lunes, 29 de julio de 2013

PODER Y LENGUAJE





Por: Luis Alfonso Ramírez Peña
Instituto Caro y Cuervo


El origen del poder en el lenguaje. El poder no nace en las entrañas de las formas, de los códigos o de los significantes, nace de las relaciones comunicativas que los usuarios del lenguaje establecen con sus interlocutores virtuales a través de la creación de  los discursos por diferentes necesidades. Son poderes nacidos en la construcción del discurso, ya sea en la condición de autor de su escritura o de su recepción. Poderes con respecto a los interlocutores, ejercidos en la jerarquía enunciativa de la significación. Poderes del saber para avanzar y controlar los conocimientos; poderes sobre sí mismo para cuidarse y poder manifestar su más intima visión y expresarse con lo mejor de sus lenguajes.

No es lo mismo el ejercicio del poder en la producción del discurso cuando se requiere influenciar o controlar al otro, que el poder necesario en el manejo del lenguaje para que responda a las necesidades del desarrollo del conocimiento en el discurso de la ciencia o la tecnología, que es más bien un poder sobre el mundo conocido; y tampoco es  lo mismo, el poder sobre las palabras para expresar las más íntima visión creativas de los mundos circundantes.

Es la diferencia del discurso de un hablante sin voz propia, repetidor incondicional de las voces de los otros. Diferente es el discurso de la ciencia, que aunque reitera otras voces no son incluidas sin reconocimiento y con sus propios comentarios nacidos de la voz propia. Discursos diferentes a los discursos de la literatura, cada uno de  los cuales es una voz auténtica, sin mediaciones y, aunque aparecen otras voces, están sometidas a las necesidades expresivas de lo propio. En todos los poderes discursivos, el control del lenguaje, del interlocutor, de los mundos soñados e imaginados y recreados son el resultado de la existencia y la vivencia de un sujeto actor de sus discursos. Condición de sujeto que se constituye por su capacidad de entrar en comunicación con los otros manteniendo los niveles comunidad pero no manteniendo la responsabilidad y el respeto en la distinción entre lo mismo y lo diferente.

El poder surge en las acciones comunicativas cuando estas son estratégicas para el logro de un fin. La producción de la obra literaria se inicia cuando su autor pretende mostrar su propia visión de los mundos alterando el orden frecuente de los discursos utilizados en la diario transcurrir de la repetición y sin diferencia.             
  
En la literatura el sujeto es actor pleno de sus discursos, de su poder. Estoy pensando en la literatura cuyo lenguaje cae bajo el control y el poder del sujeto por sus propias representaciones; es el uso más original y auténtico de las expresiones; el poder es propio y los únicos límites del poder son los del mismo lenguaje. La literatura no ejerce poderes sobre colectivos, y los escritores más críticos en sus obras no han logrado ninguna revolución, ni ninguna transformación del orden social importante       

El lector de literatura, también se realiza por la liberación de todos los poderes que lo asedian, impone su poder, incluso sobre el poder del texto y del autor. También es actor de sus lecturas con sus propios discursos, sus propios imaginarios y sus propios deseos.  Poderes, saberes y deseos reparten en cada uno de los individuos, la interacción entre individuos en esos discursos que están más en la estrategia que busca efectividad del poder sobre los otros.                         

La lectura es un juego de poderes entre el texto, lo dispuesto  para ser comprendido, y los poderes de acceso concedidos por la experiencia de vida y permitidos por los discursos dominados por el lector. Son poderes de unos pocos que gozan de la indiferencia de las masas para quienes, según Baudrillard (1993) “No hubo jamás manipulación. La partida se jugó por ambas partes, con las mismas armas, y nadie sabría decir quién ha ganado hoy en día: la simulación ejercida por el poder sobre las masas o la simulación inversa tendida por las masas al poder que se asume en ellas”.     

Los medios y el ejercicio de la masificación crean la indefensión del lector, y logra asimilar la repetición y la indiferencia. La escuela, piensa uno, podría haber sido el escenario adecuado para crear actores capaces de reconocer y acceder a la diversidad y a los sentidos necesarios de la inagotable capacidad significativa de los enunciados. La educación, ilusión posible, debería afectarnos y debiera ejercer en uno el poder  para avanzar en su condición de sujeto actuante responsable de los discursos recibidos y producidos.

