papel doble –donde el verbo literario se combina eficazmente con el mando político, con cada ingrediente refortaleciendo el otro recíprocamente- es lo que me costó tiempo en llegar a apreciar y lo que espero impartir en este libro. Hay que mirar el todo cultural y no sólo las mitades literaria y política.

Tittler conoce la existencia de Gustavo Álvarez Gardeazábal desde 1977 a través de Raymond Williams, quien lo invitó un año más tarde a la convención anual de la Modern Language Association of América, para participar en una sesión dedicada a la obra del novelista tulueño. Durante la convención acordaron la traducción al inglés de la novela El bazar de los idiotas y un viaje a su ciudad natal en el año de 1981.  A partir de entonces  se sucedieron innumerables visitas, artículos, capítulos en colecciones, acerca de la obra de Álvarez Gardeazábal y la restante literatura colombiana. En 1983 Williams y Tittler fundan la Asociación de Colombianistas Norteamericanos y su Revista de Estudios Colombianos. En 1989 Tittler publica una colección de ensayos titulada Violencia y literatura en Colombia. Luego, alrededor de 2002 inicia el presente proyecto llamado El verbo y el mando, con el propósito de escribir la historia de su vida. Al respecto cuenta el autor:

La investigación tomó la forma de una dilatada entrevista transpacífica celebrada por una cadena de mensajes de correo electrónico (los dichosos emails). La correspondencia duró más de dos años y consistió en preguntas que invitaron a que el autor recapacitara sobre su ya larga carrera de hombre público (...) Las charlas digitadas son tan reveladoras del carácter del autor y de su visión  sobre los tiempos que ha vivido que he cedido a la tentación de presentarlas como documentos históricos.

Confiesa Tittler su modo antiacadémico de la elaboración del libro, a favor de “un lector de educación general y no poca curiosidad intelectual”. Desde su particular visión, el autor se refiere al “mando” como consecuencia del quehacer político. Para los efectos de este libro, manejar el poder sobre números considerables de personas, donde hace un papel preponderante el carisma, se considera trabajar en la macropolítica.

Según Tittler, detrás de los datos, las descripciones y el análisis que constituyen El verbo y el mando, se encuentra la teoría de que Gustavo Álvarez Gardeazábal es una persona neta y originalmente política: “Se siente destinado a manejar  el poder de la palabra, sea en el patio de recreo del colegio de los Salesianos, en sus obras de ficción, sus columnas periodísticas, sus clases universitarias, sus programas radiales o sus campañas electorales”.
Acepta que utiliza la literatura para alcanzar la celebridad y convertir la popularidad en poder político y prestigio literario. Dos carreras paralelas, “las cuales le dan una base relativamente amplia y estable para construir su persona pública”. Para Tittler, Álvarez Gardeazábal logró establecer una pauta inexistente en la cultura colombiana:

Siendo desencubiertamente homosexual, un hombre puede gobernar de manera independiente, con inteligencia e imaginación y sin robar plata. El impacto de ese modelo de conducta en la psiquis y la cultura nacionales todavía no se ha registrado del todo. La guerrilla y las milicias de autodefensa siguen devastando el paisaje y el campesinado, y el narcotráfico sigue hundiendo la ética del trabajo de la juventud. Pero con el transcurso del tiempo, el rompimiento de estructuras, estereotipos y prejuicios implícito en su constructiva rebeldía promete abrir una de las pocas salidas esperanzadas del dilema político actual.

El libro de Tittler consta de ocho capítulos. El primero está dedicado a establecer los orígenes del proyecto, la presentación del autor y la justificación de la obra, muy endeble por cierto, sin los argumentos sólidos o el acompañamiento de teorías necesarias para la defensa o legitimación que asume.

El segundo apartado habla del nacimiento del Álvarez Gardeazábal, su bautizo, la presunta capacidad de presagiar el futuro, la niñez a orillas del río Tulúa, la biografía de sus hermanos, la primera enfermedad, el inicio de sus estudios superiores en la Universidad del Valle, la algarabía del movimiento estudiantil, su temprana indecisión política (según  Tittler, el joven universitario actuaba, desde aquel entonces, como liberal de centro o en otras ocasiones, igual a un militante de la centro derecha). Su monografía de grado, dirigida por Walter Langford se llamó Las novelas de la violencia en Colombia y la culminó en 1970, año donde escribe Cóndores no entierran todos los días. De 1972 a 1980 dicta clases en la Universidad del Valle, edita las revista Logos, organiza eventos culturales y renuncia por no poder ejercer actividad política, de acuerdo a la prohibición del Ministerio de Educación.