Poder de advertir las voces ocultas en significantes con  sentidos explícitos por intereses particulares. Y es cierto que desde que se nace se aprende a leer los mundos inmediatos repitiendo la identidad con la familia; con los medios la masificación de los interlocuciones rutinarias. La escuela piensa uno, debiera contribuir a romper la transparencia aparente de los mensajes con la incursión de las voces ingenuas e interesadas del otro, el interlocutor, las voces de los otros, los referentes  del discurso.  

La literatura es el espacio de la intimidad de los sujetos con el lenguaje, acceso placentero con la experiencia vital de la realidad en sueños de palabras disidentes, es conquista de una voz propia con pretensiones originales por miradas que otros no ven. Con la literatura se quiere liberar de la opresión de las palabras aletargadas en sus constantes significados, se abre caminos para la diferencia sin acosar a los otros, quienes permanecen en la mismidad.

Así,  la literatura es resultado de un acto solo, que sólo interfiere en la soledad de los demás cuando estos le dan cabida en sus interpretaciones; resulta así un contrasentido y en aras de una supuesta objetividad inexistente,  quitarle a la literatura a su autor (Barthes y Foucault) y reducirlo a un juego de lenguaje y de saberes que se autodefinen con sus propias formas.

El poder de la literatura nace en la apropiación de la abundancia intertextual del escritor, quien convierte su obra en una selección de las voces capaces de responderle a la dimensión y las perspectivas requeridas por el autor para la presentación de su visión de mundo. La literatura es quizás el único discurso al que se le puede atribuir la originalidad. Originalidad de un sujeto que hace pleno uso de su poder expresivo para conjugar la diversidad de voces de las culturas en su propia voz. Un indicio de esta condición de la  literatura fue Borges. Las  culturas  de oriente, de occidente, norte  y sur, tuvieron su confluencia en una polifonía literaria de su obra que acaba también con los límites de los géneros. Y en uno de sus más elogiados relatos Pierre Menard, autor del quijote, muestra que las obras literarias se deben a sus momentos históricos, a sus culturas y a la condición irrepetible del acto de creación por su obra.

Resulta así, para muchos críticos, extraña la ubicación cultural de este autor porque escribió en todos los lenguajes posibles, incluido el lenguaje y los modos de ser de los gauchos, de los argentinos, en relatos como el fin, El hombre de la esquina rosada, en los temas sobre Evaristo Carriego, en los poemas del tango. Es un pleno poder ejercido no sobre la lengua, sino sobre el lenguaje y los discursos. En nuestro territorio, García Márquez universalizó su cultura en el sentido de hacerla oír por los otros, los considerados del primer mundo. Y en general, los escritores latinoamericanos desde el siglo pasado, a pesar de las grandes influencias recibidas del otro continente, convirtieron su literatura en discursos de reconocimiento y de interlocución con los europeos.     

Para terminar, es conveniente recordar que el poder se ejerce y se sufre con el lenguaje, se produce o se acepta casi en una rara coincidencia con la pasividad en que tradicionalmente utilizamos la lectura, dejando el ejercicio del poder en la escritura a la cual difícilmente se accede. Pero en la literatura no hay tanta coincidencia entre el poder y la escritura porque los escritores generalmente no están con el poder político, aunque sí podrían ejercer algunos poderes personales. Un poder podría ser, cautivar a sus propios lectores, entre las mayorías silenciosas que no les gusta leer. Estas mayorías siguen siendo destinadas a ser intérpretes y ejecutores  pasivos de las acciones que les implican. La educación tiene el imperativo de convertir a todos en poderosos usuarios del lenguaje en todas las variedades de su uso.

Comenzar un buen proceso educativo, es ayudar a adquirir poder para leer y entender la literatura y los demás textos;  crear personas cuidadosas de sí mismas, solidarias con los demás, y constructoras y transformadoras de culturas. Pero será deponiendo las dos tradicionales concepciones definiciones y modos de relacionar lengua y cultura: la lengua como sistema significante unificado con una única cultura; y la lengua como sistema abstracto, modelo teórico de los lingüistas para negarle el gran potencial creativo de los lenguajes a través de la comunicación y el discurso, nuestra salida y recomendación que dejamos a todos.    

sábado, 9 de marzo de 2013

UNA INCURSIÓN EN HECTOR ROJAS ERAZO/Luis Alfonso Ramírez P.





La creación de este libro es una aproximación hermenéutica para exhibir otro modo de acceso a los oscuros y ocultos sentidos, no entendidos ni percibidos con los acostumbrados análisis académicos de la forma material en  sus segmentaciones y distribuciones de versificación rítmica; o de los comentarios inmanentistas y sincrónicos de los temas ajenos a la condición del autor. Es acercamiento a un pensamiento lírico pero sin seguir los postulados de los análisis tradicionales de descomposición y abstracción con generalizaciones postuladas como las explicaciones más profundas de las obras literarias.
Cuenta el autor con un ámbito poético apropiado que en una extensión importante se comparte y sirve a la interpretación de la visión profunda del poeta acerca de su existencia y seguramente del resto de los seres humanos.

Me siento muy cercano a la vía escogida por Gabriel Arturo: la de dialogar con el autor a través de sus enunciados poéticos. Y como lo he repetido a mis estudiantes de literatura, para entender y dialogar con la obra literaria, para explicarla en una tarea académica, se requiere vivir sintiendo el dominio del autor y el ámbito literario, origen de la obra. Son estos los instantes iluminadores y creadores por la escritura de los versos. Ella misma es parte del acontecer que permanece y se innova en los encuentros con cada uno de sus lectores. La escritura, como acto de articulación de significantes en un orden desde la perspectiva poética del autor; no es el comienzo ni el fin de la creación artística, solamente una incursión en la trascendencia del mismo autor en la obra; es la esperanza, no de agotar los sentidos de la obra pero sí de andar rutas para encontrarse con el autor en el texto.

Gabriel Arturo está apoyado del mejor dispositivo e inspiración poética con sus creaciones y su gran imaginación de poeta realizado para encontrarse con Rojas Herazo en sus textos líricos. Solamente algunos ejemplos bastarán para demostrarlo:

“El mar en la Mejilla como un símbolo”, ha sido su selección poética para explicar la significación metafórica de que “el mar habita en el rostro de alguien”, por el bellísimo juego de imágenes del amor que florece y envejece en las imágenes del mar. Y las afirmaciones de que la metáfora es el fin de la mímesis, “ilusión contra la representación-objetivización-racionalización del mundo”,” “recreación de la sensibilidad perversa”, “el silencio y la profecía propio de lo inefable”, muestran la liberación del poeta de los sentidos petrificados de las palabras para juntarlos con sus visiones y sentires en el encuentro con sus mundos vitales.

Brotan así, los enunciados de Gabriel Arturo sobre la metaforización. Aquí la metáfora se ha vuelto un ciclón que arrastra los desechos de sentidos muertos de las palabras aisladas para ubicarlos en otras miradas que sienten el mundo en la autenticidad del poeta. La metáfora es soñar con palabras: “El anhelo de otro estado del mundo, la fundación, exploración y revelación personal de uno de ellos”. Imágenes mezcladas de sabor del Caribe, y de juventud ida por el peso y el paso de los años que van mostrando sus rastros.
De la metáfora, Gabriel Arturo, rastrea en la poesía de Rojas Herazo, una significación nueva, no resultado de la palabra aislada que sustituye; es, más bien, significación como proceso de autorepresentación indefinida de su trayectoria vital. La metáfora es la poética buscando sentido totalizante pero ilimitado: actitud visualizada del ser referido.

Hablando en otro de los ensayos de la alteridad poética, Castro en su indagación, muestra a interlocutor, a un sentido colectivo en el que incluyen, el lector, los otros y hasta el mismo poeta: “Recuérdalo bien hermano mío, sólo hablaré de ti”.

Versos que, como lo escribe Borges al enunciar al otro, reconoce su alter ego, su misma persona que se desdobla para reconocerse como otro, el mismo poeta. Juicio del otro y reconocimiento en sí mismo que trasciende el valor retórico del “tu” convertido en todos nosotros. Para Castro, al ubicar estos versos en una poética del otro, siente que en la poesía de Rojas Herazo se vive en un “teatro de voces, porque está construida a partir del tu poético, monólogo dramático donde surge el diálogo, el escenario en donde se proyecta su experiencia. Y entonces, “proyecta desde su yo, hacia afuera, su ánimo, impulso y sensaciones, y a la vez, se encuentra con las manifestaciones de otros individuos con quienes inicia una vivencia y convivencias únicas”.

Resta aclarar que el “tu” de los poemas no es una indicación del lector, no tiene un valor ni pragmático ni retórico. Es un “tu” como un “yo” del mismo poeta que lo trascienden y remiten a un nosotros, los seres humanos, inclusive sus lectores.