El capítulo tres es el comienzo de la novelística de Álvarez Gardeazábal. Su primera novela se llamó Piedra pintada, y fue publicada en Medellín en 1965. Dicha obra no aparece al interior de la obra reconocida, dado su carácter de experimento literario. Todo lo contrario, como inicial novela el autor reconoce a La Tara del Papa. “Con ella maneja hábilmente un amplio surtido de temas significativos y recursos técnicos contemporáneos para impartir un sentido de lo conflictivo de la vida en el Valle del Cauca.

Luego La Boba y el Buda representa una continuación del mundo ficticio proyectado en su anterior novela. El análisis de su mejor obra, un documento histórico que aún perdura: Cóndores no entierran todos los días, cierra el capítulo.

A continuación, Tittler traza un itinerario denominado por él Consolidación de su lugar y comienza por el estudio de Dabeiba, donde relata el origen de la crisis de un pueblo amenazado a desaparecer bajo las aguas de una represa.

El bazar de los idiotas, la quinta novela de Álvarez Gardeazábal, se enmarca dentro de un pueblo chismoso, relativamente moderno, cuyo interior sufre la invasión de turistas, peregrinos y reporteros. Sin embargo, las instituciones y mentalidades, siguen siendo las mismas, arcaicas e insuficientes para asimilar los cambios dados.

Finaliza este periodo una creación distinta a las anteriores: El titiritero, considerada como una metaficción y a la vez un relato de carácter político, dotado de especiales estructuras narrativas, ya que se presentan seis diferentes hilos narrativos.

Tittler indica en  el capítulo cinco la época de plenitud de la obra del novelista tulueño, entre 1981 y 1986, “cuando publicó sus mejores novelas, ganó importantes premios y becas, dio numerosas conferencias invitado en Colombia y en el extranjero y mantuvo dos puestos políticos electos”. Las novelas ubicadas en este periodo son Los míos, Pepe Botellas y El Divino. Tittler a continuación de tal remembranza realiza una exposición de sus logros políticos y la historia de su encarcelamiento.
El capítulo seis lo dedica al análisis de las novelas anteriormente mencionadas. En Los míos Álvarez Gardeazábal plasma una novela donde el poder se representa desde adentro y arriba y a la vez retrata el mundo de la ambición más desbocada a nivel nacional y global.
Pepe botellas viene a constituirse como una ficción autobiográfica. “Es un texto que es la suma de muchos textos, tanto literarios como documentales; es una obra cuyo ritmo alterna entre acelerado y frenético y cuyo léxico desaforado presiona los límites de la razón”, asegura Tittler. Por su parte, la novena novela del tulueño, El Divino, representa con truculencia y sin sentimentalismos, el anuncio de un cambio de valores en la sociedad colombiana, gracias a la irrupción del narcotráfico.

El capítulo siete resulta sorprendentemente crítico. Lo titula: Declive literario, cuando “ocurre un cambio notable en la escritura del novelista. Sea fruto de un cansancio o una distracción, las novelas compuestas resultan más esquemáticas, más previsibles en su argumento o de alguna manera menos originales que las mejores creaciones del escritor”. Este caso de repetición es ejemplificado por El último gamonal, Los sordos ya no hablan y Comandante Paraíso, obras de las cuales Tittler revisa su contenido.

En el capítulo ocho el autor presenta las conclusiones de la presente biografía política y literaria, vida y milagros de un escritor popular y polémico a la vez. El presente  libro concluye con una entrevista, transcripción de un diálogo electrónico, fragmentado y extendido, entre Tittler y Gustavo Álvarez Gardeazábal, estando el novelista ya  preso en su ciudad natal, alrededor de septiembre del 2000.
  
por GABRIEL ARTURO CASTRO   

La sociedad narcisista: todos escriben, nadie lee.

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