La lectura de la originalidad y autenticidad en el uso del lenguaje que Gabriel Arturo presenta en el ensayo “El lenguaje y el mundo de Héctor Rojas Herazo”, es la culminación de su insistencia en demostrar la autenticidad y original visión de su ser y el de los otros, y del sometimiento del lenguaje a sus deseos poéticos despojando a las palabras de los palabra. Aunque se suele afirmar que la palabra poética es desvío de la palabra normal que acude en auxilio del poeta para denominar lo innombrable; más bien, ellas hacen parte de expresiones simples  o complejas, no como sustitución sino como parte de una totalidad semántico expresiva de la imagen total del poema, como pieza discursiva de la expresividad íntima del poeta. Son expresiones propias del ámbito  poético, comparable al lenguaje de la cotidianidad. En el lenguaje, nada es desvío de nada. Lo inefable,  es un sentir del otro, del lector, no del poeta. El poeta construye y dice su propio mundo con la más bella propiedad, aunque se pueda sentir  irrealizado. Las palabras son partes importantes de los versos como significantes pero los sentidos surgen de la totalidad. Totalidad discursiva construida por el poeta en la interpretación de sus mundos, pero dispuesta también a la interpretación de sus profanadores lectores.

En los versos: “Heme aquí con mis días /, mis semanas, mis meses, metidos en cintura”, la condición de poner en cintura las semanas, los meses y los días no es un desvío de una palabra, es la necesidad de conformar la imagen del recuerdo y de la tensión en que se ponen los tiempos del poeta, y como dice Gabriel Arturo: “La poesía responde a una profunda vivencia del individuo y el poema será una forma sentida y material”.

Resalto el presente ensayo del autor por la capacidad de diálogo con el gran poeta Héctor Rojas Herazo, para mostrarnos en el libro los sentidos resultantes del encuentro de dos experiencias poéticas que no renuncian a su originalidad aleatoria y sinuosa con la cual el crítico se adentra en los significados del transcurrir de la fuerza vital en la que transcurrimos los seres humanos con un “verbo colmado, orgánico, totalizante y trascendente” y afirmar de sus versos que son la exclamación “de su legítima condición humana, el dolor de la existencia, la embestida diaria de la muerte, la memoria angustiada del hombre común y corriente que transita por las tierras, que se desgarra y resiste a pesar del tiempo” Enunciados con los que se valora la potencialización de la palabra de la poesía de Rojas Herazo, sin que sean conceptualizaciones o explicaciones objetivas, sino la vivencia compartida en imágenes de la propia existencia del poeta.

Gabriel Arturo en la originalidad de su voz demuestra que lo mínimo requerido para ser original es reconocer que su propia voz está articulada de otras voces.

Para fortalecer su lectura poética este pensador acoge las voces de tantos autores valiosos, además de los recuerdos y experiencia vivida por Rojas Herazo en el Caribe: Bataille, Blanchot, Caballero de la Hoz, Sloterdijk, Bousoño, Fernando Charry Lara, Henry Luque Muñoz, Jorge Larrosa, Guillermo Sucre, y tantos otros, quienes enriquecen el contenido del ensayo crítico, pero no impiden crear límites al dominio de saberes del autor.





lunes, 28 de enero de 2013

MI XPERIENCIA PERSONAL CON EL NADAÍSMO


Por William Marín Osorio

William Marín Osorio, Profesor Asociado y de Literatura Universidad Tecnológica de Pereira, Magíster en Literatura Hispanoamericana Instituto Caro y Cuervo, Director Semillero de Investigación Revista de Literatura Polifonía.

 

El poema es un objeto hecho del lenguaje, los ritmos, las creencias y las obsesiones de este o aquel poeta y de esta o aquella sociedad. Es el producto de una historia y una sociedad, pero su manera de ser histórico es contradictoria. El poema es una máquina que produce, sin que el poeta se lo proponga, anti-historia.

Octavio Paz


Los años escolares  

En mi adolescencia asistí con un grupo de compañeros del Colegio Rafael Uribe Uribe a muchas manifestaciones del Nadaísmo aquí en Pereira.  Corrían los años 80 y nuestra generación era la de unos estudiantes que veían ilusionados ciertos cambios en la cultura, cierta renovada forma de ver el mundo influenciada quizás por un nuevo estilo en la manera de enseñar de unos profesores progresistas: recuerdo especialmente a Gladys López Jaramillo y a su hermano, el escritor Eduardo López Jaramillo –de quien tengo la imagen de su presencia aristocrática por los corredores del colegio, llevando consigo muchos libros y conversando con el entonces rector Humberto Bustamante quien animó muchas veladas culturales en nuestra institución-, Rubén Darío Sierra, Alcides Pérez, Ramón Echeverry Peláez, profesores de Español y Literatura, quienes permitieron que naciera en nosotros una fe por la palabra como medio de expresión de nuestro mundo interior.  

El Primer Manifiesto Nadaísta (1958), anunciaba desde uno de sus postulados “Destruir un orden es por lo menos tan difícil como crearlo. Ante empresa de tan grandes proporciones, renunciamos a destruir el orden establecido. La aspiración fundamental del Nadaísmo es desacreditar ese orden”, buscando crear conciencia en el ciudadano sobre el mundo social y político que habíamos heredado del denominado Frente Nacional, una especie de tregua a la violencia bipartidista que azotaba al país desde El Bogotazo y que significaba la alternancia en el poder de los partidos políticos tradicionales; el Frente Nacional era entonces una forma de la exclusión de otras voces, de otras formas de la disidencia, lo que significó más violencia y más injusticia en un país mayoritariamente católico.  Así, el Proyecto Nadaísta era el de un espíritu crítico y rebelde, frente a la realidad de una sociedad colombiana empecinada en postergar para siempre la experiencia de los ideales de la modernidad, especialmente en los campos de la libertad en las ideas y la expresión de la dignidad humana en todos los escenarios de la vida nacional, una sociedad colombiana precipitada por sus clases dirigentes a la polarización entre los desheredados –vastas masas de marginados- y las élites políticas y económicas. 

Estas reflexiones surgían de las aulas de clase, en esos salones del Uribe, un colegio que ocupó en aquella época un sitial importante en el orden de la cultura local.  Fue la época en que García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura.  Recuerdo que el año 1982 fue de un impacto fundamental en nuestras conciencias de entonces.  En nuestro colegio ya veníamos leyendo a García Márquez desde hacía varios años, y sabíamos de la importancia de su palabra. Se hacían obras de teatro alrededor de sus novelas con el profesor Rafael Antonio Marín, y de la Universidad Tecnológica de Pereira nos visitaba el grupo de teatro que dirigía Antonieta Mercury, un grupo de teatro que lograba impresionar a unas mentes jóvenes con el episodio de La Masacre de las Bananeras, episodio protagonizado entonces por la United Fruit Company y por un brazo armado oficial que defendió los intereses de la compañía bananera frente a los intereses de la clase trabajadora.  García Márquez había pertenecido a Mito, un movimiento estético que buscaba un orden, en el contexto humanístico, en el horizonte de la violencia entre partidos que ya cobraba miles de víctimas en el país después de El Bogotazo.

El episodio de El Bogotazo era recreado de una manera magistral por nuestra profesora de Historia, la profesora Rosalba Salazar, quien nos llevaba a la biblioteca del colegio a escuchar la voz poderosa y vibrante del gran orador liberal Jorge Eliécer Gaitán.  No alcanzaríamos a comprender entonces las repercusiones en nuestras sensibilidades de semejante experiencia con la palabra del caudillo liberal asesinado por las fuerzas oscuras de la época.  Y no alcanzaríamos a comprender tampoco, y sólo los años nos ayudarían a entender esto, cómo la literatura y el arte se convertirían en nosotros en bastión para liderar desde la estética esa revolución invisible que tanto pregonara Jorge Gaitán Durán.  Recuerdo que una vez leímos en clase el discurso de Gaitán en el Congreso de la República sobre La Masacre de las Bananeras y cómo éste señalaba con nombre propio al autor intelectual, un general de la república como determinador de este cruento acontecimiento; nos preguntamos ahora, si ese discurso no sería determinador también del crimen de Gaitán como uno de los episodios más oscuros de la historia de Colombia. 

Así pues, en nuestra época del colegio, por los años 80, fuimos testigos de las repercusiones sociales, políticas y culturales de dos grandes movimientos estéticos y políticos que liderados desde la estética determinaron un fluir de la conciencia progresista y moderna frente a las incertidumbres del diario vivir del ciudadano de a pie.  Estoy hablando de Mito y del Nadaísmo.  El primero fundado por Hernando Valencia Goelkel y Jorge Gaitán Durán y el segundo por Gonzalo Arango.  Dos visiones del mundo, dos enclaves espirituales de hondas repercusiones en la historia del pensamiento colombiano.

Recuerdo que en diferentes ocasiones fuimos convocados por la fuerza del movimiento Nadaísta; una mañana en el colegio Inem Felipe Pérez, el aula máxima estaba a reventar de una juventud deseosa de conocer a los protagonistas de este movimiento espiritual y político, flujo y reflujo de la palabra.  Y después de un enérgico discurso de Elmo Valencia, un joven alto y combativo preguntó:  ¿Entonces qué es El Nadaísmo?  Y el orador respondió inmediatamente, sin mayores preámbulos:  Nada.  Recordemos que el término Nadaísmo había sido utilizado por primera vez por Gonzalo Arango en el año de 1958 en su Primer Manifiesto Nadaísta, y la idea era fundar un movimiento rebelde e iconoclasta que fuera una protesta social contra un régimen de cosas imperante, contra una sociedad caduca y retrógrada. Todos quedamos estupefactos con ese monosílabo, muchos soltaron la carcajada ante tan elocuente respuesta de Elmo Valencia. 

Luego fuimos convocados en innumerables ocasiones por la palabra poética de los creadores de carne y hueso que vivían entonces y que nos visitaban en nuestra ciudad, escuchamos su voz en diferentes escenarios como la sala de música del Banco de la República, el teatro de Comfamiliar Risaralda en donde, bajo la tutela del poeta Eduardo López Jaramillo, entonces director de La Sociedad de Amigos del Arte conocimos a varios poetas y escuchamos la poesía inspirada por sus musas:  Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar (X504), Eduardo Escobar, poetas de perenne peregrinación por la geografía ardorosa del poema erótico, por las aguas turbulentas de un país secreto y soñado, poesía contestataria del poder, emblemática y sarcástica, habitada por el humano dolor y por la carcajada crítica que cuestiona al mundo y al hombre pues: 

(…) Una cultura solitaria, desvinculada de los intereses universales, es imposible de concebir. Nadie puede evadirse, ni eludir el papel que representa en el mundo moderno. Todo se relaciona de una manera profunda en esta época en que el simple hombre encarna una misión en la historia: su acción o su indiferencia implican una conducta de inmensas responsabilidades éticas, y al aceptarla o negarla, se salva o se condena. (…) Hemos renunciado a la esperanza de trascender bajo las promesas de cualquier religión o idealismo filosófico. Para nosotros éste es el mundo y éste es el hombre. (...) Nosotros creemos que el destino del hombre es terrestre y temporal, se realiza en planos concretos, y sólo un dinamismo creador sobre la materia del mundo da la medida de su misión espiritual, fijando su pensamiento en la historia de la cultura humana. (Gonzalo Arango. Primer Manifiesto Nadaísta).  

Siguiendo esta tradición en nuestra ciudad y en el marco de la sexta versión del Festival de Poesía Luna de Locos que dirige Giovanny Gómez, se llevó a cabo el año pasado un homenaje a los poetas Nadaístas; en el evento se contó con la presencia poética de Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar y Eduardo escobar, un merecido homenaje al movimiento Nadaísta, algo que también había hecho en su momento la revista Mito al dedicar uno de sus números al Nadaísmo.  Seguirá siendo este movimiento de vanguardia una influencia importante en buena parte de nuestra literatura, especialmente a lo que atañe a su espíritu de rebeldía en las formas y en el contenido.

Mito y El Nadaísmo:  Una historia de cruce de caminos          

Hay una serie de voces significativas que se encuentran antes y después de dos momentos claves en la poesía en Colombia:   Mito y El Nadaísmo, con sus diferentes manifiestos.  El primero, liderado por Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel quienes fundan en el año de 1955 la Revista Mito, una revista que contó en su comité editorial y patrocinador con los escritores Vicente Aleixandre, Luis Cardoza y Aragón, Carlos Drummond de Andrade, León de Greiff, Octavio Paz y Alfonso Reyes. Gaitán Durán, quien había regresado al país con una formación europea, quiso hacer un llamado a la reconciliación de la nación a partir de la palabra y del conocimiento profundo del origen de nuestra historia de violencia e injusticias sociales; La Revista Mito abrió el pensamiento colombiano a los más diversos acontecimientos nacionales e internacionales, ejerciendo una influencia significativa en grupos como El Nadaísmo, a este respecto Armando Romero señala: “(…) Mito fue el orden estructurador de una rebelión de la conciencia que posibilitó el desorden romántico vanguardista del nadaísmo.” (1985).  El Nadaísmo, fue un llamado a la desintegración de una sociedad caduca y sinsentido ahogada en el baño de sangre entre partidos, recrudecido con el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán, símbolo de la exclusión desde lo político en el escenario social de vastos sectores de la población colombiana. 

Tanto Mito como El Nadaísmo, fueron epígonos, en sus diferentes momentos históricos de dos formas de ver la realidad nacional a partir de la poesía.  Quiero destacar de ambas visiones estéticas, políticas y sociales, que se tejieron al ritmo de nuestras vicisitudes políticas y sociales, su necesidad de mirar al hombre y sus circunstancias.  Es importante destacar que los Nadaístas publicaron la Revista Nadaísmo 70 (1970-1971) que fue su medio de expresión para ejercer una ruptura con el ambiente literario de la época, por ejemplo contra el grupo El Centenario que expresaba a la élite intelectual que detentaba el poder político. Pero quizás fue muy significativo que este movimiento ejerciera su magisterio desde influencias tan importantes como el surrealismo y el existencialismo, de allí que en sus páginas se publicaron textos de Sartre y Camus, para poner en perspectiva su pensamiento con la crítica a los problemas de la época.

Si bien el movimiento Nadaísta constituye un referente clave para interpretar a la generación del Frente Nacional, sí es significativo el hecho de que escritores como Gonzalo Arango, Jota Mario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar, Fernando González –animador espiritual del Nadaísmo-, hicieron de la palabra poética una fiesta del lenguaje y una forma de la crítica social a las costumbres de una Colombia secreta, conservadora y anodina.  Este referente es fundamental en una historia de la poesía en Colombia.  El Nadaísmo buscaba como respuesta a esa sociedad que cuestionaba, la destrucción del poema y la sociedad que lo habitaba, su estética fue una antiestética, en mi concepción una propuesta de barbarie y provocación inusitada en contra de los principios universales de la poesía, con algunas excepciones como la del poeta Jaime Jaramillo Escobar.    

Las palabras de Gaitán Durán “todo edificio estético descansa sobre un proyecto ético”(1955) en el contexto de la situación política y social de la Colombia de los años 50 y del presente, advierten que el artista tiene un proyecto humanista de grandes repercusiones, pues el artista tiene un compromiso con el hombre y con el arte, pues hay una simbiosis entre el arte y la vida, y en este sentido las conductas humanas del artista repercuten inevitablemente en su creación.  Gaitán Durán con su revista nos puso en contacto con Europa, y fue el inicio de nuestra primera vanguardia, es decir, el inicio de nuestra modernidad en los campos de la crítica y de la estética, herencia de la tradición simbolista, una tradición que tocó el alma del poema en su estructura, pero también el alma humana en su condición social y política, como lo expresara Mito(1955-1962) en sus manifiestos, especialmente desde la perspectiva del intelectual comprometido con el hombre, con su tiempo.

La Revista Mito(1955-1962) nos hizo contemporáneos del mundo, allí se publicaron obras de escritores hasta entonces desconocidos en nuestro panorama intelectual:  Carlos Fuentes, Octavio Paz, Julio Cortázar, Pablo Neruda, Vicente Aleixandre;  traducciones de la obra de Sartre, Lukács, Husserl, Camus.  Este proyecto de modernidad nos condujo por la senda de la libertad poética y creativa.   García Maffla señala al respecto: 

           Habría que hablar de Jorge Gaitán Durán como de la lucidez de la pasión, que se ha hecho herida y visión; coetaneidad real con el mundo, duelo de la mirada para que el país intelectual abriera sus ojos a un imperativo de humanidad y de autenticidad. Y si habló de lo pasado y de lo extranjero fue bajo la exigencia de una apropiación, de una evolución intelectual y vital de la cual -europea e hispanoamericana- se había apartado Colombia, a espaldas del signo de la modernidad: Heidegger, Marx, Camus, Durrell, Pizarnik, Freud, Breton, Borges, Bataille, Sade, Cernuda o Paz, se aunaban gracias a Gaitán Durán en una visión nueva con lo que era colombiano. Su apuesta fue a la vez crítica y poética, como su obra fue diálogo con el fluir universal, afirmación de la cifra del tiempo e iniciación, tanto de una europeización real como de una auténtica hispanidad. Para nosotros, por figuras como la suya, el siglo XIX quedaba, al fin, atrás. (García Maffla, 1999).

En su estudio de la poesía colombiana de 1940 a 1960, Armando Romero(1985) plantea entonces que Silva será el emblema de la modernidad literaria del país, que su obra será fundadora de una nueva estética y que se hace heredera del romanticismo europeo.  Silva empieza a centrarse en el lenguaje, herencia del simbolismo; pero su clave estética también hay que descifrarla desde su cosmopolitismo, representado en el poeta José Fernández en De sobremesa (2003).

Con respecto a Mito, Romero ve a este grupo más como una expresión del intelectual comprometido que como un movimiento poético, por ello lo estudia como un movimiento de pos-vanguardia:   Romero señala:

Si se mira desde un punto de vista muy amplio, la posición de “Mito” con respecto a la poesía es la de una abertura cada vez mayor hacia ese tono de vibrante inteligencia y aguda sensibilidad que es característico de la posvanguardia, en la cual una mesura de la expresión va acorde con un rigor de la conciencia para evitar que el poema se precipite por los abismos de la incoherencia o el hermetismo. (1985, 108).

Sin embargo, para Armando Romero El Nadaísmo es la única vanguardia en Colombia.  Quizás se hace eco entonces de la vanguardia como ruptura con la tradición, como enfrentamiento con el presente y crítica del pasado.  Gonzalo Arango lo expresa así:  “El nadaísmo es un espíritu revolucionario que excede toda clase de prevenciones y posibilidades” (Arango, 1974: 16). (…) “No dejar una fe intacta, ni un ídolo en su sitio. Todo lo que está consagrado como adorable por el orden imperante será examinado y revisado. Se conservará solamente aquello que esté orientado hacia la revolución, y que fundamente por su consistencia indestructible, los cimientos de la nueva sociedad” (Arango, 1974: 39). Para Arango con El Nadaísmo surge el único movimiento literario en la historia de Colombia. 

En este sentido, siguiendo a Eduardo escobar, la vanguardia del movimiento Nadaísta:

Significaba una revolución en la forma y el contenido del orden espiritual imperante en Colombia. Tenían un extenso programa de subversión cultural (estético, social, religioso), que apoyándose en la duda y en elementos no racionales y teniendo como arma la negación y la irreverencia, el desvertebramiento de la prosa y el inconformismo continuo buscaban el cuestionamiento de la sociedad colombiana. (Escobar, 1989: 1).


Estas son algunas coordenadas históricas para entender el movimiento Nadaísta y su relación de inevitable filiación crítica con Mito.  Dos movimientos estéticos y políticos que definieron el panorama de nuestra crítica y la puesta en marcha de un programa artístico en función del ascenso del hombre.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS 

ALVARADO TENORIO, Harold (2007).  La poesía en Colombia ha dejado de existir.  En: Revista de Poesía Arquitrave.  Bogotá:  Azularte.

ARANGO, Gonzalo (1974).  La obra negra. Buenos Aires, Carlos Lohlé.

ESCOBAR, Eduardo (1989). Gonzalo Arango. Bogotá:  Procultura.

ESCOBAR MESA, Augusto (2003).  Armando Romero.  Aventura vital y goce poético. En: Cuatro náufragos de la palabra. Diálogo compartido con Héctor Abad Faciolince, Arturo Alape, Piedad Bonnett, Armando Romero. Medellín: Eafit.  

GARCÍA MAFFLA, Jaime (1999). Jorge Gaitán Durán 1925 – 1962. Palabra en situación. Bogotá:  El Tiempo.

PAZ, Octavio (1981)  Los hijos del limo.  Del romanticismo a la vanguardia. Barcelona:  Planeta. 

REVISTA MITO (1955-1962).  Bogotá:  Mito, Revista Bimestral de Cultura.

REVISTA NADAÍSMO 70 (1970-1971). Nadaísmo 70:  Revista Americana de Vanguardia. Nos. 1-8.

ROMERO, Armando (1985).  Las palabras están en situación:  un estudio de la poesía colombiana de 1940 a 1960.  Bogotá:  Procultura.

SILVA, José Asunción (2003). De sobremesa. Prólogo de Gabriel García Márquez. Madrid:  Hiperión.





  

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